Capítulo 9

 

Leila se pasó toda la tarde con la modista, que estuvo tomando nota de sus medidas para hacerle nuevos trajes, túnicas y zapatillas de seda. También tuvo que elegir telas utilizando las muestras que le había llevado la modista y se decidieron también el resto de los detalles. Nunca había tenido que pasar por todo ese proceso en su país, allí la ropa llegaba a sus aposentos de palacio y todo el mundo esperaba que Leila utilizara lo que le habían hecho sin protestas ni comentarios.

–Van a ser preciosos –le dijo Leila a James cuando este salió de la ducha esa tarde.

Tenían que empezar a prepararse para ir a la cena con sus padres.

–He elegido colores suaves. En Surhaadi casi todas las túnicas eran doradas o plateadas, con…

Notó que James estaba distraído y se calló.

–¿Qué me pongo para esta cena con tus padres?

–Lo que quieras, algo que te resulte cómodo.

La respuesta de James no le servía de mucho.

Podía notar que estaba tenso y no le extrañó, ella se había sentido así durante toda su vida.

Leila decidió ponerse su túnica dorada y abrochó ella misma los pequeños botones que tenía en la parte trasera, una tarea que siempre había hecho su doncella.

James trató de no mirar a Leila mientras luchaba con los botones de su túnica. Hacerlo le recordaba esa primera noche, cuando le había bajado él la cremallera del vestido.

–¿Has encargado túnicas con botones en la parte delantera? –le preguntó entonces.

–No, las mujeres de cierta posición social llevan los botones en la parte trasera y no tienen que abrochárselos ellas mismas. Tenerlos delante es propio de la gente común –respondió Leila mientras miraba a James.

Acababa de salir de la ducha y vio que aún tenía algunas gotas de agua en la espalda.

Al ver que sacaba del armario su camisa para ponérsela, le entraron ganas de tomar su toalla y secar su espalda. También quería besar esos hombros que parecían tan tensos esa tarde, pero se limitó a observarlo mientras se ponía la camisa y buscaba después una corbata.

–No te has afeitado –comentó Leila.

James le había dicho que iba a hacerlo.

–Y tampoco me he cortado el pelo –replicó él.

Vio que Leila lo miraba con el ceño fruncido, sin entender su contestación.

–Ya verás por qué.

Mientras el chófer los llevaba a casa de los padres de James, ella trató de hablar para llenar el silencio.

–Estoy pensando que tal vez debería tratar de llamar a mis padres –le dijo Leila–. Aunque estoy segura de que ya me habrán repudiado.

–Yo sueño con que un día también mis padres me repudien a mí… –repuso él mientras miraba por la ventanilla el paisaje que iban dejando atrás–. Lo siento. Ese comentario ha sido muy insensible.

–Bueno, a veces lo eres –contestó ella con una sonrisa–. Me gusta eso de ti.

–¿Por qué?

–Porque siempre dices lo que piensas.

–Bueno, creo que eres la única a la que le gusta que sea así.

James tomó el teléfono de Leila y ella le dio el número del palacio. Después, buscó en Internet el prefijo internacional para Surhaadi y lo grabó todo en su agenda de contactos.

–Ahí lo tienes, para cuando estés lista para llamarlos.

–Es en su salita privada donde tienen el teléfono –susurró ella.

No pudo evitar recordar la última vez que estuvo en esa habitación. Supo en ese instante que quizás no fuera a ser nunca lo bastante valiente como para llamarlos.

Pero era un consuelo ver que al menos podía hacerlo si quería.

–Bueno, ya estamos aquí –le anunció él cuando llegaron a la casa de sus padres.

Recordó entonces lo mal que se sentía cada vez que volvía a casa cuando tenía vacaciones en el internado. Estaba seguro de que iba a ser una noche muy complicada.

Tomó la mano de Leila y fueron andando desde el coche a la puerta principal.

Cuando entraron y pudo presentársela, fue una vez más consciente de la increíble serenidad y belleza de esa mujer y sintió también orgullo al poder presentarla como su novia.

–Esta es mi prometida, Leila.

Vio cómo su padre le tendía la mano. Leila dudó un segundo antes de aceptarla, pero lo hizo.

–Te presento a mi madre, Emily.

–Es un placer conocerte –le dijo Leila.

Su madre asintió con la cabeza, pero no le ofreció su mano, estaba demasiado ocupada aferrándose a su copa de vino.

–Y este es mi hermano Spencer.

Su hermano le tendió la mano y Leila se tocó el corazón con la suya.

–Eso significa que no quiere darte la mano, Spencer –bromeó James sonriendo.

Estaba seguro de que no iba a poder volver a sonreír en toda la noche.

–Veo que te has afeitado muy bien –le dijo Michael a su hijo James con sarcasmo mientras pasaban todos al salón.

–Es una cena familiar –le recordó James a su padre.

Declinó el whisky que le ofrecía, era lo que solía beber, y pidió un vaso de agua mineral.

Leila vio que el padre de James ponía los ojos en blanco al oírlo.

–No te preocupes, padre. Aunque haya pedido agua en vez de whisky es no me hace menos hombre –comentó James mirando después a Leila–. Al parecer, los hombres de verdad solo beben whisky.

Leila se dio cuenta de que las críticas de Michael hacia James eran constantes e implacables. Le hizo recordar la situación que tenía ella en casa. Le hizo un guiño a James cuando su padre lo llamó Pepito Grillo y vio que su gesto le había pillado por sorpresa, pero no tardó en responderle con otro guiño.

Pero no tardó en ver que no podía hacer nada para aliviar o mejorar la situación.

–Al menos podrías haberte cortado el pelo –comentó Michael mientras le daba una palmada en la nuca–. Sobre todo ahora que sales tan a menudo en la prensa.

Fueron a sentarse a la mesa para cenar. Le parecía increíble que el padre de James hiciera esos comentarios para humillarlo.

–No me visto para la prensa del corazón.

–No, parece que casi te desnudas para ese tipo de prensa –replicó su padre.

James le lanzó a su padre una mirada de advertencia, pero el hombre la ignoró por completo.

–Bueno, tengo que reconocer que al menos has reaccionado como debías ante el lío en el que te metiste tú solo –comentó Michael haciendo referencia al embarazo de Leila–. Me alegra ver que, por una vez, estás haciendo lo más responsable para respetar el buen nombre de la familia Chatsfield.

Esa vez, James no le hizo una advertencia con su mirada. No le gustaba que su padre hablara así delante de Leila ni que sugiriera que solo se casaban porque ella estaba embarazada. Le pareció que había ido demasiado lejos. Era la verdad, pero no soportaba que lo insinuara otra persona.

Creía que lo último que necesitaba Leila era oír ese tipo de cosas.

–No creas ni por un momento que Leila y yo nos casamos por amor al buen nombre de los Chatsfield –se defendió James.

–Solo estoy diciendo que me gusta ver que, por una vez, te estás comportando como tienes que hacerlo.

–Siempre me comporté bien. Fui el hijo perfecto durante dieciocho años…

–Y una vergüenza para la familia durante los siguientes diez años –lo interrumpió su padre.

–Al menos me lo he pasado bien –repuso mientras tomaba un sorbo de su agua.

En ese momento, habría dado cualquier cosa por tener a mano un trago de whisky. No entendía por qué había tomado la decisión de no beber hasta que naciera el bebé. No se veía capaz de soportarlo.

El resto de la cena transcurrió algo más tranquila.

Leila estaba haciendo gala de modales exquisitos, incluso con el servicio, pero James no pudo reprimir una sonrisa cuando, en un momento dado, su prometida llamó a una de las doncellas y le ordenó que se llevara su comida y le sirviera otro plato, esa vez sin carne.

–¿Es vegetariana? –le preguntó Emily a James con el ceño fruncido–. ¿Cómo no nos lo dijiste?

–No, no soy vegetariana –intervino Leila–. No es culpa de James. Lo he hecho porque no me gusta la forma en que el cocinero ha preparado la carne. Eso es todo.

James sonrió de nuevo.

Pero, por otro lado, esa cena le estaba dando una nueva perspectiva de su situación.

Había estado observando a su madre. Tenía una expresión distante, como si estuviera ausente, y no había dejado de beber vino. Era una mujer a la que las circunstancias la habían obligado a estar con alguien con quien no quería estar. James detestaba profundamente la farsa que era el matrimonio de sus padres. Y todo porque ninguno de los dos tenía las agallas de dejar al otro.

Pero Leila sí las tenía.

Se preguntó si de verdad la estaba obligando a aceptar la situación en la que se encontraban, pero llegó a la conclusión de que sus circunstancias eran distintas.

Él respetaba a Leila y se preocupaba por ella. Lo estaba haciendo por el bien de su hijo.

Aun así, después de pasar esa noche con su familia, empezaba a tener ciertas dudas sobre lo que le estaba haciendo a Leila.

Quería salir de allí cuanto antes y volver a la farsa que era en cierto modo la relación que tenía con Leila. A pesar de todo, se sentía con ella a solas mucho mejor que en casa de sus padres.

Se levantó en cuanto se terminó su taza de café.

–Bueno, nosotros ya nos vamos.

–¿Ya?

–Sí, Leila está cansada –les dijo James.

–No vuelvas a utilizarme como excusa –le advirtió Leila mientras volvían al hotel.

Pero James no le hizo caso y ella volvió a insistir en cuanto entraron en su suite.

–Como te dije antes, no vuelvas a utilizarme a mí o al bebé como excusa. Solo porque tu padre es un vil…

–¡Oh, por favor! –le interrumpió James–. No me digas que no puedo al menos sacar algo de provecho de esta situación. Después de verme de repente con una prometida embarazada, ¿no puedo al menos aprovechar esa circunstancia para irme cuanto antes de la casa de mis padres?

–Así que esa es la única ventaja de esta situación, ¿no?

–Bueno, ya me gustaría tener además la ventaja de poder…

James se detuvo sin terminar la frase, pero no lo hizo lo bastante pronto como para Leila no entendiera lo que había estado a punto de decir.

–¿No decías que querías empezar de nuevo? ¿Salir conmigo? –le preguntó Leila–. Pensé que íbamos a ir poco a poco.

Fue hacia el cuarto de baño resoplando y se quitó el maquillaje. Cuando salió, James ya se había desvestido y estaba en la cama.

Fue hacia allí y se metió también en la cama. Seguía enfadada.

–Lo siento –le dijo James–. Mis padres siempre sacan lo peor de mí.

–Lo entiendo –repuso Leila con sinceridad.

También ella perdía los estribos con su propia familia.

Entendía perfectamente a James.

Recordó entonces la noche en la que todo estalló por los aires y la discusión que había tenido con su madre. Después de aquello, había tomado la decisión de irse a vivir a un país extranjero. Había cambiado por completo su vida desde entonces.

Y lo había encontrado a él.

James la abrazó y ella dejó que lo hiciera. Sintió que besaba la parte superior de su cabeza y le entraron ganas de decirle que, a pesar de todo, nunca había sido tan feliz. Pero, por otro lado, también en ese momento de su vida se sentía más triste que nunca.

Nunca había sentido tanto ni tantas cosas tan distintas.

–¿Siempre son así de críticos contigo? –le preguntó Leila.

–Siempre –respondió James–. En realidad, lo de esta noche ha sido bastante moderado.

–Tu madre apenas ha hablado –comentó Leila.

–Ni siquiera ha tenido la oportunidad de hacerlo. No quiero tener nada que ver con ellos, Leila, pero es una familia complicada y, lo quiera a no, sigo viéndome una y otra vez metido en sus asuntos y disputas familiares –le confesó James cerrando los ojos.

Todos estaban insistiéndole para que accediera a organizar una gran boda en el hotel Chatsfield. La proposición de matrimonio había sido tan espectacular y pública, que les extrañaba que quisieran un evento discreto.

Leila podía sentir la tensión en la que estaba James y no le gustaba verlo así. Recordó cómo ella también se había sentido así y cómo él había conseguido calmarla durante su primera noche juntos.

Pero estaba muy asustada. No sabía si quería volver a entregarle esa parte de sí misma. Se había sentido también muy vulnerable, James había conseguido que gritara su nombre, que admitiera que lo quería y no sabía si podía volver a pasar por eso.

Porque, muy a su pesar, había tenido que admitir que era verdad, lo amaba.

Ese hombre le había robado el corazón y lo iba a tener siempre.

Pero prefería que él no lo supiera.

Aun así, nunca podría olvidar lo que había hecho por ella y quería hacer algo por él.

Recordó cómo le había quitado ella misma el preservativo para besarlo después íntimamente. Se había sentido entonces muy poderosa, había sido increíble ver cómo llevaba a James hasta el borde del clímax.

Creía que podía hacer eso de nuevo sin entregarle su amor.

Bajó la mano por el estómago de James hasta sentir su pene bajo los dedos.

–Leila… –susurró él a modo de advertencia.

Su piel era tan suave como la ropa interior de terciopelo de Jasmine, la que se había puesto Leila aquella noche. Pero lo que estaba tocando en esos momentos no era una tela, sino algo vivo que crecía bajo la palma de su mano. Comenzó a besar su fuerte torso mientras bajaba lentamente por él.

–Leila, no estás dormida, ¿verdad? –le preguntó James sorprendido al ver que Leila seguía bajando por su anatomía.

–No –contestó Leila echándose a reír.

Se estremeció al sentir su aliento contra la piel.

–No estarás teniendo un sueño erótico, ¿verdad? No quiero tener que explicarte por la mañana lo que está a punto de pasar –añadió.

Leila volvió a reír mientras negaba con la cabeza.

Comenzó a besarlo entonces íntimamente.

Le encantaba notar cómo crecía. James trató de tocarla, pero ella apartó su mano.

Lo lamió como había hecho esa noche hasta que estuvo completamente erecto. Supuso que ya no aguantaba más la presión porque, cuando ella por fin lo tomó en su boca, James gimió ante el alivio temporal que le producían sus labios. Llevó entonces las manos a su cabeza, urgiéndola para que lo tuviera más dentro de ella.

Pero se disculpó y quitó enseguida las manos.

Leila tomó su mano y la llevó de nuevo a su cabeza. Prefería que James pudiera guiarla, quería saber lo que le gustaba y, por otro lado, necesitaba también tener ese contacto.

Al principio, había decidido hacerlo como un regalo para él, pero el juego estaba excitándola más de lo que habría creído posible. Podía sentir la humedad entre sus piernas y una oleada de calor recorría cada centímetro de su cuerpo.

Anhelaba tenerlo dentro, mover hacia él sus caderas, pero lo de esa noche era solo para él.

Utilizó su boca y su lengua. Cada vez con más intensidad. No tardó en notar que James se acercaba al clímax. Recordó cómo había sido tenerlo dentro de ella en ese momento de intenso placer.

Le estaba costando trabajo controlar su propio cuerpo, no podía dejar de pensar en las sensaciones que había sentido cuando James le había hecho lo mismo a ella. Pero, por ese día, el recuerdo iba a tener que ser suficiente para ella.

Sintió cómo ella misma alcanzaba el clímax cuando James por fin estalló en su boca. Fue excitante saborearlo y tragar su esencia. No quiso admitir que ella también había disfrutado, su intención había sido hacerlo solo por él, no para alcanzar además su propio placer.

–Que conste que solo ha sido un hecho aislado –le advirtió Leila mientras volvía a sus brazos–. Por haber tenido que enfrentarte esta noche a tu familia.

James sonrió al oírlo.

–¿Sí? Entonces, creo que voy a llamarlos ahora mismo para decirles que iremos desayunar –bromeó él.

Leila tenía que reconocer que no le habría importado.