El Gallo de Fuego

La víspera de la Investidura había cuarto menguante. Traté de pasar por alto la opresión que sentía en la garganta, una sensación de pánico creciente. Ojalá pudiera dormir hasta que todo hubiera pasado, pensé, el tipo de sueño de Rip van Winkle. Por la mañana, fui a un spa coreano en la calle Treinta y dos y estuve sentada en su sauna de infrarrojos casi una hora. Me quedé ahí, tosiendo con un montículo de pañuelos pegajosos al lado, y pensé en Hermann Broch ideando el esquema de La muerte de Virgilio mientras estaba confinado en la cárcel. Pensé en la tumba de Virgilio en Nápoles y en que en realidad no estaba allí, pues sus cenizas se habían perdido en misteriosas circunstancias allá por la Edad Media. Pensé en las palabras de Thomas Paine: «Estos tiempos ponen a prueba el alma de los hombres». Paró de llover, pero el viento persistió. Y lo que era verdad continuó siendo verdad. Era el último día del año del Mono y el gallito de fuego cacareaba, porque el intolerable timador de un rubio artificial había tomado juramento, sobre la Biblia nada menos, y Moisés y Jesucristo y Buda y Mahoma parecían estar en un lugar completamente distinto.

A la noche siguiente sonaron los gongs y muchos dragones que lanzaban llamas de papel recorrieron las calles de Chinatown como enormes juguetes de arrastre. Era el 28 de enero. El gallo del año nuevo había llegado, una cosa horrenda con el pecho abultado y plumas del color del sol. «Demasiado tarde, demasiado tarde, demasiado tarde», cacareaba. Terminó el año del Mono y el Gallo de Fuego, que esperaba entre bambalinas, hizo su entrada triunfal. Me salté el desfile del año lunar, pero vi los fuegos artificiales desde la entrada de mi casa. Se me ocurrió que había presenciado los márgenes de las celebraciones tanto en la Costa Este como en la Oeste, el alfa y el omega el año del Mono y, al mismo tiempo, no había participado en ninguna de ellas. Quizá no fuera tan sorprendente, salvo por la cercanía, pues incluso de niña me había costado entregarme de corazón a semejantes festividades, ya que en realidad aborrecía el zumbido del desfile anual de Acción de Gracias con sus carrozas y sus bandas de música o la exaltación maníaca de la gente en el desfile de los mimos. En mi fuero interno, siempre me sentía desplazada por completo en medio de los remolinos de juerguistas, como Baptiste cuando se ve inmerso a la fuerza en las agonías del histérico carnaval al final de Los niños del paraíso.

A pesar de todo, unos días más tarde me encontré de nuevo en Chinatown, en una farmacia de confianza, consultando a un viejo herbolario chino que me había hecho unas infusiones sanadoras tiempo atrás. El cuerpo es un centro reactivo, me dijo, reflexionando sobre mis síntomas y malestar general. Todas estas aflicciones son reacciones a estímulos externos, productos químicos, el tiempo, la comida que ingerimos. Todo es cuestión de equilibrio, el sistema se está recalibrando, nada más. Al final, todo desaparecerá, ya sea una alergia o un resfriado. Hay que mantener la serenidad y no enfrentarse a esas reacciones con demasiada energía. Me dio tres paquetes de té. Uno era dorado, otro rojo y el tercero color salvia. Me los guardé en el bolsillo y salí de nuevo al frío; me di cuenta de que los indicios de la celebración casi habían desaparecido, apenas quedaban restos de farolillos de papel, pedacitos de confeti, un mono de plástico abandonado en un palo roto.

Anduve hasta el final de Mott Street y bajé la escalera de Wo Hop para encontrarme con Lenny y tomarnos un arroz congee. En los años setenta, un cuenco de arroz con pato congee costaba noventa centavos. Wo Hop siempre ha estado abierto, bullicioso, sirviendo congee hasta las cuatro de la mañana. En aquella época todos comíamos allí, a menudo durante la madrugada del Año Nuevo, muchos de nosotros sin blanca, muchos que ahora están muertos. Lenny y yo nos comimos el congee y bebimos té oolong en una gratitud silenciosa, aún vivos; habíamos nacido con tres días de diferencia, ambos teníamos ya setenta y el pelo canoso, inclinándose ante el destino. No hablamos de la Investidura, pero se respiraba en el pesado ambiente, conforme los corazones ansiosos se fundían con otros corazones ansiosos.

Esa noche bebí el té dorado y no tosí durante las horas de sueño. Soñé con una larga fila de migrantes que recorrían a pie el mundo de un extremo al otro, mucho más allá de las ruinas de lo que en otro tiempo había sido su hogar. Caminaban por desiertos y llanuras yermas y humedales asfixiantes, en los que unos lazos anchos de algas incomestibles, más brillantes que el cielo de Persia, se les enredaban en los tobillos. Caminaban arrastrando sus pancartas, vestidos con la tela de las lamentaciones, en busca de la mano tendida de la humanidad, del cobijo donde no se les ofrecía nada. Caminaban donde la riqueza quedaba encerrada en las obras de maestría arquitectónica, pedruscos inmensos que contenían cabañas modernas ocultas con ingenio por la densa vegetación autóctona. El aire era seco y, sin embargo, todas las puertas, ventanas y pozos estaban herméticamente sellados como si anticiparan su llegada. Y soñé que todas sus penurias se retransmitían en pantallas globales, en tabletas personales y en relojes de muñeca inteligentes, hasta convertirse en una popular forma de entretenimiento basado en la realidad. Todos observaban con apatía cómo los migrantes pisaban una tierra despiadada, la esperanza sangraba convertida en desolación. No obstante, todos suspiraban emocionados ante el florecimiento del arte. Los músicos se despertaban de su sopor y componían emotivas obras de sufrimiento sinfónico. La escultura surgía como si saliera de la tierra recorrida. Los musculosos bailarines reproducían los tormentos de los exiliados, cubrían a la carrera inmensos escenarios, como superados por la futilidad nómada. Todos observaban, cautivados, mientras el mundo, en su tenaz sinsentido, seguía girando. Y soñé que el mono se encaramaba sobre el mundo, esta bola de espejos de confusión, y se ponía a bailar. Y en mi sueño llovía a cántaros, como un acto de descorazonada venganza, aunque sin tener en cuenta el tiempo salí de casa sin chubasquero y anduve hasta Times Square. La gente se estaba congregando delante de una pantalla mastodóntica para ver la Investidura y un joven, nada menos que el mismo que había alertado al pueblo de que el emperador iba desnudo, gritó: ¡Mirad! ¡Ha vuelto! ¡Lo habéis dejado salir del saco! Lo que siguió a las celebraciones fue otro episodio de la recreación de los juicios a los migrantes. Barcos de madera con líneas doradas yacían abandonados en las aguas poco profundas. Una fantasmagórica mascota dorada bajó, chillando y aleteando con sus monstruosas alas. Los bailarines se retorcían agónicos mientras la alambrada de la compasión les pinchaba en los pies. Los espectadores se apretaban las manos en una furia empática, aunque eso no era nada comparado con lo que vivían quienes recorrían la tierra a pie, los animales del sacrificio de todo el orbe, trazando palabras en la arena que se lleva el viento. Retratadnos si es preciso, pero somos las espinas vivas, los perforados y los que perforan. Y me desperté y lo hecho, hecho estaba. La cadena humana seguía en movimiento y sus voces jugaban con el aire como una nube de insectos devastadores. Es imposible acercarse a la verdad, ni añadir ni quitar, porque no hay nadie en la tierra equiparable al verdadero pastor y nada hay en el cielo equiparable al sufrimiento de la vida real.

 

 

 

 

© Patti Smith

Intenté llamarte, me dijo... Cabina telefónica, Ciudad de México.