ESTAMOS en tercero. La maestra Zu es bonita. Sonríe tapándose la boca. Nos dijo a todos que íbamos a ser amigos y que íbamos a aprender muchas cosas. Después se volvió al pizarrón, puso la fecha y en la esquina del pizarrón dibujó una florecita. Le quedó preciosa, parecía una rosa verdadera.
Después nos pidió que dijéramos nues tro nombre para irnos conociendo y que habláramos de nuestro juego preferido. Y ahí se oyó a Paulina, que siempre quiere ser la primera, que tiene la voz de pito, pero la hace peor cuando habla con un profesor.
—A mí me gusta estudiar, maestra —dijo inclinando su cabeza de ladito.
—Gracias —dijo Zu—. Estoy segura que debe de haber también juegos que te gusten.
—A mí me gusta el fut —dijo el gordo B. con su voz potente—. ¡Ah!, y me llamo Basileo.
Se oyeron risas. Eso de las risas por los nombres es un tema que… que comentaré más adelante.
—Me llamo Liliana y me gusta trepar a los árboles.
—Soy Tere y a mí me gustan las muñecas.
—A mí también, maestra —interrumpió Paulina.
—Me llamo Miguel y me gusta patinar.
Ya se estaba acercando al pupitre que compartíamos Peter y yo.
—Me llamo Pancha —dije y se oyeron dos risitas, la de Paulina y otra que no supe reconocer.
—Me llamo Francisca —corregí con los cachetes calientes— y también me gusta trepar a los árboles.
—Copiona —me susurró la niña de atrás que ahora no me acuerdo cómo se llamaba.
Y le tocó a Peter. Se puso de pie. Él siempre hacía eso cuando tenía que dar una respuesta. Creo que se lo enseñaron en las escuelas de otro país de donde él vino. Peter se puso de pie y abrió la boca. No salió ningún sonido.
—¿Cómo te llamas? —repitió la maestra.
Peter volvió a abrir la boca, completamente rojo. Los ojos le brillaban, como si fueran de vidrio. Como yo tengo algo de experiencia, sé que estaba deteniendo como podía las lágrimas.
—Pe-pe-ter.
Explosión de risas y repetición en eco. Pipíter, Pipíter, se escuchaba de banca en banca.
La maestra Zu levantó una mano como si fuera policía de tránsito. Las risas se detuvieron.
Zu se acercó a nuestra mesa y lo miró a los ojos.
—No te preocupes, Peter, ya me dirás después a qué te gusta jugar.
Yo me fijé en que ella tenía los ojos como una tarde de lluvia, o sea, grises. Como esto lo escribo después de que ha pasado todo, me puedo dar unos lujos poéticos. Cursiladas, diría mi papá.
Los demás continuaron diciendo sus nombres. Yo me fijé en que me dolía el corazón y que tenía los puños apretados. Peter había puesto sus manos sobre el pupitre y las levantó dejando una huella húmeda. Me quedé rumiando. Peter debía estar odiando su nombre tanto como yo.
Desde hace un tiempo llegaba yo a mi casa de mal humor:
—Mamá, ¿por qué me pusiste Francisca?
—Por tus padrinos, hija, ya te lo he dicho.
Por mis padrinos, pensaba yo; por ellos siempre hay alguien que se ríe de mí. No sé por qué pero a algunas personas Pancha les suena gracioso; parece que solamente estuvieran acostumbrados a Pancho. A otros les parece un nombre poco elegante, poco femenino, como si uno pudiera ponerse moños hasta en el nombre.
Al principio, no comprendía qué pasaba y miraba a mi alrededor buscando lo chistoso. Con el tiempo, fui aprendiendo a apretar los puños y a cerrar los ojos cuando decía mi nombre. Después, aprendí a decir “Pancha” como si dijera una cosa muy valiente. Pero el día que pasó lo de Pipíter sentí que en ese pupitre habíamos perdido una batalla.
La clase siguió. Los demás continuaron diciendo sus nombres elegantes mientras Peter y yo, sin ponernos de acuerdo, cruzamos los brazos y yo me puse a mirar las nubes por la ventana, mientras que él seguía mirando las manchas de sudor que dejaron sus manos sobre la mesa.
El gordo Basileo estaba mirándose el ombligo.