El teléfono del hotel no paraba de sonar. Estaba en el escritorio, pero ¿en qué escritorio, en qué ciudad, en qué mes? Vale, era octubre, en Seattle, en una habitación espaciosa con vistas a un mastodóntico aparato de aire acondicionado, y me habían propuesto que diera una charla sobre la importancia de las bibliotecas. Eran las cuatro de la tarde y me había quedado dormida con el abrigo puesto. El vestido que había llevado al acto en memoria de Sandy estaba arrugado sobre el sillón. Había entrado, había soltado mis bártulos y me había quedado dormida sin más. Medio grogui, me lavé la cara y me preparé para la charla, enlazando mentalmente una sucesión de bibliotecas que había frecuentado de niña, cuando un carnet daba acceso a colecciones enteras de libros: Los gemelos Bobbsey, El tío Wiggily y sus amigos, Freddy el detective, todos los libros de Oz y las novelas de misterio de Nancy Drew. Recuerdos de las bibliotecas entremezclados con imágenes de mis propios libros, cientos de libros, tirados sobre la cama, apilados en el lado derecho de una escalera, amontonados en la mesa plegable de la cocina y en pilas más altas en el suelo, contra la pared.
Una vez en el vestíbulo, me sentí arrollada y transportada por un ensalmo, casi como Holly Martins en El tercer hombre, cuando lo arrastran desde su hotel en Viena para que dé una conferencia sobre el papel del cowboy existencial en la literatura estadounidense. Igual que Holly, me sentía increíblemente poco preparada. Al verme delante de una sala a rebosar, consideré que era mejor seguir la vía personal y hablé de la importancia de la biblioteca pública para una amante de los libros de nueve años que vivía en una comunidad rural del sur de New Jersey, un lugar desprovisto de cultura, sin una sola librería, aunque, por suerte, sí con una pequeña biblioteca a apenas tres kilómetros de su casa.
Hablé de cuánto han significado para mí los libros toda mi vida y de cómo los sábados iba a la biblioteca a elegir mis lecturas para la semana. Una mañana de finales de otoño, a pesar de las amenazadoras nubes, me abrigué bien y emprendí el camino como siempre, pasé por delante de los huertos de melocotoneros, la granja de cerdos y la pista de patinaje hasta llegar al desvío de la carretera que conducía a nuestra única biblioteca. Ver tantos libros juntos siempre me emocionaba, hileras e hileras de libros con lomos multicolores. Ese día me había entretenido hojeándolos mucho más tiempo de lo habitual y el cielo se había vuelto cada vez más ominoso. Al principio no me preocupé, porque tenía las piernas largas y corría bastante rápido, pero al cabo de un rato quedó patente que sería imposible librarme de la inminente tormenta. El frío se intensificó, los vientos se desataron, seguidos de una lluvia fuerte, y después cayó un doloroso granizo. Metí los libros debajo del abrigo para protegerlos, porque tenía un largo trecho que recorrer; me paraba en los charcos y notaba el agua helada que empapaba mis calcetines hasta el tobillo. Cuando por fin llegué a casa, mi madre negó con la cabeza en un gesto de comprensiva exasperación, me preparó un baño caliente y me mandó a la cama. Pillé bronquitis y me perdí varios días de colegio. Pero había valido la pena, porque tenía mis libros, entre ellos The Tik-Tok Man of Oz, Half Magic y El perro de Flandes. Libros fabulosos que releía sin cesar, a los que solo tenía acceso gracias a nuestra biblioteca. Mientras relataba esta humilde historia me fijé en varias personas del público con pañuelos, supongo que reconocían algo de esa jovencita bibliófila en ellas mismas.
A primera hora de la mañana siguiente, me levanté y tomé un café en un local llamado Ruby’s. Recordaba que había comido allí con Lenny y Sandy unos años antes, después de un concierto en el Moore Theatre, el teatro más antiguo de Seattle, famoso por su decoración de inspiración egipcia. El gran Nijinsky y Anna Pávlova habían bailado en su escenario y nada menos que Sarah Bernhardt, los hermanos Marx, Ethel Barrymore y Harry Houdini habían hecho sus mejores números allí también. Al principio estaba segregado y las personas de color se veían relegadas a los asientos altos del gallinero. Esa mácula del teatro encerraba cierta ironía, ya que esos mismos asientos se veían recompensados con la mejor acústica. Fue el año en que Sandy y yo viajamos en coche a Ashland para ver Coriolano en el Oregon Shakespeare Festival. O, como dijo él, para presenciar la caída hasta el punto de la soberbia de lo que Shakespeare había elevado al reino de lo místico. Me terminé el desayuno y me acerqué a dejar un donativo en la hucha de la Misión Pan de Vida. Un tipo sin techo con un abrigo largo de color gris y un pasamontañas morado garabateaba un mensaje en una pared de ladrillo con un trozo grueso de tiza rosa. Le dejé un billete de cinco en la taza que tenía junto a la cama improvisada de cartones aplastados, luego observé sus dedos hasta que, poco a poco, fueron emergiendo las palabras: «Belinda Carlisle importa».
—¿Por qué? —le pregunté—. ¿Por qué importa Belinda Carlisle?
Se me quedó mirando un rato larguísimo que se convirtió en otro rato todavía más largo, hasta remontarse al momento en el que las ciudades no eran más que meras colinas. Apartó la mirada de mi cara y se observó el hombro, luego bajó la vista hacia sus propios pies y, por fin, miró hacia arriba y respondió en voz baja:
—Tiene ritmo.
Ese fue un auténtico momento Sandy. De haber estado allí conmigo, sin duda habría declarado que eso era una verdadera revelación. Yo me limité a sonreír y me encogí de hombros. No negaba que tuviera razón, pero tampoco le di más vueltas al comentario hasta varios días después, ya de regreso en Nueva York, cuando, incapaz de dormir, iba cambiando de canal y aterricé en un publirreportaje musical. Creo que era una de esas ofertas en las que venden veintidós CD de los años ochenta, o tal vez fuera un recopilatorio de bandas solo femeninas, pero el caso es que allí en la televisión aparecieron The Go-Go’s tocando «We Got the Beat» en no sé qué festival de música pop inglés. Todas las chicas lo hacían muy bien, pero la que de verdad tenía ritmo era Belinda, nada ostentoso, una especie de Beach Blanket Bingo con un swing moderno y una pizca de Paradis francés, con mallas y tacones altos. Sí, Belinda, dije en voz alta, tienes ritmo.
Su exuberancia era contagiosa. Me imaginé una soberbia pacífica que se extendía por todo el país, como los chicos de West Side Story que se van animando alentados por el cabecilla, mientras cantan «When you’re a Jet...». Cientos de miles de chicas y chicos inundando los perímetros abiertos, imitando los movimientos de Belinda Carlisle, entonando «We Got the Beat». Y soldados que apartan las armas y marineros que dejan sus puestos y ladrones que abandonan las escenas de sus delitos y de repente estamos inmersos en el epicentro de un grandioso musical. Sin poder, sin raza, sin religión, sin disculpas. Y mientras ese ambicioso espectáculo galopaba por mi cabeza, una parte de mí dio un salto y zigzagueó por la calle hasta entrar en la escena, uniéndose al coro que aumentaba ad infinitum, como los ángeles de William Blake saliendo a raudales de las páginas abiertas del libro de la vida.
© Patti Smith
Era el día de los Muertos. Camiseta de Alexander McQueen.