Era un bar-cafetería de tercera clase. Con eso quiero decir que tenía un grado de anonimato que a la par camuflaba y exponía los cuestionables tejemanejes que sucedían. No había lugar alguno en el que esconderse entre sus paredes incoloras, pero al mismo tiempo, pocas personas cruzaban la puerta, un local de aspecto anodino en una callejuela justo al final de la pasarela de madera. Pobres diablos, corredores de apuestas y asiduos, los últimos vestigios de una era que solo un poli sucio podría reconocer.
Repasé el panorama al entrar. Las mismas mesas desperdigadas, el suelo de linóleo con motas amarillas, unos cuantos cubículos. Ya había estado allí en otra ocasión, unas dos décadas antes, en los tiempos en que servían los mejores huevos con jamón y le ponían auténtico jamón de Virginia. La mesa de billar había desaparecido, pero por lo demás, la sala era igual de sombría, desprovista de decoración, a menos que contase como tal el calendario con estampas de montaña. Un lugar en el que meterse en los propios asuntos constituía una religión menor.
El tipo más próximo a la puerta estaba encorvado, concentrado en mirar su taza, como si tratase de descifrar una oscura profecía que emanase de sus posos. Junto a él había un cenicero lleno de colillas, el bodegón perfecto. Dos tíos del fondo hablaban en voz baja, tan pegados el uno al otro que las cabezas de ambos se tocaban por encima de la mesa.
Me quedé junto a la barra y esperé a que me sirvieran. Había una fotografía descolorida de Manolete, el torero, en un marco de madera dorada, con capullos de rosa de seda pegados en las esquinas. Me apetecía un café, pero me vi forzada a pedir un trago. Apuré de un sorbo el vodka, preguntándome cómo encajaba yo en semejante panda de desgraciados. Quizá fuera como un vagabundo, no acomodado pero tampoco hundido, quizá como alguien que había perdido el barco o por lo menos alguna oportunidad brillante.
—¿Qué tipo de vodka es este?
—¿Y quién quiere saberlo?
—Bueno, está aguado, pero el condenado entra muy bien.
El camarero fingió ofenderse.
—Kauffman. Es ruso.
—Kauffman —repetí. Luego lo apunté en una libreta pequeña de tapa flexible que llevaba en el bolsillo de los pantalones.
—Sí, pero aquí no se encuentra.
—Pero está aquí —dije.
—Sí, pero aquí no se encuentra.
Suspiré y lo dejé correr. ¿Era todo un sueño? ¿Acaso todo lo ocurrido había sido un sueño? Empezando por el Dream Motel y pasando por todas las maldades inducidas por el mono. Seguía inmersa en esa elucubración circular cuando percibí que no estaba sola. Eché un vistazo rápido al bar y entonces lo vi. No me había fijado en él al entrar, pero estaba justo ahí, ya lo creo, sentado en la penumbra, junto a una mesa del rincón, sacando papelitos doblados de la cartera. Hacía bastante que no pensaba en él, no desde que me había dejado tirada en un paisaje casi bíblico en su vacuidad. Estaba decidida a lograr que me mirara a los ojos, pero lo cierto es que miraba a través de mí. «Nos conocimos en el WOW —dije mentalmente—. Bueno, en realidad no llegamos a presentarnos de manera formal. Yo estaba sentada a la misma mesa y me limité a meterme en la conversación, la de 2666, en la que acabasteis hablando de las razas caninas de San Petersburgo.» Ernest no hizo ademán de recibir el mensaje, así que me acerqué a él y me senté. Empezó a hablar como si retomase una conversación dejada a medias, dijo no sé qué sobre la escena con la que empieza Apocalypse Now.
—Martin Sheen borracho como una cuba, un acto de auténtico valor, el acto más valiente de toda la película, asombrado de que lo hayan conseguido. El espejo roto y toda la sangre. No sangre de película. Sangre de Martin Sheen.
Entonces se levantó y fue al baño. Yo me acerqué a la barra y pedí otro trago. No me gusta mucho beber, pero supuse que un vodka aguado, y más si era vodka bueno, no me haría daño, ni siquiera a media tarde. Señalé con la mano hacia donde antes estaba sentado Ernest.
—¿Sabes qué bebía?
—¿Y quién quiere saberlo? —contestó el camarero.
Sin embargo, puso una botella de tequila bastante oscura delante de mí. Le pedí que esperase unos minutos, y que luego llevara la botella a la mesa y le ofreciera una copa a Ernest cortesía de la casa. Dejé dinero en la barra para pagar esa copa y en ese momento entró una mujer con la caja de una peluca y ropa de la tintorería. Cruzó una puerta que había detrás de la barra. Los tipos que tenían las cabezas casi pegadas no se habían movido ni un centímetro. De hecho, nadie se movió, nadie reaccionó ante ella, ni ante mí. Dos mujeres que invadían un mundo de hombres de tercera categoría.
Regresé a la mesa de Ernest. Nos quedamos un rato sentados en un silencio incómodo.
—Me pregunto qué opinaría Joseph Conrad de Apocalypse Now —dije, sobre todo para romper el hielo.
—Es un rumor —contestó—. No hay nada de cierto en eso.
—¿Nada de cierto en qué?
—En lo de que sea una repetición de El corazón de las tinieblas.
—Bueno, vale, no llega a tanto, pero sí que estaba inspirada en él. Incluso Coppola lo dijo. Y en eso reside la mitad de su belleza, en el modo en que Coppola transformó un clásico en un clásico moderno.
—Un clásico del siglo XX, ni siquiera es tan moderno ya... —De repente se inclinó hacia mí—. ¿Quién tenía el corazón más negro, Brando o Sheen?
—Sheen —respondí sin dudarlo.
—¿Por qué?
—Aun con todo, quería vivir.
El camarero nos trajo la botella y le puso un vaso de chupito delante de Ernest. Sírvete uno, invita la casa, le dijo. Ernest lo llenó a rebosar. Lo ameran con agua, me dijo, y se lo bebió bastante rápido.
—Todo sale del corazón. El corazón borracho. ¿Alguna vez has estado borracha? ¿Ebria de verdad? Me refiero a pasarte días borracha, perdida en el romance de todo lo decadente, inmersa en la espiral de la absurdidad.
Eso me dijo mientras se servía otro tequila. Se me ocurrió que nunca lo había visto beber nada salvo café. Aunque claro, lo conocía muy poco. No sabía su apellido, por ejemplo. Pero algunas veces es así. Conoces a un imperfecto desconocido mejor que a cualquier otra persona. Sin apellidos, sin fechas de nacimiento, sin país de origen. Solo los ojos. Los tics extraños. Leves indicadores de un estado mental.
—Va a construir el maldito muro —decía— y el dinero saldrá de los bolsillos de los pobres. Las cosas cambian a una velocidad que nunca soñamos. Hablaremos de la guerra nuclear, ya verás. Los pesticidas serán un grupo alimenticio. Adiós al canto de los pájaros, adiós a las flores silvestres. No habrá nada salvo colmenas que se derrumbarán y filas de ricos listos para subir a bordo de una nave espacial y pasar una noche en la luna.
Entonces se quedó callado. Ambos lo hicimos. Ernest tenía aspecto cansado, los estragos de la vida parecían más pronunciados que apenas un año antes. Noté la amarga tristeza que daba la impresión de impregnar la sala. Se elevaba como un gas asfixiante, y los escasos parroquianos desperdigados levantaron la vista como si hubieran oído el llanto de un niño.
—He venido por Tangier Island —murmuró refiriéndose a la pequeña isla perteneciente a Virginia.
Me incorporé, escribí «Tangier Island» en mi libreta y me la guardé en el bolsillo de los pantalones. Ernest movió levemente la cabeza, pero no dio muestras de que quisiera que me quedara. Vi un centavo en el suelo y me agaché a recogerlo. Mientras salía tuve el presentimiento de que, si volvía a entrar, aunque fuese solo un instante después, todo se vería alterado. De repente sería en tecnicolor, con la nueva camarera al mando, luciendo su peluca, maquillada de arriba abajo, con vestido de tintorería.
Tras salir del local, me senté en un banco cercano. Me pregunté qué haría Ernest en Virginia Beach. Lo poco que sabía de él me hacía pensar en alguna clase de misión. Aunque, claro, él podía estar preguntándose lo mismo sobre mí. Yo había ido en un arrebato, nostalgia pura. Un autobús hasta Richmond solo para contemplar el río James, donde una vez estuve con mi hermano Todd hablando de Edgar Allan Poe y Roberto Clemente, su jugador de béisbol favorito. Todd se parecía a Paul Newman. Los mismos ojos azul hielo. La misma seguridad discreta. Podías contar con él para lo que fuera. Cualquier cosa salvo seguir vivo.
Unos cuantos rezagados más, un tipo paseando el perro, una anciana china con zuecos de madera y calcetines gruesos que iba con su nieto, que sujetaba una pelota roja gigante. El rojo de la pelota parecía solarizado. Una gran bola de sangre plateada. El niño llevaba una chaqueta fina, pero no parecía tener frío; el viento se ensañaba más sobre el agua y se calmaba al llegar a la pasarela del paseo marítimo.
Me pregunté si estaba esperando a que Ernest saliera del local, aunque con toda probabilidad ya se habría marchado. Parecía abatido. No emanaba la misma fuerza agitada que cuando nos conocimos en el WOW. Algo se había desplomado y algo lo había traído hasta aquí. Otra conspiración, tal vez, algo relacionado con Tangier Island. Lo vi salir del bar trastabillando. Me sentí impelida a seguirlo mientras recorría la pasarela, aunque me pareció demasiado teatral. Lo observé unos minutos, pero entonces, distraída por una gaviota que bajó en picado, me perdí el momento en que giró y no vi hacia dónde se encaminó. Perdida la oportunidad, se me ocurrió echar un vistazo en busca de una habitación. Llevaba mucho efectivo encima, la tarjeta de crédito, la libreta y un cepillo de dientes. A lo lejos, un chiquillo en bicicleta se acercó a mi banco y se apeó.
—Disculpe —me dijo—. Un tipo llamado Ernest me ha dicho que le diera esto.
Me tendió una bolsa de comida de papel de estraza.
Levanté la mirada y sonreí.
—¿Dónde está? —pregunté.
—No lo sé, me ha pedido que le diera esto, nada más.
—Gracias —dije mientras intentaba pescar un dólar del bolsillo.
Me habría gustado hacerle algunas preguntas más, pero el chico subió de un salto a la bicicleta y continuó su camino. Miré cómo se hacía cada vez más pequeño, perdiéndose en el horizonte, igual que uno de aquellos barcos de Magallanes. Con un suspiro, abrí la bolsa de papel y saqué un libro de bolsillo desgastado, la traducción al inglés de «La parte de los críticos» de Bolaño, con montones de notas obsesivas en español. Pasé las páginas hasta llegar a los sueños relacionados con el agua, donde aparecía la línea en blanco que había mencionado la rubia de anuncio, la Liz Norton de nuestro grupo. Al leerlo sentí impaciencia por volver a una gran ciudad. Una ciudad despiadada. De edificios bajos. Ciudad de México en 1949. Miami en 1980. Noté los dedos insidiosos del recuerdo hurgando entre los matorrales como la mano desmembrada del pianista que con vida propia intenta agarrar la garganta de Peter Lorre en La bestia con cinco dedos. Era una de las películas favoritas de mi hermano Todd y pensar en ella desencadenó escenas improvisadas, otras imágenes de vida. Todd sonriendo al sol en el terrenito en el que construiría una casa para su mujer y su hija. Todd inclinado sobre una mesa de billar con un cigarrillo en los labios. Cruzando Pensilvania en una camioneta sin calefacción, con nubes de vaho que se formaban mientras cantábamos a dúo canciones viejas de la radio. «My Hero.» «Butterfly.» «I Sold My Heart to the Junkman.» Ahora no, dije, y sacudí el recuerdo. Luego abrí el libro y empecé por el principio. Los críticos parecían más vivos que los peatones que veía y de repente el mar ya no era el mar, sino un telón de fondo para las palabras, algunas de las mejores secuencias de palabras que se hayan formado en el siglo XXI.
Cuando levanté la vista el tiempo había volado, como si tuviera un avión particular. Ernest estaba de pie a pocos pasos de mí. Parecía tener un control total de sí mismo, en absoluto ebrio. Me acerqué a él, en parte aliviada pero, a la vez, con pocas ganas de hablar por hablar sin llegar a ninguna parte.
—No soy más que una escritora —dije con hastío—, nada más.
—No soy más que un mexicano que cree en la verdad.
Lo miré de arriba abajo. Se azoró un poco y luego se rio.
—De acuerdo. Mi padre era ruso, pero no vivió mucho.
—¿Tu padre también se llamaba Ernest?
—No, pero era tan serio como yo.
Sonreí, aunque sentí una punzada de melancolía. Un fogonazo de una cartera, una mano que extraía una fotografía de una mujer con un vestido oscuro de flores junto a un niño con pantalones cortos y muy bien peinado. Los ojos de Ernest indicaron que sabía qué estaba viendo yo.
—¿Por qué Tangier Island? —pregunté al fin.
—Desde que el huracán Ernesto azotó la isla, se está desvaneciendo en el mar. Tengo que hacer las paces.
Me percaté del movimiento de las nubes. Lluvia, pensé.
—¿Sabes una cosa?, en una placa de madera de una de las estructuras más antiguas construidas en Estados Unidos hay un dicho grabado en inglés antiguo: «Esto es Tangier Island. Igual que ella se va, nosotros también».
—¿De verdad la has visto? —le pregunté.
—Las cosas así no se ven. Se sienten, como ocurre con todo lo importante; llegan sin más, se cuelan en tus sueños. Por ejemplo —añadió con picardía—, ahora estás soñando.
Me di la vuelta. Seguíamos delante del mismo bar-cafetería de tercera clase.
—¿Lo ves? —dijo con una voz que me recordó vagamente a otra.
—Eres el cartel luminoso del Dream Motel —espeté de pronto.
—Se llama Dream Inn —respondió antes de esfumarse.