La sábana que clavé contra la pared continúa ahí, colgada como una vela sin viento. Me había olvidado por completo de ella. El estado mental que provocó las intrincadas marcas había cambiado. Y lo que es más: unas lluvias fuertes habían causado goteras en el tragaluz y ahora la sábana estaba manchada con brochazos de color óxido que parecían contener un lenguaje propio que entraba y salía durante mis esporádicas horas de sueño.
Ni rastro de luna, un cielo negro sobre mí. Cálmate, solo son las cuatro de la madrugada, me digo mientras me arrastro hasta el cuarto de baño, tan espacioso que me resulta extraño, como si se hubieran destruido dos habitaciones pequeñas para producir una anomalía innecesaria. Hay un viejo lavabo rústico, una ducha de baldosas pequeña, una obsoleta bañera de patas abarrotada de sábanas y espacio suficiente para extender una esterilla y tumbarse en las calurosas noches de verano. Apoyado contra la pared hay un espejo levemente moteado con una postal descolorida del Victoria, el segundo barco más pequeño de Magallanes, tripulado por el propio explorador.
Al no percibir rastro del sueño en el horizonte, desenrollo la esterilla y retomo un viejo juego, diseñado en origen para engañarme y conseguir dormir. Me imagino que soy un marinero en la época de los grandes barcos balleneros en medio de una travesía larga. Estamos en plena tempestad y al inexperimentado hijo del capitán se le enreda el pie en una cuerda y se cae por la borda. Sin pestañear, el marinero que soy yo salta tras él a los mares azotados por la tormenta. Los hombres arrojan muchísimas cuerdas, suben al muchacho a la cubierta en brazos del marinero y luego lo trasladan a un camarote.
Convocan al marinero al puesto de mando y lo conducen al santuario interior del capitán. Mojado y tembloroso, observa lo que le rodea con admiración. El capitán, en una rara muestra de emoción, lo abraza. Has salvado la vida de mi hijo, le dice. Dime qué puedo hacer por ti. El marinero, azorado, pide una ración entera de ron para todos y cada uno de los hombres. Hecho, responde el capitán, pero ¿y para ti? Tras dudarlo un poco, el marinero contesta: He dormido en el suelo de las galeras, en catres y en hamacas desde que era niño, hace mucho que no duermo en una cama como es debido.
El capitán, conmovido por la humildad del marinero, le ofrece su propia cama y después se retira al camarote de su hijo. El marinero se queda de pie ante el lecho vacío del capitán. Tiene almohadas de plumas y una colcha fina. Hay un enorme baúl de cuero a los pies. Se santigua, apaga las velas y sucumbe a un inusitado sueño profundo y envolvente.
Este es el juego con el que me entretengo cuando el sueño se resiste a llegar, un juego que inventé a partir de la lectura de Melville, que me lleva de la esterilla en el suelo del cuarto de baño a mi propia cama y me proporciona un agradecido descanso. Pero no estaba destinado a ser así en aquella noche notablemente húmeda. El mono travieso juega con el clima, juega con las elecciones inminentes, juega con la mente, proporcionando un sueño pobre o la ausencia total de sueño. Como si perforara mis enrevesados pensamientos, la lluvia repiquetea de repente sobre el tragaluz. Observo los hilillos rojos que se separan y se realinean, un indescifrable texto sumerio. En el armario hay un cubo, que coloco debajo de la gotera, anticipando el goteo intermitente, un ritmo bucólico a su manera.
© Patti Smith
Observa el entorno con admiración. Ventana, Elizabeth Street.
Enciendo el pequeño televisor, con cuidado de evitar las noticias. En la pantalla, una Aurore Clément rubia susurra en francés mientras carga la cazoleta de una pipa de opio.
«Tú eres dos —dice acercándose a Martin Sheen—, uno que mata y otro que ama.»
«Tú eres dos —repite, y sale de plano—, uno camina en el mundo, otro camina en sueños.»
Entonces se levanta, se despoja del vestido y poco a poco desata las mosquiteras que enmarcan su cama. Él da una calada a la pipa, observando la silueta del cuerpo de la mujer, que se mueve detrás del pálido tul. Ella continúa desatando cada una de las telas sin prisa mientras él se aproxima, a través de la niebla de guerra cinematográfica.
Por fin noto que el sueño me vence, doy las buenas noches al marinero, al capitán Willard y a la chica francesa de la pipa de opio. Oigo a mi madre recitando un poema de Robert Louis Stevenson. «De vuelta del mar está el marinero, de vuelta del monte está el cazador.»[1] Veo su mano empujando un cochecito de bebé, repintando un dormitorio o alisando empapelado nuevo. Pasan los créditos y pone Apocalypse Now Redux. El tul se cierra a mi alrededor, la goma elástica se corta y la sangre sube apresurada por el vial, inhalando un pensamiento inacabado.
© Patti Smith
Para Sandy, Rockaway Beach.