Leila se sintió muy aliviada al ver que el ascensor estaba vacío porque no dejaron de besarse apasionadamente mientras subían a su suite. No era un espectáculo apto para ojos ajenos.
Se devoraron mutuamente y James sostenía con firmeza su trasero para sujetarlo contra su pelvis. Era increíble sentir la potencia de su erección contra ella. Cada vez lo deseaba más. Aunque estaban completamente fundidos en un apasionado abrazo, sentía que no era suficiente, que necesitaba más.
Siguieron besándose cuando salieron del ascensor mientras iban hacia su puerta y James la atrapó entre la pared y su musculoso cuerpo.
–¿Dónde está…? –susurró él separándose para mirarla con el ceño fruncido.
Vio que Leila no llevaba bolso y necesitaba su llave magnética. Tenía que abrir esa puerta, no podía esperar más.
–En mi sujetador –murmuró ella.
James metió una mano en su escote y tocó el pecho equivocado, pero no tuvo prisa por moverla. Leila estaba cada vez más excitada.
Cuando James por fin encontró la llave, la sacó y abrió la puerta. Apenas se fijó en nada, se limitó a quitarse la chaqueta sin dejar de mirarla.
Leila se llevó las manos a la espalda para bajarse la cremallera del vestido. No sabía si iba a poder controlarse lo suficiente como para no hacerla suya allí mismo, contra la pared que tenía más cerca. Fue hacia ella y la hizo girar para ayudarla con la cremallera.
–Voy a ser yo quien te quite la ropa –le aseguró James con firmeza.
Sabía que, si no tomaba las riendas, todo iba a terminar demasiado deprisa y no podía dejar que eso sucediera, quería tomarse su tiempo.
Leila estaba acostumbrada a que otra persona la desvistiera, pero lo que James le estaba haciendo sentir no tenía nada que ver con lo que había sido el trabajo de su doncella personal durante años.
Colocó las manos de Leila en la pared y ella apoyó la frente allí también. Bajó lentamente la cremallera y fue acariciando su piel con la lengua. Era una sensación tan maravillosa como insoportable. Lo deseaba tanto…
La bajó hasta llegar a la cintura y sintió que se ponía de rodillas tras ella para besarle la parte baja de la espalda. No pudo evitar estremecerse.
Se quedó sin aliento cuando sintió su mano entre las piernas. Sus delicadas braguitas estaban húmedas, completamente lista para él. No pudo ahogar un gemido cuando sintió que James deslizaba uno de sus dedos dentro de ella y comenzó a jadear cuando las sensaciones la inundaron. Ese hombre había encontrado una parte de su sexo en la que parecían concentrarse todas las terminaciones nerviosas de su cuerpo, un lugar mágico del que ni siquiera había conocido su existencia.
–¿Cómo sabes…? –susurró mientras él seguía acariciándola.
James estaba consiguiendo despertar su cuerpo, presentándole un mundo completamente nuevo para ella. Le temblaban las piernas y sentía que se derretía entre sus manos. Dejó de besar su espalda y sintió que se movía.
–No, no te detengas –le suplicó Leila.
Pero él se levantó y la hizo girar.
–No te preocupes por eso. No me voy a detener, todo lo contrario –repuso James sonriendo.
Aún tenían muchas horas por delante. Solo iba a tener una noche con ella y estaba decidido a aprovecharla al máximo.
James terminó de quitarle el vestido y Leila se sintió muy libre. Lo bastante como para sentirse cómoda tal y como estaba en esos momentos, de pie frente a un hombre cuando solo llevaba puesta su sexy ropa interior y unos zapatos de tacón alto.
Se acercó a ella y acarició con el pulgar el terciopelo rojo de su sujetador. Sintió cómo se contraían aún más sus pezones y contuvo el aliento cuando vio que James inclinaba la cabeza y comenzaba a morder uno de ellos a través de la tela.
–Por favor… –le suplicó Leila sin saber muy bien qué le estaba pidiendo.
Era la sensación más maravillosa que jamás había sentido, pero seguía sin ser suficiente.
–Más despacio, Leila. Sé paciente… –susurró James.
Eran palabras que rara vez tenía que decirle a una mujer. Sabía que, de no haber sido Leila la conquista de esa noche, ya la habría hecho suya contra la pared, ya habría estado dentro de ella. La tentación de hacerlo seguía ahí, lo empujaba a dejarse a llevar, pero estaba consiguiendo resistirse mientras le dedicaba tiempo a cada uno de sus pechos, acariciándolos con su boca y disfrutando como nunca con los gemidos de placer de esa mujer.
Leila había conseguido fascinarlo por completo. Su piel tenía el mismo aroma que su pelo, un olor exótico y muy excitante.
Ella nunca podría haberse imaginado que iba a tener a un hombre chupándole los pechos como un recién nacido, le había sorprendido mucho, pero la sensación era tan sublime que, cuando se detuvo, le suplicó para que siguiera un poco más.
–James…
Se estremeció cuando se separó de ella, ya lo echaba de menos.
Pero no tuvo que suplicarle que siguiera besándola. James bajó por su anatomía, cubriendo la piel de su estómago con besos. Era una tortura muy dulce, casi insoportable, pero tan deliciosa… Tenía ganas de llorar y ganas de gemir. Sentía que su cuerpo ya no le pertenecía. Se dejó llevar por completo.
–Esto no es… Esto no es sexo… –susurró al ver que James le bajaba las braguitas y comenzaba a acariciarla íntimamente con la lengua.
Todo era nuevo para ella, pero lo que le estaba haciendo no tenía nada que ver con lo que había visto a escondidas en la biblioteca del palacio. Recordaba perfectamente la excitación que había sentido entonces al ver las fotografías en un par de libros.
–¿Quieres que me detenga? –le preguntó James entonces.
Se estremeció al sentir su aliento cálido y tentador. Le respondió sin palabras, usando su mano para presionar la cabeza de James contra su pelvis.
Mientras lo hacía, se quedó mirando su propio cuerpo. Tenía un pecho desnudo y el otro aún estaba bajo la copa del sujetador humedecida por su lengua. Le costó reconocer su estómago con la cabeza de James unos centímetros más abajo. Era tan excitante lo que le estaba haciendo, los sonidos, las sensaciones…
–James…
Una parte de ella quería que se detuviera. Otra, se aferraba a él para que siguiera dándole placer.
Nunca había sentido nada tan intenso. Le temblaban las piernas y James agarró su trasero para que no pudiera escapar de las caricias implacables de su lengua.
Sintió una oleada de placer que fue creciendo poco a poco, elevándola a lo más alto. Pensó que iba a perder el equilibrio y caerse, pero la pared la sostuvo mientras alcanzaba un delicioso e increíble clímax que logró sorprenderla con su intensidad.
También James estaba al borde del abismo y decidió detenerse antes de que fuera demasiado tarde. Se apartó y levantó los ojos hacia ella.
–Ahora me toca a mí –le dijo Leila.
No pudo evitar sonreír. Le encantaba lo directa que era.
–Quiero verte –añadió ella mientras comenzaba a desabrocharle lo botones.
Pero su camisa tenía demasiados y Leila se cansó enseguida. Su intención había sido ir besando su torso mientras le quitaba la camisa, como había hecho él con su espalda, pero su impaciencia pudo con ella y terminó por arrancarle varios botones al quitársela.
–Eres tan hermoso… –susurró Leila al ver su torso desnudo.
No podía dejar de admirar su suave piel y sus músculos. Como había hecho James antes, también ella besó sus pezones y fue después bajando por su cuerpo, deleitándose con las sensaciones, recorriendo la fina línea de vello que nacía allí y seguía bajo sus pantalones. Contuvo el aliento mientras le desabrochaba el cinturón, podía sentir su erección empujando la tela de los pantalones y la besó.
Después, volvió a ponerse de pie. No estaba asustada, solo sentía curiosidad. Le bajó la cremallera de los pantalones y se sorprendió al ver su miembro. Todo era nuevo para ella. Le encantó ver cómo gemía James cuando comenzó a acariciarlo suavemente con sus dedos.
Lo miró mientras él terminaba de quitarse los pantalones.
–Quítatelos –le ordenó con autoridad al ver los calcetines que llevaba.
Le sorprendió mucho su tono, pero James hizo lo que le había pedido.
–¿Te gusta dar órdenes, Leila? –le preguntó.
–No sé si me gusta o no, pero supongo que es algo a lo que estoy bastante acostumbrada.
–Bueno, esta noche no vas a poder hacerlo –le advirtió James–. Quítate el sujetador.
Pero Leila decidió no hacerlo.
–Quítamelo tú.
Se quedaron en silencio mirándose a los ojos. Al final, fue James el que dio su brazo a torcer y se lo quitó.
–A la cama –le ordenó James.
Leila no podía respirar. Le gustaba cómo le estaba hablando. Aunque su tono era severo, no sentía que estuviera enfadado con ella.
–A la cama, Leila… –insistió él–. Si quieres, mañana puedes ser tú la que des las órdenes.
Se arrepintió en cuando las palabras salieron de su boca. No entendía lo que le estaba pasando ni por qué le hablaba de lo que iba a pasar al día siguiente. Sus aventuras nunca duraban más de una noche.
Fue hasta donde había dejado su chaqueta y sacó algunos preservativos del bolsillo interior mientras su bella y seductora acompañante por fin lo obedecía y se metía en la cama.
Desnuda, Leila lo esperó en la cama. Cada célula de su cuerpo vibraba, anticipando ya lo que estaba a punto de ocurrir, y le dijo cómo se sentía.
–Quiero retorcerme debajo de ti y…
Se detuvo cuando vio que James se estaba poniendo un… No tenía experiencia, pero sabía lo que era y no le gustaba nada.
–No. Quítatelo –le pidió Leila–. Estoy tomando la píldora.
James se quedó inmóvil. A pesar de su modo de vida, era un hombre muy responsable, pero esa noche había dejado a un lado su sentido común. Esa mujer había logrado que perdiera por completo la cabeza.
Al ver que no se lo quitaba, Leila lo hizo por él. Después, inclinó la cabeza y pasó la lengua por su miembro.
–Voy a quitarte ese horrible sabor a plástico… –susurró ella.
Recorrió lentamente su pene con la lengua hasta llegar a la punta, saboreando la esencia de su masculinidad. Era una sensación increíble. Sintió que James guiaba su cabeza con la mano para sugerirle lo que quería, que lo tuviera completamente dentro de su boca, pero ella estaba disfrutando mucho lamiéndolo.
De repente, sin previo aviso, James la empujó hasta tumbarla en la cama y se colocó sobre ella. Pudo sentir su impaciencia y el poder que emanaba de su cuerpo. La besó apasionadamente mientras colocaba uno de sus musculosos muslos entre las piernas. Leila las separó para él. Era maravilloso sentir el peso de James sobre ella. No la besaba con la suavidad de la primera vez, sino con fuerza, casi de manera salvaje. Era muy excitante.
Sentir la presión de su hinchado miembro contra la entrada de su sexo no la preparó en absoluto para el dolor que la atravesó cuando James se deslizó dentro de ella. Arqueó la espalda hacia él mientras dejaba escapar un grito.
James se quedó inmóvil. No entendía nada. Nunca se había acostado con una mujer virgen, pero supo que lo estaba haciendo en ese instante. Los tensos músculos de Leila se apretaban a su alrededor y lamentó al instante haber sido tan brusco al penetrarla. Había sido incapaz de contenerse.
–Te he hecho daño…
–No, no es eso –susurró Leila.
Le había dolido, pero más le dolía imaginar un mundo sin ese hombre o el dolor que había tenido que acarrear durante toda su vida, el dolor de sentirse ignorada.
Colocó una mano sobre el trasero de James y buscó su boca, echaba en falta sus besos.
–Deberías haberme dicho que… –comenzó James.
–Lo hice –repuso Leila–. Te dije que nunca había tenido…
Pero no podía hacerle más preguntas, solo podía limitarse a sentir. Ella era maravillosa y la mano que le había colocado en el trasero le decía sin palabras que continuara. Comenzó a moverse lentamente, saliendo ligeramente para volver a deslizarse dentro de ella. Pero vio que le estaba haciendo daño. Había lágrimas en sus ojos y apretaba los labios.
Se concentró entonces en besarla y lo hizo como no había besado nunca a nadie.
La estaba besando entregándose completamente para borrar su dolor mientras se movía dentro de ella.
Pero Leila ya no sentía dolor físico entre sus piernas, solo placer. James estaba ayudándole a borrar con sus labios el dolor con el que había crecido, le estaba haciendo olvidar cada palabra cruel que le habían dicho sus padres. Ese hombre estaba consiguiendo curarla, estaba logrando mucho más de lo que había conseguido con la música. Leila supo en ese instante que el amor existía.
James se sintió mejor al notar que Leila comenzaba a moverse con él, habían conseguido establecer su propio ritmo. Ella levantó las caderas y sus gemidos de placer lo animaron a acrecentar poco a poco ese ritmo, haciéndolo cada vez más rápido y más intenso.
Cuando Leila pensaba que ya no podía sentir nada más, llegó a un lugar mágico. Un lugar que siempre había estado buscando, un cúmulo de increíbles sensaciones que la llevó a lo más alto.
James la siguió poco después. Leila gritó su nombre y sintió cómo se contraía a su alrededor mientras él la llenaba por completo.
Unos segundos más tarde, James se desplomó sobre ella y sus cuerpos se contrajeron casi al unísono. Los dos estaban cansados y saciados. Fueron regresando poco a poco al mundo real.
James tenía un millón de preguntas para Leila, pero en ese momento sentía que no podía pensar en nada más. En ese instante, solo importaba que estaba junto a ella.
–Duérmete, descansa –le susurró James.
Podía sentir lo exhausta que estaba, parecía estar luchando por mantener los ojos abiertos.
Leila cerró los ojos y fingió haberse quedado dormida hasta asegurarse de que se durmiera él. Esperaba no tener pesadillas ni llorar esa noche mientras dormía.
Esperaba que esa noche también sus sueños fueran distintos. Después de todo, nunca había sentido tanta paz. Y no solo por la experiencia que acababa de compartir con él, sino por la sensación de estar entre sus brazos y sentir los latidos de su corazón bajo la mejilla.
Por fin podía saber lo que era que alguien la abrazara y sentir ese contacto humano. Se sentía tan feliz que no le habría importado nada quedarse despierta toda la noche, deleitándose en las sensaciones que durante toda su vida se le habían negado.
Y eso fue lo que hizo.
Estuvo despierta hasta que amaneció.
James se movió y ella giró hacia él la cara, probando con sus labios la piel ligeramente salada de su torso. Deslizó después su mano hacia abajo y rodeó con los dedos la parte de su anatomía que tanto placer le había dado la noche anterior, llevándola a lugares completamente nuevos para ella.
Sintió cómo se despertaba su miembro y besó con más fuerza su torso.
James colocó su mano sobre la de ella, dejándose llevar por las sensaciones y guiando sus movimientos.
Eso también era nuevo para él. No le gustaba pasar la noche con las mujeres con las que se acostaba ni volver a hacerlo otra vez al despertar.
Le parecía que esas sesiones de sexo matutinas eran algo demasiado íntimo, algo lleno de promesas implícitas.
Quería besarla y deslizar la mano entre sus esbeltas piernas. Deseaba más que nada volver a estar dentro de ella. La tentación era muy fuerte, pero todas esas preguntas que se había hecho la noche anterior volvieron de repente a su cabeza y le dijo que iba a levantarse para darse una ducha.
Se quedó ensimismado mirando su reflejo en el espejo del baño.
Tenía arañazos en el torso y la sensación de resaca le recordó que había bebido demasiados cócteles la noche anterior. A esas cosas sí estaba acostumbrado. Pero, cuando entró en la ducha, vio que tenía una pequeña mancha de sangre en la parte superior de sus muslos y frunció el ceño. No le preocupaba haber bebido más de la cuenta, pero sí descubrir demasiado tarde que ella había sido virgen.
A eso no estaba acostumbrado.
Tomó el jabón mientras miraba a su alrededor, le gustaba descubrir cómo era una mujer viendo lo que tenía en el cuarto de baño. Había esperado ver fragancias exóticas y productos específicos para su bella melena, pero no había nada personal, solo los exclusivos artículos de tocador que ofrecía el Harrington a sus huéspedes.
Cuando salió de la ducha, se envolvió una toalla alrededor de la cadera, abrió un cepillo de dientes de hotel y se dispuso a usarlo, pero fue entonces cuando se preocupó de verdad.
No había estado con ninguna mujer, ninguna, que tuviera tan pocas cosas en el baño. Solo había junto al lavabo un cepillo para el pelo y un pequeño neceser en el que había una barra de labios y, afortunadamente, un paquete empezado de píldoras anticonceptivas.
Le sorprendió que Leila, supuestamente una empresaria de Dubái, viajara tan ligera de equipaje.
Leila se quedó mirándolo cuando salió del baño. Vio que estaba serio y tenía el ceño fruncido. Fue directo al gran armario ropero del dormitorio.
–¿Qué estás haciendo? –le preguntó sin entender nada.
–Estoy buscando un albornoz del hotel –repuso James mientras abría el armario y confirmaba sus sospechas.
No había ropa, zapatos ni bolsos.
Nada.
En lugar de ponerse el albornoz del hotel, lo único que colgaba del armario, se dio la vuelta y miró a la misteriosa mujer que yacía en la cama.
No pudo evitar preguntarse si sería una periodista. No conseguía quitarse a la prensa del corazón de encima y lamentó entonces todo lo que le había contado la noche anterior. Había hablado más de la cuenta.
Se le pasó también por la cabeza la posibilidad de que Isabelle Harrington la hubiera contratado al saber que él estaba en el hotel. Creía que eso tenía más sentido. Sabía que esa mujer estaría dispuesta a cualquier cosa para conseguir desacreditar a la familia Chatsfield.
–¿Quieres bajar a desayunar? –le sugirió él.
–Podríamos comer aquí –repuso Leila.
Lo último que quería era tener que ponerse el vestido y los zapatos de la noche anterior.
–¿Por qué no vamos a algún otro sitio? –insistió James.
Leila se quedó mirándolo. Después de una noche en vela, le dolían los ojos y estaba exhausta, pero no se le pasó por alto que algo había cambiado de repente. Lo que habían compartido la noche anterior había desaparecido de repente.
–Vamos –le dijo de nuevo James–. Bajemos a desayunar.
Quería que Leila le dijera que su equipaje se había retrasado, que la aerolínea tenía que llevárselo, quería que le diera sus razones, pero no lo hizo, se quedó callada.
–¿Por qué te estás vistiendo? –le preguntó Leila al ver lo que hacía.
–Tengo una reunión a las nueve –repuso James.
Sabía que era una excusa muy débil, solo eran las seis de la mañana, tenía tiempo de sobra.
Estaba hecho un lío. No quería irse, pero le preocupaba, por un lado, darle una idea equivocada de lo que quería él y el hecho de que Leila hubiera sido virgen. Por otro lado, sentía que esa mujer lo había engañado.
Pero, a pesar de estar tan seguro de que le estaba ocultando algo, no podía irse sin más. No podía.
Empezaba a ver que por esa mujer iba a romper todas y cada una de sus reglas.
–Llámame –le pidió James mientras escribía su número de teléfono móvil en un papel y lo ponía junto a la cama–. Dame tu número…
–¿Mi número?
–Sí, el de tu móvil.
–Pero no tengo… –comenzó Leila.
Recordó de repente que se suponía que trabajaba en Dubái. Era imposible que una persona así no tuviera teléfono móvil.
–Lo que quería decir es que no lo tengo a mano. No…
–No, claro que no –la interrumpió James con dureza.
Después, terminó de vestirse y se fue.
Salió de la suite pensando que se había equivocado por completo, esa mujer no era un ángel caído del cielo.