«Nada tiene solución. La solución es una quimera. Hay momentos de espontánea lucidez, cuando la mente parece emancipada, pero no es más que una epifanía.»
Esas eran las palabras que se extendían cinéticamente, como si el maldito cartel me hubiera seguido hasta Nueva York. Erguí la espalda de un brinco. Supongo que sin querer me había quedado dormida encima del escritorio, mientras trabajaba en el ordenador, porque una redundante retahíla de vocales erráticas terminaba una frase inacabada.
—Lo que se necesitan son pruebas. Solo las pruebas garantizan la verdadera distinción del matemático.
—Por no hablar del detective poeta —contesto irritada al cartel.
Me levanto y voy al lavabo; me detengo un momento a limpiar el asiento del inodoro, porque se detecta el fantasma de una huella de animal. Pruebas, musito mientras me lavo las manos. Euclides lo sabía. Gauss y Galileo. Pruebas, digo en voz alta, mirando con atención todo el espacio que me rodea. En un momento de acción decisiva, abro la ventana, arranco la ropa de cama y clavo la sábana de arriba a la pared, a fin de escudriñar su blancura. De una caja de material viejo, desentierro una plumilla negra para hacer ilustraciones, del tipo que usaban los artistas en el siglo XX. Tras quedarme inmóvil varios minutos, resigo los pliegues y las curvas conocidos de la estratosfera en la superficie de la sábana.
Durante los días siguientes, las anotaciones sobre la sábana se multiplican. Fragmentos en griego, expresiones algebraicas, cintas de Moebius que se metamorfosean y la espiral oxidada de un muelle que marca la sábana con retazos de una ecuación indescifrable.
—Nada tiene solución —me amonesta el cartel luminoso.
—Nada solución —replica la Justicia con su balanza desequilibrada.
Sigo sus voces, entro en la biblioteca de un gran salón con volúmenes inmensos que contienen imágenes marcadas y conservadas, como en un álbum de recuerdos, con títulos a lápiz. El barco que se acercaba al puerto de Brundisium mientras Virgilio exhalaba el último aliento. Barcos fantasma congelados en el océano Glacial Ártico, de los cuales penden velos de hielo que relumbran como diamantes africanos. Huesos flotantes de gigantes prehistóricos que en otro tiempo fueron orgullosos icebergs. Navíos migrantes que se vuelcan y rostros infantiles azules y colmenas que se desploman y una jirafa muerta.
Nada tiene solución, susurra una voluta de polvo cuando devuelvo un tomo pesado a una estantería igual de polvorienta. Absolutamente nada, maldita sea, ni cósmicamente ni cómicamente. Noto el cartel siguiéndome la pista. Para vengarme, me doy la vuelta y le planto cara, aunque lamento encontrármelo algo enervado, de un humor nada propio de él.
—Nada tiene solución —repite el cartel.
—Nada solución —se hace eco la naturaleza.
Busco solaz en las nubes, que cambian de forma a toda velocidad: un pez, un colibrí, un niño haciendo esnórquel, imágenes de tardes pretéritas.
Es el calor sin precedentes y los arrecifes de coral agonizantes y la rotura de la placa de hielo ártica lo que me atormenta. Es el vaivén de Sandy entre la conciencia y la inconsciencia, su lucha contra una batería de infecciones bacterianas, mientras dibuja sus propios escenarios apocalípticos, salidos directamente de las entrañas del Heart o’ the City Hotel. Lo oigo pensar, oigo la respiración de las paredes. Quizá sea necesario un cambio, un interludio de algún tipo, salir de un escenario, permitir que se desarrolle alguna otra cosa. Algo trivial, ligero y de lo más inesperado.
Hace un tiempo, durante un intermedio de Tristán e Isolda en La Scala, mientras buscaba un baño entré sin darme cuenta en una sala abierta en la que estaban preparando los vestidos de Maria Callas para una exposición. Ante mí apareció el característico caftán negro que la Callas llevó en su papel de Medea en la película dirigida por Pier Paolo Pasolini. También estaba su túnica, el tocado con velo, varios collares de inmensas cuentas de ámbar y la casulla con infinitos bordados que se vio obligada a vestir mientras cabalgaba por el desierto bajo un calor tan intenso que se dice que Pasolini dirigió la película en bañador. Su Medea, a pesar de estar interpretada por la soprano más cara de la historia, no cantaba, algo que a Sandy y a mí nos parecía exquisitamente irreverente, pues añadía una tensión discordante a la magnífica interpretación. Sopesé el ámbar y pasé la mano por toda la túnica, la misma que la había transformado en la bruja de la Cólquida. Sonó el timbre que anunciaba el fin del interludio y me apresuré a volver al asiento; mis compañeros no advirtieron nada diferente en mí. No tenían ni idea de que durante ese intermedio yo había tocado las vestimentas sagradas de Medea, cuyos hilos llevaban el sudor de la gran Callas y la huella invisible de Pasolini.
Nada tiene solución, pero me largo de todos modos, me digo mientras preparo mi reducida maleta. El mismo ritual de siempre: seis camisetas de manga corta de Electric Lady, seis mudas de ropa interior, seis pares de calcetines de canalé con una abeja bordada, dos cuadernos, remedios herbales para la tos, mi cámara, los últimos paquetes de película Polaroid que acaban de caducar y un libro, los Collected Poems de Allen Ginsberg, un guiño a su inminente cumpleaños. Su poesía me acompañará en una breve gira de conferencias, una que me llevará a Varsovia, Lucerna y Zúrich, libre durante el día para desaparecer por las callejuelas, algunas conocidas y otras extrañas, y acabar topándome con descubrimientos inesperados. Una ración de paseos erráticos y pasivos, un pequeño respiro del clamor, de los gritos del mundo. Las calles por las que caminó Robert Walser. La tumba de James Joyce en lo alto de una colina. El traje de fieltro gris de Joseph Beuys que cuelga, desatendido, en una galería vacía de Oslo.
Durante mis viajes, desconecto de las noticias, releo los poemas de Allen, una expansiva jukebox de hidrógeno que contiene todos los matices de su voz. El poeta no se habría desentendido del ambiente político actual, sino que habría saltado de cabeza, habría utilizado su voz en toda su potencia para animar a la gente a estar alerta, a movilizarse, a votar y, si es preciso, a verse arrastrada a un camión policial, en una desobediencia pacífica.
Mientras paso de frontera a frontera, el ajetreo del ambiente adquiere un carácter sobrenatural. Los niños parecen autómatas, muñecas de papel con chaquetitas que arrastran sus propias maletas adornadas con las chapas de sus propios viajes. Me muero de ganas de seguirlos, pero continúo mi camino lleno de curvas y emprendo el viaje previsto a Lisboa, la ciudad de la noche empedrada.
© Patti Smith
El traje de fieltro de Joseph Beuys, Oslo.
© Patti Smith
Mi maleta.
Allí me reúno con los archivistas de la Casa Fernando Pessoa, donde me invitan a pasar un rato en la amada biblioteca personal del poeta. Me dan unos guantes blancos, que me permiten examinar algunos de sus libros favoritos. Hay varias novelas de detectives, la poesía completa de William Blake y Walt Whitman, y sus preciados ejemplares de Las flores del mal, Iluminaciones y los cuentos de Oscar Wilde. Sus libros parecen una ventana más íntima a Pessoa que su propia escritura, porque tenía muchos heterónimos que escribían cada uno con su firma, pero fue Pessoa en persona quien compró y amo los libros que pueblan sus estanterías. Tomar conciencia de ese detalle me intrigó. El escritor desarrolla personajes independientes que viven su propia vida y escriben con sendos nombres, nada menos que setenta y cinco, cada uno de ellos con un sombrero y un abrigo diferentes. Así pues, ¿cómo podemos conocer al verdadero Pessoa? La respuesta está ante nosotros, en sus libros de lectura, una biblioteca idiosincrática que se ha conservado a la perfección.
Grabar el poema «Salutación a Walt Whitman», escrito por una de sus creaciones (Álvaro de Campos), para el archivo sonoro me sube el ánimo. Por pura coincidencia, había leído el poema de Allen dedicado a Whitman la noche anterior, y a los bibliotecarios que custodian sus libros les encanta enterarse de esa conexión. El tiempo pasa volando y me olvido de preguntarles si tienen alguno de los sombreros de ala ancha de Pessoa, que imagino que seguirán en sus cajas originales, quizá dentro de un armario escondido, junto con un gran surtido de sobretodos que en otro tiempo utilizaba para sus paseos nocturnos clandestinos. De regreso al hotel paso por delante de una estatua de Pessoa que, a pesar de estar forjada en bronce, parece en movimiento.
En la ciudad de Pessoa es donde más permanezco, aunque no sabría decir con exactitud qué hago allí. Lisboa es una ciudad excelente para perderse. Las mañanas en las cafeterías garabateando otro cuaderno más, cada página en blanco que ofrece una vía de escape, la pluma que me obedece, fluida y constante. Duermo bien, sueño poco, sencillamente existo en un interludio ininterrumpido. Durante un paseo al atardecer un compás musical flota en la ciudad vieja, evocando la voz grave y sonora de mi padre. Sí, «Lisboa antigua», una de sus favoritas. Recuerdo que, de niña, le pregunté qué significaba el título de la canción. Me sonrió y dijo que era un secreto.
Hermanos y hermanas, suenan las campanas del ocaso. Las farolas iluminan las calles adoquinadas. Sumida en un silencio propio de Edward Hopper, sigo la ruta que recorrió Pessoa en otro tiempo, a todas horas. Un escritor de múltiples mentes, con tantos modos de ver y tantos diarios, etiquetados con tantísimos nombres distintos... Mientras pateo la pasarela de baldosas, mientras toco las paredes cubiertas de hiedra, paso por delante de un ventanal por el que veo a un caballero de pie junto a la barra, ligeramente inclinado, garabateando en un cuaderno. Lleva un abrigo marrón y un sombrero de fieltro. Intento entrar, pero no hay puerta. Lo observo desde el cristal y su cara me resulta familiar y al mismo tiempo desconocida.
—Es como tú y yo, nada más.
Ya estaba ahí otra vez el cartel luminoso, mi clarividente némesis, pero en el centro de mi soledad forzosa, no pude evitar sentirme agradecida.
—¿De verdad lo crees? —le pregunto.
© Patti Smith
Café A Brasileira, Lisboa.
—Estoy completamente seguro —responde con tono afectuoso.
—¿Sabes una cosa? —susurro—. Tenías razón. Sí que voy a ir a Ayers Rock.
—Las suelas de tus botas ya están rojas.
No le pregunté al cartel cómo se las arreglaba mi marido en el remoto espacio que le habían asignado en el universo. No le pregunté por el destino de Sandy. Ni por el de Sam. Esas cosas están prohibidas, como suplicar a los ángeles con oraciones. Lo sé muy bien, nadie puede pedir una vida, ni dos vidas. Lo único que podemos hacer es alimentar la esperanza de una potencia creciente en el corazón de cada ser humano.
Las calles adoquinadas me condujeron a mi hogar provisional. Mi habitación es una encantadora mezcla de sencillez y detalles poco comunes. Hay una cama de madera tallada con una colcha de lino y un escritorio pequeño, con un pisapapeles que reproduce una celosía blanca y un abrecartas de marfil manchado. La escasa provisión de papel de carta, que solo llega para una misiva única, es, pese a todo, de un pergamino finamente pulido. El suelo del baño tiene un mosaico reluciente hecho con diminutos baldosines azules y blancos, como la base de un baño romano.
Me siento al escritorio y saco la vieja cámara Polaroid Land de la mochila para inspeccionar el fuelle. El libro de poemas de Allen Ginsberg está abierto por la página de «Un supermercado en California». Me lo imagino de piernas cruzadas en el suelo junto a su tocadiscos, cantando a dúo con Ma Rainey. Hablando largo y tendido de Milton y Blake y de la letra de «Eleanor Rigby». Bañando la frente de mi joven hijo, aguantando una migraña. Allen cantando, bailando, aullando. Allen en su sueño profundo con un retrato de Walt Whitman colgado encima y su gran amor, Peter Orlovsky, arrodillado junto a él, cubriéndolo con una venda de pétalos blancos.
Estoy cansada pero satisfecha, pues creo que en cierto modo he desentrañado el secreto de la ciudad. En el cajón de la mesita de noche hay un mapa de bolsillo ilustrado, una pequeña guía de la ciudad de Sabrosa, el lugar natal de Magallanes. Tengo un vago recuerdo de estar dibujando un barco que rodeaba el mundo en la mesa de la cocina. Mi padre preparaba el filtro para el café, mientras silbaba «Lisboa antigua». Todavía me parece oír las notas mezclándose con el sonido de la cafetera eléctrica. Sabrosa, suspiro. Alguien me abrocha el cinturón de seguridad. La cama de madera del rincón de la habitación parece muy lejana, y todo esto no es más que un interludio, de escasas y tiernas consecuencias.
© Patti Smith
Mi silla, Nueva York.