12

 

Espero que no estés disgustada por haberte traído hasta aquí —volvió a repetir Allen, pero ella no contestó.

Debido a la contaminación lumínica no se veían las estrellas, solo el resplandor de miles, millones de luces de edificios que llegaban hasta ellos como una nube incandescente que lo envolvía todo. Hacia el sur se veía el campanario de Saint Martin, y Nelson sobre su robusta columna, y el Big Ben, y la gran noria del milenio que se balanceaba suavemente como entonando una nana eterna. Más lejos refulgía la cúpula de Saint Paul, con los rascacielos de la City como telón de fondo, y mucho más lejos se adivinaba la mole diminuta de Canary Wharf inmersa en el corazón de los Docklands. Un skyline de luces centelleantes que parecía que se habían creado para ellos. Solo cuando supo que nada de aquello se le olvidaría jamás, María pudo dedicarle tiempo a la terraza. Era un trozo amplio de tejado circunvalado por un pretil donde, medio demolidas, aún estaban las estructuras de mantenimiento del edificio. Sin embargo, en torno a la mesa, todo era orden y pulcritud. Como si el tiempo hubiera dejado de pasar su mano perniciosa sobre unos pocos metros cuadrados de aquel terreno baldío.

—¿Cómo has…? —intentó preguntar María, pero apenas le salían las palabras.

—Esta es la única oportunidad que tengo de conocerte, ¿no? —dijo él, que la esperaba junto a la mesa—. No podía jugármela.

Allen le pidió que se sentara y sirvió el vino. El ruido del tráfico llegaba amortiguado por la lona que cubría la fachada, y adquiría la forma de un rumrum distante e incluso agradable.

—Por todo lo que siempre hemos soñado —brindó él, y ella chocó su copa casi hipnotizada, sin saber muy bien qué significaban aquellas palabras.

—¿Siempre haces esto? —fue lo único que se le ocurrió preguntar—. ¿Forma parte de tu trabajo?

Allen sonrió y sacó de la bolsa de papel tres recipientes de plástico blanco que depositó con cuidado uno junto a otro.

—Te aseguro que no —le dijo mientras servía el primero, unos tallarines con gambas que despedían un aroma dulce y a la vez salado—. Si hubiera montado algo así para una clienta, creo que habría salido corriendo.

María esbozó una sonrisa frágil, pues estaba segura de que si hubiera hecho algo así para una clienta… ésta se habría enamorado de él.

Probó la comida. No era muy amiga de la gastronomía china, pero le supo deliciosa. Comió en silencio, dando pequeños tragos a la copa de vino y mirando a Allen de vez en cuando. Él usaba los palillos para llevar los fideos a la boca en un malabarismo que ella no quiso probar. Cada vez que lo miraba él hacía lo mismo y sonreía.

—Allen —dijo ella dejando los cubiertos sobre el plato cuando reunió el valor de preguntarle. Su plan se había venido abajo—. ¿Nos hemos visto cuántas? ¿Cuatro veces? Una de ellas muy poco afortunada, por cierto, pero aún no sé qué quieres de mí —miró a su alrededor—. No tengo ni idea de por qué estoy aquí. No sé cómo puedo convencerte de que esto… —hizo un gesto que abarcaba no solo aquel espacio, sino aquel mundo—, todo esto no va a servirte para nada.

Allen parecía que no la escuchaba, pues destapó el segundo recipiente. Lo hizo con un cuidado más digno de Edward que de un hombre como él. Era pollo con arroz y verduras que seguro tendría algún nombre exótico que ella no conocía.

—No puedo contártelo —contestó él al fin, solo cuando los dos platos estuvieron servidos.

—¿Por qué? —preguntó María de inmediato, deteniendo el vuelo del tenedor antes de que llegara a su boca. Temía una respuesta así. Temía que aquello fuera aún más retorcido de lo que parecía.

Allen colocó los codos sobre la mesa, avanzó su cuerpo un poco en dirección a ella y la miró de forma enigmática antes de contestar.

—Porque te prometí que jamás te hablaría de aquella noche a menos que tú me lo pidieras.

María casi sonrió. Había pensado por un momento que iba a contarle algo inconfesable.

—Pues ahora —dijo en cierto modo divertida— te lo pido por favor.

Él volvió a mirarla con la frente fruncida y dio un nuevo bocado a un gran trozo de pollo.

—Antes déjame que yo te haga una pregunta. —Rellenó una vez más las dos copas de vino—. ¿Por qué lo hiciste?

—¿Por qué hice qué?

—Contratar mis servicios. —Un cartel luminoso, invisible desde donde estaban, tornasolaba la pared del fondo y María se dio cuenta de que apenas había podido dejar de mirar a Allen desde que llegaron—. No tienes el perfil de las mujeres que hacen esas cosas.

Ella pareció dudarlo antes de volver a preguntar.

—¿Y cuál es ese perfil?

—Es muy amplio, pero suele coincidir con mujeres a las que les falta algo importante en su vida, y tú pareces tenerlo todo.

Aquella respuesta fue como echar sal en una herida. Tenerlo todo. Sí, desde que ella y Edward decidieron construir una vida juntos habían desaparecido las escaseces, las estrecheces, pero también la seguridad en sí misma, la independencia, la libertad en cierto modo. Aun así se sentía una mala persona solo de pensarlo. Él le había dado todo lo que podía siquiera soñar a cambio de nada, y ella, a pesar de eso, no tenía suficiente.

—Quizá sí forme parte de ese perfil —repuso jugando con el tenedor sobre el plato.

Allen abrió el último recipiente. Eran manzanas asadas y el aroma dulce del almíbar envolvió la terraza.

—Empiezas a ponerte interesante —le dijo él sirviéndole una buena ración.

—Edward y yo… —El vino había tenido un efecto terapéutico sobre ella, abriendo poco a poco cada capa de protección hasta dejar su corazón expuesto. Su prometido habría dicho que el alcohol era el mejor cirujano cardiovascular, pues tenía facilidad para dejar un corazón al descubierto—. Bueno, teníamos algunos problemas.

—Espero que se resolvieran —dijo Allen, aunque la verdad era que deseaba que hubiera sido al contrario. Pero si se iban a casar en cuatro meses... Sirvió un poco más, solo un poco más del cálido líquido rojo, y dejó la botella en el suelo. No quería que María se emborrachara.

—Bueno, tú me ayudaste a saber que no era cosa mía.

—¿Puedo preguntar la naturaleza de esos problemas? —inquirió él con tacto no exento de humor.

Ella lo miró de nuevo fijamente. ¿Era una mirada de sorpresa, de diversión? Al final soltó una carcajada y puso los brazos en cruz, mirando aquel cielo negro y sin estrellas.

—Me parece increíble que esté aquí sentada hablando de estas cosas contigo.

—¿Por qué? —dijo él riendo a la vez.

—Porque es algo que no he contado ni a mi mejor amiga.

Allen la miraba de una forma que no recordaba haber visto antes, haber sentido antes sobre su piel. Había brillo en sus ojos. Sí, como si tuvieran luz propia. Y sus pupilas se movían sobre cada punto de su rostro como si quisieran atesorar aquel momento para que no se le olvidara jamás. Sentirse observada, devorada por un hombre así, le causaba a la vez turbación y expectación. Eso hacía que se sintiera culpable y la obligaba a un constante esfuerzo por apartarlo de su mente.

Allen hizo un gesto cómico y dejó la servilleta sobre la mesa.

—No tienes por qué decírmelo, que conste.

María recuperó la compostura. También puso la servilleta sobre la mesa y en esta ocasión lo observó con una mezcla de ansiedad y vergüenza; iba a confesarle algo que nunca pensó que diría en voz alta.

—Jamás había tenido un orgasmo con Edward.

Él oyó perfectamente estas palabras, pero su mente pareció no comprenderlas.

—¿He entendido bien?

—Solo he estado con Edward —dijo ella dubitativa—. Bueno, y contigo.

—Espero no tener falta de tacto —dijo él humedeciéndose los labios, que estaban salados por la comida y el vino, y notando que su entrepierna acababa de reaccionar al oír aquello—, pero yo conté tres aquella noche.

—Cuatro —le aclaró María para inmediatamente sentirse abochornada.

—Vaya —dijo él echándose para atrás en la silla—. Se me escapó uno.

María se apartó el cabello, que se empeñaba en caerle sobre los ojos, y Allen en aquel preciso instante llegó a la conclusión de que aquella era la chica más bonita que había visto en su vida. Sin aspavientos ni exageraciones. Todo le llevaba a ella y tendría que hacer un esfuerzo enorme para no besarla antes de que acabara la noche.

—Fingía cuando mis amigas hablaban de esto, ¿sabes? —continuó María esquivando su mirada—. Para ellas era… algo tan natural, tan cotidiano. Y, sin embargo, para mí el sexo con Edward era poco más que un rato de insatisfacción antes de dormir.

Allen comprendió que era un asunto muy serio y solo la punta del iceberg de algo más profundo. El detonante quizá de una serie de problemas que aquella mujer preciosa se negaba a ver.

—¿Se arregló después de aquella noche? —preguntó con cuidado.

«Después de aquella noche», repitió una voz dormida en la cabeza de María. ¿Cómo le explicaba a ese hombre que después simplemente él había empezado a poblar sus sueños? Que se descubría a solas pensando en lo que hizo con su cuerpo, pensando en sus manos sobre su piel, en su lengua sobre su sexo, en su miembro dentro de ella. Solo de recordarlo le hacía sentir sucia y ahora estaban allí, juntos, compartiendo la velada más romántica que nunca se había atrevido siquiera a soñar, y sintiéndose culpable porque fuera él y no Edward quien la había hecho realidad para ella.

—¿Y tú? —le preguntó María para evitar contestar—. ¿Por qué te dedicas a esto? Supongo que la prostitución no debe ser algo…

Él sonrió de nuevo. Su táctica no le había pasado desapercibida, pero decidió seguir las nuevas normas del juego que ella cambiaba a cada momento. Ambos estaban relajados y el mundo no existía. Solo aquella terraza y las luces de neón que llegaban de la calle

—Yo era estudiante de primero de carrera cuando atendí a mi primera clienta. Salió la oportunidad y la cogí. Fue una amiga de mi madre. Su marido estaba de viaje. Le ayudé con unos paquetes, una cosa llevó a la otra y cuando terminamos me dio veinte libras si no decía nada. Al final de ese curso pude comprarme un coche de segunda mano. —Sonrió—. En mi caso no había una familia desestructurada, ni un padre alcohólico, ni falta de recursos acuciantes. Simplemente mi vida era más fácil así y he de reconocer que siempre me ha gustado el sexo. —Apuró su copa de vino—. Y mucho.

María sintió un escalofrío, pues en aquellas últimas palabras… ¿había una insinuación?

—¿Y no te sentías… ultrajado? —le preguntó para apartar aquella corriente cálida que la envolvía y que había empezado a levantar una picazón extraña en lo más íntimo.

—Jamás —dijo él. Estaba recostado en la silla, con las manos tras la cabeza y María no pudo evitar contemplar sus bíceps, que se mostraban en su plenitud, y sus pectorales que se marcaban bajo la camiseta—. El sexo solo es sucio cuando no te lavas… —continuó Allen—, creo que eso es de Madonna. —Sonrió—. La verdad es que hacer feliz a una mujer me hacía sentir bien, muy bien. Hasta que te conocí.

María detuvo aquellos pensamientos sofocantes cuando las últimas palabras de Allen tomaron forma en su cabeza.

—Nos vimos una noche. Apenas una hora.

Él suspiró y volvió a inclinarse sobre la mesa, colocando sus codos sobre la superficie a cuadros. Estaba tan cerca que con solo adelantar su cuerpo hubiera podido tocarla.

—Yo tampoco —dijo él ladeando la cabeza y mirándola fijamente. Esta vez ella no se apartó, sino que intentó comprender qué había debajo de aquellas pupilas intensamente azules y fascinantes—. Cuando te vi por primera vez… Aquella noche me pareciste una chica preciosa, aunque he estado con mujeres muy, muy bonitas.

—No lo dudo —repuso ella algo molesta por la comparación.

—Sin embargo, cuando… desde que te vi, cuando hicimos el amor… —se detuvo y necesitó humedecerse de nuevo los labios para encontrar las palabras—. Jamás he sentido nada igual. Fue como si cada recodo de tu piel estuviera creado para encajar en cada uno de mis ángulos. Como si mi lengua hubiera estado toda la vida esperando tu sabor. Como si mi… soy un cursi, ¿verdad? —Ella no contestó—. Dentro de ti me sentí… ¿feliz?, ¿completo? Como nunca antes en mi vida. —Hizo una mueca, parecida a una sonrisa llena de amargura—. Fue algo realmente extraño, doloroso y hermoso a la vez.

María notaba cómo el corazón se había encabritado en su pecho. Cómo la sangre circulaba por sus venas retumbando en sus sienes. Quería oír aquello y a la vez lo temía.

—No sé qué decir —fue lo que dijeron sus labios.

—Al día siguiente dejé aquel trabajo —continuó Allen. Ahora parecía más distante, como si se hubiera producido un daño irreparable—. No lo dudé. Y ese mismo día empecé a buscarte. Necesitaba una respuesta.

María llegó a pensar que tenía fiebre porque todo en su cuerpo estaba ardiendo. No le había pasado nunca antes, pero de pronto tenía tal constancia de cada una de sus células, de cada sensación que su cuerpo producía, que sintió vértigo.

—Allen, yo… —intentó decir de nuevo, pero le faltaban las palabras.

Estaban inmóviles uno a cada lado de la mesa, conscientes de que si alguno de los dos se movía todo aquello podía venirse abajo.

—Llegué a pensar que habías sido un sueño —continuó él, ajeno a la tormenta que se estaba produciendo dentro de María—. Que nunca habías existido. Pero cuando te encontré en aquella cena… —Sus ojos se iluminaron—. ¡Dios! Casi me da un infarto, ¿sabes? No sabía qué decirte ni cómo actuar. Creo que me comporté como un necio. Solo sabía que tenía que descubrir qué había sucedido entre nosotros y por qué te habías convertido en alguien tan especial.

—Solo estuvimos juntos una hora —dijo ella de nuevo en voz muy baja, como un mantra, pues no lograba salir de su asombro.

—Y lo peor de todo es que sigo teniendo la misma duda. —Al ver que sus palabras la incomodaban intentó calmarla—. No te asustes. Sé que te casarás en unos meses, y Edward… es un tipo fantástico. No he venido a estropear lo vuestro. Solo necesitaba saber por qué eres… fuiste tan importante para mí. Como una especie de experimento. Como una forma de encontrar respuestas.

María intentó asimilar toda aquella información. Mientras su vida había transcurrido de forma anónima aquel hombre había estado… ¿buscándola?

—¿Has encontrado esta noche las respuestas que necesitabas? —le preguntó.

Allen sonrió y de nuevo se acarició el cabello.

—Creo que ahora estoy más confundido que antes. —A María le pareció percibir que se ruborizaba ligeramente—. De todas formas gracias por haberme dado la oportunidad de intentarlo.

Él lo había dicho, había abierto su corazón y las palabras eran inoportunas. Cuando se dejan libres, ya no podemos calcular las consecuencias que tendrán en quien las escucha. Y María había oído lo suficiente.

—Será mejor que lo dejemos por hoy… —dijo poniéndose en pie. Pero intentó no hacerle daño. Con aquella cena le había otorgado uno de los momentos más especiales que había recibido nunca y eso jamás podría olvidarlo—. Dejémoslo por hoy si te parece. Todo esto ha sido… maravilloso, pero creo que necesito pensar y estar a solas. Edward está de viaje y yo…

Él también se levantó y consiguió disimular todo lo que en aquel momento se retorcía en su pecho, como si una enredadera abriera paso entre sus huesos y sus órganos. Miró su reloj de muñeca.

—Antes —pidió él sin querer acercarse— déjame que te dé un último regalo.

No esperó una respuesta. Junto a la puerta había una mochila. Debía haberla llevado allí cuando hizo los preparativos para la cena. Allen la cogió y sacó de dentro una gran manta que extendió en el suelo.

—Es casi la hora, así que túmbate —le dijo señalándole el recuadro grisáceo que constituía aquella forma lanosa sobre la superficie de la azotea.

Ella dudó. Ya era todo demasiado extrañó como para…

—Te prometo que no haré nada —declaró él exhibiendo de nuevo su sonrisa deslumbrante—. No abusaré de ti si es lo que piensas. Ni siquiera te tocaré.

Accedió sin estar muy convencida, y se tumbó con cuidado de que su camiseta desastrada estuviera en su sitio. No supo por qué lo hizo, confiar en él. Quizá porque después de aquella velada no quería herirlo. Cuando él también se tendió a su lado, María se alarmó de nuevo, pero Allen consiguió tranquilizarla. Los separaba un palmo de vacío. Un hueco en la manta que era una frontera entre dos mundos y que él había prometido no franquear.

—No pasa nada. Confía en mí. No haré nada de lo que puedas arrepentirte —dijo con voz muy suave—. Y ahora cierra los ojos y no los abras hasta que yo te diga.

De nuevo le hizo caso, lo que le causó asombro a ella misma. Cerró los párpados y se centró en su respiración imaginando cómo el aire limpio y fresco entraba en sus pulmones para escapar llevándose consigo todos sus agobios.

Mientras tanto, Allen la miraba. No, no era una chica despampanante. En su rostro no había nada que no fuera bonito, pero en absoluto excepcional: labios ni finos ni gruesos, ojos ni grandes ni pequeños, pómulos que tampoco destacaban por ser elevados, una nariz cubierta de pecas que no podía pasar ni por excesiva ni por demasiado discreta… Y, sin embargo, aquella mujer lo volvía loco. Lo atraía como un imán, como si fuera una parte perdida de él mismo. Con cuidado de no soliviantarla se acercó ligeramente para olerla. Cerró los ojos y olfateo el aire a su alrededor. Era el mismo aroma que recordaba, algo ligero a flores. Una mezcla de naturaleza y pecado que le erizaba el vello de la nuca y hacía que su miembro lagrimeara de excitación. No, no era una chica despampanante, pero sí una mujer atractiva. La más especial, por alguna razón aún desconocida, con la que se había cruzado nunca. Había esperado, había rogado que después de dos años todo aquello hubiera desaparecido, que fuera parte de una idealización consolidada por el paso del tiempo. Pero desde que la había visto en casa de Karen no había podido dejar de pensar en ella, cada uno de los minutos que habían trascurrido desde ese instante…

A la hora en punto, los grandes edificios de Londres empezaron a apagar sus luces. A dejar su deslumbrante exhibición para la noche siguiente. Era tarde y había llegado el tiempo de descansar.

A su lado María respiraba con una paz que lo llenó a él de tranquilidad.

Cuando la última de aquellas grandes moles de piedra pulsó el interruptor, cuando la oscuridad alrededor de ellos fue total, Allen habló en voz muy baja.

—Abre los ojos.
Y cuando María lo hizo, tuvo que contener la respiración porque ante ella vio un nuevo cielo cuajado de estrellas. Solo para ella.