A las cuatro de la madrugada me despiertan los furiosos gritos repetitivos de un hombre que está en alguna de las calles cercanas. Desde mi ventana veo la silueta de la Torre de la Paz; mientras las nubes se arrastran por el cielo magullado dejan al descubierto un brillante borrón de la superluna de marzo. Salta una sirena y, aun así, continúo oyendo esos alaridos, medio aullido de lobo, medio aullido humano. Hay una alerta en las noticias de que la población entera de Italia está en cuarentena, el país confinado. Me imagino cafeterías con máquinas de expreso doradas, museos, teatros y calles serpenteantes, vacías por decreto ley. Pienso en Milán, donde La última cena de Leonardo adorna la pared de Santa María de las Gracias; su resplandor pervive y mantiene una fantasmal vigilia sobre las asustadas provincias italianas. Enclaustrados, esperan el virus, como si fuese una acechante invasión bárbara. Y aquí es donde me despido, con la estrategia catastrófica que compite con la prudencia.
Cierro mi diario en el vestuario del Fillmore West, donde empezó todo, el día que cumplí sesenta y nueve años, preparándome para dar la bienvenida al año del Mono. En el pasillo histórico me uno a la banda, nos detenemos delante de la alcoba desde la que nos sonríe la imagen de Jerry Garcia y nos subimos al escenario con la esperanza de que nuestra jubilosa actuación ponga su grano de arena y contribuya a la alegría colectiva.
Nueva York, Gante, San Francisco