El Cordero Místico

Viajé con una sencillez casi religiosa hasta un lugar del que nunca había oído hablar, una ciudad próxima a Santa Ana, en la parte oeste, donde Sam había ido a pasar el invierno. Una ciudad en la que, según me dijo, jamás paraba de llover. Ven, me ordenó con cariño, y así, sin más, metí en la mochila el chubasquero, una camisa de franela, unos cuantos calcetines y un libro pequeño, pero profusamente ilustrado, sobre el retablo del altar de Gante. En el avión, intenté no pensar en cómo estaban las cosas, rehuí los pensamientos desagradables. Hubo algunas turbulencias, pero no me importó, no era más que un tiempo revuelto que no presagiaba ninguna intención personal. Abrí el librillo y me concentré en el majestuoso retablo, una de mis obsesiones preferidas desde hacía tiempo.

El magnífico políptico fue pintado sobre roble en el siglo XV por los hermanos flamencos Hubert y Jan van Eyck. Llevaron a cabo el conjunto de la obra con una expresividad tan dúctil que ha sido venerada por todos los que la han contemplado y, en opinión de muchos, es un conducto hacia el Espíritu Santo. Igual que los arcángeles habían sido instrumentos divinos, una encarnación física de una llamada telefónica con Dios. La Virgen María recibió esa llamada, plasmada en el panel exterior de la Anunciación, ese anuncio de la Encarnación por parte del ángel Gabriel; es fácil imaginar el ardiente entramado de miedo y exaltación que emanó de esa única transmisión. La Virgen se arrodilla dentro de un vacío caleidoscópico ornamentado con sus palabras invertidas, pintadas en oro bruñido. No es una hoja estridente, sino una hoja flamenca, aplicada por unas incomparables manos flamencas. En una ocasión, toqué la superficie del panel exterior y me embargó la admiración, no en el sentido de reverencia religiosa, sino hacia los artistas que lo habían llevado a cabo; percibí su espíritu turbulento y su magistral calma y concentración.

La Virgen María aparece retratada otra vez, con un semblante más sereno, encima del panel central del interior, donde ocupa su lugar a la izquierda del Hijo de Dios. Unas palabras cubren el doble halo que se curva alrededor de su cabeza, ligeramente inclinada, e indican que ella es el espejo inmaculado de la Divina Majestad. Pese a todos los elogios, muestra una sencillez auténtica, la naturaleza dulcificada y digna de la Virgen de los Dolores.

Debajo está la cruz del retablo, La Adoración del Cordero Místico, del que en su época se decía que era capaz de inducir el éxtasis. Un misterio sagrado hecho visible a través de una obra de arte. El Cordero, triunfante pero estoico, que acepta todo el sufrimiento del mundo, se alza sobre el altar mientras la sangre del costado gotea dentro del Grial, de acuerdo con la profecía. La sed cesará de ser sed y las heridas cesarán de ser heridas, aunque no de la forma esperada.

¿Qué será de nosotros?, me pregunté al cerrar el libro. Por nosotros me refiero a Estados Unidos, por nosotros me refiero a la humanidad en general. La mirada en los ojos del cordero parecía infatigable, pero ¿es posible que la sangre de la benevolencia no sea infinita, sino que deje de fluir algún día? Imaginé la primavera marchita, la sequía del pozo del samaritano, una inquietante confluencia de estrellas.

Sentí un leve palpitar en las sientes. Noté que tenía la manga manchada por haber rozado la paleta del pintor cuyo pincel había dado la pincelada final a la oscura herida del Cordero. ¿Había ocurrido de verdad? Era incapaz de recordar un rostro, pero sé que yo había llorado, aunque sin la sal de las lágrimas. Recuerdo estar allí de pie hacía apenas unos días, boquiabierta hasta verme cruelmente arrancada del tiempo de La Adoración y arrojada al reino del ahora. La mancha, reconocí, mientras contemplaba el cielo occidental, era por lo menos tan real como el recuerdo.

«En el fondo, ¿qué es real? —había preguntado Sam no hacía mucho—. ¿Es real el tiempo? ¿Son estas manos muertas más reales que las manos de los sueños que trazan una línea o giran el volante? ¿Quién sabe lo que es real, eh? ¿Quién lo sabe?»

En San Francisco tomé el puente aéreo hasta Santa Ana. Roxanne, la hermana de Sam, me recogió en el aeropuerto. Su alegre disposición fue un alivio bienvenido, porque el color gris cubría todo el cielo y llovía, tal como había dicho Sam. Nos detuvimos delante de una casa de listones blancos. Subí los peldaños y vi a Sam a través de la puerta mosquitera antes de que él me viera a mí. Se parecía más que nunca a Samuel Beckett, y aun así albergué la esperanza de no estar destinada a envejecer sin él.

Nos pusimos a trabajar en la reducida cocina. Dormí en el sofá. Desde allí oía la incesante lluvia repiquetear contra la marquesina que protegía el porche. Estábamos a un mundo de distancia de Kentucky, el terreno y los caballos de Sam. Lejos de todo lo que era suyo. Nuestros días se centraban en su manuscrito, destinado a ser el último, una carta de amor nada sentimental a la vida. De vez en cuando, nuestras miradas se encontraban. Sin máscaras, sin distancias, solo el presente; el trabajo era lo principal y nosotros, sus siervos. Al caer la noche, lo aparcábamos y los tres nos enfrascábamos con alegría en el ritual de bajar la silla de ruedas, salvar los peldaños del porche y dar un paseo por la ciudad hasta una cafetería donde servían chocolate a la taza al estilo mexicano. Yo andaba ligeramente retrasada en la llovizna, y experimentaba la mareante sensación de los días pasados, en los que me colgaba del brazo de Sam y juntos pateábamos las calles de Greenwich Village.

 

 

 

 

© Patti Smith

Samuel Beckett, teléfono, Dublín.

 

El silencio que rodeaba la casita me sacaba de quicio. No había ni un alma cuando salíamos a dar nuestros paseos nocturnos. Me odiaba a mí misma por sentir esa inquietud. Sam también la sentía, pero me entendía; él había nacido inquieto. Me metí en el coche con Roxanne. Nos alejamos de la casa de listones blancos, del enrejado cubierto de hiedra y de la regadera de tamaño desproporcionado. Le prometí que me mantendría en contacto. «La sed cesará de ser sed y las heridas cesarán de ser heridas.» Cuando ya estábamos cerca del aeropuerto de Santa Ana, eché un vistazo al móvil. No había ningún mensaje de los ángeles, ninguna llamada, ni un simple timbrazo.

 

 

 

 

© Patti Smith

Somos las espinas vivas. Bastón, Ghost Ranch.