IV
En el gobierno de Michoacán y en la antesala de la presidencia
1928-1934
La vocación por la vida provinciana, la campaña y el instinto de anidación
Considero que para conocer la voluntad del Pueblo, no necesito dinero.
LÁZARO CÁRDENAS, 10 de enero de 1928
Desde 1921 el general Cárdenas había mostrado sus intenciones de retornar a la vida civil, solicitando al general Calles su apoyo para montar un aserradero en Michoacán. Pero las vicisitudes del medio castrense lo regresaron al mando de su regimiento. Al poco tiempo volvió a la guerra y estuvo al borde de la muerte. A pesar de ello continuó su carrera militar hasta convertirse en un imprescindible alfil del régimen callista durante la conflictiva situación internacional generada entre petroleros y gobierno federal en las Huastecas entre 1924 y 1928. A lo largo de estos años, Cárdenas aprovechó cualquier oportunidad para regresar a su terruño, no sólo para cumplir responsabilidades como ocupar el puesto de jefe de operaciones militares o el de gobernador sustituto, sino para velar por el bienestar de su parentela que vivía entre Jiquilpan y Guadalajara. En aquella región nororiental de Michoacán así como en los rumbos de Tierra Caliente o Morelia, al igual que en la zonas boscosas y lacustres de la meseta tarasca, el general había establecido querencias importantes.
Desde luego, la más significativa estaba en Jiquilpan. Había heredado la casa donde vivió durante su primera juventud con su padre, su madre, su tía Ángela y sus hermanos. Con el tiempo adquirió los terrenos aledaños a aquel solar originario y logró construir una pequeña residencia al estilo tradicional michoacano con tres patios: uno para los dueños, otro para los domésticos y otro para los animales. En ese espacio vivirían, después de la muerte de su madre en 1923, sus hermanas y hermanos menores, junto con su tía Ángela. Él mismo tendría ahí su despacho y alojamiento, en un inicio sólo para él pero después también para su esposa e hijos, cuando visitaran Jiquilpan. Esa casa no la concluyó sino hasta los años treinta y en varios momentos le añadió alguna construcción. El solar creció de tal manera que incluso con el tiempo pudo donar el patio trasero para que se convirtiera en un jardín de niños. Según uno de los mejores cronistas de aquellas regiones, el historiador, Álvaro Ochoa Serrano, ésa fue la razón por la que Jiquilpan adquirió el mote de cardenista y jacarandosa.1 Él mismo contaría una anécdota curiosa sobre la residencia de los Cárdenas en aquel terruño del noroeste michoacano: Ya siendo expresidente, el general le compró a su vecino Cucho Martínez la casa que colindaba con la suya. A la semana Cucho empezó a quitarle las tejas a la morada recién vendida. El General le preguntó: “¿Por qué le quitas las tejas, hombre Cucho?” El interpelado contestó: “Le vendí la casa, no las tejas, general”.2
Muchos años antes, mientras levantaba el cuartel general en Villa Cuauhtémoc, Veracruz, y tal vez sintiendo cierta nostalgia por sus primeros tiempos revolucionarios, Cárdenas quiso concretar su deseo de hacerse de alguna propiedad en tierras michoacanas para llevar cierto ganado cebú que lo había impresionado en los pastizales huastecos. En septiembre de 1926 se escapó algunos días de sus obligaciones militares y aprovechó una visita a Apatzingán para reunirse con Leonardo Neill, aquel norteamericano que era esposo de su prima hermana, Julia del Río, hija de José María, su tío que lo había recibido en la hacienda La Concha durante sus andanzas de revolucionario en 1913. Neill y Cárdenas decidieron comprarle a la señora María Carreón, viuda de don Miguel Silva, el exgobernador maderista michoacano, la hacienda de San Antonio Tangamacato. Como el General no tenía capital suficiente le pagó a su pariente abonos hasta llegar a los 18 000 pesos correspondientes a su inversión. Ambos decidieron entonces dividir la propiedad: la finca de Agua Buena quedó en manos de Neill y Cárdenas adquirió una superficie de 2 500 hectáreas a la que llamó California. En esa tierra que no era más que un gran terreno de monte, el michoacano sembró árboles frutales y crió ganado.3 Posteriormente se levantaría el ejido Colonia Cenobio Moreno y el General cedería 420 hectáreas para la construcción del hospital civil de Apatzingán. Otras más las daría a “compañeros de armas que lucharon en las filas de la Revolución”. Finalmente restarían alrededor de 150 hectáreas que formarían el rancho Galeana, nombre con el que se conoció eliminar propiedad de los Cárdenas en aquella región.4
Hacia finales de 1927 y principios de 1928 el General tenía en mente que sus próximos años los dedicaría a encabezar el gobierno de Michoacán por lo que buscó una propiedad más cercana a la capital del estado. Para ello escogió un terreno en las afueras de Pátzcuaro, muy cerca de la estación del ferrocarril y a un centenar de metros del embarcadero principal. Se trataba de una ladera de un pequeño cerro que subía por la parte suroriental de la población, justo a un costado del límite marcado apenas por la carretera que llegaba hasta las goteras de la magnífica plaza de Don Vasco. Aquella avenida ascendía custodiada por unos eucaliptos que, con los años, se convertirían en gigantes. Dichos árboles distintivos de esa señorial vereda marcaban la subida que llegaba hasta la entrada principal del pueblo. Desde la cima del mediano promontorio adquirido por el General la vista hacia el lago era prodigiosa, ya que además de la inmensa superficie lacustre con su isla Janitzio al centro, el horizonte dibujaba a la izquierda las verdes colinas de El Estribo; al fondo podía verse la sierra de Pichátaro, más hacia la derecha el pico del Parían, y los poblados de San Jerónimo y Chupícuaro, y ya en el extremo oriente la imponente mole de la montaña del Tariácuri. Dicha finca fue llamada La Eréndira y ahí Lázaro Cárdenas se construiría una gran casa, a partir de 1928, con un magnífico mirador que dominaba la región. En los alrededores plantaría una huerta de árboles frutales y ordenaría un jardín repleto de caminitos y vericuetos capaces de recorrer la propiedad entera. Ése sería su primer hogar de hombre casado. Ahí, su futura esposa, Amalia Solórzano Bravo, también contribuiría a convertir La Eréndira en un vergel. No lejos de aquella propiedad el general Francisco J. Múgica también edificaría, años más tarde, su granja La Tzipecua, en el camino rumbo a Tzentzénguaro y Huecorio, también casi en las orillas del hermoso lago de Pátzcuaro.
En los primeros días de marzo de 1928 Cárdenas inició su campaña para gobernador de su estado natal. La Confederación de Partidos Revolucionarios de Michoacán y la Alianza de Partidos Socialistas de la República Mexicana estrecharon sus vínculos y, teniendo en cuenta su militancia a favor del candidato que nuevamente se lanzaba para llegar a la presidencia de la nación, el general Álvaro Obregón, decidieron formar un frente único. Se llamó simplemente la Unión de Partidos, misma que apoyó también la candidatura del general Lázaro Cárdenas al gobierno de Michoacán. Mientras, a nivel nacional, la Alianza terminó disolviéndose para formar el Bloque Obregonista de la Cámara de Diputados, comandado por el impetuoso representante popular de San Luis Potosí, Gonzalo N. Santos; a nivel local, dicho grupo quedó bajo el mando del diputado Melchor Ortega.5 Este último, aunque a principios de aquella década fue un terrateniente rico terracalentano opositor al gobierno de Múgica no tardó en convertirse en un entusiasta promotor de la candidatura cardenista, demostrando que para 1928 ya tenía una gran capacidad organizativa. Desde mayo del año anterior Ortega logró unificar a los partidos revolucionarios michoacanos en una convención a la que asistieron alrededor de 600 delegados de comunidades agrarias y organizaciones obreras. Ahí no sólo se declararon a favor de la candidatura del general Álvaro Obregón para presidente de México, sino que orientaron su militancia a favor de Cárdenas, quien entonces cumplía con el principal requisito para ser considerado candidato a la gubernatura michoacana: su comprobada filiación callista y el visto bueno obregonista.
Otras personalidades también participaron en el primer impulso de Cárdenas como candidato a la gubernatura de Michoacán, entre los que destacaban Silvestre Guerrero, líder de la Coalición de Partidos Socialistas del Estado, y Justino Chávez, quien junto con José Solórzano, Perfecto Carranza, Silecio Morales y Francisco Campos, eran los líderes de la Liga Agraria de aquella entidad federal. Chávez había sustituido a Primo Tapia como representante de los agraristas de la región de Zacapu. Los miembros de la Liga Local Comunista de Morelia también apoyaban a Cárdenas. Sin embargo fue Melchor Ortega quien logró juntar a izquierdas y derechas a favor del michoacano tan leal al presidente Plutarco Elías Calles.6
Sin embargo, existían otros méritos que contaron a favor del jiquilpense: había participado en los intentos de pacificación del estado a finales de la década anterior; se destacó como militar independiente durante la conflictiva gubernatura de Francisco J. Múgica, de 1921-1922; y había mantenido una ambigua alianza con la clase política michoacana, tanto del lado de los agraristas como de los poderes Legislativo y Judicial. También cultivaba amistades y tratos con ciertas personalidades que ya habían formado parte del poder ejecutivo estatal, como Pascual Ortiz Rubio y Porfirio García de León. Cárdenas era igualmente amigo de varios terratenientes y caciques locales, como los Canedo y los Aldrete por los rumbos de Maravatío,7 los Landa y Piña de Zitácuaro8 o los Mendoza Guízar de Cotija.9 Estas alianzas se dejaron ver en el banquete que la clase política, y por instancias del mismo Melchor Ortega, le ofrecieron a Cárdenas en Morelia a finales de agosto de 1927.10 A partir de entonces quedó claro que el jiquilpense sería prácticamente el único contendiente en la sucesión gubernamental.
El 3 de marzo de 1928 Cárdenas pidió licencia para separarse del servicio activo y “dedicarse a asuntos políticos”.11 La campaña empezó de manera simbólica en su natal distrito de Jiquilpan. Al general Calles, Cárdenas le escribió que quería comenzar en el nororiente de Michoacán, no sólo porque de ahí era oriundo, sino porque por ese rumbo la guerra cristera había cobrado singular virulencia, especialmente en la región de Coalcomán. De Jiquilpan, ubicado casi en las riberas del Lago de Chapala, a Coalcomán, situado en el extremo norponiente de Tierra Caliente, había una considerable distancia. Sin embargo, Cárdenas se ofreció a recorrer esos rumbos “con el objeto de cooperar a la pacificación de aquella zona”.12 Frente al presidente Calles, Cárdenas presentaba aquel proceso de apaciguar a su estado como si fuera una responsabilidad personal y haría lo posible por lidiar con los “fanáticos rebeldes” antes de que terminara el periodo presidencial del sonorense en diciembre de 1928. Esto lo empujaría a tratar de cumplir la primera meta que como candidato de apenas 33 años de edad se propuso lograr en los primeros meses de su gobierno: terminar con la guerra cristera en su estado.13
No obstante apenas se encontraba en los inicios de su campaña para la gubernatura cuando arribó a Coalcomán. Allí se enteró de que los alzados comandados por Gregorio Guillén estrechaban sus vínculos con otros cristeros de más al sur y al oriente de aquella entidad federal. Entre Zitácuaro, Angangueo y Tlalpujahua se mantenían alzados Elías Vergara y Benjamín Mendoza; allá por la Sierra Fría que se levantaba desde Morelia hasta Ciudad Hidalgo los campesinos armados seguían los designios de su fe lidereados por el carismático Simón Cortés, y éstos a su vez también reconocían, por la región lacustre de Pátzcuaro y Zirahuén, entre las localidades de Quiroga y la Huacana, a Ladislao Molina, a Modesto Durán y a Jerónimo Medina.14 Todos ellos estaban en pie de lucha contra el gobierno de Calles y de ninguna manera representaban la visión romántica de los campesinos que parecía permear en cierta concepción agrarista de entonces. Una historiadora estadounidense resumía la idealización de los trabajadores del campo michoacanos como “el lugar común de la insensibilidad”.15
Afiche de propaganda política del candidato al gobierno del estado de Michoacán (colección Casa Katz).
A pesar de los primeros encuentros con las turbulencias sociales del estado a principios de 1928, como se acostumbraba en las giras políticas, Cárdenas siguió su recorrido por diversas localidades, mucho más allá de las ciudades de Morelia, Zamora o Uruapan. El General viajó por los rumbos de Ario de Rosales, Ajuno, Tiríndaro, la Cañada de los Once Pueblos y el Cortijo, en donde, además de ver a los campesinos formando frentes a favor de la “lucha social”, le sorprendió que las mujeres también se organizaran en sindicatos. Así se lo hizo saber en una carta a su amigo y mentor Francisco J. Múgica.16 Como Cárdenas no era un hombre con facilidad de palabra y carecía de las dotes de un jilguerillo político, no tardó en pedirles a sus colaboradores que hicieran las veces de oradores en los mítines y reuniones que celebraría durante la campaña. Cada uno se especializaría en un tema relevante: Juan Manuel Castillo se ocuparía de los asuntos religiosos, Carlos González Herrejón de los problemas agrarios, Donaciano Carreón trataría la materia de las cooperativas, y Antonio Mayés Navarro hablaría sobre la escuela y su trascendencia en el proyecto de emancipación social del campesinado.17
En los primeros días de abril de 1928 Cárdenas recibió la noticia de su promoción a general de división, aunque todavía debía ser ratificado por el Senado de la República, lo que sucedería hasta octubre de ese año.18 De cualquier manera dicha promoción sirvió para que le expresara al general Calles su amistad y lealtad, como lo afirmó en una carta: “que seguirá guiándose en la ideas revolucionarias y ejemplo de honradez que nos ha señalado usted”.19 Aquel “chamaco” no perdía la oportunidad de ratificar su filiación callista, ahora que la estrella sonorense parecía orientar su luminosidad hacia los flancos del general Álvaro Obregón, cuya campaña aparecía en todos los diarios y revistas del momento. Aprovechando los buenos términos en los que se encontraba la relación de Cárdenas con el gobierno federal, éste decidió echarle una mano a su amigo, el general Francisco J. Múgica, apoyando su solicitud para reingresar al ejército. La respuesta se tardaría un poco más, pero quedaba claro que poco a poco se harían las paces entre los sonorenses y el michoacano rebelde.20
La gira de Cárdenas continuó durante los meses de abril y mayo, aunque si bien destacaba el esfuerzo por llegar a los campesinos y a los obreros michoacanos, por lo general las propuestas políticas, sociales y económicas del joven candidato se quedaban entre los representantes oficiales y las autoridades locales, o cuando mucho entre las llamadas “fuerzas vivas”. Por más que se mezclara entre los hombres del campo y las fábricas, sus ideas y proyectos no lograban arraigar entre las huestes de acarreados y analfabetos. Habría que reconocer que entonces los revolucionarios solían reflejar sus méritos y fracasos a través de representaciones contradictorias: se percibían con mucha complacencia, por lo que difícilmente reconocían el mínimo arrastre de sus liderazgos. Entre ellos se adulaban y cortejaban, pero vivían en medio de una popularidad bastante menguada y artificial cuando no era demasiado obvio el contundente rechazo generado por la suspicacia y el resentimiento de sus gobernados. En la segunda mitad de los años veinte la decepción y el desencanto permeaban los ánimos que antes habían exaltado los ideales revolucionarios, y una cruel desilusión se dejaba sentir entre diversos sectores de la sociedad mexicana.
A pesar de sus discursos y sus giras Lázaro Cárdenas carecía de simpatías generalizadas entre el pueblo michoacano; no era entonces la figura popular en la que se convertiría años después. La revolución que trataba de implantar y de la que se hablaba en los discursos políticos “vista desde abajo, aparecía más como arbitrariedad, corrupción y caciquismo”.21 Una natural desconfianza se percibía a la hora de presentar los programas de gobierno y era más notoría durante los momentos en que el candidato se acercaba a la gente para entender las problemáticas locales. El mundo rural marcaba claramente su distancia frente a los revolucionarios arrogantes y pretenciosos. Para colmo, el candidato Cárdenas, por más que se presentó como mediador y sosegado, representaba también a un gobierno que desde mayo de 1926 había confrontado a la iglesia católica, una institución que fungía desde épocas muy remotas como una aliada natural del mundo rural michoacano. El enfrentamiento entre la iglesia y el gobierno revolucionario provocó el cierre de templos y escuelas confesionales lo que implicaba que muchos campesinos humildes se sintieran desamparados e inseguros. Tal circunstancia generó una enorme animadversión hacia las autoridades oficiales, que para entonces debían lidiar con una fuerza rebelde que oscilaba entre los 12 000 y los 8 000 cristeros tan sólo en Michoacán.22 La mayoría campesina, católica e iletrada, culpaba al gobierno por no poder ir a misa, impedir el matrimonio bajo el amparo de la iglesia o contrariar la posibilidad de bautizar a sus hijos. Tampoco era posible confesarse o pedir redención por los pecados, mucho menos tener acceso a recibir los santos oleos. En Michoacán, entre los pueblos que se encontraban en plena rebeldía destacaban San Juan Parangaricutiro, Cotija, Sahuayo, Puruándiro, Coalcomán, Yurécuaro, San José de Gracia, Parácuaro, Peribán y Cojumatlán.23 En muchas ocasiones la comitiva del candidato Cárdenas arribó a las comunidades lejanas con calles abandonadas y gente enclaustrada. De vez en cuando las autoridades civiles los recibían, pero sólo se presentaban con quejas y descreían las posibles soluciones que se les ofrecían.
Sin embargo, en medio de este panorama trágico y de violencia latente, sucedían otros momentos festivos y condescendientes. Uno de ellos ocurrió en los primeros días de junio de 1928, al final de la campaña. El candidato Cárdenas y sus partidarios llegaron a Tacámbaro, un pueblito pintoresco y acogedor, de unos 10 000 habitantes, enclavado en la sierra purépecha, con calles estrechas, casas blancas ordenadamente alineadas y decoradas con guardapolvos rojos y techos de teja. Era una población rodeada por bosques espesos y montañas de color esmeralda, algunas de ellas con antiguos cráteres que contenían espejos de agua cristalina. El poeta y novelista José Rubén Romero le había dedicado los siguientes versos versos:
Cuando sentí el aroma de tus verdes laderas
y contemplé tus casas con insaciable anhelo
pensé que eras el mago país de las quimeras
y un escalón de rosas para subir al cielo.24
Ahí en Tacámbaro la población recibió al candidato y a su comitiva con música y una lluvia de confeti. Venían de recorrer otros pueblos de la región y cuando entraron por las calles empedradas, desde un balcón en la plaza central unas jovencitas saludaron risueñas al General arrojándole puños de papel picado. Entre esas muchachas destacaba una chica de 17 años de nombre Amalia, quien era la mayor de las seis hijas de doña Albertina Bravo y don Casimiro Solórzano, un afamado ranchero y comerciante de Tacámbaro, dueño de un molino de aceite y de una fábrica de jabón.
“Yo me di cuenta de que él se dirigió a mi saludándome con el sombrero”, contaba doña Amalia años después al recordar su encuentro con Lázaro Cárdenas. “Le pregunté a la esposa del recaudador de rentas si era casado y ella me respondió: ‘No, no es casado pero tiene por ahí una chamaca’”.25 Desde su cabalgadura hasta el balcón que daba a la plaza principal de Tacámbaro, el candidato cruzó varias veces la mirada con esa joven reconociendo su “mutua la simpatía”.26 La comitiva y el General continuaron con la gira y permanecieron tres días en dicha población, recorriendo la región por los rumbos de Santa Clara y posteriormente siguiendo hacia Ario de Rosales. Al parecer Amalia y Lázaro se encontraron en varias ocasiones. En una de sus remembranzas ella comentó que en la noche del arribo del candidato a Tacámbaro “le ofrecieron una cena muy sencilla” en su casa. “Yo traté de arrojarle confeti al subir la escalera, pero él metió la mano a la bolsa y me echó el confeti. Esa noche platicamos un rato y al día siguiente me escribió diciéndome que volvería la otra noche.”27
La señorita Amalia Solórzano Bravo de Tacámbaro, Michoacán
(colección Familia Cárdenas).
En otras memorias un tanto más formales, doña Amalia recordó que, durante la segunda noche, una familia destacada de Tacámbaro, los Espinosa, prestaron la huerta de su casa, llamada Los Pinos, para que las monjas del colegio de dicha población agasajaran al candidato. Doña Albertina, mamá de Amalia y muy amiga de la madre superiora, ofreció a sus hijas para ayudar en el servicio. Si bien en esa ocasión no tuvieron oportunidad de cruzar palabra, al final de la cena Lázaro se las agenció para dejarle una tarjeta a Amalia en la que le anotó que regresaría al día siguiente. “Así transcurrieron tres días. Desde ese momento me mandó tarjetitas informándome adónde iba y a qué horas regresaba. En cortos encuentros nos tratamos.”28
Como buena familia provinciana, los papás de Amalia la traían cortita. Al parecer desde que cumplió los nueve años la habían puesto a disposición de las monjas de la localidad. A partir de los 11 años, la enviaron a un convento a la Ciudad de México en el barrio de Tacuba.29 Su padre era notablemente conservador y consideraba que el general Cárdenas era “un rojillo”. De cualquier manera, después de aquellos días en que el candidato permaneció en el pueblo de Amalia, la pareja se consideró comprometida. Tácitamente doña Amalia contaría: “Estuvo tres días en Tacámbaro y al irse ya éramos novios”.30 Aunque al parecer Lázaro dio un paso más allá pues deseaba satisfacer con rapidez su ideal de emparejarse para construirse un nido. Según doña Amalia “recién que nos conocimos, me dijo el General que le gustaría que nos casáramos antes de que tomara posesión del gobierno de Michoacán”.31 Eso debía de sucedería sólo un par de meses después, a mediados de septiembre. Según sus planes, él regresaría en julio a Tacámbaro para pedirla.
Tanto la madre como el padre de Amalia se opusieron tajantemente. Doña Albertina quiso enviarla de inmediato al convento de la Ciudad de México, pero el padre mandó a hija y madre juntas a Puebla, para que estuvieran una temporada con sus hermanas o tías, lejos de Tacámbaro y del osado general jiquilpense. Don Casimiro se quedaría a cargo de los hermanos menores de Amalia, que entre todos sumaban ocho: dos hombres y seis mujeres. De cualquier manera, la relación entre Amalia de 17 años y Lázaro de 33, se mantuvo por medio de cartas, notas y de vez en cuando de algunos mensajes, que el General enviaba y que ella respondía diligentemente durante los siguientes cuatro años.
En vista de la oposición inicial de los padres de Amalia, los novios decidieron que esperarían hasta que el General terminara su mandato en Michoacán para casarse. Mientras tanto intentarían aprovechar la mayoría de las visitas de Lázaro a la Ciudad de México o cualquier estancia de Amalia en Tacámbaro para encontrarse. Cuando ella regresaba a la sierra purépecha, solían encontrarse en un puente en construcción en la brecha que unía Tacámbaro con Pátzcuaro. A ese sitio lo nombraron Uruapan, y la clave para concertar sus citas era cuando el General escribía que “iba a salir a Uruapan”. También se citaban en El Ciprés, el rancho de don Casimiro, el padre de Amalia, que quedaba a unas horas cabalgando desde Pátzcuaro. “Con mi hermana nos salíamos a caballo y nos veíamos con el General en alguna parte del rancho o en el cerro.” Estos encuentros no carecía de cierto peligro, ya que para entonces los cristeros rondaban por los caminos y veredas de la región. Incluso en alguna ocasión unos rebeldes se le acercaron al padre de Amalia para comentarle que “tu hija con alguna frecuencia se escapa a tal lugar y un día va a caer el gobierno y ella en nuestras manos. Si no lo hemos hecho es por consideración que te tenemos a ti y a la familia, pero tu hija se escapa seguido a la carretera”.32 Independientemente de esos riesgos, lo que quedaba claro era que la atracción que sentían aquellos jóvenes resultaba tan intensa como para que ella se escapara y él cabalgara ocho horas desde Pátzcuaro o Uruapan para encontrarse.
Unos días después del primer lance de Lázaro con Amalia se celebraron las elecciones para gobernador y diputados locales de Michoacán.33 El 10 de junio culminó el proceso, y aunque Cárdenas era el único candidato para encabezar el gobierno de aquella entidad federativa, los comicios para elegir las representaciones legislativas estuvieron plagados de conflictos e irregularidades. Los “robos y sustitución de ánforas, fraudulentos, atropellos y presión de las autoridades municipales” estuvieron a la orden del día. En algunos lugares, debido a la agitación cristera, se tuvieron que suspender las elecciones por falta de garantías.34 Aun así la mayoría de los diputados que resultaron electos se identificaron de entrada con el candidato ganador. El general Cárdenas llegaría a la gubernatura con un importante soporte político, al que no sería muy difícil controlar y moldear conforme a sus intereses y proyectos. El apoyo que ahora recibiría de las huestes controladas por Melchor Ortega se sintió desde el siguiente día de las elecciones.
Asimismo, ese 10 de junio la Secretaría de Guerra y Marina nombró al general Lázaro Cárdenas jefe de Operaciones Militares del estado de Michoacán “por el tiempo que falta para tomar posesión del gobierno del estado”, aunque asumió dicha jefatura hasta el 6 de julio.35 En la entrada de sus Apuntes de aquel día también informó sobre un acontecimiento que mostraba la agitación en su estado debido a los constantes asonadas cristeras. Además, tal suceso afectaba particularmente una región que no hacía mucho ocupaba un lugar especial en su corazón: los rumbos de la sierra purépecha donde vivían los familiares de Amalia y donde la conoció. Decía en su anotación del 10 de junio:
Hoy fue asaltado el tren maderero Ajuno-Ario en el km 59, por los rebeldes Ladislao Molina, Elizondo y Nieto, asesinando al señor diputado federal José Carrasco Sandoval, su hermano Carlos y el señor Severo, presidente municipal de Tacámbaro. Inmediatamente se destacaron fuerzas en su persecución.
Hoy salí en tren de Morelia para Pátzcuaro.
Salí de Pátzcuaro para Ario de Rosales a caballo.
De Ario a Tacámbaro a caballo.
De Tacámbaro para Acutzio del Canje a caballo.
Seguí en tren a Pátzcuaro.
Los rebeldes Molina, Elizondo y Nieto son perseguidos por el 5º. Regimiento de caballería y por las defensas del departamento de Pátzcuaro, al mando del señor Santiago Hernández, presidente.36
La responsabilidad militar del general Cárdenas pasaría entonces a ocupar su ánimo con el fin de perseguir a aquellos rebeldes a los que consideraba delincuentes comunes, por el momento haciendo a un lado sus dotes de político negociador.
El asesinato de Álvaro Obregón y los primeros afanes del gobierno en Michoacán
En este país si Caín no mata a Abel, entonces Abel mata a Caín.
ÁLVARO OBREGÓN, 1927-1928
La campaña obregonista para la presidencia de la República no estuvo tampoco exenta de sobresaltos. Las fricciones y combates entre el ejército federal y los cristeros aumentaron poco tiempo después de que el presidente Plutarco Elías Calles promulgara la ley que supeditaba la autoridad de la iglesia a la del estado nacional en 1926. La ley Calles planteaba el necesario registro de todos los sacerdotes como cualquier profesionista ante el gobierno mexicano, prohibía terminantemente la enseñanza de la religión en las escuelas, e indicaba que todo “ministro” religioso debía tener nacionalidad mexicana para ejercer su oficio.37
Además, dicha ley parecía haberse emitido con el fin preciso de atentar en contra de los muy arraigados intereses de la iglesia católica al tocar las sensibles cuerdas de la religión popular y las tradiciones campesinas. Con el fin de resistir a dicha política anticlerical, la alta jerarquía católica decidió suspender el culto público a partir del 1º de agosto de 1926. En las ciudades se inició un boicot contra el gobierno que pedía consumir no más de lo necesario y provocarle una crisis económica al régimen. Algunas agrupaciones como la Liga Nacional de Defensa de la Libertad Religiosa o la Asociación Católica de la Juventud Mexicana intentaron coordinar tanto las resistencias pacíficas como las violentas en las zonas urbanas. La aguda tensión derivó en más violencia y, sin mayor organización ni dirección, la rebeldía armada se propagó principalmente en los estados de Jalisco, Guanajuato, Querétaro, Zacatecas, Colima, Nayarit y Michoacán.
La guerra cristera puso a prueba a buena parte el ejército mexicano. Aun cuando diversos regimientos contaron con el apoyo de armamento moderno, aviones y equipo motorizado, la guerra de guerrillas emprendida por los cristeros mantuvo a raya la milicia federal. Sin embargo los cristeros tenían poca experiencia en la batalla y un armamento exiguo. Las características generales de aquellas huestes correspondían a las de los campesinos armados sin mayores nociones de organización militar y expuesto a los sinsabores de la guerra, con su indignación a cuestas, partiendo a luchar contra el gobierno ateo y anticlerical.
Por otra parte, algunos comandantes del ejército federal aprovecharon la ocasión para beneficiarse y llevar la represión a extremos crueles y salvajes. El general Juan Andreu Almazán le comentaría al general Calles que “los militares negociantes fueron los que obligaron con sus abusos a tomar las armas a la mayor parte de los rebeldes”. Calles respondió: “Tiene usted razón. Yo mismo he tenido que tomar el telégrafo para detener trenes enteros y mandar desembarcar ganado y otros productos de los robos de los tales generales”.38
A pesar de ello todo indicaba que la violencia entre los cristeros y el ejército se mantenía con cierta obcecación porque era necesaria la persistente actividad de los militares callistas. Se pensaba que si estaban activos en menesteres de campaña o de labores de guardia, las insurrecciones dentro del propio medio castrense disminuirían.
El general Luis Alamillo Flores planteó que el presidente Calles tenía “el firme propósito de aniquilar sin discutir los medios, cualquier obstáculo que impidiera el triunfo de la Revolución”, por eso no se dejaría amedrentar por algunos “pequeños brotes de rebelión, aislados y sin importancia”.39 Así, una de las mejores armas del régimen era minimizar el impacto nacional e internacional de la guerra cristera.
Mientras tanto, el 13 de noviembre de 1927 en la Ciudad de México un grupo de católicos radicales arrojó una bomba al coche del general Obregón cuando recorría con amigos la avenida principal del Bosque de Chapultepec. Ninguno de los atacados, ni el general ni sus acompañantes, fue herido de gravedad. Obregón sólo sufrió algunos rasguños. Sin embargo, la persecución de los implicados inició inmediatamente y la mayoría de los participantes en el atentado fueron capturados y torturados. Lo peor fue que algunos inculpados al poco tiempo fueron pasados por las armas, de buenas a primeras. Entre ellos estaba el padre Miguel Agustín Pro Juárez, quien rápidamente se convirtió en mártir y símbolo de la persecución cristera.40
Este atentado confirmaba los rumores de que los católicos tenían la clara intención de matar a quienes consideraban los principales instigadores de la guerra cristera: el general Obregón y el general Calles. El régimen tuvo, una vez más, la oportunidad de mostrar su reacción implacable contra quienes lo desafiaban. El general Obregón, al comentar el atentado y sus consecuencias frente a un grupo de senadores, dijo que se trataba de una “alerta”, pues el clero seguía combatiendo al “obregonismo” que no era “sino la Revolución misma que nos viene marcando sus derroteros, desoyendo las maniobras de individuos y grupos que tratan de desunirlo, y cuyas pugnas entre sí valen siempre mucho menos que los altos intereses de la Revolución”.41 El general Obregón no desaprovechaba la ocasión para hacerse propaganda. Tenía claro que quería volver a la presidencia a como diera lugar.
Durante la primera mitad de 1928 la intensidad de la guerra cristera disminuyó. Por el lado de los rebeldes se pretendió darle cierta dirección militar al movimiento. Las organizaciones rebeldes contrataron al general Enrique Gorostieta —curiosamente agnóstico— como su principal comandante, lo que implicó una necesaria reestructuración de las fuerzas armadas cristeras. Así pues, el natural desgaste de aquel ejército popular mal armado y constantemente asediado hizo imprescindible su repliegue. Pero mientras la situación parecía regresar a la normalidad en algunas regiones, en otras brotaba una nueva fuerza rebelde, mal armada y desorganizada, pero muy violenta y la mayoría de las veces letal. Así sucedió a principios de julio de 1928 en Michoacán con el asalto al tren de Ajuno y el “ajusticiamiento” de seguidores del régimen por parte de los cristeros. El jefe de operaciones militares del estado, Lázaro Cárdenas, quien acababa de ganar las elecciones para gobernador, tomó muy a pecho su responsabilidad e inició una severa persecución con el fin de capturar a los responsables.
Mientras tanto, el proceso y la campaña electoral para la presidencia no se detuvieron. El representante popular y coronel Gonzalo N. Santos, al mando del Bloque Obregonista de la Cámara de Diputados, entró en conflicto con los miembros del Partido Laborista y la CROM, encabezados por el todavía Secretario de Industria, Comercio y Trabajo, Luis Napoleón Morones. Al cuestionar la viabilidad de la reelección y amenazar con el retiro del apoyo al candidato sonorense de parte de estas dos instituciones, la tensión entre los líderes de los trabajadores y los promotores del voto obregonista creció. Al poco tiempo de que el entonces joven líder de los obreros, Vicente Lombardo Toledano, todavía estrechamente vinculado a la CROM, cuestionara la validez de la reelección de Obregón, Gonzalo N. Santos le espetó la siguiente sentencia plagada de fanfarronería: “Bájate de las nubes color de rosa donde andas cabalgando; pon los pies en la tierra, aquí no hay más cera que la que arde, el Manco vuelve a la presidencia y además con la complacencia del general Calles y de completo acuerdo conmigo”.42
Obregón mismo también tuvo ese tipo de desplantes contra los líderes de la CROM, y el distanciamiento entre él y Luis Napoleón Morones intensificó el nerviosismo imperante. Morones, además de ser el mandamás de los laboristas y sempiterno jefe cromista, fungía como parte del gabinete del general Calles y se presentaba como un fuerte aliado del mismo. Entre fuertes rumores de que tanto los católicos como los laboristas pretendían acabar con su vida, el candidato presidencial regresó a la Ciudad de México de una gira de proselitismo y ratificación de alianzas por el estado de Veracruz a finales de junio de 1928. Pocos días antes de celebrarse las elecciones tuvo la desvergüenza de decirle a su hijo: “Viviré hasta que haya alguien que cambie su vida por la mía”.43 Después de concluir su campaña se retiró a su hacienda Náinari en Sonora a esperar los resultados de los comicios.
El 1º de julio se llevaron a cabo las elecciones federales, tanto para la presidencia de la República como para el Congreso de la Unión. El general Obregón saboreó su triunfo en clara alianza con su antecesor, el general Calles, y con algunos miembros importantes de su comité proselitista, como el general Aarón Sáenz, entonces gobernador de Nuevo León, y el coronel Ricardo Topete, su coordinador de escoltas, además de varios amigos y correligionarios como los potosinos Aurelio Manrique y Antonio Díaz Soto y Gama, y desde luego sus leales generales Gonzalo Escobar, Roberto Cruz y Francisco R. Manzo. Estos últimos se hospedaron en la capital en el Hotel Regis, y para nadie era un secreto que se encontraban maquinando la forma en que debían regresar a las primeras filas del poder haciendo a un lado al general Calles.44
El 15 de julio Obregón regresó a la Ciudad de México, ya como presidente electo y se dejó homenajear. Dos días después una delegación de diputados de Guanajuato lo invitó a una comida en el restaurante La Bombilla en el pueblo de San Ángel, al sur de la ciudad. El festejado llegó aproximadamente a las 13:30 y se sentó de buen humor al centro de la mesa principal, custodiado por el general Aarón Sáenz y el jefe de la diputación guanajuatense, Federico Medrano. Al evento asistieron los diputados Enrique Fernández, Antonio Díaz Soto y Gama, Aurelio Manrique, Ezequiel Padilla, José Luis Solórzano, David Montes de Oca, y el médico de cabecera del sonorense, Alejandro Sánchez, entre otros. Amenizada por la orquesta del maestro Alfonso Esparza Oteo, la comida comenzó sin contratiempos. No parecía haber ningún dispositivo de seguridad, salvo un par de agentes y el escolta Ricardo Topete, quien se encontraba departiendo con los demás comensales.
Un dibujante se acercó por detrás al presidente electo mientras comía para mostrarle un par de caricaturas. En el acto sacó una pistola y vació los seis tiros de la misma en la cabeza y la parte superior del cuerpo del general Obregón quien cayó fulminado sobre la mesa. La confusión se generalizó y los más cercanos al sonorense sujetaron al asesino, quien resultó ser un fanático religioso de nombre José de León Toral. Entre golpes y tirones lograron sacar el cuerpo de Obregón para llevarlo de inmediato a su casa. Cuando llegó ya estaba muerto. El asesino fue llevado a la Inspección de Policía, donde lo esperaba el jefe y general Roberto Cruz. Se cuenta que tras recibir la noticia, el general Calles fue de inmediato a la casa de Obregón. Muy disgustado se acercó a la cara inerte del Manco de Celaya, quien se encontraba acostado en el centro de la sala y le espetó: “¿Querías ser presidente, pendejo? Pues no llegaste”.45
El asesinato del general Obregón sorprendió al mundo entero. En 1927 —10 años después de promulgarse la Constitución que fue el resultado legal más relevante del movimiento revolucionario— el poder legislativo modificó la consigna maderista de “no reelección” y logró que se permitiera siempre y cuando no fuera por periodos consecutivos. De esta manera el general Álvaro Obregón, quien fue presidente entre 1920 y 1924, se reeligió en 1928. Sin embargo su aspiración a ocupar por segunda vez “la dirección de los destinos de la Patria y de la Revolución” no fue satisfecha.
El general invicto de la Revolución, el Rayo de la Guerra, en fin el Caudillo, cayó abatido por una serie de disparos a quemarropa, mientras disfrutaba de un último plato de cabrito en mole al sur de la Ciudad de México. La conmoción fue brutal en todos los niveles de la sociedad mexicana. La élite política, el ejército, los ambientes eclesiásticos y el pueblo de México quedaron estupefactos. El escritor Mauricio Magdaleno, testigo de aquel momento, comentó que aún siendo el país particularmtne iletrado: “Fue la primera vez que se vendieron en México toneladas de periódicos”.46
La muerte de Obregón causó una fisura profunda en la dividida élite política mexicana. Un primer sospechoso de estar detrás de la mano del asesinato fue el líder de la CROM, Luis Napoleón Morones; otro fue el mismo presidente Plutarco Elías Calles. Uno de los protagonistas más conspicuos de dicha camarilla, Emilio Portes Gil, quien sería electo para ocupar el puesto de presidente provisional durante 1929, recordó el panorama político tras la muerte de Obregón de la siguiente manera: “Los principales jefes militares y políticos del obregonismo asumían actitudes de franca rebeldía contra el presidente Calles, a quien no vacilaban en acusar públicamente como instigador del crimen. El prestigio del gobierno se debilitaba rápidamente y la autoridad del presidente se discutía en mítines callejeros, en los que lanzaban las más apasionadas acusaciones contra el jefe de la nación y sus más connotados colaboradores”.47
Sin embargo las extrañas confesiones de José de León Toral y sus profundas convicciones religiosas, así como la implicación de la monja Concepción Acevedo de la Llata —la madre Conchita— señalaron inmediatamente a la iglesia católica como cómplice del magnicidio. En el manifiesto que el propio presidente Calles publicó al día siguiente del asesinato, él mismo decía que “el criminal ha confesado ya, con amplitud, que su funesta acción fue movida por el fanatismo religioso”.48 Nuevamente Portes Gil sentenciaría: “Así logró el clero una vez más detener el curso de la Revolución mexicana, al asesinar al mejor intérprete de la misma y al más prestigiado caudillo, evitando que se aprovechara la experiencia y la madurez del presidente electo para el bien del país.” 49
En Michoacán la noticia también se regó como pólvora encendida. El gobernador electo, Lázaro Cárdenas, viajó a la Ciudad de México para mostrar su respaldo al general Calles y ponerse a sus órdenes. Además, después de su nombramiento como jefe de Operaciones Militares de esa entidad, Cárdenas debía entrevistarse con el secretario de Guerra, el general Joaquín Amaro, para solicitar pertrechos y apoyo para controlar los conflictos locales causados por los levantiscos cristeros. Hospedado en un hotel del centro, el mismo día del asesinato de Obregón recibió la llamada de Enrique Aguilar, un primo de Amalia, quien le pidió encontrarse en una casa donde ella pernoctaba con su madre en las calles de Tacuba. “Mi mamá se había salido con una amiga de Guadalajara, Conchita Ochoa, y nos habíamos quedado con Enrique en casa”, contó Doña Amalia. El general se apersonó inmediatamente, “y estábamos muy bien, platicando y todo, cuando en eso oímos que mi mamá llegaba con su amiga. No hallábamos qué hacer con el General. Entonces Enrique y yo corrimos un ropero que era lo único que había, y pusimos al General detrás del mueble”.50 Los dos jóvenes tuvieron entonces que reconocer que tenían al gobernador electo de Michoacán escondido en algún lugar en la casa, lo que al parecer no significó mayores contingencias entre doña Albertina, su hija y su sobrino. Lo más probable es que el General calmara los ánimos de la familia que seguramente se encontraba igual de conmovida que el resto de la sociedad mexicana por el brutal asesinato del presidente electo. Al día siguiente el michoacano regresó a su estado para enterarse sobre cómo habían recibido la noticia las fuerzas vivas de su terruño.
El 19 de julio el general Cárdenas escribió desde Pátzcuaro una carta al general Calles en la que le afirmaba que después de la tragedia no quedaba otra opción más que mantenerse leales, reconociéndole su máxima autoridad le pidió que se cuidara, porque los diablos parecían estar sueltos. Aquella carta decía, en un tono por demás solemne y afectado, lo siguiente:
Ha sido dolorosa y muy sentida la muerte de mi general Obregón, y sus amigos y subalternos llevamos profundo luto por la pérdida del jefe y porque la nación se conmueve ante este nuevo crimen. Ahora, señor, que en vuestras manos ha quedado resolver la situación del país; y en estos momentos en que la nación pone sus esperanzas en usted, tened presente que si un grupo tuvo empeño en asesinar al general Obregón, puede existir otro que tenga igual interés en vuestra muerte, y si esto sucediere, pensad en los trastornos enormes que sobrevendrían al país faltando usted, que es el único que tiene ascendiente en toda la república.
En bien de la patria y de los intereses de la Revolución, cuidad vuestra persona para evitar un nuevo desastre a la nación.
El golpe ha sido tremendo y la situación se presenta a usted con más responsabilidades; pero confiamos en su energía y experiencia, para lograr que el país no sufra trastornos.51
La crisis política no tardó en mostrar sus intenciones destructoras y sediciosas. Los militares reunidos en el hotel Regis conspiraban sin demasiada discreción contra el gobierno del general Calles. Destacaban en el grupo los generales Gonzalo Escobar, Francisco Manzo y el coronel Ricardo Topete, a los cuales se añadían ocasionalmente en sus visitas a la Ciudad de México los generales Francisco Urbalejo y Marcelo Caraveo.
El primer mes que transcurrió después de la muerte del general Obregón fue de gran incertidumbre. A mediados de agosto no se tenía claro si procedía la permanencia en el poder del general Calles una vez que terminara su periodo presidencial a finales de 1928, o si la legislatura saliente debía nombrar a un presidente interino que ejerciera el poder durante un periodo especial y se encargara de organizar el proceso electoral para elegir al Poder Ejecutivo de la nación. El general Calles dijo públicamente que abandonaría la presidencia al concluir su mandato constitucional, aunque no estaba claro si lo hacía por convicción o si estaba llamando a sus partidarios para que le rogaran que se quedara. El día 18 de ese mes el general Cárdenas, fiel a su mentor sonorense, se manifestó a favor de que el general Calles prolongara su mandato por un par de años más para que bajo su mandato se lograra estabilizar la entonces efervescente situación nacional. En un mensaje que le envió al general Rafael Sánchez Tapia, quien en ese momento era jefe de Operaciones Militares del estado de Guerrero, el michoacano se autonombró vocero del “actual sentimiento nacional que se inclina en su mayoría a que debe el sr. gral. Plutarco Elías Calles continuar en el poder por dos años más para asegurar la paz”, y advirtió que si todas las legislaciones locales le enviaban al presidente en funciones esa solicitud de manera conjunta, fijando para ello la fecha del día 10 de septiembre, tal vez sería posible que el sonorense hiciera “el sacrificio de aceptar la designación que de él hace el pueblo mexicano”.52
Sin embargo, el 1º de septiembre de 1928, en su último informe ante el Congreso de la Nación, el general Calles afirmó de manera categórica que por ningún motivo permanecería en el poder más allá del tiempo que le correspondía por mandato constitucional. Unos días después reunió a los principales generales del ejército para presentarles y a la vez imponerles la estrategia a seguir en los próximos meses y así preparar su salida de la presidencia sin mayores contratiempos. A dicha reunión acudieron los generales Joaquín Amaro, Saturnino Cedillo, Juan Andreu Almazán, Abundio Gómez, Agustín Mora, Gilberto R. Limón, Jesús M. Aguirre, Francisco Urbalejo, Francisco Manzo, Roberto Cruz, Gonzalo Escobar, Lázaro Cárdenas y varios más. El todavía presidente Calles les comentó que se avecinaban tiempos turbulentos dado que a finales de noviembre él dejaría la presidencia y era necesario generar un consenso sobre quién ocuparía su lugar de manera interina para proceder a organizar unas nuevas elecciones. Les planteó que, como miembros del ejército, era preferible que ninguno de ellos se presentara como candidato porque eso generaría una mayor división de las fuerzas armadas, que ya de por sí, con la muerte de Obregón, estaban particularmente inquietas. Añadió además la importancia de dejar que el Congreso de la Unión designara a su sucesor, con el fin de que se actuara bajo las normas constitucionales. En ese momento ninguno de los militares se opuso a la petición del general Calles.
Pero al poco tiempo el todavía presidente celebró otra reunión con el general Manuel Pérez Treviño, quien entonces era gobernador de Coahuila, y a la que asistieron varias figuras relevantes del momento, como el general y licenciado Filiberto Gómez, el ingeniero Marte R. Gómez, los licenciados Emilio Portes Gil y Aarón Sáenz, entonces gobernadores de Tamaulipas y de Nuevo León, respectivamente, el ingeniero Luis L. León y el diputado por Yucatán Bartolomé García Correa. Calles les propuso apoyar al licenciado Portes Gil como su posible sucesor. Éste aceptó la propuesta y los invitados estuvieron de acuerdo. También se planteó la necesidad de formar un partido que aglutinara a la mayoría de las muy dispersas fuerzas políticas actuantes en la República. La construcción de tal organismo debía generar más seguridad en la continuidad del poder y de esa manera evitar mayores tensiones en la élite política. Fue así como se empezaron a organizar los principios y los objetivos del Partido Nacional Revolucionario. De entre aquellos invitados a esa segunda reunión saldrían los miembros del primer comité directivo de ese nuevo partido, quienes convocarían a una primera gran asamblea fundadora el 5 de enero de 1929. Desde octubre y noviembre de 1928 la maquinaria para conformar a este gran partido que “sirviera de unión a la familia revolucionaria” se había echado a andar.53 Su comité organizador quedó en manos de Plutarco Elías Calles, Aarón Sáenz, Luis L. León, Manuel Pérez Treviño, Basilio Vadillo, Bartolomé García, Manlio Fabio Altamirano y David Orozco. El 1º de diciembre se publicaría el Primer Manifiesto del Comité Organizador del PNR, que desde el principio demostró su claro tinte demagógico y rollero. Decía textualmente:
A falta de recias personalidades, imán de simpatías y lazos de unión de las fuerzas sociales dispersas que se impongan en la lucha y conquisten las voluntades por cualidades muy personales, se necesitan, para controlar la opinión y respaldar después a los gobiernos, fuerzas políticas organizadas, los partidos que lleven ante el pueblo, no ya de personas sino de programas de gobierno.54
Para ello invitaba a todos los partidos, agrupaciones y organizaciones políticas “de credo y tendencias revolucionarias” para unirse y formar el Partido Nacional Revolucionario el PNR.55 Dicho partido todavía tardaría un par de meses en adquirir una estructura más o menos formal.
Mientras tanto, el 15 de septiembre de 1928 el general Cárdenas tomó posesión de la gubernatura de Michoacán. Diez días antes el Senado de la República ratificó su grado de general de brigada y su posición en la Jefatura de Operaciones Militares.
Poco antes de asumir el gobierno, Cárdenas abogó nuevamente por su amigo y colaborador, el general Francisco J. Múgica, ante el presidente Calles. Sin Obregón de por medio, el sonorense tenía más margen de acción para reincorporar al michoacano al ejército y lo puso a prueba en una labor poco atractiva para cualquier soldado, pero que resultó beneficiosa para el afán reformador de Múgica y las instituciones correccionales mexicanas. El 10 de septiembre Soledad González, la eficientísima y muy influyente secretaria particular del general Calles le informó a Cárdenas que el asunto del general Múgica había quedado “arreglado satisfactoriamente”: el presidente lo lo había nombrado jefe del Resguardo Penal de las Islas Marías.56 Desde mayo de 1928 se autorizó el reingreso de Múgica al ejército con su nombramiento de general brigadier con licencia. Con dicha licencia vigente se le rehabilitó para ocupar el cargo de director de una de las colonias penales más significativas del país, aquellas islas situadas en el océano Pacífico frente a las costas de Nayarit.57 Con el tiempo el general Múgica convertiría ese lugar en una penitenciaría modelo.58 A las pocas semanas de llegar al lugar que llamó “su paraíso”, aquel carcelero sui generis le describió a Cárdenas la situación en la Isla Mayor: “los colonos o reclusos están bien disciplinados y son muy sumisos en el trabajo: siembras, talleres y salinas se encuentran aún en embrión, pero pueden llegar a ser de mucha importancia en el futuro de un año”.59
El penal de las Islas Marías recibió a varios presos célebres durante la administración de Múgica, como la famosa madre Conchita, que fue acusada de cómplice en el asesinato del general Álvaro Obregón; o el muy jovencito comunista radical José Revueltas, quien daría a conocer su experiencia en ese sitio en su magistral novela Los muros del agua. Múgica también se preocupó por la educación de los reclusos y le pidió a su amigo Cárdenas que le enviara los nombres de maestros que quisieran ocupar las vacantes que las islas tenían para instructores básicos. Refiriéndose a una maestra conocida por ambos le escribió: “Si Lola Contreras quiere venirse le ofrezco empleo para los varones de su familia que la acompañen, pero si tiene miedo de venir, creo que no faltará en Morelia una muchacha recibida de corazón bien puesto, que quiera venir a este paraíso”.60
En Michoacán, al asumir el gobierno y la jefatura militar del estado, el general Cárdenas mostró inicialmente cierta sagacidad, aprendida probablemente en sus pláticas con Múgica en la Huasteca. Al ocupar ambas posiciones de mando, la gubernatura y la máxima autoridad castrense se impedía que otro miembro del ejercito le disputara el mando dentro de su entidad, como había sucedido tiempo atrás. De esta manera la gubernatura recuperó “la hegemonía como órgano conductor de la vida política del estado”.61 Uno de sus primeros actos de gobierno fue de orden republicano; el General redujo su sueldo de 60 pesos diarios a 30 y el de los funcionarios públicos de 25 a 15 pesos. Como la entidad “yacía en bancarrota” el flamante gobernador solicitó al secretario de Hacienda, Luis Montes de Oca, un apoyo especial para aliviar la situación de precariedad económica en la que se encontraba la administración pública michoacana.62
El gobernador Lázaro Cárdenas se propondría lograr por lo menos cinco objetivos a lo largo de su gobierno. El primero era intentar pacificar los territorios violentados por la persistencia de la guerra cristera. A continuación haría todo lo posible por reanimar la reforma agraria para crear un sector campesino productivo con acceso a un decoroso bienestar económico. Para lograr el tercer punto se requeriría de la organización de los diversos sectores populares y, en seguida crear un contacto cercano con los órganos administrativos y constructivos del estado local y nacional; ésa sería la cuarta meta por alcanzar y en la cual la escuela debía jugar un papel fundamental. En quinto lugar era necesario incorporar la “geopolítica de todas la regiones del estado”, lo que llevaría a una “integración multiclasista”, lo cual se lograría a través del impulso a las vías de comunicación, pues este era el requisito fundamental para la modernización del estado y de la nación entera.63
El trato con los rebeldes cristeros se llevó a cabo de diversas formas. En especial, el gobierno de Cárdenas intentó negociar y llegar a acuerdos, y fue contrario a la persecución o la coerción violenta, aunque no se le podía calificar de blando o poco firme cuando el orden era requerido y se hacía necesario someter al clero y a los rebeldes a las leyes federales. En muchas ocasiones el propio General hacía los arreglos al acudir personalmente al encuentro con los líderes cristeros. Así sucedió, por ejemplo, con el carismático Simón Cortés a principios de 1929, de quien se decía que encabezaba a más de 200 hombres. Después de que la viuda del general Rentería Luviano hiciera el contacto con Cortés en una localidad llamada Copullo, el General comisionó al señor Emilio Moreno a que estableciera las bases para un encuentro. Tras saber cuáles eran sus condiciones Cárdenas acudió a la cita con el rebelde en las cercanías de Santa María de los Altos. Sólo lo acompañaba el coronel Miguel Henríquez Guzmán, jefe de su estado mayor y a quien se hizo pasar como su chofer.64 A pesar de que la Liga Nacional por la Defensa de la Libertad Religiosa consideró que Cortés traicionaba a sus seguidores, el cristero y sus lugartenientes depusieron las armas al acordar con el gobierno. El trato oficial, en caso de rendición, consistía en darles 20 pesos a los exrebeldes que entregaran sus armas y 30 a quienes entregaran su caballo. Sin embargo, para aquellos hombres hubo un trato especial. Además de algunas dotaciones de tierra en la hacienda de Tafetán, el general Cárdenas les asignó al propio Cortés y a algunos de sus seguidores un sueldo como cuidadores forestales, y éstos ayudaron a que otros cristeros se pacificaran.65
Dada la importancia de esta primera rendición de una fuerza cristera, el general Cárdenas solicitó que se tomara una serie de fotografías de él al lado de Simón Cortés, conversando a la sombra de un árbol o posando frente a la cámara con sus acompañantes.
El gobernador Lázaro Cárdenas conversando con el líder cristero Simón Cortés
(archivo CERMLC).
En la foto en la que aparecían juntos el gobernador se encontraba vestido de militar con abrigo, botas y sombrero de campaña, mientras que el suspicaz guerrillero se mostraba con sombrero de palma, ataviado con una cotona que le cubría la espalda y terminaba a la altura de los tobillos, vestía pantalones de manta y una camisa oscura. Sobre el pecho lo cruzaba un cinturón que sujetaba un garnil de cuero, bordado y con flecos, por encima de su cintura. Vestía un paliacate oscuro anudado al cuello. Un mechón de cabello negro le tapaba la mitad de la frente y lo distinguía, así como sus inconfundibles bigotes espesos color de azabache. Los dos personajes posaban para la cámara fingiendo una conversación y mirándose el rostro. Los cubría la sombra de un gran árbol y estaban sentados uno frente al otro en una especie de redondel que le permitía al General aparecer a la par del excristero. Con esta foto se intentaba comunicar el trato justo y negociador que el gobierno de Cárdenas ofrecía a quienes se sometían al imperio de la ley.
En la región de Pátzcuaro la situación de los rebeldes cristeros también se intentó controlar, y Simón Cortés influyó para que el cabecilla Ladislao Molina se pacificara. Sin embargo en esa región las conciliaciones fueron más complicadas y antes de llegar a un arreglo el propio Molina se suicidó.66 El general Joaquín Amaro había autorizado al jefe de Operaciones Militares para que tomara las medidas que creyera necesarias con el fin de que los rebeldes depusieran su actitud y “regresaran a la vida del trabajo honrado”. Incluso envió al ingeniero Juan de Dios Avellaneda, quien conocía a Molina, para interceder entre el gobierno del estado y los rebeldes. Con la consigna de recibir 30 pesos si los desafectos entregaban armas y caballo y un salvoconducto para radicar donde desearan, se intentó apaciguar el rumbo donde Molina estaba ejerciendo su mando. El ingeniero Avellaneda le escribió a Amaro informándole que las cosas iban por buen camino y que “todos los rancheros y los indios de Cuanajo hasta Tacámbaro están contentísimos porque ahora sí ya podrán trabajar de día y de noche”.67 Las cosas se complicarían y Ladislao Molina regresaría a sus andanzas. En junio de 1928 atacó el tren de Pátzcuaro justo cuando el general Cárdenas celebraba su triunfo como candidato ganador de los comicios estatales. Molina fue así uno de los primeros perseguidos por el recién nombrado Jefe de Operaciones Militares de Michoacán y gobernados electo. Un año más tarde las huestes de Molina dejaron a su paso cadáveres e incendios en la región de Ario de Rosales. Al poco tiempo se vio acorralado en la localidad de El Durazno y se inmoló. Al parecer Molina era un cristero bastante atípico; durante la década de la Revolución se convirtió en terrateniente y cacique en los alrededores de Pátzcuaro y Huiramba, actuando como liberal y hasta revolucionario. Pero ante los avances agraristas y al notar que estos pretendían afectar sus propiedades asumió la bandera de la “cristeriada”. La propia Liga de la Defensa de la Libertad Religiosa no lo reconoció como cristero sino como un católico liberal.68 De cualquier manera ante los ojos del gobierno de Michoacán se trataba de un rebelde al que se debía someter a como diera lugar.
En la región de Coalcomán también se intentó llegar a un acuerdo pacífico, pero de insistir en la violencia no se dudaría en reducir a los rebeldes cristeros por la vía armada. El trato llegaría hasta 1929. A principios de marzo de ese año los hombres del cabecilla Jesús Degollado Guízar incursionaron en el extremo oriente del estado en la población de Chacalapa. Los rebeldes incendiaron una finca y las casas de los vecinos, generando pánico en la región. Cárdenas solicitó a la Secretaría de Guerra que se les otorgaran 50 piezas de armamento a los pobladores para defenderse de los alzados.69 Sin embargo el propio General fue llamado para incorporarse al servicio activo militar por parte de la misma secretaría en vista de que un nuevo alzamiento, el del general Escobar y sus seguidores, ya se había declarado en contra del gobierno provisional.
Pero de vuelta a Michoacán, también por Tangamandapio, Jacona, Zacapu y Zamora, el rebelde Ramón Aguilar había accedido a deponer las armas gracias a los buenos oficios de una agente confidencial de la Secretaría de Gobernación, la señora Amalia M. Díaz, quien a través de la esposa de Aguilar logró el sometimiento del cristero.70
En San José de Gracia la tensión tampoco había cedido, y un testigo de singular trascendencia para la historia del propio cardenismo y de Michoacán contaba que era costumbre “atender más al padre Pablito y menos a Antonio Ávila, aquel jefe de tenencia que dispuso cambiar el calzón blanco por los pantalones y prohibió el uso del jorongo que quitaba el frío pero que también era usado para esconder cuchillos y pistolas”.71 Con el tiempo empezó a correr el rumor de que el General podía portarse como un caballero en medio de la “trifulca cristera”. Sin embargo había muchos aspectos del gobierno estatal que era imprescindible atender sin demora.
Para finales de los años veinte Michoacán era un territorio con una enorme fragmentación tanto en materia económica como política, que se vinculaba internamente en mayor o menor medida a través de pequeñas comunidades y pueblos. Morelia era una capital que apenas contaba con 40 000 habitantes y las ciudades más importantes eran Uruapan con 17 000, Zamora con 13 000 y Zitácuaro con 9 000 individuos.72 La entidad estaba poblada por alrededor de un millón de personas, cuya “mayor parte residía en el campo dedicada a enriquecer a otros”.73 El recién inaugurado gobierno del estado pretendía cambiar esa situación y por ello puso en marcha un ambicioso programa de redistribución de riqueza, organización del trabajo y reparto de tierra.
Para echar a andar su proyecto agrario Cárdenas impulsó la creación de una organización representativa que se llamó la Confederación Revolucionaria Michoacana del Trabajo (CRMT), heredera de la Liga de Comunidades y Sindicatos Agraristas de Michoacán, fundada por Primo Tapia a mediados de los años veinte, y del Frente Único de Trabajadores del Estado de Michoacán. La convocatoria para formar la CRMT fue lanzada por el propio Cárdenas a principios de 1929 con el fin de construir “un solo frente de defensa de los asalariados”. Una buena cantidad de líderes campesinos y trabajadores atendió al llamado, y los días 29, 30 y 31 de enero de 1929 se organizó el Primer Congreso Constitutivo de la CRMT en el cine Apolo de la ciudad de Pátzcuaro.74 A nivel sindical la CRMT impulsó varias reformas como el establecimiento del horario de ocho horas diarias de trabajo, el salario mínimo de 1.5 pesos al día, la asistencia médica de los trabajadores a cargo del empleador o patrón, y una vez proclamada en 1931, el cumplimiento de las disposiciones generales de la Ley Federal del Trabajo.75 En materia campesina dicha confederación sería el brazo derecho del gobierno cardenista y el órgano a través del cual se instrumentaría la transformación del campo y de los campesinos michoacanos siguiendo un modelo de reforma agrarista revolucionaria, muy a la mexicana. Este modelo consistía principalmente en la promoción y recepción de solicitudes de tierra, para posteriormente proceder al reparto. Según uno de los estudiosos más puntuales de aquella administración estatal, a Cárdenas le atraía el agrarismo comunal “más por su potencial cooperativista”, pues pensaba firmemente que a través del mismo se lograría una mayor igualdad socioeconómica en el campo michoacano.76 La CRMT sería así la encargada de enseñar a los campesinos una nueva cultura revolucionaria que fomentara las formas colectivas de trabajo y la autonomía de las comunidades en materia política y de organización económica, siempre bajo la guía del gobierno estatal.
En la asamblea constitutiva de dicha confederación, un acuerdo inicial tuvo que ver con la defensa de los intereses de las organizaciones campesinas ligadas al nuevo gobierno. Las violentas dinámicas que vivían los trabajadores del agro michoacano en esos momentos de inseguridades rurales, debidas a la guerra cristera y a los acechos de terratenientes y caciques, parecían obligar a las representaciones del gobierno y de los campesinos a tomar medidas radicales. El primer punto de aquella asamblea se refirió a la necesidad de distribuir armas para defender la vida y el patrimonio de quienes veían afectados sus deseos de poseer un trozo de tierra para dejar de trabajar para las haciendas y los latifundistas.77 Los organizadores de la CRMT solicitaron el apoyo al gobernador y éste atendió la solicitud bajo el pretexto de instrumentar las defensas rurales michoacanas.78 Esto ponía en entredicho las mismísimas funciones del ejército y de la policía estatal, sin embargo Cárdenas logró sortear las posibles críticas y sanciones que el poder federal le hizo llegar por tal situación. Además, la CRMT no tardó en aliarse con otras instancias federales como la CROM e incluso en febrero de 1929, junto con la Alianza de Partidos Revolucionarios de Michoacán, pudo mandar a sus representantes al primer Congreso del Partido Nacional Revolucionario el PNR. Silvestre Guerrero, Gabino Vázquez y Ernesto Soto Reyes estuvieron presentes en la formación inicial de la CRMT y eran de sobra conocidos como voceros y aliados del gobernador Cárdenas. Los tres se ligaron a las bases formadoras del Partido que debía unificar a todos los revolucionarios a partir de ese año.79 Entre todos los cardenistas que se integraron al PNR, quizá fue Melchor Ortega quien terminó como el más influyente. Fue integrante del Comité Nacional Directivo, del Comité Ejecutivo Nacional y su primer secretario de Prensa.80 La alianza entre Cárdenas y Ortega descansaba también en que compartían su fidelidad al expresidente y general Plutarco Elías Calles, y entre los dos sentarían las bases para el establecimiento del propio partido en el estado de Michoacán.
La CRMT, no sólo se concentraría en los asuntos agrarios y sindicales del estado, también tendría injerencia en la construcción de caminos, en la organización y edificación de escuelas, y especialmente en el combate al conservadurismo de las autoridades municipales, aliadas con el clero y los terratenientes locales. Asimismo tendría influencia en la legislatura local e incluso en los nombramientos de los integrantes de los ministerios públicos.81 Sin embargo, antes de instrumentar a fondo y de participar directamente en esta gran transformación de la sociedad michoacana, el general Cárdenas tuvo que separarse del gobierno de su estado natal a partir del 3 de marzo y hasta el 16 de mayo de 1929 para combatir una nueva asonada militar.
La rebelión escobarista y los empeños del gobierno michoacano
De nuevo ya, señores ahí está la rebelión porque pa’presidentes no hay más que un sillón…
Trío México Lindo, 1929
A pesar de los esfuerzos del recién nombrado presidente interino Emilio Portes Gil y del grupo encabezado por los generales Plutarco Calles, Aarón Sáenz y Manuel Pérez Treviño, empeñados en dar forma al Partido Nacional Revolucionario que pretendía dejar atrás “la era de los caudillos, para dar pie al México de las instituciones”, un importante sector del ejército mantenía su descontento con con mucha más visibilidad de la que ellos creían mostrar.
Los rumores de un inminente levantamiento se extendían con tal velocidad que el propio gobernador Cárdenas pidió una licencia al congreso local michoacano para incorporarse al servicio activo en el ejército federal desde el 21 de enero de 1929.82 Lo sustituyó nada menos que el diputado por el distrito de Sahuayo, su hermano el coronel Dámaso Cárdenas, quien se ocuparía del gobierno estatal hasta el 10 de septiembre del mismo año.
Si bien el 30 de noviembre de 1928 el general Plutarco Elías Calles le entregó la banda presidencial al licenciado Emilio Portes Gil, el sonorense no parecía haber soltado las riendas del poder. La indispensable figura de Calles, como Jefe Máximo de la Revolución, no perdió oportunidad de “mangonear” el quehacer político de México sino hasta muy avanzada la década de los años treinta. De ahí que su enemigo, el exministro de educación, el licenciado José Vasconcelos, tildara a dicho periodo como la época de los gobiernos “peleles”,83 y que muchos historiadores posteriormente se han referido al mismo como “el Maximato”.84
El propio Vasconcelos tomó al pie de la letra el mensaje callista en cuanto a la intención de poner fin a la época de los caudillos y el afán de dar principio a la era institucional mexicana. Él mismo se lanzaría a la contienda electoral de 1929 como candidato a la presidencia apoyado por el Frente Nacional Renovador y el Partido Nacional Antirreeleccionista. Bajo el amparo de viejos maderistas y de algunos sectores medios y estudiantiles reconoció que era hora de unir al país en torno de su propuesta civilista e inició su campaña desde el norte de la República. “Lo cierto es que la mayor parte de nuestras ilusiones revolucionarias han quedado deshechas […] un país dividido no puede hacer frente a los intereses rivales del exterior”, vaticinaba el exministro de Educación. Planteaba que Calles y Obregón se habían encargado de destrozar la República Mexicana, y que la presidencia del primero había dejado al país en zozobra, por lo que era necesario recuperarlo de las manos de quienes tanto lo habían desprestigiado.85 Para Vasconcelos era evidente que Calles seguía moviendo los hilos del poder, aun cuando lo hubiera entregado a un presidente provisional el último día de noviembre de 1928.
Sobre el mismo asunto, en su crónica de esos años el también exsecretario de Educación Pública, regente del Distrito Federal y diligente operador político del callismo, Manuel Puig Casauranc, vio “con dolor y con respeto cómo Calles fue bajando la empinada pendiente de la pérdida de los prestigios”.86 Esto sucedió por no respetar lo enunciado en su último informe presidencial y por seguir manipulando el mundo de la grilla política mexicana. Pero un acontecimiento de primera importancia le permitió al propio Calles un descanso en aquel proceso de descrédito. El 3 de marzo de 1929, en plena celebración de la Primera Convención del Partido Nacional Revolucionario, el presidente del partido y general Manuel Pérez Treviño dio la noticia de que acababa de suscitarse un nuevo levantamiento militar.
Los generales Gonzalo Escobar, Francisco R. Manzo, Fausto Topete, Marcelo Caraveo, Jesús M. Aguirre, Claudio Fox, Roberto Cruz, Jesús M. Ferreira, Ramón F. Iturbe, Jesús Palomera López, Antonio I. Villarreal, Francisco Urbalejo y Román Yocupicio se declararon formalmente en rebeldía contra el gobierno del licenciado Emilio Portes Gil, pero sobre todo en contra del poder tras el trono que mantenía el general Plutarco Elías Calles, a quien identificaban como el primer responsable de las muertes de Álvaro Obregón, Benjamín Hill, Francisco Villa, Francisco Serrano, Arnulfo R. Gómez y tantos otros. La mayoría de estos insurrectos se reconocía como obregonista y en su momento había esperado escalar algún peldaño si es que Obregón hubiera asumido la presidencia a finales de 1928. Con el asesinato del caudillo todos parecieron quedarse colgados de la brocha. Enarbolando el llamado Plan de Hermosillo, estos generales acusaban a Calles de “diabólico inspirador de persecuciones inhumanas y salvajes, de inventor de instituciones tabernarias y de delincuencia y de crimen”, desconociendo de entrada al régimen de Portes Gil. En dicho plan se nombraba al general Gonzalo Escobar como jefe supremo del Movimiento del Ejercito Renovador de la Revolución y se invitaba al pueblo a secundar su lucha.87
Más que el pueblo fueron los soldados rasos los que se vieron obligados a seguir a los mandos militares. Un observador del movimiento comentó: “El Plan de Hermosillo huele a cuartel, pero no al cuartel donde se hospedan los buenos hijos de la patria, que todo lo abandonan para servirle algún tiempo, sino el que habita la pobre gente mercenaria que sigue al que le paga su soldada”.88
Justo es mencionar que la mayoría de los rebeldes había mostrado su apoyo al régimen de Portes Gil unos meses antes. El general Aguirre, jefe de Operaciones Militares en Veracruz, se acercó al presidente provisional el 7 de febrero de 1929 para ofrecerle su ayuda en caso de que los generales Escobar, Manzo o Topete “intentaran algo”.89 Aun así, tanto Calles como Portes Gil, junto con el secretario de Guerra, Joaquín Amaro, sabían que dichos generales, que se manifestaban particularmente descontentos por el proceso de desarticulación que vivía el obregonismo tras el asesinato de su líder, se rebelarían algún día. Y en el fondo este tipo de asonadas también resultaban bastante útiles a la hora de identificar aliados, sobre todo si se estaba intentando reestructurar a las fuerzas armadas, como era el caso en aquella segunda mitad de los años veinte. Al igual que en 1923 con la rebelión delahuertista, en 1929 la llamada “rebelión escobarista” permitiría eliminar a aquellos “elementos inadaptables a las condiciones de la vida institucional del régimen revolucionario”.90
Eran muchos los indicios que hacían suponer que los generales se levantarían en armas. Por su parte el gobernador de Sonora, Fausto Topete, invitó abiertamente al general Abelardo L. Rodríguez, gobernador de Baja California Norte, y hombre muy cercano a Calles, a la conspiración desde principios de febrero.91 Rodríguez no tardó en informar a Calles, quien ya contaba con los detalles que el general Manuel Pérez Treviño le había dado sobre las reuniones que estaba llevando a cabo el grupo escobarista.92 El descuido entre los rebeldes era tal que el mismo general Escobar le preguntó al secretario particular de Portes Gil si sabía quién podría comprarle su coche para irse al norte poco tiempo antes de iniciar su insurrección.93
Una vez que estalló la rebelión en marzo de 1929 se dijo que los estados de Sonora, Sinaloa, Durango, Chihuahua, Coahuila, Nayarit, Jalisco, Zacatecas, Veracruz y Oaxaca estaban bajo control de los militares insubordinados. En total parecía que una vez más la mitad del ejército se había puesto al servicio de los rebeldes, aunque el régimen de Portes Gil reconoció que los generales anticallistas comandaban apenas 30 000 efectivos.94
El presidente interino le solicitó al general Calles que ocupara la Secretaría de Guerra y Marina para dirigir la campaña contra los rebeldes. Para algunos se trató de una clara muestra de debilidad por parte de Portes Gil, pero para otros significó el regreso y la confirmación de la figura de Calles como único capaz de controlar la situación. Un sobreviviente de esos días puso en labios del general sonorense el siguiente razonamiento tragicómico: “Necesito tener yo, y solamente yo, la fuerza necesaria, para imponerla como un derecho, en los acontecimientos futuros que plantean mis pensamientos institucionales. Y como lo más seguro es lo más amarrado, pues me nombro secretario de Guerra y exterminaré a mis enemigos”.95 Se dio la casualidad de que por aquellos días el general Joaquín Amaro, secretario de Guerra del gabinete de Portes Gil, había sufrido un accidente. Al jugar polo le golpearon el rostro y tuvo que salir de urgencia hacia Estados Unidos para operarse y recuperarse por semanas.96 Amaro regresó a México hasta el 15 de mayo, mientras el general Calles ocupaba su lugar.
Al instalar su cuartel general en Irapuato, luego en Aguascalientes y finalmente en Torreón, Calles organizó la batida contra los rebeldes escobaristas organizando al ejército en cuatro grandes divisiones: la centrooriental bajo las órdenes del general Miguel N. Acosta; la nororiental al mando del general Juan Andreu Almazán; la del centronorte, cuyo responsable fue el general Saturnino Cedillo; y la del norponiente comandada por el general Lázaro Cárdenas. El secretario de Guerra y Marina envió a los generales Almazán, Cárdenas y Cedillo a combatir a las fuerzas de Escobar que se parapetaron primero en Monterrey y posteriormente en Saltillo. Al general Acosta lo mandó a exterminar a los rebeldes que en Veracruz seguían las órdenes del infidente Jesús M. Aguirre. El general Jaime Carrillo recibió órdenes de organizando al ejército en Mazatlán y combatir a los insurrectos Roberto Cruz, Francisco M. Manzo y Ramón F. Iturbe. El general Cárdenas avanzó desde Irapuato primero a Torreón y en seguida reforzó a Carrillo por el sur de Sinaloa.97
La ofensiva fue tal que ni Escobar ni Manzo ni Topete mantuvieron sus plazas. Entre marzo y abril las fuerzas rebeldes recibieron golpe tras golpe, obligándolos a replegarse hacia el norte. Una de las últimas batallas se libró en el campo de Barriles y Limón, en la cual se utilizó la fuerza de la aviación al mando del coronel Pablo L. Sidar.
El gobernador con licencia Lázaro Cárdenas con sus compañeros pilotos de aviación y una comitiva militar en Coalcomán, Michoacán (archivo CERMLC)
Esa misma fuerza aérea fue utilizada en el estado de Michoacán poco tiempo después durante los intentos por pacificar la región de Coalcomán, pendiente desde principios del mismo año. Una foto de aquel regreso de la aviación militar a Michoacán reflejaba al general Cárdenas orgulloso junto con sus colaboradores frente al aparato biplano y monomotor. El conjunto no podía ser más disparejo. Tres pilotos lo acompañaban con sus grandes anteojos protectores que los identificaban. También posaban varios militares vistiendo sus uniformes, sus kepís o sus sarakoffs departiendo con un par de civiles. El gran motor y la hélice del aeroplano destacaban en el fondo y tal parece que se trató de una instantánea tomada para registrar el uso de la aviación en las acciones militares que comandaba el general Cárdenas.
Pero volviendo a la rebelión escobarista, poco tiempo después de los avances de las fuerzas combinadas de Lázaro Cárdenas y Plutarco Elías Calles por el sur, desde Sinaloa hacia el estado de Sonora, de Almazán por los rumbos de Agua Prieta y del general Abelardo L. Rodríguez en la región fronteriza de Nogales, las fuerzas enemigas fueron obligadas a internarse en territorio estadounidense, abandonando a los pocos hombres leales que quedaban. Para finales de mayo de 1929 la rebelión estaba derrotada y todo el territorio nacional estaba bajo control del gobierno. Portes Gil sentenció: “Los verdaderos responsables de esta nueva vergüenza de nuestra historia se pusieron a buen recaudo, cruzando la frontera con buena oportunidad o presentándose a las fuerzas leales en solicitud de gracia”.98
Gran parte de los combates se llevó a cabo sobre líneas férreas, sin embargo, tanto la caballería como la aviación participaron en las principales batallas. En la costas sinaloenses incluso barcos de guerra bombardearon los trenes escobaristas. El crítico analista Luis Cabrera describió esa rebelión como “ferrocarrilera y bancaria” y, considerándola menos complicada que la de 1923, comentó que sólo constistió en que “los rebeldes cogieran el dinero de los bancos y se retiraran a Estados Unidos por la vía del Central y por la vía del Sud-Pacífico, destruyendo las comunicaciones ferrocarrileras”.99 No obstante otros periodistas consideraron que el aniquilamiento de los rebeldes fue un triunfo más del expresidente sonorense y sus leales militares. “El general Calles había salvado una vez más las instituciones del país.”100
En algún momento se pensó que los cristeros se unirían al movimiento escobarista, lo mismo que los grupos de intelectuales y sectores medios que promovían la candidatura de Vasconcelos a la presidencia. Pero estos últimos, así como los cristeros, se mantuvieron al margen de la rebelión. Si bien los escobaristas tuvieron contacto con los vasconcelistas y también con los representantes del general cristero Enrique Gorostieta, ninguno logró coordinarse con el otro. Quizá tampoco se interesaron en lo que sucedía al margen de su propia lucha. Al iniciarse la rebelión militar, Vasconcelos declaró, por ejemplo, que esa “no era la buena” y, por más que Escobar tratara de granjearse a los cristeros, éstos nunca confiarían en el ejército, mucho menos en sus facciones rebeldes.101
Para algunos de los militares que participaron en la rebelión, su fracaso consistió en la ausencia de una coordinación y dirección firme y no tanto en la superioridad del ejército federal. El diputado Ricardo Topete le confesó al periodista José C. Valadés que el miedo y la poca decisión para encabezar el movimiento fueron el origen de su final tan poco digno.
A la amiedada de todos, agregamos la actitud de Escobar —decía Topete—. Desde que Escobar llegó a Sonora se limitó a dormir, no bajaba de su carro especial en el que parecía sultán. Se levantaba a las dos de la tarde, regañando a todos los que lo rodeaban, sin tomar una resolución definitiva. Parecía que entonces no hacía más que [preparar] los planes para la fuga.102
La revuelta duró 65 días y le costó al país cerca de 2 000 muertos y una pérdida de más de 37 millones de pesos. Además, Plutarco Elías Calles utilizaría esta acción para darle un último jalón de orejas a la clase política mexicana así como para afirmar su condición de Jefe Máximo.
El general Cárdenas, aprovechando que todavía estaba al mando de la División Noroeste del ejército mexicano, el 6 de mayo distribuyó las corporaciones para que se dirigieran a diversos destinos. Tres batallones y dos regimientos permanecieron en Sonora; un batallón más y un regimiento se quedó en Sinaloa; otro regimiento en Nayarit; siete batallones y cinco regimientos se enviaron a Jalisco; uno a Colima; tres batallones y tres regimientos a Michoacán; un batallón a Hidalgo, Guanajuato y Morelos, y un regimiento más al Estado de México. En su circular felicitaba a todos los que estuvieron bajo su mando “y muy especialmente a la Fuerza Aérea, por el patriotismo y actividad que todos pusieron de manifiesto en las operaciones desarrolladas durante el avance de la división a los estados de Sinaloa y Sonora, siendo motivo de verdadera satisfacción la circunstancia de que se haya logrado dominar la asonada militar en tan corto tiempo”.103
El General aprovechó que mantenía su puesto en la jefatura militar de Michoacán, sin retomar el mando del gobierno estatal, para organizar la pacificación que dejó pendiente en los rumbos de Coalcomán, en el nororiente extremo del estado. El 31 de mayo le escribió al general Calles que “por distintos conductos, sábese [sic] que gente trabajadora de la región de Coalcomán está cansada de la estancia de los rebeldes y espera la llegada de las fuerzas para cooperar en su pacificación, sabiéndose también que varios grupos tienen deseos que presentar al ocupar el Gobierno aquella zona”. La ofensiva cardenista fue bastante significativa y contundente. En total, el General comandaba una fuerza que incluía a 15 jefes en infanterías, 107 oficiales y 1 815 individuos de tropa. En caballería contaba con tres jefes, 47 oficiales y 650 rasos; la artillería constaba de seis oficiales y 104 soldados. También incluía a la aviación con dos aparatos Corsarios y un Stinson, operados por dos jefes y tres oficiales.104 El avance se hizo al dividir las corporaciones en dos columnas que cubrieron la región desde Tepalcatepec hasta Aguililla. Desde estas dos poblaciones los dos aviones se elevaron para, desde el aire, lanzar volantes sobre diversas comunidades de la región instando a los rebeldes a dejar las armas y someterse a las fuerzas del gobierno. Las columnas avanzaron por tierra y detrás de ellas un tren de provisiones y transportes se encargó de cubrir la retaguardia hasta que llegaron a Coalcomán, donde fueron recibidos sin novedad. Un mes después Cárdenas le informaría a Calles que llegaron a Coalcomán sin contratiempos y encontraron al enemigo disperso y sin resistencia. Textualmente le comunicaba que “el cuartel general desarrolla acción tendiente a dejar resuelta situación esta zona en forma definitiva y satisfactoria”.105 Todavía en julio de ese año el General le solicitaba al secretario de Defensa que le permitiera mantener un batallón en dicha región para que ayudara a construir la carretera Uruapan-Coalcomán, que era una inminente necesidad tanto para las operaciones militares como para el comercio y, sobre todo, “para impulsar la cultura de la gente de esta zona”. La respuesta negativa de parte de la máxima autoridad militar federal mantuvo en ascuas la integración de aquella lejana región al resto de Michoacán.106
De cualquier manera poco a poco algunos rebeldes se acercaron a la comandancia militar asentada en Coalcomán resueltos a dejar las armas; pero no fue sino hasta agosto de ese año, en el rancho de Las Tabernas, que se llegó a un acuerdo preliminar con los cristeros rebeldes.107 El general Cárdenas les ofreció cambiar sus fusiles por nuevos, y convenció a varios de entrar a formar parte de las defensas rurales. El vicario Luis María Martínez participó en las negociaciones y desde entonces fue notorio que tanto los católicos como el gobierno podían dejar la confrontación y sentarse a la mesa a negociar.108 Monseñor Martínez se convertiría posteriormente en una figura muy relevante de la iglesia católica en México y desde entonces mantendría una relación de mutuo respeto con el General. Pero también es cierto que a mediados de 1929 la alta jerarquía entró en pláticas con las autoridades oficiales y no tardaron en llegar a un acuerdo, mismo que se pactó el 21 de junio de 1929. La versada popular pronto personalizó la intención de que las cosas volvieran a la normalidad:
Esta es la historia, señores,
del problema religioso
que Portes Gil arreglara,
pacifista y generoso.
Tras muchos días amargos
en que no hubo religión,
se han abierto las iglesias
y cesó la rebelión.109
El general Cárdenas, unas semanas después de que se llevaran a cabo aquellos arreglos, envió una circular a todos los presidentes municipales instruyéndolos a que devolvieran las iglesias a las comisiones de vecinos católicos y sacerdotes. En dicha circular tuvo a bien excluir los edificios anexos de tal medida, puesto que éstos debían permanecer en manos del gobierno con el fin de servir a las autoridades locales y a servicios públicos.110 Varios pueblos celebraron apertura de los templos con bombo y platillo. En Tlalpujahua y en Ciudad Hidalgo se hicieron procesiones y fiestas. En Zinapécuaro, en cambio, los fieles denunciaron a “la mafia bolchevique” que seguía a la cabeza del municipio.111
Pero por más modus vivendi que hubiese, en el fondo, la resistencia se mantenía latente y alrededor de ocho meses después la situación se volvió a complicar. En abril de 1930 la tensión entre autoridades militares, jefes locales y católicos se desbordó en Coalcomán. Durante un zafarrancho el presbítero Epifanio Madrigal y seis de sus seguidores fueron asesinados. Cárdenas se trasladó a la región y finalmente logró que la población se calmara al nombrar al exjefe cristero Ezequiel Mendoza Barragán comandante del destacamento militar de la zona. Y la verdad es que los arreglos entre la iglesia católica y el gobierno federal no habían llegado a una región tan apartada, y un año después, en 1931, la situación entre los prelados locales, los campesinos y el gobierno del estado llegaría a una confrontación bastante crítica. Las llamas de la Guerra Cristera no se querían apagar.112
Mientras tanto la reforma agraria ejidal en el estado aceitó sus engranajes y echó a andar su maquinaria, apoyada por la Confederación Revolucionaria Michoacana del Trabajo. Durante sus primeros dos años de trabajo la consigna fue la “remodelación política” del campo michoacano. Esta orientación continuó durante los dos años siguientes, a pesar de que el gobernador Cárdenas tuvo poco tiempo para ocuparse personalmente la administración de su estado. El debilitamiento de las grandes propiedades, que se logró por lo que un estudioso llamó “el galanteo revelado hacia las fuerzas oligárquicas”,113 también se llevó a cabo a través de la creación de algunos municipios. Entre enero de 1930 y marzo de 1932 se establecieron ocho municipios de reciente formación: Ocampo, Churumuco, Charo, Tocumbo, Tarímbaro, Álvaro Obregón, Tzintzuntzan y Turicato.114 De esta manera Michoacán organizó su territorio en 96 municipios. Durante ese mismo periodo el gobierno creó 16 tenencias a partir de las distribución de 10 grandes haciendas y cuatro ranchos. Una de las tenencias más representativas de esta nueva administración fue la que se echó a andar el 25 de octubre de 1929 en terrenos que pertenecían a la hacienda de Guaracha, aquel enorme latifundio edificado en las cercanías de Jiquilpan desde tiempos coloniales. Dicha tenencia se llamó Emiliano Zapata y aunque en un principio el otorgamiento de la tierra causó desconcierto entre los beneficiados, poco a poco los antiguos dueños de la hacienda como los nuevos poseedores se ajustaron a las disposiciones gubernamentales.115 Recién regresado Lázaro Cárdenas a ocupar la gubernatura a mediados de septiembre de ese año “el solar natal se convirtió en el centro de actividades político-agrarias del occidente michoacano”.116
A lo largo de su gobierno se crearon 15 tenencias más como comités agrarios, que más adelante serían importantes para la promoción de los repartos definitivos.117 Así, esta política de instauración de nuevas tenencias y atención a reclamos de restitución de tierras reajustó las concentraciones de grandes territorios en esas regiones apartadas de Michoacán. Ello posibilitó, a su vez, la intervención del gobierno estatal en la redistribución del agro y la promoción de la equidad socioeconómica de sus pobladores.
La distribución de tierra, la organización de ejidos, la promoción del municipio libre y el claro tutelaje de parte del gobierno sobre los procedimientos agrarios no fueron, sin embargo, asuntos que sólo estaba sucediendo en el estado de Michoacán. Los afanes por acabar con la hacienda como eje económico y político del México rural y la instauración de un nuevo orden en el campo se estaban implementando en varios estados de la República. En Veracruz, a partir de diciembre de 1928, el regreso a la gubernatura del estado del coronel Adalberto Tejeda, quien había sido gobernador a principios de los años veinte, significó también una revitalización en la organización campesina y los procesos de distribución de la tierra. Un año antes el general Saturnino Cedillo fue electo gobernador de San Luis Potosí, y ni tardo ni perezoso empezó a instrumentar un reparto que dio lugar a sus supuestamente novedosas colonias agrícola-militares. Algo parecido sucedió en Jalisco con el gobernador Margarito Ramírez, desde junio de 1926, y el propio Emilio Portes Gil que, como titular del gobierno de Tamaulipas desde 1925, igualmente repartió la tierra creando nuevas tenencias, reestructurando los espacios económicos y políticos a partir de la libertad constitucional otorgada al municipio. Todo ello se hacía interviniendo las grandes propiedades de sus estados respectivos.118 A estos gobernadores se les pudo identificar bajo el rubro de “agraristas”.119 Además de los ya mencionados, habría que incluir a Saturnino Osornio del estado de Querétaro, a Leónides Andreu Almazán de Puebla, a Agustín Arroyo Ch. de Guanajuato y a Bartolomé Vargas Lugo de Hidalgo. También se podrían añadir otras dos figuras que, aunque no ejercían ninguna gubernatura, compartían principios agraristas: el diputado Graciano Sánchez quien no tardaría en figurar como uno de los líderes mas importantes de la Confederación Campesina Mexicana y el ingeniero Marte R. Gómez, quien además fungió como secretario de Agricultura y Fomento durante el gobierno de Emilio Portes Gil.
La instrumentación de estas políticas agrarias, entre radicales y moderadas, en los diversos estados antes mencionados, no estuvo exenta de roces con el gobierno federal. Los gobiernos de Obregón y Calles promovieron un modelo de medianos propietarios o de empresarios rurales que debía aumentar la productividad de sus campos con todo el apoyo del gobierno federal. En el fondo no estaban de acuerdo con la distribución masiva y mucho menos con el reparto de la tierra a comunidades que no tenían capacidad de amplia inversión ni de una producción extensiva. No hay que olvidar que a finales de los años veinte y principios de los treinta el México campesino era pobre y su producción bajísima. La agricultura que lo caracterizaba era de subsistencia. Carecía de tecnología y comunicaciones, y estaba supeditada a las variaciones climatológicas, que en algunas regiones eran completamente imprevisibles. Para esos años todavía un altísimo porcentaje de las áreas de cultivo en todo el país correspondía a fincas privadas.120
La excesiva concentración de recursos en unas cuantas enormes extensiones contribuía a que las depresiones económicas y las crisis en la agricultura mexicana fueran prácticamente perenes. Sin embargo una combinación de heladas con sequías se suscitaron entre 1929 y 1931, lo que agudizó la crisis en el campo, y fue precisamente en ese momento cuando los gobernadores “agraristas” emprendieron las medidas que pretendían cambiar el panorama rural mexicano.
Durante su periodo al frente del gobierno de Michoacán el general Cárdenas distribuyó 141 663 hectáreas a 181 poblados, beneficiando a más de 15 000 campesinos, según las cifras de la CRMT.121 Si se compara esa cantidad con la totalidad de hectáreas distribuidas durante el interinato de Portes Gil, que fueron poco más de 1 700 000, la cifra no resulta tan espectacular. Tampoco si se toma en cuenta que el gobernador de Veracruz, Adalberto Tejeda, entregó poco más de 334 000 hectáreas durante su cuatrienio.122 Sin embargo hay que tomar en cuenta que en aquel estado de Michoacán se trató “del reparto agrario más extenso de los realizados por cualquier gobierno revolucionario hasta entonces”.123 Dicha distribución se hizo sorteando los problemas locales surgidos entre las violencias cristeras y los enfrentamientos entre terratenientes, líderes campesinos y comuneros, pero sobre todo toreando la conflictiva relación que en materia agraria se suscitó entre el gobierno federal y los gobiernos “agraristas” a partir de 1930. Aún con la animadversión callista, la condición serena y taimada, pero firme y decidida del general Cárdenas y su proyecto agrario en el interior de su estado natal fue saludada, en octubre de 1929, por su amigo, el general Múgica. Haciendo cierto acto de contrición, desde el penal de las Islas Marías, le escribió: “Yo he sido un rebelde, un agresivo y si se quiere un imprudente, y casi merezco haber sufrido el cataclismo que sufrí, pero no hay derecho a que usted cauto, profundamente subordinado y siempre atento a secundar pensamientos y órdenes, sea interpretado con el criterio ruin y tonto del autoritarismo callista”.124
Las intermitencias políticas y la fallida presidencia del ingeniero Pascual Ortiz Rubio
Hay remedio para esta situación, pero no quiero derramar sangre, no es patriótico el camino…
PASCUAL ORTIZ RUBIO,
1º de abril de 1930
En la arena nacional un cisma de mediana importancia en el grupo que organizaba al Partido Nacional Revolucionario dio lugar a la resurrección política de un antiguo correligionario michoacano como posible sucesor del presidente interino Emilio Portes Gil. Se trataba nada menos que del ingeniero Pascual Ortiz Rubio. Durante los últimos años, este exgobernador de Michoacán había sido embajador de México en Alemania y en Brasil, y fue en ese país donde se le urgió a regresar al solar nativo para ser nombrado miembro del gabinete portesgilista y así entrar al quite en la sucesión presidencial de 1930.
Como se mencionó, en marzo de 1929 la primera convención del PNR celebrada en la ciudad de Querétaro se empañó por la noticia de la asonada escobarista. Sin embargo, sus trabajos continuaron en las mesas de discusión de sus estatutos, aunque los asistentes sabían perfectamente que su trabajo era designar al candidato que debía ocupar la presidencia de la República Mexicana durante los siguientes cuatro años, y así completar el sexenio trunco debido al asesinato del general Obregón. El favorito parecía, en un principio, ser el gobernador de Nuevo León, el licenciado Aarón Sáenz, pero en último momento el recién nombrado secretario de Gobernación del gabinete de Portes Gil, el ingeniero y general Ortiz Rubio, apareció como precandidato. Las maquinaciones políticas de Plutarco Elías Calles y Emilio Portes Gil, a las que por cierto también contribuyeron el gobernador del Estado de México, Carlos Riva Palacio y el mismísimo gobernador de Michoacán, Lázaro Cárdenas, vaticinaron que si el licenciado Sáenz llegaba a la presidencia, tanto el poder del sonorense como el del tamaulipeco corrían peligro. El regiomontano representaba al obregonismo persistente, que no se rebeló con Escobar y compañía, pero que sin duda tenía varias cuentas pendientes con los callistas y los portesgilistas. Esa razón y algunos detalles como su carácter manipulable y un tanto pusilánime hacían posible que Ortiz Rubio fuera un candidato capaz de oponerse a la postulación de Sáenz. Y desde luego se aprovechó la convención de Querétaro para desbancar al regiomontano. Se sabía que Ortiz Rubio tenía ciertas ambiciones personales y además, como llevaba tanto tiempo fuera de México, no parecía que lo secundase ninguna base política importante para poder moverse con fuerza propia.
En medio de un sainete digno de las mejores tandas de teatro de revista, la convención del PNR se convirtió en una batalla de volantes y gritos que los simpatizantes de uno y otro candidato protagonizaron durante los últimos días del encuentro. Manifestaciones en las calles, bandas de música y acarreos agitaron las tranquilas calles de esa ciudad colonial provinciana que veía cruzar de un lado a otro los contingentes alebrestados que apoyaban a Aarón Sáenz o a Ortiz Rubio. Finalmente el general Sáenz entendió desde qué altura venía el mensaje que le “sugería” dar un paso atrás y de plano no apareció en la reunión en la que se votó por quién ocuparía la candidatura del PNR a la presidencia. Los simpatizantes de Ortiz Rubio acudieron en masa y con la consabida práctica del “mayoriteo” lograron convertir al michoacano recién incorporado al gabinete presidencial en el candidato oficial del “partidazo”, que así comenzaba su vida plagada de truculencias y chanchullos. Con cierta saña y desparpajo los ortizrubistas pasaron frente a las oficinas de Aarón Sáenz y le cantaron la canción de moda:
Adolorido, adolorido… adolorido del corazón,
por una ingrata, por una ingrata
que me ha jugado una cruel traición.125
A partir de junio la campaña de Ortiz Rubio se organizó con toda clase de técnicas de acarreo, manipulación y hostigamiento a la oposición, estrenando y poniendo a prueba la potente maquinaria del PNR. Su principal oponente fue José Vasconcelos, quien a pesar de su popularidad en los sectores medios, estudiantiles y conservadores no logró levantar suficientes simpatizantes para hacer mella alguna al “candidato oficial”. Cierto que hizo una campaña intensa y que sus correligionarios se enfrentaron constantemente a los esbirros penerristas comandados por Gonzalo N. Santos. Este último, por cierto, blasonaría en sus memorias sobre las barbaridades que sus golpeadores y él mismo protagonizaron durante la campaña.126 El resultado fue violento y se contaron varios muertos, entre los que destacaron el vil asesinato del estudiante Germán del Campo y la llamada Masacre de Topilejo, que mostró, poco tiempo después de haberse llevado a cabo las elecciones, toda la saña de la que eran capaces los penerristas. Este acto generó una vez más la frustración y el desencanto en las conciencias democráticas mexicanas.127
Las campañas políticas coincidieron también con las movilizaciones de los estudiantes y profesores de la Universidad, quienes finalmente consiguieron que el gobierno de Portes Gil expidiera la ley de autonomía universitaria y se desentendiera de la responsabilidad estatal en la educación superior.128 Un gigantesco fraude se pergeñó el 17 de noviembre de 1929, fecha de las elecciones, pues a los pocos días se dio a conocer que Ortiz Rubio había ganado con 93.58% de los votos.129 Vasconcelos desconoció los resultados, se exilió en Estados Unidos y llamó a sus correligionarios a sublevarse. Sin embargo, las pasiones electoreras se enfriaron, aunque no dejaron de presentar algunas sorpresas cargadas de violencia.
El 5 de febrero de 1930 el ingeniero Pascual Ortiz Rubio tomó posesión de la presidencia de la República en el Estadio Nacional. En el automóvil en el que regresó a Palacio Nacional fue víctima de un atentado. Un personaje llamado Daniel Flores González le disparó en el rostro al presidente hiriéndolo en un carrillo. El impacto de la bala lo mantuvo dos meses en convalecencia. Entre abril y mayo un primer magistrado temeroso y algo achantado se incorporó a las funciones de gobierno. Mientras tanto el general Plutarco Elías Calles sujetó con mano firme los hilos del poder en México.
El arribo de Ortiz Rubio a la presidencia debió causarle al general Lázaro Cárdenas una sensación ambigua y extraña. Por un lado su relación personal con el presidente era afable y respetuosa, pero por otro conocía las debilidades de su carácter y sus posiciones políticas conservadoras. Sabía que aquel ingeniero no era un partidario entusiasta de las reformas agrarias, y en más de una ocasión observó cómo se oponía a la distribución de los latifundios en Michoacán. Uno de los principales antagonistas a las acciones agraristas que instrumentó el general Múgica durante su breve gubernatura a principios de los años veinte fue nada menos que Ortiz Rubio, quien incluso intrigó contra el constitucionalista radical frente al presidente y general Álvaro Obregón. De cualquier manera Cárdenas apoyó a aquel insidioso y taimado ex-revolucionario cuando el PNR lo proclamó candidato presidencial, y, como se trataba también del candidato de su mentor Plutarco Elías Calles, supo alinearse y manifestarle su lealtad.
En enero de 1930, para poner en evidencia esa misma condición, Cárdenas invitó al general Calles como delegado de honor al Primer Congreso Agrario del Estado de Michoacán “para que el más grande exponente de la ideología revolucionaria de México impulse y aliente organizaciones agrarias y campesinas de este Estado”. Como era de esperarse, Calles no acudió al congreso pero se le distinguió como presidente de la directiva, dada “su firmeza de carácter y por sentar los principios revolucionarios de México”.130 Las posiciones en materia agraria del jefe máximo y las de su “chamaco” empezaban a distanciarse, aunque este último tuvo el talento político de no enfrentarlo todavía.
En mayo de 1930 el gobierno federal mostró su animadversión al reparto agrario llevado a cabo en diversas regiones del país, sobre todo en los estados donde los gobernadores “agraristas” habían echado a andar la distribución de tierra y pretendido armar a los campesinos con el pretexto de la defensa de su patrimonio y dotación. Para nadie era una novedad que en dichos estados los gobernadores utilizaron la política agrarista para consolidar sus bases sociales. Incluso en San Luis Potosí y en Veracruz los gobernadores Cedillo y Tejeda sostuvieron un acuerdo de mutuo apoyo en caso de que los terratenientes o sus guardias blancas organizaran algún ataque a sus contingentes de campesinos armados.131 Las reticencias de Calles y Ortiz Rubio ante tal situación generaron el intento federal de detener el reparto. El mismo Cárdenas en mayo de 1930 envió a la legislatura del estado de Michoacán un decreto de aprovechamiento de tierras ociosas y se encaminó a consolidar algunos de los repartos que ya había otorgado. A finales de mayo se llevó a cabo el segundo congreso de la CRMT al que asistió el gobernador y, aunque hizo lo posible por no confrontar al gobierno federal, no pudo evitar el espíritu triunfante que los avances agraristas imbuían en los asistentes, quienes veían que finalmente se les tomaba en cuenta.132
El propio Plutarco Elías Calles, que entonces no ocupaba puesto alguno en la administración pública, declaró que era necesario dar garantías a pequeños y medianos propietarios, rematando su propuesta con una evidente intención detener las peticiones y los reclamos de restitución de tierras. El secretario de Agricultura del gabinete de Ortiz Rubio, el general Pérez Treviño, incluso planteó la defensa de “los hacendados honestos”, al insistir que los terratenientes eran un factor relevante de la producción del campo mexicano, quienes contribuían de manera fehaciente a la emancipación de los obreros y los campesinos.133 Pérez Treviño tenía una larga trayectoria como defensor de los intereses de los grandes propietarios, fundada en su natal Coahuila, es donde mantenía vínculos muy estrechos con latifundistas de la región algodonera de La Laguna.134 Las tensiones entre los propios gobernadores “agraristas” afloraron, sobre todo porque el coronel Adalberto Tejeda insistió en la necesidad de intensificar los repartos en Veracruz mientras que otros mandatarios locales como Cedillo y Osornio se inclinaban por frenar aquel proceso. Los conflictos entre autoridades municipales y agraristas también generaron desavenencias en tierras michoacanas como se verá más adelante. Todo ello puso en alerta al gobierno federal, al que parecía que ya le habían colmado la paciencia tantos conflictos entre agraristas y terratenientes, entre gobernadores y propietarios, y entre las fuerzas militares y los campesinos armados.135
Mientras tanto la presidencia del ingeniero Ortiz Rubio vivió uno de sus muchos momentos de intranquilidad. La tensión entre el presidente del PNR, Emilio Portes Gil, y el titular del Ejecutivo llegó a sus límites, provocada en buena medida por la interferencia de Calles y sus operadores en las tirantes relaciones entre el Congreso de la Unión y el presidente. Las diferencias en materia agraria, pero sobre todo de influencia política entre Portes Gil y Calles, confrontaron a partidarios y simpatizantes. Ortiz Rubio congeniaba con la postura de Calles de poner fin a la distribución de tierra, pero no parecía tolerar la injerencia del sonorense en decisiones que desde su punto de vista sólo a él le competían. Portes Gil, por su parte, pretendió encabezar al grupo de gobernadores “agraristas”, asunto que tanto Tejeda como Cedillo y el propio Cárdenas, veían con suspicacia. Manteniéndose fiel a Calles, Cárdenas se alineó a las maquinaciones políticas del primero, y al restarle fuerza a Portes Gil contribuyó a que se confrontara con Ortiz Rubio. El gobernador de Michoacán le escribió al general Calles: “Los enemigos de la Revolución y otros malos elementos hacen labor de zapa que mina en todas partes y sólo usted puede serenar la situación y evitar un nuevo desastre al país”.136 En dicha coyuntura varios gobernadores “agraristas” se mantuvieron fieles a Calles. Cedillo, Tejeda, Almazán y, desde luego, Cárdenas apuntalaron al sonorense.137
El 16 de octubre de 1930 el presidente del PNR renunció y dejó vacante su puesto dentro de la urdimbre política más encumbrada del país. La ruptura entre Portes Gil y Ortiz Rubio no era poca cosa. El titular del ejecutivo llevaba casi un año en funciones y no acababa de consolidar sus propias alianzas políticas. Creyendo que encontraría un incondicional entre su propio paisaje, decidió llamar al general Cárdenas a ocupar el puesto al día siguiente de la renuncia de Portes Gil. Tres semanas después, el 7 de noviembre el gobernador de Michoacán pidió licencia al congreso del estado para ocupar la presidencia del partido.138 Esta vez dejó en su lugar a su correligionario Gabino Vázquez, quien se encargaría de continuar con la labor de reformas en el estado apoyado sólidamente por la CRMT.
El traslado del general Cárdenas a la Ciudad de México no implicó que abandonara su ímpetu agrarista. Como presidente del PNR apoyó al ejido sin incomodar al general Calles, pero de alguna forma ignorando las intenciones del presidente Ortiz Rubio. Aunque su estilo a la hora de hacer declaraciones públicas se vio impregnado del inconfundible tono demagógico penerrista, al poco tiempo de ser nombrado presidente del partido, comentó a la prensa: “El resurgimiento de México sólo puede ser producto de una justa y mejor distribución de la propiedad”.139 De no haber sido porque efectivamente Cárdenas sí parecía creer en lo que decía, tal declaración formaría parte de las miles de palabras vacías que ya se contaban en el repertorio del PNR.
El general Cárdenas mantuvo su postura a favor de la distribución de la tierra. Desde inicios de los años treinta no perdió oportunidad para insistir en que “el ejido, el fraccionamiento de la tierra, será la base de la prosperidad del país. Ello se habría ya demostrado plenamente si los gobiernos hubiesen estado en posibilidad de auxiliar al ejidatario en la medida de su necesidad, particularmente por cuanto hace al crédito ejidal”.140
A lo largo de 1931 varios acontecimientos ocuparon la atención del michoacano. A principios de ese año inauguró la primera estación de radio perteneciente al partido, la XEFO, antes llamada XE-PNR, cuyo discurso inaugural fue pronunciado por el presidente Ortiz Rubio. Esa estación funcionó durante casi 15 años promoviendo políticas gubernamentales y contrastando su emisión con la de otra estación que se volvería el emblema de la iniciativa privada en materia de radiocomunicación: la XEW, cuyo conocido lema era el pretencioso enunciado de ser: “La voz de la América Latina desde México”. Esta radiodifusora se inauguró un año antes, y su propietario, Emilio Azcárraga Vidaurreta, se convertiría en uno de los empresarios más conspicuos de la primera mitad del siglo XX. Su claro propósito de convertir la radio en un negocio con amplios márgenes de utilidad y beneficio económicos inició un estilo muy peculiar de hacer dinero a través de la explotación de la sensiblería de diversas expresiones culturales populares mexicanas. Para algunos analistas la XEW fue desde sus inicios la gran escuela del mundo romántico y sentimental de la sociedad mexicana durante la primera mitad del siglo. La radio comercial tendría en el señor Azcárraga a uno de sus más preclaros representantes.141
En materia de comunicación, Cárdenas también se preocupó por la prensa. Desde 1929 el general Calles fundó el periódico El Nacional Revolucionario, que después mantuvo el título de El Nacional. El presidente del PNR lo retomó a partir de 1930 y lo convirtió en un periódico que trascendió los límites del partido y se ocupó de la noticia diaria, de laciencia, la higiene, la política y la religión. Durante esta primera etapa el diario se rehusó a publicar nota roja porque la consideraba “una peligrosa apología del crimen y escuela de perversión”.142 De cualquier manera el periódico vivió un pequeño repunte mientras el General mantuvo su presidencia en el PNR. Más tarde se convertiría en uno de los principales periódicos del país y en uno de sus panegiristas más insignes.
El 14 de enero de 1931 un intenso sismo ocurrió en las costas de Oaxaca afectando señaladamente a la capital del estado, a algunas ciudades de la mixteca alta como Huajuapan de León, Tlaxiaco y Miahuatlán y también a la región zapoteca del Istmo de Tehuantepec. Una vez que el General conoció las noticias del desastre se trasladó a la ciudad de Oaxaca y recorrió la zona los días 19 y 20 para apoyar las labores de rescate y alivio de los miles de afectados. Días antes el equipo del cineasta soviético Serguéi Eisenstein aterrizó en Oaxaca.143 El director filmaba en México una película que jamás concluiría y que originalmente se identificó como The Mexican Picture.Las imágenes en movimiento de aquella antigua ciudad de Antequera destruida —filmadas por el fotógrafo Edouard Tissé para el breve documental que posteriormente editó Eisenstein—, mostraban las dimensiones de dicha tragedia. Muros destrozados, arquerías derruidas, huecos desnudos en las bóvedas, columnas y portales derribados, el cementerio infestado de dolientes, las ruinas de las casas de los ricos y pobres; todo ese desastre aparecía frente al espectador con tomas impresionantes. La gente retratada mantenía una expresión de zozobra y estupefacción. La desgarradora miseria de los pobladores indígenas aparecía entre los escombros. Un conjunto de tomas de santos fuera de las iglesias mostraba el desamparo, pero también el arraigo de la religiosidad popular y la fuerza de las creencias católicas.144
A esa tragedia arribó el general Cárdenas para apoyar al gobernador Francisco López Cortés, quien asistido por un general de apellido Pérez y un amplio contingente de soldados, inició la reconstrucción de las ciudades y pueblos. El presidente del PNR participó en la organización de la edificación de albergues, que según él “era problema más urgente”.145 A los tres días regresó a la capital del país a continuar con sus labores de gestión y grilla política.
A finales del mes de enero y principios de febrero tuvo la ocasión de poner a prueba su retórica revolucionaria. El licenciado Luis Cabrera, aquí connotado carrancista que en ese momento se erigía en crítico de la Revolución, dio una conferencia sobre el resultado del movimiento iniciado por Francisco I. Madero en 1910 y concluido con la Constitución de 1917. La conferencia, hecha en el enorme edificio del antiguo templo de San Agustín que albergaba la Biblioteca Nacional, formaba parte de una serie de pláticas que el recinto organizó con motivo del vigésimo aniversario del inicio de la contienda revolucionaria. En dichas pláticas participaron figuras como Juan Sánchez Azcona, Félix F. Palavicini, Pastor Rouaix, Antonio Díaz Soto y Gama, Isidro Fabela y el embajador de Cuba en México, Manuel Márquez Sterling. Aquellas charlas no generaron ninguna molestia, sin embargo, la disertación de Luis Cabrera consistió en una extensa descripción de los derroteros que siguió la Revolución durante los 10 años que siguieron después del arribo al poder de los caudillos sonorenses. Los principales diarios del país, ni tardos ni perezosos, publicaron algunos fragmentos de manera sucesiva, aunque sólo El Hombre Libre la publicó completa.146 Al parecer lo dicho por Cabrera mostraba mucho resentimiento, pero también decía algunas verdades, externaba bastantes opiniones personales y se regodeaba en no pocas mentiras.
En primer lugar atacó la política agraria, especialmente la creación de ejidos, explicando que sólo entorpeció la producción en el campo. Denunció la inexistencia de un verdadero ejército nacional dado que era imposible erigirlo por la alta desigualdad social. Sostuvo que la educación impartida por el estado no servía para nada, y que la secundaria “preparaba para la empleomanía y la profesional al parasitismo”. Establecía que la Revolución no resolvió ninguno de los problemas políticos del país, en gran medida por la falta de valor civil de los propios mexicanos, pues se temía afectar las sensibilidades de las altas autoridades mexicanas. En su discurso, remató: “tememos lastimar al general Calles, al licenciado Portes Gil, al ingeniero Ortiz Rubio y por eso no hacemos nada”.147
La respuesta a su conferencia no tardó en aparecer y se convirtió en la comidilla de la prensa y la opinión pública. A Luis Cabrera le contestaron el general Manuel Pérez Treviño, el diputado Manlio Fabio Altamirano y el mismísimo presidente, Pascual Ortiz Rubio, que le dedicó la siguiente frase: “Yo lo digo sin ambages y sin exageraciones: tenemos un admirable, un excepcional ejército”, y tal logro se lo endosó al general Joaquín Amaro.148
Lo que resultó inédito fue que el general Cárdenas, como presidente del PNR, respondió al licenciado Cabrera con una larga carta en la que defendió al ejército; en seguida, criticó al régimen de Carranza, del cual el propio Luis Cabrera formó parte; especialmente se refirió al rubro de la educación. Le echó en cara una acción del presidente constitucionalista que no resultaba menor y le recordó que durante aquel gobierno se suprimió la Secretaría de Instrucción Pública. También se refirió a los reparos de Cabrera a la política agraria, misma en la que el propio presidente del PNR reconoció que tenía errores, pero que el gobierno continuaba con “la dotación y restitución que en derecho corresponde a los pueblos”. Finalmente asestó un último golpe en el que insistió que la Revolución no se limitaba al proceso violento, en el cual Cabrera participó lo mismo que muchos otros, sino que se debía incluir aquella época de guerra hasta el gobierno de entonces que “como los anteriores, emana de la Revolución misma”.149
Días después, Luis Cabrera se lamentó diciendo que quienes le contestaron no lo habían leído leído correctamente, y acusó de “neurasténicos” a sus detractores. Se quejó también de que muy cristianamente el presidente Ortiz Rubio lo “excomulgó oficialmente proscribiéndome del seno de la Iglesia Católica Revolucionaria, negándome la sal y el agua, por hereje, logrero, heterodoxo, tránsfuga, judío, mochuelo y ave de mal agüero”.150 Así terminó la polémica entre uno de los críticos de la Revolución y algunos miembros destacados del partido que con el tiempo adquiriría el mote de “oficial”. Habría que mencionar que Cabrera no hizo ninguna mención en la misiva de Cárdenas.
Las labores del presidente del PNR no sólo se limitaban a algunas participaciones en debates públicos o la elaboración de discursos y comunicados. Mientras ocupó la presidencia del partido, gran parte del tiempo lo ocupaba en negociar con las diversas facciones que constantemente pugnaban dentro del Congreso de la Unión. Si bien la mayoría simpatizaba o formaba parte del partido, el control de las facciones fue sin duda una labor titánica. Los diputados y senadores parecían vivir en agitación constante. Entre griteríos, delirios y balazos, durante la XXXIV legislatura constituida a principios de 1930 se distinguían principalmente dos grupos: los “rojos”, que solían blasonar su cercanía con el general Calles, y los “blancos”, que respaldaban al ingeniero Ortiz Rubio. Ambos debatían por cualquier minucia demostrando no sólo sus lealtades y afanes protagónicos, sino también sus fanfarronerías y hasta su falta de instrucción básica.
La polarización se hizo evidente cuando se discutió la posibilidad de instaurar la reelección de los representantes en las cámaras. Si bien el presidente del PNR parecía inclinarse a favor de la no reelección, en concordancia con uno de los principios fundamentales del discurso revolucionario, dejó abierta la posibilidad de que los senadores y los diputados regresaran por un segundo o tercer periodo, “siempre y cuando hayan realizado una positiva labor de colaboración para el desarrollo de los programas en materia de educación, de comunicaciones, de organización agraria y obrera de los gobiernos federales y locales”.151 La reelección era la propuesta que también apoyaba el general Calles, mientras que Ortiz Rubio prefería la “no reelección”.
Como mediador el general Cárdenas intentó quedar bien con Dios y con el Diablo. Pero sus lealtades hacia Calles eran todavía inquebrantables. A pesar de ello consecuente con su papel en la presidencia del PNR tuvo que lidiar con situaciones en las que los aliados del presidente Ortiz Rubio se enfrentaban con los del general Calles, o incluso con algunos de sus testaferros menos relevantes. Era necesario mediar entre grupos que no se caracterizaban precisamente por ser caballerosos o educados. De vez en vez los diputados y senadores asistían a las sesiones con sus pistolas en la cintura y no era raro que dirimieran sus diferencias a gritos y sombrerazos. De los 160 miembros de la cámara de diputados, poco más de la mitad se reconocía como militante de las filas del PNR. Algunos como Manlio Fabio Altamirano, Wenceslao Labra, Manuel Riva Palacio, Graciano Sánchez o Ernesto Soto Reyes eran de clara filiación agrarista. Saturnino Osornio, quien había sido gobernador de Querétaro y no ocultaba sus alianzas con los tejedistas de Veracruz y los cedillistas de San Luis Potosí, también se alineó entre los agraristas. Todo ellos resistieron los embates de las posiciones que coincidían en frenar el reparto de la tierra que inicialmente respaldaban las opiniones del general Calles con las del ingeniero Ortiz Rubio. El presidente del PNR tenía además operadores importantes dentro y fuera de las cámaras, como los michoacanos Rafael Picazo, Manuel Avilés y Efraín Pineda, aunque a veces no se sabía claramente si estaban más con Ortiz Rubio que con el propio Cárdenas. A otros representantes como Gonzalo N. Santos, Rafael Melgar o Práxedis Balboa era imposible mantenerlos a raya. Cada uno seguía la postura que le parecía de momento la más conveniente, aunque siempre se cuidaban la espalda al intentar ganarse la protección del jefe Calles.152 El primero, también conocido como el Alazán Tostado, era temido por sus métodos de convencimiento entre los que rara vez faltaban golpeadores y ametralladoras.153
En febrero de 1931 el general Cardenas acompañó al ingeniero Ortiz Rubio en una visita al oriente de Michoacán. En Jiquilpan, con toda la comitiva presidencial y también contando con la presencia del gobernador interino Gabino Vázquez, el general Cárdenas se enteró de que las guardias blancas de los terratenientes de la hacienda Guaracha habían arrasado con las casas y las pertenencias de los agraristas instalados en un terreno llamado Las Zarquillas, que aquellos latifundistas reclamaban como suyo. El general tomó el tren presidencial para trasladarse al lugar donde ocurrió el zafarrancho y constató la intransigencia de quienes se consideraban los mandamases de la localidad. Ahí mismo tomó la determinación sobre el latifundio. Hasta el 21 de septiembre se formalizaría la primera dotación y cuatro años después se establecería en esas mismas tierras el ejido Emiliano Zapata.154 En aquella ocasión pareció que al General se le había agotado la paciencia y estaba dispuesto a resolver de una vez por todas el asunto de Guaracha.
Después del incidente, Cárdenas se dio cuenta de que su labor resultaba mucho más útil y trascendente como gobernador de Michoacán que como presidente del partido. Por ello en mayo decidió volver a encabezar la gubernatura de su estado sin renunciar a su puesto en el partido.155 La violencia, tanto por cuestiones agrarias como por asuntos religiosos, no cedía en aquellos territorios. En Zitácuaro, Arocutín y Nocupétaro, entre finales de 1930 y principios de 1931, hubo enfrentamientos significativos entre campesinos armados que defendían su religión o su tierra.156
A nivel federal, la intención de detener la distribución agraria también empezó a generar una actitud defensiva entre los gobernadores “agraristas”. La presión por parte del gobierno de Ortiz Rubio, en concordato con la voluntad de el Jefe Máximo, Plutarco Elías Calles, se había intensificado. La consigna de desarmar a quienes protegían sus patrimonios y tierras con la venia de las autoridades estatales se dejó sentir desde la Secretaría de Guerra y Marina hasta los corrillos que fomentaban las pugnas entre callistas y ortizrubistas. La tensión entre los convencidos del cambio en la tenencia de la tierra y quienes insistían en detener el proceso confrontó al secretario de Gobernación, Carlos Riva Palacio, con el presidente Ortiz Rubio. El presidente le solicitó su renuncia a quien tampoco quería desairar al jefe Calles. Empezar la siguiente frase:
Riva Palacio respondía en primera instancia a las órdenes del sonorense, aunque se conocían sus dudas acerca del proceso de desarme de los campesinos, sobre todo en los estados de Veracruz y San Luis Potosí. Saturnino Cedillo y Adalberto Tejeda se negaron a despojar de sus rifles y pistolas a sus huestes, e incluso el potosino cometió la imprudencia de enviar 15 vagones repletos de campesinos armados a asistir a sus correligionarios agraristas en Querétaro.157 Mientras los veracruzanos y potosinos se mostraban rejegos, Cárdenas se mantuvo en una posición ambigua aunque aprovechó aquel río revuelto para irse haciendo de una base política que trascendiera su propio terruño y alcanzara cierta significación en otros estados. Pero no cabe duda que su núcleo particular estaba entre los campesinos, los obreros y las fuerzas vivas michoacanas.
Mapa de la meseta tarasca con todos los pueblos beneficiados por la ley 46. Tomado del libro de Eithan Ginzberg Lázaro Cárdenas Gobernador de Michoacán p.207
En junio de 1931, Lázaro Cárdenas remitió al congreso de Michoacán la iniciativa de ley número 46 que nulificaba los contratos de explotación de los bosques de la meseta Tarasca establecido entre las comunidades indígenas y diversas compañías madereras, tanto extranjeras como nacionales. Algunos de esos contratos se habían establecido desde épocas porfirianas y en 1928 fueron renovados por las autoridades en turno. En esta última fecha incluso se ampliaron las áreas de explotación, mismas que llegaron a producir exorbitantes ganancias, mientras las comunidades recibían la irrisoria cantidad de 13 centavos por hectárea talada.158 Entre esas compañías se encontraban la Mexican Finance Company S. A., Bosques Mexicanos, S. A., Lumber and Development Company of Michoacán S. A., Compañía Industrial de Michoacán y Michoacán Transportation Company.159 Con aquel decreto Cárdenas ordenó que 220 000 hectáreas correspondientes a 20 comunidades de dicha meseta boscosa fueran restituidas a sus antiguos dueños, quienes todavía guardaban celosamente sus títulos virreinales.
Si bien es cierto que muchas de estas comunidades no tenían la capacidad y la infraestructura para explotar los recursos forestales—incluso tal parece que fueron pocas las que solicitaron el reparto—, Cárdenas se justificó argumentando que aquella disposición respondía al compromiso adquirido cuando había vivido como soldado rebelde en sus correrías revolucionarias iniciales entre 1913 y 1914. En su memoria quedaba la promesa que le le había hecho al jefe indígena Casimiro López Leco, a quien conoció cruzando los parajes entre Cherán y Paracho.160 Con la ley número 46 parecía haber cumplido su palabra. Las cooperativas indígenas que debían velar por esos bosques al parecer no sobrevivieron mucho tiempo.161 Sin embargo el reparto mostró no sólo la buena voluntad de parte del gobierno cardenista, sino su clara convicción de poner los recursos naturales del país en manos de sus habitantes originarios.
La propuesta educativa en el estado de Michoacán
Es preciso, que la escuela sea una preparación para la vida, en todas los órdenes y en todos los planos de la existencia…
LÁZARO CÁRDENAS, 1932
Los días 22, 23 y 24 de julio de 1931 celebró en Morelia el tercer congreso de la Confederación Revolucionaria Michoacana del Trabajo. Para entonces la CRMT era un organismo vigoroso gracias a sus bases laborales militantes. Tenía una organización disciplinada y leal que actuaba en concordancia con el gobierno local y federal, misma que respondía a una estructura vertical, pero con cierta “representación de clase”. Esta confederación comprobó su eficacia a la hora de “cumplir las leyes revolucionarias del estado, particularmente en materia agraria, de trabajo, de cultos y de educación pública”.162 El gobernador Cárdenas asistió a aquellas sesiones junto con el general Benigno Serrato y algunos diputados del congreso local. En las mesas de trabajo se destacaron principalmente dos asuntos: la necesidad de implementar una efectiva campaña antialcohólica en el estado y la importancia de detener la actitud sediciosa y disolvente de la iglesia católica entre las comunidades campesinas y obreras michoacanas.163 Por más que los arreglos entre el gobierno federal y la alta jerarquía eclesiástica hubiesen puesto fin a las hostilidades, la situación en los pueblos seguía sin mayores cambios y no tardaría en convertirse nuevamente en un polvorín. A partir de la segunda mitad de 1931 una embestida por parte del espíritu jacobino posrevolucionario pondría a los católicos una vez más contra las cuerdas, lo que produjo una reacción popular que se manifestó con particular lujo de violencia.
Al fanatismo y a las resistencias de los religiosos católicos michoacanos el gobierno del general Cárdenas intentó responder por la vía educativa. Además de los repartos agrarios, la organización e integración de sus bases políticas y sociales de combatir la fragmentación de su territorio gracias a la construcción de vías de comunicación y los esfuerzos por pacificar la muy desunida sociedad campesina y trabajadora, quizá el mayor empeño del general Cárdenas durante los cuatro años de su gobierno fue la ampliación y diseminación del sistema escolar a lo largo y ancho del estado.
Para llevarlo a cabo se valió de las instituciones gubernamentales responsables de la educación a nivel estatal, a las que destinó cerca de 40% del presupuesto anual de la entidad. Se apoyó en los secretarios de Educación, Ezequiel Padilla en 1929 y Narciso Bassols a partir de 1930, y dio la instrucción que la escuela debía llegar sobre todo a las regiones que necesitaban pacificarse tratando de dar fin a la rebelión cristera.164 Desde el inicio de su gobierno Cárdenas incorporó a los maestros y autoridades educativas a la Confederación Revolucionaria Michoacana del Trabajo. Ahí se consolidó el Bloque Estatal de Maestros Socialistas de Michoacán, organización que se encargaría de celebrar diversos congresos magisteriales para optimizar la impartición de la instrucción básica. Sobre todo se les encargó la misión de terminar con el fanatismo que imperaba entre aquellos jóvenes y niños michoacanos, así como en el resto de la población.
Un estudioso de aquel proceso concuiría que a los maestros se les “reconocía su papel activo en la disputa por la hegemonía social” que debía ejercer el estado laico y moderno mexicano, frente a la iglesia católica. Había que “desplazarla de la conducción moral e ideológica de las masas campesinas”165 y era necesario renovar la escuela. La institución educativa debía ser “esencialmente dinámica, activa, social, creadora de mejores hábitos y costumbres”. Además de combatir al fanatismo debía fomentar el cooperativismo y fraternidad, así como velar por el bien del prójimo. Se decía que uno de los requisitos fundamentales de la educación era el de “socializar la escuela” al generar una conciencia de solidaridad entre los educandos y los trabajadores en general gracias al conocimiento “de normas sindicalistas y cooperativistas”.166
En sus programas se hizo necesario que los alumnos se acercaran más a la naturaleza para conocerla y respetarla, pero también que se instruyeran en labores de agricultura, comercio e industria. Su preferencia era enseñarles oficios para mantenerse de manera independiente y honrada.
Para incorporar estos nuevos contenidos a la enseñanza impartida por las instituciones ligadas al gobierno del estado fue imprescindible organizar cursos especiales para los maestros. El Departamento de Educación del estado de Michoacán se encargó, desde finales de 1929 y a lo largo de todo el cuatrienio cardenista, de capacitar a sus cuerpos docentes, con el fin de que las escuelas oficiales se convirtieran en semilleros de “verdaderos seres humanos, tanto espiritual como corporalmente” y que de ahí salieran individuos libres y conscientes que trabajaran a favor del bienestar de sus congéneres.
Al inicio del gobierno del General las escuelas federales, urbanas y privadas sumaban alrededor de 820 unidades en todo el estado de Michoacán. Para 1932 en esos mismos rubros la cifra aumentó a 1 023. Fue en el universo rural donde se percibió un aumento de poco menos de 200%. En 1928 había 782 escuelas rurales en Michoacán. Para 1932 ya existían 1 254.167 Otros sectores de la población disfrutaron de estos beneficios educativos. En las principales ciudades se abrieron jardines de niños. En diversas fábricas los hijos de los obreros asistieron a las escuelas Artículo 123. Para 1932 se inauguraron 326 colegios cuya manutención corría por cuenta de los dueños de las empresas o haciendas, aunque la supervisión estaba en manos del Departamento de Educación y la CRMT. Para preparar a los maestros se fundó la Escuela Normal Mixta, separando sus funciones de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, cuyo prestigio se reconocía en diversas partes del país. La Normal estaría bajo responsabilidad del Departamento de Educación, lo mismo que otros colegios técnico-industriales. En Morelia y Pátzcuaro se fundaron las escuelas industriales para mujeres y para indígenas, que llevaban los nombres de Josefa Ortiz de Domínguez y José María Morelos, respectivamente. En esas dos ciudades también se instalaron las escuelas Hijos del Ejército 1 y 2.168
La iniciativa de llevar las letras y la educación a los jóvenes descendientes de los miembros de las fuerzas armadas había germinado en la conciencia y los planes del general Cárdenas durante su estancia en las Huastecas. Se trataba de escuelas-internados que dignificaban la vida castrense y buscaban que se unieran a la sociedad a través de una instrucción útil y servicial.169 En ese mismo sentido se abrieron otras dos escuelas más enfocadas al entrenamiento agrícola-industrial en Coalcomán y Paracho. En la capital del estado se impulsaron la Escuela de Artes y Oficios —que ya había instalado el gobierno del general Múgica en 1921— y el colegio técnico-industrial Álvaro Obregón, fundado el año en que el general Cárdenas inició su gobierno en el estado. En las afueras de Morelia, en el antiguo casco de la hacienda de La Huerta, se había fundado una escuela agrícola en 1926. Cárdenas la convirtió a partir de 1930 en la Escuela Regional Campesina.170
Mención aparte merecen las misiones culturales, iniciadas durante la gestión de José Vasconcelos en la Secretaría de Educación Pública durante el gobierno del general Álvaro Obregón. En aquella época sólo una se echó a andar en Ixmiquilpan, en el estado de Hidalgo, pero la iniciativa continuó durante la administración del secretario Manuel Puig Casauranc, siendo presidente el general Plutarco Elías Calles. Sus principales promotores fueron Rafael Ramírez y Moisés Sáenz. Para la segunda mitad de los años veinte las misiones culturales estaban a prueba y sus resultados habían sido más bien magros.
Sujetas a la sanción de las autoridades que sustituyeron a los responsables de la educación federal a partir de 1928-1929, se requirió de una reorganización de las mismas en 1930. Las misiones crearían los institutos sociales, que implementarían una serie de cursos intensivos preparados para cada región en donde se instalaran. Estos cursos consistirían en una instrucción elemental agrícola, un poco de educación física, cierta enseñanza de oficios y pequeñas industrias, y alguna recomendación en materia de trabajo social. El nuevo secretario de Educación a partir de 1930, Narciso Bassols, intentó aprovechar la experiencia acumulada de las misiones y, además de considerar su impacto en territorios donde la guerra cristera no se apaciguaba del todo, estableció una tercera reestructuración de dicho programa tan ambicioso y revolucionario que la Secretaría de Educación Pública deseaba implantar en todo el país.171 En la memoria oficial de esos años se informó:
1930 señala un progreso más para las misiones. Su número se eleva a 14, 12 ambulantes y dos permanentes, a las que se encomienda la muy importante labor de realizar la pacificación de los espíritus en varios estados de la república; recorriendo 19 de ellos llevan a cabo 85 institutos, el número más crecido de su historia hasta entonces, a los que asistieron 282 maestros y maestras. Una misión permanente permanece en Actopan, Hidalgo, y la otra es trasladada a Paracho, Michoacán.172
Aquella misión establecida en el corazón de la meseta tarasca, además de maestros, convocó a artistas y a escritores, a médicos y a enfermeras, a músicos y a actores que con sus conocimientos y artes contribuyeran a enriquecer la educación de campesinos y obreros de la región. Entusiasmados por la riqueza musical purépecha, por ejemplo, los integrantes de la misión de Paracho convocaron a un concurso de sones y bailes regionales en varias localidades durante enero y febrero de 1931. A Tzintzuntzan y a Pátzcuaro acudieron los finalistas, y las piezas Los negritos, Las sembradoras y la Danza de los viejitos obtuvieron los primeros premios. Fueron los maestros misioneros los jueces en esa ocasión y determinaron que, aun cuando la danza de Las sembradoras fue interpretada “por las más bellas muchachas indígenas del lugar, y como legítimas guaris van adornadas con sus mejores prendas”, la danza de Los viejitos ganaría el primer premio por ser uno de los “más originales y característicos del estado de Michoacán”.173 Reconocidas tales danzas como las más hermosas y “auténticas” del folclore michoacano, la Secretaría de Educación Pública se encargó de editar 2 500 ejemplares para que los maestros misioneros las enseñaran en otras localidades con el fin de promover las expresiones musicales mexicanas. Gracias a esa labor de promoción, la Danza de los viejitos se convertiría en una expresión cultural que a partir de entonces representaría a los michoacanos.174 A la menor provocación, grupos de jóvenes vestían sus máscaras de madera que reproducían caras arrugadas de hombres mayores. Además, sumaban a su atuendo pelucas de ixtle bajo sus sombreros y vistiendo ropas de manta. Por lo general el baile culminaba con una coreografía llamada “El trenecito”, que formaba a los integrantes uno detrás del otro como una cola ensamblada por los carros de un ferrocarril que circulaba cada vez a mayor velocidad. El último viejito terminaba jaloneado con gracia y simpatía entre traspiés y zapateos.
Registro de la Danza de los viejitos ganadora del 1º Concurso de Danzas de las Misiones Culturales celebrado en Pátzcuaro en 1931 (Archivo Histórico del Cenidim).
Las misiones culturales fueron aprovechadas por el gobierno del general Cárdenas para promover un proyecto educativo de mayor envergadura. Dado el éxito tras el concurso de música purépecha, se encomendó a las escuelas de todo el estado que promovieran las artes escénicas, el baile y el folclore regional para presentarlos de manera más formal en el Teatro Ocampo de Morelia. Las llamadas “Fiestas de arte para el pueblo” se organizaron todos los domingos para exhibir los humildes espectáculos o las vistosas representaciones de los diversos centros escolares del estado. En dichos eventos no se perdía la oportunidad para bailar, entonar algunas canciones o recitar poesías románticas o patrióticas.175
La acción educativa del gobierno cardenista tendría así un impacto enorme en el prestigio del estado, al fomentar a nivel nacional su gran riqueza cultural, su creatividad y sus expresiones populares. Ese ascendente también traería beneficios al gobernador jiquilpense: para entonces empezaban a aparecer en la lírica popular panegíricos empalagosos y chabacanos dedicados al “benefactor” Lázaro Cárdenas como el siguiente:
Redentor de multitudes
desnudas y hambrientas
clamaron tus virtudes
las turbas harapientas.
Quitaste las riquezas
a todos los tiranos
amaste la pobreza
de todos tus hermanos.
La labor pedagógica de aquel gobierno no sólo se concentró en la instrucción primaria, secundaria y técnica. Al igual que en el resto del país, y principalmente en la Ciudad de México, la educación superior se había distanciado de las instancias gubernamentales. Los estratos medios y los sectores más pudientes eran las que podrían darse el lujo de enviar a sus hijos a las universidades o a las preparatorias, y por lo tanto, no resultaba frecuente que aquellos jóvenes congeniaran con los intereses de los gobiernos posrrelvolucionarios. Es más, tanto por sus desplantes conservadores como por sus espíritus rebeldes, las pocas instituciones de educación superior establecidas en las capitales de los estados o en la propia Ciudad de México solían albergar algunos de los ánimos más contestatarios de aquella época. Queriendo entrarle al toro por los cuernos y sabiendo que en Morelia los estudiantes y profesores de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo se reunían con cierta periodicidad para discutir problemas políticos y sociales que los involucraban, Cárdenas movió algunos hilos para que lo invitaran a conversar en una de sus reuniones. Con el afectado nombre de “cafés nicolaítas”, en aquellos ágapes también se discutían algunas aspectos de la cultura local y nacional, pero eran sobre todo asuntos políticos los que llamaban al intercambio de opiniones e ideas. El gobernador visitó en varias ocasiones dichos convites entre maestros y alumnos, y después de escuchar sus inquietudes, acordaron que era necesario un mayor compromiso de parte de los futuros profesionistas con los procesos de su estado. El General conminó a los profesores a que impartieran “enseñanza cultural entre las masas obreras y campesinas”.
Una resolución que se tomó en la reunión del 1º de agosto de 1931 fue que se presentara al congreso estatal un “proyecto de ley socializando las profesiones” que obligara a los profesionistas que se recibieran de esa institución a “prestar sus servicios por determinado tiempo en las zonas que el estado les señale”.177 En febrero del año siguiente el gobernador presentó al Congreso estatal la iniciativa de Ley para la Socialización de las Profesiones. En dicha ley el gobierno se convertía en mediador entre la “oferta excesiva” de algunas profesiones, las que tenía derecho a regular, y la necesidad de implementar nuevas “orientaciones” al propio proceso educativo superior para impulsar “la productividad y prosperidad para el bien de la sociedad”.178 Con esa ley se establecía un antecedente de lo que sería el servicio social, que en el futuro se implantaría en la mayoría de las universidades del país.
De la misma manera como lo hizo cuando estuvo al frente del PNR, Cárdenas se propuso aprovechar los medios de comunicación dentro de los límites de su estado para fomentar lecturas y promover actividades culturales y políticas. Durante su cuatrienio impulsó varias publicaciones para maestros y alumnos como El Surco y La Chispa. En periódicos locales como El Heraldo Michoacano y La Voz de Michoacán también se difundieron actividades que promovía el gobierno del estado. Desde las oficinas del gobernador salían de pronto los recursos para publicar la revista La Universidad y en no pocos diarios se crearon campañas oficiales contra el alcoholismo y fanatización. En Morelia, la estación de radio XEI transmitió una emisión semanal llamada “La Hora Cultural de la Revolución” en la que se daban noticias sobre las acciones locales del gobierno y los aconteceres de relevancia nacional.179
Desde el Departamento de Educación del gobierno del estado en combinación con la CRMT se organizaron Consejos Técnicos de Maestros en todas las escuelas. En dichos consejos también se invitaban a participar a los padres de familia. Una vez a la semana se debía celebrar “la hora social”, en la que se discutían los problemas de la escuela y los diversos programas que se querían impulsar desde las instancias gubernamentales. El general Cárdenas externaría así su visión de los educadores en aquel momento: “El maestro debe alzarse en guiador social […] debe ser el conductor que penetre con pie firme al surco del campesino organizado y al taller obrero fuerte por su sindicalización”.180
Desde otro ángulo, también fue necesario reconocer algunos fracasos. El caso de la Estación Experimental de Incorporación del Indio, también conocido como el proyecto “Carapan”, encargado nada menos que a Moisés Sáenz en julio de 1932 fue bastante fallido. Poco antes de que el General dejara la gubernatura de Michoacán se instaló en aquella comunidad, perteneciente a la todavía muy aislada Cañada de los Once Pueblos, dicha estación que debía estudiar las posibles vías de integración de los indígenas michoacanos al desarrollo económico y social. La pretensión era dar seguimiento a la directriz que el secretario de educación, Narciso Bassols, planteó en agosto de 1930 en la Asamblea Nacional de Maestros que indicaba que “la función principal de la educación rural debe ser la contribución al mejoramiento económico del campesinado con el objetivo a largo plazo de transformar sus métodos de producción”. La estación tenía la intención de estudiar y experimentar diversas formas de cambiar las costumbres de las comunidades para insertarlas en la senda del progreso económico.181 El proyecto “Carapan” lo integraron, además de Moisés Sáenz como coordinador general, Carlos Basauri, especialista en etnología, Miguel Othón de Mendizábal como economista, Vera Sturges como trabajadora social, Humberto Herrera como director del área de recreación, Juan B. Medina como músico, Agustín Pérez Toro como agrónomo y Felipe Malo Juvera como médico.
El inicio del proyecto estuvo marcado por la resistencia de la propia comunidad indígena a la incorporación de aquel pequeño grupo a su vida cotidiana y por la manipulación activa de la iglesia católica, la cual mostró una clara animadversión hacia quienes consideraba intrusos en sus dominios. Un testigo que acompañó al general Cárdenas en una visita a Carapan contó que antes de arribar al lugar se informó a la comitiva que aquel conjunto de individuos que “pretendían realizar una obra civilizadora por cuenta de la SEP” fueron atacados por “un grupo de gentes [sic] de los once pueblos que fueron incitados por elementos refractarios del clero de Zamora; la chispa que encendió los ánimos fue la conversión que se hizo de una capilla católica en biblioteca”. Cuando el gobernador arribó al pueblo “no había alma viviente en las calles. Los atacantes se habían retirado y los profesionistas redentores estaban refugiados en sus casas, temerosos y sorprendidos”. Según el acompañante en cuanto habló con los indígenas en purhépecha y les explicó la razón por la que los enviados de la SEP se encontraban ahí “la duda y la desconfianza con que ven siempre las gentes [sic] que descienden de las culturas precolombinas […] se convirtieron en alegría ingenua y confianza plena”.182 Si bien este testimonio rebosa condescendencia y jactancia, como muchos otros que hiciera el intérprete y colaborador de Cárdenas a partir de 1932, Victoriano Anguiano Equihua, también en cierto modo mostraba las singulares condiciones de abandono y manipulación de las que era víctima la comunidad de Carapan. Al ser la última población de la Cañada de los Once Pueblos, había mantenido su condición marginal hasta muy avanzada la década de los de los años veinte, e incluso así se mantuvo mucho tiempo después.
Portada del libro Carapan de Moisés Sáenz publicado en 1936
(foto colección RPM).
Aquel experimento duró sólo seis meses. El aislamiento y los conflictos de personalidad entre Sáenz y Bassols al parecer dieron al traste con aquella estación que intentó la integración cultural y económica de la comunidad indígena. Sáenz renunció a la Secretaría de Educación Pública y al frente del proyecto quedó Basauri por unos meses más. El fracaso de la propuesta se dio por la ineficiencia del equipo que la llevó a cabo y por la terrible comunicación en la que vivían dichas comunidades.183 El resultado de aquel experimento se aprecia en la brutal sentencia de su coordinador: “Para resolver el problema del indio le voy más a la carretera que a la escuela”.184 Después de su experiencia en “Carapan”, Moisés Sáenz escribió desangelado:
Las escuelas no merecen siquiera el mote despectivo de escuelas de leer, escribir y contar, pues el aprovechamiento que de estas artes observamos es casi nulo. Todos aquellos atributos que solemos asociar con las metas de las escuelas rurales fundadas por la Revolución, están ausentes de estas.185
Pese a todo, en el recuerdo del general Cárdenas la Estación Experimental de Incorporación del Indio en Carapan era un modelo para afrontar la segregación y miseria de las comunidades indígenas a nivel nacional. Así lo reconocería un par de años después en plena gira como candidato presidencial.186
Los festivales y el fomento a las expresiones populares, así como su reconocimiento como “folclore típico michoacano” continuaron, en gran medida promovidos por las escuelas rurales. Así lo constató el embajador de la recién fundada II República Española, el periodista y escritor Julio Álvarez del Vayo, al visitar aquella entidad en junio de 1932. El día 4 de ese mes el General anotó en sus Apuntes que, en Ihuatzio, un pueblo pequeño situado en las orillas del Lago de Pátzcuaro, durante la visita de aquel “buen amigo de la causa Revolucionaria de México”, su paciencia fue puesta a prueba con múltiples representaciones de “michoacanismo”, pues según el propio general, al distinguido invitado “se le hizo una fiesta regional que le agradó”.187
La presencia del embajador Álvarez del Vayo en el estado —además de ser el primer embajador español que no ostentaba algún título nobiliario, sino que al contrario tenía una carrera de socialista convencido— se debía también al pintor de la generación del 27, Gabriel García Maroto, amigo suyo quien llevaba tiempo trabajando en Michoacán en los proyectos de educación artística popular. Ambos mantenían un vínculo ideológico y de camaradería desde su temprana juventud inmersa en movimientos revolucionarios pro soviéticos y europeos. García Maroto se casó con la mexicana Amelia Narezo y gracias a su colaboración con varios escritores del grupo Contemporáneos, como Jaime Torres Bodet y Javier Villaurrutia, se relacionó con México, su literatura y su expresión artística, para establecerse en México a partir de 1927 hasta 1934.
Su pintura de trazo libre y preciso recordaba las ilustraciones que algunos forjadores de la escuela mexicana de pintura —como Diego Rivera, Amado Chávez y Fermín Revueltas— pusieron al servicio de sus compromisos políticos. Fermín Revueltas tendría el encargo de pintar un par de murales en el salón de actos del palacio de gobierno de Michoacán y la decoración de la biblioteca de la quinta La Eréndira del general Cárdenas.188
Cuado García Maroto se encontró en Michoacán se topó con las flores, las trenzas, los sombreros y las demás vestimentas de los indígenas y de las mayorías campesinas, muy al estilo de los que fueron temas favoritos de los pintores mexicanos del momento. Supo combinar técnicas impresionistas con un realismo muy particular al retratar el paisaje michoacano, en el que los árboles, las iglesias y los edificios coloniales daban la nota regional.189 Aquel pintor trabó una buena amistad con el general Cárdenas y colaboró con su gobierno hasta 1932, fecha en que Narciso Bassols lo llamó para pintar un mural en la escuela primaria Francisco Giner de los Ríos en la Ciudad de México. En 1934 saldría del país para volver a España después de varios periplos y participar en la Guerra Civil bajo las órdenes de Álvarez del Vayo.190
Dibujo de Gabriel García Maroto, circa 1928-1929
(libro Veinte dibujos mexicanos).
Después de visitar Michoacán, el embajador español informó a sus superiores en Madrid que junto con el general Cárdenas se había planeado la edificación de una estatua de Vasco de Quiroga, el primer obispo de la diócesis y benefactor de los indígenas en la isla Xanicho (Janitzio). El monumento de 35 metros de alto sería construido por Guillermo Ortiz, director de la Escuela de Talla Directa, al mando de un grupo de “los mejores artistas de México”. Con el fin de “limpiar la historia de la Conquista de cuantas sombras se han hartado de proyectar”, aquella estatua sería “la mayor de América, una especie de Estatua de la Libertad […] dominando todos los campos de Morelia”.191
Este proyecto pretendía contrarrestar la imagen negativa de España y de la conquista que Diego Rivera presentó en los murales del Palacio de Cortés en Cuernavaca, y que causaron bastante malestar entre los hispanistas tanto mexicanos como peninsulares.192 Finalmente aquel proyecto no se llevó a cabo tal como Álvarez del Vayo había notificado a sus autoridades. La estatua sí se erigió en Janitzio, unos años después bajo los designios del cardenismo, pero representó nada menos que a José María Morelos, y no tardó en convertirse en una referencia geográfico-turístico-histórica de la región de Pátzcuaro.
La Secretaría de Gobernación y el fin del gobierno en Michoacán
Un pueblo sin política y sin políticos es un pueblo sin sensibilidad histórica.
FROYLÁN MANJARRÉZ, 1934
Desde el 12 de junio de 1931, fecha en la que Carlos Riva Palacio renunció a la Secretaría de Gobernación del gabinete del presidente Ortiz Rubio, el general Calles envió un mensaje a Cárdenas sugiriéndole que se regresara en cuanto pudiera a la Ciudad de México. El gobernador de Michoacán tardó casi un mes y medio en arribar a la capital. El 28 de agosto ocupó el despacho de quien se decía era el principal operador político del gobierno federal.193 Antes de arribar Cárdenas viajó a la comunidad de Huetamo, situada en Tierra Caliente cerca de la frontera con el estado de Guerrero, donde se había suscitado un conflicto violento por el reparto de tierras desde diciembre de 1930. En ese entonces cuatro líderes agrarios fueron asesinados por las guardias blancas de quienes se asumían como los dueños de aquellas tierras. Aquel extenso territorio presentaba tantos problemas entre los terratenientes, el clero católico y los campesinos, que desde enero de 1931 Cárdenas había enviado una comisión de ingenieros de la Comisión Local Agraria para estudiar la región y proponer alguna solución que beneficiara a los campesinos. Después de dirimir diferencias y apenas controlar la violencia, Cárdenas dejo la situación con cierta tensa tranquilidad y volvió a la capital del estado. Hasta mediados de 1931, aquella región fue calmando sus ímpetus de conflicto para terminar dividida en ocho grandes ejidos, mismos que recibieron formalmente sus títulos hasta 1933.194
Después de su regresó a Morelia todavía del 21 al 23 de julio estuvo presente en la celebración del tercer congreso de la CRMT. A principios de agosto se encontró con los universitarios y logró el acuerdo entre los nicolaítas y el gobierno del estado. El 19 de agosto llegó a la Ciudad de México después de pedir una licencia al congreso de Michoacán para ausentarse y ocupar la Secretaría de Gobernación. Como ya se mencionó, en su estado natal quedó Gabino Vázquez como gobernador interino. El 27 de agosto Cárdenas renunciaría a la presidencia del partido, y en su lugar quedaría el general Manuel Pérez Treviño. Al día siguiente el General estaría sentado en el despacho principal de Gobernación.
La estancia de Cárdenas en esa secretaría duraría hasta el 15 de octubre: sólo un mes y medio. La presidencia de Ortiz Rubio era asediada por múltiples conflictos y grillas, y parecía que muy pocos de sus allegados tenían el tiempo, la capacidad y tal vez las ganas, de afrontar o arreglar tal cúmulo de desatinos. Sólo la terquedad del presidente y su necesidad de sacudirse la tutela del Jefe Máximo continuaban marcando el ritmo de las discordias.
La Cámara de Diputados era una arena donde se libraban verdaderas batallas campales. No hacía poco, a principios de agosto, las diferencias entre “rojos” y “blancos” en torno de las políticas locales, específicamente las instrumentadas por el gobernador de Jalisco, Ignacio de la Mora, se dirimieron a balazos dentro del recinto parlamentario, con el resultado de un muerto y dos diputados heridos.
El escándalo y la corrupción también se colaban en las primeras páginas de los periódicos y desprestigiaban a la élite política de forma constante y contundente. Una ola de xenofobia se apoderó del ambiente y chinos, judíos, polacos y libaneses fueron víctimas de múltiples abusos, de las altas autoridades como de burócratas menores.195 En el norte del país la política sinófoba estaba encabezada por el hijo del general Calles, quien decretó leyes que atentaban contra los orientales: prohibían matrimonios entre chinos y mexicanas, o marginalizaban los barrios donde vivían aquellos migrantes de Oriente. El caso de un grupo de chinos adinerado extorsionado por el jefe del Estado Mayor Presidencial y el entonces secretario de Gobernación, Riva Palacio dio pie a una crisis que reflejó el quiebre de la administración del presidente Ortiz Rubio.196 Por ese motivo el presidente pidió la renuncia al secretario con el conocimiento de que se trataba de un golpe directo al propio general Calles, ya que Riva Palacio era uno de sus allegados favoritos en aquel momento.
Las discusiones en las cámaras eran barrocas y acaloradas. Finalmente, una diferencia sobre el lugar donde debía suceder el informe presidencial del 1º de septiembre colmó el vaso al general Cárdenas, quien todavía era jefe del PNR y renunció a su presidencia poco antes de que fuera nombrado secretario de Gobernación.
En dicha secretaría continuó su labor como mediador, cuando no de apagafuegos. Las intrigas entre los propios miembros del gabinete, los militares, los diputados y los senadores estaban a la orden del día. Una pléyade de altos y medios funcionarios, de secretarios particulares y hasta de correveidiles se sentían capaces de influir en tal o cual grupo, oponiendo invariablemente al general Calles contra Ortiz Rubio. El presidente contaba con varios secretarios leales como el general Joaquín Amaro, que ocupaba la Secretaría de Guerra, el general Juan Andreu Almazán, que era entonces el secretario de Comunicaciones y Obras Públicas, y el general Saturnino Cedillo, a cargo de la Secretaría de Agricultura. A pesar de que el potosino no congeniaba con la política de contención al agrarismo que enarbolaba el presidente, no carecía de reticencias ante la marrullería de los seguidores del general Calles. El licenciado Narciso Bassols, secretario de Educación Pública, estaba concentrado en impulsar la renovación del proyecto educativo revolucionario y no entraba en las grillas políticas, aunque se conocía su fuerte alianza con el general Calles. El secretario de Industria y Comercio, el licenciado Aarón Sáenz, sabiendo de lo que eran capaces las maquinaciones de los callistas, también se mantuvo al margen de los conflictos entre “rojos” y “blancos”. Y Luis Montes de Oca, secretario de Economía, así como Genaro Estrada, secretario de Relaciones Exteriores, parecían más aliados de Ortiz Rubio que del Jefe Máximo, aunque en cualquier momento podían dar el bandazo.
En general el trato de los miembros del gabinete con el presidente era de respeto y conciliación, pero al parecer el coronel Eduardo Hernández Cházaro, secretario particular de Ortiz Rubio, era quien prefería la intriga y el corrillo palaciego. El coronel fue uno de los intrigantes que llevó al expresidente interino y primer jefe del partido, Emilio Portes Gil, a enemistarse de forma poco elegante con el primer magistrado. Calles consideraba a Hernández Cházaro como un obstáculo en su relación con el presidente, quien tuvo que prescindir de sus servicios al notar la pequeña crisis política que se había creado gracias a sus embrollos y enredos.197
Si bien aquel gabinete pretendía estar mas o menos balanceado, los militares conservaron un papel importante, mismo que influía en mayor medida que el de los civiles. El conflicto llegó a mediados de octubre cuando el nuevo presidente del partido, el general Manuel Pérez Treviño, amenazó con renunciar a su puesto por no encontrar afinidades con el presidente Ortiz Rubio. Un grupo de senadores, encabezado por Gonzalo N. Santos, también se mostró desafecto al presidente, pero sus ojos estaban puestos en el general Joaquín Amaro. Santos estaba resentido con Amaro por obstaculizar su carrera militar al negarle el grado de general años antes y lo aborrecía también, según su propio testimonio; por ordenar el desarme de los agraristas. Con esa acción se ganó la animadversión del general Cedillo, quien entonces era el poder detrás de Santos.198 Según el general Cárdenas se intentó crear con esa andanada de intrigas una mayor confrontación entre Ortiz Rubio y Calles al poner en entredicho las lealtades del general Joaquín Amaro, quien en esos momentos parecía apreciar más al presidente que al Jefe Máximo.
Para evitar la confrontación el gabinete acordó solicitarle a Ortiz Rubio el nombramiento del general Calles al frente de la Secretaría de Guerra y Marina, con lo que estuvo de acuerdo el mismísimo Amaro, temiendo incluso que se suscitara una guerra civil en caso de que los espíritus agitados continuaran. A la cabeza de aquella secretería, Calles estaría mas cerca del presidente y podría evitar tantos dimes y diretes. El general Cárdenas sugirió que todos los militares del gabinete renunciaran a sus puestos para que Amaro se sintiera respaldado y el propio Calles tuviera libertad de maniobra.199
De esa manera, el 15 de octubre de 1931, Cárdenas renunció a la Secretaría de Gobernación y resolvió una crisis dentro del gobierno de Ortiz Rubio. Por lo que anotó aquellos días en sus Apuntes, el General quizá se quedó con la espina de haber obrado contra el presidente:
El ingeniero Ortiz Rubio no merecía las diatribas de sus enemigos políticos. No fue irresponsable en la primera magistratura del país; fue un patriota que vio unidos a los políticos que inclinaban en su contra al propio general Calles y sabía que un rompimiento público con el general Calles provocaría la guerra civil; guerra que sería sangrienta por los irresponsables influyentes que formaban la oligarquía política, viciosa y claudicante de los principios de la Revolución.200
Por el tono de esa nota el Gneral también parecía cansado de las grillas y para no perder más tiempo decidió regresar a Michoacán, a encargarse una vez más del gobierno del estado. Hasta octubre se mantendría a disposición de la Secretaría de Guerra y Marina201 y el 23 de noviembre retomaría las riendas de Michoacán.202
Pero no todo fueron intrigas y maquinaciones en la Ciudad de México. Como secretario de Gobernación el General aprovechó para atender asuntos del corazón. Durante el mes y medio que estuvo en la capital no perdió la oportunidad de visitar a su novia Amalia Solórzano, que estaba internada en un colegio de monjas en Tacuba. “Pocas veces fue —recordaría ella—, pues era natural que a las religiosas no les pareciera bien su presencia.” No hay que olvidar que para entonces la tensión entre católicos y revolucionarios había entrado en una segunda fase, bastante más radical. Las monjas temían que cerraran su convento. “Pero cuando vieron y se enteraron de que realmente no había esa intención, lo miraron ya con simpatía. Me dejaban verlo, no muy seguido ni mucho menos, sino cuando yo les pedía.”203 La situación debió ser incómoda tanto para las religiosas como para el General. Al fin y al cabo él representaba un gobierno que hostilizaba todo lo que oliera a incienso y mojigatería. Sin embargo, Amalia recordaría muchos años después que
siempre fue muy cortés con todos. No me dejaban sola, una se quedaba dizque tocando el piano. Como era una sala relativamente chica, cuando entraba el General a verme siempre se quedaba alguna religiosa por ahí. Cuando lo trataron un poco más lo llegaron a estimar de verdad y lo consideraban su amigo. Tan fue así que al correr de los años, siendo candidato a la presidencia, le bordaron una de las bandas presidenciales que usó durante su gobierno.204
A su regreso a Michoacán Cárdenas encontró que en muchas regiones estaban inconformes por asuntos religiosos, combinados con conflictos de tierra, autoridades municipales y maniobras políticas. A finales de 1931 aparecieron rumores que avisoraban una nueva embestida contra la iglesia católica. En Zacapu, el 13 de diciembre, en medio de un congreso campesino organizado por la federación distrital de la CRMT, el General supo que en el templo de aquella población habían destruido varias imágenes de santos. Las mujeres se organizaron y protestaron. Los perpetradores de la agresión fueron aprehendidos y consignados, pero la sensación de malestar flotaba en el aire.205
El 8 de enero de 1932 Cárdenas fue llamado nuevamente a la Ciudad de México. Las grillas entre los seguidores del presidente Ortiz Rubio y los testaferros de Plutarco Elías Calles volvieron al ruedo. Esta vez los emisarios presidenciales: el secretario de Hacienda, Luis Montes de Oca, y el de Agricultura, Francisco Elías, querían ajustar cuentas con el presidente del PNR, el callista Manuel Pérez Treviño. Los ortizrubistas pidieron a Cárdenas que encabezara una reprimenda contra el penerrista, a lo que el michoacano se negó. En sus Apuntes anotó: “Se quieren tomar caminos que no proceden”.206 Molesto e incómodo con tales maquinaciones, regresó a su estado.
En seguida continuó sus visitas de un rincón a otro en las muy extensas y accidentadas demarcaciones de Michoacán. Cárdenas había puesto mucho empeño en construir carreteras y líneas de ferrocarril. También dispuso terrenos adecuados para el aterrizaje de aviones en una buena cantidad de localidades apartadas. La fragmentación natural de esa entidad federativa se terminaba poco a poco y era posible atisbar la integración de algunos remotísimos parajes al resto del desarrollo local.
A finales de los años veinte la ciudad de Morelia estaba comunicada con la capital del país por ferrocarril y una carretera que en tramos era sólo una brecha. Sería el presidente Ortiz Rubio quien inauguraría esa pista que tenía como fin unir a la Ciudad de México con las principales poblaciones de Occidente y llegar a los puertos de Manzanillo y Mazatlán en el Pacífico. Esa carretera pasaba por Toluca, en el Estado de México, y seguía al oeste hasta llegar a la frontera con Michoacán, a la pequeña ciudad de Zitácuaro, adelante de la cual ascendía en una de sus más accidentadas peripecias, para llegar al famoso paraje Mil cumbres. Posteriormente bajaba serpenteando hasta las orillas de la ciudad de Morelia para continuar hacia Zacapu, Zamora y Jiquilpan, y de ahí llegar a la capital de Jalisco, la entonces todavía bella e industriosa Guadalajara. Al salir de la Perla de Occidente subía la sierra rumbo a Tepic, Nayarit, y terminaba sobre la costa del Pacífico en el puerto de Mazatlán, Sinaloa. Aquel trayecto lo hizo primero el ferrocarril, y hasta la década de los treinta la carretera México-Guadalajara, pasando por Morelia, dio el paso hasta la costa.207
En el interior de Michoacán el General promovió la construcción de la autovía de la antigua Valladolid, hoy Morelia, a la ciudad de Pátzcuaro. Esta carretera salía de la capital a través de una calzada protegida por hermosos eucaliptos rumbo al pueblo de Quiroga, en la ribera oriental del lago; después bordeaba sus orillas hasta llegar a la playita de Chupícuaro, donde a Cárdenas le gustaba nadar en las aguas de aquella orilla lacustre. El terraplén recién pavimentado continuaba a la antigua capital del imperio purépecha, Tzintzuntzan, que convivía con su magnífico convento franciscano de Santa Ana y sus yácatas, todavía cubiertas de maleza. El tramo carretero seguía hasta Tzurumútaro, un pueblito aledaño al conglomerado de casas coloniales y bellas plazas que componen la cuadrícula urbana de Pátzcuaro debería ser punto y aparte. El deseo de comunicar la región continuó el trazo de la carretera hacia los altos de la sierra purépecha y llegaron hasta el poblado que hiciera famoso el escritor José Rubén Romero, Santa Clara del Cobre gracias a las andanzas de su insigne personaje Pito Pérez. La labor de emparejar la brecha y preparar el aplanado siguió hasta Ario de Rosales para bajar al pie de las montañas con dirección a la región de la Huacana y llegar a la todavía pequeña pero muy frondosa y húmeda ciudad de Uruapan. Con esta vía se unían tres de las principales ciudades del centro del estado: Morelia, Pátzcuaro y Uruapan. Su intención no terminó ahí, los trabajos carreteros siguieron hasta los rumbos de Coalcomán, en la parte noroccidental de Tierra Caliente, uniendo a Uruapan con los fértiles valles de Apatzingán y de ahí hasta 30 kilómetros adelante de Tepalcatepec, a un paraje llamado Álvaro Obregón. El 15 y 16 de mayo de 1931 el general Cárdenas inauguró aquel camino y colocó una placa en homenaje a uno de sus promotores, el general Juan Soto Lara, en una de las salidas de Uruapan que bordeaba el caudaloso río de Cupatitzio.208
Su determinación por unir las diversas regiones del estado también llevó al General a impulsar la construcción de más vías de ferrocarril. Debido a que Morelia se encontraba unida al ramal que salía del centro del país hacia Occidente, las regiones mineras de Tlalpujahua y Angangueo también se conectaban a través de los trenes que salían de Acámbaro y Maravatío para unirse con el resto de la red nacional. Dentro del espacio correspondiente al interior del estado michoacano el ferrocarril salía de Morelia hacia el suroccidente con dirección a Páztcuaro. Todavía se tardaría en llegar a Uruapan, donde se proyectó que arribaría hacia el final del de su administración. Asimismo, de la capital del estado partían otras vías rumbo a Acámbaro, en la frontera con Guanajuato, y llegaban a Salamanca e Irapuato, de donde salían para encausar el rumbo que terminaba en Guadalajara. En ese trayecto que seguía por Guanajuato cruzaba el noroccidente de Michoacán y tocaba la estación de La Piedad. De ahí no quedaba lejos La Barca, donde llegaba un pequeño ramal que salía de la estación Moreno, en terrenos de la hacienda de Guaracha, bastante cerca de Jiquilpan. Debido a eso la región nororiental, tan cercana al corazón de general, no parecía tan incomunicada con el resto del estado y el país.
Al poco tiempo de tomar las riendas del gobierno de Michoacán, el general Cárdenas otorgó la concesión para la construcción de una ruta ferroviaria que partiera de Ajuno, a pocos kilómetros de Pátzcuaro. Ésta cruzaría la serranía boscosa de Tacámbaro para bajar a Huetamo. Sin embargo, de esa concesión sólo se lograron construir 24 kilómetros durante el cuatrienio cardenista.209
Uno de los sueños del gobernador era unir de manera eficiente y expedita las principales ciudades del estado con la costa del Pacífico. Para ello cabildeó, sin mucho éxito, en las oficinas del gobierno federal para que se invirtiera en el proyecto ferrocarrilero que empezara en Uruapan y llegara hasta la paradisiaca bahía guerrerense de Zihuatanejo. Este largo trayecto cruzaría la región del bajo río Balsas y vincularía a la muy aislada y casi abandonada Tierra Caliente con el resto de las zonas medianamente desarrolladas del estado. Tardarían muchos años en cumplirse esos deseos, que tampoco se lograrían realizar tal como el General lo soñó.
En materia de comunicaciones se aprovecharon los avances técnicos que trajo consigo la aviación. En muchos lugares beneficiados con la edificación de carreteras o ferrocarriles, así como en remotas regiones del estado, el gobierno de Cárdenas construyó campos de aterrizaje. En primer lugar equipó a Morelia con una pista moderna y bien orientada. Pero también lo hizo en parajes más complicados como Uruapan, Ario de Rosales o Tacámbaro, en medio de la sierra o al pie de la misma. En la región nororiental mandó poner carriles de descenso aéreo en Maravatío y Melchor Ocampo. Pátzcuaro y Jiquilpan, dos de los lugares predilectos del General, contaron con su pista, y lejanas poblaciones como Arteaga, Huetamo, Coalcomán y Apatzingán, fueron seleccionadas para tener su cancha aeronáutica.
La obra de infraestructura de aprovechamiento de aguas y desecación de lagos formó también parte de los propósitos del gobernador. En el Lago de Cuitzeo, cuyas planicies acuíferas son bastante superficiales sobre todo cerca de sus riberas, se planeó un proyecto de drenaje que permitiera el aprovechamiento de sus fondos para tierras de cultivo. En su momento se dividió una parte del lago a través de una calzada que todavía existe y que une los estados de Michoacán y Guanajuato. Algo parecido se intentó hacer en la Ciénega de Chapala, que tenía una larga historia sobre deshidratación y recuperación de aguas. La intermitencia del proceso de explotación también trajo algunas inundaciones y no pocas calamidades en los pueblos ribereños. Por ello en 1932 el gobernador consiguió de la Secretaría de Agricultura un fondo de 60 000 pesos para realizar obras de defensa del bordo del Lago de Chapala. Al echar a andar esa labor aprovechó para construir la carretera entre Jiquilpan con Sahuayo, La Palma y Briseñas, en la zona fronteriza entre Michoacán y Jalisco.210
En la región de la Cañada de los Once Pueblos se intervino el cauce del río Duero que desaguaba hasta el llamado Mar Chapaleño, pasando por Zamora, para evitar inundaciones y aprovechar el riego en los valles vecinos. Lo mismo se hizo en la región cercana a Morelia que da al oriente del Lago de Cuitzeo, donde también se modificó la vertiente del río Queréndaro para que los pobladores de la región que va desde Zinapécuaro hasta Indaparapeo se beneficiaran de sus aguas.
Pero la obra constructiva y la mediación que justificaba la acción del gobierno que poco a poco se estaba consolidando sufriría un duro revés a mediados de 1932. Las relaciones entre autoridades municipales, gobierno estatal y pueblo en general, que ya estaban entrando en un proceso de pacíficación y edificación se vieron empañadas por un nuevo golpe del gobierno federal. El general Calles, quien ocupaba entonces el puesto de secretario de Guerra y Marina, promovió una nueva embestida en contra de la iglesia católica. El Congreso de la Unión aprobó la Ley 100 el 12 de mayo de 1932, que limitaba la acción de los curas en los ámbitos económicos y sociales de las poblaciones pequeñas y medianas. En sus 33 artículos dicha ley ponía a las autoridades revolucionarias en franca hostilidad contra los ministros de culto. En un telegrama que el general Calles le envió al gobernador de Michoacán el 14 de mayo resumió los alcances inmediatos de aquella ley en su estado y a nivel nacional. En lenguaje autoritario y lacónico planteaba los cuatro puntos fundamentales del decreto:
I.Autoriza tres ministros ejercer cada distrito de los once en que se dividió el Estado.
II.Plazo de registro de treinta días expidiéndoseles boleta respectiva con autorización de los tres autorizados en cada Distrito con permiso para ejercer y al resto sin permiso para ejercer.
III.No se registrará a ningún ministro cualquier culto que dentro del territorio del estado haya ejercido o represente autoridad jerárquica de su ministerio, como arzobispos, obispos, delegados, etc.
IV.No podrá tener como domicilio ningún ministro los anexos de los templos en virtud de destinarse estos a servicios públicos. Sanciones autoridades no hagan cumplir esta ley: inhabilitación cinco años.211
Ese mismo 14 de mayo Cárdenas le contestó al general Calles que se daba por enterado del contenido de la ley 100. Comentó que haría que se obedecieran dichas leyes para hacer salir de Michoacán a los obispos de Morelia y Zamora por considerarse nociva su labor y para obligar a los ministros la devolución de “los locales que se venían utilizando en escuelas y oficinas de Comunidades Agrarias y Sindicatos Obreros, y que hoy han vuelto a ocupar como habitaciones distintos sacerdotes”. El gobernador de Michoacán añadió con cierto tono radical que:
La expedición de esta ley puede traer alguna agitación entre los afectados, pero no creo que hagan algo que pudiera ser problema, y sí juzgo que tanto en este estado como en los demás, precisa se expida la Ley de Reglamentación que servirá para limitar las actividades de los numerosos sacerdotes que hay en varios estados de la república, que se dedican a hacer agitación de desconfianza entre la opinión pública y otros a obstaculizar el plan de educación que en las escuelas desarrollan los gobiernos federal y del estado, entre tanto el gobierno de la revolución está en condiciones de desalojarlos del país.
Cárdenas terminó su carta con una invitación al general Calles a que visitara Michoacán y pudiera dar cuenta del avance que tenían los programas de distribución de la tierra, educación y apoyo a la infraestructura carretera que el gobierno del estado había implementado.212
El orgullo de Cárdenas por su propia obra era notable: no había pasado ni una semana desde la inauguración del edificio escolar de Etúcuaro, como resultado de una extensa labor educativa en la quinta zona de la sierra purépecha. Como ejemplo de aquel entusiasmo el inspector escolar Lamberto Moreno afirmó que pese “a todos los conflictos y resistencias” la obra educativa del gobierno cardenista empezaba a cosechar numerosos éxitos. Si bien se encontró con la renuencia de los curas y la desconfianza de las comunidades indígenas, la inauguración de aquella escuela parecía “un ejemplo para los pueblos circunvecinos”. Al decir de Evangelina Rodríguez, otra inspectora federal, la presencia de Cárdenas en la ceremonia mostraba el apoyo que dicho gobernador mantenía “con frases candentes y llenas de esperanza para el campesino que empezaba a emanciparse del capital”. La misma inspectora testificó que “allí se ve el esfuerzo del campesino que se preocupa por tener una buena casa donde se eduque a sus hijos, antes que una buena iglesia”.213
Mientras la situación en estas localidades pequeñas transitaba de la confrontación a la moderación y tolerancia, a nivel federal regresaba el discurso anticlerical y jacobino que desde mediados de la década anterior había confrontado a los católicos con el gobierno revolucionario. La Ley 100 era una clara muestra de ello. La aplicación de esta ley permitía que sólo 33 sacerdotes oficiaran en todo Michoacán. Si bien no se sabía cuántos seguían ejerciendo funciones dentro de los límites del estado, se suponía que no rebasaban por mucho los 200 curas y prelados.214 La alta jerarquía católica en aquel estado, quizá por influencia del vicario moderado Luis María Martínez, no hizo mayores aspavientos, convino con el gobernador tratando de impedir que se removieran las aguas y así tratar de convivir sin sin mayores aspavientos. Sin embargo no parecía haber consenso al respecto. El obispo de Tacámbaro, Leopoldo Lara y Torres, mantuvo una actitud aguerrida contra la nueva ley, y con frecuencia manipulaba a su gente para resistir cualquier acción del gobierno. Aún así aquel prelado fue contenido medianamente por sus cófrades católicos.215
A nivel popular y campesino la posibilidad de una confrontación entre la iglesia, el gobierno estatal y la voluntad de las comunidades no estaba del todo diluida. Aquel colaborador de Cárdenas, que al final de su cuatrienio lo acompañó y lo admiró, aunque después pretendió dar una visión crítica de su gobierno, contó una anécdota que ilustraba con claridad la situación tan tensa suscitada por la implantación de la Ley 100. Sucedió entre los meses de julio y agosto de 1932. En el trayecto entre Zamora y La Piedad el General arribó con su comitiva al pueblo de Tzináparo “rompiendo la tranquilidad del pueblo con el golpe de pezuñas de nuestras cabalgaduras sobre el empedrado”. Las calles estaban vacías, pero la iglesia estaba muy adornada con guirnaldas de flores puesto que se celebraba una ceremonia religiosa de especial importancia para el pueblo. Tanto así que al General le avisaron que el presidente municipal y todos los regidores se encontraban en la misa que en ese momento se oficiaba en el interior del templo. En términos formales se violaba la ley de cultos, ya que no había ninguna autorización para que el sacerdote continuara con su ritual cristiano. El General pidió a las autoridades del pueblo, mismas que salieron del templo “ostentando brazaletes de listón encarnado en el brazo derecho, símbolo de la Asociación del Sagrado Corazón de Jesús” que se reunieran en la plaza del pueblo. También solicitó la presencia del sacerdote. El testigo de ese encuentro afirmó que “ya la muchedumbre vibraba de zozobra pues sin duda esperaban que (al sacerdote) se le fuera a desollar o a aplicarle otro castigo inquisitorial”. Cárdenas le preguntó con cortesía si tenía licencia para oficiar, a lo que el cura le contestó que no. El General le sugirió que lo hiciera y que él daría instrucciones a la Secretaría de Gobierno para que lo atendieran. Después lo conminó a que, dado que era un hombre instruído y conocía el valor de las leyes, no las violara, y menos aún que instigara a sus feligreses a hacerlo, pues eso equivalía a una falta al respeto. Aquellos campesinos indígenas, ignorantes “y poseídos de un fuerte sentimiento religioso” debían ser conducidos con responsabilidad y consideración. “Cuando la gente vio salir a su pastor ileso, sonriente, satisfecho, comenzaron a lanzar vítores al gobernador del estado.”216
Pero habría que reconocer que no todo se resolvía pacífica y serenamente. Ese mismo testigo contó también que en el pueblo de Purépero, cerca de Carapan, durante las negociaciones entre gobierno y diversos contendientes por la presidencia municipal y el control de los grupos ejidales, comenzó la discrepacia. Las injurias y las maledicencias afloraron, y el General se levantó de la mesa donde estaban disputándose las posiciones y dijo: “yo no discuto con majaderos que no saben controlarse”. Acto seguido le pidió a su ordenanza que le preparara su caballo para partir inmediatamente.217
A lo largo de sus andanzas lo que sorprendió más a aquel contador de anécdotas y emisor de sentencias “para la historia”, fue la actitud que asumía el general Cárdenas frente a los campesinos purépechas. Victoriano Anguiano Equihua contaba:
Yo servía de interprete y me consta la cordialidad con que trataba a los indígenas. Pero lo que más me impresionó fue el severo empeño paternal con que rechazaba las actitudes de hinojos o los ademanes de besarle la mano que los representantes, señores principales de los poblados indígenas, querían hacerle en señal de reconocimiento y autoridad. Los tomaba de la mano con cordial energía y los hacía erguirse para que lo vieran de frente.218
Por más que el propio General y muchos de sus seguidores mostraran serenidad, aplomo y sensibilidad para tratar de resolver los problemas de la población michoacana, las rencillas personales, los agravios a las comunidades y las intransigencias de propietarios y conservadores se mantenían, como si no se percibiera el “gran cambio socioeconómico e histórico” que el gobierno de Michoacán estaba instrumentando.219 Debajo del conflicto perenne habia cierto pragmatismo que establecía múltiples compromisos políticos que permitían la interacción dinámica de grupos con relevancia económica y social dentro del estado. Así, más que oponerse, debían insistir en complementarse en la conducción, organización y liderago social. La iglesia católica lo lo había entendido muy bien, lo mismo que el gobierno cardenista. Para llevar a cabo su proyecto Cárdenas tuvo que contar con la condescendencia de la iglesia, sin ser del todo reciproco ni radicalizar sus medidas anticlericales. Incluso el propio aparato de la CRMT, más que arremeter contra los católicos, lo que hizo fue fortalecer la educación revolucionaria y promover la distribución de la tierra.220
El mismo General, después de ausentarse del estado por seis días para acompañar al general Calles en un viaje hasta Laredo para internar a su esposa en una clínica estadounidense y en el camino conversar con sus allegados, al regresar a Morelia se encontró con que nada había avanzado en materia de negociaciones con la iglesia local. El anticlericalismo seguía desatado aunque las acciones gubernamentales contra los creyentes fueran moderadas y aquiescentes. El 19 de junio de 1932 anotó en sus Apuntes: “A las 12 horas se verificó una manifestación de elementos y organizaciones anticlericales, pidiendo que las autoridades sean inflexibles con el clero y se aplique la Ley de Cultos decretada el 10 del pasado”. Durante la manifestación alguién disparó un arma de fuego frente a la catedral y resultó en una persona herida. Después de que las autoridades intervinieran “se calmó el escándalo”.221
Con cierta presteza se mitigó la violencia, pero los ánimos federales estaban bastante lejos de sosegarse.
En marzo de ese año el presidente Pascual Ortiz Rubio y el general Calles visitaron las hermosas playas de Cuyutlán, en Colima. Cárdenas también fue invitado, al igual que el general Amaro. De regreso pasaron a Guadalajara para aisistir a la toma de posesión del gobernador electo Sebastián Allende. Las relaciones entre el presidente y el general Calles, que entonces seguía a cargo de la Secretería de Guerra y Marina así como con el general Amaro, parecían estar en calma.222 Tres meses después, a principios de julio, Ortiz Rubio quiso sacudirse el tutelaje de Calles. Se reconcilió con Emilio Portes Gil, quien no estaba en tan buenos términos con el sonorense por su negativa a que regresara a gobernar Tamaulipas por segundo periodo. Pretendiendo hacer las paces el presidente le ofreció la Secretaría de Gobernación. El tamaulipeco se negó a colaborar, pero el asunto pasó a mayores cuando el general Calles renunció a la Secretaría de Guerra. Era tanta la tensión que se rumoraba que el Jefe Máximo presionaría al presidente para que renunciara en cualquier momento.223 En la secretaría dejada por Calles quedó nada menos que uno de sus incondicionales, el general Abelardo L. Rodríguez, conocido como el gran financiero de los sonorenses. Rodríguez había organizado pingües negocios en Baja California mientras fue gobernador a principios de los años veinte, y se sabía que era dueño de grandes extensiones de tierra en el noroeste del país, así como de algunas industrias, hoteles y casinos.224 Él mismo reconocía que no era un político sino un hombre de empresa, y no parecía tener una base política propia.225 Su poder se lo debía fundamentalmente al Jefe Máximo.
Los malentendidos y las consabidas marrullerías se desataron. Bajo la presidencia de Manuel Pérez Treviño el PNR entró en conflicto con el presidente, pues no lograba ordenar las filas que lo apoyaban en las cámaras. El grupo comandado por el muy calculador y acomodaticio Gonzalo N. Santos tampoco defendió al primer magistrado en el Congreso de la Unión y Calles le retiró su aval. A pesar de que el general Cárdenas apuntaló a Ortiz Rubio, el 21 de agosto le envió una carta al Jefe Máximo para confirmarle su fidelidad.226
El cielo se nubló para el presidente de tal manera que un día después de rendir su segundo informe, el 1º de septiembre de 1932, presentó su renuncia al Congreso de la Unión. El día 3 las cámaras designaron al general Abelardo L. Rodríguez como presidente sustituto, quien debía concluir aquel mandato a finales de 1934. A los dos días el general Calles tuvo la desfachatez de declarar a la prensa que “nuestro país ha entrado de lleno en la vida institucional”.227
Mientras tanto, en Michoacán, también el general Cárdenas llegaba al final de su gubernatura. En abril la convencion estatal del PNR discutió el apoyo a las candidaturas del general Benigno Serrato para ocupar la gobernatura del estado y del teniente coronel Dámaso Cárdenas para incorporarse al Congreso de la Unión como senador.228 La designación de Serrato contó con la venia del general Cárdenas. Aquel militar y aspirante a gobernador tenía una trayectoria que incluía una cierta militancia maderista y hasta una destacada participación en la lucha contra la rebelión escobarista de 1929. Anteriormente ocupó diversas jefaturas regionales, en especial por los rumbos de Pátzcuaro, Ario y Tacámbaro. Desde 1930 se le engargó la Jefatura de Operaciones Militares del estado de Michoacan, después de que el propio Cardenas la dejara en sus manos. Al poco tiempo se le confió ese mismo puesto pero en Nuevo León. Fue en Monterrey donde le ofrecieron la candidatura oficial para regresar a ocupar la gubernatura de Michoacán. Cárdenas lo pastoreó durante algunas semanas antes de las elecciones y lo invitó a algunas ceremonias escolares e inauguraciones de obras. Desde el cuarto congreso celebrado entre el 13 y el 15 de septiembre de 1932 se percibía que el nuevo gobernador no seguiría los mismos pasos ni tendría los mismos operadores que el saliente.229 No tardaría en mostrar el cobre y daría marcha atrás a algunos de los logros de la gubernatura cardenista. Cómo buen aprendiz de los métodos que ya estaban bien arragados en el PNR, los meses que siguieron a su toma de posesión el 15 de septiembre se irían en el intento de desmontar buena parte de los logros del del gobierno anterior.230
Aquel día en que también se celebraba la víspera de la independencia a las 23 horas ante el Congreso del estado, el general Cárdenas rindió su último informe de gobierno. Entre las múltiples referencias a sus obras, avances y éxitos, el gobernador expresó en una sola frase lo que resumía su credo político básico: “Es preciso que el estado asuma una actitud dinámica y consciente, proveyendo lo necesario para el justo encausamiento de las clases proletarias, señalando trayectorias para que el desarrollo de la lucha de clases sea firme y progresista”.231 La idea de un estado participativo, mediador y regulador de la vida económica, social y política del pueblo en general, y sobre todo de las clases trabajadoras, se había afincado en el pensamiento empírico de Lázaro Cárdenas. Pero no todo era pragmatismo ni lucha inmediata. Su gobierno en Michoacán, al decir de uno de sus estudiosos más destacados, había dejado una secuela en su proceder que podría identificarse como un humanismo vitalista. Según Eitan Ginzberg “su humanismo atribuía un valor sagrado a la vida por sí y un valor supremo a la dignidad humana, que a su vez incluía el derecho a una vida digna”.232 En ese sentido un profundo cambio se cristalizó en la conciencia del General. A diferencia de sus mentores y muchos de sus congéneres militares y políticos, un respeto profundo por la vida lo convenció de que no era eliminando a sus enemigos como lograría sus propósitos. Un nuevo estilo de hacer política se afincaría en los espacios iría saldando sus ambiciones de poder y mando.
Otro asunto que marcaría cierto hito en la trayectoria política del general Cárdenas fue el evitar la intromisión en los asuntos de gobierno de su sucesor. Al jactancioso Victoriano Anguiano Equihua le confesó poco antes de la entrega del poder estatal que “no intervendría para nada en los asuntos oficiales y políticos. Que cada gobernador debía ser responsable del periodo gubernamental que le tocaba y […] él se alejaría completamente de la política del estado”.233 Más adelante se vería si tales intenciones se cumplirían o no, pero daba por sentado que sacaría las manos de Michoacán.
Una hora después de rendir aquel informe el general Serrato asumiría las riendas del gobierno del estado de Michoacán. Al día siguiente el general Cárdenas se puso a las órdenes de la Secretaría de Guerra con una licencia de mes y medio para atender asuntos personales.
En el vestíbulo de la candidatura presidencial
La política debe servir a la sociedad y no a la inversa.
LÁZARO CÁRDENAS, 1930
Diez días después de dejar la gubernatura el General cumplió su promesa de contraer matrimonio con Amalia Solórzano Bravo. Ambos habían mantenido vivo su noviazgo a pesar de los constantes ires y venires de Cárdenas. Cono ya se ha visto, los padres de Amalia no habían aprobado del todo aquella unión. Don Casimiro Solórzano se mantenía firme y rechazaba que su hija se relacionara con un militar. Le decía: “Te vas a casar con un soldado y vas a andar de soldadera, con un perico al hombro”.234 Por más que el General no se comportara como un oficial cuartelero, la posición del futuro suegro no varió. En febrero de ese año don Casimiro había sufrido una apendicitis aguda y el general Cárdenas le había enviado al doctor Rubén Leñero hasta Tacámbaro a que lo curara.235 Por fortuna la situación no empeoró, pero aún así no se logró el consentimiento del padre. Doña Albertina, en cambio, aceptaba con mayor agrado al General y fue ella quien lo recibió en su casa el 25 de septiembre para entregarle a su hija en una ceremonia muy discreta y reservada. “Nos casamos en la sala de mi casa siendo mis testigos el licenciado don Juan Ortiz, el juez, quien me dijo ‘si quieres soy testigo tuyo’.” Gorgonio Sosa, un amigo cercano de Amalia, igualmente firmó el acta como su aval. También por ella testificó el tío de Lázaro, José María del Río, quien se convirtió en protector de los novios, pues desde tiempo atrás sabía de los afanes revolucionarios de Lázaro al socorrerlo durante su temprano escape a Tierra Caliente en 1913. “Por parte del General atestiguaron sus amigos el licenciado Silvestre Guerrero […] y Efraín Buenrostro, que había sido compañero suyo desde los bancos de la primaria en Jiquilpan.”236 Amalia se había mandado a hacer, con la venia del general, un vestido de novia que le encargó a la esposa de Silvestre Guerrero, María Laguardia. Lo tenía escondido en México, pero lo llevó a Tacámbaro para el día de la boda sin que se enterara don Casimiro. Al parecer, su padre conoció las intenciones de su hija y no se entrometió. El General anotó en sus Apuntes que había “verificado” su enlace civil con Amalia a las 10 horas y que sus padres “se abstuvieron de estar presentes en el acto por no estar conformes en que prescindamos del matrimonio eclesiástico, que en nuestro caso no es necesario”.237 La ceremonia fue breve pues los invitados eran únicamente los hermanos menores de Amalia y no hubo brindis. “Todavía el General […] después que nos habíamos casado bajó a la tienda para ver si mi papá lo recibía, y mi papá no salió a saludarlo.”238
La determinación de Amalia había vencido la negativa de sus padres de reconocer su voluntad y casarse con quien no sólo era el exgobernador de Michoacán, sino también expresidente del PNR y exsecretario de Gobernación. Años más tarde Amalia le comentó al periodista Luis Suárez: “Date cuenta de que estando en el colegio, resulta que ya era novia de un ministro de gobernación […] No tenía la menor idea”.239 En efecto, aunque había cumplido la mayoría de edad, era una joven de 21 años al lado de un militar madurón de 37 años, que no sólo se se había fogueado en las guerras revolucionarias, sino que era uno de los generales más influyentes del país. Como decía uno de los primeros interesados en estudiar su gubernatura: “Antes de su gobierno en el estado de Michoacán, Cárdenas era un miembro de segunda línea en la élite política mexicana, al terminar ya era parte del selecto grupo de políticos que gobernaban al país”.240 A pesar de eso los padres de Amalia no habían cedido y seguían negándole su consentimiento de matrimonio a la pareja.
Al final lograron contraer nupcias en la propia casa de la novia en Tacámbaro y quedó como testimonio una fotografía memorable. En ella la pareja ocupa el centro del cuadro; él un poco más alto y robusto, vestido de civil con saco y corbata, y ella con un ajuar blanco y brillante, con una cola enorme desplegada sobre sus hombros hasta el piso, donde se abría como un abanico para mostrar sus bordados de flores y guirnaldas. De forma discreta Amalia descansaba su brazo paralelo a su figura, y a la altura de su cadera dejaba descubierta su mano que ostentaba en el anular derecho su anillo de bodas.
La foto de la boda de Amalia Solórzano Bravo y Lázaro Cárdenas del Río 25 de septiembre de 1932 (colección Doña Amalia).
Al mediodía los novios se fueron a Ajuno y de ahí al rancho de Aranjuez, en las orillas del Lago de Pátzcuaro, donde la familia de Alberto Espinosa les preparó un pequeño ágape. Por la tarde se retiraron a la finca La Eréndira, la primera casa de aquella pareja que esperó cuatro años, pero que finalmente logró casarse contra todos los pronósticos. Al día siguiente el General envió un telegrama a Plutarco Elías Calles con la noticia de su matrimonio. El Jefe Máximo respondió dos días después con felicitaciones y sus “mejores deseos por su completa felicidad”.241
A mediados de octubre Lázaro llevó a Amalia a su rancho California, en Apatzingán. En el camino pasaron por Uruapan, donde la recién casada descubrió algunas expresiones culturales de la región, como “las canacuas”. “Nunca había visto esos grupos con trajes típicos, sus bailes cadenciosos y muchachas bonitas”, comentaría años más tarde. Finalmente llegaron a Tierra Caliente. Según su propia versión, la joven novia no se sintió tan a gusto en aquellos carrascales ganaderos. “Nunca había visto sapos del tamaño de un conejo […] había bichos de toda especie y tamaño y había que hacer lumbre para alejar por la noche a los mosquitos.”242 Ahí pasaron todo el mes de octubre hasta el 1º de noviembre cuando regresaron a las húmedas riberas del lago de Pátzcuaro.243 Durante su luna de miel el General y Amalia conversaron largamente sobre la historia amorosa del primero y su responsabilidad como padre de Alicia. Amalia la aceptó sin mayores reticencias. En una carta que el general Múgica le escribió a Cárdenas para felicitarlo por su reciente matrimonio también se congratuló del lugar que la pareja le concedía a la primogénita del general. Decía: “Mucho agrado me causó ver unido a la solución de este problema el propósito de considerar a la pobre Chatita244 con los mismos fueros que antes tuvo”.245
La pareja pasó una holgada luna de miel a pesar de la incomodidad del viaje a Apatzingán, que concluiría en las riberas del Lago de Páztcuaro, en la quinta La Eréndira. Ahí recibieron la noticia de que el General había sido nombrado jefe de Operaciones Militares en Puebla. El 11 de noviembre salieron rumbo a la Ciudad de México. Un par de jornadas después arribaron a la capital del estado poblano. Gobernaba aquel estado el doctor Leónides Andreu Almazán, quien también era considerado uno de los gobernadores “agraristas”. Como era de todos conocido, Lázaro Cárdenas formó parte de ese grupo aunque se había distanciado del mismo debido a sus alianzas con el gobierno de Ortiz Rubio y su lealtad al Jefe Máximo. Después de la crisis ministerial de 1931 había comenzado una andanada contra los “agraristas” desde las cúpulas del gobierno federal. A finales de ese año se derogó el amparo agrario, y la consigna del gobierno era “limpiar de comunistas” las administraciones estatales. Por esa razón tanto Adalberto Tejeda como Leónides Almazán se ganaron la animadversión del general Plutarco Elías Calles. Cierta resistencia a desarmar a los campesinos que formaban las ligas agrarias confrontó al veracruzano con el gobierno federal y más aún cuando en mayo de 1932 Tejeda lanzó un decreto que socializaba toda la propiedad privada en el estado.246 A partir de ese momento la tensión entre Calles y Tejeda creció de manera exponencial. El 30 de noviembre de 1932 concluyó el mandato del veracruzano y quedó en su lugar el moderado Gonzalo Vázquez Vela. A partir de ese momento la consigna fue desmantelar el poder local tejedista y dar marcha atrás con sus reformas agrarias.247
El doctor Almazán también recibió los embates del callismo y la presencia de Cárdenas en Puebla estaba relacionada con esa situación. El presidente Abelardo L. Rodríguez se apoyó en el ejército para controlar a los agraristas resistentes. Al conocer la ponderación y serenidad del michoacano decidió enviarlo a Puebla para mantener alerta a sus soldados en caso de que se suscitara una reacción desmedida. Afortunadamente no pasó a mayores, aunque el agrarismo que Cárdenas había implementado en su estado natal empezó a desmontarse y a generar conflictos. El gobernador y general Benigno Serrato, electo para ocupar el gobierno de Michoacán después del cuatrienio del general Cárdenas, puso en marcha aquella desarticulación. A partir de septiembre de 1932 le quitó gran parte de su poder a la CRMT y la dividió; persiguió a los líderes agraristas y suscitó un clima de inusitada violencia en el estado. Tan sólo en los primeros ocho meses de gobierno se contaron 40 asesinatos de líderes agrarios.248
Por órdenes del propio Serrato y tal vez con el apoyo de la mano invisible del Jefe Máximo, en febrero de 1933 la Cámara Nacional de Comercio, Agricultura e Industria, atacó al general Cárdenas, quien acababa de ser nombrado secretario de Guerra del gobierno de Abelardo L. Rodríguez.249 Dicha cámara calificó al michoacano de “gobernador inepto o inmoral utopista”. En el periódico Excélsior los miembros de aquel grupo de empresarios y terratenientes publicaron un artículo que informaba que en Michoacán “los agraristas armados, soliviantados con el virus de la política y la demagogia comunista, ni siembran el ejido ni permiten que otros cultiven su tierra porque con sus crímenes aterrorizan las haciendas”.250
Detrás de esta denuncia estaba la intención de Serrato de desmontar los avances agrarios cardenistas en Michoacán apuntalada a su vez por la tensa situación en los terrenos de las enormes haciendas de Lombardía y Nueva Italia, en la región de Apatzingán. Desde 1929 el gobierno de Cárdenas había tomado en cuenta y secundado las iniciativas de organización de los trabajadores de aquellas haciendas. A finales de 1932 el Sindicato de Trabajadores de Nueva Italia y Lombardía estalló en huelga por mejores salarios y condiciones de trabajo, pero el general Serrato apoyó a los patrones, la familia Cusi. Utilizando como pretexto ese conflicto se dio un duro golpe a la CRMT y la violencia en el discurso y en la región se incrementaron.251
A finales de 1932 tuvo lugar el nombramiento de general Cárdenas como jefe de Operaciones Militares en Puebla y ahí sólo tuvo que permanecer mes y medio. Además de mantener en alerta a los diversos batallones y regimientos de su jurisdicción, la contribución más importante de Cárdenas en aquel estado fue la iniciativa de abrir un museo de guerra en los fuertes de Guadalupe y Loreto. A mediados de noviembre visitó el sitio con algunos veteranos de la famosa batalla de Puebla contra los franceses en 1862, y al darse cuenta de lo ruinosas que estaban aquellas instalaciones decidió formar una comisión para que se encargara de la apertura del recinto.252 Al parecer en Puebla también se encargó de apuntalar la construcción de algunas carreteras vecinales y ciertos edificios de servicios públicos.
El 1º de enero de 1933 visitó al general Calles en Las Palmas, su casa en Cuernavaca, Morelos, y se encontró con el presidente Abelardo L. Rodríguez, quien le ordenó que a la mañana siguiente ocupara la Secretaría de Guerra y Marina.253
Así, a principios de ese año, la pareja formada por Lázaro Cárdenas y Amalia Solórzano se volvió a mudar, sin ser éste un cambio radical. El General tenía una casa al sur de la Ciudad de México, por los rumbos de Guadalupe Inn, en la calle de Wagner número 50. Ahí se establecieron a partir de entonces, y fue en esa casa donde nacer sus dos únicos hijos: Palmira, quien murió poco después de venir al mundo, en 1933, y Cuauhtémoc, quien vio su primera luz en 1934.254
Como ya se mencionó, el nombramiento de Cárdenas en aquel alto puesto de la jerarquía militar obedecía a la intención de calmar los ánimos de los “agraristas” radicales, y proceder al desarme de las ligas y defensas en algunos de los estados de la República, sobre todo en Veracruz. Durante su permanencia en el gabinete del presidente Rodríguez, Cárdenas percibió que la relación entre el primer magistrado y el Jefe Máximo era muy distinta a la que el Jefe mantuvo con el expresidente Pascual Ortiz Rubio. Si bien la autoridad de Calles era la misma, Rodríguez parecía concentrar el vínculo con el sonorense sin dejar que los otros miembros del gabinete o del congreso pasaran por encima de él. Esto otorgaba una nueva imagen a la presidencia que finalmente contribuyó a que su mandato fuera menos tenso y más eficiente.255
La administración del general Abelardo L. Rodríguez puso atención en el ordenamiento de los códigos fundamentales de la organización estatal posrevolucionaria. Durante los dos años que duró su gestión, mucho de lo que se hizo no contó con las contribuciones del general Cárdenas, pues se encontraba en plena grilla para lograr la candidatura a la presidencia o en la misma campaña. Sin embargo el balance de aquel par de años resultaría bastante positivo. Bajo el mando de Rodríguez se estableció en septiembre de 1933 el Departamento Autónomo del Trabajo, que asumió las funciones de la Procuraduría Federal de la Defensa del Trabajo y de las Juntas Federales de Conciliación y Arbitraje. Después de un estudio puntual se impuso el salario mínimo en cada una de las entidades de la federación. También se crearon la Compañía Nacional Financiera y el Banco Nacional Hipotecario Urbano y de Obras Públicas. El 15 de enero de 1934 se instaló el Departamento Agrario, mismo que sustituyó a la Comisión Nacional Agraria. Y el 22 de marzo se reunió prácticamente toda la legislación en materia de tierras y aguas, para promulgar el primer Código Agrario. En dicho código se acomodaron las leyes de dotaciones y restituciones de tierra y aguas, la Ley de Repartición de Tierras Ejidales y del Patrimonio Parcelario Ejidal, la Ley de los Centros de Población Agrícola y el Registro Nacional Agrario. El 9 de abril se estableció la Ley del Servicio Civil, que sería el estatuto jurídico de los trabajadores al servicio del estado. Y en septiembre de ese año se creó la primera compañía estatal petrolera, que se llamó Petromex, misma que entraría en la muy desnivelada competencia por la explotación de algunos mantos no trabajados por las voraces empresas extranjeras.256
Y aunque estas disposiciones eran poco vistosas no se descuidaron aquellas que podían acicalar la obra pública, sobre todo la que tendía a lo suntuoso. En 1933 se instaló la comisión para edificar el Monumento a la Revolución, sobre los cimientos abandonados de lo que alguna vez se planeó que sería el Congreso Nacional durante el gobierno de Porfirio Díaz. También se reanudó la restauración y terminación del Palacio de Bellas Artes, mismo que se inauguró el 29 de septiembre de 1934. Aquel recinto cuya construcción también se había iniciado durante el porfiriato, bajo la dirección del arquitecto Adamo Boari, había quedado suspendida en 1913. El arquitecto Federico Mariscal retomó la obra misma que se inauguró el 29 de septiembre de 1934, imprimiéndole cierto sabor art déco, que era la moda arquitectónica de finales de los años veinte y principios de los años treinta. Finalmente, y para no quedarse como continuador de la obra porfiriana, el gobierno de Rodríguez planeó y comenzó el parque y monumento a Álvaro Obregón, en el mismo sitio donde el Manco de Celaya fue asesinado, el restaurante La Bombilla en las antiguas huertas de Chimalistac, al sur de la Ciudad de México.
Aquel afán constructivo también contagió al general Cárdenas y a sus jefes y oficiales durante su gestión como secretario de Guerra y Marina. Como director del Departamento de Educación Militar, el general Joaquín Amaro tomó la iniciativa de construir la Escuela Superior de Guerra aprovechando las antiguas instalaciones y los terrenos del Convento de San Jerónimo, situado en las colinas que suben al Cerro del Judío, en el sur de la capital.257
La mayor parte del tiempo en que Cárdenas ocupó aquel supremo puesto militar se encontró de viaje entre la Ciudad de México y Cuernavaca, donde el general Calles residía por su quebrantada salud. Ahí sucedían las principales reuniones del gabinete bajo la estrecha supervisión del presidente Rodríguez. En Las Palmas se llevaron a cabo tantas reuniones que el general Cárdenas decidió comprar una propiedad en Morelos para estar cerca del Jefe Máximo. El General le compró al señor Pedro Cepeda, quien había sido exrepresentante del “general de hombres libres”, el nicaragüense Augusto César Sandino, el rancho Palmira, situado a seis kilómetros al sur de Cuernavaca. El día que cumplió 38 años Cárdenas describió aquellas 25 hectáreas de la siguiente manera: “Es una loma con fuertes pendientes que he dedicado al cultivo de la morera y frutales”.258 Ahí también se construiría una casa donde pasaría la noche o temporadas enteras debido a las constantes maquinaciones que el general Calles llevaba a cabo en sus residencia o en el club de golf de Cuernavaca que se inauguraría un año después.
Pero no todo eran cabildeos y grillas. En la segunda semana de enero de 1933 se procedió al desarme de las defensas municipales de Veracruz y se recogieron cerca de cinco mil rifles y pistolas.259 La acción contra el agrarismo de Tejeda resultaba cada vez más evidente, al grado que la prensa insistió en que los agraristas veracruzanos no sólo eran “bolcheviques y comunistas” sino delincuentes comunes. Muchos de los antiguos colaboradores del exgobernador perdieron sus puestos o fueron perseguidos por la ley. El propio Tejeda fue declarado persona non grata en Veracruz y se le orilló a salirse del sistema político construido por el general Calles y su Partido Nacional Revolucionario.260 En abril de 1933, Tejeda, junto con algunos de sus seguidores, fundaron el Partido Socialista de las Izquierdas. Sus distintivas “camisas rojas” fueron estigmatizadas por la prensa conservadora y sus campañas proselitistas frecuentemente acababan en enfrentamientos con la policía. De esa especie de cofradía construida por los gobernadores “agraristas” Tejeda, Cárdenas, Cedillo y Almazán, ya sólo quedaban ciertas inercias y algunos buenos recuerdos.
Desde finales de marzo hasta mediados de abril de aquel año de 1933 el ambiente político en torno del general Cárdenas empezó a agitarse un poco más. El futurismo barajaba los nombres de Manuel Pérez Treviño y de Carlos Riva Palacio como seguros precandidatos del PNR, aunque existía la probabilidad de que también fueran los civiles Manuel Puig Casauranc y Alberto J. Pani. De pronto se mencionaba al general Lázaro Cárdenas entre los posibles nominados. Lo cierto es que la disciplina partidaria parecía resquebrajarse.
El 26 de marzo, de regreso de un viaje hasta El Sauzal, un paraje que estaba en las afueras de Ensenada, Baja California, donde Abelardo L. Rodríguez tenía una casa en la que el general Calles le gustaba descansar, Cárdenas declaró a la prensa que él no se veía como precandidato y que no pretendía otra cosa más que “desempeñar bien su cargo en la Secretaría de Guerra”.261
En abril el presidente Rodríguez pidió al General que lo acompañara a una gira por Jalisco y Michoacán. El gobernador Benigno Serrato acompañó a los dos generales por diversos lugares de su entidad y el presidente logró que las tensiones entre Cárdenas y su sucesor se apaciguaran. El día 18, en el tren de regreso a la Ciudad de México, el primer magistrado llamó a su secretario de Guerra y Marina y le preguntó a boca de jarro si estaba considerando lanzarse como candidato a la presidencia. Le advirtió que era una decisión que debía tomar solo. El jiquilpense le contestó que su propósito era abstenerse de tomar parte en la contienda.262 El 19 de abril se reunieron Rodríguez y Cárdenas, y y el presidente le comentó al michoacano que varias personalidades importantes como Aarón Sáenz y Rodolfo Elías Calles preguntaban a quién debían apoyar como precandidato del PNR, puesto que arreciaban los rumores a favor del propio Cárdenas. El presidente le sugirió “guardar una actitud expectante”, y su secretario de guerra se comprometió a esperar hasta junio, pero le indicó que “por mi parte no quería tampoco se me tomara como individuo que rehuía semejante responsabilidad”.263
Al día siguiente Aarón Sáenz, quien no deseaba estar fuera de la grilla, comió con el general Cárdenas y lo sondeó, comentándole sobre los posibles candidatos entre los que se volvió a nombrar a Manuel Pérez Treviño y a Carlos Riva Palacio.
El 22 de abril tres miembros del congreso le informaron al General que traían consigna desde Sonora para apoyar su precandidatura y que los gobernadores de Sinaloa, Nayarit, Colima y Jalisco lo apoyaban. También le comentaron que los hijos del general Calles hacían proselitismo a su favor en Chihuahua, Durango y Zacatecas. Cárdenas mantuvo la cordura y les dijo: “Cuando sea oportuno daré mi resolución”.264 No tardaron en sumarse los apoyos de otros representantes de Querétaro, San Luis Potosí, Michoacán, Tlaxcala, Campeche, el Estado de México, Oaxaca, Guerrero y Baja California.
El 1º de mayo, mientras las organizaciones obreras, la CROM y la recién creada Confederación General Obrera y Campesina Mexicana (CGOCM) se disputaban la titularidad del movimiento laboral en plena marcha por las principales calles del zócalo capitalino, la Liga Campesina Úrsulo Galvan, apuntaló su posible vinculación con otras organizaciones para formar la Confederación Campesina Mexicana (CCM). A esta organización contribuyeron con mucho los contingentes organizados por el general Saturnino Cedillo, los agraristas tamaulipecos comandados por Emilio Portes Gil, la CRMT y las ligas campesinas de Chihuahua y Tlaxcala, organizadas por Graciano Sánchez. La fundación de la CCM sucedería en San Luis Potosí hasta el 31 de mayo, pero en aquel día de los trabajadores ya se podía percibir cómo las organizaciones campesinas se unificaban a favor del general Cárdenas.
La efervescencia creció y, aunque no se tomó ninguna determinación de parte del posible precandidato ni de los contingentes que lo apoyaban, el 3 de mayo el presidente Abelardo L. Rodríguez le envió un memorándum al general Calles:
He llegado al convencimiento de que [Cárdenas] no tiene un temperamento radical y que su actuación en el gobierno de Michoacán fue precisa y necesaria tomando en cuenta que a ese estado no había llegado propiamente la Revolución en uno de sus aspectos principales y que era necesario por todos conceptos implantar ahí la reforma agraria […] estoy seguro de que es un hombre respetuoso de la ley, animado de buena fe y deseoso de realizar una obra nacionalista.
Considero, por otra parte, que el general Cárdenas no tiene ambiciones personales, pues en reiteradas ocasiones me ha manifestado que no tiene aspiraciones a llegar a la Presidencia de la República y que se encuentra perfectamente satisfecho colaborando conmigo en el puesto de Secretario de Guerra y Marina y que es, y así lo creo yo, un elemento disciplinado no solamente dentro de la Revolución sino dentro de su organismo político que es el PNR […] Tengo la convicción de que el general Cárdenas es un hombre honrado, pero al mismo tiempo le reconozco dos graves defectos: primero que se deja adular por personas interesadas, y segundo, que es afecto a dar oído a los chismes.265
En ese memorándum Rodríguez le informaba a Calles que Cárdenas le había confesado que por ningún motivo aceptaría su postulación. Para sustentar su aserto el michoacano argumentó que no quería que ni el Jefe Máximo ni el presidente supusieran que tenía ambiciones políticas. Además, no quería dar el ejemplo nocivo al ejército de que como secretario de Guerra aceptaba su postulación, pues no quería que el país pensara que el instituto armado era “el incubador de presidenciables”. Con cierta modestia creía no tener la capacidad suficiente para ser presidente del país.
El general Abelardo L. Rodríguez terminó esa nota con el comentario de que lo mejor era que el partido presentara a la nación varios precandidatos a la presidencia que fueran “elementos genuinamente revolucionarios”.
Con letra manuscrita, el presidente le comunicó al sonorense que “Lázaro esperaba que usted o yo le indicáramos si debía aceptar o no. Desde luego le dije que ni usted ni yo haríamos tal cosa, que era una cuestión muy personal y delicada, y que por lo tanto debería usar su propio juicio”.266
El 6 de mayo 50 senadores hicieron público su apoyo al General, lo mismo que un amplio grupo de diputados encabezados por el general Rafael E. Melgar. Siguiendo un estilo que sería conocido en el futuro del partido, “la cargada” creció sin mayores restricciones, una vez que la consigna consistió en apoyar al candidato michoacano.
Siete días después, el viernes 13 de mayo, el presidente llamó a su secretario de Guerra y Marina y le recomendó que el lunes próximo presentara su renuncia “para atender los asuntos de carácter político que de manera tan intempestiva se presentaban a mi favor en todo el país”.267 En efecto, el 15 de mayo el general Lázaro Cárdenas presentó su solicitud de licencia temporal para “poder en su oportunidad aceptar o declinar el honor que se me hace” por parte de distintos sectores que pretendían exaltarlo “a la categoría de presunto candidato a la presidencia de la república”.268
El 5 de junio Lázaro Cárdenas aceptó públicamente su precandidatura a la presidencia y declaró su confianza en la lucha democrática para incorporar “todos los núcleos de opinión revolucionaria que me están postulando a nuestro organismo político para que dentro de él se haga conocer la voluntad popular”. Cierto que la declaración no era del todo afortunada, pero estaba claro que intentaría conquistar la postulación de su partido, el PNR, como candidato a la presidencia de la República.269
En otro frente, el general Manuel Pérez Treviño consideraba que podía lograr el apoyo del general Calles y contender por la precandidatura contra el general Cárdenas. Sus afiliados presionaron a favor de su nominación hasta el último momento. Sin embargo, el 6 de junio el presidente Rodríguez reunió en su despacho al presidente del PNR, Melchor Ortega, al secretario tesorero del Comité Ejecutivo Nacional del mismo partido, Gilberto Flores Muñoz, y a los generales Pérez Treviño y Lázaro Cárdenas, para escuchar un mensaje que el Jefe Máximo, Plutarco Elías Calles, envió por conducto de Flores Muñoz. Dicho mensaje decía que si la balanza de la precandidatura se inclinaba a favor del general Cárdenas, lo mejor sería que el general Pérez Treviño “evitara una lucha entre componentes del mismo partido” y desistiera de su pretensión. El coahuilense aceptó los términos de la propuesta callista y se comprometió a renunciar públicamente a la precandidatura presidencial del PNR al siguiente día.270 Pérez Treviño le había apostado todo al apoyo que le pudiese dar el general Calles; sin embargo, éste finalmente tomó en cuenta la fuerza popular que Cárdenas había logrado gracias a sus bases campesinas y trabajadoras, e inclinó la balanza a favor del michoacano. Cierto que Cárdenas había contribuido a desarmar y a desmovilizar a los contingentes agrarios de Tejeda, pero también había logrado aprovechar sus alianzas con Cedillo y otros agraristas; y en Michoacán mantenía sus vínculos con diversos organizaciones campesinas y obreras.271
El Comité Director Cardenista se estableció después de conocer la aceptación del precandidato y quedó conformado por Rodolfo Elías Calles, como presidente, y como vocales: Ignacio García Téllez, Ernesto Soto Reyes, Francisco Terminel y Gabino Vázquez. A partir de ese momento estaría en sus manos la organización de las giras de proselitismo y de convencimiento de todos aquellos que todavía dudaban a quién apoyar dentro de las filas del partido.
Pasado este primer escollo era necesario llegar a la Segunda Convención Nacional del PNR que elegiría oficialmente al candidato presidencial y elaboraría el plan de gobierno, que llevaría el pretencioso nombre de “Plan Sexenal”. Dicha convención se llevaría a cabo en Querétaro el 6 de diciembre de 1933.
Seis meses se necesitaron para preparar el arribo a esa magna reunión y el General se propuso restablecer algunas de sus viejas alianzas, así como recorrer el territorio nacional para conocer las problemáticas locales, buscando nuevos vínculos y refrendando acuerdos. Un primer intento de restitución de consonancias sucedió el 17 de junio, cuando se encontró con el coronel Adalberto Tejeda. Resentido por el trato que había recibido de parte del gobierno federal y por su distanciamiento del general Calles, el veracruzano criticó acremente al PNR, sobre todo a quienes deseaban intervenir en el diseño del programa del próximo gobierno. Refiriéndose a Pérez Treviño, Puig Casauranc, Riva Palacio y Melchor Ortega, entre otros, le advirtió a Cárdenas sobre la posibilidad de que antes, durante o después de la convención penerrista le arrebataran su candidatura. Por lo pronto el propio Tejeda continuaría en la oposición como candidato del Partido Socialista de las Izquierdas.272
Después de la tensión que general Cárdenas vivió durante su camino a la precandidatura, una vez resuelto su propósito llegó un momento de distensión y complacencia que fue opacado por un doloroso trance familiar. Después de seis meses de embarazo, su esposa Amalia parió prematuramente una niña, a la que llamaron Palmira. Por fortuna la madre logró sobreponerse, pero la bebé murió a los dos días de nacida, el 19 de junio de 1933. “El general no quiso que se supiera la muerte de su hija y la enterró casi en secreto”, contó doña Amalia años después.273 En sus Apuntes Cárdenas dejó escrito que la llamaron Palmira por ser el lugar donde Amalia y él se dedicaron a sembrar árboles y flores, “a semejanza de los hijos”. Remató con la siguiente frase: “Así, allí en Palmira, aislados del bullicio de la ciudad, respirando el aire sano del campo vimos crecer ilusionados el fruto de nuestro afecto para verlo morir hoy”.274
Una semana después el General se subió al tren para ir a la finca El Sauzal en Ensenada, Baja California, donde se encontraba Plutarco Elías Calles. En esa comarca convivió con el Jefe Máximo, anotando algunos puntos que creía importantes para su programa de gobierno. Pensaron juntos sobre la necesidad de impulsar las vías de comunicación, la manera en que debían satisfacerse los requerimientos básicos de los ejidos, estuvieron de acuerdo en fijar la política para regular la explotación de las riquezas naturales del país y sobre todo se dieron cuenta que estaba de acuerdo en la importancia de la intervención del estado en la economía nacional.275
Durante el resto del año Cárdenas siguió anotando diversos asuntos relevantes que percibía en la realidad del país a los que debía prestar atención. Los temas de salubridad, dotación de tierras, mejoramiento de los hogares para obreros y campesinos, el aumento de los salarios y otros aspectos que afectaban a la vida diaria de los campesinos y trabajadores aparecieron entre sus preocupaciones más relevantes.
En un par de ocasiones pasó breves temporadas en la hacienda de San Miguel Regla en el estado de Hidalgo. Este lugar que había sido uno de los lugares de solaz y recreo en medio del emporio minero de don Pedro Romero de Terreros desde mediados del siglo XVIII, era ahora un paraje tranquilo rodeado por bosques y construcciones coloniales. Cabalgando por algunas veredas cercanas se podía hacer un recorrido por tres lagos de distintos colores, y visitar el pequeño pueblo de Huasca o las haciendas vecinas de Santa María de Regla, Alchaloya y San Juan Hueyapan. Esta última tenía un jardín y un vivero de truchas, que impresionaron al General, de la misma manera como lo hizo la barranca de Meztitlán y la llamada Peña del Aire, que hasta hoy custodia la espléndida vista que se tiene desde justo la orilla donde termina la llanura y empieza la quebrada. En San Miguel Regla, Cárdenas se dio el tiempo necesario para caminar, andar a caballo y repensar temas importantes, planeando cómo debía ser su campaña y revisando documentos del partido, correspondencias y demás.276
Entre septiembre y diciembre viajó por los estados de Hidalgo, Veracruz, Puebla, Michoacán, Guanajuato, Coahuila, San Luis Potosí, Aguascalientes y Morelos, y el 6 de diciembre llegó a la Segunda Convención Nacional del PNR en Querétaro. Aunque se temía que el general Calles cambiara la jugada, el general Cárdenas se presentó con la firme convicción de que todo estaba bien planchado y no habría sorpresas.277 Desde el día 1º se reunieron los 1 172 delegados para discutir el Plan Sexenal.
La comisión elaboradora de dicho plan —conformada por Manuel Pérez Treviño, Juan de Dios Bojórquez, Enrique Romero, Gabino Vázquez, Gonzalo Bautista, Guillermo Zárraga y José Santos Alonso— se dejó asesorar por Graciano Sánchez en materia agraria y por Narciso Bassols en cuestiones educativas. En términos generales era una lista de buenas intenciones más o menos ordenadas, con holgura suficiente para que el gobierno tuviera un amplio margen de maniobra. El catálogo de temas que tocaba era bastante completo. Partía del problema agrario y establecía la necesidad de cumplir cabalmente con el artículo 27 constitucional. Señalaba la necesidad de aumentar recursos económicos para el campo, promover la simplificación de los trámites agrarios y abogar por las dotaciones definitivas. Se pronunciaba por el fraccionamiento de los latifundios, por la redistribución de la población rural y por el fomento a la colonización interior. También reclamaba un digno salario mínimo, la habitación gratuita para los trabajadores del campo, así como la asistencia médica y entrega de terrenos para cultivos domésticos.278
El plan dedicaba un amplio apartado a la nueva organización y a la promoción agrícola, en el que mencionaba la necesidad de impulsar la irrigación y promover la riqueza pecuaria y forestal. La defensa del derecho al trabajo la tomaba en cuenta gracias a la protección de los logros representados por el artículo 123 constitucional, y mencionaba la importancia de la contratación colectiva. También se pronunciaba a favor de la instauración de un seguro social obligatorio.279
En cuanto a la economía nacional el tono era notoriamente nacionalista. Recomendaba la nacionalización del subsuelo, estableciendo zonas de reserva minera y evitando el acaparamiento de terrenos para la explotación, sobre todo en las regiones petroleras y agroindustrias extensivas. Pedía la regulación del régimen de concesiones y el establecimiento de normas para las empresas extranjeras. En ese mismo sentido se inclinaba por el control de la competencia entre comerciantes y por el fomento de un comercio y una industria “de beneficio social”.280
También tocaba el tema de las comunicaciones y las obras públicas, enfatizando la urgencia de construir carreteras, vías de ferrocarril, pistas de aterrizaje y puertos. En este punto llamó la atención la necesidad de crear una marina mercante mexicana, así como una compañía de aviación comercial.281
En materia de salud pública aquel plan hizo hincapié en el combate de enfermedades y protección de la salud de los trabajadores y sus familias. El rubro en el que fue más preciso fue en la educación. Además de insistir en el aumento del presupuesto al sistema educativo federal, se pronunció a favor de a) la orientación científica de la impartición del conocimiento, b) el impulso al compromiso social entre los educandos, c) el carácter no religioso y socialista del trabajo escolar y d) una mayor preparación de maestros y educadores.282
Este plan sexenal también se ocupaba del ramo de gobernación. Enfatizaba la mejora de los servicios de los tribunales, los policías y la beneficencia pública. Se declaraba en contra de la prostitución, las toxicomanías y el alcoholismo. Y en cuanto a la migración se pronunciaba a favor de un mayor control de fronteras y aduanas, aunque se manifestaba a favor del arribo de extranjeros asimilables, de cultura latina, de preferencia agricultores o técnicos.283
Ilustración de Salvador Pruneda que acompañaba la edición del Primer Plan Sexenal (libro Plan Sexenal ).
En cuanto al ejército el plan era parco. Sólo se refería a la necesidad de atender los cuarteles y las tropas. Lo mismo sucedía en el rubro de las relaciones exteriores, aunque destacaba la propuesta de mejorar los vínculos con las naciones del continente americano, “sin inmiscuirse en los asuntos de otros países”.284 Después de ocuparse de Hacienda y Crédito Público, insistía en la mayor orientación social y técnica, y dedicaba un rubro especial a las obras que eran imprescindibles y que se debían construir en las comunidades: “escuelas, campos deportivos, granjas, irrigación, carreteras, reforestación, agua, drenaje, mercados, rastros, hospitales y casas de maternidad”.285
El plan abarcaba toda acción posible de la administración pública, y lanzaba consignas, establecía necesidades y lineamientos que rebasaban el ámbito político para enfatizar los requerimientos económicos y sociales de un país cimentado en el calificativo omniabarcador de lo “revolucionario”.
El 6 de diciembre de 1933, Lázaro Cárdenas protestó como candidato del PNR y se comprometió a cumplir los puntos centrales del Plan Sexenal para ocupar la presidencia de la República Mexicana entre 1934 y 1940. En su protesta manifestó: “Declaro sin subterfugios que asumiré toda la responsabilidad oficial del Gobierno”, y señaló que deseaba gobernar inspirado por la acción revolucionaria de las masas. Al concluir su declaración, de manera un tanto farragosa, expuso:
Considero que los fracasos de los pueblos en sus luchas, ya sean evolucionistas o revolucionarias, […] no dependerá de la falta de expresión más o menos brillante de sus doctrinas, sino que contribuye en grande escala a estos fracasos la torpeza o mala fe de los hombres que tratarán de llevarlas a cabo.286
De esta manera insistía en que eran los seres humanos concretos los responsables de instrumentar los proyectos, y no tanto las doctrinas o sus sustentos ideológicos. Era pues el compromiso del hombre con su sociedad o su pueblo lo que hacía posible la transformación de su realidad. Así cerraba su protesta como único candidato del PNR a la presidencia de la República durante el sexenio que empezaría a finales de 1934 y que terminaría al concluir 1940.
El siguiente paso sería echar a andar la campaña política más intensa y extensiva que hasta ese momento hubiera realizado ningún otro candidato con anterioridad. Ahora tocaba recorrer el país de un extremo al otro. El general Cárdenas se dispuso a ello con su firme empeño y su consabida serenidad.
1 Álvaro Ochoa, Juiquilpan…, op. cit., p. 285.
2 Debo esta anécdota, como muchas otras, a la generosidad y erudición de Álvaro Ochoa Serrano. Espero haberla reproducido fielmente, tal como él me la contó en algún momento entre los años de 2014 y 2016.
3 Cuauhtémoc Cárdenas, Cárdenas…, op. cit., pp. 133-134.
4 Lázaro Cárdenas, Obras. I. Apuntes 1967-1970, vol. IV, tercera edición, UNAM, México, 1986 (primera edición 1972), p. 63.
5 Gonzalo N. Santos, Memorias, Grijalbo, México, 1987, pp. 320-321; y Verónica Oikión, Michoacán: los límites del poder regional, tesis de doctorado, Colegio de Historia de la Facultad de Filosofía y Letras-UNAM, México, 2001, pp. 149-150.
6 Eitan Ginzberg, Lázaro Cárdenas…, op. cit., p. 48.
7 Ramón Alonso Pérez Escutia, Resumen histórico de Maravatío, H. Ayuntamiento Constitucional 1987-1989/Balsal Editores, 1988, pp. 31-32.
8 Jesús Teja Andrade, Zitácuaro, Monografías Municipales/Gobierno del Estado de Michoacán, 1978, p. 113.
9 Heriberto Moreno García, Cotija, Monografías Municipales/Gobierno del Estado de Michoacán, 1978, p. 212.
10 Ibid., pp. 144-146.
11 Archivo SEDENA, expediente del general Lázaro Cárdenas del Río…, op. cit., carta al secretario de Guerra y Marina, general Joaquín Amaro, 2 de marzo de 1928.
12 Verónica Oikión, Michoacán: los límites del poder regional, tesis de doctorado, Colegio de Historia de la Facultad de Filosofía y Letras-UNAM, México 2001, p. 151.
13 Christopher R. Boyer, “Revolución, reforma agraria e identidad campesina en Michoacán”, en Verónica Oikión y Martín Sánchez (coords.), Vientos de rebelión en Michoacán. Continuidad y ruptura en la Revolución mexicana, El Colegio de Michoacán/Secretaría de Cultura/Gobierno del Estado de Michoacán/Bicentenario 2010, México, 2010, p. 171.
14 Enrique Guerra Manzo, “Católicos y agraristas en Michoacán: del conflicto al modus vivendi” en Verónica Oikión y Martín Sánchez (coords.), Vientos de rebelión en Michoacán…, op. cit., p. 189.
15 Marjorie Becker, Setting the Virgin on fire. Lazaro Cardenas, Michoacan Peasants and the Redemption of the Mexican Revolution, University of California Press, Los Ángeles, 1995, p. 58.
16 Verónica Oikión, Michoacán:…, op. cit., p. 155.
17 Ibid.
18 Archivo SEDENA, expediente del general Lázaro Cárdenas…, op. cit., carta del 1º de abril de 1928.
19 Verónica Oikión, Michoacán…, op. cit., p. 157.
20 Archivo Calles-Torreblanca, fondo Plutarco Elías Calles, exp. 119, inv. 3901, leg. 1, 1920.
21 Marco Antonio Calderón Mólgora, Historias, procesos político y cardenismos, El Colegio de Michoacán, Zamora, 2004, p. 20.
22 Enrique Guerra Manzo, “Católicos y agraristas en…, op. cit., p. 187; y Matthew Butler, Popular Piety and Political Identity in Mexico’s Cristero Rebellion. Michoacán: 1927-1929, Oxford University Press, Reino Unido, 2004, p. 197.
23 Ibid.
24 José Rubén Romero, Obras completas, Oasis, México, 1957, p. 655.
25 Fernando Benítez, Entrevistas…, op. cit., p. 89. En esta entrevista y en otra concedida al periodista Luis Suárez, Amalia Solórzano dice que tenía 14 años cuando conoció al general, lo cual resulta inverosímil. Nació el 10 de julio de 1911, por lo que en junio de 1928 tendría 17 años. Véase también Luis Suárez, Cárdenas…, op. cit., p. 34.
26 Amalia Solórzano de Cárdenas, Era otra cosa la vida, Nueva Imagen, México, 1994, p. 1.
27 Fernando Benítez, Entrevistas…, op. cit., p. 89.
28 Amalia Solórzano de Cárdenas, op. cit., p. 2.
29 Fernando Benítez, Entrevistas…, op. cit., p. 90; y Luis Suárez, Cárdenas…, op. cit., p. 33. Nuevamente la edad de Amalia a la hora de ingresar al convento es imprecisa: en la primera entrevista dice que fue enviada a México a los 11 años mientras que en la segunda asegura que fue a los nueve.
30 Fernando Benítez, Entrevistas…, op. cit., p. 90.
31 Amalia Solórzano de Cárdenas, op. cit., p. 3.
32 Ibid.
33 Algunos autores plantean que las elecciones se llevaron a cabo el mismo 3 de junio que Amalia y Lázaro se vieron por primera vez. Véase Ignacio Marván, “Sé que te vas a la Revolución… Lázaro Cárdenas 1913-1929”, en Carlos Martínez Assad, Estadistas, caciques y caudillos, Instituto de Investigaciones Sociales-UNAM, 1988, p. 115; y Verónica Oikión, Michoacán…, op. cit., p. 161. Eitan Ginzberg y Cuauhtémoc Cárdenas, por su parte, sugieren que fue una semana después, el 10 de junio. Eitan Ginzberg, Revolutionary Ideology and Political Destiny in Mexico, 1928-1932. Lázaro Cárdenas and Adalberto Tejeda, Sussex Academic Press, Brighton, 2015, p. 30; y Cuauhtémoc Cárdenas, Cárdenas…, op. cit., p. 139.
34 Verónica Oikión, Michoacán…, op. cit., pp. 161-162.
35 Lázaro Cárdenas, Obras. I…, op. cit., vol. I, tercera edición, p. 171.
36 Ibid.
37 Alicia Olivera Sedano, Aspectos del conflicto religioso de 1926 a 1929, INAH, México, 1966, pp. 121-122.
38 Alfonso Taracena, Historia extraoficial de la Revolución mexicana, Jus, México, 1972, p. 344.
39 Luis Alamillo Flores, Memorias. Luchadores ignorados al lado de grandes jefes de la Revolución mexicana, Extemporáneos, México, 1976, p. 356; y Alberto J. Pani, El cambio de regímenes en México y las asonadas militares, Le Livre Libre, Francia, 1930, p. 16.
40 Joseph H. L. Schlarman, México. Tierra de volcanes. De Hernán Cortés a Miguel Alemán, Jus, México, 1950, p. 602.
41 Discursos del General Álvaro Obregón, Biblioteca de la Dirección General de Educación Militar, México, 1932, p. 292.
42 Gonzalo N. Santos, op. cit., p. 306.
43 Ángeles Magdaleno Cárdenas, “¿Qué hacemos? Matar a Obregón”, en Gerardo Villadelángel Viñas (coord.), El libro rojo, vol. 2 1928-1959, FCE, México, 2011, pp. 3-11.
44 Gonzalo N. Santos, op. cit., p. 331.
45 Agustín Sánchez González, El general en la Bombilla. Álvaro Obregón 1928: Reelección y muerte, Planeta, México, 1993, p. 45.
46 Mauricio Magdaleno, Las palabras perdidas, FCE, México, 1956, p. 15.
47 Emilio Portes Gil, Autobiografía de la Revolución mexicana. Un tratado de interpretación histórica, Instituto Mexicano de Cultura, México, 1964, p. 409.
48 Agustín Sánchez González, op. cit., pp. 34-45.
49 Emilio Portes Gil, Autobiografía …, op. cit., p. 408.
50 Amalia Solórzano de Cárdenas, op. cit.
51 Archivo Calles-Torreblanca, fondo Plutarco Elías Calles, exp. 206, inv. 820 leg.3/9; y Lázaro Cárdenas, Epistolario, Siglo XXI Editores, México, 1974, p. 24
52 Lázaro Cárdenas, Epistolario…, op. cit., p. 27.
53 Rogelio Hernández, Historia mínima de El PRI, El Colegio de México, México, 2016, p.; y Lázaro Cárdenas, Epistolario…, op. cit., p. 27.
54 Instituto de Capacitación Política, Historia documental del Partido de la Revolución, PNR, 1929-1932, PRI, México, 1981, p. 37.
55 Instituto de Capacitación Política, op. cit., p. 38.
56 Archivo Calles-Torreblanca, fondo Plutarco Elías Calles, exp. 206, inv. 820, leg.3/9, 10 de septiembre de 1928.
57 Archivo SEDENA, expediente del general Francisco J. Múgica, cancelados XI/III/1-325, vol. 2, cartas del 12 de abril de 1928 al 3 de enero de 1929.
58 Alfonso de María y Campos, op. cit., pp. 212-214.
59 Ibid., p. 212.
60 Ibid., p. 215.
61 Jorge Zepeda Patterson, “Los caudillos en Michoacán: Francisco J. Múgica y Lázaro Cárdenas”, en Carlos Martínez Assad, Estadistas, caciques y caudillos, Instituto de Investigaciones Sociales-UNAM, 1988, p. 260; y Álvaro Ochoa y Gerardo Sánchez Díaz, Breve historia…, op. cit., p. 227.
62 Verónica Oikión, Michoacán…, op. cit., pp. 167-168; Ignacio Marván, “Sé que…”, op. cit., p. 117.
63 Eitan Ginzberg, Lázaro Cárdenas…, op. cit., p. 243; y Christopher R. Boyer, “Revolución…, op. cit., p. 172.
64 Froylán Manjarrez y Gustavo Ortiz Hernán (relatores), Lázaro Cárdenas I Soldado de la Revolución, II Gobernante, III Político nacional, Imprenta Labor, México, 1934, p. 43.
65 Archivo Calles-Torreblanca, fondo Joaquín Amaro (en catalogación al momento de su consulta), cartas de 25 de enero de 1929 y de 2 de febrero; Eitan Ginzberg, “Cárdenas íntimo: su política de diálogo durante la gubernatura de Michoacán”, en Verónica Oikión y Martín Sánchez (coords.), Vientos de rebelión…, op. cit., p. 215; y Matthew Butler, Popular Piety and Political Identity in Mexico’s Cristero Rebellion. Michoacán: 1927-1929, Oxford University Press, Reino Unido, 2004, pp. 180-185.
66 Christopher R. Boyer, “Revolución…, op. cit., p. 174.
67 Archivo Calles-Torreblanca, fondo Joaquín Amaro (en catalogación al momento de su consulta), cartas del 22 de enero de 1929 y del 2 de febrero de 1929.
68 Matthew Butler, “The Liberal Cristero: Ladislao Molina and the Cristero Rebellion in Michoacan 1927-1929”, en Journal of Latin American Studies, vol. 31, núm. 3, Cambridge University Press, Reino Unido, octubre, 1999, pp. 645-671.
69 Archivo Calles-Torreblanca, fondo Joaquín Amaro (en catalogación al momento de su consulta), carta del 3 de marzo de 1929.
70 Archivo Calles-Torreblanca, fondo Joaquín Amaro (en catalogación al momento de su consulta), cartas del 1º de febrero y 13 de febrero de 1929.
71 Luis González y González, “Una visión pueblerina de Lázaro Cárdenas”, en XVII Jornadas de Historia de Occidente. Lázaro Cárdenas en las regiones, Centro de Estudios de la Revolución Mexicana, Lázaro Cárdenas A. C., México, 1996, p. 39.
72 Álvaro Ochoa y Gerardo Sánchez Díaz, Breve historia…, op. cit., p. 228.
73 Jorge Zepeda Patterson, “Los caudillos en Michoacán: Francisco J. Múgica y Lázaro Cárdenas”, en Carlos Martínez Assad, Estadistas, caciques y caudillos, Instituto de Investigaciones Sociales-UNAM, 1988, p. 252.
74 Jesús Múgica Martínez, La Confederación Revolucionaria Michoacana del Trabajo. Apuntes acerca de la evolución social y política de Michoacán, EDDISA, México, 1982, p. 93.
75 Jorge Zepeda Patterson, “Los caudillos…”, op. cit., pp. 254-255; y Eitan Ginzberg, Lázaro Cárdenas…, op. cit., p. 247.
76 Eitan Ginzberg, Lázaro Cárdenas…, op. cit., p. 245.
77 Jorge Zepeda Patterson, “Los caudillos…”, op. cit., p. 254.
78 Jesús Múgica Martínez, La Confederación…, op. cit., p. 108.
79 Ramón Alonso Pérez Escutia, Historia del PNR en Michoacán, PRI-Mich/Icadep, México, 2011, p. 65.
80 Verónica Oikión, Michoacán…, op. cit., pp. 183-184.
81 Romana Falcón, “El surgimiento del agrarismo cardenista. Una revisión de las tesis populistas”, en Historia Mexicana, núm. 107, El Colegio de México, México, 1978, p. 345.
82 Archivo Calles-Torreblanca, fondo Plutarco Elías Calles, exp. 206, inv. 820, leg. 3/9, telegramas del 21 y 23 de enero de 1929.
83 José Vasconcelos, Breve Historia de México, Libreros Mexicanos Unidos, México, 1957.
84 Lorenzo Meyer, Rafael Segovia y Alejandra Lajous, Los inicios de la institucionalización: la política del Maximato, en Historia de la Revolución Mexicana, vol. 12, El Colegio de México, México, 1978.
85 John W. F. Dulles, Ayer en…, op. cit., p. 387.
86 José Manuel Puig Casuaranc, Galatea rebelde a varios pigmaliones. De Obregón a Cárdenas. El fenómeno mexicano actual, Impresores Unidos, México, 1938, p. 295.
87 Lorenzo Meyer, Rafael Segovia y Alejandra Lajous, op. cit., p. 69.
88 Anónimo, La rebelión militar contra el gobierno legítimo del sr. presidente de la república lic. d. Emilio Portes Gil descrita y comentada por un observador, s. e., San Antonio Texas, 1933, p. 35.
89 John W. F. Dulles, Ayer en…, op. cit., p. 392.
90 Alberto J. Pani, op. cit., p. 18.
91 John W. F. Dulles, Ayer en…, op. cit., p. 392.
92 Tzvi, Medin, El minimato presidencial. Historia política del Maximato 1928-1935, Era, México, 1983, p. 36.
93 Ibid., p. 48.
94 Emilio Portes Gil, Autobiografía…, op. cit., p. 511.
95 Francisco Díaz Babio, Un drama nacional. La crisis de la Revolución. Declinación y eliminación del general Calles, primera etapa 1928-1932, Imp. León Sánchez, México, 1939, p. 63.
96 Archivo Calles-Torreblanca, fondo Joaquín Amaro (en catalogación al momento de su consulta), correspondencia, 11-15 de mayo de 1929.
97 John W.F. Dulles, Ayer en…, op. cit., pp. 406-408.
98 Emilio Portes Gil, Autobiografía…, op. cit., p. 511.
99 Blas Urrea (Luis Cabrera), Veinte años después, Botas, México, 1937. Citado también en John W. F. Dulles, Ayer en…, op. cit., p. 420.
100 Froylán Manjarrez y Gustavo Ortiz Hernan (relatores), Lázaro Cárdenas I. Soldado de la Revolución, II. Gobernante, III. Político nacional, Imprenta Labor, México, 1934, p. 41.
101 Jean Meyer, La cristiada…, op. cit., tomos I y II, Siglo XXI Editores, México, 1973, pp. 287-288.
102 Froylán C. Manjarrez, La jornada institucional. La crisis de la política, Talleres Gráficos y Diario Oficial, Ciudad de México, 1930, p. LXIV.
103 Archivo Calles-Torreblanca, fondo Joaquín Amaro (en catalogación durante su consulta), circular del 6 de mayo de 1929.
104 Archivo Calles-Torreblanca, fondo Joaquín Amaro (en catalogación durante su consulta), telegrama del 31 de mayo de 1929 y circular del 1º de junio de 1929.
105 Archivo Calles-Torreblanca, fondo Joaquín Amaro (en catalogación durante su consulta), telegramas del 6 y del 14 de junio de 1929.
106 Archivo Calles-Torreblanca, fondo Joaquín Amaro (en catalogación durante su consulta), cartas del 30 de julio y del 5 de agosto de 1929.
107 Enrique Guerra Manzo, “Católicos y agraristas en…”, op. cit., p. 198.
108 Eitan Ginzberg, “Cárdenas íntimo…”, op. cit., p. 214.
109 Álvaro Ochoa, “El corrido y el drama en la gran rebelión mexicana”, en Eduardo N. Mijangos Díaz y Alonso Torres Aburto (eds.), Revalorar la Revolución mexicana, Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, Morelia, 2011, p. 350.
110 Eitan Ginzberg, Lázaro Cárdenas…, op. cit., pp. 133-134.
111 Matthew Butler, Popular Piety and Political Identity in Mexico’s Cristero Rebellion. Michoacán: 1927-1929, Oxford University Press, Reino Unido, 2004, pp. 220-221.
112 Enrique Guerra Manzo, “Católicos y agraristas en…”, op. cit., p. 198.
113 Eitan Ginzberg, Lázaro Cárdenas…, op. cit., p. 252.
114 Eitan Ginzberg, Revolutionary…, op. cit., p. 46.
115 Eitan Ginzberg, Lázaro Cárdenas…, op. cit., p. 93 y John Gledhill, Casi nada. Capitalismo, estado y los campesinos de Guaracha, El Colegio de MIchoacán, Zamora, Mich. 1993.
116 Álvaro Ochoa, Juiquilpan…, op. cit., p. 285.
117 Eitan Ginzberg, Lázaro Cárdenas…, op. cit., p. 91.
118 Eitan Ginzberg, Lázaro Cárdenas…, op. cit., pp. 82-83, y del mismo autor Revolutionary…, op. cit., p. 44.
119 Romana Falcón, “El surgimiento…”, op. cit., p. 348.
120 Ibid., p. 337.
121 Jesús Múgica Martínez, La Confederación…, op. cit., p. 127. Estas cifras también las anota Romana Falcón en “El surgimiento del…”, op. cit., p. 354; y Cuauhtémoc Cárdenas, Cárdenas…, op. cit., p. 174. Sin embargo, Luis González y González afirma que entre 1928 y 1932 “la obra agrarista de Cárdenas consistió en repartir muchos latifundios y hacer 200 dotaciones ejidales con extensión de 408 807 hectáreas para 24 000 ejidatarios”. Véase Luis González y González, Pueblo…, op. cit., p. 182. Este dato también lo reproduce Álvaro Ochoa en su libro Juiquilpan…, op. cit., p. 286.
122 Romana Falcón, “El surgimiento…”, op. cit., p. 354.
123 Cuauhtémoc Cárdenas, Cárdenas…, op. cit., p. 174.
124 Carta citada en Jorge Zepeda Patterson, “Los caudillos…”, op. cit., p. 251.
125 Andrés Garrido del Toral, “La fundación del PNR en Querétaro en marzo de 1929” en La Voz del Norte. México, 23 de marzo 2014.
126 Gonzalo N. Santos, Memorias…, op. cit., pp. 397-442.
127 John Skirius, José Vasconcelos y la cruzada de 1929, Siglo XXI Editores, México, 1979, pp. 146 y 188.
128 Víctor Díaz Arciniega y Alejandro Gómez Arias. Memoria personal de un país, Grijalbo, México, 1990, pp. 107-119.
129 Las cifras oficiales fueron 1 825 732 votos para Ortiz Rubio y 105 655 votos para Vasconcelos. Véase John Skirius, José Vasconcelos…, op. cit., p. 166.
130 Archivo Calles-Torreblanca, fondo Joaquín Amaro (en catalogación durante su consulta), cartas del 1º, 2 y 6 de enero de 1930.
131 Romana Falcón, “El surgimiento…”, op. cit., p. 356.
132 Jesús Múgica Martínez, La Confederación…, op. cit., p. 113.
133 Romana Falcón, “El surgimiento…”, op. cit., p. 358.
134 María Candelaria Valdés Silva, “Educación socialista y reparto agrario en La Laguna”, en Susana Quintanilla y Mary Kay Vaughan, Escuela y sociedad en el periodo cardenista, FCE, México, 1997, p 232.
135 Eitan Ginzberg, Revolutionary…, op. cit., pp. 51-52.
136 Archivo Calles-Torreblanca, fondo Joaquín Amaro (en catalogación durante su consulta), carta del 10 de octubre de 1930.
137 Romana Falcón, “El surgimiento…”, op. cit., p. 360.
138 Archivo SEDENA, expediente del general Lázaro Cárdenas…, op. cit., permiso del 7 de noviembre de 1930 al 31 de octubre de 1931.
139 Romana Falcón, “El surgimiento…”, op. cit., p. 359.
140 Lázaro Cárdenas, Palabras y…, op. cit., citado en Cuauhtémoc Cárdenas, Cárdenas…, op. cit., pp. 200-201.
141 Ricardo Pérez Montfort, “Esa no porque me hiere. Semblanza superficial de treinta años de radio en México 1925-1955”, en Avatares del nacionalismo cultural. Cinco ensayos, CIESAS-CIDEHM, México, 2000, pp. 91-115.
142 Jacqueline Covo, “El periódico al servicio del cardenismo: El Nacional 1935” en Historia Mexicana, núm. 46, vol. 1, El Colegio de México, México, 1996, pp. 133-161.
143 Aurelio de los Reyes, El nacimiento de ¡Que viva México!, Instituto de Investigaciones Estéticas-UNAM, México, 2006.
144 Véase El desastre en Oaxaca, 1931, cortometraje de Sergéi Eisenstein, en Aurelio de los Reyes, Oaxaca, en la colección Imágenes de México de la Filmoteca de la UNAM, 2005.
145 Archivo Calles-Torreblanca, fondo Plutarco Elías Calles, núm. de expediente 206, núm. de inventario 820, legajo 4/9, telegrama del 19 de enero de 1931.
146 Instituto de Capacitación Política, Historia documental del Partido de la Revolución, PNR, 1929-1932, PRI, México, 1981, pp. 210-218.
147 Ibid.
148 Ibid., p. 212.
149 Ibid., p. 192.
150 Ibid., p. 220.
151 Lázaro Cárdenas, Palabras y…, op. cit., citado en Cuauhtémoc Cárdenas, Cárdenas…, op. cit., p. 202.
152 Tzvi Medin, El minimato presidencial: historia política del Maximato 1928-1935, Era, México, 1982, pp. 77-79.
153 Gonzalo N. Santos, Memorias…, op. cit., pp. 431-442.
154 Eitan Ginzberg, Lázaro Cárdenas…, op. cit., p. 170.
155 Lázaro Cárdenas, Obras. I…, op. cit., vol. IV, tercera edición, UNAM, México, 1986 (primera edición, 1972), p. 181.
156 Enrique Guerra Manzo, “Católicos y agraristas en…, op. cit., p. 206.
157 Romana Falcón, “El surgimiento…”, op. cit., p. 360.
158 Cuauhtémoc Cárdenas, Cárdenas…, op. cit., p. 178.
159 Lázaro Cárdenas, Obras. I…, op. cit., vol. IV, p. 183.
160 Véase el capítulo II.
161 Eitan Ginzberg, Lázaro Cárdenas…, op. cit., pp. 212-213.
162 Verónica Oikión, Michoacán…, op. cit., p. 1.
163 Jesús Múgica Martínez, La Confederación…, op. cit., pp. 118-121.
164 Archivo Calles-Torreblanca, fondo Joaquín Amaro (en catalogación al momento de su consulta), carta del 23 de julio de 1929.
165 Eitan Ginzberg, Lázaro Cárdenas…, op. cit., p. 116.
166 Ibid.
167 Ibid., pp. 114-115.
168 María Teresa Cortés Zavala, Lázaro Cárdenas…, op. cit., p. 49.
169 Véase el capítulo III.
170 Cuauhtémoc Cárdenas, Cárdenas…, op. cit., pp. 180-181.
171 David L. Raby, Educación y revolución social en México, SEP-Setentas, México, 1974, p. 36.
172 Las misiones culturales, 1932-1933, SEP, México, 1933, p. 14.
173 Liliana Toledo, Usos y funciones de la música en las misiones culturales y escuelas normales rurales (1926-1932), tesis de maestría, El Colegio de Morelos, Cuernavaca, 2017.
174 Jorge Amós Martínez Ayala, “Bailar para el turismo. La ‘Danza de los Viejitos’ de Jarácuaro como artesanía”, en Georgina Flores Mercado y Fernando Nava L,. Identidades en venta. Músicas tradicionales y turismo en México, Instituto de Investigaciones Sociales, UNAM, México, 2016, pp. 139-163.
175 María Teresa Cortés Zavala, Lázaro Cárdenas…, op. cit., p. 53.
176 Estos versos se le atribuyen al profesor Hilario Reyes Garibaldi y aparecen en Jesús Múgica Martínez, La Confederación…, op. cit., pp. 138-139.
177 Lázaro Cárdenas Obras.1…, op. cit., vol. I, tercera edición, p. 229-230.
178 Eitan Ginzberg, “Cárdenas íntimo…, op. cit., p. 218.
179 Alejo Maldonado Gallardo y Casimiro Leco Tomás, Una educación para el cambio social 1928-1940, Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, Morelia, 2008, p. 107.
180 Ibid., p. 113.
181 David L. Raby, Educación y revolución social en México, SEP-Setentas, México, 1974, p. 36.
182 Victoriano Anguiano Equihua, Lázaro Cárdenas. Su feudo y la política nacional, Colección El Libro Oculto, México, 1989, p. 45.
183 Se llegó a decir que el abuso de bebidas alcohólicas y “la desaprensión sexual” de sus promotores contribuyó a su fracaso. Marco Antonio Calderón Mólgora, Historias, procesos políticos y cardenismos, El Colegio de Michoacán, Zamora, 2004, p. 142.
184 Alejo Maldonado Gallardo y Casimiro Leco Tomás, op. cit., p. 142.
185 David L. Raby, op. cit., p. 32.
186 Lázaro Cárdenas, Obras. I…, op. cit., vol. I, tercera edición, p. 276.
187 Ibid., p. 200.
188 Ibid., p. 190.
189 Aunque pueda resultar un tanto anacrónico, véase el libro Gabriel García Maroto, Veinte dibujos mexicanos, comentario de Jaime Torres Bodet, Biblioteca Acción, Madrid, 1928.
190 Larissa Pavlioukóva, “La huella del artista viajero. Los únicos murales de Gabriel García Maroto en México”, en Crónicas, núm. 2, Instituto de Investigaciones Estéticas-UNAM, 2011, pp. 53-59.
191 Hugo García, “Las utopías de la diplomacia. Julio Álvarez del Vayo y la construcción de la amistad hispano-mexicana 1931-1933”, en Manuel Pérez Ledesma (editor), Trayectorias trasatlánticas (siglo XX) Personajes y redes entre España y América, Polifemos, Madrid, 2013, p. 277.
192 Ricardo Pérez Montfort, “Las peripecias diplomáticas de un mural o Diego Rivera y la hispanofobia”, en Agustín Sánchez Andrés, Tomás Pérez Vejo y Marco Antonio Landavazo (coords.), Imágenes e Imaginarios sobre España en México siglos XIX y XX, Porrúa/Instituto de Investigaciones Históricas Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo/CONACYT, México, 2007, pp.465-490.
193 Lázaro Cárdenas, Obras. I…, op. cit., vol. 1, tercera edición, UNAM, México, 1986 (primera edición, 1972), pp. 181 y 184.
194 Eitan Ginzberg, Lázaro Cárdenas…, op. cit., p. 246; y Eitan Ginzberg, Revolutionary Ideology and Political Destiny in Mexico, 1928-1932. Lazaro Cardenas and Adalberto Tejeda, Sussex Academic Press, Brighton, pp. 125-126.
195 Moisés González Navarro, Población y sociedad en México (1900-1970), vol. II, Facultad de Ciencias Políticas y Sociales-UNAM, México, 1974, pp. 71-74.
196 Tzvi Medin, El minimato presidencial: historia política del Maximato, Era, México, pp. 104-105.
197 Tzvi Medin, El minimato presidencial: historia política del Maximato, Era, México, p. 93.
198 Ibid., p. 108.
199 Lázaro Cárdenas, Obras. I…, op. cit., vol. 1, tercera edición, UNAM, México, 1986 (primera edición, 1972), pp. 185-188; y Cuauhtémoc Cárdenas, Cárdenas por Cárdenas…, op. cit., pp. 210-211.
200 Lázaro Cárdenas, Obras. I…, op. cit., vol. 1, tercera edición, UNAM, México, 1986 (primera edición, 1972), p. 188.
201 Archivo SEDENA, expediente del general Lázaro Cárdenas del Río, cancelados XI/III/1-4, vol. 1, disposición del 16 de septiembre de 1931 a octubre de 1932.
202 Verónica Oikión, Michoacán: los límites del poder regional, tesis de doctorado, Colegio de Historia de la Facultad de Filosofía y Letras-UNAM, México, 2001, p. 168.
203 Amalia Solórzano de Cárdenas, Era otra cosa la vida, Nueva Imagen, México, 1994, p. 32.
204 Ibid.
205 Lázaro Cárdenas, Obras. I…, op. cit., vol. 1, tercera edición, UNAM, México, 1986 (primera edición, 1972), p. 189.
206 Ibid., p. 194.
207 Los caminos de México. The roads of Mexico, Secretaría de Comunicaciones y Obras Públicas/Comisión Nacional de Caminos México, 1931, pp. 64-71, y ver MAPA Revista de Turismo, Edición Guía del Camino México-Morelia-Guadalajara, núm. 63, vol. VI, México, 1939.
208 Lázaro Cárdenas, Obras. I…, op. cit., vol. 1, tercera edición, UNAM, México, 1986 (primera edición, 1972), p. 181.
209 Cuauhtémoc Cárdenas, Cárdenas…, op. cit., p. 184.
210 Álvaro Ochoa, Juiquilpan…, op. cit., p. 288.
211 Archivo Calles-Torreblanca, fondo Plutarco Elías Calles, exp. 206, inv. 820, leg. 5/9.
212 Ibid.
213 Citado en Marco Antonio Calderón Mólgora, Historias, procesos políticos y cardenismos, El Colegio de Michoacán, Zamora, 2004, p. 137.
214 Enrique Guerra Manzo, “Católicos y agraristas en…”, p. 205.
215 Eitan Ginzberg, “En la encrucijada de intereses contradictorios: Lázaro Cárdenas y la cuestión clerical, 1928-1932”, en Estudios Michoacanos IX, vol. 9, El Colegio de Michoacán, Zamora, 2001, pp. 267-270.
216 Victoriano Anguiano Equihua, Lázaro Cárdenas. Su feudo y la política nacional, Colección El Libro Oculto, México, 1989, pp. 42-43.
217 Ibid., p. 41.
218 Ibid., p. 39.
219 Eitan Ginzberg, Lázaro Cárdenas…, op. cit., p. 255.
220 Eitan Ginzberg, “En la encrucijada de intereses contradictorios: Lázaro Cárdenas y la cuestión clerical, 1928-1932”, en Estudios Michoacanos IX, vol. 9, El Colegio de Michoacán, Zamora, 2001, p. 278.
221 Lázaro Cárdenas, Obras. I…, op. cit., vol. 1, tercera edición, UNAM, México, 1986 (primera edición, 1972), p. 204.
222 Ibid., p. 198.
223 Tzvi Medin, El minimato presidencial. Historia política del Maximato 1928-1935, Era, México, 1983, p. 112.
224 José Alfredo Gómez Estrada, Lealtades divididas. Camarillas y poder en México 1913-1932, Instituto Mora/Universidad de Baja California, México, 2013.
225 Abelardo L. Rodríguez, Autobiografía, Novaro, México, 1962, citada en Tzvi Medin, El minimato presidencial. Historia política del Maximato 1928-1935, Era, México, 1983, p. 121.
226 Ibid., p. 113.
227 El Nacional Revolucionario, 5 de septiembre de 1932, citado en Tzvi Medin, El minimato presidencial. Historia política del Maximato 1928-1935, Era, México, 1983, p. 183.
228 Lázaro Cárdenas, Obras. I…, op. cit., vol. 1, tercera edición, UNAM, México, 1986 (primera edición, 1972), p. 199.
229 Jesús Múgica Martínez, La Confederación Revolucionaria Michoacana del Trabajo. Apuntes acerca de la evolución social y política de Michoacán, EDDISA, México, 1982, p. 180.
230 Cuauhtémoc Cárdenas, Cárdenas…, op. cit., pp. 213-215.
231 Froylán Manjarrez y Gustavo Ortiz Hernán (relatores), Lázaro Cárdenas I. Soldado de la Revolución, II. Gobernante, III. Político nacional, Imprenta Labor, México, 1934, p. 83.
232 Eitan Ginzberg, “Cárdenas íntimo…”, op. cit., p. 226.
233 Victoriano Anguiano Equihua, Lázaro Cárdenas. Su feudo y la política nacional, Colección El Libro Oculto, México, 1989, p. 63.
234 Amalia Solórzano de Cárdenas, Era otra cosa la vida, Nueva Imagen, México, 1994, p. 34.
235 Luis Suárez, Cárdenas…, op. cit., p. 36; y Lázaro Cárdenas, Obras. I…, op. cit., vol. 1, tercera edición, UNAM, México, 1986 (primera edición, 1972), pp. 196-197.
236 Amalia Solórzano de Cárdenas, Era otra cosa la vida, Nueva Imagen, México, 1994, p. 34.
237 Lázaro Cárdenas, Obras. I…, op. cit., vol. 1, tercera edición, UNAM, México, 1986 (primera edición, 1972), p. 206.
238 Amalia Solórzano de Cárdenas, Era otra cosa la vida, Nueva Imagen, México, 1994, p. 34.
239 Luis Suarez, Cárdenas…, op. cit., p. 41.
240 Jorge Zepeda Patterson, “Los caudillos en Michoacán: Francisco J. Múgica y Lázaro Cárdenas”, en Carlos Martínez Assad, Estadistas, caciques y caudillos, Instituto de Investigaciones Sociales-UNAM, 1988, p. 260; y Álvaro Ochoa y Gerardo Sánchez Díaz, Breve historia…, op. cit., p. 261.
241 Archivo Calles-Torreblanca, Fondo Plutarco Elías Calles, exp. 206, inv. 820, leg. 5/9, telegramas del 26 y 27 de septiembre de 1932.
242 Amalia Solórzano de Cárdenas, Era otra cosa la vida, Nueva Imagen, México, 1994, p.
243 Luis Suárez, Cárdenas…, op. cit., p. 40.
244 Sobrenombre que le daban a Alicia.
245 Carta citada en Cuauhtémoc Cárdenas, Cárdenas…, op. cit., p. 147.
246 Eitan Ginzberg, Revolutionary Ideology and Political Destiny in Mexico, 1928-1932. Lazaro Cardenas and Adalberto Tejeda, Sussex Academic Press, Brighton, 2015, pp. 157-158.
247 Ibid., pp. 167-175.
248 Álvaro Ochoa Serrano y Gerardo Sánchez Díaz, Breve historia…, op. cit., p. 230; y Jesús Múgica Martínez, La Confederación Revolucionaria Michoacana del Trabajo. Apuntes acerca de la evolución social y política de Michoacán, EDDISA, México, 1982, pp. 143-144.
249 Victoriano Anguiano Equihua, Lázaro Cárdenas. Su feudo y la política nacional, Colección El Libro Oculto, México, 1989, pp. 75-77.
250 Excélsior, 16 de febrero de 1933, citado en Romana Falcón, “El surgimiento del agrarismo cardenista. Una revisión de las tesis populistas”, en Historia Mexicana, núm. 107, El Colegio de México, México, 1978, p. 373.
251 Cuéntame tu historia 1, Múgica, La Nueva Italia, Gobierno del Estado de Michoacán/Secretaría de Desarrollo Social, Morelia, 2003, pp. 14-16; Romana Falcón, “El surgimiento del agrarismo cardenista. Una revisión de las tesis populistas”, en Historia Mexicana, núm. 107, El Colegio de México, 1978, p. 374; y Victoriano Anguiano Equihua, Lázaro Cárdenas. Su feudo y la política nacional, Colección El Libro Oculto, México, 1989, pp. 97-98.
252 Lázaro Cárdenas, Obras. I…, op. cit., vol. 1, tercera edición, UNAM, México, 1986 (primera edición, 1972), pp. 208-209.
253 Ibid., p. 213.
254 Luis Suárez, Cárdenas…, op. cit., p. 81; y Fernando Benítez, Entrevistas…, op. cit., p. 91.
255 Tzvi Medin, El minimato presidencial. Historia política del Maximato 1928-1935, Era, México, 1983, pp. 126-12.
256 Lorenzo Meyer, Rafael Segovia y Alejandra Lajous, “Los inicios de la institucionalización: la política del Maximato”, en Historia de la Revolución Mexicana, vol. 12, El Colegio de México, México, 1978, pp. 163-165.
257 Lázaro Cárdenas, Obras. I…, op. cit., vol. 1, tercera edición, UNAM, México, 1986 (primera edición, 1972), p. 216.
258 Ibid., p. 225.
259 Ibid., p. 215.
260 Eitan Ginzberg, Revolutionary Ideology and Political Destiny in Mexico, 1928-1932. Lazaro Cardenas and Adalberto Tejeda, Sussex Academic Press, Brighton, 2015, pp. 174-175.
261 Lorenzo Meyer, Rafael Segovia y Alejandra Lajous, “Los inicios de la institucionalización: la política del Maximato”, en Historia de la Revolución Mexicana, vol. 12, El Colegio de México, México, 1978, p. 280.
262 Lázaro Cárdenas, Obras. I…, op. cit., vol. 1, tercera edición, UNAM, México, 1986 (primera edición, 1972), p. 219.
263 Ibid., p. 220.
264 Ibid., p. 221.
265 Archivo Calles-Torreblanca, fondo Plutarco Elías Calles, exp. 189, inv. 5010, leg. 9/11, memorándum del 3 de mayo de 1933.
266 Ibid.
267 Lázaro Cárdenas, Obras. I…, op. cit., vol. 1, tercera edición, UNAM, México, 1986 (primera edición, 1972), p. 224.
268 Ibid.
269 Ibid., p. 226.
270 Ibid., p. 227.
271 Alejandra Lajous y Susana García Travesí, Manuel Pérez Treviño, serie Los Senadores, LII Legislatura, Senado de la República, México, 1987, p. 39.
272 Lázaro Cárdenas, Obras1…, op. cit., vol. 1, tercera edición, UNAM, México, 1986, (primera edición 1972), pp. 229-230.
273 Fernando Benítez, Entrevistas…, op. cit., p. 91.
274 Lázaro Cárdenas, Obras. I…, op. cit., vol. 1, tercera edición, UNAM, México, 1986 (primera edición, 1972), p. 230.
275 Ibid., p. 234.
276 Ibid, p. 238.
277 Lorenzo Meyer, Rafael Segovia y Alejandra Lajous, “Los inicios de la institucionalización: la política del Maximato”, en Historia de la Revolución Mexicana, vol. 12, El Colegio de México, México, 1978, p. 288.
278 Plan Sexenal, México, 1934, pp. 24-29.
279 Ibid., p. 46.
280 Ibid., p. 65.
281 Ibid., pp. 73-75.
282 Ibid., p. 84.
283 Ibid., p. 93.
284 Ibid., pp. 97-99.
285 Ibid., p. 107.
286 Ibid., p. 115.