Capítulo 2

 

Rowan levantó su copa para brindar:

—Por mí.

Después de dar un sorbo, dejó la copa en la repisa de la bañera y se sumergió en el agua caliente dando un suspiro de relajación. Ya había superado siete días haciéndose cargo de la tienda sin ayuda y cosiendo por las noches. Esa era su recompensa; un baño de espuma a la luz de las velas y una copa de vino.

Si bien era cierto que no echaba de menos a Chip ni lo más mínimo, tenía que reconocer que sí añoraba algunas de las comodidades que conllevaba ser su esposa. Como, por ejemplo, poder comprar un vino que no tuviera el tapón de rosca; ese día había tirado la casa por la ventana y había comprado un tinto californiano. Chip habría preferido beber cicuta antes que una copa de vino del país.

—A lo mejor debería haberte dado un poco de cicuta, Chip Wilmont —su voz retumbó en el silencio sepulcral de la casa. Esperaba no haber despertado a los niños.

A pesar de todo lo que ella pudiera pensar, quería que los gemelos tuvieran una buena relación con su padre si alguna vez decidía ponerse en contacto con ellos. Aunque, dado que durante el proceso de divorcio había afirmado que ella había utilizado la maternidad para atraparlo, Rowan no creía que fuera muy probable.

—Eh, se supone que esto es una celebración —se recordó a sí misma tratando de no pensar en cosas desagradables—. Sin travesuras de los niños, ni preocupaciones sobre antigüedades, nada más que silencio —se pasó la mano por el hombro disfrutando del efecto tonificante del agua caliente.

—Silencio —repitió con un susurro.

El ruido, que era más bien una vibración, comenzó de manera casi inaudible desde la distancia pero fue ganando intensidad y llenando todos y cada uno de los rincones del pequeño apartamento de dos habitaciones hasta llegar al cuarto de baño.

—¡No, por favor! ¡Tres noches seguidas no! Es obvio que a la tía Celeste se le olvidó preguntarle si él era ruidoso.

La primera noche, los gemelos habían salido de su dormitorio sorprendidos por aquel sonido que los había despertado pasando por encima incluso del ruido de la animada vida nocturna del barrio. Afortunadamente, habían vuelto a quedarse dormidos en cuanto Rowan les había explicado que provenía del apartamento contiguo. Cuando volvió a oírlo a la noche siguiente, corrió a comprobar que los pequeños no se habían despertado, y habría jurado que Abby estaba sonriendo en sus sueños.

Rowan decidió seguir en el baño relajada a pesar de su vecino. Pero el volumen seguía subiendo y la copa de vino había comenzado a bailar en el borde de la bañera.

—¡Dios!

Aquel sonido recordaba a la música de los aborígenes que había oído en algún documental del canal de viajes, cosa que había visto repetidas veces cuando Chip se quedaba hasta tarde «trabajando». Gracias a la televisión por cable y a un marido que había cumplido los votos matrimoniales durante menos de lo que vivía una mosca, Rowan tenía una lista considerable de lugares que quería visitar. Pero, a menos que cambiaran mucho las cosas, daba la impresión de que lo más parecido a Australia que iba a conocer iban a ser los conciertos nocturnos de su vecino.

—A lo mejor pertenece a algún culto religioso —murmuró. Claro que, si lo que hacía eran reuniones religiosas, no tenía mucha concurrencia porque en el aparcamiento del edificio solo estaba su viejo Volvo y la furgoneta negra del vecino—. A lo mejor es una religión con un solo feligrés —al decir eso se echó a reír pensando en la imagen que debía tener, allí metida en la bañera y hablando sola. Aquel tipo la estaba volviendo loca, y eso que ni siquiera lo había visto todavía. Estaba segura de que las quejas aumentarían una vez que lo conociera.

Si alguna vez llegaban a conocerse.

Seguramente era una especie de ermitaño, a lo mejor su religión le prohibía relacionarse con otros humanos. Con la suerte que tenía, seguramente también le prohibía bañarse. Olió el ambiente a ver si percibía algo sospechoso y volvió a echarse a reír.

—No sé qué estarás haciendo ahí dentro, pero te aseguro que lo averiguaré —como respuesta obtuvo un tremendo aullido capaz de despertar hasta a la Bella Durmiente.

Rowan no estaba dispuesta a quedarse allí esperando a que terminara el espectáculo, así que salió de la bañera, se puso el albornoz y, una vez en el salón, se dispuso a atacar. Con un golpe sordo en la pared consiguió acabar con el ruido. Se dio media vuelta con una sonrisa triunfadora dibujada en el rostro y fue entonces cuando un sonido parecido al de una trompeta le provocó un escalofrío que le estremeció el cuerpo.

Por su parte, la guerra había comenzado y esperaba que él estuviera a la altura de las circunstancias.

 

 

La batalla se reanudó a las seis de la mañana. Esa vez el sonido parecía causado por perforadoras y sierras eléctricas. Rowan se sentó en la cama soltando maldiciones escocesas e intentando quitarse el susto y el sueño de encima para poder reaccionar. Cuando consiguió abrir los ojos del todo, se encontró con los gemelos, que la miraban desde la puerta de su dormitorio.

—¿Podemos ir a la casa de al lado? Queremos ver qué son esos ruidos tan raros que hace ese señor.

—De eso nada, chicos.

—Pero ¿por qué? —los dos gritaron al unísono casi con la misma potencia que las herramientas que los habían despertado.

—Porque lo digo yo —respondió Rowan recurriendo a una vieja consigna maternal.

—Siempre contestas lo mismo —protestó Mac.

No le gustó nada la expresión de rabia que se adivinaba en el rostro de su hijo, o el brillo de terquedad que se había apoderado de los ojos de Abby.

—Estoy hablando muy en serio. No va a haber ninguna visita al vecino. La tía Celeste dijo que no lo hiciéramos y ya sabéis que cuando ella dice que no, es que no, lo mismo que yo. ¿Entendido? Además, os espera un día estupendo en el colegio, así que no perdáis el tiempo pensando en esas cosas.

—Está bien —contestaron con resignación.

Rowan sabía que no les había dado una alternativa convincente; cantar con sus compañeros de guardería no era nada comparado con la emoción de averiguar qué eran aquellos sonidos. Después de todo, parecía que de vez en cuando mami conseguía controlarlos, aunque normalmente distrayéndolos, eso también era cierto.

Unas horas más tarde, Rowan continuaba elucubrando sobre las posibles actividades del misterioso vecino. Ya había decidido que no podía ser un miembro de la CIA, pero necesitaba saber algo más. Con mucho cuidado para no llamar la atención, al pasar por la acera se asomó al escaparate del local; aunque resultaba muy difícil ver nada porque estaba completamente cubierto de papel. Como si aquello fuera lo más normal del mundo, buscó una rendija por la que echar un vistazo al interior. Lo primero que le llamó la atención fue la tranquilidad que parecía reinar allí, en contraste con el bullicio de la calle. Entonces reparó en la pequeña placa que había a un lado de la puerta; en ella se podía leer: J. Albreight.

Rowan sonrió satisfecha; al menos ya sabía el nombre del sujeto en cuestión, pero necesitaba más datos, así que pegó la nariz al cristal y cerró un ojo para poder enfocar mejor con el otro.

—¿Qué mira?

Pegó un salto que la hizo darse un golpe en la frente contra el frío escaparate.

—¡Ay! Pues estaba… —respondió tartamudeando al tiempo que se daba la vuelta para ver quién era su interlocutor. Una vez que lo hizo, hasta el tartamudeo se convirtió en una hazaña imposible.

De acuerdo, aquel tipo estaba guapísimo, incluso más que cuando lo habían atrapado los gemelos el día anterior. Llevaba unos vaqueros gastados que le quedaban como un guante y una camisa azul clara que hacía resaltar su sutil bronceado. Rowan no pudo evitar quedarse mirándolo boquiabierta.

Él zambulló las manos en los bolsillos traseros del pantalón y le lanzó una sonrisa que hizo que le temblaran las piernas.

—Bueno, todavía no me ha dicho qué estaba haciendo.

—Solo miraba el escaparate… solo eso —se las arregló para responder con cierta convicción.

—¿En serio? ¿Y ve algo que le interese?

Lo cierto era que sí, veía algo que le interesaba mucho, y no era precisamente el escaparate. Era más bien el atractivo y la seguridad del tipo que tenía enfrente, lo bastante cerca como para poder tocarlo. «Muy mal, no debería estar pensando esas cosas».

—Está bien, estaba curioseando —admitió al darse cuenta de que no tenía otra escapatoria que la humillante verdad. Nunca se le había dado bien reaccionar bajo presión—. Es que tengo un vecino que acaba de mudarse y están sucediendo cosas muy raras: ruidos y…

—Así que, en lugar de llamar a su puerta y presentarse, ha preferido la intriga y el misterio.

—Sí, sé que suena un poco extraño, pero tengo mis razones. Quién sabe lo que podría haber ahí. No sé…

—¿Extraterrestres, magia negra? —sugirió él con una carcajada.

—¡Nuca se sabe!

Él no se molestó en reprimir la risa.

—Ahora veo de dónde les viene a sus hijos.

—¿De dónde les viene el qué? —vamos, tampoco era tan descabellado lo que estaba haciendo. Además, no estaba dispuesta a oír cómo criticaba a sus hijos.

—Las agallas y el descaro. Es algo que me gusta… al menos en los adultos.

A ella, sin embargo, lo que le gustaba era él. Mucho. Rowan notaba cómo se le iba ablandando el corazón y eso le daba pavor. Pero él la creía una mujer con agallas y nunca, jamás podría admitir que tenía miedo.

—¿Tienes tiempo para seguir viendo escaparates? ¿O para tomar un café?

Rowan se esforzó por repetir mentalmente la decisión que había tomado: «no más hombres». Tenía que repetirlo como un mantra que le daría fuerzas para ser consecuente.

—No puedo —respondió por fin mientras sacaba unas llaves del bolsillo—. Tengo que abrir la tienda.

—Otra vez será entonces, señora detective —dijo encogiéndose de hombros justo antes de alejarse. Tenía hombros anchos y un bonito trasero, pensó Rowan sin poder dejar de mirarlo. También le gustaba su actitud.

En un gesto, quizá no muy maduro, pero sí totalmente espontáneo, se volvió hacia el escaparate de su vecino y le sacó la lengua.

—J. Albreight, ya podrías aprender un par de cositas de ese tipo.

 

 

Jake dio la vuelta a la esquina contento como no lo había estado en mucho tiempo. Cruzó la calle y saludó de lejos al señor de la gorra de béisbol que siempre le decía hola. Quizá fuera un vagabundo o tal vez un millonario; eso era lo que le gustaba de esa ciudad, nunca se sabía.

Lo que sí sabía era que a la intrépida Rowan le gustaba su aspecto. Era increíble que los científicos se hubieran empeñado en realizar estudios para comprobar si se podía percibir cuándo alguien te estaba mirando aunque no se viese a esa persona. Él había notado perfectamente los ojos de Rowan clavados en él mientras se alejaba de ella. Y eso lo había hecho sentir muy bien.

Aquel encuentro fortuito le había dado una buenísima idea: a lo mejor podía mantener escondido durante un tiempo a Jake Albreight y su magnífica cuenta corriente. Mientras tanto, siendo un anónimo desconocido, tendría la oportunidad de planear un par de encuentros accidentales con su encantadora vecina. Era un plan sin riesgos.

Seguro que a ella tampoco le venía mal un poco de distracción inocente del duro trabajo de criar a dos niños como aquellos sin la ayuda de nadie. Con su nueva identidad, Jake no tendría que profundizar más de lo estrictamente necesario, y Rowan podría divertirse por partida doble.

 

 

En aquel rincón de la tienda, frente a la máquina de coser con la que estaba dando los últimos retoques al vestido de Melanie, Rowan no dejaba de pensar en los pros y los contras de su determinación de alejarse de los hombres. Quizá había sido una decisión algo apresurada. Después de todo, todavía quedaban en el mundo tipos como el que habían cazado los niños. Por otra parte, también parecía haber muchos otros como el chiflado del apartamento de al lado. Ese era el problema. Empezaba a dudar de su capacidad para distinguir lo bueno de lo malo.

Todo aquello era culpa de Chip, que había conseguido despojarla de la mayor parte de su confianza en sí misma; ese también era el motivo por el que jamás se había atrevido a preguntarle a Celeste sobre el local. Y por el que pasaba tantas noches despierta preguntándose cuál sería su siguiente fracaso, en lugar de aventurarse a lograr su siguiente éxito. Aun así, el guapísimo tipo de la calle creía que tenía agallas.

Rowan sintió una extraña energía. Sí, claro que tenía agallas, o al menos podría volver a tenerlas. Decidió que no permitiría que nada ni nadie le impidiese luchar por lo que quería. Guardó el vestido de Melanie para continuar en otro momento y sacó el cuaderno de bocetos en el que realizaba los dibujos de sus diseños. Tendría éxito, un éxito que sería tanto más sabroso porque iba a conseguirlo por sus propios medios.

La tarde transcurrió con total tranquilidad hasta que apareció la clienta a la que más detestaba. Pasó un buen rato admirando el mismo escritorio que había ido a ver en otras tres ocasiones. Lo acariciaba con un deleite casi sexual.

—Entonces… ¿el precio es inamovible?

Rowan se quedó pensándolo unos segundos, pero entonces vio el enorme diamante que adornaba uno de sus dedos y calculó el precio de su atuendo; se dio cuenta de que aquella mujer no le inspiraba la menor simpatía, ni la menor inclinación por hacerle un descuento. Cuando se disponía a contestar, se oyó el sonido ensordecedor de algo parecido a una trompa.

La dama miró intrigada hacia el muro que las separaba del otro local.

—¿Qué es eso?

Rowan le hizo un gesto con el que le pedía que esperara un momento, y se acercó a la pared.

—Este tipo debe de tener la capacidad pulmonar de un corredor de fondo —farfulló entre dientes—. Ahora que estaba a punto de hacer una venta, este cretino tiene que estropeármelo.

Dio un par de golpes en la pared para intentar callarlo, pero la respuesta que obtuvo fue una sonora carcajada de hombre. Sonora, profunda y extrañamente familiar. Rowan habría deseado golpearle la nariz en lugar de aquel muro. Dio un par de golpes más, pero lo único que consiguió fue una risa aún más alta. Notó que estaba a punto de perder los nervios y decidió que lo mejor era volver a centrar su atención en la venta.

Cuando se dio la vuelta, vio que su clienta la miraba boquiabierta y con el bolso abrazado contra el pecho.

—Sí, el precio es inamovible —respondió Rowan con una amable sonrisa, como si nada hubiera interrumpido aquella negociación… ni su tranquilidad.

—El caso es que es una cantidad bastante justa. Me lo llevo.

—Estupendo —contestó con la cabeza todavía en el ruido y consciente de que la ira que sentía debía de reflejársele en los ojos.

La mujer extendió un cheque y desapareció de la tienda antes de que pudiera darle las gracias por su compra. Rowan se sentó en una silla y observó el cheque con satisfacción. A veces la furia podía llegar a resultar bastante útil. Lo cierto era que podría haberle rebajado un quince por ciento de lo que había pagado al final, pero seguramente la clienta se había ido contenta solo por salir de allí con vida.

Al pensar aquello, miró hacia el local de al lado; más le valía al señor J. Albreight cambiar de actitud si quería él también seguir con vida. En ese momento, se oyó otro golpe de aquella risa que le resultaba tan familiar.