Allen intentó controlar la respiración. Notaba el corazón acelerado, martilleando como un loco en su pecho, y un suave cosquilleo que aún le recorría cada vello sobre su piel como una corriente cálida y espesa. Tomó otra bocanada de aire y cerró los ojos para lograr contenerse. El orgasmo había sido... increíble. No encontraba las palabras. Tampoco las buscaba. Solo intentaba poner un poco de orden en su cabeza, en su cerebro aturdido por el placer del sexo. Poco a poco se fue calmando. El pulso se recuperó y la nube deliciosa en que estaba envuelto fue disipándose, dando paso a una extraña y desconocida sensación de vacío. Abrió los ojos. El techo de una habitación de hotel. Una de tantas. Observó su propio cuerpo tendido en la cama. El preservativo aún estaba tirante, ajustado a su miembro que empezaba a relajarse. Se pasó una mano por la frente para apartar el sudor del esfuerzo mientras con la otra se lo arrancaba, le hacía un nudo y lo arrojaba con furia a un rincón de la habitación. Luego lo tiraría a la papelera, porque… ¿Qué diablos le había sucedido? Estaba enfadado, excitado, confuso. Su mente volvió a nublarse al recordar los instantes que acababa de vivir. El cuerpo de aquella mujer entre sus brazos. Delgado y sinuoso, como el pecado. Su boca entre sus labios, sabrosa y anhelante hasta la asfixia. El sabor de su piel, una mezcla de pasión y miedo, de pudor y arrojo que le había vuelto loco. Solo rememorarlo volvió a hacer palpitar su sexo sobre el vientre desnudo y le hizo sentir una sed que ya no recordaba. Fue entonces cuando la puerta del baño se abrió arrojando una luz fría y pálida sobre la moqueta, y ella apareció intentado recomponer su maltrecha ropa.

Se había vestido deprisa y su blusa aún no estaba del todo abotonada, dejando entrever el suave encaje de un sujetador que él había arrancado hacía apenas una hora. En aquel momento se estaba subiendo la cremallera de la falda, los brazos hacia atrás, lo que hacía que aquel delicioso pecho se proyectara hacia delante, como un caramelo que puedes ver, pero no degustar. Allen se relamió los labios. La deseó con tanta fuerza que casi fue doloroso.

—¿Te vas? —le preguntó.

Ella no contestó, parecía apresurada, intentando terminar con aquello cuanto antes. Salir de allí cuanto antes. Abandonó la cremallera de la falda para centrarse en recogerse el rubio cabello en una coleta y él de nuevo vio sus pechos aprisionados en unas pocas pulgadas de seda negra que cambiaban de dirección. La mujer era bonita, aunque no despampanante. Sus ojos podían ser verdes o ambarinos, dependiendo de cómo la luz incidiera en ellos, y parecían sorprendidos. Las pocas veces que los había mirado mientras la penetraba se había encontrado con la vergüenza y el miedo, el deseo y la pasión, la necesidad y la culpa. Por último ella se colocó la chaqueta y trasteó en su bolso.

—¿Puedo saber tu nombre? —pidió él, y su voz le resultó extraña, como un ruego anhelante.

—Quinientas libras —susurró ella con aquella timidez que no la abandonaba, depositando los billetes doblados sobre la mesita, tan al borde que estuvieron a punto de esparcirse sobre la moqueta—. Es lo acordado.

Allen miró el dinero y después a la mujer que esquivaba sus ojos. No sabía su nombre. No sabía nada de ella, solo que hacía apenas unos minutos se deshacía de placer entre sus brazos y a él le provocaba el orgasmo más desconcertante de toda su vida. La pasión que ella había demostrado se tornaba ahora en vergüenza, en arrepentimiento. Parecía una niña asustada que de pronto no sabía cómo pedir disculpas por una falta.

—De acuerdo —oyó Allen que decían sus propios labios, aunque lo que quería realmente era rogar que se quedara. Saber más de ella. Comprender por qué algo tan cotidiano en su vida de gigoló como el sexo pagado había sido tan diferente con aquella mujer anónima.

Ella no añadió nada más. Se colgó el bolso en un hombro y salió de la habitación de hotel con paso apresurado, apretando los muslos al caminar, como si quisiera olvidar lo que había sucedido entre aquellas sábanas, sin volver la vista atrás.