Es un tópico pensar en la Antártida como un lugar remoto de clima extremo, pero cuando trabajas a unos -30 ºC o incluso -40 ºC en la cubierta de popa separando animales que acaban de ser capturados con las redes del barco, te das cuenta de que eso es exactamente lo que es. Con sus 14.000.000 km2 en enero y febrero, allí pleno verano, el continente blanco es casi una masa de hielo y las temperaturas máximas no sobrepasan los 4 o 5 ºC, siendo la norma temperaturas bajo cero. Su aislamiento crónico y su situación en el confín meridional del planeta han hecho que, en determinadas zonas del interior del continente (en Dry Valley, por ejemplo), las temperaturas alcancen -80 ºC y las rachas de viento superen los 250 km/h. La proporción de lo que podríamos considerar tierra emergida. es de unos 280.000 km2 (un 5 por ciento del territorio «permanente»), con una inmensa placa de hielo, de más de 3 km de espesor en algunas zonas, que sofoca montañas, valles y cualquier atisbo de tierra firme, excepto la península y otras zonas costeras donde todavía puede verse tierra, piedras o arena. Con un panorama semejante, la vida en «tierra firme» se hace imposible en la práctica, aunque no así para los organismos aclimatados a semejante hábitat extremo, como algunos de sangre caliente, algún nematodo (gusano) despistado y microorganismos capaces de resistirlo todo.
Cuando ves cuán yerma es la superficie, comprendes lo difícil que debió de ser conquistar este último reducto del planeta. Gentes provenientes del extremo más austral de Sudamérica (a algo más de mil kilómetros desde el estrecho de Magallanes) se adentraron en la península ya a finales del siglo XIX para emprender una lucrativa actividad ballenera, pingüinera y foquera; sin embargo, más allá se encontraba el «núcleo duro», la inabordable zona del mar de Weddell o del mar de Ross.
Los exploradores pretendían llegar al Polo Sur. En alguna parte debía de estar el polo magnético, pero llegar hasta él iba a ser sin duda una de las empresas más complicadas para los humanos que, incluso a principios del siglo XX, con los avances tecnológicos disponibles del momento, se encontraban en la práctica desnudos frente a semejante coloso helado. Por eso, más de una vez, cuando miraba por la borda del rompehielos Polarstern en las diferentes campañas que me han llevado a lugares recónditos de las costas antárticas, me sentía como un gusano al pensar que yo podía entrar en el interior de un buque y pasearme en mangas de camisa, mientras que gente como Shackleton, Amundsen o Scott y sus hombres padecieron el más terrible de los climas de nuestro planeta, y muchos de ellos murieron. La carrera entre Scott y Amundsen por llegar los primeros al Polo Sur refleja la competitividad, la inteligencia y la perseverancia del espíritu humano; pero el de Ernest Shackleton es el del ser humano más puro, capaz de dominar una situación sin solución en un paraje sin esperanza, con una capacidad extraordinaria de superación y al mismo tiempo de optimismo. Cualquiera que haya leído la historia del Endurance (el barco que quedó atrapado en el hielo en enero de 1915) sabe que hubo un factor asociado —la suerte— que hizo posible el milagro de salvar a toda una tripulación de una muerte segura, pero muy poca gente ostenta el liderazgo y la serenidad necesaria para sobrevivir en una situación como esa.