EN RECONOCIMIENTO A SU APOYO, quiero agradecer a la Colonia para Escritores MacDowell, el Retiro para Escritores Medway, la New York Foundation for the Arts, la Foundation for Performance of the Contemporary Arts y la John Simon Guggenheim Foundation.
ENTRE LOS BIÓGRAFOS, historiadores y autores de memorias a quienes debo reconocer y agradecer por haberme abierto el camino, mi mayor deuda de gratitud es con Víctor von Hagen por su biografía romántica The Four Seasons of Manuela (Las cuatro estaciones de Manuela), que hizo que me enamorara de la historia de Manuela hace muchos años. Otros libros que iluminaron para mí la época y los personajes son Escritos seleccionados de Bolívar, compilado por Vicente Lecuna y editado por Harold A. Bierck, Jr,; Bolívar de Indalecio Liévano Aguirre; Bolívar de Salvador de Madariaga; Santander de Pilar Moreno de Ángel; Memorias, de Jean Baptiste Boussingault; la carta de Peroux de la Croix a Manuela Sáenz, fechada el 18 de diciembre de 1830; Lima Antigua, La Ciudad de los Reyes de Carlos Prince; La Guía del Viajero en Lima, de Manuel Atanasio-Fuentes; Tradiciones Peruanas de Ricardo Palma; y por supuesto, los propios escritos de Manuela Sáenz: Manuela Sáenz, Epistolario, Estudio y Selección del Dr. Jorge Villalba F.S.J. Mi descripción de los eventos que rodearon el atentado contra Bolívar está basada en el célebre testimonio de Manuela, redactado para el general O’Leary, y fechado el 10 de agosto de 1850. Debo reconocer de manera particular una deuda literaria: las últimas páginas de mi novela están inspiradas en el final de la obra de Alejandro Carpentier El reino de este mundo, cuando Ti Noel es transformado en un ganso. Es mi homenaje a un autor y una novela, importantes para mí.
Tengo también una inmensa deuda de gratitud con muchos viejos amigos, y con los nuevos que hice durante la escritura de esta novela. Mis agradecimientos a mis amigos en Paita: a Don José Miguel Godos Curay, quien compartió conmigo sus conocimientos sobre la vida de Manuela y las percepciones acerca de su personalidad, y quien puso a mi disposición cientos de páginas de escritos sobre Manuela que había coleccionado; y a su hijo, Juan de Dios, quien insistió en que me pusiera en contacto con su padre.
Otros amigos me escucharon hablar de este proyecto durante años y leyeron innumerables borradores de la novela, ofreciendo una contribución invaluable. Mis agradecimientos a Nicholas Christopher, quien una tarde a finales de diciembre de 1999 me dijo, “¿Y qué esperas para viajar a Paita?” Al día siguiente, compré el boleto, y ese fue el comienzo de ese viaje. A Kennedy Fraser, mi colega de escritura cuando empecé a trabajar en el libro; a Maggie Paley y su grupo de escritura a cuya evaluación y comentarios sometí un borrador temprano de la novela; a Mim Anne Houk, mi profesora en la universidad, quien leyó una versión temprana y me hizo caer en cuenta de lo lejos que estaba de llegar a buen puerto; a Jessica Hagedorn, quien me dijo: “¿Qué hacen aquí esas esclavas?” Fue después de que ella leyó aquel borrador temprano que empecé a incorporar las voces de Jonotás y Natán; a Connie Christopher, quien me dijo: “Vas a tener que hacerme creer que Manuela realmente amó a Bolívar,” a Edith Grossman, quien después de leer un borrador ya avanzado dijo: “Necesito entender de qué manera Manuela se convirtió en la mujer en la cual se convirtió,” a mi agente literario, Thomas Colchie, quien me dijo muy temprano en el proyecto: “Yo creo que tienes algo bueno entre manos;” a Shepherd Raimi, quien me escuchó contar y recontar la historia cientos de veces; a Robert Ward, por su ayuda en la preparación del manuscrito; y a Bill Sullivan, quien leyó incontables borradores, y nunca se quejó. Pero tengo una especial deuda de gratitud con dos personas en particular: la editora independiente Erin Clermont, por su inspirada y exigente revisión y corrección del texto de la novela. Y la novelista y profesora universitaria Marina Budhos, quien me ayudó a encontrar la estructura y la forma de Nuestras vidas, cuando yo llevaba ya cuatro años escribiéndola. Fue sólo cuando empecé a escuchar sus sugerencias que la novela encontró su rumbo. Y por último, pero de todo corazón, quiero expresar mi gratitud a mi perspicaz editor, Rene Alegría, por muchas e invaluables sugerencias y por abrazar mi novela con pasión.
Esta novela está dedicada a la memoria de Josefina Folgoso, a quien conocí en Barranquilla, Colombia, cuando yo tenía catorce años. Se convirtió entonces en mi mentora y mi maestra. A lo largo de cuarenta años, mantuvimos una amistad cercana, que la distancia geográfica hizo aún más preciosa. Desde que empecé a escribir Nuestras vidas, era difícil que pasara más de una semana sin recibir una llamada suya desde Barranquilla para preguntar cómo iba la novela. Pasado un tiempo comprendí que ella veía la escritura de mi novela sobre Manuela como una justificación de su propia vida. Al igual que a Manuela, se había abatido sobre ella el infortunio al llegar a una edad avanzada.
Y un día, el 13 de agosto de 2004, mientras escribía las últimas páginas del libro, recibí una llamada de la hermana de Josefina para decirme que había muerto de cáncer el día anterior. Agregó que Josefina había estado enferma los pasados cuatro meses, pero me había ocultado su enfermedad para no distraerme mientras terminaba mi novela.