Primero murió Mohamed Alí, luego Sandy y Castro y la princesa Leia y su madre. Ocurrieron cosas durísimas, que engendraron otras aún más terribles, y luego fue el futuro el que llegó y se marchó, y aquí estamos, viendo todavía la misma película humana, una larga cadena de privaciones que se ofrecen en tiempo real en unas gigantescas pantallas perpetuas. Las injusticias sobrecogedoras constituyen la nueva experiencia vital. El año del Mono. La muerte del último rinoceronte blanco. La desolación de Puerto Rico. La masacre de escolares. Las denigrantes palabras y acciones contra nuestros inmigrantes. La huérfana Franja de Gaza. ¿Y qué hay de la existencia al alcance de la mano? ¿Qué hay del escritor estoico que tenía una miniatura del mundo en la palma de su mano tatuada? ¿Qué será de él? Me lo había preguntado muchas veces, yendo y viniendo de Kentucky. Cuando escribí estas palabras por primera vez, no lo sabía aún, y sería fácil adelantar o rebobinar, pero el tiempo tiene la costumbre de avanzar sin descanso, de esfumarse con su tictac; ocurren cosas nuevas que nadie puede alterar, a un ritmo que no puede igualarse. Sam y yo solíamos reírnos de esa falta de sincronía: escribes en el tiempo y entonces el tiempo se esfuma y, en tu afán de seguirle el paso, te ves escribiendo un libro totalmente distinto, como Pollock cuando perdía el contacto con un cuadro y hacía otro cuadro radicalmente distinto y luego perdía el hilo de los dos y, en un ataque de ira, aporreaba paredes de cristal. Te diré una cosa, la última vez que vi a Sam, su manuscrito estaba terminado. Estaba ahí, en la mesa de la cocina, como un pequeño monolito que contenía lo incontenible, un brillante titileo que no podía apagarse. ¿Por qué pájaros?, escribió Sam. ¿Por qué pájaros?, se hizo eco su hermana. Su canción flotaba desde un radiocasete medio enterrado en la arena. ¿Por qué pájaros?, sollozó el anciano. Y movieron las alas, retomaron su formación rota y al final desaparecieron. ¿Qué sería del escritor? La respuesta está encerrada ahora en un epílogo que no iba a ser un epílogo, pero que se ha convertido en uno, ya que lo único que podemos hacer es intentar seguir el ritmo mientras Hermes corre ante nosotros con sus tobillos cincelados. ¿Cómo exponemos esto, si no es contando la verdad? Sam Shepard no podría subir físicamente los peldaños de una pirámide maya ni ascender por el lomo arqueado de una montaña sagrada. En lugar de eso, se deslizaría con pericia en el gran sueño, igual que los niños de la ciudad muerta extienden láminas de papel encerado sobre los montículos de cadáveres que se apresuran hacia el paraíso. Se llega más rápido si te deslizas colina abajo sobre papel encerado, cualquier niño lo sabe. Esto es lo que yo sé. Sam está muerto. Mi hermano está muerto. Mi madre está muerta. Mi padre está muerto. Mi marido está muerto. Mi gato está muerto. Y mi perro, que murió en 1957, continúa muerto. Aun así, no dejo de pensar que algo maravilloso está a punto de suceder. Quizá mañana. Un mañana que seguirá a una sucesión de mañanas. Sin embargo, si volvemos al momento presente, que en realidad ya se ha esfumado, yo estaba sola en Virginia Beach, abandonada de pronto, aferrada a la bolsa. La bolsa de papel de estraza que contenía el ejemplar usado de «La parte de los críticos» en inglés. Me quedé allí tratando de asimilar la absurda verdad de la frase graciosa pronunciada por Ernest. Venga, tú, le dije al espejo, uno que se había caído de un neceser de maquillaje y cuyo borde dorado se estaba pelando, uno que era fácil conjurar. Vamos, dije a un ojo, y luego al otro ojo, el que se desvía, concéntrate. Tienes que hacerte una composición de la escena completa. El espejo se me resbaló de la mano y, cuando cayó al suelo, oí la voz de Sandy diciéndome: «Esquirlas de amor, Patti, esquirlas de amor». Y entonces eché a andar en dirección contraria, por el trecho más largo de la pasarela. Nadie sabe qué va a ocurrir, pensaba, en realidad no. Pero al mismo tiempo, ¿y si alguien pudiera observar el futuro con un telescopio? ¿Y si ahí, en los tablones del paseo, hubiera un visor que se proyectara más allá de todo 2017, hasta el siguiente año del Perro? ¿Qué cosas podrían verse? ¿Qué giros espectaculares y terribles de la cuerda dorada se producirían aquí y allá, desde el alfa hasta el omega? Unas cuantas muescas, unos cuantos millones de muescas. La muerte del escritor la transfiguración de un amigo los ojos moteados de Jesucristo las llamas que aprisionan el sur de California el derrumbamiento del estadio Silverdome y hombres cayendo como piezas de ajedrez talladas a partir del peso de siglos de indiscreciones y la masacre de los feligreses y las armas y las armas y las armas y las armas. Y allí, una tarde de invierno, allí en el mapa en que las tres grandes fes se movieron a la par por el mercado, donde David conquistó, donde Jesús caminó, donde Mahoma ascendió. Mirad con vergüenza cómo se aparta a los peregrinos, se preparan las tropas y quién sabe cuándo tirarán la primera piedra. La capital neutral elegida para ser la nueva fortaleza capitalista. ¿Se secará el olivo? ¿Temblarán las montañas? ¿Acaso los niños del futuro no probarán jamás la dulzura de la fraternidad? Seguí andando, parecía que la pasarela no tuviera principio ni final. Sabía que debía haber un telescopio de cobre montado en alguna parte, sobre los tablones, y estaba decidida a encontrarlo, bueno, no sería exactamente un telescopio, sino un instrumento para «ver más allá», allí en medio del paseo marítimo. De esos en los que metes una moneda para contemplar las islas que no quedan al alcance pero casi, unas islas ocupadas por caballos salvajes; por ejemplo, Cumberland Island o incluso Tangier Island. Tenía los bolsillos rebosantes de monedas, así que monté campamento y me concentré, primero en un buque de carga, después en una estrella, y luego rehíce todo el camino hasta volver a la Tierra. De verdad pude ver la bola del mundo. Estaba en el espacio y podía verlo todo, como si el dios de la ciencia me dejase otear por su lente personal. La Tierra giratoria se me fue revelando poco a poco en alta definición. Vi cada una de las venas que eran también ríos. Vi el ondulante aire de la enfermedad, el mar profundo y frío y el gran arrecife decolorado de Queensland y rayas manta incrustadas que se hundían y organismos inertes flotando y el movimiento de ponis salvajes galopando por las marismas dejando atrás las islas de la costa de Georgia y los restos de sementales en los cementerios de Dakota del Norte y una manada de ciervos de color azafrán y las grandes dunas del lago Michigan con nombres sagrados indios. Vi el centro que no se sustentaba y, según había descrito Ernest, un islote como el ombligo de una naranja que boqueaba para respirar y una tortuga gigante y un zorro a la carrera y varios mosquetes viejos oxidándose entre la hierba crecida. Había ancianos que trepaban por las rocas y tumbados al sol con las manos juntas. Había chiquillos pisoteando las flores silvestres. Y vi los días antiguos. Oí el tañido de las campanas y vi guirnaldas arrojadas al aire y mujeres que daban vueltas y había abejas que representaban su baile del ciclo de la vida y había vientos fuertes y lunas henchidas y pirámides medio desmoronadas y coyotes que aullaban y olas cada vez más altas y todo olía como el final y el principio de la libertad. Y vi a los amigos que ya no estaban y a mi marido y a mi hermano. Vi a los considerados padres verdaderos ascender colinas distantes y vi a mi madre con los niños que había perdido, enteros de nuevo. Y me vi a mí misma con Sam en su cocina de Kentucky y hablábamos del acto de escribir. A fin de cuentas, me decía, todo es forraje para una historia, lo que significa, supongo, que todos nosotros también somos forraje. Yo estaba sentada en una silla de madera de respaldo recto. Él estaba de pie, mirándome desde arriba, como siempre. «Papa Was a Rolling Stone» sonaba en la radio, que era marrón y tosca, parecía de los años cuarenta. Y pensé, mientras él alargaba el brazo para apartarme con la mano el pelo que se me había metido en los ojos, el problema de soñar es que al final nos despertamos.