Era el día de los Muertos. Las callejuelas estaban decoradas con calaveras de azúcar y en el ambiente se respiraba una especie de locura rancia. Me daba mala espina lo de celebrar las elecciones durante el año del Mono. No te preocupes, decía todo el mundo, manda la mayoría. No tanto, contraatacaba yo, mandan los silenciosos, y serán ellos los que decidan, mandarán los que no voten. ¿Y quién puede culparlos cuando es todo un montón de mentiras, una elección podrida rebozada en porquería? Millones tirados por un agujero lleno de plasma, gastados en interminables y polémicos anuncios de televisión. Un verdadero oscurecimiento de los días. Todos los recursos que podrían utilizarse para rascar el plomo de las paredes de escuelas que se derrumban, para dar cobijo a los sintecho o para limpiar un río pestilente. En lugar de eso, un candidato a la desesperada tira el dinero a paladas dentro de un pozo y el otro construye edificios vacíos en su propio nombre, otra clase de desperdicio inmoral. A pesar de eso, pese a todos los recelos, voté.
La noche de las elecciones me uní a un encuentro de buenos camaradas y vimos cómo un culebrón horroroso titulado «elecciones estadounidenses» se desplegaba en una televisión de pantalla gigante. Uno por uno, todos te marcharon trastabillando a encontrarse con el amanecer. El bravucón bramó. Mandó el silencio. El 24 por ciento de la población había elegido lo peor de nosotros mismos para que representara al otro 76 por ciento. Salve, nuestra apatía americana; salve, la retorcida sabiduría del Sistema Electoral.
Incapaz de dormir, me dirigí a Hell’s Kitchen. Unos cuantos bares seguían abiertos, o es que nunca cerraban, y nadie había barrido ni limpiado las mesas con el fin de prepararlas para un nuevo día. Tal vez querían negar que era un nuevo día o sencillamente querían limitar su desarrollo. Todavía es ayer, gritaban los desperdicios, todavía queda alguna oportunidad en el infierno. Pedí un trago de vodka y un vaso de agua. Tuve que quitar los cubitos de hielo a mis dos bebidas y los tiré en un plato de galletitas rancias. La radio estaba encendida, una radio de verdad, en la que Billie Holiday cantaba «Strange Fruit». Su voz, una voz de sufrimiento lacónico, provocaba escalofríos de admiración y vergüenza. Me la imaginé sentada junto a la barra, con una gardenia en el pelo y un chihuahua en el regazo. Me la imaginé durmiendo con una falda blanca arrugada y una blusa durante una gira en un autobús de gasoil, después de que le denegaran la entrada en un hotel sureño para blancos a pesar de ser Billie Holiday, a pesar de ser sencillamente un ser humano.
El ventilador de techo estaba cubierto de polvo. Observé cómo daba vueltas, o mejor dicho, observé el movimiento de su giro. Creo que en un momento dado hice un gesto con la cabeza, pues había pillado al vuelo el final de otra canción pasajera. «New York, I love you, but you’re bringing me down.» Colinas cubiertas de pinos, huevos matutinos en una cesta.
—¿Otra copa?
—No me gusta mucho beber —contesté—. Prefiero un café solo.
—¿Quiere leche?
La camarera era guapa, pero del labio le colgaba un pellejito. No podía evitar mirarlo. En mi mente se volvió más grande y más pesado, luego se desprendió y cayó en un plato imaginario de caldo humeante que se había ensanchado, hasta formar una piscina burbujeante, de la que emergió una imitación de la vida. Sacudí la cabeza. Las cosas que nos hacen entrar en trance pueden ser muy azarosas. Desde luego, había llegado el momento de ponerse en marcha; sin embargo, una hora más tarde continuaba allí. No tenía hambre ni sed, pero pensé que quizá debía pedir algo más para justificar que llevaba más de una hora sentada en el mismo sitio, aunque no parecía importarle a nadie, quizá la misma parálisis postelectoral nos embargaba a todos.
Pasaron los días, y lo hecho, hecho estaba. Pasado el día de Acción de Gracias y con la Nochebuena al acecho, deambulé por las calles de tiendas al ritmo de un susurro interior: «No me compréis nada. No me compréis nada». El sentimiento de culpa mojó las partículas secas de la derrota; ¿cómo había acabado todo tan mal? Otro caso de protesta social desequilibrada. Noche silenciosa, silenciosa. Fusiles de asalto envueltos en papel de aluminio apilados debajo de árboles artificiales decorados con diminutos becerros de oro, objetivos dispuestos en la parte posterior de los patios cubiertos de nieve.
Pleno invierno y, aun así, la temperatura apenas había bajado. Al cruzar Houston Street, me percaté de que en el pesebre que había delante de la iglesia de St. Anthony faltaba el niño Jesús. No había pájaros apoyados en los hombros de san Francisco. Las doncellas de escayola con cofias blancas preparaban un festín vacío. Jamás me había sentido tan hambrienta, jamás tan vieja. Subí con paso firme la escalera hasta mi habitación mientras recitaba para mis adentros: «Una vez tuve siete, pronto tendré setenta». Estaba agotada de verdad. «Una vez tuve siete», repetí, sentada en el borde de la cama, todavía con el abrigo puesto.
Nuestra rabia controlada nos da alas, la posibilidad de negociar con los engranajes para que giren hacia atrás, uniendo todos los tiempos. Arreglamos un reloj, optimizamos la capacidad innata de retroceder en el tiempo, por ejemplo, hasta el siglo XIV, marcado por la aparición del rebaño de Giotto. Tocan las campanas del Renacimiento, mientras un cortejo fúnebre sigue el ataúd que contiene el cuerpo de Rafael, luego vuelven a tañer mientras el último golpe de cincel revela el cuerpo lechoso de Cristo.
Todos van a donde van, igual que yo fui a donde fui, y me encontré en un rincón sombrío, apestando a huevo y a aceite de linaza en el taller de los hermanos Van Eyck. Allí vi un agua en movimiento creada con tanta exactitud que era capaz de provocar sed. Fui testigo de la precisión del hermano más joven mientras rozaba con las cerdas del pincel de marta cibelina la herida húmeda del Cordero Místico. Salí a toda prisa por miedo a chocar con él y continué mi acelerado viaje hasta los albores del siglo XX, planeé sobre los verdes campos de la prosperidad rural, moteados por las cruces que conmemoraban a los hijos asesinados en la Gran Guerra. No se trataba de sueños intangibles, sino del frenesí de las horas vivas. Y en esas horas fluidas presencié cosas asombrosas hasta que, cuando me flaquearon las fuerzas, describí un círculo por encima de una callecita formada por antiguas casas de ladrillo y elegí el tejado de una que tenía un tragaluz polvoriento. El pestillo estaba abierto. Me quité la gorra y sacudí parte del polvo de mármol. Lo siento, dije, alzando la vista hacia un puñado de estrellas, el tiempo se agota y no hay conejo posible capaz de atraparlo. Lo siento, repetí, mientras bajaba la escalera, consciente de dónde había estado.
Día 30 de diciembre. Dejé atrás mi setenta cumpleaños y llegué al final del año, cubierta hasta los tobillos de confeti. Susurré «Feliz Año Nuevo» a mis botas, tan viajadas, igual que había hecho exactamente un año antes. Justo un año desde el día en que había entrado en el Dream Motel, en el que algunas cosas resultaron inciertas y un cartel luminoso predijo que yo viajaría a Uluru. Justo un año desde el día en que Sandy Pearlman todavía estaba vivo y consciente. Justo un año desde el día en que Sam todavía era capaz de preparar café y escribir de su puño y letra.
© Patti Smith
Sin rastro de hipérbole. Retablo de los hermanos Van Eyck, Gante (Bélgica).