Capítulo 6

Samuel no tardó en volver, para entonces yo había abandonado el asiento del piloto, y había vuelto junto a Isabel en el asiento trasero, entramos en el recinto interior y dejamos el coche cerca de las oficinas, Samuel se volvió y nos miró muy serio mientras decía, no sé qué estaréis tramando, pero espero que no tenga que arrepentirme de haberos traído; Ho señor dije, no se preocupe, mi cuerpo se irguió como tratando de hacerse más grande y demostrar a Samuel que podía confiar en mí, yo me encargaría de todo, meneó su cabeza de un lado a otro, sonrió y dijo: confío en vosotros, no me defraudéis.

Tardamos aproximadamente un segundo y medio en desaparecer de la vista de Samuel, una vez hecho, la cogí de la mano, ella que no se lo esperaba, me miró, la apretó, sonrió, y dijo: vamos no tenemos tiempo que perder.

Yo volví a experimentar la misma sensación que la primera vez, ella tiraba de mí, entre el laberinto de pasillos y yo mientras la seguía, enarbolaba una sonrisa cariacontecida, un pensamiento y una paz interior que denotaba lo feliz que me sentía por volver a estar con ella y volver a tener lo más parecido a otra aventura.

El recorrido esta vez se me hizo mucho más corto, antes de darme cuenta habíamos llegado al cruce de los dos pasillos enmoquetados, hizo lo lógico con la trampilla y la escalera, una vez dentro dio la luz y por fin pude vislumbrar la buhardilla, en todo su esplendor. Mi maquina seguía allí impasible, estaba esperándome, como si tuviera vida propia, emitía un halo de luz, que me llamaba, que hacía que no pudiera apartar la vista de ella, Isabel con dos palmaditas en la espalda, me sacó de mi estado catatónico y me dijo: Ahí la tienes, todo lo que tú querías, ¿todo? No, dije, hay más cosas que me gustan, no sé lo que mis ojos emitieron en aquel momento, pero me di cuenta que lo que fuera que fuese hizo que la cara de Isabel enrojeciera y no tuviera más remedio que bajar la mirada y cerrar los ojos.

Era el momento perfecto, el que había soñado tantas veces, duró un solo segundo, un segundo demasiado efímero para poder disfrutarlo en su totalidad, sus ojos cerrados, sus labios rojos incandescentes, las mejillas sonrojadas por mis palabras, su boca entreabierta exhalaba ese olor a menta que me quitaba el sueño, era el momento, debía de tomar yo la iniciativa, debía de atreverme, ahora o nunca pensé, cerré mis ojos, entreabrí un poco mis labios y me lancé lentamente, disfrutando el momento.

Pero para cuando mis labios quisieron llegar a su meta, ella ya había abierto los suyos, y al ver mi rostro y la mueca que este tenía, adivinó mis intenciones y no esperó que mis labios hicieran todo el recorrido, aproximó los suyos y estampó un beso que me pillo de imprevisto, e hizo que saltaran luces y mariposas por doquier, quise sorprenderla y el sorprendido fui yo. Me supo a gloria, rodeé sus caderas con mis brazos, la atraje hacia mí y nos fundimos en el abrazo más intenso que jamás me habían dado en mi vida, su olor impregnó todo mi cuerpo, y mis sentidos experimentaron la sensación más maravillosa que hasta ese momento y todos los demás momentos de mi vida pude soñar.

Su piel suave como la seda (tacto), el sonido de su respiración, era un suave susurro musical que me tranquilizaba (oído), el sabor de su boca me hizo entrar en un frenesí de lujuria (gusto), el olor de su cuerpo penetraba lo más hondo de mi espíritu (olfato) y la visión de su cuerpo cerca, muy cerca del mío me trasportaba a un mundo hasta entonces desconocido y tantas veces soñado por mí (vista), no hay más sentidos, pero si los hubiera, también me los hubiera derretido con sus encantos.

La magia de ese momento se rompió en el mismo instante en que mis ojos dejaron de mirarla a ella, para buscar a la máquina de escribir, fue una cosa muy rara, como si la maquina se pusiera celosa del momento; El único punto cromado que le quedaba, comenzó a brillar con fuerza, llamando desesperadamente mi atención, yo solté a Isabel con cuidado y le dije: Espera un poco por favor, ella sin saber que había pasado quedó por un momento pensativa, mirando lo que yo hacía, me acerqué despacio a la máquina, y como por arte de magia dejó de brillar, como si una vez conseguido su objetivo, volviera a su estado natural y no necesitara llamar la atención.

Que cosa más rara pensé, sé que es una tontería, claro está, solo había sido una impresión mía, algo que yo había notado y que solo sería una apreciación de mi subconsciente a la que no podía darle ninguna importancia, pero si es cierto que me quedó cierto recelo, cosa que Isabel notó al instante y poniendo cara de circunstancias, dijo: ¿Que te ha pasado Nico?, has perdido el color de las mejillas de repente, nada Isabel, no te preocupes, no es nada, ella que me conocía mejor de lo que yo creía, no quiso preguntarme más para no incomodarme, pero sé a ciencia cierta que no se quedó tranquila con mi contestación.

Ayúdame, le dije, entre los dos volvimos a quitar las cajas que cubrían el pupitre, y al retirarlo apareció todo el contorno de mi máquina, era maravillosa, imponente y aunque vieja y corroída, llamaba poderosamente mi atención, la pusimos encima del pupitre, y así pude observarla de cerca.

La acaricié despacio, recorriendo todo su contorno con mi mano, y noté algo totalmente desconocido por mí hasta ese momento y que me hizo sentir algo de miedo, era muy raro, pero al tocarla, sentí la misma sensación que cuando toqué a Isabel, la misma suavidad, retiré mi mano rápidamente, asustado por tocar un hierro frio y oxidado, y sin embargo creer que estaba tocando la piel aterciopelada que había tocado hacía tan solo un momento.

Nico ¿Qué te pasa?, preguntó Isabel con el entrecejo fruncido, no sé le dije, no te preocupes es una sensación un poco rara pero nada de lo que tengas que preocuparte. Fue la única forma que tuve de quitarme de encima la responsabilidad de contarle lo que había sentido, no te preocupes le dije, pero en realidad la preocupación quedó prendida en mí y en mi espíritu desde ese momento, nunca me hubiera imaginado lo que el destino me tenía reservado.

Para quitarle hierro al asunto y hacer ver a Isabel que en verdad no había nada de qué preocuparse, cogí otra máquina que había junto a la mía y que por el tamaño, pensé que le podían servir algunas piezas, fíjate bien le dije en las otras máquinas, y mira que podemos aprovechar de ellas, ella pensativa como estaba, hizo lo que le dije, pero su rostro no movió ni un musculo, dando habida cuenta de que no se había tragado el cuento de mi aparente normalidad, pero por no incomodarme supongo, no preguntó nada más.

Hicimos acopio de todas las piezas que creímos oportunas y con la ayuda de algunas herramientas quitamos una palanca cromada preciosa que tenía una maquina pequeñita completamente roja, un engranaje de aquí, unas teclas de allá, en fin lo que pensamos que nos podría servir para llevar a cabo nuestro cometido, arreglar mi máquina, darle el esplendor que se merecía y poder dar mis primeros pasos como escritor.

No sé si habéis notado, que llevo un rato refiriéndome a la Underwood como “mi maquina”, en tono demasiado posesivo para mi gusto, pero muy pronto entenderéis por qué hago esta reflexión, seguid leyendo si os atrevéis.

Cogimos todo lo que creímos necesario, dejamos lo demás más o menos como estaba, cerramos la trampilla y nos despedimos de la buhardilla hasta otro momento.

Cuando llegamos al coche, Samuel estaba cerca de la entrada de las oficinas, y al llegar junto a él preguntó: ¿Qué, ya habéis terminado?, Si contestó Isabel, ¿y tú?, no, yo aún no he terminado, tengo que hacer la ronda por la parte trasera, una media hora más, Isabel puso cara de abrumada y dijo, pues si quieres podíamos meter las cosas en el maletero y volver nosotros paseando, no tengo ningún inconveniente dijo, y con las mismas se encaminó a abrir el maletero del coche.

Yo me acerqué al vehículo y sentí una sensación muy rara, como si no quisiera desprenderme de mi máquina, la llevaba en las manos pero no quería soltarla, como si tuviera miedo de no volverla a ver, dudé, y ella se dio cuenta, Nico dijo, ¿Qué te pasa?, no sé lo que es pero me estas asustando, hay algo de lo que deba enterarme dijo Samuel, no, no señor no se preocupe, deje mi máquina con todo el dolor de mi corazón y di un paso atrás, Samuel cerró de un portazo, y como por arte de magia ese portazo hizo que se desprendiera de mí esa sensación de miedo a perder mi máquina, como si mi alma se hubiera desligado de la suya, que sensación tan rara y tan difícil de describir, pero por suerte ya había pasado, cogí de la mano a Isabel y nos despedimos de su padre, él se metió nuevamente en la fábrica y nosotros nos dispusimos a pasear tranquila y plácidamente agarrados por la cintura y con la cabeza de Isabel apoyada en mi hombro.

Ella noto el cambio en mí estado de ánimo y sin preguntar nada, se aferró a mi cintura y yo rodeé su cuello con mi brazo. Y paseamos con toda la parsimonia del mundo, disfrutando cada segundo, cada abrazo, cada beso, cada árbol y cada esquina de las que había en el trayecto hasta su casa.

Como en la vida nada dura para siempre, y menos los momentos felices, lo que le quedaba a la mañana se tornó un desastre, cuando al volver una esquina de un solar abandonado, nos dimos de bruces con la fauna ibérica, el más todonte, el ogro y la tribu de hienas, que mataban el tiempo fumando unos cigarrillos que ellos mismos liaban con hojas de tabaco seco y cualquier papel que tuvieran a mano, fuera o no ignifugo.

Lanzaban una lima de hierro a un árbol y jugaban a clavarla en el tronco, haciendo que se derramara la sabia de dentro como si de sangre se tratara, sangre transparente, pero sangre al fin y al cabo, a mí me pareció que el árbol lloraba, pero cualquiera se lo decía a esa panda de impresentables, solo por eso me hubieran atizado de lo lindo, solo por eso y por cualquier otra cosa que se les antojara, aunque esta vez tenían motivos según ellos, era un chivato y tenía que pagar por ello, sentí un poco de miedo, pero recordé las palabras de Pedro, mi hermano de sangre y su cara de agradecimiento y pensé que valía la pena lo que me pasara.

Lo único malo que había es que esta vez no estaba solo, estaba Isabel y no podía dejar que le hicieran nada, así que por un momento sentí miedo por lo que pudiera pasar.

Me aferré a Isabel, ella lo notó y pasó su mano por mi espalda en un inequívoco esfuerzo por tranquilizarme, vámonos dijo; Yo no sé si es que me envalentoné porque iba con ella, o porque realmente había erradicado el miedo atroz que anteriormente me atenazaba, el caso es que le dije que no, que debía enfrentarme a mi destino fuera cual fuese, porque si no estaría toda mi vida huyendo.

Nada más verme el primero de los insurrectos, dio la voz de alarma a Raúl, mira a quien tenemos aquí, dijo, no me lo puedo creer dijo Raúl, parece que la mañana promete, y soltó una risotada de las que hielan la sangre, yo quise quitarle un poco de hierro al asunto, y le dije que no tuve más remedio que decírselo al director, pero que no sabía que te expulsarían, él se acercó lentamente, los ayudantes nos rodearon y giraban alrededor de nosotros como una tribu de indios en una hoguera, no te preocupes, en realidad me has hecho un favor, estaba harto del colegio y de las pamplinas que allí se estudian, yo no las necesito para nada.

Por un momento pensé que Raúl había cambiado y que a lo mejor no me pegaba, pero nada más lejos de la realidad, me miró, me cogió de la ropa y me dijo, me has hecho un favor, pero tengo una reputación que defender, qué pensarían de mí los demás niños si te dejara ir de rositas.

Entonces me vas a pegar solo por mantener a raya a los demás, solo por tu reputación, no me lo puedo creer; Con un solo gesto hizo que Manuel me agarrara por detrás y apretara mi cuello con su brazo, dejadlo, ordenó Isabel, como podéis ser tan malvados, es un chico como vosotros que tan solo quiere vivir en paz, e intentar ser feliz; Ya es difícil ser uno mismo como para intentar ser lo que no eres Raúl, no crees que deberías tener amigos por cómo eres y no por lo que les puedas hacer si no lo son.

Anda pero si sabe hablar la mosquita muerta, dijo, ¿qué hace una chica tan guapa como tú con un mierdecilla como este?, no quieres estar mejor con un hombre de verdad, mientras decía esas palabras se había acercado a ella y le acarició la barbilla. Ella le dio una bofetada que sonó como una palmada y que hizo saltar las risas irónicas de los ayudantes, solo tuvo que volverse y mirarlos para que las risas se diluyeran ahogadas en las gargantas de los susodichos, valla por Dios nos ha salido rebelde la chica, así me gustan a mí, bravas y con carácter, se aproximó nuevamente, le volvió a coger la cara y ella lanzó una nueva bofetada, pero esta no alcanzó su objetivo, él le agarró la mano y luego la otra, forcejeó con ella un poco, hasta que ella se dio cuenta que era imposible zafarse de él.

Yo quise escapar de las garras del ogro pero no pude, era demasiado fuerte, no le pongas una mano encima dije o, ¿o qué? dijo tirando de ella hacia sí, o lo pagaras muy caro dije, se volvió a reír y los ayudantes hicieron lo propio también, en ese momento, oíos un disparo, era una escopeta de aire comprimido, nos volvimos todos al unísono, y allí estaba él, mi hermano de sangre, erguido y con una seguridad en el rostro que hizo que Pedro pareciera otra persona, volvió a cargar su arma, cuando quiso apuntar de nuevo, se dio cuenta de que las hienas habían desaparecido, había sido un visto y no visto, el miedo hizo que los pies les dieran en el trasero cuando huían, dando muestras de una cobardía que hasta ahora no habíamos notado.

El único que había quedado aparte de Raúl, era Manuel que aún me tenía dominado con su traicionero abrazo, suéltalo dijo con voz firme mientras apuntaba a Raúl, el cual dijo: no hagas nada de lo que puedas arrepentirte luego, Pedro le miró y le dijo me da igual, cualquier cosa menos dejar que nos pisoteéis, suéltalo, ordeno y se volvió para apuntar en la dirección que estábamos nosotros, Manuel dudó, pero poco a poco fue aflojando los músculos y cuando yo lo noté, di un salto y escapé de sus garras, quedando todo su cuerpo al descubierto, Pedro bajo un poco el cañón y volvió a disparar, esta vez a un escaso palmo de su pie derecho, el ogro dio un respingo, un salto demasiado grande para su peso, pero que dejó entrever la valentía que en realidad tenia, la cual estaba acompañada de su tamaño no de su veracidad.

Salió corriendo como alma que lleva el diablo, Pedro volvió a cargar el arma y disparó entre las hojas de los árboles que pasaban junto a Manuel. No sé si podría haberse dedicado al atletismo, pero creo que ese día batió varios de sus record personales.

Pedro cargó de nuevo y se volvió para Raúl, déjalo estar le dije, el me miró y sin que Raúl le viera me guiñó un ojo, ponte de rodillas dijo, al más todonte le cambió la cara, su rostro se tornó impertérrito, anonadado, se arrodillo y cuando levanto la cara para mirar a Pedro, este, le dio un soberbio puñetazo que le abrió el labio e hizo que comenzara a sangrar como un cerdo, quiso darle otro pero yo le sujeté la mano, no Pedro, le dije, no te conviertas en uno de ellos, no caigas en eso porque serias igual que lo que tanto has odiado, el me miró y comprendió al momento lo que le quise decir, asintió y soltó la carabina, calló de rodillas, comenzó a llorar y le pidió perdón a Raúl, discúlpame dijo yo no soy así, Raúl, se volvió y al mirarle a los ojos descubrí que su rostro había cambiado, yo tampoco soy así dijo, y la verdad es que estoy harto de aparentar que soy algo que no me gusta, pero no tengo más remedio, si, si lo tienes dijo mi hermano, puedes ser tú mismo, y si quieres yo puedo ayudarte, los dos se miraron, y llorando como estaban, se dieron la mano haciendo un pacto de honor entre ellos.