Geneva esperaba poder llevar a Jacob a la guardería de la iglesia sin que ninguno de los dos tuviera que llorar. El niño había tenido que soportar muchos cambios en su joven vida, perdiendo primero a su padre, aunque fuera un canalla, y después mudándose a una nueva ciudad.
Pero también había cambios positivos, como por ejemplo el jardín que rodeaba la casa y su amistad con Sean, que adoraba a Jacob y solía llevárselo a dar paseos en su carrito de golf. Pero los cambios, buenos o malos, estaban creando ansiedad y su hijo lo demostraba llorando más de lo normal.
Eso la hacía estar más decidida que nunca a encontrar una casa para él. Hija única de un militar, Geneva también había tenido que soportar demasiados cambios y quería darle a su hijo un hogar estable y el ambiente que hubiera deseado para ella de niña… y que seguía deseando.
Y en sus sueños la idea de una vida perfecta para su hijo incluía un padre cariñoso y un montón de hermanos. Había empezado su relación con Les con aquel mismo sueño. Aunque desde el principio supo que era un hombre al que le gustaban demasiado las juergas, confió en él cuando le dijo que su felicidad era lo que más le importaba. Había creído que se asentaría una vez naciera el niño, pero Les pronto encontró excusas para alejarse de ella y de su hijo.
–No hacía falta que nos trajeras a la iglesia –le dijo a Wade, tuteándolo, mientras aparcaban–. Podríamos habernos visto aquí.
Durante todo el fin de semana, había tenido que molestarlo llamando a su puerta cada vez que quería entrar o salir del apartamento. Y en una ocasión en la que los dos tenían que salir, Wade había guardado la llave en un tiesto de begonias que colgaba frente a la puerta.
–No pasa nada. Ha llovido, así que no creo que haya más que un par de golfistas en el club esta mañana –dijo él, mirándola con una expresión que a Geneva le pareció extraña–. A veces no puedo venir a la iglesia, especialmente cuando hace sol, pero ahora que conoces el camino…
Geneva entendió entonces. En resumen, Wade estaba diciendo que la próxima vez podría ir sola. Estaba siendo hospitalario, pero dejaba claro que aquello no iba a convertirse en una costumbre. Mejor, pensó. Eso era lo que ella quería.
–¿Hay guardería en la catequesis?
–Claro que sí –contestó él–. Sean, ¿por qué no llevas a Jacob a la guardería?
Geneva sintió que su instinto protector se despertaba, al imaginar a su hijo solo y perdido en un sitio nuevo.
–Me gustaría llevarlo yo misma.
Despreocupado, Jacob agarró la chaqueta de Sean, intentando no chocar con sus muletas, y se marchó sin mirar atrás. Geneva debería alegrarse de que el niño se fuera sin protestar, pero se sintió herida.
–Sean puede hacerlo, no te preocupes. Ven, quiero presentarte a una persona.
–Se pondrá a llorar –insistió.
Y si lo hacía, ¿quién lo consolaría, quién lo abrazaría para secar sus lágrimas?
–Es mejor así –le aseguró Wade–. Los niños no lloran cuando dejan a mamá, sino cuando mamá los deja a ellos.
–¿Desde cuándo sabes tanto sobre niños? –murmuró ella. No quería que Wade lo oyera, pero la sonrisa irónica del hombre le dijo que no se le había escapado el comentario.
–Desde que ayudé a criar a mi hermano.
Antes de que ella pudiera replicar, un hombre de unos treinta años apareció en el pasillo.
–¿Está buscando a alguien, señor Matteo?
Al otro lado de la puerta, un grupo de alumnos de unos diez años los miraba con descaro.
–Quiero presentarle a Geneva Jensen –dijo Wade, sin preámbulos–. Ella y su hijo están visitando la iglesia por primera vez. Geneva, te presento al diácono Tackett.
Geneva lo miró, sorprendida.
El hombre que había frente a ella pareció notar su incomodidad y, después de colocarse la tiza en la mano izquierda, estrechó su mano, sonriendo. Tenía una expresión muy agradable y un rostro atractivo, de nariz aquilina y cejas oscuras.
–Encantado de conocerla, señora Jensen –dijo el diácono–. Espero que se convierta en miembro de nuestra congregación.
Geneva estaba a punto de murmurar una réplica adecuada para poder marcharse, pero Wade parecía decidido a prolongar la incómoda conversación.
–El diácono Tackett da catequesis a los niños de cuarto. Le gustan mucho los niños… siempre está organizando excursiones y cosas así.
–No hace falta ponerse tan serio. Por favor, llámeme Ellis –dijo el hombre, sonriendo–. ¿Su hijo está en cuarto? Si quiere, puede unirse a nuestra clase.
–No, no, mi hijo está en la guardería –contestó Geneva.
–Ah, estupendo. Si necesita algo o tiene alguna pregunta que hacer…
Geneva entendió entonces. Aquellos dos hombres apenas se conocían. ¿Por qué si no iban a llamarse «señor Matteo» y «Diácono Tackett»? Hasta aquel momento, había creído que Wade quería presentarle a un amigo, pero estaba claro que no lo eran y ella no tenía un hijo en edad de catequesis…
Entonces, ¿por qué parecía Wade tan interesado en presentarle al diácono?
–A Geneva le gusta coser –siguió su casero, intentando prolongar la conversación–. Quizá pueda convencerla para que colabore haciendo los disfraces de la obra de Navidad –añadió. La sonrisa de Wade parecía tener un doble sentido–. El diácono es un pilar de esta comunidad. Su familia ha vivido aquí durante más de un siglo. Incluso hay una carretera que lleva su apellido.
¿Por qué le estaba contando aquello?, se preguntaba Geneva.
–Muy impresionante –dijo, sin saber qué cara poner.
Wade sonrió.
–Yo preferiría que le pusieran mi apellido a una montaña rusa.
No la sorprendía. Una cita con Wade Matteo seguramente sería como estar en la montaña rusa, llena de giros, ascensos emocionantes y caídas en picado. Para terminar donde había empezado. Quien se atreviera a subir tendría una historia que contar y un recuerdo para siempre, pero nada más.
En ese momento, se dio cuenta de algo con claridad meridiana. Wade había decidido emparejarla con el diácono. Y cuando volvió a mirar a Ellis, se dio cuenta de que había elegido sabiamente. Aquel era un hombre que podría interesarla. Solo sabía de él que era un pilar de la sociedad, que parecía amable y bueno y que le gustaban los niños, pero aquel era un hombre con el que podría mantener una relación. No habría vueltas ni saltos emocionantes, ni el éxtasis de una montaña rusa, pero parecía la clase de hombre que Jacob y ella necesitaban.
Sin embargo, Ellis no parecía haberse dado cuenta de las maquinaciones de Wade.
–¿Desde cuándo salen juntos? –preguntó.
–No salimos juntos. Solo vivimos juntos –contestó Geneva inmediatamente. Ellis la miró, sorprendido–. Quiero decir que vivimos en la misma casa –explicó ella. Pero solo estaba empeorando las cosas–. Yo vivo atrás y él, delante.
Aquello sonaba aún peor.
Los ojos azules de Ellis se oscurecieron y Geneva tenía la horrible sensación de que no solo había perdido cualquier oportunidad con el diácono sino con cualquiera que hablara con él.
Pero Wade la sacó del apuro.
–Lo que Geneva quiere decir es que yo soy el propietario de la casa. Ella vive en el apartamento que hay en la parte de atrás, al lado del de mi hermano Sean.
Las cejas de Ellis bajaron hasta una posición normal.
–Ah, ya entiendo.
La conversación pareció apagarse entonces y Ellis miró por encima de su hombro a los niños que estaban librando una batalla con los libros de texto.
–¿Le gustaría venir a casa algún día? –insistió Wade, sin desalentarse–. Quizá el martes por la noche…
Geneva apretó su brazo, incómoda.
–No creo que…
–Claro –dijo el diácono entonces con una sonrisa benevolente–. ¿A las ocho le parece bien?
–Perfecto –asintió Wade, antes de que ella pudiera decir nada–. Y espero que tenga apetito. Me han dicho que Geneva cocina muy bien.
Aquello era demasiado. ¿Qué pensaría la gente cuando supiera que el casanova del pueblo le estaba buscando hombres? ¿Qué pensaría Ellis?
Geneva sintió un nudo en el estómago al considerar las expectativas que eso podía generar en el diácono.
Wade tomó el teléfono, pero se detuvo antes de marcar el último número. Debería ser algo muy sencillo pedirle a una rica heredera que lo acompañase a una fiesta benéfica, pero no podía marcar aquel número.
Se sentía como un idiota… ni siquiera le gustaba aquella mujer. Pero eso nunca lo había detenido antes.
Quizá Geneva tenía algo que ver con sus vacilaciones. No era el mismo desde que ella se había mudado a su casa. Al principio se decía que era porque tener a una mujer tan cerca, especialmente una tan guapa y maternal como Geneva Jensen, era una incomodidad. Pero Wade se encontraba a sí mismo soñando con quitarle la goma del pelo y dejar que los rizos castaños acariciaran su mano. Y si no tenía cuidado, imaginaba aquellos suaves rizos sobre su pecho desnudo, en la cama…
Para olvidar aquellos pensamientos, Wade recordó su resolución de salir solo con mujeres independientes o con mujeres de más de cuarenta años que no tenían ningún deseo de formar una familia. Geneva tenía todo lo que para él era anatema: estaba en edad de tener hijos y dejaba claro con palabras y acciones su deseo de ser madre de familia. Era la clase de mujer que buscaba permanencia… y promesas que él no podría cumplir.
Wade paseó por la cocina, recordándose a sí mismo que el fin justificaba los medios, y se obligó a marcar el número de teléfono.
Cherise Watson era la hija de un senador muy rico y, aunque su padre había muerto unos años antes, ella y su madre seguían teniendo buenas relaciones con políticos destacados. Y Wade era desde mucho tiempo atrás un conocido benefactor del hospital infantil de Kinnon Falls y organizador de actividades para recaudar fondos. Una donación de Cherise significaba una nueva máquina de resonancia magnética, y una buena palabra en el oído adecuado podría conseguir los fondos que el hospital necesitaba desesperadamente.
Geneva levantó a Jacob en brazos y le dejó mirar las dos incorporaciones más recientes en el nido. Uno de los padres estaba sentado en la rama de un roble cercano, piando furiosamente para protestar por la invasión. Dejando a su hijo en el suelo, Geneva pensó cuál sería la mejor forma de abordar el problema. Aunque pensaba que su casero podría haber tenido más tacto, agradecía que le hubiera presentado a un hombre tan agradable como el diácono.
Afortunadamente, después de la misa, había podido charlar con Ellis sin la interrupción de su charlatán vecino. La conversación la había ayudado a convencerse de que los sueños del diácono se parecían a los suyos. Al diácono le encantaban los niños y quería una familia tradicional pero, como le ocurría a ella, sus exigencias recortaban mucho el número de mujeres con las que podía salir y sus opciones estaban muy limitadas.
Geneva dio un paso atrás para examinar la guirnalda que colgaba sobre la puerta. Si la subía un poco con unos clavos quizá los pájaros se adaptarían sin quejarse. Y ella podría volver a usar la puerta.
Durante toda la semana había estado usando la puerta de Wade para entrar en el apartamento. A pesar de que, según él, eso no era una inconveniencia, Geneva insistía en que debían encontrar otra solución. Inmediatamente. Antes de que el diácono fuera a cenar al día siguiente.
Era muy incómodo tener que entrar por allí con su hijo. Pero sería aún peor si Wade tenía que hacer de portero para el hombre con el que ella iba a cenar.
No quería darle la oportunidad de que siguiera metiéndose en su vida.
Echándole valor, Wade marcó el número de teléfono. Solo era por una noche, se decía a sí mismo. Y la fiesta estaría llena de gente, así que no tendría que cenar a solas con Cherise… y arriesgarse a dar la impresión de que tenía algún interés romántico en ella.
–Perdona.
Wade se volvió, sobresaltado, y encontró a Geneva de pie entre el salón y la cocina. Inmediatamente, colgó el teléfono.
Los pantalones blancos que terminaban por debajo de las rodillas mostraban un estómago plano y unas pantorrillas bronceadas. La camisa azul acariciaba las curvas femeninas como a él le hubiera gustado hacerlo. Sus rizos, como siempre, luchaban por escaparse de la cinta que los sujetaba. Un trocito de polen en la sien indicaba que había estado jugando en el jardín con Jacob. Si estaba así de guapa un día normal, Wade podía imaginar que haría empalidecer de envidia a todas las mujeres durante el baile benéfico que se celebraría en el club de campo.
–Siento molestarte, pero es que necesito un martillo.
Jacob estaba jugando entre sus rodillas.
–¡Bam, bam! –decía el niño, imitando a un popular personaje de dibujos animados.
–Las herramientas están en el armario del pasillo.
Wade empezó a caminar delante de Geneva, pero se lo pensó mejor y le hizo un gesto para que ella fuera delante. La visión desde atrás era tan agradable como por delante y su cuerpo reaccionó como si acabara de volver de un retiro en un monasterio. Las hormonas de Wade estaban tan alborotadas que debía alejarse antes de hacer o decir algo de lo que se arrepentiría más tarde.
Tomando tres martillos diferentes del armario, los puso en la mano de Geneva y se dio la vuelta abruptamente. De nuevo frente al teléfono, intentó borrar de sus pensamientos aquellos ojos castaños, los labios húmedos, entreabiertos… y volvió a la tarea que llevaba días retrasando.
Wade esperó un momento para que su corazón recuperase el ritmo normal y de nuevo se obligó a tomar el teléfono. Pero aquella vez ni siquiera tuvo tiempo de marcar un número.
–Perdona otra vez. Es que necesito un destornillador.
–Los destornilladores están al lado de los martillos –dijo Wade sin mirarla. No quería acompañarla para evitar la tortura de mirar aquel trasero redondo que lo volvía loco.
No podía esperar más para encontrar a alguien que lo acompañara al baile benéfico. Aunque nunca había tenido problemas para encontrar una mujer dispuesta a salir con él, sabía que, por cortesía, debía darle tiempo para comprar un vestido y prepararse para el evento. Y solo quedaban dos semanas.
A pesar de la urgencia, Wade no podía hacer lo que debía hacer. Estaba distraído, en parte por la imagen de Geneva con aquellos pantalones y en parte preguntándose qué estaría haciendo con las herramientas. Entonces recordó que le había prometido colocar unas estanterías sobre su mesa de costura y se preguntó si habría decidido hacerlo ella misma.
Suspirando, Wade colgó el teléfono y se dirigió al pasillo.
Después de colocar un clavo sobre la puerta, Geneva tiró suavemente hacia arriba de la guirnalda.
–Yo que tú no haría eso.
La profunda voz masculina casi hizo que soltara la guirnalda, con nido y todo.
–Qué susto me has dado.
Sin prestar atención al tono irritado, Wade sonrió.
–He hablado con Tim, el encargado del club, y me ha dicho que los padres podrían abandonar el nido si lo mueves.
Geneva dejó escapar un suspiro de frustración.
–Entonces, ¿qué hago? Mañana por la noche tengo una cita y quiero dar buena impresión.
–Y lo harás –dijo Wade, acercándose–. El diácono se quedará impresionado.
–Sí, pero imagínate la impresión que puede llevarse Ellis si tiene que entrar y salir a través de tu casa.
–¿Y qué hay de malo en eso? ¿Tienes miedo de que los vecinos de Kinnon Falls piensen que estamos juntos?
¡Por supuesto que sí! Pero no pensaba decírselo.
–No quiero que Ellis se sienta incómodo.
–Muy bien. Toma –dijo Wade entonces, poniendo la llave en su mano. Su gesto decía claramente que no admitía discusión–. Y no te preocupes por mí. Os dejaré solos.
Geneva había esperado encontrar una solución para el asunto del nido, pero por el momento no parecía haberla, de modo que no tenía más remedio que aceptar la llave.
–Gracias –murmuró, incómoda.
Pero tenía que comprobar una última cosa. Wade se había ofrecido a dejarla sola con Ellis y se le ocurrió que… quizá también él tendría compañía esa noche.
–¿Pasa algo?
–Estaba pensando que quizá deberíamos inventar un código para cuando… –Geneva se puso colorada, incapaz de decirlo claramente–. Quizá podrías poner una vela en la ventana o atar una cinta al picaporte…
Wade se pasó una mano por la cara.
–O atar un cable desde la lámpara del porche hasta mi colchón y, cuando la luz se encienda y se apague, sabrás…
–Debería haber imaginado que te reirías de mi preocupación. Puede que para ti esto no sea importante, pero para mí lo es. Sobre todo, por mi hijo –lo interrumpió Geneva, bajando la voz para que el niño no pudiera oírla–. La razón por la que vine a vivir a Kinnon Falls es porque quería protegerlo de ciertas cosas que no me hacen ninguna gracia…
Sobre todo, si esas cosas las hacía el padre del niño, pero eso no pensaba contárselo.
Wade dio un paso hacia ella y Geneva, sintiéndose pequeña de repente, dio un paso atrás. Pero eso no sirvió de nada. Wade seguía dejándola sin aliento.
–¿Hay cosas que no te hacen ninguna gracia? Pues yo, cuando quiero, puedo ser muy… gracioso.
Su cita con Ellis empezó mal. Geneva no oyó el timbre del apartamento y fue Wade quien lo recibió en la puerta, con una fusta en la mano y una dudosa sonrisa en los labios. Wade había dicho que los dejaría solos, pero aparentemente había cambiado de opinión.
Con los vaqueros gastados y la camiseta que marcaba sus músculos, parecía un adolescente. Un adolescente muy bien formado. Ellis, por otra parte, estaba vestido para la ocasión con pantalones de pinzas, una camisa blanca y corbata azul marino.
Estudiándolo discretamente desde el salón, Geneva se preguntó si Ellis podría ser el hombre con el que algún día criaría a Jacob. A juzgar por su relación con los parroquianos y el respeto que sentían por él, parecía una buena posibilidad. Y si el diácono no era para ella, seguiría intentándolo hasta que encontrase al hombre adecuado. Nunca más volvería a casarse con alguien que no cumpliera todas sus exigencias. Y nunca más volvería a creer que podía cambiar a un hombre.
Geneva dio un paso hacia Ellis, con Jacob pegado a su pierna como un aplique, mientras Wade le explicaba por qué llevaba una fusta en la mano.
–El encargado la encontró en el establo –estaba diciendo, mientras movía la fusta de gastado cuero–. Louis cree que puede tener más de cien años.
Ellis se metió las manos en los bolsillos del pantalón.
–¿Y qué piensa hacer con ella?
Wade sonrió, perverso.
–Al principio, pensé usarla yo mismo, pero al final he decidido hacer algo más original.
Temiéndose lo peor, Geneva decidió intervenir en la conversación y llevarse a Ellis a su apartamento.
–No creo que tengas que explicar…
Pero Wade estaba decidido a terminar la explicación… y a avergonzarla, por supuesto.
–He pensado colgarla en el restaurante del club –dijo, con expresión inocente–. ¿Qué pensabas que iba a hacer con ella?
Wade comprobó que Geneva se había puesto colorada. Su plan estaba funcionando. Si ella pensaba que era un libertino, lo evitaría a toda costa. Pero la verdad era que le gustaba tomarle el pelo y verla reaccionar con la inocencia de una cría. Le gustaba ver cómo apretaba los labios, revelando un bochorno que intentaba disimular. Le gustaba ver cómo sus ojos castaños se iluminaban cuando se sentía amenazada. Le gustaba… le gustaban demasiadas cosas de ella.
Apartando la mirada de los tentadores labios, Wade se volvió hacia el hombre que esperaba pacientemente en el pasillo. El diácono era una buena persona y trataría bien a Geneva. Pero algo dentro de él le decía que eso no era suficiente. ¿Sería ella feliz con aquel hombre?
Si la relación no funcionaba, se sentiría consumido de culpabilidad por haberlos presentado. Tenía que asegurarse de que eran perfectos el uno para el otro y, para ello, tendría que saber más sobre el diácono Tackett.
–¿Qué coche tiene, diácono?
Geneva lo miró como si quisiera fulminarlo. Pero Ellis empezó a contar, entusiasmado, que estaba restaurando un Mustang de 1965. Aunque el asunto del Mustang le pareció fascinante, Wade pensó que eso no le serviría de nada a Geneva y decidió que una pregunta más personal le daría una mejor idea sobre si eran compatibles o no.
–Usted parece un hombre de altos ideales, diácono. Dígame, ¿cuál le parece el mejor atributo en una mujer?
Buena pregunta. Eso le diría mucho sobre si era o no el hombre ideal para Geneva.
–Wade, por favor…
El diácono sonrió.
–No pasa nada, Geneva. Es una pregunta justa –dijo, mirando a Wade como si fuera un alumno al que debía dar explicaciones–. Está escrito que el encanto es engañoso y la belleza se marchita, pero una mujer que ama a Dios es una mujer perfecta.
–Eso no vale –protestó Wade–. Es muy fácil contestar con un proverbio.
–Pues yo conozco otro proverbio: «El que guarda su lengua, guarda su vida» –replicó entonces Geneva, al borde de un ataque de nervios.
Después, tomó al diácono Tackett por el brazo y prácticamente lo metió en el apartamento, tarea nada fácil considerando que Jacob estaba colgado de una de sus piernas.
Pero Wade juró no rendirse tan fácilmente. Había querido que Ellis Tackett y Geneva se conocieran porque el diácono tenía buena reputación, pero no la había comprobado personalmente. Su conciencia no descansaría tranquila viendo a la inocente Geneva entregar su corazón a un hombre que podría no merecer su amor.
Pero la honestidad lo hizo reconocer que su preocupación por aquella pareja podría no ser completamente altruista. Había algo en Geneva que le hacía desear no solo protegerla, sino guardarla para sí mismo. Seguramente, en un mundo ideal, podría haberla considerado la mujer perfecta para él.
Pero aquel no era un mundo ideal. Y tampoco tenía garantías de que Ellis fuera el hombre ideal para ella.
Diácono o no, Ellis Tackett tenía defectos como cualquier otro hombre. Y Wade pensaba averiguarlo todo sobre él antes de que terminara la velada.