Capítulo 7

 

Me has mordido –la acusó James mientras subían en el ascensor hacia su suite en el Chatsfield.

Sacó el pañuelo de su chaqueta para limpiarse las manchas de carmín de su boca. No podía creerse que se hubiera atrevido a morderle la lengua. Él no había querido dar un espectáculo y no había podido reaccionar.

–Que te sirva de lección. Si pones la lengua en mi boca, te la morderé –repuso Leila–. Eso no fue un mordisco, James, sino una simple advertencia.

Salieron del ascensor y, como estaba cerca el mayordomo con su equipaje, se dieron la mano y sonrieron mientras iban hacia la suite que James tenía en el hotel.

–¿Dónde está el equipaje de Leila? –le preguntó James.

–No había equipaje –respondió el mayordomo algo nervioso.

– Es que voy a mantener mi suite en el Harrington –le explicó dulcemente Leila.

–No hay necesidad, querida –replicó James sonriendo antes de mirar de nuevo al mayordomo–. Encárguense de que traigan todas sus cosas, por favor, pero no lo suban a la suite hasta mañana. Mi prometida está demasiado cansada…

–¿Tu prometida? –repitió Leila hecha una furia en cuanto se quedaron solos–. ¿Qué es lo que has hecho, James? ¡Me has obligado a aceptar tu propuesta de matrimonio!

–¿Qué otra opción tenía? –le preguntó James–. Tuve que averiguar por la prensa que iba a ser padre. Se lo dijiste a tu hermano en vez de llamarme…

–Se lo dije a mi hermano porque no sabía qué hacer y quería que me ayudara.

–Pues no me parece que tu hermano haya sido de gran ayuda…

–Ya te pedí perdón por su comportamiento –le dijo Leila–. Quería que me ayudara a resolver todo esto, pero… Pero ya no necesito su ayuda. Sé que puedo hacerlo yo sola y que tengo que ser responsable. Tengo que hacerlo por mi bebé.

–¿Y no te has parado a pensar que yo siento lo mismo? –protestó James–. No te estoy pidiendo que sigamos casados para siempre, Leila. Yo tampoco quiero estar atrapado en un matrimonio sin amor, pero quiero estar presente en la vida de mi hijo. No me vale con visitas de vez en cuando. Y no puedo arriesgarme a que te lo lleves a Sur… A Sur…

–¡Se llama Surhaadi! –le gritó Leila–. Pero no te preocupes, eso no va a pasar. Gracias a ti, no soy bienvenida en mi propio país.

–Leila, tus padres terminarán perdonándote y, cuando lo hagan…

–No quiero volver –lo interrumpió ella–. Hui de allí, James, ¿no lo recuerdas?

–Sea como sea, no voy a arriesgarme –le dijo James–. Te estoy pidiendo siete años.

–¿Siete? –repitió Leila frunciendo el ceño–. ¿Por qué siete?

–No lo sé, solo quiero tener presencia en la vida del niño durante esos años tan importantes.

–O niña –lo corrigió Leila.

James se había pasado toda la noche pensando en lo difícil que había sido su infancia, en la presión que había recibido por todas partes. No quería ese tipo de familia para su hijo. Tampoco podía arriesgarse a que, aunque no regresara a su país, Leila pudiera conocer a otra persona. Pensó en la relación que su padre había tenido con su hermanastro Spencer. No quería que su hijo se criara con un padrastro en vez de con su propio padre.

–Tenemos que hacer lo mejor para el bebé. Por eso debemos casarnos.

–Sería un matrimonio sin sexo –se apresuró a asegurarle Leila creyendo que eso le haría cambiar de opinión.

–Eso sería una pena –repuso James encogiéndose de hombros–. Porque, aunque era la primera vez de la preciosa e inocente Leila, aunque tu hermano piensa que te obligué, el hecho es que te encantó, lo deseabas y casi me suplicaste que me fuera a la cama contigo.

Vio que se sonrojaba al oírlo.

–Pero ¿sabes qué, Leila? No te preocupes por eso. El sexo es lo último que tengo ahora mismo en la cabeza –mintió James.

Muy a su pesar, seguía deseándola.

–Después de ver tu comportamiento durante las últimas semanas, tampoco es algo que quiera yo. Ni ahora ni nunca. Espero que lo tengas muy claro antes de hacerme tu esposa –respondió Leila con frialdad.

–Nos besaremos cuando haya cámaras –le dijo James–. Iremos de la mano en público y compartiremos cama para que el personal no sospeche.

–Son tus criados –le recordó Leila–. ¿No puedes pagar su silencio y ya está?

–¡Madre mía, Leila! No sabes nada sobre los derechos de los trabajadores, ¿verdad? –repuso James riéndose en su cara–. Pobre princesa…

Leila le dio una bofetada.

Pensó que quizás no se la mereciera, pero se sintió mucho mejor. Era mucho más satisfactorio que darle una patada a un árbol. Le dio esa bofetada también porque James acababa de decirle que pensaba abandonarla de nuevo siete años más tarde y por tener el descaro de admitir que sería un matrimonio sin amor.

De repente, se sintió atrapada en la pesadilla de la que había huido. No quería vivir con un hombre que no tenía ningún tipo de sentimientos hacia ella.

–Si no estuvieras embarazada, te devolvería esa bofetada –le advirtió James.

Pero la miró después a sus ojos dorados y le confesó que había mentido.

–No, la verdad es que no lo haría. Soy un poco más moderno que tú.

Leila levantó la mano de nuevo para darle otra bofetada, pero él atrapó justo a tiempo su muñeca.

–Veo que los Al-Ahmar sois un poco agresivos –le dijo James–. Pero no te preocupes, querida Leila, porque yo no lo soy. Aunque no lo creas, soy un caballero.

–No lo eres, James. Pregúntales a esas mujeres…

Tuvo la tentación de sonreír. No había conocido nunca a nadie como Leila. Pero, en lugar de sonreír, fue a servirse un vaso de whisky. Estuvo a punto de servirle uno a ella, pero se detuvo a tiempo.

–Supongo que no puedes beber.

–No –repuso Leila frunciendo los labios al ver que James tomaba su copa y se recostaba en su cama–. Y me parece muy grosero que no pueda beber y lo estés haciendo tú.

–Pues así va a ser –le dijo James sonriendo mientras tomaba un sorbo de whisky–. No voy a dejar de beber durante seis meses solo porque tú no puedas hacerlo.

–Así que vas a seguir haciendo tu vida como hasta ahora…

–No estamos casados y ya empiezas a reprenderme, ¿no? –comentó él suspirando.

–¿Por qué me has traído aquí y no a tu casa? –le preguntó Leila–. Allí podríamos tener habitaciones separadas.

–Iremos a mi casa cuando ya estemos casados –le dijo James.

Su hogar era su refugio y odiaba la idea de tener que compartirlo con alguien, pero prefirió no decírselo.

–Creo que aquí hay menos posibilidades de que acabemos matándonos mutuamente. Tenemos el restaurante, el gimnasio, el spa…

–Y además es un lugar público –agregó Leila.

–Exacto.

–James… –comenzó Leila con dificultad.

Sabía que tenía que contarle la verdad aunque le costara.

–No puedo compartir habitación contigo. Tengo pesadillas…

–Yo también. Estoy teniendo una ahora mismo –replicó él.

–Suelo gritar –continuó Leila–. Y llorar.

–No lo hiciste la noche que… –repuso James sin querer terminar la frase.

–Porque no dormí. Me mantuve despierta a propósito.

–¿Roncas? ¿Rechinas los dientes mientras duermes?

–No, creo que no.

–Estupendo. Prefiero concentrarme en los aspectos positivos –le dijo sonriendo.

Leila se fijó entonces las marcas que sus dedos habían dejado en la mejilla de James.

–Siento haberte abofeteado.

–No, no lo sientes –la corrigió James–. Recuerda que intentaste hacerlo una vez más.

Prefirió no seguir por ese camino al ver que parecía preocupada.

–Fue una pelea, sin más. La gente tiene peleas.

Le entraron ganas de echarse a llorar. Se había pasado toda su vida evitando pelearse con nadie. La única que había tenido había sido con su madre y, por culpa de esa discusión, había confirmado cuánto la odiaba su progenitora.

–Duerme tranquila, no voy a echarte solo porque hagas algo de ruido cuando tienes una pesadilla. Todos tenemos nuestras cosas. Aunque yo soy perfecto, seguro que también hay algo de mí que te va a molestar.

En realidad, James tenía muchas cosas que no le gustaban, pero no se lo dijo. La peor de todas, que había estado con otras mujeres después de acostarse con ella.

–¿Como el hecho de que me hayas obligado a un matrimonio que no quiero?

–¡Sí, exacto!

–O tus calcetines.

–¿Cómo? –le preguntó James frunciendo el ceño.

–Son horribles.

–Son calcetines negros –respondió él.

Pero recordó entonces que Leila le había pedido la otra noche que se los quitara. Lo había hecho con tanta autoridad en su voz que no le habría extrañado que sacara en cualquier momento un látigo para castigarlo si no la obedecía. Sonrió y se quitó los calcetines que llevaba.

–¿Mejor?

–No, nunca va a ser mejor. Eso es imposible –le dijo Leila.

–No seas tan melodramática –repuso James bostezando.

–Voy a darme un baño.

Decidió hacerlo porque era el único lugar donde podía estar a solas y lejos de él.

Se sentó en el borde de la bañera mientras se llenaba y pensó en su situación. Le había parecido que a James le preocupaba que ella volviera a su país o que sus padres fueran a buscarla. No sabía lo poco que la querían y le avergonzaba contárselo.

Decidió que iba a demostrarle que no tenía que casarse con ella, que podía cuidar de sí misma y del bebé.

Le había sorprendido que James quisiera estar presente en la vida del niño, en vez de dejar que fuera ella la que se encargara del bebé. Tenía que reconocer que ese hombre no dejaba de asombrarla.

También la sorprendió cuando salió algún tiempo después del baño. James se había desvestido, vio su ropa en una silla, pero, en vez de meterse en la cama, estaba dormido en el sofá y una manta lo cubría.

–Gracias –susurró a regañadientes Leila.

Pero él no se movió.

Algo más tranquila, se metió en la gran cama y trató de no dormirse.

James no había dormido desde que se enterara de que iba a ser padre. Ese día había sido intenso y agotador. En cuanto Leila se metió en el baño, se quitó la ropa, puso una alarma para las seis y se quedó dormido casi al instante en el sofá de su suite.

No oyó a Leila cuando esta salió del baño y se metió en la cama. Lo que sí oyó unas horas más tarde fue un sonido agónico. Abrió los ojos al oírle llorar. Era el sonido más triste que había oído en su vida.

Había tenido una vida privilegiada, aunque no había disfrutado de demasiado cariño en su familia, pero nunca había tenido que enfrentarse a un dolor como ese. Leila no hacía mucho ruido, no gritaba tampoco, pero era un sonido muy triste.

Se puso la almohada sobre la cabeza para no oírlo, pero no lo consiguió.

–Leila –susurró acercándose a la cama y tocando suavemente su hombro–. Despierta, estás soñando.

Pero el llanto continuó. Se tumbó a su lado en la cama y acarició su espalda. Leila se giró hacia él y no pudo evitar abrazarla. Dejó de llorar casi al instante.

Se quedó donde estaba, sin dormir para que ella pudiera hacerlo. No sabía cómo iba a explicarle al día siguiente por qué estaba allí.

Leila nunca había tenido a nadie que la consolara, nadie había tratado de abrazarla para que dejara de llorar.

Era una sensación nueva y extraña para ella, una sensación muy bonita y tranquilizadora.

Cuando se despertó, vio que tenía la cara apoyada en su torso desnudo y su brazo la rodeaba. Odiaba a ese hombre, pero siempre iba a estarle agradecida por saber reconfortarla con contacto físico.

–¿He llorado mucho? –le preguntó Leila avergonzada.

–Sí, lo hiciste –le dijo James–. Traté de despertarte, pero no lo conseguí. Al final, me di por vencido y me tumbé en la cama. Pero, como has visto, no me he metido bajo la sábana.

–Ya lo veo.

James abrió la boca para decirle que tenía frío o darle cualquier otra excusa para meterse en ese momento bajo la sábana. Temía que Leila hubiera notado su erección matutina y no quería que se sintiera incómoda.

Pero Leila no se había fijado en ese detalle de su anatomía, estaba demasiado ocupada tratando de calmar sus náuseas. Al final, tuvo que salir corriendo al baño y no tuvo siquiera tiempo de cerrar la puerta.

–Eres una compañera de piso bastante ruidosa –le dijo James cuando salió unos minutos más tarde.

Leila sonrió avergonzada, pero le gustaba que hablara directamente de las cosas en lugar de ignorarlas. Decidió que era el momento de que ella hiciera lo mismo. Sobre todo cuando vio lo que acababa de hacer James.

–Te has metido bajo las sábanas –le dijo.

–Acabo de llamar para que nos suban el desayuno y quiero que las camareras nos vean aquí juntos, felices y enamorados –contestó James–. ¿O crees que eso te va a hacer vomitar otra vez?

Leila malinterpretó sus palabras.

–No, normalmente me siento mejor cuando como.

–¿Te ocurre muy a menudo? –le preguntó James con curiosidad.

–Casi todas las mañanas. Durante las primeras semanas, me pasaba todo el día mal, pero ahora solo me siento así cuando tengo hambre –le explicó mientras se sentaba en el sofá–. Siento que hayas tenido que oírlo.

–No te preocupes por eso, estás hablando con el rey de las resacas. Aunque la verdad es que me lo he estado pensando y he decidido que no voy a beber mientras tú no puedas. Eso sí, abriremos una botella de champán el día que nazca el bebé.

–Eso estaría muy bien –reconoció ella.

–Ven a la cama –le dijo James.

–No, prefiero quedarme aquí.

–Pero estás demasiado lejos para que podamos hablar. Además, a las camareras les va a parecer un poco extraño.

–No –insistió Leila–. Además, no me importa lo que tu personal piense de mí.

–¿Cómo?

–Que no me importa lo que… –comenzó Leila.

Pero se detuvo y sonrió al darse cuenta de que estaba tomándole el pelo.

James le devolvió la sonrisa.

Alguien llamó a la puerta en ese momento. Era una camarera con el desayuno.

Leila estaba más que acostumbrada a que las criadas entraran en su habitación cada mañana. Les pidió té verde endulzado con miel y un pastel. James tomó su café y les dijo que podían irse, que no las necesitaban.

Pero Leila no quiso que se fueran. Les ordenó que abrieran las cortinas y que le prepararan un baño. Les pidió además que añadieran aceite al agua, que se aseguraran de que su equipaje llegara a la habitación de inmediato y que no olvidaran que prefería miel de azahar en su té.

–Seguro que eras muy popular entre las criadas de palacio –comentó James cuando se quedaron solos.

–No, la verdad es que no –repuso Leila sorprendida.

–Estaba siendo sarcástico –le dijo él–. No tienes por qué ser tan antipática con ellas.

–Bueno, no son tus amigas, ¿no?

A Leila nunca le habían gustado las criadas de palacio. Sabía que hablaban a sus espaldas, comentando lo poco que la reina quería a su hija. Ellas eran las que evitaban que pudiera hablar con su madre, las que se la llevaban a otro sitio cuando era pequeña y comenzaba a llorar estando en el regazo de su madre. Llevaba toda la vida oyéndoles decir que no debía molestar a la reina.

–No, pero no pasa nada por ser agradable –comentó James.

–A veces sí.

Olió desde donde estaba el fragante baño que le estaban preparando y fue un alivio comprobar que no le revolvía el estómago.

–Prefiero las fragancias del Chatsfield a las del otro hotel –admitió.

–A Spencer le encantará saber que cuentan con tu beneplácito –le dijo James.

–Echo de menos mi aroma –susurró entonces Leila.

«Yo también», pensó James.

–He tratado de encontrarlo, pero no lo he conseguido. Es muy decepcionante.

–¿Crees que no podrías conseguirlo aquí? –le preguntó–. Si me dices los aceites que lo componen, podría encargarme de que te lo prepararan.

–Pero no sé qué mezcla de aceites utilizaban mis criadas.

La camarera del hotel salió entonces del baño y le dijo a Leila que estaba todo listo.

–De acuerdo. No necesito nada más, puedes irte –le dijo Leila–. Gracias –añadió al recordar lo que acababa de decirle James.

–¿No ibas a darte un baño? –le preguntó James al ver que Leila tomaba otro pastel de la bandeja.

–Me baño después del desayuno –repuso ella–. Me gusta saber que está ahí, esperándome.

–Bueno, voy a darme una ducha.

James fue al baño mientras Leila seguía disfrutado de los deliciosos pasteles. También estaba disfrutando mucho con el té que le habían servido y tenía que reconocer que la miel del hotel era bastante agradable.

Cuando James salió del baño, vio que Leila ya no estaba tan pálida.

–Yo no lo haría –le aconsejó al ver que Leila estaba a punto de abrir un periódico.

–¿Por qué?

Leila se dispuso a leerlo de todos modos y recordó entonces por qué estaba tan enfadada con él cuando vio el titular sobre una foto de ellos dos besándose frente al hotel.

Una princesa que sabe perdonar, decía el titular.

–Pero no te he perdonado –le dijo a James.

–Viendo esa foto, cualquiera lo diría –repuso él.

–¿A dónde vas? –le preguntó Leila al ver que ya se había vestido e iba hacia la puerta.

James se quedó inmóvil, no estaba acostumbrado a que nadie le hiciera ese tipo de preguntas.

–Aún no estamos casados, Leila –le recordó James sin querer darle más explicaciones.

Antes de que saliera por la puerta, pudo oír la advertencia de su prometida.

–Y, si consigo lo que quiero, nunca lo estaremos.