Me dio la mano y me dijo; Ven conmigo, me ayudo a incorporarme, y una vez en pie, pasó mi brazo sobre su cuello y ella rodeó mi cintura con el suyo, vamos a mi habitación estarás más cómodo.
Como si de una procesión se tratara, fuimos avanzando muy lentamente, y haciendo de vez en cuando, una leve, pero necesaria parada, para que yo cogiera aire y aguantara el dolor, parecía el retrato de un soldado herido que lo sacan del frente para llevarlo al hospital, en realidad no era para tanto, pero nadie más que yo, sabe lo que sentí, cuando ella me abrazó por la cintura y mi cuerpo y el suyo estuvieron juntos en los minutos que duró el viaje hasta su habitación, no quería que se acabara nunca, cerré los ojos y disfruté el momento.,
El olor de su pelo, inundó mis pulmones, e hizo que un suave escalofrío me recorriera el cuello, yo me empapé de ese olor a agua de rosas, mezclado con el olor de su piel, que lo hacía inconfundible y totalmente genuino y personal.
La cercanía de nuestros cuerpos hacía que cuando girábamos la cara al unísono, nuestras bocas quedaran a tiro de beso, cosa a la que lógicamente no me atreví, y menos en esas circunstancias, su aliento era fresco y con un suave aroma a menta que hacía que mi mente no tuviera otro pensamiento que no fuera el de juntar nuestros labios y beber de su boca.
Su cuerpo era delgado y enjuto, pero tenía una fuerza inusual en una niña de su edad y de sus características, así que el viaje hasta su cuarto duró bastante menos de lo que a mí me hubiera gustado, me ayudó a sentarme en la cama; Ahora vuelvo dijo, y se alejó como deslizándose, apenas apoyaba los pies en el suelo para andar, era como si flotara, de una manera grácil y liviana, como si de una bailarina de balé se tratara.
Ya está bien, ordené a mi mente, no puede ser que estés así todo el rato, al final se dará cuenta, pero nada más lejos de la realidad, cuando la vi venir, mi cara retomó la misma mueca que tenía cuando marchó, la de un adolescente incauto que por primera vez sentía algo por una mujer y no podía esconderlo, ella me miró, sonrió y me dijo: Por la expresión de tu rostro, diría que ya no te duele; Yo volví en mí del ensueño en el que estaba sumido, y me di cuenta enseguida (gracias a su sarcasmo) de que a ella no la podía engañar.
Estoy un poco mejor, dije, a modo de excusa, ella volvió a sonreír y me dijo que no me preocupara, que todo estaba bien, aproximo un gasa empapada en agua oxigenada a mi labio, me miró fijamente a los ojos y me dijo: ¿Qué es lo que quieres hacer? Si hubiera tenido los arrestos suficientes, le habría contestado que lo que más me apetecía en aquel momento, era besarla y saber si su boca sabía también como olía, pero lejos de aventurarme en ese bosque prohibido para mi mente, le dije que lo que quería era que me ayudara a arreglar la máquina de escribir que tenía en casa; Una vez contada la historia del jefe de mi padre, ella me miró fijamente a los ojos y me dijo: Cuenta conmigo para lo que necesites.
Fue entonces cuando sucedió, yo no supe reaccionar, porque no me lo esperaba; Isabel cerró sus cándidos ojos, y como un susurro envuelto en un velo de ensoñación, acercó su boca a la mía y sus labios depositaron en los míos, el más dulce y delicado de los besos que una persona pueda dar en su vida, así lo sentí yo cuando tomé consciencia de lo que había pasado y cuando mi garganta, dejó de tragar saliva.
No digas nada me dijo; Y yo con la cara enrojecida, baje la mirada, para no perturbar el clímax que allí se había creado, propiciado por ese casto beso que no supe ver a tiempo.
En ese momento juré que nunca más me pasaría, que la próxima vez, si la había, sería yo el que llevara la iniciativa.
Durante la semana, no puedo, me dijo, tendrá que ser el sábado, yo volviendo bruscamente a la realidad, le pregunté si el sábado habría la fábrica, ella me dijo que no, pero que su padre iba todos los sábados para dar una vuelta, apagar las luces y ver si todo estaba en orden, así que no quedaba más remedio que contarle al padre de Isabel nuestro plan respecto a la máquina de escribir y confiar en que él lo entendiera y nos quisiera ayudar.
Bajamos la escalera juntos, mi mano apoyada en su hombro, a modo de muleta, cuando hube llegado al salón, solté su brazo, para dar muestras ante su padre, de que no necesitaba ningún tipo de ayuda, el me miró, yo bajé la mirada y le dije: Debo irme, quiero que sepa que le estoy muy agradecido por todo lo que ha hecho, sobre todo por permitirme ser amigo de Isabel, el me interrumpió súbitamente diciendo; Yo no he dicho nada de que seáis amigos, hice lo que tenía que hacer y nada más, cualquiera hubiera hecho lo mismo.
Miró a Isabel y vio en su rostro una mueca de rechazo hacia sus palabras, y como volvían a aflorar a sus ojos dos pequeñas y efímeras lágrimas, que le debieron de llegar al alma, porque una vez acabó de mirarla, musitó: Tan poco he dicho que me oponga a vuestra amistad, mientras no me descuide los estudios, no me importa que valla contigo, pareces un chico cuando menos educado y si le has salido a tu padre, no tengo por qué poner reparos e vuestra relación.
‘‘¡A vuestra relación!’’ tenía una relación, no me lo podía creer, aquellas palabras provocaron en mí un júbilo inusitado que jamás había sentido e hicieron que casi diera un salto de alegría, que la verdad en esas circunstancias no hubiera sido lo más apropiado.
Vamos a comer enseguida, ¿quieres quedarte?, pregunto Isabel con un brillo especial en sus ojos, ese brillo especial se tornó en cierto reflejo de decepción cuando le dije que no podía, que mi padre no sabía nada y que estaría preocupado, ella hizo al momento un gesto de comprensión y su rostro volvió a iluminarse cuando me dijo: Entonces hasta el sábado, y me besó en la mejilla.
Esa semana transcurrió de forma que los días parecían semanas, se me hacían inacabables, como si el reloj a capricho del destino no tuviera prisa ninguna y se estuviera tomando todo el tiempo del mundo para recorrer su otrora fugaz camino.
Lo único que sacó a ese tiempo de su estado de aletargamiento, fue cuando a mitad de semana me encontré en las alrededores del colegio a “mi amigo’’ Raúl y su pelotón de hermanos del círculo, circulo que no era precisamente de lectores.
Al verlos, lógicamente, se apoderó de mi un miedo de ese que te pudre las entrañas, porque sabes que eres incapaz de ni siquiera poder enmascararlo, así que hice lo posible para que no me vieran, y para que el temblor de mis rodillas no se hiciera evidente delante de ellos, los estuve observando a cierta distancia, y vi como hacían de las suyas sembrando el temor delante de todos y como Raúl hacía las veces de héroe ensalzado por esa panda de impresentables seguidores que tenía, los cuales hacían todo lo que él decía sin rechistar.
Tenían rodeado a un chico, entre todos como siempre, y estaban tratando de que les diera el dinero que llevaba para el desayuno, tenía síntomas de haber recibido ya algunos golpes, el chico se había hecho pis encima y serbia de burla aún más si cabe para los descerebrados, mojigatos cuyas risas infames, ahogaban los gritos de auxilio que el chico daba de vez en cuando presa del miedo que lo atenazaba. Por un momento pensé que la ira y las ganas de venganza, luchaban dentro de mí, queriendo salir y así poder exteriorizar, toda la mala saña que me provocaban, por un momento me quería erigir en héroe y salvar a ese chico y a la vez a mi ego personal, por un momento, lástima que fuera tan efímero que no pudiera casi ni disfrutarlo, enseguida volví a poner los pies en la tierra, pensé con obviedad que un chico solo no podía hacer nada delante de aquellas almas impersonales y dañinas, acostumbradas a las peleas, como unas cien veces más que yo, y que solo provocarían que mis ya deteriorados redaños, se volvieran a hacer harina y acabaran pisoteados por su bravuconería.
Así que me tranquilicé un poco, quería ver la escena desde otra perspectiva, como podía enfrentarme a ellos, o hacer que dejaran en paz al chico, sin exponerme; Piensa Nico, piensa las palabras rebotaron en mi mente como un eco lastimero, que hizo que la maquinaria de mi cerebro, hasta entonces paralizada por el miedo, empezara a girar buscando respuestas, no tardó mucho en aflorar a mi mente una idea que yo pensé era bastante lucida, podría avisar al director de que había una pelea, y que Raúl estaba envuelto en ella como casi de costumbre, así mataría dos pájaros de un tiro, por un lado salvaría al chico y por otro al más todonte cavernario le caería cuando menos una regañina o incluso una expulsión del colegio.
Corrí desesperadamente hacia el interior del colegio, como alma que lleva el diablo, subía escaleras y doblaba esquinas, al fondo del corredor se encontraba el despacho de Don Anselmo el director del colegio, justo cuando alcance su puerta y me disponía a llamar, se abrió, haciendo que yo frenara en seco mi carrera y mi intención de llamar; Para mi desgracia en ese momento salía de su interior, Manuel, mano derecha de Raúl y que acababa de recibir una buena reprimenda por cualquiera de las atrocidades que los del círculo, hacían con todos los demás niños, se quedó mirándome fijamente, y esbozó una cruel y grasienta sonrisa, que hizo que por un momento me pensara si debía o no dar parte de los hechos.
Armándome del poco valor del que disponía, entre en el despacho y dije: Don Anselmo tiene usted que venir, rápidamente, no hay tiempo que perder.
―¿Qué pasa Nicolás, por qué estás tan alterado?
Señor, es Raúl, está haciendo de las suyas, el vio enseguida el miedo en mis ojos y esa mirada de frustración hizo que diera un respingo y saliera a toda prisa del despacho, casi no podía seguirle, al pasar por donde estaba Manuel, el cual había escuchado la conversación, y sin mediar palabra, justo en el momento en que el director volvía una de las esquinas me zancadilleó, haciendo que cayera de bruces estrepitosamente, no sé qué me dolió más, si el brazo izquierdo cuando aterrizó contra el suelo, emitiendo un crujido feroz provocado por haberse salido el hombro de su sitio, o las risotadas de todos los chicos que estaban allí, de pie mirándome, y que no se dignaron a hacer nada, unos por diversión y la mayoría, por no hacer frente al ogro cavernario, que era como empecé a llamar a Manuel desde entonces.
Una profesora que en ese momento salía de clase, me cogió y me llevó a la enfermería, allí después de dos horas de gritos infrahumanos y lágrimas mezcladas con gestos de odio, me pusieron el hombro en su sitio y pude volver a casa cabestrillo en ristre, y acompañado por la profesora, para evitar algún altercado más, antes de despedirme, no sin antes darle las gracias, por todo lo que había hecho y por acompañarme, le pregunté si sabía algo acerca del chico que estaba sufriendo los avatares de la enfermiza mente de Raúl, Doña María que así se hacía llamar la profesora que por ventura apareció, en el momento oportuno, me contestó, que el director había pillado a Raúl infraganti, y que como era la (por lo menos) enésima vez que tenía problemas de esa índole, lo más seguro era que lo echaran del colegio.
Aquella noticia, provocó en mi mente un desconcierto bastante desalentador, por un lado mi alegraba lógicamente de que le expulsaran, pero por otro, se me vino el mundo abajo cuando pensé en que me haría el más todonte cuando se enterara de que fui yo quien levanto la liebre y que por mi culpa estaba en la calle, bueno en realidad la culpa era suya por ser como es, pero a ver quién era el guapo que se lo decía.