Prólogo

 

 

A George Orwell le llovieron los epítetos: conciencia invernal de una generación, fugitivo de los campos victoriosos, tory anarquista, socialista enamorado de la época eduardiana, etoniano entre proletarios, espíritu cristalino, un inglés que jamás cambiaría una buena taza de té por la medalla del Imperio británico… Casi siempre la denominación implica algún elemento paradójico, la sugerencia de que por un motivo u otro el escritor siempre nadó a contracorriente. Confieso debilidad por el que le dedicó el canadiense Paul Potts, un amigo de sus últimos años, que lo recordaba como «un Quijote en bicicleta», una imagen sugerente que evoca al miliciano del POUM combatiendo el fascismo en el frente de Aragón con un fusil anacrónico. Un idealista con medios limitados, pero armado de un coraje intelectual que le dio coherencia hasta el final y que persistió gracias a un sentido de la independencia que acabó adquiriendo cierto halo poético. Su compromiso personal se acabó articulando en una obra literaria que consiguió, como pocas, construir un estilo propio y, al mismo tiempo, dar un sentido ejemplar a lo que se ha denominado arte político. Buena parte de este logro singular se debe a la estrecha relación que mantuvo su voz pública con su voz privada (un caso nada habitual entre los escritores «políticos» de entreguerras). Este volumen permite transitar por la voz privada, la correspondencia y los diarios de un escritor cuya presencia pública ha crecido y persistido —como todo en Orwell— contra pronóstico.

Esta edición incluye una amplia selección de correspondencia del período 1937-1943 que se complementa con los llamados Diarios de guerra que cubren el período 1939-1942. Peter Davison, el responsable de la extraordinaria edición de los veinte volúmenes de The Complete Works of George Orwell y del suplemento posterior con material nuevo, The Lost Orwell (2006), aporta breves introducciones y numerosas notas al pie de página que son una muestra ejemplar de meticulosidad, rigor académico y, en sí mismas, una fuente inagotable de información relevante. La inclusión de los Diarios de guerra en este volumen parece actuar como recordatorio de la intensa presencia de la guerra en la corta vida de George Orwell. Su primera guerra fue la de 1914 y su primera incursión literaria fue, precisamente, la publicación a los once años de un poema patriótico en el periódico local, el Henley and South Oxfordshire Standard, en el que arengaba a los jóvenes de Inglaterra a sumarse al esfuerzo de guerra y a acabar con los alemanes. Más tarde, en sus años de becario en Eton, el adolescente Eric Blair vivía los rituales diarios en honor de los caídos en el frente con el sentimiento de frustración de no poder compartir la heroicidad de sus mayores. El testimonio doloroso y las advertencias de los poetas de la generación de Wilfred Owen tardarían tiempo en hacerse escuchar y los chicos de las public schools asumían sin ironía ni rebeldía el viejo dictum: «Dulce et decorum est pro patria mori». Quizá por eso a muchos les quedó pendiente la superación de un «test de hombría» que algunos estudiosos han relacionado con su posterior participación voluntaria en la Guerra Civil española. Estremecida por la muerte de su sobrino Julian Bell mientras conducía una ambulancia en el frente, Virginia Woolf expresaba la perplejidad que le causaba «la fiebre en la sangre de la nueva generación que no puedo comprender de ninguna manera», pero muchos de esos jóvenes, atrapados por varios mitos generacionales, habían encontrado en el mapa de la península los contornos de aquella fiebre y en el hecho de cruzar los Pirineos la superación de aquel test pendiente. Todo, en la España de 1936, parecía confirmar que aquella era «la próxima guerra» que todos esperaban, la guerra justa planteada en blanco y negro que confirmaba el verso de Auden: «La acción es urgente y clara su naturaleza». Contra el fascismo que amenazaba las libertades en Europa, la respuesta de los españoles al golpe de Franco ofrecía una causa que interpelaba directamente la conciencia militante de muchos. Auden de nuevo: «¿La muerte romántica? De acuerdo, la acepto puesto que yo soy / vuestra elección, decisión; sí, soy España».

Recordar que la experiencia española de Orwell reflejada en Homenaje a Cataluña y otros escritos fue pivotal en su trayectoria política y su proyecto literario puede parecer ocioso. Sin embargo, casi todo lo que sugiere el adjetivo orwelliano resuena en lo que fue aquella experiencia formativa determinante. ¿Dónde si no quedó sellado e inscrito en su cuerpo el compromiso antifascista del escritor combatiente con la bala que le atravesó el cuello? ¿Dónde si no se vio obligado a hacer un curso intensivo sobre los mecanismos del estalinismo y a tener que huir, literalmente, de su propio bando convertido ya en un antiestalinista precoz? ¿Dónde si no aprendió a reconocer que el monstruo tiene más de una cara? ¿Dónde si no vio con qué impune facilidad se podía convertir un líder respetado como Andreu Nin en un vaporizado, una nopersona para decirlo en la nuevalengua de 1984?… Nada resulta más tristemente significativo que el único diario de guerra que no puede incluirse en este libro es el que escribió durante la Guerra Civil. Su diario de España y las fotos que lo acompañaban les fueron requisados a su mujer, Eileen, en el hotel Continental de las Ramblas barcelonesas y andará extraviado en algún archivo moscovita. Orwell, pues, tuvo que escribir Homenaje a Cataluña sin el beneficio de las notas que había tomado. En vida, Orwell tuvo que asumir que su libro de España había obtenido escasa repercusión y no vendió más de novecientos ejemplares (aunque la vida póstuma de los libros es impredecible y hoy muchos historiadores se quejan de la excesiva influencia que tiene el relato de Orwell en la percepción de la Guerra Civil). Sin embargo, esta experiencia y este fracaso —palabra muy del gusto de Orwell— acompañaron para siempre al escritor, y, en mi opinión, de ahí surge la fuerza moral que alienta la escritura de 1984, a pesar de las circunstancias penosas de su redacción. En España Orwell comprobó su capacidad para «afrontar hechos desagradables» y, al mismo tiempo, su capacidad para no desfallecer en la lucha a favor del socialismo democrático y contra el totalitarismo. En las peores circunstancias, es decir, reponiéndose de la bala fascista que le dejó sin voz y habiendo ya vivido el horror de las luchas callejeras de mayo de 1937 y la posterior ilegalización del POUM, desde el sanatorio Maurín de Barcelona, el 8 de junio de 1937, escribió a su amigo Cyril Connolly:

 

Gracias también por decirle a la gente que probablemente debería escribir un libro sobre España, como, por supuesto, haré en cuanto se me cure este condenado brazo. He visto cosas asombrosas y por fin creo de verdad en el socialismo como nunca había hecho hasta ahora. En conjunto, y aunque lamento no haber visto Madrid, me alegro de haber estado en un frente relativamente poco conocido, entre anarquistas y gente del POUM en lugar de en las Brigadas Internacionales, como habría hecho si hubiese llegado con credenciales del PC en lugar de las del ILP (Orwell in Spain, p. 22, y véase infra p. 43).

 

Muy pronto, tal como anuncia la última frase de Homenaje a Cataluña, las bombas empezaron a caer en Londres y Orwell escribió diarios sobre la guerra que vivía su propio país. En cierto sentido, Orwell parecía sentirse como en casa en medio de las privaciones propias de la guerra. Sentía una mezcla de orgullo y fascinación por la manera en que sus compatriotas sabían mantener la calma y seguir el curso de la vida diaria bajo las bombas. Con la guerra en casa, Orwell decidió explorar sus sentimientos patrióticos expuestos a una situación extrema. Ahora era cuestión, como sugiere el título de su conocido ensayo «Mi país, a derechas o a izquierdas», de asumir contradicciones ni que fuera por el mero hecho objetivo de que, «según escribo estas líneas, seres humanos sumamente civilizados me sobrevuelan intentando matarme» (El león y el unicornio, en Ensayos, p. 271). Patriota, sí, pero con un programa que pasaba por el desprecio a las clases altas, a las injusticias del capitalismo o a la infamia del imperialismo. El patriota revolucionario soñaba, con obstinada candidez, en la conversión de la vetusta Home Guard en unas milicias populares al estilo de las del POUM. La desazón de la guerra activó sus recuerdos de combatiente y a pesar de su edad y estado físico hizo gestiones para resolver la crisis intelectual volviendo a la acción, a los frentes de batalla. Inmediatamente después del fiasco de Dunkerque anotó lo siguiente:

 

Todo se está desintegrando. Me duele estar escribiendo reseñas de libros y demás en estos tiempos, e incluso me irrita que se permitan semejantes pérdidas de tiempo. La entrevista del sábado en el Ministerio de la Guerra podría tener algún resultado si consigo engañar al médico. Si logro alistarme, sé, por analogía con la guerra de España, que dejarán de interesarme los asuntos públicos. Ahora me siento igual que en 1936, cuando los fascistas se aproximaban a Madrid, pero mucho peor (Diario de guerra, 10-6-1940).

 

Los Diarios de guerra ofrecen la oportunidad de observar cómo Orwell va estableciendo conexiones y dando forma a ideas embrionarias que acabarán materializándose en ensayos y en libros posteriores. Su estado de vigilancia permanente sobre las perversiones del lenguaje, en especial sobre el uso de eufemismos tóxicos y sobre la desfachatez de la propaganda política, revela su alarma sobre la desaparición de la verdad «objetiva» que tuvo ocasión de constatar en España. Veamos, en este sentido, una entrada reveladora que demuestra el persistente deseo de ecuanimidad que Orwell nunca perdió más allá de sus propias convicciones:

 

Estamos de porquería hasta el cuello. Cada vez que hablo con alguien o leo los escritos de cualquiera que tenga algo que decir, noto que la honradez intelectual y la ecuanimidad en los juicios han desaparecido sin más de la faz de la tierra. El pensamiento se ha vuelto legalista y todo el mundo se limita a defender su «caso» y a eliminar el punto de vista del oponente, y, lo que es más, a manifestar una insensibilidad total por el sufrimiento de cualquiera que no sea él o sus amigos. Los nacionalistas indios se hunden en la autocompasión y el odio a Gran Bretaña y contemplan con indiferencia la pobreza en China; el pacifista inglés se exaspera por la presencia de campos de concentración en la isla de Man y olvida los de Alemania, etc., etc. Uno lo nota más en el caso de la gente con quien está en desacuerdo, como los fascistas o los pacifistas, pero de hecho le pasa a todo el mundo, al menos a todos los que tienen opiniones claras. Todo el mundo es deshonesto y se muestra implacable con quienes quedan fuera del rango de sus propios intereses. Lo más sorprendente es el modo en que la compasión puede abrirse y cerrarse como un grifo según las necesidades políticas (Segundo diario de guerra, 27-4-1942).

 

Junto a estas reflexiones abundan las observaciones sobre la conducta de la gente corriente que Orwell valora en su reiterada defensa de la decencia del hombre de la calle en oposición a la maleabilidad de políticos e intelectuales. Su apego a los «objetos sólidos», su afición a la horticultura, su pasión por los animales, aparecen frecuentemente en estas páginas y actúan en Orwell como un antídoto contra los ismos y las abstracciones. No es casual su admiración por el Ulises de James Joyce, la gran disección literaria de la mente de un hombre corriente. En Orwell, la capacidad de analizar y polemizar sobre las Grandes Ideas de su tiempo estuvo siempre acompañada de su amor por la naturaleza y del sentido pragmático de un excéntrico que nunca fue un bohemio, quizá, porque, como dijo de sí mismo: «Soy un hombre a quien le gusta contar los huevos que ponen sus gallinas».

El escritor sobrevivió a la Segunda Guerra Mundial, pero la presencia de la guerra no dejó de acompañarlo durante los cinco últimos años de su vida. A él mismo se atribuye el concepto de «guerra fría» que se instaló en el mundo y que resuena en los cinismos geoestratégicos que presiden el mundo de 1984. Solo dos meses después de las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki, escribió el artículo «La bomba atómica y usted», donde describe los efectos políticos de la amenaza nuclear y, en referencia a las teorías del sociólogo James Burnham, habla de nuevas estructuras sociales potenciales y un nuevo orden mundial basado en estados «que serán, a la vez, inconquistables y en estado de guerra fría permanente con sus vecinos».

Esta selección de cartas y diarios cubre una década decisiva de la vida de Orwell y contiene los elementos clave que acabarán cristalizando en las dos obras que le dieron fama universal: Rebelión en la granja y 1984. Da cuenta de los intereses intelectuales de su autor y de la ardua lucha para proyectarse públicamente y encontrar un estilo literario propio. Su correspondencia con escritores como Cyril Connolly, Herbert Read o Stephen Spender y, especialmente, la que mantiene con su agente Leonard Moore y el editor de sus primeros libros Victor Gollancz, es una crónica de la vida literaria en la Inglaterra de entreguerras. Aunque Orwell dejó escrito que no quería que se publicara ninguna biografía de él, el futuro no le hizo caso y ha recibido la atención de un buen número de biógrafos. Sin embargo, como ha sugerido el editor de este volumen, Peter Davison, precisamente en estos documentos privados es donde puede rastrearse la autobiografía que Orwell nunca escribió.

En uno de los obituarios que se publicaron en enero de 1950 se decía que Orwell fue «como uno de esos viajeros accidentales que uno se encuentra en el andén de la estación, uno de esos que se te acerca, te informa de que esperas el tren equivocado y desaparece». La proyección póstuma que tuvo su obra y la persistencia de su legado continúan confirmando la voz lúcida y siempre algo incómoda de George Orwell, pero, pasado el tiempo, aquel viajero que te interpelaba en el andén ya no parece dispuesto a desaparecer. Al contrario, el novelista, el brillante polemista de los ensayos y la figura intelectual que emerge de este volumen de escritos privados, se ha convertido en un acompañante estimulante, quizá indispensable para los viajes de nuestros días. Entre los excesos de los que lo quieren canonizar y los de los que lo quieren demonizar, la voz personal de Orwell, con todas sus contradicciones, nos remite más que nunca a un concepto caído en un alarmante desuso: la honestidad intelectual.

 

Miquel Berga

Universidad Pompeu Fabra (Barcelona)