XIII
La explicación de Suezō, que había sido una mezcla entre la verdad y la mentira, calmó por un tiempo los celos y los nervios de su esposa, pese a que no fuera más que un palliatif. Pero para aquellos que vivían en Muenzaka, seguía siendo motivo de escándalo y cotilleos.
—Hoy han visto al amo entrar en una casa —le decía la criada a la esposa.
Pero Suezō nunca se quedaba sin excusas. Cuando le preguntaba por qué salía a trabajar tan tarde, respondía:
—¿Quién querría hablar de dinero a primera hora de la mañana?
Cuando le preguntaba por qué había cambiado sus hábitos de trabajo, decía:
—Porque ahora mi negocio es más grande que antes.
Antes de que Suezō se mudara a Ike-no-Hata, se encargaba personalmente de todas las transacciones. Ahora, además de tener una oficina cerca de su casa, tenía una sucursal para que los estudiantes que quisieran préstamos no tuvieran que ir expresamente a su casa. Si querían ir a Nezu para verse con prostitutas podían ir a la oficina, pero si querían irse con las de Yoshiwara podían acercarse a la sucursal. Así, los estudiantes podían irse a Nishi-no-Miya, un restaurante-burdel en Yoshiwara, y ponerse en contacto con la sucursal para pasarlo bien aunque no tuvieran dinero. Era, por así decirlo, un contrabando de la desfachatez del hombre.
Suezō no volvió a tener más discusiones con su mujer durante un mes. Es decir, el plan de Suezō tuvo éxito durante ese tiempo. No obstante, esa estratagema falló por algo que Suezō no pudo predecir.
Por suerte, estaba en casa. Otsune, su esposa, fue con la criada a comprar mientras la mañana refrescaba. Al volver, cuando pasaban por Naka-chō, la criada tiró de la manga de Otsune.
—¿Qué ocurre? —le regañó, mirando a la criada.
Ella no dijo nada y simplemente apuntó con el dedo a una mujer que estaba de pie al lado izquierdo de una tienda. Otsune la miró, sospechosa, y se detuvo. En ese momento, la mujer se dio la vuelta. Sus miradas se cruzaron.
Al principio, Otsune pensó que era una geisha. Era joven, y juzgó de inmediato que ninguna otra geisha podía ser más hermosa. Pero se dio cuenta de que le faltaba algo para ser una geisha, algo que no podía describirse con palabras. Por decirlo de un modo algo dramatizado, las geishas visten el kimono con mucha elegancia y saben llevarlo con orgullo. Por culpa de ese orgullo, pierden la capacidad de llevarlo con humildad. Lo que hizo que Otsune supiera que no era una geisha era esa falta de orgullo.
La mujer que estaba delante de la tienda se dio cuenta de que alguien se había detenido a mirarla, así que se dio la vuelta, pero cuando vio que no era una persona de la que tenía que preocuparse volvió a girarse. Llevaba un parasol, apoyado en las rodillas dobladas, y buscaba en un pequeño monedero que había sacado de su obi unas moneditas de plata.
La tienda en cuestión estaba al sur de Naka-chō y se llamaba Tashigaraya. Era un nombre muy peculiar, por lo que varios se habían reído ya, aludiendo al acto obsceno que se obtenía al leer el nombre de la tienda al revés. Vendía sobres rojos con letras doradas que contenían polvos para limpiarse los dientes. La pasta de dientes aún no se había importado y ese era el mejor producto del mercado, que olía a peonías. La mujer frente a la tienda no era una desconocida, sino Otama, que había ido a comprar los polvos después de visitar a su padre por la mañana temprano.
Cuando Otsune dio cuatro o cinco pasos más, la criada susurró:
—Mi señora, es ella. La mujer de Muenzaka.
Otsune asintió, callada, y la criada pensó que era extraño que no tuviera una reacción más fuerte. A la vez que llegaba a la conclusión de que esa mujer no era una geisha, comprendió instintivamente que era la famosa mujer de Muenzaka. Lo supo en parte porque la criada nunca le hubiera detenido ni cogido de la manga solo para enseñarle una mujer hermosa. Pero hubo algo que le llamó mucho la atención: el parasol que Otama tenía en las rodillas.
Los hechos ocurrieron hacía poco más de un mes. Su marido volvió de Yokohama y le regaló un parasol. El mango era demasiado largo y la tela, en comparación, muy pequeña. A una extranjera alta llevar tal parasol le quedaría bien, como cargar con un juguete, pero Otsune, que era de estatura pequeña y robusta, parecía más bien una parodia, un paquete empañado al extremo de una vara. Por eso nunca lo había usado. La tela del parasol era blanca, estampada a cuadros de color índigo. Otsune supo de inmediato que el parasol de la mujer delante de Tashigaraya era idéntico.
Cuando giraron la esquina de la licorería en dirección al lago, la criada dijo a modo de consuelo:
—Mi señora, no es una mujer tan bonita. Su cara es plana y es demasiado alta.
—No hables así de los demás —replicó seriamente, caminando rápido y sin decir más. La criada la siguió, algo dolida por ese trato.
Otsune sentía que su pecho iba a estallar y no podía pensar en nada.
¿Qué iba a hacer con su marido? ¿Qué iba a decirle? No se le ocurría nada. Aun así, sentía que quería pegarle, incriminarle. Entonces, recordó algo. ¡Qué feliz se había sentido cuando su marido le regaló ese parasol! Era la primera vez que le compraba algo sin que tuviera que pedírselo expresamente. Claro que se había preguntado por qué se habría molestado, pero había imaginado que su marido se había vuelto más amable. Se le ocurrió que compró el suyo cuando fue a comprar el de esa mujer. Supo que fue así. Y a pesar de todo se había sentido agradecida, guardando ese parasol y dándole las gracias.
Y no solo se trataba del parasol. Seguramente también le había dado a esa mujer el kimono y los complementos para el pelo. El parasol que tenía ella era de satén, distinto al de esa mujer, que era importado, y todo lo que llevaba puesto también era diferente. Y no solo se trataba de ella. Siempre había querido darles kimonos a sus hijos, pero Suezō nunca se los había comprado. Siempre había dicho que el niño podía llevar uno con las mangas ajustadas. Y decía que era un desperdicio darle uno a la niña mientras fuera tan pequeña. ¿Acaso había esposas e hijos de señores que ganaban decenas de miles de yenes que iban tan mal vestidos como su familia? Y si su marido los había ignorado había sido por culpa de esa mujer. La excusa de la chica de Yoshida que estaba en Nanamagari tenía que ser una mentira y ya entonces la había estado engañando. Sabía a ciencia cierta que esa era la verdad. Tenía más dinero del que se pensaba y, mientras él excusaba su ropa de buena calidad con darse prestigio, en realidad ocultaba el tener a otra mujer. Ella nunca lo acompañaba a ninguna parte, así que seguramente era la amante quien iba con él.
¡Qué tortura! De repente, mientras pensaba, su criada la llamó de golpe.
—¡Mi señora! ¿Adónde va?
Otsune se detuvo en seco. Había estado a punto de pasar de largo su propia casa.
La criada se rió sin molestarse en disimularlo.