Lo que dijo Marco Aurelio

Viajar de oeste a este a través de zonas horarias resulta más difícil de sobrellevar que a la inversa. Tiene que ver con las células P o «marcapasos». No me refiero a un artilugio artificial, sino a la porción del cerebro que mantiene en sincronía a nuestro cuerpo. Durante algunas semanas en la Costa Oeste sin duda había jugado con mis células P. Estaba grogui a la hora de la cena, luego cabeceaba un rato y me despertaba a las dos de la madrugada. Tomé la costumbre de pasearme por la noche, envuelta por el silencio. En ausencia de tráfico, se respiraba una sensación de muerte cercana. Había regresado a casa, a mediados de febrero, el mes olvidado.

El día de San Valentín fue el más frío de los registrados en la historia de Nueva York. Un engorroso manto de escarcha lo cubría todo, las ramas desnudas crujían en una sinfonía de corazones congelados. Carámbanos de hielo tan letales que eran capaces de herirte de verdad se desprendían y se precipitaban de los voladizos de los tejados y de los andamios y caían a las aceras, donde quedaban abandonados, como armas desechadas de una era primitiva.

Escribía muy poco, y tampoco pude deleitarme con el sueño del soñador. A lo largo de todo Estados Unidos, una luz tras otra parecía apagarse. Las lámparas de aceite de otra época titilaban y morían. El cartel permanecía en silencio, pero los libros de mi mesita de noche me hacían señas. La cruzada de los niños. El coloso. Marco Aurelio. Abrí sus Meditaciones: «No actúes como si fueras a vivir diez mil años»... La frase cobró un sentido terrible para mí, pues me veía ascender por la escalera cronológica, aproximándome a mi septuagésimo año de vida. Cálmate, me dije, limítate a disfrutar de las últimas estaciones de tus sesenta y nueve, el número sagrado de Jimi Hendrix, con su respuesta a tal sentencia: «Voy a vivir mi vida como me apetezca». Me imaginé a Marco Aurelio y a Jimi Hendrix enfrentados, cada uno de ellos elegiría un carámbano inmenso que se derretiría en sus manos mucho antes de que hubieran aceptado el duelo.

El gato se frotaba contra mi rodilla. Abrí una lata de sardinas, le troceé su ración, después corté unas cebollas, tosté dos rebanadas de pan de avena y me preparé un bocadillo. Al contemplar mi imagen en la superficie gris mercurio de la tostadora, me fijé en que parecía joven y vieja al mismo tiempo. Comí a toda prisa y no limpié después; en el fondo ansiaba algún pequeño indicio de vida, un ejército de hormigas que arrastraran migajas, surgidas de las ranuras entre las baldosas de la cocina. Ansiaba los brotes de las flores, el arrullo de las palomas, el desvanecimiento de la oscuridad, el regreso de la primavera.

Marco Aurelio nos pide que percibamos el paso del tiempo con los ojos abiertos. Diez mil años o diez mil días, nada puede parar el tiempo ni cambiar el hecho de que yo fuera a cumplir setenta durante el año del Mono. Setenta. Un simple número, pero uno que indica que se ha consumido un porcentaje significativo de los granos asignados en un reloj de arena, solo que aquí lo que se agota es uno mismo. Los granos van cayendo y me encuentro con que echo de menos a los muertos más que de costumbre. Me doy cuenta de que lloro más cuando veo la televisión, motivada por una historia de amor, o por un detective a punto de jubilarse al que disparan por la espalda mientras contempla el mar, o por un padre agotado que levanta a su recién nacido de la cuna. Me doy cuenta de que mis propias lágrimas me abrasan los ojos, de que ya no soy una corredora veloz y de que mi sensación del tiempo parece acelerarse por momentos.

Me esfuerzo mucho por dar más prestancia a esa imagen recurrente y sustituyo el reloj de arena convencional por uno grande de cristal fino en el que va cayendo polvo de mármol molido, como el del pequeño estudio grabado en madera de san Jerónimo o el del taller del propio Alberto Durero. Aunque sin duda debe de haber algún principio finito relativo al ritmo con que los granos van cayendo por un reloj de arena, no hay ventaja alguna en tener un reloj majestuoso o unos granos más perfectos.

Desde que contemplé a Marco Aurelio, trato de ser más consciente del transcurso de las horas, hasta el punto de que podría ver cómo ocurre, ese cambio cósmico de un dígito al otro. Pese a todos los esfuerzos, febrero se me escapa de las manos, aunque al ser un año bisiesto, tengo un día extra para observar. Me quedo mirando el número 29 en el calendario diario, luego, a regañadientes, arranco la página. Primero de marzo. Mi aniversario de boda, veinte años sin él, un pensamiento que me lleva a sacar una caja rectangular de debajo de la cama y abrir la tapa lo suficiente para alisar los pliegues de un vestido victoriano parcialmente oscurecido por un delicado velo. Al deslizar la caja por el suelo para guardarla de nuevo en su sitio siento un extraño mareo, un momento de vértigo melancólico.

En el mundo exterior, el cielo había oscurecido rápido, unos vientos altos entraron desde los cuatro puntos cardinales, agitándose a la vez junto con la rápida llegada de una lluvia torrencial, y así, sin más, todo se rompió. Ocurrió tan deprisa que no tuve tiempo de retirar la ropa y los libros del suelo ni de cerrar el tragaluz, fruto de un acuerdo, y el agua lo caló todo, subió por encima de mis tobillos, luego me llegó a las rodillas. La puerta parecía haber desaparecido y me vi atrapada en el centro de mi habitación cuando una oscuridad elíptica, una grieta creciente, que se llevó gran parte de la pared de escayola, se abrió hasta formar un camino largo salpicado de oscuros juguetes. Vadeé hacia él y creí ver peonzas errantes zigzagueando en un prado lleno de narcisos, cortándolos, arrojando sus formas atrompetadas hacia el aire inestable. Alargué el brazo y busqué a ciegas una salida o una entrada en el vacío, cuando un coro de chillidos que recordaban a pájaros me sobresaltó.

—No es más que un juego —canturreó una voz traviesa.

Era imposible confundir el tono desdeñoso del cartel parlanchín. Retrocedí e intenté reunir coraje.

—Muy bien —dije—, pero ¿qué juego?

—El Juego del Caos, por supuesto.

Sabía muy bien cómo era ese supuesto juego. Caos, un juego con mayúsculas con una deidad en minúsculas, que solo presagiaba problemas para la incauta participante. Una se ve asaltada por los componentes de una ecuación terrorífica. Un ojo maligno, dos estrellas que giran, engranajes en perpetuo movimiento. Un caos inequívoco instigado por el actual dios lunar y su banda de monos alados, un grupo ubicuo que una vez acechó a la desprevenida Dorothy en los hipnóticos campos de Oz.

—Creo que no me apunto —dije con terquedad, y, con la misma rapidez que había empezado todo, terminó de golpe.

Evalué los daños. Salvo por el desorden, todo estaba igual que antes. Al verme enfrentada a semejante calma, inspeccioné la pared de punta a punta: ni el menor rastro de un acceso oval, ni una grieta, la escayola estaba totalmente lisa. Pasé la mano por el acabado, imaginándome frescos, un estudio abarrotado, con hileras de cubos de pigmentos brillantes, un cielo de azul Prusia, amarillo ocre y laca carmesí. Una vez había anhelado existir en aquella época, una joven con una gorra de muselina que admirase el círculo cromático de Goethe, brillante y oscuro, girando poco a poco bajo la superficie de una piscina de mercurio. Reseguí por un instante su origen y me percaté de que los narcisos de primavera habían florecido demasiado pronto, luego observé cómo se marchitaban y se replegaban.

El agua goteaba desde la parte del tragaluz que aún quedaba abierta. Brotes destrozados por todas partes, que liberaban un aroma anestesiante si los aplastabas con los pies. Me sacudí todos los efectos sedantes y tiré las cabezas amarillas al cubo de basura, cogí el cubo y la fregona y sequé el suelo de madera. Después me dediqué a la tarea de separar varias páginas empapadas de un manuscrito desperdigado, descorazonada al observar las palabras que se disolvían en borrones indescifrables.

—La piscina también es un espejo —dije en voz alta, a quien fuera que pudiera oírme.

Me senté en el borde de la cama, respiré hondo varias veces y me puse unos calcetines secos. Los días de marzo que se avecinaban se burlaban de mí. La muerte de Artaud. La desaparición de Robert Mapplethorpe. El nacimiento de Robin y el cumpleaños de mi madre, el mismo día en que se dice que las golondrinas regresan a Capistrano, seguidas del primer día de primavera. Mi madre. Cuánto echo de menos a veces oír su voz. Me pregunté si las golondrinas volverían también este año, una pregunta infantil que también vuelve.

Los vientos de marzo. La boda de marzo. Los Idus de marzo. Josephine March. El numinoso marzo con sus fuertes asociaciones. Y, por supuesto, no hay que olvidar a la Liebre de Marzo. Recuerdo que, de niña, me quedaba embobada ante la estrafalaria Liebre, convencida de que ella y el Sombrerero Loco eran el mismo ser, ambos igual de lunáticos. Me aferraba a la idea de que podían intercambiarse y, al mismo tiempo, seguir siendo ellos mismos. A los adultos racionales les parecía improbable, pero ninguno lograba refutar mi argumento con sus pruebas, ni con una ilustración de Tenniel ni con un personaje de Disney, ni siquiera el mismo Lewis Carroll me convenció de lo contrario. Quizá mi lógica tuviera muchos agujeros, pero también los tenía el País de las Maravillas. La Liebre era la invitada de honor para tomar el té en una merienda eterna, pues el tiempo calculable había sido abolido mucho antes de que empezase la fiesta. Fue el Sombrerero quien había matado el tiempo, al extender sus brazos y cantar el inmutable tema del País de las Maravillas, una canción que escuché hasta la saciedad durante toda mi infancia. Cuando Johnny Depp aceptó el papel del Sombrerero se vio tan atrapado en esa multiplicidad de seres que dejó de ser solo Johnny. Sin duda, se convirtió en el heraldo de esa reverenciada cancioncilla.

«¿Moriremos solo un poco?», cantaba, extendiendo los brazos como si quisiera abarcarlo todo. Lo oí con mis propios oídos mientras cada nota caía con el repicar de una lágrima de alegría, luego se disipaba. Desde entonces, me he planteado a menudo la invitación del Sombrerero que es Johnny: «¿Moriremos solo un poco?». ¿A qué podía referirse? Un inocente momento de confusión, sin duda, o un tipo de hechizo homeopático, una pequeña muerte que inmuniza contra los terrores de la muerte de verdad.

Las primeras horas de marzo se fundieron en los días siguientes. Me dejé llevar, poco más que una gota que resbala por la cola en espiral de un mono. El día del cumpleaños de mi madre me dijeron que, en efecto, las golondrinas habían acabado su migración y habían recalado en Capistrano. Esa noche soñé que estaba de vuelta en San Francisco en el hotel Miyako. Me encontraba en el centro de un jardín zen que era poco más que un arenero con pretensiones, y entonces oí la voz de mi madre. Patricia, fue lo único que dijo.

El primer día de primavera sacudí el colchón de plumas y abrí las contraventanas. Auténticos relicarios caían de las ramas de los árboles jóvenes y la sedante fragancia de los narcisos regresó. Comencé mis tareas, mientras silbaba una melodía a menudo olvidada, segura de que nosotros, igual que las estaciones, prevalecemos y de que incluso diez mil años son solo un parpadeo en el ojo de un planeta anillado o en el de un arcángel armado con una espada de cristal.

 

 

 

 

© Patti Smith

El Stetson de Sam