Capítulo 16

Manos a la obra dije; entre los cuatro, moveríamos la losa superior sin mucho esfuerzo, eso pensé yo, pero en realidad nos costó más trabajo del que pensaba, debido al paso de los años, la losa se había quedado pegada a la lápida, y no se movió ni un milímetro con nuestro primer esfuerzo.

A Raúl se le ocurrió que podía hacer palanca con una de las palas, y así lo hizo, con la pala hacia abajo introdujo el filo entre la tumba y la losa e hizo palanca, al momento sonó como un crujido que hizo que las dos partes se despegaran, separando así lo que había permanecido durante tanto tiempo inerte y aletargado, lejos del mundanal ruido.

Ayudados de las dos palas, hicimos de nuevo palanca, esta vez se movió unos centímetros, lo justo para que pudiéramos entre los cuatro coger de los extremos y levantar la pesada losa. Con sumo cuidado la depositamos encima de la lápida que había justo al lado, haciendo lo posible para que no se rompiera claro está.

Ante nuestros ojos apareció un montón de tierra, perfectamente dispuesto a modo de envoltura, antiguamente los cuerpos eran depositados directamente en la tierra, tan solo envueltos en una sábana, también llamada sudario.

El olor era nauseabundo, el cuerpo totalmente descompuesto por el paso de los años, había desaparecido casi por completo, solo quedaban los restos óseos y lo que parecía la ropa que la difunta llevara en su último viaje.

También había restos de la flora y la fauna que en todos aquellos años habían campado a sus anchas por lo que otrora había sido un cuerpo espectacular y un rostro bellísimo.

Saqué un pañuelo del bolsillo y me tapé la boca y la nariz, lo até a mi cuello como si fuera un forajido, cogí el pico y comencé a remover la tierra de alrededor, ayudado por mis amigos que palas en ristre se dispusieron a ayudarme haciendo un agujero cerca del cuerpo.

No quise tocar los restos para no interferir en su descanso eterno, así que cuando acabaron el agujero cerca del cuerpo, tomé la maleta, la abrí y fui sacando las piezas una a una, las fui poniendo en la tierra bien acomodadas, para que cupieran todas sin que ninguna estuviera encima de otra.

Una vez hube acabado le pedí la pala a Pedro, quería ser yo quien hiciera los honores. Con cada palada de tierra que echaba sobre ellos, hacía una oración, una especie de ruego o plegaria por su alma. Fueron suficientes cuatro paladas para que los restos quedaran totalmente sepultados para siempre.

Cuando acabé, recé un padre nuestro por la paz de su alma y dije mirando la fotografía: Que tu espíritu y tu alma se fundan otra vez, para pasar al otro lado, lejos de tu cuerpo y lejos de tu cárcel. Descansa en paz.

En ese momento un resplandor ilumino la tierra desde abajo, como si la máquina hubiera brillado por última vez, pequeños haces de luz salían de sus entrañas, a través de la tierra.

Fue un momento corto, pero alucinante, intenso, algo que nunca habíamos vivido y nunca volveríamos a vivir.

Una pequeña maraña de luz blanca salió de las entrañas de la tierra y se elevó despacio hasta lo más alto. Desde el cielo bajaban unos hilos de luz que mostraban un camino, una estela envolvente para que el alma que tanto tiempo había estado perdida y vagando entre los dos mundos, no se perdiera de nuevo, y llegar así a su destino final, fuera cual fuese.

Fueron solamente unos segundos, pero nuestros rostros lo decían todo, nos miramos unos a otros y nos abrazamos llorando, tomando constancia del momento tan maravilloso y etéreo que habíamos vivido.

―Por fin descansará en paz allí a donde valla dije.

Abrazados como estábamos, no caímos en la cuenta del guarda del cementerio, estaba de pie en un lado, rígido, su tez morena estaba blanca como un papel de fumar, el cigarrillo que había encendido un rato atrás, se consumía en sus dedos sin darse cuenta, ajeno a ello, boquiabierto y cariacontecido no pudo articular palabra.

El cigarrillo se consumió del todo y quemó sus dedos, solo así salió del estado catatónico en el que estaba, el dolor hizo que su mano pegara un respingo inesperado y se atrevió a decir:

―No puede ser, no puede ser.

Yo me acerqué a su lado y posando mi mano sobre su hombro, le dije que lo que habíamos vivido era real, que el destino nos había citado allí para ser testigos y protagonistas de ese momento tan especial. Los miré a los tres, y les di las gracias por todo lo que habían hecho, sobre todo por haberme creído y no haberse reído de mí y de mi historia.

Debemos guardar el secreto dije, y ellos asintieron con la cabeza,

―volvamos a hacer el pacto de los mosqueteros.

Los cuatro nos acercamos, extendimos nuestras manos al centro y las dispusimos una encima de la otra, yo cerraba el círculo, una vez depositada mi mano encima, elevé una plegaria al infinito, al más allá, y evocando a mi amada, el día de la buhardilla, recordé nuestro juramento y repetí: Que nuestras almas se corrompan en el infierno si alguna vez desvelamos nuestro secreto, uno para todos y todos para uno, elevamos al cielo todas las manos a la vez y las separamos.

Allí, en ese momento, se creó un lazo de unión entre los cuatro, aunque con nosotros tres ya existía, sin quererlo hicimos participe a ese hombre. Desde ese preciso momento, pasó a ser parte de nuestra familia, ya nunca estaría solo, jamás volvería a sentir esa ultrajante soledad en su corazón, de eso nos encargaríamos nosotros, a partir de ahora, nuestras almas estaban ligadas por el destino.

La noche se tornó un poco gélida, nosotros no nos habíamos dado cuenta por lo acontecido allí esa noche, era tarde y debíamos regresar a nuestras casas. Casi temblando me abracé a Julián dándole de nuevo las gracias, él, me abrazó también mientras decía: Las gracias os las tengo que dar yo, por lo vivido esta noche y por hacerme tener esperanza.

―Venid a verme de vez en cuando, los domingos estoy todo el día.

―No te preocupes que así lo haremos, alguna tarde de domingo nos pasamos para estar un rato contigo y contarnos cosas de nuestras vidas.

―Compraré algo para merendar en la caseta.

―Muy bien, hasta pronto.

―Adiós hijos míos, adiós.

Aquellas palabras denotaban la falta de cariño que tenía, al no tener familia ni hijos ni compañera, herraba por este mundo vagando de sitio en sitio, encerrado en su trabajo y dejando la vida pasar lentamente a su lado sin ni siquiera intentar agarrarla un momento para poder disfrutarla, ese era el mal más común en aquella época, la soledad de los corazones debido a la cerrazón de las mentes.

Llegué a casa temblando, la despedida de mis amigos en la esquina fue muy breve, ellos se fueron abrazados, como dos buenos amigos y yo me dispuse a trepar al árbol. Con las manos entumecidas de frio, provocado por la brisa helada que se había levantado y que te calaba hasta los huesos, lancé la maleta vacía por la ventana, con mucho cuidado, trepé por las ramas desnudas del árbol contoneando mi cuerpo entre ellas para no romperme la ropa.

Cuando alcancé el alfeizar de la ventana, suspiré profundamente, como tranquilizando mi respiración, habida cuenta de que ya estaba en casa con el deber cumplido, congelado pero satisfecho.

Cerré la ventana y los postigos, froté mis manos varias veces, buscando ese calor que tanto necesitaba para que la sangre circulara a sus anchas por mis hasta entonces pálidas manos, me deshice de la ropa y rápidamente me puse el pijama. Tres estornudos seguidos salieron casi a la vez, de forma atropellada, haciendo que el silencio de la noche estallara en mil pedazos.

¿Nico estás bien? Dijo mi padre desde el cuarto de al lado, yo sin mediar palabra, me introduje dentro de mi cama, las sábanas estaban heladas, me tapé hasta la cabeza y para cuando llegó mi padre y abrió la puerta, yo ya fingía dormir durante casi veinte segundos, solo un instante pero debía parecer que llevaba dormido toda la noche.

Me destapó la cara, me tocó la frente y dijo: que raro, estas helado pero no tienes fiebre, seguro que has cogido frio por tu manía de no abrigarte, esos estornudos así lo demuestran, me tocó la mejilla y me pregunto cómo estaba. Yo, fingiendo salir del sopor del sueño y restregándome los ojos con los nudillos le dije que solo tenía frio, que estaba bien.

―Ahora vuelvo dijo.

Lo sentí cacharrear en la cocina, como buscando algo, a los pocos minutos subió con una taza de caldo caliente y una infusión de romero; Mano de santo, una vez hube degustado aquel suculento caldo que calentó de forma inmediata mis entrañas y reconfortó mi espíritu, hice lo propio con la infusión de romero, que hizo que durante la noche mi respiración fuera magnifica.

Le di las gracias a mi padre, me recosté de nuevo y me dispuse a dormir, mi padre me tapó y remetió la ropa por los lados, me abandoné a ese estado de ensoñación que tanto me gustaba, recorriendo uno a uno todos los momentos vividos esa noche y regocijándome en ellos.

Por fin llegó el domingo, por fin la vería de nuevo, me levanté pronto, estaba nervioso y no pude dormir mucho, antes de cantar el gallo, al alba, ya estaba levantado, como mi cuarto estaba orientado al este, podía ver amanecer desde mi ventana.

El crepúsculo de la aurora empezaba a despuntar por encima de las colinas, los acertijos de oscuridad que hasta entonces había en la calle, se disipaban a la vez que los tenues rayos de luz, invadían la noche, otorgando a cada objeto y a cada ser de nuevo su forma y su lugar.

Las luces de las teas de los faroles aún encendidas, hacían que las sombras de las siluetas que iluminaban, se cotonearan al ritmo de la llama prendida en el farol, evocando un baile suave, como la brisa de la mañana, abrí las ventanas de par en par y deje que mi olfato se impregnara del olor a azahar que desprendían los naranjos, combinado con el húmedo olor a mar que arrastraba el viento desde el mediterráneo, suspiré y sonreí feliz, cosas mías.

Mi padre estaba en la cocina, como casi siempre, preparando el desayuno, calentaba un poco de agua y vertía en ella un poco de leche en polvo, mientras removía, no quitaba los ojos de la taza, absorto en su mundo. Él, se preparaba una infusión de achicoria que era lo más parecido a un café que por aquellos entonces podía tomar. Al verme entrar en la estancia, sonrió y me dio los buenos días.

―¿Ya estas mucho mejor verdad?

Sí, dije, gracias a tus cuidados.

―¿Quieres un rosco de los que ha traído doña Emilia.

Asentí con la cabeza y me acercó una bandeja llena de roscos de huevo con azúcar, recién hechos que hicieron las delicias de mi paladar.

Doña Emilia, era una viuda amiga de mi padre, vecina de nuestra casa y que seguía viuda porque mi padre quería, porque a poco que le hubiera hecho algún caso en lo que a temas del corazón se refiere, ella hubiera accedido gustosa. Yo, le notaba en la mirada, que ella sentía por mi padre algo más que gratitud vecinal, habida cuenta de que era mi padre quien le arreglaba cualquier desperfecto que tuviera en su casa, no solo era como lo miraba, si no que de vez en cuando la sorprendía mirándolo y suspirando por él, es que mi padre es mucho padre, pensé.

Desayunamos lentamente, como el que tiene todo el tiempo del mundo para disfrutar el momento, mi padre me miraba de vez en cuando y con las mismas bajaba la mirada otra vez, viendo que yo, no le decía nada, rompió el silencio con una pregunta.

―¿Me vas contar de una vez que has estado haciendo estos días atrás?, ¿y por qué te ha cambiado el semblante de un día para otro?, ahora tienes una mueca de sonrisa que te dura todo el día, pero antes no era así.

No tuve más remedio que contárselo todo, se lo merecía por la paciencia que tenía siempre conmigo, creí que podía habérselo ocultado, pero viendo que no, me dispuse a contarle el resto de historia que no conocía.

Una vez hube acabado, sonrió y me dijo: ¿seguro que no te lo estás inventando?

―No papá, te digo la verdad.

Le contesté tan serio y tan convencido que no tuvo más remedio que creerme aunque con alguna reserva que se guardaba para él. Si lo dices así de convencido, te creeré dijo al fin,

―Es la verdad papá, te lo juro.

Él se levantó de su asiento y me dijo mientras me abrazaba, has hecho lo correcto, como siempre, estoy muy orgulloso de ti.

Yo recibí su reconfortante abrazo, como siempre, anhelando su calor.

Con él en el cuerpo me despedí de mi padre, no sin antes haberme abrigado por prescripción facultativa de mi médico paterno. Salí al exterior con una sonrisa de oreja a oreja. Con las manos en los bolsillos y silbando una canción, pateaba de vez en cuando alguna piedra que me encontraba en mi camino, tarareaba y volvía a sonreír, pensando en que me esperaba la reina del mundo, la criatura más maravillosa que he conocido en mi vida.

La señora Emilia estaba en su jardín arreglando las flores y al pasar la saludé con una expresiva sonrisa, buenos días dije; ella hizo lo propio, se irguió y me dedico un saludo cariñoso; hola cielo, me dijo.

Le pregunté si me podía regalar una rosa de las que estaba arreglando, y ella sin dudarlo un instante cortó una y me la tendió para que la cogiera mientras preguntaba: ¿la conozco?

―Creo que sí, es la hija de Samuel el guarda de la fábrica donde trabaja mi padre,

―¿Isabel?

―así es.

―Que buen gusto tienes hijo mío, seguro que hacéis buena pareja.

Yo me sonrojé y sonreí, y ella me besó en la mejilla mientras me decía:

―Ojalá todos los hombres fueran como tú, no cambies nunca aunque la vida intente cambiarte haciéndote daño, hombres como tú quedan pocos.

Se despidió, se volvió a arrodillar y siguió con su faena suspirando por lo bajo.

Cuando Isabel me vio llegar a través de la ventana, con la rosa en la mano, salió de la casa corriendo y de un salto se abrazó a mí por el cuello, sonriendo y dando muestras de todo el amor que me tenía. Sus piernas hicieron una llave en mi cintura y quedó colgada de mí.

―¿Es para mí? Preguntó,

―No, es para una chica morena que he conocido ayer..............

Rompimos a reír a carcajadas al unísono, y permanecimos abrazados, girando y riendo como en el final de una película, mientras algunas hojas que caían de los árboles revoloteaban a nuestro alrededor succionadas por el pequeño torbellino que nuestros giros habían iniciado.

La madre de Isabel nos miraba desde el porche con cara de nostalgia, como rememorando viejos tiempos en los que ella se veía reflejada, suspiró y dijo: Lastima que la vida cambie a las personas, todos deberíamos ser como cuando éramos niños y la inocencia invadía nuestros corazones.

Yo solté rápidamente a Isabel al escuchar a su madre, la saludé con la mano y con mi mejor sonrisa, ella me saludó también y preguntó a dónde íbamos tan temprano.

―Vamos a llevar a una pareja de ancianos al hospital mental, para que vean a una antigua amiga, preferí decir la verdad para no tener problemas.

Y menos mal que lo hice, porque doña virtudes que así se llamaba la madre de Isabel, se ofreció a llevarnos junto con su marido, para que no tuviéramos que cruzar toda la ciudad en el tranvía.

Fingimos que no nos importaba, cuando en verdad era que sí, pero en realidad era mejor para los padres de Leonor, ellos estarían más cómodos en el coche de Samuel que en el rígido asiento del tranvía.

Samuel convencido por doña virtudes, sacó el coche a regañadientes, no paraba de hablar por lo bajo y balbucear: para un día que tengo para echar la partida.

Pasado el primer sofoco, arrancó el coche y nos dijo que subiéramos, para entonces la cara ya le había cambiado, pasó de tener el ceño fruncido, a tener un aire de superioridad habida cuenta de que era el único que podía conducir el vehículo y llevarnos a todos.

Una vez asumido su roll, se encaminó a la calle Hospital de la virgen. Tardamos en llegar no más de veinte minutos ya que Samuel se conocía todos los entresijos de las calles de la ciudad y así podía tomar los atajos que creyera oportunos.

Como dos centinelas de la guardia real de Londres, aparecieron ante nuestros ojos los dos pasajeros que debíamos recoger, enfundados en sus trajes de domingo, oliendo a colonia unos y alcanfor los otros. Una mezcla algo enrarecida por el tiempo que hacía que no se los ponían.

Al principio no nos conocieron, lógicamente ellos esperaban que les recogiera un chico y no una tribu de gente montada en una de esas infernales máquinas con ruedas, que era como el padre de Leonor llamaba a los coches de la época.

Me bajé y los saludé con ternura, ellos al reconocerme quedaron atónitos y sin palabras. Ha llegado la hora de la verdad, dije, cogí la mano de la señora e Isabel hizo lo propio con él, y a regañadientes hicimos que entrara en el coche, una vez acomodados los dos en la parte de atrás, me di cuenta que solo quedaba un sitio libre, así que me senté yo y ofrecí mis rodillas a Isabel, le ayudé a subir al coche con la mano y ella con una reverencia me dio las gracias.

Se acomodó en mis piernas lo mejor que pudo y Samuel volvió a poner el coche en marcha. Durante el trayecto que realizamos hasta llegar al hospital, nadie dijo nada, todos fingíamos interés en algo de lo que veíamos por las ventanillas.

Los rizos del precioso pelo de Isabel, le caían hasta la espalda muy pegados a mi nariz, respiré su aroma tantas veces como pude, solo para llenarme de él, mi mano derecha se deslizó hacia el costado y con dos leves toques hice que Isabel dejara caer su mano derecha, la cual cogí al vuelo, entrelazamos nuestros dedos y así fuimos cogidos de la mano hasta el fin de nuestro trayecto.

Nos soltamos al unísono al llegar a la última curva, enfilamos la pequeña recta disimulando para no llamar la atención, en cuanto el vehículo se detuvo, abrimos nuestra puerta y nos dispusimos a ayudar a bajar uno a cada uno de ellos.

Él se acomodó la corbata, ella se ahuecó el pelo, pienso que querían causar una buena impresión a Irene, nos encaminamos todos hasta la entrada, antes de entrar, le dije a Samuel, estaremos al menos un par de horas, si usted tiene algo que hacer, podría hacerlo en ese tiempo.

Nunca había visto una mirada de complicidad tan grande en Samuel, se le iluminó la cara, parece que no le apetecía pasar la mañana del domingo visitando a una persona que no conocía de nada y junto a unas personas más bien poco habladoras. Por otro lado era lógico y normal así que cuando acabé de hablar le miré y tenía un brillo especial en sus ojos, se despidió diciendo: vuelvo enseguida, voy a hacer una gestión mientras tanto.

Saludé a la chica de la entrada, que me reconoció nada más verme; hombre mira quien hay aquí, si es el chico que no sabe el nombre de su visita.

Irene Castell Pons dije sonriendo, ella elevó su mirada y asintió con otra sonrisa, eres un hombre de palabra, me gusta, gracias por venir a verla.