San Martín arribó a Buenos Aires el 9 de marzo de 1812, tres semanas después de que Belgrano la abandonara para dirigirse a la Villa del Rosario. ¿Alguna vez coincidieron en la principal ciudad del territorio? Solo entre 1781 y 1783, tiempo en el que Manuel era estudiante y José Francisco apenas un niño de corta edad.
En realidad, el día que San Martín desembarcaba junto con otros militares profesionales (José Matías Zapiola, Francisco Vera, el barón de Holmberg, Carlos de Alvear, Antonio Arellano y Francisco Chilavert), Belgrano se encontraba en camino a Jujuy para hacerse cargo del derrotado y desmoralizado Ejército del Norte que comandaba Castelli. De los integrantes de aquel grupo, hubo uno que recibió la orden de sumarse al Ejército del Norte. Nos referimos a Eduardo Kaunitz, el barón de Holmberg.
El austríaco, que había peleado junto a San Martín en Europa, debe haber sido el primer interlocutor entre los dos grandes hombres de nuestra historia, el primero en contarle a Belgrano sobre la trayectoria y los planes del militar nacido en Yapeyú.
San Martín, por su parte, también tuvo conocimiento inmediato acerca de Belgrano y su acción en el frente paraguayo y en el norte. Si especulamos acerca de quiénes pudieron haber sido sus confidentes, imaginamos a Bernardino Rivadavia, Manuel de Sarratea y Antonio de Escalada. Los dos primeros eran integrantes del gobierno. El tercero, su futuro suegro, ya que San Martín iba a casarse con su hija en septiembre de 1812. Con los tres trabó relación inmediata.
Pero hay otras dos personalidades que no deben soslayarse: Martín Miguel de Güemes, quien llegó en septiembre del 12 a Buenos Aires, confinado por el mismísimo Belgrano, y el barón de Holmberg, porque, debido a sus actitudes tan estrictas, fue rechazado por la oficialidad del Ejército del Norte, a pesar de la simpatía que le tenía Belgrano. Holmberg terminó regresando a Buenos Aires, donde es inevitable imaginar las conversaciones que habrá mantenido con San Martín. La información sobre la campaña militar en el norte y la personalidad de su jefe tuvieron que haber figurado como tema de sus charlas.
De todos modos, estos dos destacados hombres, que seguramente no habrán ofrecido una mirada totalmente positiva de Belgrano, arribaron después de que se conociera la gran noticia: la victoria en la batalla de Tucumán. La primera lectura sobre el triunfo patriota fue que alejaría a los realistas del territorio y, por lo tanto, la guerra iba a definirse lejos de Buenos Aires. En cuanto a las estrategias, implicaba un cambio. No era lo mismo actuar a la defensiva que ser ofensivos.
El coronel San Martín en Buenos Aires y el general Belgrano en Salta se prestaban mucha atención. En algún momento iban a conocerse. Terminó ocurriendo en un escenario menos optimista, como consecuencia de la derrota de Ayohuma.
La mala noticia llegó a Buenos Aires el 2 de diciembre de 1813. Al día siguiente, el gobierno dispuso que San Martín, con doscientos cincuenta granaderos, ochocientos hombres del Batallón 7 de Libertos (esclavos que habían obtenido la libertad por enrolarse y sumarse a la guerra) y ochenta artilleros, se dirigiera al norte para hacerse cargo del ejército.
Estaban enviando a un coronel para que reemplazara a un general. San Martín inició los preparativos y se dispuso a marchar. La designación fue celebrada por Belgrano y ahí mismo, mientras se resolvían las cuestiones administrativas, comenzaron a escribirse. La primera referencia documentada, aunque sin duda hubo previas, es la siguiente carta que Belgrano le envió a San Martín desde Humahuaca, fechada el 8 de diciembre de 1813:
Paisano y amigo:
No siempre puede uno lo que quiere, ni con las mejores medidas se alcanza lo que se desea. He sido completamente batido en las Pampas de Ayohuma cuando más creía conseguir la victoria. Pero hay constancia y fortaleza para sobrellevar los contrastes y nada me arredrará para servir, aunque sea en la clase de soldado, por la libertad e independencia de la Patria.
Mucho me alegraré que venga el refuerzo ofrecido (…). Si yo permaneciese con el mando, no dude usted que atenderé al capitán y demás tropa de su cuerpo que viniese. Lo pedí a usted desde Tucumán. No quisieron enviármelo. Algún día sentirán esta negativa. En las revoluciones, y en las que no lo son, el miedo sólo sirve para perderlo todo.
He celebrado que venga el coronel Alvear y, más ahora, que usted me confirma las noticias que tengo de sus buenas cualidades. Mucha falta me han hecho los buenos jefes de división, porque el general no puede estar en todas partes. Uno de ellos faltó a una orden mía y he aquí el origen de la pérdida de la última acción, que vuelvo a decir ha sido terrible, y nos ha puesto en circunstancias muy críticas.
(…) Puede que estos golpes nos hagan abrir los ojos y viendo los peligros más de cerca, tratemos de otros esfuerzos que son dados a los hombres que pueden y deben llamarse tales.
San Martín también había decidido escribirle. Lo hizo el 6 de diciembre, dos días antes que su interlocutor. Lamentablemente, la carta se ha perdido, pero conocemos su existencia por la respuesta de Belgrano, fechada en Jujuy en la Navidad de 1813. Dice entre otras cosas:
Mi querido amigo y compañero:
Crea usted que he tenido una verdadera satisfacción con la suya del 6 de éste, que ayer recibí, y que mi corazón toma un nuevo aliento cada instante que pienso que usted se me acerca. Porque estoy firmemente persuadido de que con usted se salvará la Patria y podrá el ejército tomar un diferente aspecto.
Soy solo. Esto es hablar con claridad y confianza. No tengo, ni he tenido quien me ayude y he andado los países en que he hecho la guerra, como un descubridor, pero no acompañado de hombres que tengan iguales sentimientos a los míos, de sacrificarse antes que sucumbir a la tiranía.
Se agrega a esto la falta de conocimientos [de los soldados] y pericia militar, como usted lo verá, y una soberbia consiguiente a su ignorancia, con la que todavía nos han causado mayores males que con la misma cobardía.
Entré a esta empresa con los ojos cerrados y pereceré en ella antes que volver la espalda. Sin embargo, de que hay que huir a los extraños y a los propios, porque la América aún no está en disposición de recibir dos grandes bienes: la libertad e independencia.
En fin, mi amigo, espero en usted un compañero que me ilustre, que me ayude y quien conozca en mí la sencillez de mi trato y la pureza de mis intenciones que, Dios sabe, no se dirigen ni se han dirigido más que al bien general de la Patria y sacar a nuestros paisanos de la esclavitud en que vivían.
Celebro los auxilios que usted trae, así de armas, como de municiones y, particularmente, los dos escuadrones de su regimiento [de Granaderos a Caballo], pues ellos podrán ser el modelo para todos los demás, en disciplina y subordinación.
No estoy así contento con la tropa de libertos, los negros y mulatos, son una canalla que tiene tanto de cobarde como de sanguinaria, y en las cinco acciones que he tenido, han sido los primeros en desordenar la línea y buscar murallas de carne [protegerse detrás de una fila compacta de soldados].
Solo me consuela saber que vienen oficiales blancos, o lo que llamamos españoles, con los cuales acaso hagan algo de provecho, si son tales los oficiales que revistan sentimientos de honor y no de la talla de que comúnmente se han formado estos entre nosotros, para desgracia de la Patria y para experimentar los males en que hoy nos vemos y de que saldremos con grandes esfuerzos, auxiliados de la Providencia Divina.
Respecto de la estrategia a seguir, el hombre que venía acumulando experiencia militar en las campañas al Paraguay y al norte, le comentaba:
Estoy meditando montar los Cazadores y sacar cuantos sean buenos de los cuerpos para aumentarlos y ponerlos al mando del coronel Dorrego, único jefe con quien puedo contar, por su espíritu, resolución, advertencia, talentos y conocimientos militares, para que en caso de retirada, me cubra la retaguardia.
(…) Mi objeto ha sido, en mi retirada, caminar hasta Tucumán y, si me persiguiera el enemigo, hacer en aquel punto el último esfuerzo con la caballería que se pudiese juntar, dando un ataque a la brusca [repentino], prevaliéndome del entusiasmo de aquellas gentes.
(…) Desde que perdí a Álvarez [Benito, muerto en Vilcapugio] y Forest [Carlos, herido de gravedad en esa batalla], no he tenido uno que haya sabido discurrir, ni un jefe superior que me ayudase. Hablo a usted con confianza, que no lo he hecho al gobierno para evitar más nuestra desunión y acaso mayores males de los que padecemos.
(…) En fin, mi amigo, hablaría más con usted si el tiempo me lo permitiera. Empéñese usted en volar, si le es posible, con el auxilio, y en venir a ser no solo amigo, sino maestro mío, mi compañero, y mi jefe si quiere: persuádase usted que le hablo con mi corazón, como lo comprobará con la experiencia constante que haga de la voluntad con que se dice suyo.
M. Belgrano
Jujuy, 25 de diciembre de 1813
Aguardaba con ansias a San Martín. Incluso llegó a reclamar su presencia mientras acampaba en Tucumán, probablemente luego de enterarse de la rotunda victoria de sus granaderos en San Lorenzo.
San Martín, a su vez, advirtió que Belgrano hablaba el mismo idioma que él. Y que tenía una cualidad poco vista en aquel tiempo: la de la disciplina militar. Así fue moldeándose la gran entrevista que reunió a Manuel Belgrano y a José de San Martín. El primero bajando por Jujuy, el segundo subiendo desde Buenos Aires. Iban a encontrarse en Tucumán. Probablemente, en aquellas primeras comunicaciones, haya empezado a desatarse el nudo que apretaba la libertad de los americanos.
Castigado por Belgrano a fines de 1812, Güemes quedó confinado en Buenos Aires, sin destino militar en el cual servir. Y de esta manera se produjo una de esas situaciones fortuitas de la historia. Porque, debido a la muy buena relación de los Güemes y los Escalada (ambas familias provenían de la misma región de España), el salteño fue presentado a San Martín luego de la victoria de San Lorenzo.
Ambos militares coincidieron en Buenos Aires entre febrero y diciembre de 1813. Cuando llegaron las noticias de las derrotas de Vilcapugio y Ayohuma, el gobierno dispuso que San Martín preparara a sus hombres y acudiera al norte, donde tomaría el mando reemplazando a Belgrano.
El magnífico militar fue notificado de su nuevo destino el 3 de diciembre de 1813. Tres días después, Güemes solicitó al gobierno que lo autorizaran a sumarse a las fuerzas que partían.
El teniente coronel don Martín Güemes ante Vuestra Excelencia con su mayor respeto representa y dice:
Que por notoriedad sabe que marcha tropa de esta capital para el Perú a las órdenes del coronel del Regimiento de Granaderos a Caballo don José de San Martín. Consiguiente con mis sentimientos, y no pudiendo mirar con indiferencia los peligros de la Patria, me ofrezco a partir bajo de sus órdenes.
Su deseo fue refrendado por San Martín:
Al teniente coronel don Martín Güemes lo creo sumamente útil a la expedición auxiliadora del Perú que Vuestra Excelencia ha puesto a mi cargo. La opinión y concepto de este oficial y sus servicios constantes por la causa me hacen interesarme con Vuestra Excelencia a fin de que su solicitud tenga el éxito que solicita.
De esta manera, San Martín revindicó a Güemes y el salteño regresó al norte. No hubo reproches. Belgrano y Güemes, unidos gracias a San Martín, continuaron brindando servicios valiosos a la Patria sin saber que no llegarían a ver el fin de la guerra porque morirían: el porteño en junio de 1820 y el salteño en junio de 1821.
Los aprestos de San Martín en Buenos Aires para concurrir en auxilio de Belgrano demandaron varios días. El coronel fue muy puntilloso. Debía llevar, además de los hombres, pertrechos, comida y armamento. El cuidado de cada detalle marcaba un contraste con todas las expediciones que habían visto partir los vecinos de Buenos Aires, sin excluir la que se dirigió a Paraguay con Belgrano a la cabeza. Fue una magnífica prueba de organización, una muestra de lo que serían los preparativos del Ejército de los Andes en Cuyo.
Resuelto el aspecto logístico, el Ejército Auxiliar (el que, precisamente, iba a auxiliar a la tropa de Belgrano) partió el 18 de diciembre.
Cabe preguntarse si era necesario tanto trámite previo. Desde ya, porque hay que tener en cuenta que San Martín preveía que podría toparse con el enemigo y, sin tiempo para ajustes, debería presentar batalla.
El comienzo de 1814 tomó a San Martín en los caminos rumbo al norte. Belgrano se encontraba en Jujuy, desde donde escribió una carta dirigida a su camarada, “donde se halle”:
Mi Amigo y Compañero:
Le contemplo a usted en los trabajos de la marcha, viendo la miseria de nuestros países [se refiere a las tierras alejadas de la capital] y las dificultades que presentan con sus distancias, despoblación, y por la consiguiente falta de recursos para operar con la celeridad que se necesita.
Nada tememos de movimientos de los enemigos y me presumo que cada día que pase, serán más circunspectos en bajar. Yo me hallo con una porción de gente nueva a quien se está instruyendo lo mejor posible, pero todos cual Adán.
Deseo mucho hablar con usted de silla a silla, para que tomemos las medidas más acertadas, y formando nuestros planes los sigamos sean cuales fueren los obstáculos que se nos presenten, pues sin tratar con usted a nada me decido.
Que venga usted feliz a mis brazos, son los votos que dirijo al Cielo.
M. Belgrano
Jujuy, 2 de enero 1814
Las expectativas de los dos jefes eran altas. Ambos marcharon rumbo al encuentro y en el transcurso del viaje iban escribiéndose. Durante el trayecto, San Martín aprovechó para instruir a los libertos del 7. Vale la acotación porque en ese tiempo Belgrano opinaba que los negros eran los causantes de todos sus trastornos en el campo de batalla. San Martín, en cambio, se propuso disciplinar a este grupo, que terminó recibiendo comentarios elogiosos por su valiente desempeño.
Un extenso camino de cincuenta y seis postas separaban a Buenos Aires de Tucumán, ciudad donde pensaban encontrarse. De todas maneras, factores climáticos y otras vicisitudes fueron desplazando el punto de encuentro. Los manuales de historia nos hablan de Yatasto, en la provincia de Salta, como el sitio donde se dieron el histórico abrazo. No obstante, detallados trabajos posteriores han puesto precisiones sobre el asunto.
A partir de la correspondencia, del intercambio de esquelas, más algunos documentos de las postas o referencias dadas por contemporáneos que vivieron estos hechos siempre cerca de los dos grandes argentinos, pudo establecerse que San Martín y Belgrano no se encontraron en la Posta de Yatasto, como suele decirse. Sí en Salta, pero en otra posta, la de los Algarrobos, más al norte de Yatasto. Al respecto, existe una investigación que llevó adelante Julio Arturo Benencia, publicada en 1973, donde echa luz sobre el tema.
Volviendo a Yatasto, cabe aclarar que originalmente se llamó Ayatasto, en sintonía con el resto de la nomenclatura quechua de la región, como es el caso de Anillaco, Añatuya, Andalgalá, Ayacucho, Ayohuma y otras.
Esta vez, la evacuación de Jujuy sería solo militar. Belgrano envió a Tucumán documentos, abastecimiento y armas, incluida la artillería. Apenas retuvo un par de cañones. También se ocupó de los enfermos que tenían que salir antes que la tropa. Lo último que le quedaba por hacer era preparar la defensa. Ese era un punto clave. La retaguardia del ejército perseguido debía ser eficiente. Eran los encargados de proteger al resto, a los que se alejaban de la zona de confrontación. Por eso tenían la obligación de mantener la calma y no desesperarse, porque si perdían el control exponían al resto. Imaginemos la situación: una retaguardia que al huir se lleva por delante a las columnas que están protegiendo: el desbande sería angustiante.
Belgrano elaboró un plan de defensa y decidió que la persona ideal para llevarlo a cabo sería Manuel Dorrego. No se equivocó: gracias a la acción de la retaguardia, el Ejército del Norte pudo rearmarse, recuperar fuerzas, hombres, pertrechos, armas y estar preparado para una posible batalla.
El gran patriota retrasó su partida por problemas de salud. Padecía la terciana, esa fiebre que lo postraba. Una vez repuesto, aguardó a que todos sus hombres marcharan. Fue el último en abandonar la ciudad de Jujuy. Como aquella vez en Vilcapugio, protegiendo hasta el último de sus soldados.
Le pidió a San Martín el escuadrón de Granaderos. Rogaba que apuraran el paso para auxiliar a Dorrego en la retaguardia.
En una de las cartas que se enviaban Belgrano y San Martín, el primero le contaba que estaba padeciendo la terciana y, a la vez, respondía alentando al futuro Libertador porque también se había enfermado durante el viaje. Así estaban los dos próceres de la Argentina, cargando con problemas de salud, una constante en sus vidas.
Hay otro asunto crucial en aquel camino al encuentro. Desde que Belgrano supo que San Martín se dirigía al norte, propuso que se le diera la jefatura del ejército.
Quería que San Martín fuera su sucesor, pero no para abandonar la campaña. Al contrario: a pesar de las enfermedades, de los disgustos y los sinsabores que le reportaba toda esa actividad, Belgrano le escribió al gobierno para sugerir que San Martín asumiera la jefatura del Ejército del Norte y que él continuara participando, en todo caso, como jefe exclusivo de un regimiento. O, aunque más no sea, en calidad de soldado.
Esto habla de su grandeza. Habiendo sido miembro de la Primera Junta de Gobierno, comandante de la Campaña al Paraguay, héroe de las victorias de Tucumán y Salta, Belgrano pretendía que un oficial con un rango menor fuera general, jefe, comandante del Ejército, y subordinarse al mejor profesional en cuestiones militares.
Ambos jefes iban llegando a las respectivas orillas del río Juramento. Belgrano le había mandado una nota a San Martín para pedirle que se detuviera a esperarlo, ya que él cruzaría el río hacia el sur para encontrarlo.
La decisión se debió a necesidades logísticas. Belgrano tenía que traspasar el Juramento con sus hombres, los derrotados de Ayohuma. Esa era una operación militar que requería de orden y coordinación. Decidió dejar a sus oficiales a cargo y se adelantó en el camino para cruzar antes y entrevistarse con San Martín.
El célebre encuentro tuvo lugar el 17 de enero del año 14, en la Posta de los Algarrobos. Seguramente Belgrano concurrió acompañado de una reducida escolta, entre los que debía figurar su ayudante José Manuel de Vera.
¿Fue el encuentro “silla a silla” como había augurado Belgrano? Pese a que no hay testimonios que lo confirmen, se presume que debe haber sido de esa manera. Quien estaba llegando a caballo era el general del Ejército. El coronel San Martín, un oficial de menor rango, no podía estar en la posta con sus hombres recibiendo con displicencia a su jefe.
Sin duda, lo que ocurrió fue que San Martín envió una partida para escoltar a Belgrano y también el porteño debe haber despachado a un hombre para avisar que estaba llegando. Con lo que podemos presumir que el coronel aguardó con sus hombres formados la llegada del general; y en ese contexto también San Martín debería estar montado. Es muy probable que el primer encuentro, el primer abrazo, se lo hayan dado a caballo.
Por fin, estos hombres estaban frente a frente y ya no había correspondencia en el medio o papeles y plumas para comunicarse. Habrá sido una gran emoción y satisfacción para cada uno el hecho de conocer al otro.
¿Cuáles fueron los temas que trataron? El principal se refería a la designación de San Martín en el Ejército. A pesar del deseo de Belgrano de subordinarse a un jefe de las características de San Martín, formador de un regimiento y profesional bien conceptuado, el hombre llegaba con una disposición del gobierno que lo convertía en el segundo al mando.
Esa misma tarde repasaron las comunicaciones que habían tenido, confirmando en persona lo que se habían escrito, principalmente acerca de las posiciones del enemigo y de qué manera Dorrego con sus Cazadores retrasaba el avance realista; sumado a la importancia que les daba Belgrano a los Granaderos a Caballo, cuerpo que podía participar de esa misma misión junto con el díscolo oficial.
Luego Belgrano le explicó cuál era su plan para volver a ser efectivos y marchar hasta chocar una vez más con el ejército realista. En esa detallada exposición debe haber recibido consejos acerca de lo que correspondía hacer. Frente al planteo de Belgrano de concentrar su tropa con la recién llegada en Las Piedras, donde ya habían vencido al enemigo el 3 de septiembre del año 12, San Martín sugirió replegarse y hacerse fuerte en Tucumán.
Pero lo más importante que ocurrió aquel día fue que estos dos patriotas reunidos en una sencilla posta del norte del territorio argentino advirtieron que no estaban solos. Belgrano se sentía respaldado y ese peso enorme que cargaba por las derrotas de Vilcapugio y Ayohuma dejó de agobiarlo.
Por su lado, San Martín volvía al terreno de lo que mejor sabía hacer: pensar estrategias, desarrollar tácticas y pelear. Sin duda, aquella jornada fue una de las más importantes en la historia de la Guerra de la Independencia.
Y sus consecuencias iban a verse con mucha mayor claridad en los próximos meses.
El Ejército del Norte quedaba conformado por Belgrano como primer jefe y San Martín como segundo. Eso no es lo que esperaba el comandante. No solo porque él consideraba que estaba en inferioridad frente a la capacidad profesional de San Martín, sino también porque para que el futuro Libertador ocupara el segundo cargo en el ejército debía desplazarse a Eustaquio Díaz Vélez, una figura central para la tropa.
El hombre que había combatido en las Invasiones Inglesas, que había participado en las acciones de la Semana de Mayo, que había acompañado a Castelli en la primera Campaña al Norte, actor principal en la batalla de Tucumán, ése era Díaz Vélez. El que, herido en el muslo en el enfrentamiento de Salta, gritaba insultando a sus ayudantes porque le negaban el caballo por prohibición del médico cuando quería continuar peleando. Era el oficial que, al ser vencidos en Vilcapugio, corrió a recuperar a los desertores.
Díaz Vélez, quien acompañó a Belgrano en todo el trayecto de Potosí a Jujuy, incluso al río Juramento, tenía mucha influencia política en Tucumán. Su madre era María Petrona Aráoz, de una familia de peso en la ciudad. Además, se había formado un grupo de camaradería en el Ejército del Norte con los oficiales, los considerados valientes, aquellos que habían demostrado valor admirable en los enfrentamientos de la primera campaña con Castelli y de la segunda con Belgrano. Él integraba ese grupo selecto y muchos de sus hombres, no solo sus colaboradores sino también la tropa, respondían a Díaz Vélez, quien los tenía bajo su órbita y disciplinados, actuando como su líder.
Así como Belgrano reaccionó sorprendido frente esta noticia, el coronel San Martín tampoco se sintió a gusto. Iba a tener que lidiar con un grupo de hombres que ya traía vicios de los ejércitos que habían integrado, difíciles de disciplinar y poco afectos a sentirse cómodos con un jefe impuesto en los escritorios de Buenos Aires.
San Martín tenía pergaminos, pero no lo consideraban suficiente. Estaban acostumbrados a sus líderes y el correntino recién llegado no representaba ninguna ventaja para ellos. Al contrario, conociendo cómo se manejaba en cuanto al orden, a la disciplina, a la conducta afuera y dentro del campo de batalla, no iba a ser fácilmente aceptado.
Agreguemos que San Martín pudo confirmarlo en cuanto notó la forma en que se manejaban los jefes con sus subordinados y de qué manera se perdía el concepto de autoridad. En algunos casos, parecía tratarse de un grupo de amigos que habían salido a combatir. Nada menos profesional que eso. El otro aspecto a tener en cuenta frente a esta situación era cómo iba a reaccionar Díaz Vélez cuando le comunicaran que ya no era el segundo jefe del Ejército del Norte. Y aún más, cómo responderían los demás oficiales y la tropa.
Tengamos en cuenta que se trataba de un grupo desmoralizado, vencido, agobiado, perseguido, que por obvias razones no estaba en su punto más alto de entusiasmo, sino todo lo contrario.
La decisión que adoptaron los jefes en la Posta de los Algarrobos fue enviar a Díaz Vélez con una misión a Buenos Aires. De esa manera, lo alejaban temporalmente del mando y hasta podrían dar la verdadera noticia a los hombres una vez que él no estuviera, ahorrándose algún tipo de reacción o confabulación.
Al día siguiente, el 18 de enero, se le comunicó a Díaz Vélez la orden de marchar con el propósito de informar la situación al Triunvirato y, a través de ellos, a la Asamblea. Como buen soldado, partió de inmediato rumbo al destino que le impusieron. En Buenos Aires reparó en que existía cierta demora en reincorporarlo a su ejército. Entonces, cuando finalmente le comunicaron los cambios, Díaz Vélez contestó con una enérgica carta dando a entender que estaban olvidando todos los servicios que había cumplido por la Patria.
Aclaró también que él nunca había pedido nada, que había sido coronel y seguiría siéndolo, a pesar del cargo que le habían dado acompañando a Belgrano. Para que quedara claro: no estaba reclamando nada, ningún ascenso. Simplemente le parecía que el lugar que le correspondía era ése, al cual le estaban privando regresar. Y si esa era la decisión, entonces él renunciaba al Ejército.
Díaz Vélez estaba poniéndolos en aprietos porque perderlo como soldado, en plena Guerra de la Independencia, no era una buena medida política. Le rechazaron la renuncia y dictaminaron que marchara a Tucumán para reunirse con la tropa. Díaz Vélez no cedió. Respondió que se quedaría en Buenos Aires. Él era porteño, hijo de tucumana y español, pero porteño. Y no quiso irse. En el ínterin, declaró en el sumario por la derrota de Ayohuma.
Finalmente, la única solución que encontró el Triunvirato fue nombrarlo gobernador de Santa Fe, cargo que sí aceptó y que ejerció entre marzo de 1814 y el mismo mes de 1815. De esa manera, quedó zanjada la dificultad que se presentaba para seguir las órdenes que el gobierno central había enviado con San Martín.
El 18 de enero los dos jefes acudieron al río Las Piedras para revisar un paso poco conocido. En esa expedición San Martín se mostró muy satisfecho con la forma en que se manejaba Belgrano y las órdenes que daba. Luego de casi dos años en esta tierra, advertía que el comandante era uno de los mejores soldados de la Patria, aportaba soluciones concretas, cargadas de sentido común y mando enérgico. Esas eran cualidades que el profesional destacaba del militar que se había formado en las dos campañas. En esos días continuaron las deliberaciones y el análisis de los riesgos.
Pararon en la estancia de las Juntas, propiedad de José Manuel Torrens, un español que había adherido a la causa de la independencia. El 20, Belgrano encargó a San Martín que fuera a Tucumán y estableciera el espacio físico para el acuartelamiento de las tropas.
El coronel partió el 21 y arribó a destino el 24. Belgrano se quedó organizando la retirada. La imagen lo dice todo: mientras San Martín marchaba adelante del ejército, Belgrano iba atrás cuidándolo. A su vez, pidió a Torrens que juntara a todos los matacos que había en la región, aquellos que, seguramente incentivados por los realistas, habían hecho bastante daño. Torrens cumplió su misión y los matacos se incorporaron al Ejército del Norte. Fueron enviados a Tucumán para participar en la construcción del cuartel donde iban a instalarse los hombres de Belgrano y San Martín.
Belgrano salió de la estancia el 22 y llegó a Tucumán tres días después que San Martín, es decir, el 27 de enero. Allí tuvo lugar el nuevo encuentro. Esa misma semana, un chasqui militar arribó con el nombramiento del futuro Libertador a la cabeza de las fuerzas, firmado por el Triunvirato. El deseo de Belgrano se había cumplido. Compartieron una temporada, intercambiando opiniones, aprendiendo uno del otro y fortaleciendo la idea de terminar cuanto antes la guerra y lograr la independencia.
Para ellos había un solo camino posible, el de la libertad, con mucha disciplina y sacrificios. Estaban dando los pasos correctos. Aun en esos meses en que las complicaciones se multiplicaban. Pero ellos dos eran líderes e iban a encontrar la forma de revertir la compleja situación.
Las derrotas en el Alto Perú obligaron a desandar el camino. Los hombres de Belgrano llegaron a Jujuy y allí se engrosaron las fuerzas gracias a la implacable tarea de un oficial que había sido castigado: Manuel Dorrego.
Recordemos que se hallaba destinado en Salta, fuera de la zona de enfrentamientos, enviado por Belgrano debido a actos de indisciplina. Una tradición sostiene que, luego de las derrotas en Vilcapugio y Ayohuma, Belgrano se lamentó por la ausencia de “un Dorrego” que lo auxiliara en las filas de la Patria.
El vuelco de la guerra lo puso otra vez en escena. El Triunvirato le ordenó reunir a los dispersos que iban llegando a Salta. Cumplió su misión con eficiencia y dando muestras claras de que había aprendido la lección. Se han perdido documentos probatorios, pero le damos el crédito a Dorrego, quien aseguró que cuando se puso en marcha rumbo a Jujuy, por disposición impartida desde Buenos Aires, recibió una carta de Belgrano convocándolo. Por lo tanto, el castigo había llegado a su fin.
El reencuentro en San Salvador de Jujuy fue muy afectuoso. Una vez más, Dorrego ocupaba un lugar especial en el alto mando. Más aún, San Martín y Belgrano hablaron del valiente soldado, según se advierte en la correspondencia previa mantenida por los dos grandes jefes. Sus recientes méritos le dieron un lugar preferencial. Por decisión de los comandantes, Dorrego se convirtió en el tercer jefe de la cadena de mando. Pero no estuvo a la altura de las circunstancias y el cargo se le escapó de las manos.
Para un profesional de las armas como San Martín, una de las claves del éxito era la buena comunicación. ¿De qué servía tener jefes buenos si los mensajes no llegaban con claridad desde el fondo hasta la primera línea de combate?
Por esa razón, puso en práctica un ejercicio que era habitual en Europa. Consistía en formar una ronda que respetara los rangos, de izquierda a derecha como las agujas del reloj, y ensayar el grito de una misma consigna siguiendo la estructura jerárquica.
La actividad se denominaba “Ejercicio para la uniformidad de las voces de mando” y buscaba que cada oficial repitiera las palabras dichas por su superior y usara el mismo tono. La utilidad del ejercicio se vería en el campo de batalla. Si la vía de comunicación era fluida, una orden del comandante llegaría con claridad a los oídos de cada soldado.
En Tucumán, a fines de febrero de 1814, el flamante jefe del Ejército del Norte, José de San Martín, convocó a los oficiales a su casa una tarde y los dispuso alrededor de la mesa del comedor, iluminada por candelabros.
En la cabecera, el comandante. A su izquierda, Belgrano, segundo jefe militar, con Dorrego —tercer jefe— a su lado. Luego seguirían González Balcarce y Francisco Fernández de la Cruz. La primera consigna fue lanzada por San Martín con su potente voz de barítono. De inmediato respondió Belgrano, pero el contraste, debido a su voz aflautada, hizo reír a Dorrego. El futuro Libertador lo fulminó con la mirada y el resto de la vuelta prosiguió sin novedades. La nueva orden partió con energía de la garganta de San Martín. Una vez más, Dorrego hizo una mueca al oír la respuesta de Belgrano, pero esta vez el comandante reaccionó. Tomó el candelabro de la mesa, dio un golpe seco y, sin quitarle la vista de encima, le dijo a Dorrego: “¡Coronel, hemos venido aquí a uniformar las voces de mando, no a reír!”.
Al día siguiente, Dorrego marchaba a Santiago del Estero. Una vez más fue alejado de la acción.
En el caso de Belgrano, fue llamado a Buenos Aires para responder por las acciones en el norte (de las que salió indemne, adelantamos). Cuando iba en camino, al pasar por Santiago del Estero, el bromista Dorrego decidió desairarlo, enviando a recibirlo a un loco vestido con uniforme de brigadier. La relación entre Manuel B. y Manuel D., que en 1812 había comenzado tan auspiciosamente, solo era un difuso recuerdo.