Me senté en el centro de mi propio desorden. Las cajas apiladas contra la pared contenían dos décadas de fotografías Polaroid. De pronto recordé una misión prometida y emprendí la tarea de cribar entre la innumerable cantidad de imágenes, en su mayoría instantáneas de estatuas, altares y hoteles difuntos. Invertí varias horas, pero no tuve suerte y no pude localizar la foto que le había prometido a Ernest: los juegos de mesa de Roberto Bolaño. Sentí un cosquilleo de remordimiento, pero en el fondo pensé que ni siquiera tenía la más remota idea de dónde enviársela si la encontraba. «Camino en círculos. Camino en círculos.» Pensé en la letra de una canción, aunque no logré recordar cuál. «Camino en círculos», rodeada por imágenes de ciudades y calles y montañas que ya no sabía identificar, como pequeñas pruebas de un delito hace tiempo prescrito.
Separé algunas de las fotos que había tomado hacía cosa de un año. La pared trasera de On the Bridge cubierta de pósteres de Wolf Girl. La cafetería cuyas letras eran desproporcionadas en comparación con el interior real. Una cama deshecha, un mal ángulo de la camioneta de Ernest. Un pelícano apostado sobre el cartel del WOW Café. Una imagen movida de un brazalete con un amuleto que resbala por el salpicadero de un Lexus; uno de tantos amuletos de Cammy. Cada uno cuenta una historia, me había dicho ella.
© Patti Smith
Los juegos de mesa de Roberto Bolaño.
Cammy, Ernest, Jesús y la rubia, todos ellos personajes de una realidad alternativa, recortes en blanco y negro dentro de un mundo en tecnicolor. Incluso el cartel luminoso y los vigilantes de la playa. Un mundo que en sí mismo no era nada y que, a la vez, parecía contener una respuesta para cada pregunta impronunciable en la función imposible de principios de invierno.
Reordenando las Polaroids otra vez dentro de una caja, encontré varios sobres de papel cebolla dentro de un envoltorio de papel manila. Había varias fotografías del Guggenheim de Bilbao y el vestíbulo de estilo años cincuenta del hotel de playa de Blanes. Imágenes que sin duda me habían gustado especialmente y que había guardado aparte. Los zapatos del escritor. La tumba de Virgilio. Dos tilos en la niebla. Uno tras otro, cada uno un talismán en un collar de continuos viajes. Y detrás de una imagen de una niña con el pelo moreno y rizado estaban los juegos de Bolaño. No eran gran cosa, la verdad, un simple interior de armario, pero era justo lo que andaba buscando.
Me senté en el suelo con cierta satisfacción; al fin y al cabo, la búsqueda no había sido tan infructuosa. Me fijé en la fotografía de la niña sonriente, la hija de Roberto Bolaño. Ella no había jugado con los juegos de su padre, sino que tenía juegos propios. Me imaginé varias niñas iguales que ella, dando vueltas, cantando en idiomas distintos que a la vez parecían el mismo. De pronto me sentí cansada. Permanecí donde estaba y me apoyé contra la cama, tratando de desenredarme el pelo, lleno de nudos. Me vino a la cabeza un fugaz recuerdo de estar desenredando dos cadenas de oro. Círculos dorados gemelos y rostros como amuletos que cuelgan, algunos en primer plano, otros indefinidos.
© Patti Smith
El unicornio en cautividad, Museo Metropolitano de Nueva York.