En busca de Imaginos

 

 

 

Imaginos se acercó al sol con canciones

desconocidas e historias inacabadas.

SANDY PEARLMAN

Recorrí toda Atlantic Avenue, donde en otros tiempos había comprado henna y discos de reggae que no se encontraban en ninguna otra parte. Me detuve a revolver entre unos baúles rebosantes de disfraces tirados delante de un teatro abandonado, había túnicas de lentejuelas y faldas con abalorios que relucían al sol del veranillo de San Martín. Desenterré un delicado vestido de seda, era ancho pero aun así liviano, como si lo hubiera tejido una fábrica de disciplinadas arañas. Dejé mi cazadora encima de una caja y me puse el sedoso vestido encima de la camiseta y el peto. Seguí rebuscando y encontré un abrigo, también ligero y algo ajado. Era de los que me gustan, sin una sola costura, acribillado de agujeritos en los bajos y en las mangas. Había una goma elástica en el bolsillo derecho, enredada en hilo. Me recogí el pelo en una coleta alta y subí la rampa metálica para tomar asiento en el Jefferson Airplane. Me refiero al avión, no a la banda de música, pero cuando alcé la vista me di cuenta de que estaba en una furgoneta, no en un aeroplano, lo que me resultó bastante confuso. El conductor encendió la radio, un partido de béisbol interrumpido por llamadas radiofónicas en otro idioma, algo musical, quizá albano. Tomó una ruta distinta de la que le pedí e hizo caso omiso de mis indicaciones. No paraba de refunfuñar y de rascarse los gruesos brazos, y me fijé en las escamas de piel que caían en el reposabrazos de cuero sintético negro. Nos pilló un atasco en un puente, pero no era un puente normal y parecía bambolearse un poco. Me sentí más que tentada de bajar de la furgoneta y cruzarlo a pie.

Y así siguieron los días. Daba igual qué camino tomase o en qué avión me montara, aún estábamos en el año del Mono. Continuaba inmersa en un ambiente de brillo artificial con aristas corrosivas, la hiperrealidad de los polarizantes aludes de lodo preelectorales, una avalancha de toxicidad que se filtraba en todos los puestos fronterizos. Me limpiaba la mierda de los zapatos una y otra vez, no paraba de ocuparme de mis asuntos, el más importante el de estar viva, y lo hacía lo mejor posible. Aunque un insidioso insomnio se apoderaba poco a poco de mis noches y daba paso a la repetición mental de las aflicciones del mundo al amanecer. En un momento dado intenté dormir con la televisión encendida, un aparato pequeño colocado al lado derecho de mi cama. Tratando de esquivar las noticias, di con un canal a la carta y elegí episodios de Mr Robot al azar, que fueron sucediéndose a un volumen bajo. La monótona voz en off del hacker encapuchado Elliot me resultaba sedante y logré entrar en el limbo, que era casi como dormir.

A principios de octubre, Lenny y yo volamos a San Francisco para el acto en recuerdo de Sandy. Sentí una oleada de amargura irracional. Pensé que debería haberse celebrado en Ashland, con todo el ciclo de El anillo de los nibelungos representado al nivel del suelo, sin decorados, en un escenario circular, donde los dolientes pudieran cambiar de posición cada hora, para experimentar El anillo desde todos los ángulos. Sandy dejó un vacío y, con su inesperada desaparición, se esfumó su devoción por Wagner, Arthur Lee, Jim Morrison, Benjamin Britten, Coriolano, Matrix y una visión revolucionaria de Medea ideada para desmontar y luego reformular el mundo teatral. Sin familia que pudiera recordarlo, los amigos hablamos uno por uno con cariño, algunos incluso con humor, de su juventud en Stony Brook, de sus aportaciones a la tecnología musical, de sus canciones y su visionaria producción del grupo de rock Blue Öyster Cult. Alguien comentó que había sido un respetado profesor en la McGill University, especializado en la oscura convergencia entre la composición clásica y el heavy metal.

Roni Hoffman y su marido, Robert Duncan, los ángeles de la guarda de Sandy durante toda su vida, se habían encargado de un modo altruista de gestionar la complicada y al final fallida convalecencia; ambos hablaron con desgarro de décadas de amistad. Los relucientes hilos de sus reminiscencias se entrelazaron con los míos y sin querer me encontré de nuevo en un lejano viaje con Sandy a Los Claustros del Museo Metropolitano de Nueva York. En aquella época él todavía tenía el coche deportivo y quería mostrarme los magníficos tapices que componen La caza del unicornio, una obra canónica creada en el siglo XVI por manos anónimas en honor de una realeza desconocida. Los tapices eran inmensos, por lo menos cuatro metros de escenas pictóricas hechas con urdimbre y seda entretejida de una manera intrincada con hilos metálicos y hebras plateadas y doradas.

Sandy y yo nos detuvimos delante de El unicornio en cautividad. El mítico animal estaba cercado por una valla de madera rodeada de una alfombra de flores silvestres, vibrantemente vivas. Sandy, un admirable tejedor de palabras, describió los terribles acontecimientos que habían conducido a su captura, seducido y luego traicionado por la doncella.

—El unicornio —dijo Sandy con solemnidad— es una metáfora del tremendo poder del amor.

Postrado de rodillas, el unicornio resplandecía en su angustia. Hasta entonces, yo solo había visto y admirado su belleza en los libros, sin comprender su magnitud, su poder innato para despertar una creencia enterrada en la existencia de una criatura mítica.

—Este unicornio —continuó mi amigo— está tan vivo como tú y yo.

Lenny me dio un suave golpecito en el hombro y me condujo al modesto escenario. Interpretamos «Pale Blue Eyes», después una versión lenta y ceremonial de «Eight Miles High», ambas canciones muy significativas para Sandy. Lenny tocó la guitarra eléctrica con los ojos cerrados. No pude evitar sentir una desconsolada distancia, como Nico cuando toca su elegía para Lenny Bruce.

Por último, Albert Bouchard, el carismático batería de Blue Öyster Cult, se embarcó en la obra maestra de Sandy, «Astronomy», armado únicamente con una guitarra acústica: una hazaña que requería un inmenso grado de abnegación, teniendo en cuenta la ambiciosa dimensión de la pieza. Años atrás había presenciado con Sandy, ambos en trance, cómo Blue Öyster Cult tocaban esa misma canción con Albert al timón en una plaza con aforo para dieciocho mil personas. Albert, ahora en solitario, interpretó «Astronomy» con un pathos que rompió todas las barreras estoicas de los presentes, y todos acabamos llorando.

Lenny y yo volvimos a adentrarnos en la noche y paseamos por Chinatown. Pasamos por delante del mismo banco de los monos sabios que había visto cuando iba sola. Anduvimos durante lo que me pareció una eternidad, arriba y abajo por las calles de San Francisco, y nos paramos a recuperar el aliento en la esquina de Fillmore y Fell. Yo lucía las prendas que había encontrado en los baúles volcados de Atlantic Avenue. Lenny llevaba una cazadora negra que había sido de mi marido, vaqueros negros y un chaleco de cuero también negro. Me levanté la falda para atarme el cordón de la bota.

—Bonito vestido —me dijo.

La banda se nos unió dos días más tarde en el Fillmore para homenajear a Sandy. Al bajar del coche, se me acercaron dos tipos. No se parecían en nada, pero al mismo tiempo daban la impresión de ser la misma persona. El que llevaba la cabeza rapada me regaló un collar. Me lo guardé en el bolsillo de la cazadora sin mirarlo y, una vez más, subí los peldaños metálicos hasta la puerta del escenario, mientras me imaginaba a Jerry Garcia haciendo lo propio. Lenny ya estaba ahí para recibirme y abrió la pesada puerta de hierro. Me quedé un instante congelada antes de llegar a él, de pronto consciente de la repetición de todas nuestras acciones.

Esa noche, al tocar «Land of a Thousand Dances», cerré los ojos durante la parte del solo, improvisando y dejándome llevar hasta el Báltico, hasta la tierra de Medea. Recorrí a pie la extensión yerma, siguiendo las sandalias de Medea, igual que ella había seguido a Jasón. El vellón dorado relucía y cegaba a todos los que se atrevían a levantar la vista hacia él. Vi la llama en el corazón transparente de Medea y noté la sangre que hervía en sus venas. Alta sacerdotisa, pero a la vez campesina, era incapaz de congeniar con el pueblo de Jasón. Obligada a renunciar a su ser primario, se viste como un zorro para ocultar el ataque. Sus hijos pequeños duermen. Los hijos de Jasón. Ella lo amaba y él la traicionó. Observé cómo Medea alzaba el brazo blanco adornado con gruesos brazaletes. Vi cómo el vellón perdía el lustro. Vi la daga que entró en sus corazones infantiles.

La banda tocó a todo volumen, la gente estaba alborotada, estallaba de un modo espontáneo. Quizá algunos hubieran seguido el hilo tejido desde la pelliza de Jasón hasta el vellón de Medea y la terrible brujería del más allá, pero no importaba. Yo canté para Sandy, y la poesía que recité era para él. Visualicé su sonrisa radiante, esos ojos azul hielo, y por un momento sentí esa alegre arrogancia que había extendido su manto en el altar de la ópera, la mitología y el rock. Yo estaba en el lugar exacto en el que estaba él, nos quedamos quietos, notándonos el uno al otro, en el precipicio de la tragedia irreversible.