Imitación de un sueño

«Sandy, abre los ojos.» Escribí estas palabras en la ventana con la mano izquierda y las reseguí una y otra vez, como si creara un hechizo. Un hechizo ardiente al estilo de Artaud, un hechizo que funcionara de verdad. Sin embargo, ningún esfuerzo místico podría modificar la trayectoria de la Parca. Era el 26 de julio. Terminó el preludio, Parsifal se arrodilló ante el cisne con la herida letal y Sandy Pearlman abandonó la tierra.

Ese mismo día, vi la noticia de unos incendios incontrolados en el sur de California, el denso humo llegó nada menos que a Nevada. La Convención Demócrata atronaba con su característica mezcla exaltada de esperanza y desesperación. Solar Impulse 2, el avión propulsado con energía solar, cubrió el último trecho en su vuelta al mundo. Los dioses que Sandy había honrado enterraron la cabeza de mármol en toallas color arena. Nunca entraría en el Matrix con su amado Keanu Reeves, ni circularía por el loco mundo de Donnie Darko ni escucharía «Angel of the Morning» ni comería la tarta del diablo rebosante de chocolate. Sandy, el del corazón pensativo, capaz de componer una vasta interpretación de la historia a través de un sueño, buscaba ahora su reino de Imaginos, capitán de su propio navío encantado.

Los días de verano se extendían sin fin. Los girasoles surgían por todos los campos. En mi soledad, imaginé a unos lobos llorando. Los seguí, recorrí el perímetro helado, pasé por delante de una casita de galleta de jengibre, un pueblo entero atrapado en una placa de hielo del tamaño de la menor de las trece colonias. Una colonia a la deriva. Alcé los ojos al sol, dibujado con los trazos de una mano infantil, con todos y cada uno de los rayos bien definidos.

El 5 de agosto, el día de su cumpleaños, el del cumpleaños de mi hijo, abrí la tapa de mi escritorio y encontré el último paquete que me había enviado Sandy, que había llegado durante mis viajes y había quedado relegado, sin abrir siquiera. Con frecuencia me sorprendía, sin ningún motivo en particular, con regalos como chocolate azteca o latas de salmón rojo de Seattle, el recorrido de Georg Solti por las cuatro óperas de El anillo de los nibelungos. Lo metí en la maleta con algunas cosas más, agarré un paquete de medio kilo de pasta de castañas y unas cebollas tiernas y realicé el largo trayecto en metro hasta mi pequeño bungalow en Rockaway Beach. Me las vi y me las deseé para poner la combinación del cerrojo de la estropeada puerta contra ciclones, porque el salitre había atascado los números. El jardín era un campo de batalla entre el crecido llantén menor y las aplastadas florecillas de la zanahoria silvestre.

Una vez dentro, abrí de par en par las ventanas. Hacía semanas que no iba a Rockaway y la casa necesitaba un poco de ventilación. Sacudí la arena de la alfombra china y pasé la aspiradora y luego fregué el suelo de baldosas rojas con té oolong. Quería café, pero la humedad había cristalizado lo que quedaba en el tarro de Nescafé.

Al abrir el paquetito, me imaginé a Sandy escribiendo a toda prisa la dirección, precintándolo con una cantidad exagerada de cinta de embalar. Era un CD de Grayfolded, una grabación experimental de Grateful Dead, difícil de encontrar y muy codiciada. Me había prometido que la encontraría, y lo hizo. Feliz cumpleaños, Sandy, dije en voz alta, gracias por el regalo. Me sentí increíblemente tranquila, casi liberada. Lavé la vajilla, me preparé unos espaguetis y me senté en el porche con el plato en el regazo, desde donde contemplé el jardín en el que las persistentes digitarias habían conquistado a las hierbas aromáticas y las flores silvestres, como los colonos en las llanuras indias.

Me quedé sentada e inmóvil, no me levanté ni recogí mis herramientas, ni piqué ni arranqué malas hierbas. Me repente me sentí muerta..., no, muerta no, fue algo sobrenatural, una gratificante clase de muerte. Notaba cómo la vida corría apresurada, se oyó un avión, el mar justo delante y las notas sucesivas de «Dark Star» que se colaban por la rejilla de la puerta mosquitera. No era capaz de aunar fuerzas para moverme, así que me dejé transportar a otro lugar, mucho antes de conocer a Sandy, mucho antes de escuchar a Wagner, a otro verano en el club Electric Circus, donde una jovencita bailaba pegada a un chico igual de joven, incómodamente enamorados.

 

 

 

 

© Patti Smith

Jackson y Jesse, Detroit.