Año 8 de la Era de la Crisis

 

 

Distancia que separa a la flota trisolariana de nuestro Sistema Solar: 4,20 años luz

 

Desde hacía un tiempo, Tyler estaba nervioso. A pesar de las contrariedades, su Plan Miríada de Mosquitos había logrado la aprobación del Consejo de Defensa Planetaria. Ya se había iniciado el desarrollo de los cazas planetarios, pero la falta de avances tecnológicos ralentizaba los progresos. Con la invención de los cohetes a propulsión química, la humanidad seguía perfeccionando las hachas y los garrotes de la Edad de Piedra. El proyecto suplementario de Tyler, dedicado al estudio de Europa, Ceres y distintos cometas, resultaba tan desconcertante que muchos sospechaban que lo había concebido para dotar de misterio al tan directo plan principal. Sin embargo, como podía incorporarse al programa convencional de defensa, también se le permitiría iniciar esos trabajos.

Obligado a esperar, Tyler volvió a casa y, por primera vez en cinco años como vallado, hizo vida normal.

En ese momento los vallados eran objeto de una creciente curiosidad social. Lo deseasen o no, ante los ojos de la multitud se les había presentado como figuras mesiánicas. Lógicamente, surgió un culto a los vallados. Daban igual las explicaciones ofrecidas por Naciones Unidas y el Consejo de Defensa Planetaria, las leyendas sobre sus poderes sobrenaturales circulaban con facilidad y cada vez resultaban más fantasiosas. En las películas de ciencia ficción eran superhéroes, y a ojos de muchos, la única esperanza de la humanidad. Eso incrementaba el capital popular y político de los vallados, que garantizaba las facilidades cuando recurrían al uso de grandes cantidades de recursos.

La excepción era Luo Ji. Se mantenía aislado sin aparecer jamás en público. Nadie conocía su paradero y a qué se dedicaba.

Un día Tyler tuvo visita. Al igual que sucedía con los otros vallados, muchos guardias vigilaban su casa y los visitantes debían superar un estricto control de seguridad. Pero al ver al visitante en su salón, supo de inmediato que ese hombre no había tenido ningún problema, porque resultaba más que evidente que no presentaba ninguna amenaza. En aquel día tan caluroso llevaba un traje arrugado, una corbata igualmente arrugada y, lo más molesto, un bombín que ya no usaba nadie. Era evidente que había encarado la visita deseando mostrar una apariencia más elegante, porque tal vez nunca antes había participado en ninguna reunión formal. Pálido y demacrado, tenía aspecto malnutrido. Las grandes gafas descansaban sobre un rostro pálido y delgado. El cuello parecía incapaz de soportar el peso de la cabeza y el traje daba la impresión de estar vacío, como si todavía colgase de la percha. Con su mente política, Tyler comprendió de un vistazo que el hombre pertenecía a una de esas mezquinas clases sociales que sufrían de una pobreza más espiritual que material, como los cicateros burócratas de Gogol que, a pesar de su muy bajo nivel social, seguían preocupándose por conservar esa posición y malgastaban sus vidas en tareas sin sentido y carentes de imaginación que ejecutaban con toda precisión. Siempre, hiciesen lo que hicieran, temían cometer algún error, causar rechazo en toda persona con la que se encontraban, y no se atrevían ni a dar el más mínimo vistazo al techo de cristal para mirar a un plano social superior. Tyler odiaba a esa gente. Era completamente dispensable, y le dejaba muy mal sabor de boca pensar que formaban la mayoría del mundo que pretendía salvar.

Con cautela, el hombre atravesó la puerta del salón, pero no se atrevió a avanzar más. Parecía temer que sus suelas sucias dejasen manchas en la alfombra. Se quitó el sombrero y a través de las gruesas gafas miró al señor de la casa sin dejar de inclinarse. Tyler decidió despedirle en cuanto abriese la boca, porque por mucho que creyese tener algo importante que decirle, para Tyler no tendría ningún sentido oírlo.

Con voz rota, el hombrecillo lamentable habló. Para Tyler fue como recibir el impacto de un rayo y quedó tan confundido que prácticamente se sentó en el suelo. Cada palabra resonó como un trueno.

—Vallado Frederick Tyler, soy tu desvallador.

 

 

—Quién habría podido pensar que algún día nos encararíamos con un mapa de batalla como este —exclamó Chang Weisi al contemplar una imagen a escala uno a un billón del Sistema Solar que se mostraba en un monitor tan grande que bien podría haber sido una pantalla de cine.

La imagen era casi totalmente negra, excepto por un minúsculo punto central de color amarillo: el sol. El radio de la imagen llegaba hasta la mitad del Cinturón de Kuiper. Cuando se mostraba en su totalidad, era como mirar al Sistema Solar desde un punto a cincuenta unidades astronómicas sobre el plano de la eclíptica. Mostraba con total precisión la órbita de planetas y satélites, así como las condiciones de los asteroides conocidos. También podía mostrar la disposición precisa del Sistema Solar en cualquier momento del próximo milenio. En esta ocasión habían desactivado las indicaciones de posición de los cuerpos celestes y la imagen apenas poseía el brillo justo, si te esforzabas, para distinguir Júpiter. Se trataba de un punto brillante e indefinido. El resto de los siete planetas eran invisibles a esa distancia.

—Sí, estamos viviendo grandes cambios —dijo Zhang Beihai. Los militares acababan de concluir la reunión para valorar el primer mapa espacial. Ahora mismo solo quedaban ellos dos en la cavernosa sala de batalla—. Comandante, ¿prestó atención a los ojos de nuestros camaradas al ver el mapa?

—Por supuesto. Es más que comprensible. Lo que esperaban era un mapa espacial como los que aparecen en los libros de divulgación científica. Unas bolas de colores dando vueltas alrededor de una pelota de fuego. La inmensidad del Sistema Solar solo se aprecia al mirar un mapa creado con una escala precisa. Y ya pertenezcan a la marina o a la fuerza aérea, el espacio por el que puede moverse una nave aérea o marítima no es más que un píxel en una enorme pantalla.

—Da la impresión de que contemplar el campo de batalla del futuro no provocó en nuestros camaradas excesivos ánimos por la batalla.

—Y ahora hemos vuelto a la casilla del derrotismo.

—Comandante, ahora mismo no tengo interés en hablar sobre la realidad del derrotismo. Lo que me gustaría valorar es... bien... —vaciló y sonrió. Era un momento muy extraño para alguien que habitualmente no tenía ningún problema para expresarse.

Chang Weisi apartó la vista del mapa y le sonrió.

—Da la impresión de que lo que desea decir no es muy ortodoxo.

—Sí. O quizá sea algo sin precedentes. Voy a dar una recomendación.

—Adelante. Vaya directo al grano. Aunque, por supuesto, no hace falta que nadie se lo diga.

—Sí, comandante. Se ha avanzado poco, durante los últimos cinco años, en la investigación de viajes espaciales y en las defensas planetarias mínimas. Las tecnologías preliminares para ambos programas, la fusión nuclear controlada y el ascensor espacial, siguen en la casilla de salida, sin que tengamos muchas esperanzas. Asimismo, los cohetes de combustible químico y gran empuje dan todo tipo de problemas. De seguir así, me temo que una flota espacial seguirá siendo para siempre una idea de ciencia ficción, aunque sea una de muy bajo nivel tecnológico.

—Escogió usted el nivel tecnológico alto, camarada Beihai. Debería conocer bien las reglas de la investigación científica.

—Por supuesto. Soy consciente. La investigación va a saltos, y el cambio cualitativo es exclusivamente resultado de una acumulación cuantitativa a largo plazo. Las innovaciones importantes tanto en la teoría como en la tecnología se logran sobre todo en ráfagas muy concentradas... Pero aun así, comandante, ¿cuántas personas comprenden el problema en la medida en que lo comprendo yo? Resulta más que probable pensar que dentro de cincuenta años, incluso cien, no habremos logrado ninguna innovación científica o técnica. En esa situación, ¿hasta dónde habrán llegado las ideas derrotistas? ¿Cuál será el estado de ánimo mental y espiritual de la fuerza espacial? Comandante, ¿cree que estoy adelantándome demasiado?

—Beihai, de usted lo que me gusta es que siempre tiene bien presente el largo plazo. Es una cualidad muy poco habitual entre la estructura política de los militares. Por favor, continúe.

—Solo puedo comentar los límites de mi propio trabajo. Dando por buenas las anteriores suposiciones, ¿a qué dificultades y presiones se enfrentarán los futuros camaradas dedicados al trabajo político e ideológico dentro de la fuerza espacial?

—Una cuestión todavía más lúgubre es preguntarse cuántos cuadros políticos quedarán —añadió Chang Weisi—, para poder contener el derrotismo. Somos nosotros los primeros que debemos demostrar una fe total en la victoria. Pero eso será mucho más complicado en el futuro hipotético que describe.

—Y es justo lo que me preocupa, comandante. Cuando llegue ese momento, la labor política en la fuerza espacial no estará a la altura.

—¿Qué recomienda?

—¡Enviar refuerzos!

Chang Weisi miró fijamente a Zhang Beihai. A continuación, volvió la vista hacia la descomunal pantalla. Desplazó el cursor y amplió el sol hasta que la luz se reflejó en sus charreteras.

—Comandante, me refiero a...

Levantó la mano.

—Sé a qué se refiere —redujo la imagen de nuevo hasta que la pantalla mostró todo el mapa, haciendo que toda la sala se hundiese en la oscuridad. Luego la amplió de nuevo... y mientras pensaba fue repitiendo el ciclo, hasta que al fin dijo—: ¿Ha pensado que si la labor política e ideológica en la fuerza espacial ya es hoy en día una tarea compleja y difícil, quedará muy debilitada si hibernamos a los oficiales políticos más destacados y los enviamos al futuro?

—Lo tengo presente, comandante. Me limitaba a expresar una sugerencia personal. Valorar todos los aspectos de la situación es, por supuesto, una labor de mis superiores.

Chang Weisi se puso en pie y encendió las luces. Toda la sala se iluminó.

—No, camarada Beihai, ahora es su trabajo. Deje todo lo demás. A partir de mañana se centrará en el departamento político de la fuerza espacial. Investigue todas las demás ramas y en cuanto sea posible redacte un informe preliminar para la Comisión Militar Central.

 

 

Tyler llegó cuando el sol se ponía tras las montañas. Al salir del coche se encontró con una imagen paradisiaca: la luz más delicada del día iluminando los picos nevados, el lago y el bosque, pero también a Luo Ji y su familia, en la hierba a la orilla del lago, disfrutando de aquella onírica tarde. Lo primero que le llamó la atención fue la madre, de aspecto tan joven, como si fuese la hermana mayor de la niña de un año. Era difícil distinguirla en la distancia, pero al acercarse prestó atención a la hija. De no estar viéndolo con sus propios ojos, habría puesto en duda que una criatura tan adorable pudiera existir. Parecía una célula madre de belleza, el estado embrionario de todo lo hermoso. Madre e hija dibujaban sobre una enorme hoja de papel mientras Luo Ji permanecía a un lado observándolas con interés, como cuando había ido al Louvre, contemplando en la distancia a su amada, ahora madre. Al acercarse todavía más, Tyler vio en los ojos de Luo Ji una alegría infinita, una felicidad que parecía cubrir todo lo que había en ese Jardín del Edén, entre las montañas y el lago...

Al haber llegado desde el tétrico mundo exterior, la escena adquiría a sus ojos unos tonos sobrenaturales. Estaba solo, a pesar de haberse casado dos veces, y las alegrías familiares habían significado muy poco para él frente a las ansias por lograr la gloria. Ahora, por primera vez, le asaltaba la impresión de haber vivido una vida vacía.

Luo Ji, hechizado por su esposa y su hija, solo advirtió la presencia de Tyler cuando este estaba muy cerca. Hasta ese momento, debido a las barreras psicológicas fruto de su situación común, no se había producido contacto personal entre vallados. Pero a Luo Ji no le sorprendió la llegada de Tyler, porque habían hablado por teléfono, y le recibió con amabilidad.

—Señora, disculpe la interrupción —le dijo Tyler, mientras se inclinaba ligeramente ante Zhuang Yan, quien se había acercado con la niña.

—Bienvenido, señor Tyler. No es habitual que tengamos visita, así que nos alegra que haya podido venir —hablaba un inglés forzado, pero la voz conservaba la ligereza de la niñez y su rostro todavía sonreía; sintió como si unas manos de ángel le rozasen el alma cansada—. Esta es mi hija, Xia Xia.

Deseó abrazar a la niña, pero no lo hizo temiendo perder el control de sus emociones. Se limitó a decir:

—Ver a dos ángeles bien compensa el viaje.

—Les dejaremos hablar mientras preparamos la cena —añadió ella con una sonrisa.

—No, no será necesario. Solo deseo cruzar unas palabras con el doctor Luo. No les robaré mucho tiempo.

Zhuang Yan insistió amablemente para que se quedase a cenar y luego se fue con la niña.

Luo Ji le hizo un gesto a Tyler para que se sentase en una silla blanca colocada en la hierba. Al hacerlo, todo su cuerpo se relajó, como si le hubiesen extirpado los tendones. Era un viajero que tras un largo viaje al fin había alcanzado su destino.

—Doctor, parece que ha estado ausente del mundo durante dos años —dijo Tyler.

—Sí. —Luo Ji se quedó de pie. Con las manos hizo un gesto que recorrió toda la escena—. Para mí esto es todo.

—Realmente es un hombre sabio. Y, al menos desde cierta perspectiva, un hombre más responsable que yo.

—¿A qué se refiere? —dijo Luo Ji, acompañando las palabras con una sonrisa de desconcierto.

—Al menos usted no ha malgastado recursos... ¿Así que tampoco ve la tele? Me refiero a su ángel.

—¿Ella? No lo sé. Últimamente siempre acompaña a Xia Xia, así que no tengo la impresión de que vea mucho la televisión.

—Entonces, ¿efectivamente no tiene ni idea de lo que ha sucedido en el mundo exterior en los últimos días?

—¿Qué ha pasado? No tiene buen aspecto. ¿Está cansado? ¿Puedo ofrecerle algo de beber?

—Lo que sea —dijo Tyler, sintiéndose deslumbrado por el espectáculo de los últimos rayos de sol reflejados en el lago—. Hace cuatro días apareció mi desvallador.

Luo Ji dejó de servir el vino. Tras unos segundos de silencio, dijo:

—¿Tan pronto?

Tyler asintió con tristeza.

—Justo eso fue lo primero que le dije.

 

 

—¿Tan pronto? —le dijo Tyler al desvallador. Al intentar mantener la calma solo logró que la voz sonase débil.

—Me habría gustado llegar antes, pero consideré necesario reunir pruebas más sólidas, así que me retrasé. Lo siento —dijo el desvallador. Estaba de pie tras Tyler, como si fuese un sirviente, y hablaba con lentitud, demostrando la humildad de un sirviente. La frase final manifestaba incluso minuciosidad y consideración, esa deferencia comprensiva que el verdugo emplea con su víctima.

A continuación, se produjo un silencio agobiante. Al final, Tyler reunió el valor para mirar al desvallador, quien preguntó:

—Señor, ¿continúo?

Tyler asintió con un gesto, pero apartó la vista. Se sentó en el sofá, esforzándose por tranquilizarse.

—Gracias, señor. —Hubo una nueva reverencia por parte del desvallador, con el sombrero todavía en la mano—. En primer lugar, procederé a describir el plan que usted ha revelado al mundo exterior: emplear una flota de ágiles cazas espaciales que portarían superbombas de cientos de megatones. Tales cazas apoyarían a la flota de la Tierra lanzando ataques suicidas contra la flota trisolariana. Quizá lo esté simplificando en exceso, pero la idea fundamental es esa, ¿no es así?

—No tiene mayor sentido discutirlo con usted —dijo Tyler. Se había estado planteando dar por concluida la conversación. En cuanto el desvallador se presentó como tal, la intuición de Tyler como político y estratega le hizo saber que ese hombre ya había ganado. A estas alturas tendría suerte si el contenido de su mente no quedaba totalmente al descubierto.

—Si así es, señor, entonces no es preciso que continúe y puede usted arrestarme. Pero sabrá, por supuesto, que en cualquier caso, su verdadera estrategia, junto con las pruebas que he reunido para verificar mi hipótesis, serán noticia mundial mañana o incluso esta noche. Pongo mi vida en juego presentándome hoy ante usted, y espero que valore mi sacrificio.

—Puede seguir —dijo Tyler, acompañando las palabras con un gesto de la mano.

—Gracias, señor. Sinceramente es un honor y no malgastaré demasiado tiempo. —Otra reverencia. Por sus venas parecía circular cierto respeto, una forma de humildad, que rara vez se encontraba entre la gente moderna. Un respeto que se podía manifestar en cualquier momento como una horca cerrándose alrededor del cuello de Tyler—. Dígame, señor, ¿fue correcta mi caracterización de su estrategia?

—Lo fue.

—No lo fue —dijo el desvallador—. Discúlpeme, señor, por decirlo, pero no fue correcta.

—¿Por qué no?

—Si tenemos en cuenta los conocimientos tecnológicos de la humanidad, las superbombas de hidrógeno son las armas más probables en nuestro futuro. En un entorno de batalla espacial, es preciso detonar las bombas en contacto directo con el objetivo. Si no, sería imposible destruir las naves enemigas. Los cazas espaciales son ágiles y pueden desplegarse en gran número. Por tanto, sin duda, la mejor opción es enviar la flota de cazas en un ataque suicida de enjambre. Por lo cual, su plan es sumamente razonable. También sus demás acciones fueron de lo más razonables. Los viajes a Japón, China e incluso a las montañas de Afganistán en busca de pilotos kamikazes del espacio, personas con el adecuado espíritu de sacrificio. Así como el plan de tener el control directo de la flota mosquito una vez que esa búsqueda fracasó. Muy razonable.

—¿Qué tiene de malo? —preguntó Tyler, acomodándose mejor.

—Nada. Pero eso no fue más que la estrategia que ofreció al mundo exterior. —El desvallador se inclinó, se acercó a la oreja de Tyler y siguió hablando en voz más baja—: La verdadera estrategia contiene pequeñas alteraciones. Durante mucho tiempo me desconcertó. Para mí fue un período muy angustioso. Consideré seriamente la idea de renunciar.

Tyler fue consciente de que agarraba con mucha fuerza el brazo del sofá e hizo lo posible por relajarse.

—Pero entonces usted mismo me proporcionó la clave para resolver el puzle. Todo encajaba tan bien que durante un momento puse en duda haber tenido tanta suerte. Ya sabe de qué hablo: su estudio de distintos cuerpos del Sistema Solar. Europa, Ceres y los cometas. ¿Qué aspecto tienen en común? El agua. Todos contienen agua. ¡Y en grandes cantidades! Combinados, Europa y Ceres poseen más agua de la que hay en todos los océanos de la Tierra...

»Los enfermos de hidrofobia temen al agua y pueden sufrir espasmos simplemente si se pronuncia la palabra. Imagino que ahora mismo lo que usted siente es similar.

El desvallador se acercó más a Tyler y le habló directo al oído. Su aliento no poseía ni la más mínima calidez. Más bien era como un viento fantasmal teñido de los olores de la tumba.

—Agua —susurró como si hablase en sueños—. Agua...

Tyler no habló. Mantenía el rostro como si fuese una estatua.

—¿Es preciso que siga? —preguntó el desvallador mientras se alzaba.

—No —dijo Tyler con apenas fuerza.

—Aun así, seguiré hablando —dijo el desvallador, casi con júbilo—. Para los historiadores dejaré un informe completo, aunque la historia pronto será algo del pasado. Y, evidentemente, también una explicación para nuestro Señor. No todos poseen el agudo intelecto del que disfrutamos usted y yo, que nos permite deducir la totalidad empezando por un fragmento nimio. En especial nuestro Señor, que podría siquiera no comprender una explicación completa. —Levantó la mano, como si reconociese a los oyentes trisolarianos, y soltó una risa—. Pido perdón.

Tyler relajó su expresión facial. Luego se sintió como si los huesos se le fundiesen. Se dejó caer en el sofá. Estaba acabado. Su espíritu ya no ocupaba su cuerpo.

—Bien. Dejemos de lado el agua y hablemos sobre la miríada de mosquitos. El objetivo de su primer ataque no serán los invasores trisolarianos, sino la propia fuerza espacial de la Tierra. Se trata de una hipótesis que se sostiene sobre señales apenas presentes, pero la considero correcta. Usted recorrió el mundo con la intención de crear una fuerza kamikaze para la humanidad. Pero fracasó. Era algo que usted ya había previsto, pero el fracaso le ofreció dos cosas que ansiaba. Una, desesperanza total con la humanidad... algo que obtuvo por completo. La segunda la consideraremos dentro de unos momentos.

Cayó la hoja del hacha.

—Tras recorrer el mundo quedó usted desilusionado con la dedicación de la humanidad moderna. También le quedó claro que por medio del combate estándar la fuerza espacial de la Tierra no tenía ni la más mínima oportunidad de derrotar a la flota trisolariana. Por tanto, concibió una estrategia todavía más extrema. En mi opinión, una esperanza muy remota y un riesgo descomunal. Aun así, en el caso de esta guerra, los principios del Proyecto Vallado indican que la apuesta más segura es arriesgarse.

»Por supuesto, no es más que el comienzo. Su traición a la humanidad sería un proceso largo, pero tenía el tiempo a su favor. Durante los próximos meses o años manipularía los acontecimientos para incrementar el muro que había levantado entre usted y la humanidad. Su desesperación se intensificaría gradualmente y la pena se incrementaría, dejando al mundo humano cada vez más lejos, aproximándose paso a paso a la Organización Terrícola-trisolariana. Es más, hace poco ya dio los primeros pasos por ese camino, al implorar clemencia con la Organización en la sesión del Consejo de Defensa Planetaria. No fue solo una farsa. Realmente necesitaba que resistiesen. Necesita a los miembros de la Organización como pilotos de los cazas espaciales cuando llegue la batalla del Día del Juicio Final. Es una cuestión de tiempo y paciencia, pero al final se saldría con la suya, porque la Organización también le necesita. Precisa de su ayuda y de los recursos que maneja. Siempre que se mantuviese el secreto, no sería difícil entregar la flota mosquito a la Organización. En caso de ser descubierto, siempre podría afirmar que se trataba de una parte del plan.

Tyler no parecía escuchar al desvallador. Permanecía sentado, con los ojos entrecerrados y aspecto agotado, como si ya se hubiese rendido por completo y estuviese relajándose.

—Bien. Ahora trataremos el agua. Durante la batalla del Día del Juicio Final, probablemente la flota mosquito controlada por la Organización lanzaría un ataque sorpresa contra la flota de la Tierra y luego se entregaría a la flota de nuestro Señor. Ya habrían demostrado su deslealtad con la Tierra, por lo que sería posible que Trisolaris estuviese dispuesto a permitirles unirse a su flota. Pero nuestro Señor no se apresuraría en aceptar una fuerza militar traidora. Haría falta un importante regalo. ¿Qué hay en el Sistema Solar que nuestro Señor pueda necesitar? Agua. Tras un viaje de cuatro siglos, gran parte del agua de la flota trisolariana se habría agotado. En su aproximación al Sistema Solar, sería preciso rehidratar a los trisolarianos deshidratados que hubiese a bordo. El agua usada para tal fin acabaría formando parte de sus cuerpos, por lo que con toda seguridad sería preferible agua fresca en lugar de agua reciclada innumerables veces en la nave. La flota mosquito ofrecería a nuestro Señor un iceberg formado por enormes cantidades de agua obtenida de Europa, Ceres y los cometas. No estoy seguro de los detalles, supongo que ahora mismo usted tampoco, pero digamos que diez mil toneladas.

»La flota mosquito impulsaría ese gigantesco trozo de hielo. Probablemente, al presentar el regalo la flota mosquito se acercaría mucho a la flota de nuestro Señor, momento en el que haría uso de la segunda consecuencia de su fracaso al crear la fuerza kamikaze. Ese fracaso fue el origen de su petición, más que lógica, de tener control independiente de toda la flota mosquito. Cuando la flota de la Tierra se acercara a la flota de nuestro Señor, usted retiraría el control de los cazas a los pilotos de la Organización y los pasaría a modo automático, ordenando a los cazas que atacasen sus blancos. Las superbombas detonarían a quemarropa, destruyendo todas las naves de nuestro Señor.

El desvallador se enderezó y, alejándose de Tyler, se acercó al ventanal que miraba al jardín. Así desapareció el viento infernal que había lanzado a la oreja de Tyler, pero no antes de que el frío helado hubiese penetrado en su cuerpo.

—Un plan asombroso. No le miento. Pero hay varios descuidos que resultan inexplicables. ¿Por qué estaba tan dispuesto a iniciar el estudio de los cuerpos celestes con agua? Ahora mismo no se dispone de la tecnología para extraer y transportar el agua en grandes cantidades, y el desarrollo de esa ingeniería requeriría años o incluso décadas. Aunque sintiese la necesidad de empezar de inmediato, ¿por qué no añadir algunos cuerpos sin agua? Por ejemplo, las lunas de Marte. De haberlo hecho, no habría impedido que con el tiempo yo acabase descubriendo su plan, pero habría incrementado enormemente la dificultad. ¿Cómo es posible que un estratega de su calibre pasase por alto esas simples precauciones? Por otra parte, reconozco que actúa bajo presión.

El desvallador agarró el hombro de Tyler con una mano amable. Tyler sintió un ramalazo de afabilidad, como la de un verdugo para con su víctima. Incluso se sintió ligeramente conmovido.

—No sea duro consigo mismo. La verdad es que lo hizo muy bien. Espero que la historia le recuerde. —El desvallador retiró la mano. En su rostro anteriormente pálido y enfermizo se reflejó una energía renovada. Estiró los brazos—. Bien, señor Tyler, ya he concluido. Llame a los suyos.

Tyler, quien todavía mantenía los ojos cerrados, dijo sin apenas fuerza:

—Puede irse.

Cuando el desvallador abrió la puerta, Tyler logró formular una última pregunta.

—¿Qué más da si lo que ha dicho es verdad?

El desvallador se volvió para mirarlo.

—Nada. Señor Tyler, independientemente de si yo he acabado o no con su plan, a nuestro Señor no le importa nada.

 

 

Luo Ji permaneció largo rato en silencio tras escuchar el relato de Tyler.

Cuando una persona corriente hablaba con uno de ellos, siempre pensaba: «Es un vallado, sus palabras no son de fiar», lo que resultaba un obstáculo para la comunicación. Pero cuando los vallados hablaban entre sí, las ideas preconcebidas que moraban en sus mentes multiplicaban en secuencia esos obstáculos para la comunicación. Es más, una interacción de tal naturaleza vaciaba de significado todo lo que dijese cualquiera de los interlocutores, por lo que comunicarse carecía de sentido. Por eso no se daban contactos privados entre vallados.

—¿Cómo valora el análisis realizado por el desvallador? —preguntó Luo Ji para romper el silencio, aunque sabía muy bien que la pregunta carecía de sentido.

—Acertó en todo —dijo Tyler.

Luo Ji deseaba añadir algo. Pero ¿qué? ¿Qué podría decirle? Los dos eran vallados.

—Efectivamente, describió mi verdadera estrategia —añadió Tyler. Quedaba claro que sentía el intenso deseo de hablar y le daba igual si se le creía o no—. Por supuesto, por ahora es tentativa y preliminar. Ya solo la tecnología es un aspecto complicado, aunque yo esperaba que a lo largo de cuatro siglos se fuesen resolviendo gradualmente todos los detalles teóricos y técnicos. Pero si valoro la actitud del enemigo ante el plan, daría igual. No les importa. No se puede expresar más desprecio.

—¿Y eso sucedió...? —interiormente, Luo Ji se sentía como una máquina diseñada para producir diálogos sin sentido.

—El día posterior a la visita del desvallador, se publicó en las redes un análisis completo de mi estrategia. Ocupaba millones de palabras, en su mayoría conseguidas a través de sofones, y provocó un enorme impacto. Anteayer, el Consejo de Defensa Planetaria convocó una sesión para tratar la situación, tras la cual se decidió: «Los planes de los vallados no pueden incluir elementos que pongan en riesgo vidas humanas.» Si mi plan existiese en realidad, entonces ejecutarlo sería un crimen contra la humanidad. Es preciso ponerle fin y su vallado debe recibir todo el castigo de la ley. ¿Ha comprendido el uso del «crimen contra la humanidad»? Es un término que se usa cada vez más. Pero la conclusión de la resolución fue: «Siguiendo los principios fundamentales del Proyecto Vallado, las pruebas a disposición del mundo exterior bien podrían ser una estrategia de engaño por parte del vallado y, por tanto, no se puede emplear para demostrar que el vallado haya desarrollado y ejecutado este plan.» Así que no me acusarán de nada.

—Eso estimé —dijo Luo Ji.

—Y durante la vista declaré que el análisis del desvallador era correcto. Que efectivamente mi estrategia era la miríada de mosquitos. Solicité ser juzgado siguiendo las leyes nacionales e internacionales.

—Me hago una idea de su respuesta.

—Los miembros transitorios del Consejo de Defensa Planetaria y todos los representantes permanentes me miraron con esa sonrisa del vallado colgando de la cara y la presidencia declaró que la vista había terminado. ¡Malditos cabrones!

—Comprendo esa sensación.

—Perdí completamente el control. Salí corriendo de la sala y llegué gritando a la plaza exterior: «¡Soy el vallado Frederick Tyler! ¡Mi desvallador reveló mi estrategia! ¡Tenía razón! ¡Voy a usar la miríada de mosquitos para atacar la flota de la Tierra! ¡Estoy en contra de la humanidad! ¡Soy un demonio! ¡Castigadme y matadme!»

—Eso, señor Tyler, fue un acto sin mayor sentido.

—Lo que más odio es la expresión de la gente al mirarme. En la plaza me rodeó una multitud. Sus ojos dejaban en evidencia las fantasías infantiles, la reverencia de la mediana edad y la preocupación de los ancianos. Sus ojos declaraban: «Mirad, es un vallado. Está trabajando, pero él es el único que sabe lo que hace. ¿Veis lo bien que realiza su labor? Finge tan bien... ¿Cómo sabrá el enemigo cuál es su estrategia real? Esa estrategia tan absolutamente maravillosa y genial que solo él conoce y que salvará al mundo...» ¡Vaya una mierda! ¡Malditos idiotas!

Luo Ji decidió al fin guardar silencio y se limitó a sonreír.

Tyler le miró fijamente y en su rostro pálido se fue agitando una débil sonrisa que acabó convertida en histérica.

—¡Ja, ja, ja! ¡Me sonríe con la sonrisa del vallado! Un vallado le dedica esa sonrisa a otro vallado. Cree que estoy trabajando. ¡Cree que estoy interpretando mi papel y que he salvado al mundo! ¿Cómo nos las hemos arreglado para acabar en una situación tan cómica?

—Se trata de un círculo vicioso, señor Tyler, del que jamás lograremos escapar —dijo Luo Ji con anhelo.

La risa de Tyler se cortó de golpe.

—¿Jamás lograremos escapar? No, doctor Luo, hay una vía de escape. Sí que la hay y he venido a contársela.

—Necesita descanso. Unos días de tranquilidad —dijo Luo Ji.

Tyler le dedicó un lento asentimiento.

—Sí, necesito descanso. Solo nosotros comprendemos el dolor del otro. Por eso he venido. —Alzó la vista. Hacía un buen rato que se había puesto el sol y el crepúsculo había convertido el Jardín del Edén en un paisaje indefinido—. Esto es el paraíso. ¿Puedo dar un paseo a solas junto al lago?

—Aquí puede hacer lo que le plazca. Dé un tranquilo paseo y le llamaré en cuanto esté la cena.

Tyler se fue a pasear junto al lago, permitiendo al fin que Luo Ji se sentase, con la carga de sus intensos pensamientos.

Llevaba cinco años nadando en un océano de felicidad. En concreto, el nacimiento de Xia Xia le había permitido olvidar el mundo exterior. El amor de su mujer y de su hija se combinaban y embriagaban su alma. Y de tal forma, en ese dulce hogar aislado del resto del mundo se había ido sumergiendo cada vez más en una fantasía: quizás el mundo exterior fuese en realidad una forma de estado cuántico y no existiese a menos que lo observase.

Pero era un estado que ya no podía conservar ahora que el despreciable mundo exterior había irrumpido en su Jardín del Edén para confundirle y aterrarle. Pensó en las últimas palabras de Tyler, que todavía le resonaban en los oídos. ¿Sería realmente posible que un vallado escapase de ese círculo vicioso? ¿Era posible destrozar las cadenas de hierro de la lógica?

Recuperó la cordura y corrió al lago. Le hubiese gustado gritar, pero temía asustar a Zhuang Yan y a Xia Xia. Por tanto, se limitó a correr ante el tranquilo crepúsculo. El único sonido era el roce de sus pies sobre la hierba. Pero un trueno lejano se encajó en ese ritmo.

El sonido de un disparo. Desde el lago.

Esa noche, Luo Ji regresó tarde a casa, cuando la niña ya estaba bien dormida. Zhuang Yan preguntó en voz baja:

—¿El señor Tyler se ha ido?

—Sí. Se ha ido —dijo agotado.

—Parecía estar en peor estado que tú.

—Sí. Porque no optó por un camino sencillo... Yan, ¿has estado viendo la tele?

—No. La verdad... —dejó de hablar y Luo Ji comprendió lo que iba a decir. Cada día que pasaba la situación en el mundo exterior se iba volviendo más grave. Se ensanchaba el abismo que separaba la vida en ese lugar y la vida en el exterior. Y esa diferencia la inquietaba—. ¿Realmente nuestra vida es parte del Proyecto Vallado? —le preguntó, mirándole con la misma expresión de inocencia.

—Por supuesto que lo es. ¿Hay alguna duda?

—Pero ¿podemos ser felices cuando toda la humanidad es infeliz?

—Amor mío, la responsabilidad personal cuando toda la humanidad se siente infeliz es ser feliz. Con Xia Xia, tu felicidad gana un punto y el Proyecto Vallado gana un punto en su camino al éxito.

Zhuang Yan le miró en silencio. El lenguaje de expresiones faciales que cinco años antes había entrevisto frente a la Mona Lisa parecía haberse concretado entre ella y Luo Ji. Era cada vez más habitual que él pudiese leer lo que pensaba Zhuang Yan por lo que se manifestaba en sus ojos. Y lo que ahora veía era: «¿Cómo podría creerte?»

Luo Ji dedicó un buen rato a reflexionar y al fin dijo:

—Yan, todo llega a su fin. Un día, también el sol y el universo morirán. En ese caso, ¿por qué debería creer la humanidad en su propia inmortalidad? Presta atención, este mundo se ha sumido en la paranoia. Es una locura luchar en una guerra que no tienes esperanza de ganar. Así que, considera de otra forma la Crisis Trisolariana y despreocúpate. No solo abandona las preocupaciones relativas a la crisis, sino también todo lo sucedido anteriormente. Emplea el tiempo que queda en disfrutar de la vida. ¡Cuatrocientos años! Si nos negamos a participar en la batalla del Día del Juicio Final, entonces son casi quinientos... Es una cantidad razonable. La humanidad empleó un período similar para pasar del Renacimiento a la era informática, y en ese mismo tiempo podrías crear una vida despreocupada y cómoda. Cinco siglos idílicos sin tener que preocuparse del futuro lejano. Nuestra única responsabilidad sería disfrutar de la vida. Qué maravilla...

Comprendió que había sido imprudente. Al afirmar que su felicidad y la de la niña formaban parte del plan simplemente cubría de otra capa de protección la vida de su mujer, convirtiendo su felicidad en una responsabilidad. Era la única forma de garantizar que Zhuang Yan mantuviese un ánimo equilibrado al enfrentarse al cruel mundo. Siempre le resultaba imposible resistirse a sus ojos eternamente inocentes, así que no se atrevía a mirarle siempre que le hacía preguntas. Pero ahora, debido al factor Tyler, había revelado la verdad sin querer.

—Cuando dices eso, ¿estás siendo un vallado? —preguntó.

—Sí, claro que lo soy —dijo, corrigiendo la situación.

Pero los ojos de la mujer decían: «¡Parecías creerlo de verdad!»

 

 

Al comienzo de la sesión número 89 del Consejo de Defensa Planetaria sobre el Proyecto Vallado, el presidente de turno manifestó enérgicamente que se exigiese la participación de Luo Ji en la siguiente convocatoria, con el argumento de que negarse a participar no formaba parte del Proyecto Vallado porque la autoridad supervisora del Consejo de Defensa Planetaria sobre los vallados era superior a los planes estratégicos de ellos mismos. Todos los representantes permanentes aprobaron la propuesta por unanimidad. Teniéndolo en cuenta y sumándole la aparición del primer desvallador y el sorprendente suicidio del vallado Tyler, los otros dos vallados que asistían a la reunión no pudieron evitar comprender las implicaciones implícitas en las palabras de del presidente.

Hines fue el primero en hablar. Su plan, basado en la neurociencia, estaba todavía en fase muy preliminar, pero describió el equipo que había concebido como base para posteriores investigaciones. Lo llamaba Escáner Total. Tomando como punto de partida la tomografía informática y la resonancia magnética, escaneaba simultáneamente todas las secciones del cerebro, lo que exigía una precisión por sección a la escala de la estructura interna de las células cerebrales y neuronas. De esa forma el número de escaneos simultáneos sería de varios millones, que luego un sistema informático sintetizaría para formar un modelo digital del cerebro. El resto de los requisitos técnicos era todavía mayor. Se precisaba realizar el escaneado a una tasa de veinticuatro imágenes por segundo para producir un modelo dinámico sintético que pudiese capturar toda la actividad cerebral a resolución neuronal, lo que haría posible observar con precisión el pensamiento cerebral, o incluso volver a ejecutar toda la actividad neuronal durante el pensamiento.

A continuación, Rey Díaz describió los avances de su plan. Tras cinco años de investigación, se había completado el modelo estelar digital para armas nucleares de gran capacidad. Ahora lo estaban refinando con sumo cuidado.

Luego, el panel de evaluación científica del Consejo de Defensa Planetaria presentó su informe sobre los estudios de viabilidad de los planes de los dos vallados.

En la estimación del panel de evaluación, a pesar de que en teoría no había problemas para crear el Escáner Total de Hines, las dificultades técnicas superaban con creces el estado tecnológico actual, y el escaneo estaban tan lejos de la tecnología de Escáner Total como una película en blanco y negro de las cámaras de alta definición. Concretamente, el mayor problema técnico se daba en el procesamiento de datos, porque escanear y modelar un objeto del tamaño del cerebro humano con precisión neuronal exigía una capacidad de procesamiento que los ordenadores aún no podían ofrecer.

En el caso de la llamada bomba estelar de hidrógeno de Rey Díaz, la situación era la misma: la capacidad computacional actual no era suficiente. Tras examinar los cálculos requeridos para la porción completada del modelo, la opinión de los expertos era que le llevaría veinte años al más potente de los ordenadores actuales modelar una centésima de segundo del proceso de fusión. La aplicación práctica resultaba imposible si se tenía en cuenta que sería necesario ejecutar el modelo repetidamente a lo largo de la investigación.

El informático jefe del panel tomó la palabra:

—En estos momentos nos acercamos al límite del desarrollo tecnológico en informática, basado en los circuitos integrados tradicionales y la arquitectura Von Neumann. En cualquier momento nos fallará la Ley de Moore. Es evidente que todavía podremos extraer algunas gotas adicionales de limonada de esos limones tradicionales. En mi opinión, incluso si tenemos en cuenta la desaceleración de los avances en supercomputación, todavía podríamos lograr la capacidad informática requerida por los dos planes. Es simplemente cuestión de tiempo. Si somos optimistas, unos veinte o treinta años. De llegar a ese punto, si llegamos, nos encontraremos en la cumbre de la tecnología computacional humana. Es difícil concebir cualquier progreso posterior. Como la física avanzada se encuentra bajo bloqueo sofón, es muy difícil que lleguemos a crear los ordenadores cuánticos y de nueva generación con los que soñamos.

—Hemos alcanzado las barreras que los sofones han levantado en todos nuestros caminos científicos —dijo el presidente.

—Entonces, no podremos hacer nada durante veinte años —replicó Hines.

—Veinte años es una estimación muy optimista. Debe conocer, ya que es usted un científico, la naturaleza impredecible de la investigación avanzada.

—En ese caso, la única opción es hibernar y aguardar la llegada de los ordenadores adecuados —añadió Rey Díaz.

—Yo también he optado por hibernar —afirmó Hines.

—Por tanto, les ruego que dentro de veinte años transmitan a mi sucesor mis mejores saludos —dijo el presidente, sonriendo.

El ambiente de la reunión se relajó. Los participantes suspiraron aliviados al saber que los dos vallados habían optado por hibernar. El impacto sobre el proyecto tras la aparición del primer desvallador y el suicidio de su vallado había sido inmenso. En concreto, el suicidio de Tyler había resultado un acto absurdo. De seguir con vida, la gente todavía tendría dudas sobre si la miríada de mosquitos era su plan real o no. Matarse suponía a todos los efectos confirmar la existencia de tan horrible plan. Había pagado con su vida el hecho de escapar del despiadado ciclo, lo que había provocado en la comunidad internacional críticas mayores al Proyecto Vallado. La opinión pública exigía ahora más restricciones en los poderes de los vallados. Pero evidentemente, dada la naturaleza del Proyecto Vallado, adoptar restricciones excesivas limitaría las opciones de los vallados para realizar sus engaños estratégicos. El proyecto acabaría por no tener ningún sentido. La estructura de mando del Proyecto Vallado no se parecía a ninguna otra en la historia humana. Por tanto, era necesario cierto tiempo para aceptarla y adaptarse a ella. Estaba claro que la hibernación de los dos vallados les ofrecería cierto período de calma para que ese paso pudiese darse.

Unos días más tarde, Rey Díaz y Hines entraron en hibernación en una base subterránea de alto secreto.

 

 

Luo Ji se dio cuenta de que tenía un sueño de mal agüero. Soñaba que recorría las salas del museo del Louvre. Nunca antes había tenido ese sueño. Cinco años de felicidad no le habían dado razones para soñar con alegrías del pasado. En el sueño experimentaba toda la carga de una soledad que no había sufrido en cinco años. Cada uno de sus pasos reverberaba por los palaciegos salones. Algo parecía abandonarle con cada reverberación hasta que llegó el momento en que no se atrevió a dar ni un paso más. Frente a él se encontraba la Mona Lisa. Ya no sonreía. Más bien, le miraba con compasión. Al detenerse, percibió el sonido de la fuente exterior, que gradualmente fue ganando fuerza. Despertó y se dio cuenta de que era un sonido del mundo real. Llovía.

Luo Ji alargó la mano para tomar la de su amada. Descubrió en ese momento que su sueño se había transformado en realidad.

Zhuang Yan no estaba.

Salió de la cama y fue al cuarto de la niña. Allí había una suave luz, pero Xia Xia tampoco estaba. Sobre la diminuta cama, delicadamente arreglada, se encontraba uno de los cuadros de Zhuang Yan que les gustaba a los dos. Estaba casi en blanco. Es más, en la distancia parecía simplemente una hoja de papel. Pero si te acercabas, en la esquina inferior izquierda aparecían delicados juncos y en la superior derecha, el rastro de un ganso que partía. En el centro en blanco había dos personas infinitesimalmente pequeñas. Pero ahora las acompañaba una delicada línea escrita: «Mi amor, te esperaremos en el Día del Juicio Final.»

Es algo que iba a pasar tarde o temprano. ¿Tal vida de ensueño podría persistir para siempre? Luo Ji se repitió a sí mismo: «Acabaría pasando, así que no te preocupes. Estás mentalmente preparado.» Pero aun así se sintió mareado. Le temblaban las piernas al recoger la pintura y dirigirse al salón. Era como si flotase.

El salón estaba vacío. Pero las brasas de la chimenea lo teñían todo de un tono rojizo, lo que hacía que la estancia pareciese como hielo que se derretía. Fuera seguía lloviendo. Cinco años antes, con ese mismo sonido de lluvia, ella había surgido de sus sueños. Y ahora había regresado allí, llevándose también a la niña.

Tomó el teléfono para llamar a Kent. En ese momento oyó débiles pasos en el exterior. Pasos de mujer, pero no era Zhuang Yan. Tiró el teléfono y salió.

A pesar de que solo podía ver una silueta, Luo Ji reconoció de inmediato a la figura esbelta que permanecía de pie en el porche, frente a la lluvia.

—Hola, doctor Luo —dijo la secretaria general Say.

—Hola... ¿Dónde están mi mujer y mi hija?

—Le están esperando en el Día del Juicio Final —dijo, repitiendo la información de la pintura.

—¿Por qué?

—Es una decisión del Consejo de Defensa Planetaria. Así podrá trabajar y cumplir con sus responsabilidades como vallado. No sufrirán ningún daño y los niños se adaptan mejor a la hibernación que los adultos.

—¡Los ha secuestrado! ¡Eso es un crimen!

—No hemos secuestrado a nadie.

El corazón de Luo Ji se estremeció al comprender lo que la afirmación de Say daba a entender. Alejó esa idea de su mente para no tener que enfrentarse a la realidad.

—¡Declaré que tenerlas conmigo formaba parte del plan!

—Sin embargo, tras realizar una meticulosa investigación, el Consejo de Defensa Planetaria concluyó que no era así y tomó las medidas necesarias para inducirle a trabajar.

—Aunque no fuese un secuestro, se llevaron a mi hija sin mi consentimiento, y eso va contra la ley. —Su corazón volvió a estremecerse al comprender a quién incluía en ese plural. Se apoyó débilmente contra la columna.

—Eso es cierto, pero entra dentro de lo aceptable. No debe olvidar nunca, doctor Luo, que esto y todos los otros recursos que ha empleado no se encuentran bajo el control de ningún marco legal existente, así que las acciones de Naciones Unidas, dado el momento crítico actual, se pueden justificar legalmente.

—¿Sigue trabajando para Naciones Unidas?

—Sí.

—¿La han reelegido?

—Sí.

Lo único que deseaba era cambiar de tema para no tener que enfrentarse a los crueles hechos. No pudo. «¿Qué haré sin ellas? ¿Qué haré sin ellas?», no dejaba de repetir insistente su corazón. Al final, las palabras escaparon de su boca y se dejó deslizar por la columna para acabar en el suelo. Lo que sentía era que todo se desmoronaba a su alrededor, transformándose en magma desde arriba hacia abajo, solo que en esta ocasión el magma ardía y se acumulaba en el interior de su corazón.

—Todavía siguen aquí, doctor Luo. Le esperan en el futuro, bien protegidas. Usted siempre ha tenido una personalidad serena y debe ahora comportarse con más serenidad todavía. Si no es por la humanidad, al menos por su familia. —Say miró al suelo, allí donde Luo estaba sentado, al pie de la columna. Estaba al borde del colapso nervioso.

A continuación, una ráfaga de viento hizo entrar la lluvia en el porche. El frío refrescante y las palabras de Say lograron, hasta cierto punto, reducir la llama que ardía en el corazón de Luo Ji.

—Este siempre fue el plan, ¿no es así?

—Cierto. Pero este último paso solo se ejecutó cuando no quedó ninguna otra opción.

—Entonces, ella era... Cuando vino, ¿era de verdad una mujer dedicada a la pintura tradicional?

—Sí.

—¿De la Academia de Bellas Artes Central?

—Sí.

—Entonces, ella...

—Todo lo que usted vio era su yo real. Todo lo que sabía de ella era cierto. Todo lo que hacía que ella fuese ella: su pasado, su familia, su personalidad y su mente.

—¿Realmente era ese tipo de mujer?

—Sí. ¿De verdad cree que podría haber fingido durante cinco años? Era así en realidad. Inocente y dulce, como un ángel. No fingió nada en absoluto. Ni siquiera su amor por usted, que era más que real.

—Entonces, ¿cómo pudo ejecutar un engaño tan cruel? ¿No dar ninguna indicación durante cinco años?

—¿Cómo sabe que no dio ninguna indicación durante cinco años? Su alma estaba envuelta en la melancolía desde el principio, en aquella noche de lluvia de hace cinco años, cuando la vio por primera vez. No la ocultó. La melancolía la acompañó constantemente durante esos cinco años, como música de fondo que no se detuviese en ningún momento. Por eso no se dio usted cuenta.

Ahora lo entendía. Cuando la vio por primera vez, ¿que era lo que más había resonado en el lugar más tierno de su corazón? ¿Qué le había hecho sentir que el mundo en sí era un ataque contra ella? ¿Qué le había dejado dispuesto a protegerla incluso a costa de su vida? Fue esa dulce tristeza oculta en el interior de sus ojos inocentes y cristalinos. Una tristeza que como la luz de la chimenea iluminaba desde su belleza. En efecto, se trataba de una música de fondo imperceptible que delicadamente había penetrado en su inconsciente y le había arrastrado poco a poco hacia el abismo del amor.

—No podré encontrarlas, ¿no es así? —dijo.

—En efecto. Como ya le he dicho, se trata de una decisión del Consejo de Defensa Planetaria.

—Entonces iré con ellas hasta el Día del Juicio Final.

—Puede hacerlo.

Luo Ji había supuesto que le rechazarían, pero —al igual que cuando había renunciado a su condición de vallado— prácticamente no hubo distancia entre su afirmación y la respuesta de Say. Sabía que nada era tan sencillo.

—¿Hay algún problema? —preguntó.

—No. La verdad es que este es un buen momento. Ya sabe que desde la creación del Proyecto Vallado siempre ha habido disensiones dentro de la comunidad internacional. Cada uno siguiendo sus propios intereses, la mayoría de los países han apoyado a algunos vallados mientras se oponían a otros, por lo que siempre iba a haber un bando deseoso de deshacerse de usted. Ahora que se ha manifestado el primer desvallador y Tyler ha muerto, las fuerzas que se oponen al proyecto se han vuelto más poderosas y han arrinconado a los que lo apoyan. Si en este momento propone ir directamente al Día del Juicio Final, sería un compromiso aceptable para todas las partes. Pero, doctor Luo, ¿está de verdad dispuesto a tomar ese camino mientras la humanidad lucha por su supervivencia?

—Los políticos como usted mencionan a la humanidad en cuanto les hace falta, pero yo solo veo individuos. Yo soy una persona normal y corriente, y no puedo aceptar la responsabilidad completa de salvar a la humanidad. Lo único que deseo es vivir mi vida.

—Muy bien. Pero Zhuang Yan y Xia Xia son dos de esos individuos que forman parte de la humanidad. ¿No desea cumplir con su responsabilidad? ¿Aunque sea por ella? Aunque le haya hecho daño, está claro que todavía la ama. Y también está su hija. Hay una cosa clara desde el momento en que el Hubble II confirmó la invasión trisolariana: la humanidad luchará hasta el final. Cuando su amada y su hija despierten dentro de cuatro siglos, sobre ellas se cernirá el Día del Juicio Final y los fuegos de la guerra. Pero para entonces usted habrá perdido su estatus de vallado y no tendrá ningún poder para protegerlas. Lo máximo que podrá hacer será compartir con ellas una existencia infernal mientras aguardan juntos el fin del mundo. ¿Eso es lo que desea? ¿Es la vida que quiere legar a su mujer y a su hija?

Luo Ji guardó silencio.

—Si no le apetece pensar en nada más, ¡al menos imagine esa batalla del Día del Juicio Final dentro de cuatro siglos y luego mire en el fondo de sus ojos cuando le vean! ¿Qué tipo de persona verán? ¿Un hombre que al abandonar a toda la humanidad también abandonó a la mujer que amaba? ¿Un hombre que no estuvo dispuesto a salvar a todos los niños del mundo? ¿Un hombre incapaz siquiera de salvar a su propia hija? ¿Usted, como hombre, será capaz de soportar esas miradas?

Luo Ji agachó la cabeza, todavía en silencio. El sonido de la lluvia nocturna cayendo sobre la hierba y el lago era como la cacofonía de innumerables ruegos que llegaban desde otro lugar y otro tiempo.

—¿Realmente cree que puedo cambiar ese destino? —preguntó Luo Ji mientras levantaba la cabeza.

—¿Por qué no intentarlo? De todos los vallados, es usted el que cuenta con mayores probabilidades de éxito. De hecho, es lo que he venido a decirle.

—Siga pues. ¿Por qué?

—Porque de entre todos los miembros de la especie humana, es usted el único al que Trisolaris querría ver muerto.

Luo Ji se apoyó mejor contra la columna y miró a Say fijamente. No percibió nada en sus ojos. Se esforzó por recordar.

Say siguió hablando:

—Aquel accidente de coche le tenía por objetivo. Fue una casualidad que diese a su amiga.

—Pero fue un accidente. El coche cambió de dirección por la colisión de aquellos otros dos coches.

—Llevaban mucho tiempo planeándolo.

—En aquella época yo era una persona corriente, sin ningún tipo de protección. Matarme habría sido de lo más sencillo. ¿Por qué tomarse tanto trabajo?

—Para que su asesinato pareciese un accidente que no llamase la atención. Casi lo logran. Ese día, en toda la ciudad se produjeron cincuenta y un accidentes de tráfico con cinco víctimas mortales. Pero un espía en la Organización Terrícola-trisolariana presentó un informe confirmando que la Organización lo había planeado todo. Y lo que es peor: la orden llegó directamente de Trisolaris y fue transmitida a Evans por medio de sofones. Hasta este momento esa ha sido la única orden de asesinato.

—¿Yo? ¿Trisolaris quiere matarme? ¿Por qué razón? —Luo Ji volvía a sentirse desplazado de su propio ser.

—No lo sé. Ahora ya nadie lo sabe. Es posible que Evans lo supiese, pero está muerto. Está claro que él fue el responsable de añadir el detalle de que el asesinato no llamase la atención. Lo que viene a reforzar su importancia, doctor Luo.

—¿Importancia? —Luo Ji negó con la cabeza mientras esbozaba una sonrisa irónica—. Míreme. ¿Acaso tengo superpoderes?

—No posee superpoderes, así que no se desvíe por ese camino. Se perdería —dijo Say, acompañando las palabras de un gesto enfático—. En su anterior investigación no poseía ningún poder especial. Nada de habilidades sobrenaturales o capacidades técnicas extraordinarias que se ajustasen a las leyes conocidas de la naturaleza. O al menos, ninguna que hayamos podido descubrir. El hecho que Evans exigiese que el asesinato no llamase la atención también favorece esa idea. Deja claro que otros pueden adquirir sus mismas habilidades.

—¿Por qué no me lo habían dicho?

—Temíamos influir negativamente en lo que usted está haciendo. Hay demasiados factores desconocidos. Nos pareció mejor dejar que todo fluyese.

—En su día se me ocurrió trabajar en sociología cósmica porque... —en ese momento, una vocecilla en lo más profundo de su ser dijo: «¡Eres un vallado!» Era la primera vez que oía semejante voz. También percibió otro sonido inexistente: el zumbido de los sofones al volar a su alrededor. Incluso tuvo la impresión de que veía unos puntos difusos de luz, como luciérnagas. Por tanto, por primera vez actuó como un vallado y se tragó sus palabras. Se limitó a añadir—: ¿Será relevante?

Say hizo un gesto de negación.

—Lo más probable es que no lo sea. Por lo que sabemos, no fue más que una solicitud de investigación que no se realizó y menos obtuvo resultados. Además, incluso de haber investigado, no esperaríamos que usted hubiese logrado resultados más valiosos que los de cualquier otro investigador.

—¿Y eso por qué?

—Doctor Luo, nos estamos sincerando. Por lo que entiendo, usted es un fracaso como académico. No investiga por el deseo de descubrir algo nuevo, ni tampoco porque lo considere su deber o su misión vital. Lo hace para ganarse la vida.

—¿No es así todo hoy en día?

—Evidentemente, esa actitud no tiene nada de malo, pero usted manifiesta toda una serie de comportamientos negativos en un investigador serio y entregado. Realiza investigaciones funcionales, sus técnicas son oportunistas, aspira al sensacionalismo e incluso ha malversado fondos. Como persona, es un cínico y un irresponsable, y, además, en el fondo desprecia la vocación de investigador... La verdad es que somos muy conscientes de que no le importa nada el destino de la especie humana.

—Y por eso se rebajaron a emplear conmigo métodos tan ruines para forzarme. Siempre me han despreciado, ¿no es así?

—En circunstancias normales, un hombre como usted jamás habría recibido una obligación tan importante como esta. Pero hay que contar con este detalle crucial: Trisolaris le teme. Sea su propio desvallador. Descubra la razón.

Al terminar de hablar, Say abandonó el porche, subió al coche que la esperaba y se perdió entre la lluvia.

Allí de pie, Luo Ji perdió el sentido del tiempo. Poco a poco, la lluvia fue parando y el viento se levantó, limpiando de nubes el cielo nocturno, dejando ver los picos nevados y permitiendo a la reluciente luna cubrir el mundo de una luz plateada.

Antes de entrar, Luo Ji dio un último vistazo al Jardín del Edén, y en su corazón les dijo a Zhuang Yan y Xia Xia: «Os quiero. Esperadme en el Día del Juicio Final.»

 

 

De pie bajo la enorme sombra del avión espacial Última frontera y mirando a su pesado fuselaje, Zhang Beihai recordó, sin pretenderlo, el portaaviones Dinastía Tang. Hacía tiempo que lo habían desmantelado y se preguntó si el casco de Última frontera contendría alguna placa de acero de Dinastía Tang. Tras haber superado más de treinta reentradas, el calor abrasador había marcado el cuerpo del avión espacial. Y la verdad es que se parecía a Dinastía Tang cuando estaba en construcción. El fuselaje provocaba la misma sensación de antigüedad, pero los dos impulsores cilíndricos bajo las alas eran nuevos, por lo que la impresión era la de un añadido típico de la antigua arquitectura europea: la novedad de los arreglos contrastaba con el color del edificio original, lo que recordaba a los visitantes que esas zonas eran modernas. Pero si retiraban esos cohetes, Última frontera tendría el aspecto de un antiguo y enorme avión de transporte.

El avión espacial era muy moderno, uno de los pocos avances genuinos en tecnología aeroespacial de los últimos cinco años. También probablemente fuese la última generación de naves espaciales con propulsión química. La idea, propuesta el siglo anterior para reemplazar al transbordador espacial, era la de un vehículo que pudiese despegar desde una pista como un avión convencional y volar como un vehículo convencional hasta la capa superior de la atmósfera, momento en el que se activarían los cohetes para el viaje espacial y la entrada en órbita. Última frontera era el cuarto de esos aviones en funcionamiento y estaban construyendo muchos más. En el futuro cercano se encargarían de las labores de construcción del ascensor espacial.

—Hubo una época en la que creí que nosotros jamás tendríamos la oportunidad de salir al espacio —le dijo Zhang Beihai a Chang Weisi, quien había venido a despedirle. Él y veinte oficiales más de la fuerza espacial, todos miembros de los tres institutos estratégicos, irían en el Última frontera hasta la Estación Espacial Internacional.

—¿Hay oficiales navales que nunca han visto el mar? —le dijo Chang Weisi con una sonrisa.

—Por supuesto que los hay. A montones. En la marina incluso había gente que lo quería así. Pero yo no soy de ese tipo.

—Beihai, recuerde: los astronautas en activo siguen siendo miembros de las fuerzas armadas, por lo que ustedes son los primeros miembros de la fuerza espacial en salir al espacio.

—Es una pena que no tengamos una misión concreta.

—Ganar experiencia en la misión. Un estratega espacial debe tener cierta consciencia del espacio. Eso era imposible antes del avión espacial, ya que subir a una persona cuesta decenas de millones, pero ahora es más barato. Pronto intentaremos llevar más estrategas al espacio, ya que después de todo somos la fuerza espacial. Por ahora más bien somos un club de farsantes. No puede seguir así.

Llegó el aviso de embarque y los oficiales fueron subiendo por la escalerilla hasta el avión. Vestían uniformes, no trajes espaciales, y daba totalmente la impresión de estar subiendo a un vuelo convencional. No dejaba de ser una demostración de progreso: ahora ir al espacio era un poco más normal. Al observar los uniformes, Zhang Beihai fue consciente de que había personal de otros departamentos subiendo al avión.

—Ah, Beihai, otro detalle importante —dijo Chang Weisi cuando Beihai fue a coger su bolsa—. La comisión estudió el informe que preparamos, el referido a enviar personal político al futuro como refuerzos. Los jefes consideran que las condiciones son prematuras.

Zhang Beihai entornó los ojos, como protegiéndose de la luz del sol, aunque seguían a la sombra del avión espacial.

—Comandante, mi impresión es que al planificar debemos tener en cuenta todo el período de cuatro siglos. Hay que tener claro lo que es urgente y lo que es importante... Pero le garantizo que no lo expresaré en ningún entorno formal. Soy muy consciente de que nuestros superiores tienen en cuenta todos los detalles.

—Los superiores reconocen su pensamiento a largo plazo y le felicitan por ello. El documento recalca un detalle: no rechazan la idea de enviar refuerzos al futuro. Se seguirá investigando y planificando, pero la ejecución sigue siendo prematura, dadas las circunstancias actuales. Considero, y voy a expresar mi opinión personal, que antes de plantear algo así necesitamos personal político cualificado entre nuestras filas para aliviar la carga actual de trabajo.

—Comandante, estoy seguro de que comprende el significado de «cualificado» en el contexto del departamento político de la fuerza espacial y cuáles son los requisitos mínimos. Los candidatos cualificados son cada vez menos habituales.

—Pero hay que centrarse en el futuro. Si realizamos avances importantes en las dos tecnologías clave de la fase uno, el ascensor espacial y la fusión controlada, y tenemos esperanzas de que lo veamos, entonces la situación mejorará... Bien. Adelante.

Zhang Beihai saludó y subió por la escalerilla. Al entrar en la cabina, lo primero que pensó es que no era muy diferente a la de un avión comercial, excepto que los asientos eran más anchos, porque los habían diseñado para el tamaño de un traje espacial. Durante los primeros vuelos del avión espacial habían exigido que todos los pasajeros llevasen traje espacial, pero esa precaución ya no era necesaria.

Su asiento era de ventanilla. Y el asiento contiguo también estaba ocupado. Un civil, a juzgar por la vestimenta. Zhang Beihai le hizo un gesto de saludo antes de ajustarse el complicado cinturón de seguridad.

Nada de cuenta atrás. Última frontera activó los motores para el vuelo atmosférico y empezó a moverse. Debido al peso, durante el despegue pasaba más tiempo en tierra que un avión convencional, pero acabó elevándose pesadamente y se embarcó en su viaje al espacio.

Una voz por el sistema de megafonía.

—Estamos en el vuelo treinta y ocho del avión espacial Última frontera. Se ha iniciado la fase de aviación y su duración será aproximadamente de treinta minutos. Por favor, no se desabrochen el cinturón de seguridad.

Mientras observaba cómo se alejaba el suelo, Zhang Beihai pensó en el pasado. Para convertirse en capitán de portaaviones, había completado el entrenamiento para piloto de aviación naval y había superado el examen de piloto de caza nivel tres. Durante su primer vuelo en solitario había visto la Tierra retroceder como ahora y de pronto se había dado cuenta de que amaba más el cielo que el océano. Ahora lo que ansiaba era el espacio más allá del cielo.

Era un hombre destinado a volar alto y lejos.

—No es muy diferente a la aviación civil, ¿no cree?

Se giró para mirar a su interlocutor, que ocupaba el asiento contiguo. Ahora le reconocía.

—Usted debe de ser el doctor Ding Yi. Deseaba conocerle.

—Pero dentro de poco será más brusco —dijo el hombre, haciendo caso omiso al saludo de Zhang Beihai. Siguió hablando—: La primera vez no me quité las gafas tras la fase de aviación y me aplastaron la cara con el peso de un ladrillo. La segunda vez me las quité, pero se me escaparon volando en cuanto desapareció la gravedad. El operario tuvo problemas para localizarlas en el filtro de aire de la cola del avión.

—Creía que la primera vez había volado usted en el transbordador espacial. En televisión no daba la impresión de que fuese un viaje muy agradable —dijo Zhang Beihai con una sonrisa.

—Oh, hablo del avión espacial. Si contamos el transbordador, esta es mi cuarta vez. En el transbordador me quitaba las gafas antes del despegue.

—¿Por qué va a la estación? Le acaban de asignar la dirección del proyecto de fusión controlada. La tercera rama, ¿no es así?

Se habían establecido cuatro ramas del proyecto de fusión controlada. Cada una seguía una línea de investigación diferente.

Retenido por el cinturón de seguridad, Ding Yi levantó una mano y señaló a Zhang Beihai.

—¿Estudias la fusión controlada y no puedes ir al espacio? Habla como esos tipos. El fin último de este proyecto de investigación es fabricar motores para naves espaciales. Y hoy en día, el verdadero poder en la industria aeroespacial lo siguen teniendo las personas que antes fabricaban motores químicos. Ahora esos mismos individuos nos dicen que se supone que debemos dedicarnos a desarrollar la fusión controlada en la superficie y que a todos los efectos no tenemos nada que opinar sobre la planificación general de la flota espacial.

—Doctor Ding, opina usted exactamente lo mismo que yo —Zhang Beihai se aflojó el cinturón de seguridad y se le acercó—. En el caso de una flota espacial, el viaje espacial es una idea muy diferente a la que se tenía con los cohetes químicos. Incluso el ascensor espacial es muy distinto a las técnicas aeronáuticas actuales. Por desgracia, la industria aeroespacial de antaño todavía tiene demasiado poder. Los que la dirigen están osificados y son demasiado legalistas; tendremos muchos problemas si la situación persiste.

—No podemos hacer nada. Al menos en cinco años han logrado esto —señaló a su alrededor—. Y con ello la capacidad de apartar a los que venimos de fuera.

Se activó el sistema de megafonía.

—Por favor, tengan cuidado: Nos acercamos a una altitud de veinte mil metros. Como ahora volaremos a través de una capa atmosférica muy poco densa, es posible que se produzcan cambios bruscos de altitud que creen una ingravidez momentánea. No se asusten. Repetimos que mantengan el cinturón de seguridad abrochado.

Ding Yi habló:

—Pero en esta ocasión, el viaje a la estación no se debe al proyecto de fusión controlada. El propósito es recoger esos detectores de rayos cósmicos. Es material muy caro.

—¿El proyecto espacial de altas energías se ha detenido? —preguntó Zhang Beihai mientras volvía a apretar el cinturón de seguridad.

—Así es. Es una cierta forma de éxito el saber que no es preciso malgastar esfuerzos en el futuro.

—El sofón ha ganado.

—En efecto. Así que a la humanidad solo le quedan unas pocas teorías en la reserva: la física clásica, la mecánica cuántica y la todavía embriónica teoría de cuerdas. El destino nos dirá hasta qué punto podemos llegar con ellas.

Última frontera siguió ascendiendo, sus motores de aviación se estremecieron por la tensión como si luchasen por subir una montaña muy alta, pero no se dio ninguna caída súbita. Ahora el avión espacial se acercaba a los treinta mil metros, el límite de la aviación. Zhang Beihai miró por la ventanilla y comprobó que el azul del cielo iba perdiéndose al oscurecerse, y eso a pesar de que el sol ahora brillaba más.

—La altitud actual es de treinta mil metros. La fase de aviación ha concluido y la de vuelo espacial está a punto de comenzar. Por favor, ajusten el cinturón de seguridad siguiendo las instrucciones mostradas en pantalla para reducir las incomodidades causadas por la hipergravitación.

En ese momento Zhang Beihai sintió que el avión se elevaba delicadamente, como si hubiese perdido un contrapeso.

—Motores de aviación separados. Cuenta atrás para la ignición del motor aeroespacial: diez, nueve, ocho...

—Para ellos este es el lanzamiento real. Disfrútelo —dijo Ding Yi y cerró los ojos.

Se oyó un rugido al llegar a cero. Era como si todo el cielo estuviese aullando. Y a continuación la hipergravedad, como si fuese un gigantesco puño que se cerrase lentamente. Zhang Beihai, con mucho esfuerzo, logró girar la cabeza para mirar por la ventanilla. No pudo ver las llamas que salían del motor, pero una zona muy amplia del aire rareficado estaba pintada de rojo, como si Última frontera flotase sobre una puesta de sol.

Los impulsores se soltaron cinco minutos después y tras cinco minutos adicionales de aceleración, el motor principal paró. Última frontera estaba en órbita.

De pronto la mano gigantesca de la hipergravedad lo soltó y el cuerpo de Zhang Beihai rebotó de entre las profundidades del asiento. Sentía que su cuerpo y Última frontera ya no formaban parte de la misma unidad, a pesar de que el cinturón de seguridad le impidió salir flotando. La gravedad que los había mantenido unidos había desaparecido, y ahora él y el avión seguían trayectorias paralelas a través del espacio. Por la ventanilla podía disfrutar de las estrellas más brillantes que había visto en toda su vida. Más tarde, una vez que el avión espacial hubo ajustado su inclinación, el sol entró por las ventanillas y una miríada de puntos de luz bailaron en sus rayos: partículas de polvo que la ingravidez había lanzado al aire. Vio la Tierra cuando el avión rotó gradualmente. Desde esa posición orbital baja solo podía ver el arco del horizonte, no toda la esfera, pero distinguía con facilidad la forma de los continentes.

Luego, a sus ojos apareció esa visión que tanto había ansiado, todo el campo de estrellas. Y en su alma se dijo: «Papá, he dado el primer paso.»

 

 

Hacía cinco años que el general Fitzroy se sentía como un vallado, en el sentido más estricto de la palabra: una persona plantada frente a una pantalla que mostraba las estrellas entre la Tierra y Trisolaris. Si no prestabas atención daba la impresión de ser totalmente negra, pero si te acercabas un poco veías puntos de luz estelar. Se había hecho a esas estrellas hasta tal grado que el día anterior, cuando quiso dibujarlas en una hoja de papel, durante una reunión de lo más aburrida, y al compararlas con la realidad descubrió que básicamente había acertado. En la visión estándar, las tres estrellas de Trisolaris situadas discretamente en el centro parecían una única estrella, pero en cuanto ampliabas la imagen descubrías que sus posiciones habían cambiado. Ese caótico baile cósmico le fascinaba hasta tal punto que incluso se olvidaba de por qué las vigilaba. La brocha vista cinco años atrás se había disuelto gradualmente sin que apareciese una segunda. La flota trisolariana solo dejaba una estela visible cuando cruzaba las nubes de polvo interestelar. Estudiando la absorción de la luz de las estrellas de fondo, los astrónomos de la Tierra habían comprobado que durante su viaje de cuatro siglos, la flota atravesaría cinco nubes. La gente los llamaba «bancos de nieve», por lo rastros que dejaban los transeúntes sobre el suelo nevado.

Si la flota trisolariana había mantenido una aceleración constante durante los últimos cinco años, hoy pasaría por el segundo banco de nieve.

Fitzroy llegó temprano al centro de control del telescopio espacial Hubble II. Al verle, Ringier se rio de él.

—General, ¿por qué me recuerdas a un niño deseoso de recibir otro regalo después de Navidad?

—¿No dijiste que hoy pasaría por el banco de nieve?

—En efecto, pero la flota trisolariana solo ha recorrido 0,22 años luz, así que sigue a cuatro años luz de distancia. La luz reflejada de su paso por la nieve llegará a la Tierra dentro de cuatro años.

—Oh, lo siento. Olvidé ese detalle. —Fitzroy se sentó agitando la cabeza por la vergüenza—. La verdad es que quería volver a verlo. Esta vez podríamos medir su velocidad y aceleración en el momento de tránsito. Muy importante.

—Lo siento. Nos encontramos fuera del cono de luz.

—¿Eso qué es?

—Así es como llaman los físicos a la forma de cono que la luz describe al seguir el eje temporal. A los que están fuera del cono les resulta imposible saber lo que sucede en el interior del cono. Piénselo: la información de incontables fenómenos importantes del universo se acerca en estos momentos hacia nosotros, a la velocidad de la luz. Parte de esa información lleva viajando cientos de millones de años, pero nosotros todavía estamos situados en el exterior del cono de luz de esos sucesos.

—El destino se encuentra en el interior del cono de luz.

Ringier asintió.

—¡General, una analogía de lo más apropiada! Pero los sofones en el exterior del cono de luz pueden ver lo que sucede en el interior.

—Así que los sofones han cambiado el destino —dijo Fitzroy con seriedad y volvió a mirar el terminal de proceso de imágenes. Cinco años antes, el joven ingeniero Harris se había echado a llorar al ver la primera brocha. Luego cayó en una depresión tan profunda que se volvió prácticamente inútil para cumplir con su labor y tuvo que irse. Nadie sabía qué había sido de él.

Por suerte, no había mucha gente como él.

 

 

En esa época la temperatura empezaba a bajar con rapidez e incluso ya nevaba. El verde iba desapareciendo de las zonas circundantes y una delgada capa de hielo se iba formando sobre la superficie del lago. La naturaleza perdía sus colores llamativos, como una fotografía en color que poco a poco pasase a blanco y negro. Aquí el tiempo cálido siempre había sido breve, pero ya desde la partida de su mujer e hija, a Luo Ji le parecía que el Jardín del Edén había perdido toda su aura.

El invierno era la estación para reflexionar.

Al ponerse a pensar, a Luo Ji le sorprendió comprobar que sus ideas ya estaban en marcha. Recordó el colegio y una lección del profesor para el examen de artes lingüísticas: primero, leer la pregunta final de desarrollo, luego empezar el examen desde el principio, de tal forma que mientras vas contestando al examen, tu subconsciente vaya trabajando en la pregunta de desarrollo, como un proceso de ordenador en segundo plano. Ahora sabía que desde que era vallado, su cabeza había empezado a pensar y no había parado. Un proceso del todo subconsciente del que no se había percatado.

Recorrió con rapidez los pasos que ya había dado su pensamiento.

Ahora estaba seguro de que todos los aspectos de su situación actual tenían su origen en el encuentro casual, nueve años antes, con Ye Wenjie. Nunca lo había comentado por miedo a ganarse problemas innecesarios, pero con Ye Wenjie muerta, el encuentro era un secreto entre Trisolaris y él. En aquella época solo dos sofones habían llegado a la Tierra, pero estaba seguro de que ese día habían estado junto a la tumba de Yang Dong, escuchando todas sus palabras. Y la fluctuación en su estructura cuántica que atravesaba instantáneamente el espacio de cuatro años luz garantizaba que Trisolaris también había estado escuchando.

Pero ¿qué había dicho Ye Wenjie?

La secretaria general Say había cometido un error. Que Luo Ji no hubiese arrancado con sus investigaciones sobre sociología cósmica era muy probablemente la razón directa para que Trisolaris quisiera matarle. Por supuesto, Say no sabía que el proyecto había sido una propuesta de Ye Wenjie, y aunque a Luo Ji le había parecido una estupenda oportunidad para hacer que la investigación fuese entretenida, también es verdad que había estado buscando esa oportunidad. Antes de la Crisis Trisolariana, el estudio de la civilización alienígena era un proyecto llamativo que se habría ganado toda la atención de la prensa.

La investigación ahora abortada no era importante en sí misma. Lo que importaba eran las indicaciones de Ye Wenjie, que era lo que se había fijado en la mente de Luo Ji.

Una y otra vez recordó las mismas palabras: «Supongamos que existe un vasto número de civilizaciones repartidas por el universo en un orden similar al del número de estrellas detectables... La estructura matemática de la sociología cósmica está mucho más clara que la de la sociología humana.

»Las enormes distancias que separan a las distintas sociedades civilizadas del universo se encargan de difuminar los factores de caos y aleatoriedad que puedan hallarse en cada una de sus complejas estructuras, convirtiéndolas en puntos de referencia bastante fáciles de procesar matemáticamente.

»El primero, que la necesidad primordial de toda civilización es su supervivencia. El segundo, que aunque las civilizaciones crecen y se expanden, la cantidad total de materia del universo siempre es la misma.

»Y una cosa más: para poder derivar un esquema general de la sociología cósmica a partir de esos dos axiomas, necesitarás otros dos conceptos importantes: el de “cadenas de sospecha” y el de “explosión tecnológica”. Eso no será posible... como si decides olvidarte de todo lo que he dicho. Yo, en cualquier caso, ya he cumplido con mi parte.»

Incontables veces había retomado esas palabras, analizando cada frase desde todos los ángulos posibles y rumiando cada una de las palabras. Las palabras en sí habían acabado convertidas en una oración. Y como si él mismo fuese un monje piadoso, las repasaba una y otra vez, las soltaba, las desperdigaba y las volvía a engarzar en otro orden hasta gastarlas.

Por mucho que lo intentase, de esas palabras le resultaba imposible extraer la pista que le convertía a él en la única persona que Trisolaris deseaba destruir.

Durante su larga reflexión, caminó sin rumbo. Paseó junto al lago inhóspito, anduvo entre el viento que se volvía cada vez más frío, a veces completando una vuelta al lago sin darse cuenta. En dos ocasiones incluso fue hasta el pie del pico nevado, donde la nieve ahora cubría la zona de roca que parecía un paisaje lunar, convirtiéndose así en uno con el pico. Solo entonces su estado de ánimo abandonaba el camino de esos pensamientos. Los ojos de Zhang Yan aparecían frente a los suyos en el infinito plano blanco de la pintura natural. Pero en ese momento ya controlaba su estado de ánimo y podía seguir comportándose como una máquina de pensar.

Sin darse cuenta, pasó un mes. Luego llegó el pleno invierno. Aun así, Luo Ji siguió pensando en el exterior, usando el frío para aguzar su mente.

Para entonces, la mayoría de las cuentas se habían empañado, excepto veintisiete de ellas. Esas en concreto parecían ganar brillo a medida que las pulía y hasta ya emitían una débil luz:

«La necesidad primordial de toda civilización es su supervivencia. Aunque las civilizaciones crecen y se expanden, la cantidad total de material del universo siempre es la misma.»

Se concentró en esas dos frases. Eran los axiomas que Ye Wenjie había propuesto para una civilización cósmica. No conocía sus secretos finales, pero sus extensos períodos de reflexión le señalaban que allí encontraría la respuesta.

Por desgracia, como pistas eran demasiado sencillas. ¿Qué podría sacar de provecho la humanidad de dos reglas tan claramente evidentes?

«No rechaces la simplicidad. La simplicidad implica solidez.» En sí misma, la mansión de las matemáticas se había edificado sobre unos cimientos similares, axiomas tan irreduciblemente sencillos como lógicamente resistentes.

Miró a su alrededor con esa idea en mente.

Todo lo que le rodeaba había caído ante el frío glacial del invierno, pero aun así el mundo rebosaba de vida. Era un mundo vivo con su compleja profusión de océanos, tierra y un cielo tan extenso como el mar incierto. Pero todo eso obedecía a una regla todavía más sencilla que los axiomas ofrecidos para una civilización cósmica: la supervivencia de los mejor adaptados.

Luo Ji comprendió el problema: Darwin había estudiado el incontenible mundo de la vida y lo había resumido en una regla. Luo Ji debía emplear las reglas que conocía para descubrir la naturaleza de la civilización cósmica. Se trataba del camino opuesto al de Darwin. Un camino mucho más difícil.

Empezó a dormir de día y a pensar de noche. Cuando le aterrorizaban los peligros de su camino mental, se reconfortaba mirando a las estrellas. Tal y como le había dicho Ye Wenjie, la distancia ocultaba la compleja estructura de una estrella en concreto, transformando el conjunto en una colección de puntos en el espacio que respetaban una configuración matemática precisa. Para un pensador era el paraíso. Su paraíso. Personalmente, le parecía que el mundo que tenía delante era mucho más preciso y conciso que el de Darwin.

Pero había un enigma en el corazón de ese mundo tan simple: la galaxia en sí era un extenso desierto vacío, pero en la estrella más cercana a nosotros había aparecido una civilización de gran inteligencia. Sus pensamientos encontraron un punto de entrada a través de ese misterio.

Poco a poco, se fueron aclarando las dos ideas que Ye Wenjie había dejado implícitas: las cadenas de sospecha y la explosión tecnológica.

Aquel día hacía más frío de lo normal. Desde el lugar privilegiado que ocupaba a la orilla del lago, el frío simplemente hacía que las estrellas formasen un patrón mucho más puro y plateado contra el cielo negro, mostrándole con toda solemnidad su precisa configuración matemática. De pronto se encontró en un estado absolutamente novedoso. Sintió que todo el universo se detenía, como congelado, todo movimiento cesaba y todo lo que había, desde las estrellas hasta los átomos, alcanzaba el estado de reposo; las estrellas convertidas en incontables puntos fríos y sin dimensiones que reflejaban la fría luz de un mundo exterior... Todo estaba en reposo, aguardando el despertar final.

El lejano ladrido de un perro fue lo que le devolvió a la realidad. Probablemente se tratase de un animal de servicio propiedad de las fuerzas de seguridad.

Luo Ji desbordaba emoción. Aunque en realidad no había visto el misterio final, había sentido su presencia con toda claridad.

Se concentró e intentó volver a ese estado. No lo logró. Las estrellas seguían igual, pero el mundo que le rodeaba producía su interferencia. Le rodeaba la oscuridad, pero en la distancia podía distinguir el pico nevado, el bosque junto al lago y la extensión de hierba, también la casa a su espalda; y a través de la puerta entreabierta de la casa podía observar el resplandor del fuego... En comparación con la sencilla claridad de las estrellas, todo lo que le rodeaba manifestaba tal caos y complejidad que las matemáticas jamás podrías hacerle justicia. Intentó eliminarlo de su percepción.

Entró en la superficie helada del lago. Al principio fue con cuidado y cautela, pero al comprobar que parecía bien sólida, avanzó con más rapidez, hasta llegar al punto donde la oscuridad de la noche le impedía ver la orilla. Lo único que tenía a su alrededor era hielo liso. La situación le distanciaba un poco del caos y la complejidad terrenales. Se imaginó que el llano helado se extendía hasta el infinito en todas las direcciones, conjurando así un mundo sencillo y plano: una plataforma mental fría y horizontal. Las preocupaciones se evaporaron y pronto su mente volvió al estado de reposo, allí donde le aguardaban las estrellas...

Un crujido y el hielo bajo los pies de Luo Ji se rompió. Su cuerpo se hundió directamente en el agua.

Al instante, el agua helada le cubrió la cabeza y vio que la quietud de las estrellas se rompía en mil pedazos. La extensión de estrellas se retorció formando un vórtice y se dispersó en oleadas plateadas turbulentas y caóticas. El frío penetrante, como si fuese un rayo cristalino, atravesó la niebla de su conciencia, iluminándolo todo. Seguía hundiéndose. Por el hueco de hielo podía ver las turbulentas estrellas contrayéndose para formar un halo difuso, lo que le dejaba en la oscuridad profunda y fría. Era como si en lugar de hundirse en aguas heladas hubiese, más bien, saltado a la oscuridad del espacio.

En esa oscuridad muerta, solitaria y fría comprendió la verdad del universo.

Salió con rapidez.

La cabeza rompió la superficie del agua. Escupió. Aunque intentó arrastrarse por el borde del hielo, solo logró sacar la mitad del cuerpo antes de hundirse otra vez. Se arrastraba y el hielo se rompía, dejando un camino en el hielo, pero avanzaba con lentitud y el frío empezaba a robarle las fuerzas. No sabía si el equipo de seguridad comprendería que en el lago pasaba algo anormal antes de que se ahogase o se congelase. Al quitarse la chaqueta térmica para poder moverse mejor, se le ocurrió que si la extendía sobre el hielo era posible que distribuyese la presión y pudiese moverse encima. Así lo hizo y a continuación, con las energías justas para un intento final, empleó hasta las últimas de sus fuerzas para pasar a la chaqueta colocada en el borde de hielo. Esta vez el hielo no cedió y pudo tender todo el cuerpo sobre la chaqueta. Se arrastró con precaución. Solo cuando se hubo alejado lo suficiente del agujero se atrevió a ponerse en pie. En ese momento vio el movimiento de las linternas y los gritos que venían de la orilla.

Se alzó en el hielo. Los dientes le castañeteaban por el frío, que no parecía venir del lago o el viento helado; más bien parecía una transmisión directa desde el espacio exterior. Mantuvo la vista gacha, sabiendo que desde ese momento las estrellas ya no eran las mismas. No se atrevió a mirarlas. De la misma forma que Rey Díaz temía al sol, Luo Ji había desarrollado una intensa fobia a las estrellas. Inclinó la cabeza, y con los dientes castañeando, se dijo:

—Vallado Luo Ji, soy tu desvallador.

 

 

—Los años le han puesto el pelo blanco —le dijo Luo Ji a Kent.

—Al menos durante muchos años no se podrá poner más blanco —dijo Kent, riendo. En presencia de Luo Ji siempre había adoptado una expresión cortés y fingida. Era la primera vez que Luo Ji le veía con una sonrisa tan sincera. En sus ojos vio las palabras que no había pronunciado: «Por fin te has puesto a trabajar.»

—Voy a precisar un lugar más seguro —dijo.

—No hay problema, doctor Luo. ¿Algún requisito en particular?

—Ninguno excepto la seguridad. Debe ser del todo seguro.

—Doctor, el lugar absolutamente seguro es un sitio que no existe, pero podemos aproximarnos considerablemente. Aunque debo advertirle que los lugares de esa naturaleza siempre son subterráneos. Y en lo que a comodidades se refiere...

—No importan las comodidades. Sin embargo, mejor si es en China.

—No es problema. Me pondré a ello ahora mismo.

Cuando Kent iba a irse Luo Ji le retuvo. Señaló al Jardín del Edén a través de la ventana. Ahora la nieve lo cubría por completo. Le dijo:

—¿Puede decirme el nombre de este lugar? Lo voy a echar de menos.

 

 

Para llegar a su destino, Luo Ji viajó más de diez horas con una seguridad muy estricta. Nada más bajar del coche supo dónde se encontraba: cinco años antes, en aquel mismo lugar, el enorme espacio que parecía un aparcamiento subterráneo, se había embarcado en su nueva vida. Tras cinco años de sueños alternados con pesadillas, había vuelto al punto de partida.

Le recibió un hombre llamado Zhang Xiang, el mismo que, acompañado de Shi Qiang, le había despedido cinco años atrás y que ahora era el encargado de la seguridad. Había envejecido mucho en ese tiempo y ahora tenía el aspecto de un hombre de mediana edad.

Un soldado era todavía el encargado de operar el ascensor. No era, por supuesto, el mismo que cinco años antes, pero Luo Ji sintió cierta alegría interna. Habían reemplazado el antiguo ascensor por uno totalmente automático, por lo que no precisaba operario. El soldado se limitó a pulsar el diez y el ascensor inició el descenso.

Estaba claro que habían renovado hacía poco la estructura subterránea. Habían ocultado los conductos de ventilación de los pasillos, habían recubierto las paredes con losetas resistentes a la humedad y habían eliminado cualquier rastro de los eslóganes de defensa aérea civil.

Las habitaciones de Luo Ji ocupaban todo el décimo sótano. Aunque no igualaba la comodidad de la casa que había abandonado, su espacio venía equipado con sistemas de comunicación total y ordenadores, además de una sala de reuniones provista de un sistema de videoconferencia, lo que hacía que aquel lugar pareciese un centro de control.

El administrador se aseguró de mostrarle unos interruptores en concreto. En cada uno se veía un pequeño dibujo del sol. El administrador los llamó «lámparas solares» y dijo que era preciso encenderlas al menos cinco horas al día. Se habían inventado como producto de seguridad laboral para mineros. Podían simular la luz del sol, incluyendo los rayos ultravioletas, como iluminación solar suplementaria para personas que pasaban largos períodos bajo la superficie.

Al día siguiente, tal y como había solicitado Luo Ji, el astrónomo Albert Ringier visitó el sótano diez.

En cuanto le vio, Luo Ji le dijo:

—¿Fue usted el primero en observar la trayectoria de vuelo de la flota trisolariana?

Al oírlo, Ringier se mostró algo descontento.

—He enviado repetidamente mis declaraciones a la prensa, pero insisten en adjudicarme tal honor. En realidad, le corresponde al general Fitzroy. Él ordenó que el Hubble II observase Trisolaris durante las pruebas. En caso contrario podríamos haber perdido la oportunidad, porque el polvo interestelar habría dispersado la estela.

—De lo que quiero hablar no tiene relación. En su día estudié un poco de astronomía, pero no mucho, y ya no estoy familiarizado con esa disciplina. Esta es mi primera pregunta: si en todo el universo hay algún otro observador aparte de Trisolaris, ¿ese observador ha descubierto la posición de la Tierra?

—No.

—¿Está seguro?

—Sí.

—Pero la Tierra se ha comunicado con Trisolaris.

—Tal comunicación de baja frecuencia solo revelaría la dirección general de la Tierra y Trisolaris con respecto a la galaxia de la Vía Láctea y la distancia entre los dos mundos. Es decir, si hay un tercer receptor, el intercambio de comunicación les permitiría saber que hay otros dos mundos civilizados separados 4,22 años luz de distancia en el brazo de Orión de la Vía Láctea. Pero no conocería la posición exacta de esos dos mundos. Es más, determinar la posición mutua por medio de este tipo de intercambio solo es posible si las estrellas están cerca, como el sol y las estrellas de Trisolaris. En el caso de un tercer observador algo más distante, incluso manteniendo una comunicación directa no podríamos determinar nuestras posiciones.

—¿A qué se debe?

—Indicar la posición de una estrella para otro observador en el universo está lejos de ser tan fácil como la gente se imagina. La analogía es la siguiente: sobrevuelas el desierto del Sáhara en avión y en el suelo uno de los granos de arena grita: «¡Aquí estoy!» Oyes el grito, pero ¿desde el avión puedes establecer la posición de ese grano de arena? En la Vía Láctea hay doscientos mil millones de estrellas. A todos los efectos se trata de un desierto de estrellas.

Luo Ji, aparentemente aliviado, asintió.

—Comprendo. Entonces esa es la cuestión.

—¿El qué? —preguntó Ringier, sintiéndose confuso.

Luo Ji no respondió, sino que se limitó a preguntar:

—Teniendo en cuenta nuestro nivel actual de tecnología, ¿tenemos alguna forma de comunicar al universo nuestra posición?

—Sí, empleando ondas electromagnéticas direccionales de alta frecuencia, al menos de la frecuencia o más que la luz visible, y luego aprovechando la energía estelar para transmitir información. Es decir, haces que la estrella destelle, como si fuese un faro cósmico.

—Eso supera con creces nuestra capacidad tecnológica actual.

—Oh, lo siento. Pasé por alto la condición impuesta. Con nuestra tecnología actual, sería muy difícil mostrar la posición de una estrella a las regiones remotas del universo. Sigue habiendo un método, pero interpretar la información de posición exige un nivel de tecnología muy superior al humano e incluso, creo, al de Trisolaris.

—Cuénteme.

—La información clave es la posición relativa de las estrellas. Si especificas una región de la Vía Láctea que contenga una cantidad adecuada de estrellas, yo diría que basta con unas docenas, el conjunto de sus posiciones relativas en el espacio tridimensional sería único, como una huella digital.

—Voy entendiendo. Enviamos un mensaje con la posición de la estrella que queremos indicar, relativa a las estrellas circundantes, y el receptor compara esos datos con su mapa estelar para calcular la posición de la estrella.

—Eso es. Pero no es tan fácil. El receptor debe poseer un modelo tridimensional completo de toda la galaxia que indique con precisión la posición relativa de cien mil millones de estrellas. A continuación, una vez ha recibido el mensaje, debería buscar en esa enorme base de datos para dar con la zona del espacio que se corresponda a las posiciones enviadas.

—No, no es nada fácil. Es como registrar la posición relativa de hasta el último grano de arena de un desierto.

—Todavía más complicado. Al contrario que un desierto, la Vía Láctea está en movimiento y las posiciones relativas de sus estrellas no dejan de cambiar. Cuanto más tarde se reciba la información de posición, mayor será el error producido por los cambios. Es decir, la base de datos debe poder predecir los cambios de posición de cada una de esos cien mil millones de estrellas. En teoría no es problema, pero en la práctica... Dios...

—¿Sería complicado enviar esa información de posición?

—No, porque solo precisaríamos el patrón de posición de un número limitado de estrellas. Y ahora que he tenido tiempo de pensarlo, si consideramos la densidad estelar media de los brazos exteriores de la galaxia, debería bastar con un patrón de posición de no más de treinta estrellas. No es mucha información.

—Bien. Ahora le plantearé una tercera pregunta: más allá del Sistema Solar hay otras estrellas con planetas. Hemos descubierto varios centenares, ¿no es así?

—Más de mil hasta ahora.

—¿Y la más cercana al sol?

—244J2E1, a dieciséis años luz del sol.

—Si recuerdo bien, los números de serie significan: el prefijo numérico representa el orden de descubrimiento; las letras J, E y X indican respectivamente planetas de tipo Júpiter, planetas como la Tierra y otros planetas; y los números tras las letras indican el número de ese tipo de planeta en el sistema.

—Así es. 244J2E1 es una estrella con tres planetas, dos de ellos de tipo Júpiter y uno terrestre.

Luo Ji reflexionó y luego agitó la cabeza.

—Demasiado cerca. Algo más lejos, digamos... ¿cincuenta años luz?

—187J3X1, a 49,5 años luz del sol.

—Vale. ¿Puede establecer el patrón de posición de esa estrella?

—Por supuesto.

—¿Cuánto tiempo le hará falta? ¿Precisa de ayuda?

—Lo puedo hacer aquí mismo si dispone de un ordenador conectado a internet. Un patrón de digamos treinta estrellas lo puedo tener esta noche.

—¿Qué hora es? ¿Todavía no es de noche?

—Yo diría que probablemente sea por la mañana, doctor Luo.

Ringier pasó a la sala de ordenadores adjunta y Luo Ji llamó a Kent y Zhang Xiang. Primero le indicó a Kent que quería que el Consejo de Defensa Planetaria celebrase lo antes posible la siguiente reunión del Proyecto Vallado.

Kent respondió:

—Se están celebrando muchas reuniones del consejo. Una vez que envíe su solicitud, solo se demorará unos días.

—En ese caso tendré que esperar. Pero la verdad es que preferiría que fuese lo antes posible. Otra petición: me gustaría asistir a la reunión desde aquí, por vídeo, en lugar de ir a Naciones Unidas.

Kent se mostró renuente.

—Doctor Luo, ¿no se le antoja un poco inapropiado? En una reunión internacional de ese nivel... Se trata de demostrar respeto al resto de los participantes.

—Forma parte del plan. En el pasado exigí todo tipo de rarezas, pero ¿esta es la que se pasa de la raya?

—Ya sabe... —Kent vaciló.

—Sé que el estatus de un vallado no es el que era, pero insisto. —Al volver a hablar lo hizo con voz más baja, aunque sabía que los sofones que rondaban por las inmediaciones le oirían de todas formas—. Ahora tenemos dos posibilidades: una, si todo fuese como solía ser, no me importaría ir a Naciones Unidas. Pero cabe otra posibilidad: podría tratarse de una situación muy peligrosa y no puedo arriesgarme.

Luego le habló a Zhang Xiang:

—Por eso le he hecho venir. Puede que nos convirtamos en blanco de un ataque enemigo concentrado, por lo que es preciso reforzar la seguridad.

—No se preocupe, doctor Luo. Nos encontramos a doscientos metros bajo la superficie. La zona que tenemos encima está restringida, hemos montado un sistema antimisiles y hemos instalado un sistema avanzado de alarma subterránea para detectar la excavación de túneles desde cualquier dirección. Le garantizo que nuestra seguridad es perfecta.

Una vez se fueron los otros dos hombres, Luo Ji paseó por el pasillo, regresando involuntariamente al Jardín del Edén (ahora conocía el nombre de ese lugar, pero en su corazón todavía lo llamaba así), el lago y el pico nevado. Sabía que muy probablemente pasaría el resto de su vida bajo la superficie.

Miró las lámparas solares instaladas en el techo del pasillo. Esa luz no se parecía en nada a la del sol.

 

 

Dos meteoros se desplazaron lentamente por el campo estelar. En el suelo la oscuridad era absoluta y el lejano horizonte se fundía con el límite del cielo nocturno. Unos murmullos atravesaron la noche, aunque era imposible ver a los emisores. Era como si las voces fuesen ellas mismas criaturas invisibles que flotasen en las tinieblas.

Se oyó un chasquido y apareció una pequeña llama. La escasa luz dejó ver tres rostros: Qin Shi Huang, Aristóteles y Von Neumann. Un mechero en la mano de Aristóteles era la fuente de la luz. Al extenderse las antorchas, encendió una y luego pasó el fuego a los otros. Se formó así una luz temblorosa en medio de la naturaleza, que iluminó a un grupo de personas de todas las épocas. Siguieron hablando en susurros.

Qin Shi Huang se subió a una piedra y blandió la espada. La multitud calló.

—Nuestro Señor ha enviado una nueva orden: destruir al vallado Luo Ji —dijo.

—Nosotros también hemos recibido la orden. Es la segunda vez que nuestro Señor ordena el asesinato de Luo Ji —dijo Mozi.

—Pero ahora resultará difícil matarle —añadió alguien.

—¿Difícil? ¡Es imposible!

—Habría muerto hace cinco años si Evans no hubiese añadido aquella condición a la orden de asesinato.

—Quizás Evans tuviese razón. Después de todo, desconocemos por qué llegó a esa conclusión. Luo Ji tuvo la suerte de escapar a un segundo intento en la plaza de Naciones Unidas.

Qin Shi Huang agitó la espada para interrumpir el debate.

—¿No deberíamos hablar de lo que debemos hacer?

—Nada podemos hacer. ¿Cómo podríamos alcanzar un búnker que se encuentra a doscientos metros de profundidad? ¿Y luego entrar? La seguridad es demasiado buena.

—¿Consideramos el uso de armas nucleares?

—Maldita sea, ese lugar es un búnker resistente a las armas nucleares. Un resto de la Guerra Fría.

—La única opción viable es asignarle a alguien la tarea de infiltrarse en el servicio de seguridad.

—¿Se puede? Hemos dispuesto de cinco años. ¿Alguien ha logrado tener éxito en ese tipo de infiltración?

—¡Infiltrémonos en la cocina! —Se oyeron unas risas.

—Basta de tonterías. Nuestro Señor debería decirnos la verdad y quizás así podríamos pensar en una opción mejor.

Qin Shi Huang respondió a ese último comentario.

—Yo también pedí lo mismo. La respuesta de nuestro Señor es que la verdad es el secreto más importante del universo y no podía divulgarse. Nuestro Señor lo habló con Evans creyendo que la humanidad ya la conocía para luego comprender que no era así.

—¡Entonces pídele a nuestro Señor una transferencia de tecnología!

Muchas otras voces se sumaron a esa propuesta. Qin Shi Huang dijo:

—También lo solicité. Para mi sorpresa, en un gesto muy poco habitual, nuestro Señor no la rechazó categóricamente.

Una conmoción recorrió al grupo, pero las siguientes palabras de Qin Shi Huang apagaron la emoción:

—Pero una vez que nuestro Señor conoció la posición del objetivo, rechazó de plano esa propuesta. Dijo que, dada la ubicación del objetivo, cualquier transferencia de tecnología que nos pudiese hacer no serviría de nada.

—¿De verdad es un hombre tan importante? —preguntó Von Neumann, incapaz de ocultar del todo la envidia. Como primer desvallador de éxito, había ascendido rápidamente en la Organización.

—Nuestro Señor le tiene miedo.

Einstein, también presente, dijo:

—Lo he meditado durante mucho tiempo y creo que el miedo que nuestro Señor siente por Luo Ji solo tiene una explicación posible: es el portavoz de cierto poder.

Qin Shi Huang cortó cualquier posible discusión sobre ese tema:

—No nos metamos en ese terreno. En su lugar, pensemos en cómo cumplir la orden de nuestro Señor.

—No es posible.

—Es una misión que no se puede cumplir.

Qin Shi Huang golpeó la espada contra la piedra.

—La misión es vital. Es posible que sea una verdadera amenaza para nuestro Señor. Además, si la cumplimos, ¡la Organización ascenderá enormemente en la estima de nuestro Señor! Aquí nos hemos reunido la élite de todas las disciplinas del mundo, ¿cómo es posible que no se nos ocurra nada? Regresad y meditadlo, y enviadme vuestros planes por medio de otros canales. ¡Tenemos que hacerlo!

Las antorchas se fueron apagando una tras otra y la oscuridad lo cubrió todo. Sin embargo, los susurros no callaron.

 

 

Pasaron dos semanas antes de la reunión del Proyecto Vallado del Consejo de Defensa Planetaria. Tras el fracaso de Tyler y la hibernación de los otros dos vallados, el consejo había desviado sus prioridades y atención a la defensa convencional.

Luo Ji y Kent esperaron en la sala de conferencias a que empezase la reunión. Ya se había establecido la conexión por vídeo y la gran pantalla mostraba el auditorio, donde la conocida mesa circular de la época del Consejo de Seguridad seguía desocupada. Luo Ji se había presentado pronto como una especie de disculpa por no ir en persona.

Charló con Kent, mientras aguardaban, y le preguntó cómo le iba. Kent le contó que cuando era joven había vivido tres años en China, por lo que estaba más que acostumbrado, y le iba bien. En cualquier caso, al contrario que Luo Ji, no tenía que pasar todo el día bajo tierra, y su chino había recuperado su fluidez.

—Suena como si estuviese resfriado —dijo Luo Ji.

—He pillado la gripe —respondió.

—¿Gripe aviar? —dijo Luo Ji, alarmado.

—No. Gripe de cama. Así la llama la prensa. Hace una semana empezó en una ciudad vecina. Es una enfermedad infecciosa, pero con síntomas muy ligeros. Nada de fiebre. Moqueo nasal y a algunos pacientes se les irrita la garganta. No precisa medicación y tras un breve descanso en cama desaparece por sí sola a los tres días más o menos.

—Habitualmente la gripe es mucho más grave.

—En esta ocasión, no. Muchos soldados y miembros del personal ya la han superado. ¿No se ha dado cuenta de que han reemplazado a la encargada? También la pilló, pero temía contagiarle. Aunque, siendo su contacto, yo no soy tan fácil de reemplazar.

En la pantalla se inició la entrada de los delegados nacionales. Tras sentarse se pusieron a hablar en voz baja, como si no se hubiesen percatado de la presencia de Luo Ji. El presidente de turno del consejo inició la reunión diciendo:

—Vallado Luo Ji, la Ley de los Vallados fue enmendada en la sesión especial de la Asamblea General de Naciones Unidas que acaba de terminar. ¿Lo sabe?

—Sí —respondió.

—En ese caso, será consciente de que la ley refuerza los controles y restricciones al uso de recursos por parte de un vallado. Espero que hoy el plan que presente se ajuste a las exigencias de la Ley.

—Señor presidente —dijo Luo Ji—, los otros tres vallados tomaron el control de enormes cantidades de recursos para ejecutar sus planes estratégicos. Sería injusto limitar mis propios recursos.

—Los privilegios de asignación de recursos depende del plan concreto, y debe tener en cuenta que los planes de los otros tres vallados no entraban en conflicto con la defensa convencional. Es decir, las investigaciones y desarrollos de ingeniería que realizan se hubiesen ejecutado igualmente de no haber existido el Proyecto Vallado. Tengo la esperanza de que su plan estratégico comparta esa naturaleza.

—Lamento decir que mi plan no es de esa naturaleza. No tiene absolutamente nada que ver con la defensa convencional.

—Entonces, yo también lo lamento. Según la nueva ley, son limitados los recursos que puede dedicar a este nuevo plan.

—Con el antiguo plan apenas podía usar recursos. Por otra parte, no es problema, señor presidente. Mi plan estratégico consume muy pocos recursos.

—¿Al igual que su plan anterior?

El comentario del presidente provocó risitas por parte de algunos delegados.

—Incluso menos. Como he dicho, apenas precisa de recursos —se limitó a añadir.

—En ese caso, veamos —dijo el presidente, asintiendo.

—Será el doctor Albert Ringier el encargado de presentar los detalles del plan, aunque asumo que todos han recibido el dosier correspondiente. Resumiendo: empleando las capacidades del sol para amplificar ondas de radio, enviaremos un mensaje al cosmos con tres imágenes sencillas, junto con información adicional para demostrar que fue una civilización inteligente la que envió esas imágenes, en lugar de ser un suceso natural. El dosier incluye las imágenes.

El auditorio se llenó del sonido del papel en movimiento mientras los asistentes daban con las tres hojas. En la pantalla también aparecieron las imágenes. Eran muy simples. Cada una estaba formada por puntos negros, en apariencia dispuestos al azar, pero todos vieron de inmediato que cada imagen incluía un punto evidentemente más grande, indicado, además, por una flecha.

—¿Qué es? —preguntó el representante de Estados Unidos, quien, al igual que los demás, examinaba las imágenes con atención.

—Vallado Luo Ji, según los principios fundamentales del Proyecto Vallado, no está obligado a responder a esa pregunta —le recordó el presidente.

—Es una maldición —dijo.

Los murmullos y ruidos de papeles se detuvieron de inmediato. Todos miraron en la misma dirección; Luo Ji supo así la posición de la pantalla que mostraba su imagen.

—¿Qué ha dicho? —preguntó el presidente entornando los ojos.

—Dijo que es una maldición —repitió en voz alta alguien sentado en la mesa circular.

—¿Una maldición, contra quién?

Luo Ji respondió:

—Contra los planetas de la estrella 187J3X1. Por supuesto, también podría actuar directamente contra la estrella en sí.

—¿Cuál será su efecto?

—Ahora mismo eso es una incógnita. Pero hay algo seguro: los efectos de la maldición serán catastróficos.

—Díganos, ¿hay alguna posibilidad de que esos planetas alberguen vida?

—Es una cuestión sobre la que he hablado una y otra vez con la comunidad astronómica. Con los datos de las observaciones actuales, la respuesta es no —dijo Luo Ji, entornando los ojos como el presidente. Y pensó: «Por favor, que tengan razón.»

—Una vez enviada la maldición, ¿cuánto tardará en surtir efecto?

—La estrella se encuentra a unos cincuenta años luz del sol, por lo que como muy pronto la maldición se cumplirá dentro de cincuenta años. Pero tardaremos cien años en observar sus efectos. Recalco que se trata de una estimación optimista. En realidad, podría llevar mucho más tiempo.

Tras un momento de silencio, el representante de Estados Unidos fue el primero en actuar. Lanzó a la mesa las tres hojas impresas con sus puntos negros.

—Excelente. Por fin tenemos un dios.

—Un dios que se oculta en un sótano —añadió el representante de Reino Unido, provocando risas.

—Más bien un hechicero —dijo el representante de Japón. Jamás habían aceptado a su país en el Consejo de Seguridad, pero lo hicieron de inmediato una vez formado el Consejo de Defensa Planetaria.

—Doctor Luo, al menos ha tenido éxito en concebir un plan extraño y desconcertante —dijo Garanin, el representante ruso que había sido presidente de turno en varias ocasiones a lo largo de los cinco años de Luo Ji como vallado.

El presidente hizo uso del mazo para acallar la conmoción.

—Vallado Luo Ji, tengo una pregunta. Tratándose de una maldición, ¿por qué no la dirige contra el mundo enemigo?

Luo Ji respondió:

—Se trata de una forma de probar la idea. La implementación real debe esperar a la batalla del Día del Juicio Final.

—¿Trisolaris no puede ser el objetivo de la prueba?

Luo Ji negó seriamente con la cabeza.

—En absoluto. Trisolaris está demasiado cerca. Tan cerca que los efectos de la maldición podrían alcanzarnos. Es por esa razón que rechacé cualquier sistema planetario a menos de cincuenta años luz.

—Una última pregunta: ¿qué planea hacer durante los próximos cien años o más?

—Se habrán librado de mí. Hibernación. Deben despertarme cuando se detecten los efectos de la maldición contra 187J3X1.

 

 

Luo Ji sufrió un ataque de gripe de cama mientras se preparaba para la hibernación. Los primeros síntomas no fueron muy diferentes a los de otros. Moqueo nasal y una ligera inflamación de garganta. Ni él ni nadie más le dio la más mínima importancia. Pero a los dos días empeoró y tuvo fiebre. Al médico le resultó muy poco habitual y se llevó una muestra de sangre de vuelta a la ciudad para su análisis.

Aquella noche Luo Ji la pasó envuelto en el estupor de la fiebre, atormentado sin pausa por inquietos sueños donde veía a las estrellas del cielo arremolinarse y bailar como granos de arena sobre la piel de un tambor. Incluso percibía la interacción gravitatoria que se producía entre las estrellas: no era un movimiento de tres cuerpos, ¡sino un movimiento de doscientos mil millones de cuerpos al incluir todas las estrellas de la galaxia! Después las estrellas se acumulaban creando un enorme vórtice, y formando esa espiral desquiciada el vórtice, volvía a transformarse: ahora era una serpiente conjurada a partir de la plata sólida de cada estrella. Un rugido le taladró el cerebro...

El teléfono despertó a Zhang Xiang sobre las cuatro de la mañana. Era el líder del Departamento de Seguridad del Consejo de Defensa Planetaria, quien, empleando un tono de lo más severo, le exigió que le informase de inmediato sobre el estado de Luo Ji y ordenó que la base entera pasase a situación de emergencia. Ya iba de camino con todo un equipo de expertos.

El teléfono volvió a sonar en cuanto colgó. En esta ocasión era el médico desde el sótano diez, quien le comunicó que el paciente había empeorado gravemente y que ahora se encontraba en estado de shock. Zhang Xiang tomó de inmediato el ascensor para bajar. El médico y la enfermera, ya los dos en estado de pánico, le comunicaron que en medio de la noche Luo Ji había empezado a escupir sangre y ahora se encontraba inconsciente. Zhang Xiang vio a Luo Ji tendido en la cama. Tenía los labios de color violeta y el cuerpo apenas manifestaba ninguna señal de vida.

Pronto llegó el equipo, compuesto por expertos del Centro Chino para el Control y Prevención de Enfermedades, médicos del hospital general del ejército y todo un grupo de investigación de la Academia de Ciencias Médicas Militares.

Mientras seguían el estado de Luo Ji, un experto de la Academia se llevó a Zhang Xiang y a Kent a un lado y les describió lo que pasaba:

—Hace un tiempo la gripe llamó nuestra atención. Su origen y características nos parecían muy anormales. Ahora tenemos claro que se trata de un arma genética. Un misil dirigido genético.

—¿Un misil dirigido genético?

—Se trata de un virus modificado genéticamente y muy infeccioso. Pero en la mayoría de la gente solo provoca ligeros síntomas de gripe. Sin embargo, el virus posee cierta habilidad de reconocimiento que le permite identificar los detalles genéticos de un individuo en concreto. Una vez ha infectado al objetivo, crea toxinas mortales en su sangre. Ahora conocemos la identidad del objetivo.

Zhang Xiang y Kent se miraron. La incredulidad dejó paso a la desesperación. Zhang Xiang palideció e inclinó la cabeza.

—Acepto toda la responsabilidad.

El investigador, un coronel veterano, le dijo:

—Director Zhang, no diga eso. Algo así no tiene defensa posible. Aunque sospechábamos que el virus tenía algo raro, jamás se nos ocurrió esta posibilidad. La idea de un arma genética se propuso por primera vez a finales del siglo pasado, pero nadie creyó jamás que alguien pudiese llegar a fabricarla. Y aunque es imperfecta, es una aterradora herramienta para asesinar. Basta con extender el virus en las inmediaciones del objetivo. O mejor dicho, ni hace falta saber dónde se encuentra el objetivo: basta con extenderla por todo el planeta y probablemente acabaría afectando al objetivo.

—No, acepto toda la responsabilidad —dijo Zhang, cubriéndose los ojos—. De haber estado aquí el capitán Shi, algo así no habría sucedido. —Bajó la mano y mostró los ojos cubiertos de lágrimas—. Sus últimas palabras antes de hibernar fueron para advertirme de lo que usted ha dicho: sobre no tener defensa. Me dijo, «Xiao Zhang, nuestro trabajo nos exige dormir con un ojo abierto. No tenemos ninguna garantía de éxito y hay ataques de los que no nos podemos defender».

—¿Qué hacemos ahora? —preguntó Kent.

—El virus ha penetrado mucho. El hígado y las funciones cardiovasculares del paciente ya han fallado y la medicina moderna ya no puede hacer nada. Hibérnenle en cuanto sea posible.

Tras un largo tiempo, Luo Ji recuperó un poco de la conciencia que había perdido. Sintió frío, un frío que parecía emanar del interior de su cuerpo y se extendía hacia fuera, como si fuese una luz que congelaba el mundo entero. Vio una zona como nevada que al principio no era más que un blanco infinito. Luego, en su mismo centro apareció un punto negro, y gradualmente pudo distinguir esa forma que conocía tan bien: Zhuang Yan sosteniendo a su hija. Luo Ji recorrió con dificultad una extensión nevada tan vacía que casi carecía de dimensiones. Ella estaba envuelta en una bufanda roja, la misma que llevaba siete años antes, la noche nevada en que la había visto por primera vez. La niña, con el rostro enrojecido por el frío, agitó desde el regazo de su madre las dos manos y gritó algo que fue incapaz de entender. Quiso seguirlas por entre la nieve, pero la joven madre y el bebé desaparecieron totalmente. A continuación, él mismo se esfumó y el mundo nevado se contrajo hasta formar un delgado hilo de plata, que en la ilimitada oscuridad fue todo lo que quedaba de su conciencia. Era el hilo del tiempo, una hebra delgada e inmóvil que se extendía al infinito en ambos sentidos. Su alma, enhebrada en ese hilo, se deslizaba con delicadeza y a velocidad constante hacia el incognoscible futuro.

Dos días más tarde, un potente flujo de ondas de radio de alta frecuencia fue de la Tierra al sol, atravesando la zona de convección para llegar al espejo de energía que era la zona de radiación, donde su reflejo, amplificado cientos de millones de veces, transportó a la velocidad de la luz la maldición del vallado Luo Ji hacia el cosmos.