Justo enfrente del hotel había una empresa de mensajería. Empaqueté mis últimas pertenencias y las envié a Nueva York, después caminé hasta la otra punta de la ciudad, rumbo al territorio de Jack Kerouac. Al cruzar Chinatown, me topé de forma inesperada con los preparativos del nuevo año lunar, el año del Mono. Confetis de colores caían del cielo, eran cuadraditos de papel con la cara de un mono estampada en rojo. «Desfile 27.» Sin duda sería espectacular, pero me marcharía mucho antes de que se celebrara. Qué curioso, me había ido de San Francisco un día de Año Nuevo e iba a volver a marcharme otro día de Año Nuevo. Notaba la fuerza gravitacional de mi hogar, que, cuando paso demasiado tiempo en casa, se convierte en la fuerza gravitacional de otra parte.
El banco de los tres monos sabios estaba vacío. Me senté unos minutos a recomponerme, ya que las festividades me pillaban por sorpresa. Recordé que una vez, de niña, me había sentado con mi tío en un parque delante de una efigie similar de tres monos. ¿Qué mono preferirías ser?, me preguntó. ¿El que no ve el mal, el que no dice el mal o el que no oye el mal? Me entró un leve mareo, pues temía equivocarme al elegir.
Encontré una callejuela justo fuera del perímetro del barrio. Dumplings para llevar, dos mesas cubiertas de hule amarillo. No había carta. Me senté a esperar. Un chico de cara redonda y en pijama apareció con un vaso de té y una cestita de dumplings humeantes, luego desapareció detrás de una cortina de flores rosadas y verdes. Me quedé un rato quieta, preguntándome qué hacer, hasta que al final decidí seguir el impulso que dominase a los demás. En otras palabras, el impulso que ganase, fuera el que fuese. El té estaba frío y de pronto tomé conciencia de estar aislada en un restaurante extraño. Esa sensación exagerada aumentó hasta que sentí que me encontraba atrapada dentro de un campo de fuerzas, como un habitante de la ciudad embotellada de Kandor dentro de un cómic de Superman.
Oí varias sartas de fuegos artificiales que estallaban a unas cuantas calles de allí. El año del Mono había comenzado y yo no tenía nada claro cómo se iba a desarrollar. Mi madre había nacido en 1920, el año del Mono de Metal, así que llegué a la conclusión de que su sangre quizá me protegiera. El camarero no volvió a presentarse, de modo que dejé unas monedas en la mesa, crucé la barrera invisible y caminé desde Chinatown hasta Japantown, para regresar al hotel.
Extendí mis escasas pertenencias sobre la cama: mi cámara con el fuelle roto, el carnet de identidad, el cuaderno, la pluma, el móvil muerto y algo de dinero. Decidí que volvería a casa pronto, pero todavía no. Con el teléfono del hotel, llamé al poeta que me había regalado un abrigo negro, un abrigo muy apreciado que luego había perdido.
—¿Puedo ir unos días a visitarte, Ray?
—Claro —me contestó sin dudarlo—, puedes dormir en mi cafetería. Estoy preparando café verde.
Tomé un desayuno al estilo japonés en una caja laqueada rectangular y luego devolví la llave del hotel. El viejo mozo de habitaciones que llevaba años apostado allí me preguntó cuándo iba a volver.
—Pronto, supongo. Cuando tenga otro trabajo.
—Será diferente —dijo con nostalgia—. Se acabaron las habitaciones japonesas.
—Pero este siempre ha sido un hotel de estilo japonés —protesté.
—Las cosas cambian —me contestó mientras ya me metía en el taxi.
El vuelo hasta Tucson duraba dos horas y once minutos. Ray me estaba esperando cuando desembarqué.
—¿Dónde has estado? —preguntó.
—Bueno, por ahí. Santa Cruz. San Diego. ¿Dónde estabas tú?
—Comprando café en Guatemala. Luego en el desierto. Intenté llamarte —me dijo entrecerrando los ojos.
—No me llegó el mensaje —respondí a modo de disculpa—. En realidad, mi teléfono lleva muerto una buena temporada.
—No era esa clase de llamada —contestó.
—Ah, vale. —Me eché a reír—. Bueno, ahora estoy aquí, así que supongo que sí me llegó.
Cerró la cafetería, hizo sopa de maíz y yuca, luego desenrolló una esterilla y me preparó una cama. Hacía mucho tiempo que nos conocíamos, juntos habíamos viajado a sitios inhóspitos y sabíamos adaptarnos con facilidad a las rutinas del otro. Me proporcionó una mesa de trabajo y una lámpara infantil con una cascada pintada en la tela de la pantalla; cuando se encendía la luz, parecía que el agua fluyera. A las tantas nos pusimos a escuchar a Maria Callas, Alan Hovhaness y Pavement. Luego jugó al ajedrez en el ordenador un rato mientras yo repasaba todos los libros que abarrotaban sus estanterías, entre ellos los Cantos de Pound, las obras completas de Rudolf Steiner y un grueso volumen de geometría euclídea, que saqué del estante. Era un libro con numerosas ilustraciones que ni siquiera atisbaba a comprender, pero que traté de asimilar.
—Perdí tu abrigo —le dije—. El negro que me regalaste para mi cumpleaños.
—Ya volverá —comentó.
—¿Qué pasa si no vuelve?
—Entonces te saludará en la otra vida.
Le sonreí, sintiendo un extraño consuelo. No le mencioné los envoltorios de las chocolatinas ni los niños desaparecidos ni a Ernest. Era como si yo ya hubiera mudado la piel de esos días. Sin embargo, sí hablamos de Sandy y de tantos amigos que se habían marchado pero que cobraban vida a través del sentimiento mutuo. Al cabo de unos días, tuvo que ausentarse. No sé cuándo regresaré, me dijo, pero puedes quedarte todo el tiempo que quieras. Cargó mi móvil y me enseñó cómo se usaba su radio de frecuencia corta. Jugueteé un rato con ella y sintonicé la emisora de Grateful Dead.
Todavía estaba oscuro y Jerry cantaba «Palm Sunday». Me entró frío, así que busqué una manta en el armario. Encontré una Pendleton de un blanco roto y cuando tiré de ella para sacarla, algo se cayó de un pliegue. Al agacharme a recogerlo, un rayo de luna entró por la ventana. Era un envoltorio arrugado, Peanut Chewz, de un color que no tocaba, con «chews» mal escrito, sin restos de chocolate. Interesada, rebusqué en el armario por si había alguno más y encontré una caja de cartón medio precintada pero que aún se podía abrir. Una caja entera de envoltorios prístinos, había cientos. Me metí unos cuantos en el bolsillo, volví a pegar el precinto y salí a contemplar la luna, una enorme tarta brillante en el cielo.
Rememoré nuestra conversación. «Intenté llamarte.» Yo sabía que lo había hecho. Era la naturaleza psíquica de nuestra dinámica. Recordé los lugares a los que habíamos viajado juntos: La Habana, Kingston, Camboya, isla de Navidad, Vietnam. Habíamos encontrado el arroyo de Lenin, donde se lavaba Ho Chi Minh. En Phnom Penh, las sanguijuelas me cubrieron el cuerpo cuando nos vimos atrapados en las calles inundadas. Temblando junto al lavabo en el baño del hotel, me estremecía mientras Ray iba quitándomelas una por una sin perder la calma. Recordé una cría de elefante decorada con flores que surgió de la densa jungla de Angkor Wat. Yo llevaba la cámara, así que me escabullí para seguir por mi cuenta al animal. Cuando regresé, me encontré a Ray sentado en el amplio porche de un templo, rodeado de niños. Les estaba cantando, el sol era un halo alrededor de su pelo largo. No pude evitar pensar en las Escrituras: «Dejad que los niños se acerquen a mí». Alzó la mirada y me sonrió. Oí risas, el tintineo de unas campanillas, pies descalzos en la escalera del templo. Todo estaba tan cerca, los rayos del sol, la dulzura, la sensación del tiempo perdido para siempre...
Por la mañana bebí dos vasos de agua mineral, hice unos huevos revueltos con cebollita tierna y comí de pie. Conté el dinero, me metí un mapa en el bolsillo, rellené la botella de agua y envolví unos buñuelos en un paño. Era el año del Mono y yo había irrumpido en un territorio nuevo, en una carretera sin sombra bajo un sol molecular. Continué caminando; suponía que tarde o temprano alguien acabaría por recogerme en el coche. Me hice visera con la mano y lo vi acercarse. Bajó la ventanilla manual de una desvencijada camioneta Ford de color azul, un pedazo de cielo viejo transfigurado. Se había cambiado de camisa, tenía todos los botones intactos y en cierto modo parecía otra persona, alguien que conocí en otra época.
—No eres un holograma, ¿verdad? —pregunté.
© Patti Smith
Bombay Beach.
—Sube —dijo Ernest—. Cruzaremos el desierto. Conozco un sitio donde hacen los mejores huevos rancheros y un café del que seguro que disfrutarás. Entonces podrás juzgar si soy o no un holograma.
Había un rosario enroscado alrededor del espejo retrovisor central. Me sentí como en casa al viajar con Ernest en coche en medio de lo inexplicable; sueño o no sueño, ya habíamos zigzagueado por un territorio curioso. Confiaba en sus manos al volante. Me evocaban otras manos, las de los hombres buenos.
—¿Has oído hablar de los silenciadores de motor? —le pregunté.
—¿Qué esperabas? Es una camioneta vieja —respondió.
Ernest fue quien habló la mayor parte del tiempo. Geometría metafísica, con su estilo grave y meditativo, como si extrajese las palabras desde un compartimento secreto. Bajé la ventanilla. Matorrales interminables moteados de cactus suplicantes.
—No hay jerarquía. Ese es el milagro de un triángulo. No hay cúspide ni base ni favoritismos. Despréndete de las etiquetas de la Santísima Trinidad (Padre, Hijo y Espíritu Santo) y sustitúyelas todas por amor. ¿Entiendes a qué me refiero? Amor. Amor. Amor. Un peso equitativo que abarca la totalidad de la llamada existencia espiritual.
Íbamos rumbo al oeste. Ernest paró en un puesto fronterizo con una gasolinera, algunos suvenires y una fonda pequeña. Salió una mujer, que lo saludó como a un amigo de toda la vida; luego nos sirvió café y dos platos de huevos rancheros con alubias refritas y una pasta sedosa de aguacate. Clavado con chinchetas a la pared había un cuadro de Nuestra Señora de Guadalupe con casillas de números para indicar los colores que correspondían a cada parte, junto a una fotografía descolorida de Frida Kahlo y Trotski en un marco de cobre.
—Lo pintó mi nieta —dijo la mujer mientras se limpiaba las manos en el delantal.
Era bastante feo, pero ¿quién iba a culpar a una niña?
—Es bonito —comenté.
Ernest me miró desde el otro lado de la mesa.
—¿Y bien? —preguntó a la expectativa.
—¿Y bien qué?
—No me has escuchado. Estabas en otra parte.
—Ay, perdona.
—Bueno —continuó, moviendo con el tenedor las últimas alubias que le quedaban—, ¿qué me dices? ¿No son los mejores huevos rancheros que has probado en tu vida?
—Están riquísimos —contesté—, pero puede que los haya comido mejores.
—A ver, cuéntame dónde —me retó con aire indignado.
—En Acapulco en 1972. Estaba de invitada en una villa que daba al mar. No sé nadar y había una piscina grande, bastante profunda. Otro invitado me enseñó a flotar de espaldas, lo cual me pareció un logro considerable dadas las circunstancias.
—Saber nadar está sobrevalorado —comentó.
—Una mañana me levanté antes de la hora del desayuno, me metí en la piscina y floté. Cerré los ojos porque el sol ya pegaba bastante fuerte, y me sentí libre y satisfecha, pero cuando abrí los ojos, unos halcones daban vueltas sobre mí.
—¿Cuántos?
—No lo sé. Puede que tres, puede que cinco; creo recordar que tenían la cola roja. Eran hermosos, pero estaban demasiado cerca, así que me pregunté si habían pensado que estaba muerta y me entró pánico. Las nubes se desplazaron y el sol les iluminó las alas, y empecé a sacudirme y de verdad pensé que iba a ahogarme. De repente hubo una salpicadura inmensa. El cocinero se tiró sin pensárselo y me agarró por la muñeca, me levantó por encima del agua y me arrastró fuera de la piscina, luego me sacó el agua de los pulmones. Después me secó y me preparó unos huevos rancheros, los mejores que he comido en mi vida.
© Patti Smith
Amor, amor, amor. Cactus del Parque Nacional Joshua Tree.
© Patti Smith
Puesto fronterizo, lago Salton
—¿Eso ocurrió de verdad?
—Sí —contesté—, no lo he maquillado en absoluto, todavía sueño con lo que pasó. Pero no fue un sueño.
—¿Cómo se llamaba?
—Era el cocinero. No recuerdo cómo se llamaba, pero nunca me he olvidado de él. Veo su cara en muchas otras caras. Era el cocinero, vestía de blanco y me salvó la vida.
—Pero ¿de dónde has salido?
—¿Por qué? —pregunté entre risas—, ¿piensas devolverme a casa?
—Todo es posible —me dijo—. Al fin y al cabo, es el año del Mono.
Dejó dinero en la mesa y salimos de la fonda. Me terminé el café y volví a subir a la camioneta mientras él comprobaba el estado de una rueda. Estaba a punto de preguntarle qué opinaba del nuevo año lunar cuando me fijé en que el sol había cambiado. Avanzamos un rato en silencio mientras el sol adquiría un tono rosado brillante, con pinceladas de rubí y violeta.
—El problema de soñar... —me dijo, pero yo estaba a un mundo de distancia, pisoteando la tierra roja en el corazón del Territorio del Norte—. Tienes que ir allí —dijo con obstinación.
—En realidad —contesté algo confundida—, lo que necesito ahora es un lavabo.
No había servicios a la vista. Debería haber ido antes, pero creía recordar un cartel de FUERA DE SERVICIO en la puerta del baño. Estábamos en medio de una llanura cubierta de roca y arbustos secos. En parte árido, en parte lunar. Ernest frenó en la cuneta y nos quedamos allí sentados. Noté la presión. Agarré el petate, me alejé bastante para que no me viera y me acuclillé detrás de un cúmulo de cactus plateados. Un largo hilillo de orina se deslizó por la tierra cocida. No paraba de darle vueltas al hecho de que Ernest hubiera sabido no sé cómo que yo estaba imaginándome en Ayers Rock. Pensé en Sam y en cómo, años atrás, solíamos soñar lo mismo, y en cómo, incluso ahora, parece saber lo que me ronda la cabeza. El hilillo se secó y una lagartija diminuta se escabulló por encima de mi bota. Sacudí los pensamientos para volver a lo inmediato, me incorporé y me subí la cremallera, después regresé a la camioneta. Desperdigadas por el terreno muerto había carcasas de pececillos, cientos, quizá miles, que se enroscaban como envoltorios de chocolatinas incrustados de sal. Cuando me acerqué al lugar donde estaba el vehículo, no vi nada más que el polvo de la huida. Ernest se había largado. Me quedé inmóvil, evaluando la situación, y pensé: no pasa nada, los alrededores del lago Salton, que cada vez está más seco, son un lugar tan bueno como cualquier otro para perderse.
Me dio la impresión de que había recorrido varios kilómetros a pie, pero todo seguía igual. Estaba segura de haber cubierto una cantidad considerable de terreno, aunque sin llegar a ninguna parte. Traté de apretar el paso, luego probé a caminar más despacio, suponiendo que acabaría por chocarme conmigo misma y rompería el bucle, pero no tuve tanta suerte, el largo panorama desértico se reajustaba sin cesar, hasta que cualquier nueva rutina se convertía en un bucle en sí misma. Saqué del bolsillo un buñuelo rancio envuelto en una servilleta. Estaba recubierto de azúcar y tenía un leve sabor a naranja, como uno de esos pastelillos mexicanos del día de los Muertos. Me puse a pensar en los adolescentes a los que había oído en el restaurante y me pregunté si su conversación fue pura coincidencia y si mi afirmación de que «envoltorio de chocolatina» era un sintagma nominal era del todo correcta. También me pregunté si la trivialidad de mi flujo de pensamiento entorpecía mi avance.
Cambié y puse en práctica un juego de dardos mental, una diana giratoria de posibilidades de alterar el tiempo a la que Sandy y yo solíamos jugar en los trayectos largos en coche. Lancé un dardo que iluminó el camino sideral hasta llegar a Flandes a finales de la Edad Media, lo cual me invitó a asaltar el aire con nuevos interrogantes, como, por ejemplo, por qué la frase dorada de la joven Virgen María, envuelta en un manto, se lee de derecha a izquierda y también hacia abajo en el panel de la Anunciación del retablo de Gante. ¿Se debería a que el pintor simplemente quería tomarnos el pelo? ¿O acaso el globo imperceptible que encierra sus palabras boca abajo y del revés tenía el propósito de acomodarse al ojo del Espíritu Santo, traslúcido y alado, que se hallaba posado sobre ella?
Esta preocupación eclipsó de forma gradual cualquier otra inquietud relacionada con sustantivos, verbos o paraderos posibles, mientras revivía con fluidez el pasado histórico. Vi la mano del maestro pintor cerrando las alas exteriores del tríptico. Vi otras manos abriendo con reverencia esos mismos paneles. Sus marcos de madera estaban oscurecidos por el avance del tiempo. Vi ladrones cargando con ese tríptico hasta un barco que navegaba por mares traicioneros. Vi la quilla destrozada y el mástil roto. El cielo era azul pálido sin una sola nube y seguí caminando, bebía despacio, para dosificar con cuidado las provisiones de agua. Anduve hasta llegar al lugar en el que quería estar, ante la paloma y la doncella, mientras se fundía la grasa del cordero.
© Patti Smith
La autora.
Estudio de san Jerónimo, Alberto Durero.