Los alumnos de cuarto guardaban un incómodo silencio. No era la primera vez que estallaba una discusión como aquella durante la clase de física y química.
—¡DEJA DE DECIR ESTUPIDECES!
—gruñó el profesor acercándose amenazadoramente al pupitre de Niko—. Si sigues inventándote fantasías tontas, no harás nunca nada de provecho.
La cara redonda del profesor estaba cada vez más roja.
—Lo único que digo —se defendió el chico— es que uno puede llegar a atravesar una pared. En el mundo cuántico lo llaman tunelear. ¡No me lo invento!
—¿Acaso quieres convencernos de que tienes poderes especiales?
—Pues la verdad es que no se me da nada mal —contestó el chico con un toque de orgullo.
Niko sintió una punzada de nostalgia al recordar la primera vez que había conseguido tunelear. Fue después de cruzar la puerta de los tres cerrojos, que le había dado acceso al fabuloso mundo cuántico. Allí había vivido las aventuras más increíbles de su vida.
Apartó con rapidez ese recuerdo de su mente para justificarse ante el malhumorado profesor.
—De todos modos, como aquí somos clásicos —añadió Niko enseguida—, la probabilidad de conseguirlo es muy baja. Deberíamos darnos golpes contra la pared durante tanto rato como tiempo hace que existe el universo. Vamos… casi catorce mil millones de años. Aquí no merece la pena intentarlo, pero en el mundo cuántico…
El profesor de física estalló en cólera y golpeó la mesa con su gruesa mano para zanjar la discusión:
—¡CÁLLATE! NO DICES MÁS QUE ESTUPIDECES. ¡SAL AHORA MISMO DE MI CLASE! |
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—gritó con tanto énfasis que el compañero de pupitre de Niko tuvo que protegerse con su libreta de la ducha de saliva—. ¡Al despacho del director!
Y señaló la puerta del aula sin añadir una palabra más.
Con los puños apretados, Niko se levantó de un respingo y metió sus cosas en la mochila. Lo único que consiguió animarlo fue la sonrisa tímida que Laura, una de las chicas más guapas de la clase, le hizo de camino a la puerta como gesto de apoyo.
Él nunca había estado entre los chicos populares del instituto. Sin embargo, la fuerte antipatía que el profesor Verrader mostraba hacia él le había hecho ganar puntos entre sus compañeros.
Al salir del aula, apoyó su espalda contra la fría pared del pasillo. Cerró los ojos y se ladeó para golpear suavemente la pared con su hombro. Aunque sabía que era improbable —o lo más cercano a imposible que pudiese imaginar—, albergaba la esperanza de tunelear de nuevo, como si fuese una prueba de que lo vivido junto a Quiona, Eldwen y sus amigos del mundo cuántico no había sido fruto de su imaginación. Pero topó con la dureza de la pared.
Quizá Verrader tuviera razón y lo que debía hacer era dejar de soñar y volver al mundo real. Aunque su realidad no pintaba muy bien en ese momento; aquella sería la tercera visita al despacho del director. Eso implicaba una expulsión temporal. Su madre se iba a poner histérica.
Mientras ensayaba mentalmente las excusas que daría, vio aproximarse una figura pequeña y delgada por el pasillo. Se trataba de Blanca, la profesora que el curso anterior se había encargado de sustituir a Verrader.
Se acercó a él con una sonrisa:
—¿Qué haces aquí fuera? ¿Va todo bien?
—Me han vuelto a enviar al director —le confesó Niko preocupado—, creo que seré expulsado del centro. Y no solo eso: si suspendo la asignatura de física y química, no pasaré a bachillerato el año que viene. Tendré que repetir curso.
—Me sorprendería mucho —lo consoló Blanca—. Siempre has sacado muy buenas notas en ciencias, y sé que te apasiona la física.
Niko resopló resignado sin levantar la mirada de la punta de sus zapatillas.
—No sé exactamente qué problema tiene Verrader conmigo, pero llevamos todo el curso con broncas en clase. Cada vez que sale el tema de la cuántica se pone como un ogro, y acabo expulsado.
—¿Qué te parece si hacemos un trato? —propuso misteriosa su profesora.
Niko levantó la mirada hasta coincidir con los ojos verdes y sonrientes de Blanca, que prosiguió:
—No vayas al despacho del director. Yo me encargaré de hablar con él y con el profesor Verrader, ¿de acuerdo? —Lo miró con una sonrisa pícara y añadió—. Pero tendrás que ofrecerme algo a cambio…
Fuese lo que fuese, sería mucho mejor que enfrentarse al director, a una expulsión y a la bronca monumental de su madre, de modo que asintió con la cabeza.
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—TENDRÁS QUE RESOLVER PARA MÍ UN NUEVO enigma.
—A Blanca le encantaba poner a prueba a sus alumnos; solía decir que lo que necesitaban no era más información, sino aprender a pensar—. Presta atención y memoriza cada una de mis palabras, pues no lo volveré a repetir:
TENGO UN APARTAMENTO DE DOS PLANTAS UNIDAS POR UNA ESCALERA DE CARACOL. EN LA SUPERIOR HAY UNA HABITACIÓN QUE SE ILUMINA CON UNA SOLA BOMBILLA. EN LA PLANTA BAJA, JUSTO ANTES DE SUBIR LAS ESCALERAS, HAY TRES INTERRUPTORES. SOLO UNO DE ELLOS ENCIENDE LA BOMBILLA DEL PISO SUPERIOR. DESDE ABAJO ES IMPOSIBLE VER NI UN SIGNO DE LUZ O CLARIDAD CUANDO ESTA SE ILUMINA. SI CONSIGUES ADIVINAR CUÁL DE LOS TRES INTERRUPTORES ENCIENDE LA BOMBILLA DEL PISO DE ARRIBA, NO TENDRÁS QUE IR A VER AL DIRECTOR. PERO NO TE LO PONDRÉ FÁCIL:
SOLO PUEDES SUBIR UNA VEZ LAS ESCALERAS PARA VER LA BOMBILLA.
Se quedaron unos segundos en silencio mirándose entre sí. Blanca quería asegurarse de que su alumno digería todas sus palabras, y Niko cavilaba nervioso sobre el enigma. No tenía ni idea de cómo solucionar el problema y lo último que quería era molestar a otro profesor.
—Ahora ve a casa y piensa bien la respuesta que me darás mañana —concluyó Blanca.
Tras darle las gracias, Niko se puso la mochila a la espalda y salió corriendo del instituto.
Sin embargo, no iba a obedecer a su profesora aliada. No tenía intención de ir a casa.