El Che con su esposa antes de partir a Bolivia.Como se puede ver, luce el cambio de aspecto al que se sometió para no ser reconocido por la CIA.
Antes de partir de Cuba hacia Bolivia para emprender la que sería su última lucha, el Che atraviesa un dilema: ¿Cómo comportarse con sus hijos? ¿Debe verlos o no? Si lo hace, ¿no habrá riesgo de que pudiesen reconocerlo y comentar con sus amiguitos que estuvieron con su papá, y así, sus enemigos conocer una verdad y un embarque a Bolivia, lo cual debe ser mantenido en el más absoluto silencio?

PADRE

Aleida Guevara March, hija mayor del Che, dio a sus 26 años un testimonio al periodista cubano Héctor Danilo Rodríguez que trata de los últimos momentos que pasó el Che con su familia.
Aquí reproduzco esta entrevista insertando algunos pequeños comentarios cuando creo oportuno aclarar algún punto:
Papi se preparó en Cuba antes de irse para Bolivia. Él se disfrazó de "Viejo Ramón", que es como salió para Bolivia —comienza diciendo Aleida, y prosigue— y así nosotros lo fuimos a ver. Esa fue la última vez que nos vimos y él nos vio. Celia era muy chiquita y estuvo enferma de los riñones. Mi mamá se la tuvo que llevar a donde estaba mi papá, —a Pinar del Río, a la hacienda San Andrés— para ella poder estar con la niña enferma y con mi papá.
Si el Che tenía miedo de que sus hijos lo reconocieran, ¿por qué tiene a Celia con él? Leamos lo que expone al respecto Aleida:
Como era tan chiquita —Celia tenía poco más de dos años— no había temor a que Celia pudiera reconocerlo. Realmente, ella fue la última que lo vio tal y como era antes de irse para Bolivia. Hay fotos de esa época que denotan que él disfruta de la compañía de su hija más chiquita.
La familia está en La Habana, y llega el momento de que el Che parta hacia Bolivia. "Ramón" quiere despedirse de sus hijos, para lo cual es organizada una cena, a la que asisten su esposa, Aleida March, y sus cuatro hijos.
Si el Che hubiera mostrado en este momento su rostro tal cual, sin el extraordinario enmascaramiento que le hace el dentista García, hubiera corrido el riesgo de que su hija mayor, Aleidita, a la sazón bordeando los seis años, lo reconociera. Entonces, debe presentarse una vez más retocado por Fisin —el apodo del dentista que hace irreconocible al Che.
Ese día ella —se refiere a su madre— nos lleva a los cuatro a donde estaba él. Llegó y me saludó. Era un hombre raro. Dijo que era español, se identificó como Ramón, y dijo que era muy amigo de mi papá.
Cuando yo lo veo, le digo: "Chico, pero tú no pareces español, tú lo que pareces es argentino".
Todo el mundo se pasmó: "Bueno —se dijeron—, si esta niña pequeña puede saber quién es este hombre, el disfraz no sirve para nada".
Mi papá mantuvo la calma, y "¿Por qué argentino?" —dijo—,"Porque así me pareció —contesté—, y todo el mundo se tranquilizó. Fue una cosa que se me ocurrió y la dije.
El Che con su pequeña hija Celia, antes de partir hacia Bolivia.
Foto: Archivo personal del Che.
Los presentes prefirieron pasar por alto este pasaje y dar curso a la cena.
Después, él nos invita a comer. Mi papá tenía el hábito de sentarse en la cabecera de la mesa como anfitrión. Cuando mi papá se iba de la casa, automáticamente, sin que nadie me dijera nada, ocupaba ese lugar. Todavía lo ocupo. Mis hermanos son hombres, y a veces se disputan ese puesto.
Cuando estoy en la casa, me siento en ese lugar. Yo me quise sentar esa noche ahí. Pero él se sentó y le dije: "No, ése es el lugar donde se sienta mi papá; ese es el lugar donde me tengo que sentar yo". "¿Por qué? —dijo—, ahí se sientan los anfitriones". Con seis años yo no sabía qué cosa era un anfitrión. Él tomó asiento y yo me quedé conforme justo al lado de él, por que ya me había explicado.
Descubre que su hija mayor lo recuerda con cariño, recuerda un pasado próximo de él, y quiere que se respete aquel lugar sagrado que solo puede ocupar su padre. Como se verifica por la frase que Aleida, unos años después, le diría a su madre:
Me contó mi mamá que él se sintió feliz por el hecho de que la hija mayor supiera con esa edad sus gustos y sus costumbres.
Transcurren unos minutos, sirven un plato suculento, y:
Después empieza a tomar vino tinto, solo, puro. Él lo tomaba con agua mineral, y yo también lo hacía de esa manera, porque mi papá lo hacía así. Y le dije: "¿Cómo es posible que siendo tú tan amigo de mi papá no sepas cómo él toma el vino? Yo te voy a enseñar", le dije. "Enséñame, enséñame", me contestó. Yo me echo vino y luego agua mineral, y así él se lo toma.
Cuenta mi mamá que eso lo puso más contento todavía.
Después de la comida, yo empiezo a correr con mis hermanos como lo hacían en las aventuras de Nacho Verdecía, que trataban acerca de los mambises en la primera Guerra de Liberación de Cuba. Con la corredera aquella, me caí y tropecé con una mesa de mármol rosado.
Mi mamá, que estaba tensa por todas las cosas que yo había dicho y hecho, empezó a llorar. Mi papá, médico al fin, parece que se asustó por verme golpeada en la cabeza. Acabada de comer, me coge, me abraza, me aprieta, y fue para la cocina a buscar una toallita con hielo, y me la puso en la cabeza. Yo no estaba acostumbrada a ese contacto con los hombres, ya que a los cuatro años mi papá desapareció de mi vida. No estaba adaptada a que me quisieran de una manera especial: sentí algo muy particular. Cuando mi mamá está hablando con él frente a frente, yo empiezo a correr alrededor de ella, y le digo que le tengo que decir un secreto. Me dijo que las niñas no dicen secretos, que eso es una mala educación, que no sé qué... "Te tengo que decir un secreto", le repetí varias veces, pero mi mamá continuó hablando con mi papá. Mi papá le hizo una indicación de que me dejara decirlo; yo no lo dije en voz baja, sino a plena voz, y le dije a mi mamá: "Me parece que este hombre está enamorado de mí".
Dice mi mamá que a mi papá se le aguaron los ojos en ese momento. Él después lo comentaba, que cómo era posible que una niña tan pequeña percibiera un cariño especial. Había algo que no se había dicho entre nosotros, pero que existía. Y eso lo emocionó mucho.
Después, él le regala un cartucho de caramelos a Celia, otro a mí y uno para los dos varones. Mi papá nunca dejó de ser el mismo de siempre: ahorrativo y estricto hasta con sus propios hijos, incluso en el último día en que nos íbamos a ver. Él consideraba que un cartucho de caramelos para los dos varones sobraba, y que no había necesidad de darles otro más. Pero mi hermano Camilo no le quiso dar caramelos al más chiquito. Yo los había probado, y no me gustaron.
Veo que Ernesto, el más chiquito, empieza a llorar, y yo se los di, pero lo hice porque no me gustaban, y no porque fuera una persona especial. Mi papá pensó que yo le había dado los caramelos a mi hermano al verlo llorar, y que eso había sido una actitud de desprendimiento. Entonces, él dijo: "Así son los hermanos mayores, así tienen que ser".
Y mi mamá me dijo: "No sabes cómo tu papá se fue de contento, de feliz, pensando que tú tan chiquitica eras una cosa excepcional". Y yo le respondí: "Mami, pobrecito, lo hice porque no me gustaban los caramelos".

AUSTERO

El 10 de junio de 1959 Ernesto se casa con Aleida, y el 12 parte hacia Madrid en misión oficial. Fidel le dice:
—Lleva a Aleida contigo.
El Che no acepta, pero Fidel insiste.
—Es un presente de Luna de miel.
El Che es intransigente; no la lleva.
Ernesto Guevara vive moderadamente en todos los aspectos de su vida. No se deja llevar por excesos, es poco amigo del mundanal ruido cotidiano, evita el despilfarro, la utilización de los recursos públicos en beneficio propio o en cosas superfluas y, ante todo, es exigente y severo consigo mismo.
En una ocasión el Che estaba en Bayamo, junto con Aleida, su esposa, y le pide a su piloto, Eliseo de la Campa, llevarlos a La Habana. Este le expone que el tiempo está mal y que es aconsejable no realizar el viaje, pues estaba anocheciendo; le explica que, como el avión es un monomotor, no es aconsejable exponerse a riesgos. El Che insiste y, pese a reiteradas explicaciones sobre la inconveniencia de volar a esa hora, Eliseo se ve obligado a obedecerle. Menos de media hora después de levantar vuelo, encuentran una tormenta y el Che se da cuenta de que es una imprudencia seguir adelante. Le da la razón a su piloto y le pide retornar a Bayamo, donde llegan de noche. Eliseo recuerda el momento así:
Se me acerca Aleida (esposa del Che) y me dice: "Eliseo, ¿usted tiene dinero?". "Yo, sí", digo. "Bueno, porque todo el problema que tiene el Che es que no tiene dinero para pagar ni el hotel, ni la comida, ni nada, y no se atreve a pedírselo a usted". Y bueno, eso era al principio, claro, yo llevaba poco tiempo con él, de ahí que no se atreviera a pedírmelo. Pero era lo que le pasaba. Por supuesto, yo le dije a Aleida que no había problema, que yo tenía dinero y que, allá en La Habana nos arreglamos, y yo, "Sí, sí, yo pago todo y arreglamos allá".

En esos momentos el Che era Presidente del Banco Nacional, y no tenía dinero para pagar ni hotel, ni comida, ni nada.
Otra muestra de su caracter es la predisposición que tenía para enfrentar el hambre que padece un guerrillero. Esta característica la presentó incluso ya en sus viajes por América Latina.
Leamos un pasaje narrado por el propio Che en su diario de viaje, cuando están en el Perú:
Nuestro viaje continuaba en la misma forma, comiendo de vez en cuando, en el momento que algún alma caritativa se apiadaba de nuestra indigencia.
En su larga travesía por el Perú, relata en varias ocasiones como pasa este problema:
Nuestra hambre era una cosa extraña que no teníamos en ningún lado y en todo el cuerpo y que nos desasosegaba y nos malhumoraba.
En su segundo viaje el Che pasa por lo mismo. Su penuria económica es diuturna. En una carta enviada a su tía Beatriz, en febrero de 1954, le dice en el estilo burlón que le es tan característico:
La vida del guerrillero está próxima a un calvario; pues la alimentación es precaria, frecuentemente se pasa hambre, el vestuario se deteriora rápidamente y no siempre hay cómo reponerlo.
Otro soldado, Casilda Pereira, declara:
Durante quince meses estuve comiendo con él, y les diré que nunca aceptó se le confeccionara un plato especial. Comía lo que se cocinaba para los demás.
Orlando Borrego menciona un hecho en el cual el Che no admitía bajo ninguna situación que él fuese acreedor de algún privilegio.
Otro hecho que ejemplifica la probidad del Che y su sentido del compañerismo fue lo ocurrido durante una visita a la planta de níquel de Nicaro.
Che sentía cierta predilección por los melocotones en almíbar. El hecho fue que a la hora de los postres, nuestro amable anfitrión le sirvió un recipiente con melocotones. El Che miró extrañado a su alrededor y preguntó si le habían servido a todos los demás. Al informarle que no se contaba con melocotones para todos, solicitó retirar el que le habían servido, y advirtió con mucha delicadeza que el hecho no debía repetirse porque él no tenía derecho a comer nada especial cuando no alcanzaba para todos. Ese día recibimos otra lección ejemplarizante por parte del Che, que nos haría admirarlo y respetarlo... Aún más como maestro y patrón a seguir en nuestras vidas (Orlando Borrego, Recuerdos en ráfaga, 25).
El Che en reunión oficial estrecha la mano de Mao.

DIPLOMÁTICO

Una de sus visitas más comentadas y esperadas fue en Uruguay, en 1961. En abril de este mismo año se produjo la fracasada invasión norteamericana en la Bahía de Cochinos; a partir de entonces la relación entre ambos países comenzó a ser muy tensa.
Los norteamericanos, con miedo a que el ejemplo cubano se extendiera al continente, preparan la reunión del CIES (Consejo Interamericano Económico y Social) en Punta del Este, en la que pretenden implantar un Plan de Ayuda a la América Latina mediante la denominada Alianza para el Progreso, que de inmediato contaría con 500 millones de dólares y luego con 20 mil millones. Su objetivo principal era el de mejorar la parte social de América Latina y eliminar el analfabetismo en toda la América hasta el año 1970. Como sabemos, ahora, nada de eso ha ocurrido. Respecto al segundo objetivo, hasta la fecha, tan solo Cuba es el país que carece de analfabetos.
Fidel quiere evitar que empeoren las relaciones con Estados Unidos y/o que estos intenten una nueva invasión. Con este objeto, pide al Che que represente a Cuba, pero él se rehusa y Fidel insiste:
—No, chico, tienes que ir tú. No me vengas con remilgos... Si te niegas, me vas a obligar a que te lo ordene. Que esto no es un paseíto, sino una obligación, ¡y muy grave! Tú sabes que corremos el riesgo de una segunda invasión.Si eso ocurre, nos liquidan, porque no van a cometer dos veces el mismo error... Por eso hay que ir allá con pies de plomo, sin renunciar a nada, pero con ánimo negociador. Con mesura. Y tú lo sabes hacer mejor que yo. Seguramente no van a aceptar ninguna de nuestras propuestas, pero nos dejarán hablar, y en este momento, para nuestra política, es muy importante que nos dejen decir algunas cositas. Sobre todo, poder recordarles que la ayuda que ofrecen ahora los yanquis es la misma que negaron cuando la pedimos nosotros.
El Che en la ONU, representando a Cuba en diciembre de 1955 en una de sus últimas apariciones públicas antes de desaparecer.
Foto: Archivo personal del Che.
El aeropuerto de Carrasco en Montevideo estaba atestado de jóvenes universitarios en el momento en que aterrizó el avión norteamericano que traía a Douglas Dillon, representante de Estados Unidos.
Algunos lo abuchearon, otros permanecieron en silencio por temor a la policía; pero, diez minutos después, todos estallaron en un estribillo: "¡Cuba sí, yanquis no!".
Recuerda el escritor argentino, Hugo Gambini, cuando escribe:
Acababa de aterrizar otro avión, esta vez cubano, y por la escalerilla bajaba el Che con su boina y su barba, suelto, ágil, risueño.
La Conferencia fue inaugurada el 5 de agosto, el Che hace su discurso el 8, en la ocasión todo el mundo esperaba que desencadenarían ataques furibundos a Estados Unidos, pero nada de eso ocurrió, fue obediente y fiel a las recomendaciones de Fidel, quien le dice: "Hay que ir con ánimo negociador". Comienza hablando para todos, empieza por contestar a una frase de José Martí pronunciada por Dillon en la sesión anterior, con otra frase de José Martí:

—El pueblo que compra, manda; el pueblo que vende, sirve. Hay que equilibrar el comercio para asegurar la libertad. El pueblo que quiere morir, vende a un solo pueblo; el que quiere salvarse, vende a más de uno. El influjo excesivo de un país en el comercio de otro se convierte en influjo político. (Hugo Gambini, El Che Guevara, la biografía, 236)
En este viaje el Che realiza una visita a la Argentina de manera totalmente sigilosa, pero que estuvo a punto de provocar la inmediata caída del presidente Arturo Frondizi, a cuyo pedido él realizó el viaje. El intermediario de este viaje es Ricardo Rojo, con quien el Che mantiene una estrecha amistad desde 1953. Rojo es buscado por un emisario de Frondizi, quien le pide que le presente al Che. El amigo del Che, recordando el momento narra:
Cuando transmití a Guevara este pedido, quiso que le anticipara el interés real que podía encontrar en una entrevista como esta. Eran muchos los argentinos que se tropezaban en las antesalas para estrecharle la mano al Che. Le expliqué al solicitante que debería suministrar mayor información si quería ser atendido, y entonces me contestó: "Realizó una misión confidencial por cuenta de Frondizi" (Ricardo Rojo, Mi amigo el Che, 142).
La entrevista tuvo lugar al día siguiente, en la habitación de Guevara, con la asistencia de Jorge Carretoni, el gestor del presidente Frondizi, y Rojo.
La invitación del presidente Frondizi no tenía carácter oficial y se supeditaba a una condición previa: antes de trasladarse a Buenos Aires, su viaje en la Argentina se realizaría dentro de la mayor discreción, tanto a la entrada como a la salida.
El atribulado Carretoni resuelve tomar en sus manos el pasaporte del Che y viajar hasta Montevideo, donde se apersona al embajador argentino y le solicita, con sumo secreto, que registre su visa en el documento.
Es Rojo quien vuelve a contar:
El embajador, un anciano que pertenecía a la vieja guardia del Partido Radical, quedó literalmente sin aire cuando vio de qué pasajero se trataba. Entonces pidió tiempo para meditar, y de inmediato cursó un cable cifrado al canciller argentino, solicitando su autorización para extender la visa "al jefe de la delegación cubana". De hecho, esta consulta quebró la incógnita, pues en la Cancillería argentina el servicio de cifrados está en las manos de oficiales de las Fuerzas Armadas, pertenecientes a los servicios de inteligencia.
En Buenos Aires lo esperaba una corta escolta bajo las órdenes del jefe de la Casa Militar, del presidente Frondizi. Este oficial había sido encargado de la reservada misión de recoger a un viajero importante en el pequeño aeródromo de Torcuato, a unos treinta kilómetros de la capital; pero ignoraba totalmente su identidad. Grande fue su perplejidad cuando vio bajar a aquel hombre, con uniforme verde olivo y con barba. Naturalmente lo reconoció de inmediato, y eso lo dejó mudo y quieto. No atinó a quitarse los guantes para saludar al ilustre visitante. Al ver tan enojosa situación, el Che le tiende la mano y le dice con naturalidad:

—Soy el Comandante Guevara. ¿Ese es su auto, verdad? Guevara es recibido por Frondizi en la residencia oficial de Olivos, una pequeña finca de campo a pocos minutos del centro de Buenos Aires.
Tienen una conversación a puertas cerradas durante hora y media.
—¿No desea un buen bife de inmediato? —pregunta la esposa del Presidente.
—¡Cómo no! Después de almorzar, el Che le pide que le haga un favor:
—¿Cuál? —le responde sorprendido Frondizi.
—Tengo una tía enferma, que con seguridad debe morir muy pronto, quisiera verla.
Aunque el acuerdo estipulaba que Guevara abandonaría de inmediato la capital, Frondizi accede al pedido, y el Che atraviesa en auto las calles de la ciudad que había abandonado ocho años atrás.
—¡El Che está aquí! La noticia comenzó a correr. A mediodía, el canciller argentino, Adolfo Mugica, admite que Guevara se había entrevistado con el presidente. Renunció horas más tarde.

ECONOMISTA

El Che es un hombre a quien le fascina la Economía. Sabe que conocer, estudiar y dominar este tema es básico para quien pretende dedicarse un día a la política. Cuando está en Guatemala, en 1954, incrementa a su lectura de libros autores involucrados con la Economía mundial, como Adam Smith, por ejemplo. Hilda Gadea, recordando la época, apunta en su libro:
En esta nueva fase de su vida empezó a interesarse por los estudios de Economía. Recuerdo que yo tenía algunos libros de Adam Smith, Ricardo, Keynes, Hansen y otros autores, sobre planificación económica, inversiones, el ahorro, la devaluación, la inflación y otros temas. Cada semana se leía un libro y después cambiábamos impresiones sobre el tema que había abordado.
Hecha esta observación, concluye:
Me admiró no solamente la rapidez con que leía, pues él leía muy rápido, sino la facilidad con que comprendía esos temas, que de por sí son áridos, y por las noches discutíamos diversos tópicos económicos. Como en cierta ocasión estuvo de vendedor de libros a crédito de una editorial que se dedica a esta modalidad de venta, pudo conseguir prestadas diversas obras de Economía y también políticas. (Hilda Gadea, Che Guevara, años decisivos, 147-148)
Circula a nivel mundial la siguiente anécdota y/o tomadura de pelo sobre el Che: Se dice que en una reunión Fidel pronunció la frase; "Quiero un economista", y el Che, presente, levantó la mano y Fidel lo designó Presidente del Banco Nacional. Minutos u horas después el Che le dice a Fidel: "Yo pensé que pediste un comunista".
Aclaremos esta anécdota, y para ello, nada mejor que las declaraciones de Fidel Castro:
Había necesidad de un jefe para el Banco Nacional. Faltaba un revolucionario en aquel momento. Y por la confianza en el talento, en la disciplina y en la capacidad del Che, él fue nombrado Director del Banco Nacional.
Encima de eso, hicieron muchas tomaduras de pelo. Los enemigos jugueteaban, siempre bromeaban mordazmente, y nosostros también respondíamos jugueteando; pero el chiste, que tenía una intención política, se refería a lo que yo había dicho un día: "Necesitamos un economista". Pero se confundieron y entendieron que yo había dicho: "Necesitamos un comunista". Por eso me trajeron al Che, porque era comunista, tenían que haberse equivocado... El Che era el hombre que tenía que estar allí, no había duda, porque el Che era un revolucionario, era comunista y era un excelente economista. (Ignacio Ramonet, Fidel Castro, biografía a duas vozes, 238)
El Che asume ese cargo el 26 de octubre de 1959, y el 15 de diciembre del mismo año Fidel declara en una Plenaria Azucarera en el Palacio de los Trabajadores:
Yo sé lo que consume la familia humilde, y para eso tenemos las estadísticas, y cuando llegue la hora de restringir, para eso tenemos al Che en el Banco Nacional, ¿quiénes fueron los que se preocuparon cuando designamos al Che Presidente del Banco Nacional? Seguramente no fueron los guajiros, los obreros azucareros, ni los humildes. Quienes se preocuparon, se pusieron a hacer campañitas contra el Che, se pusieron a calumniar, restarle los méritos extraordinarios que tiene, se pusieron a convertir al Che en un fantasma, y después que lo convirtieron en un fantasma, resulta que no era un fantasma para el pueblo, era un fantasma para ellos.
(...) El Che fue allí precisamente a fortalecer nuestro esfuerzo para defender nuestra economía y defender nuestra reserva... el Che, para que nadie se llame a engaño, el Che no está ahí para hacer ninguna barbaridad. El Che está ahí igual que cuando lo mandamos a Las Villas a impedir que pasaran las tropas enemigas hacia Oriente, lo he mandado al Banco Nacional a impedir que se vayan las divisas, y para que el parque que tenemos en divisas, pues se invierta correctamente. (Orlando Borrego, Che, el camino del fuego, 14-15)

PERIODISTA Y ESCRITOR

Desde temprana edad, al Che le gusta no solo leer libros, sino también escribir artículos para ser publicados en la prensa. Después de conocer Machu Picchu en el Perú, escribe un artículo que publica en Panamá.
En plena Sierra Maestra realiza grandes esfuerzos para instalar Radio Rebelde y luego fundar el periódico Cubano Libre. En ambos medios de comunicación escribe diversos artículos durante toda la guerra. El Comandante Luis Crespo narra el episodio:
Sus incursiones en el periodismo las manifiesta en su diario, cuando escribe: "Ha salido en el Panamá-América la crónica sobre el Amazonas, la otra está peleando". (Ernesto Guevara, Otra vez. El diario inédito del segundo viaje por América Latina (1953-1956), 27)
Después del triunfo de la Revolución Cubana, no para de escribir artículos para la prensa y libros diversos, entre los cuales podemos citar: Guerra de Guerrillas, Pasajes de la Guerra Revolucionaria en el Congo y Obras Completas en 7 tomos.

ESTRATEGA MILITAR

A pesar de que el único curso militar sobre guerra de guerrillas que había recibido el Che fue en México, a cargo del General Bayo, y que duró menos de 6 meses, desde el comienzo de la guerra en la Sierra Maestra el Che muestra las condiciones de un buen estratega.
La mayor demostración que dio como gran estratega fue cuando tomó Santa Clara y el tren blindado como se ha descrito antes.

ESTUDIANTE

Desde su infancia hasta la muerte fue un estudioso incansable.
Cuando lo designaron Ministro de Industrias, el profesor Mansilla le daba clases de Economía, y llegó un momento en que ya no tenía qué enseñarle. "Con él estudiamos El capital, y siempre nos compulsaba a que ilustráramos con ejemplos algunas informaciones que se discutían en el terreno teórico", dice el profesor Mansilla.
Salvador Vilaseca le impartía clases de Matemáticas; y Harold Anders, de Contabilidad. De esta última no entendía mucho, hasta que un día dijo:
—Voy a adentrarme en ese campo —y llegó a dominarlo.
Su sed insaciable de conocimientos no se debía solo al hecho de poder aplicarlos de inmediato, sino a la visión de futuro que tenía.
Convirtió el Ministerio de Industria en una gran escuela. Puso a todo el mundo a estudiar: a los directores, administradores, escoltas, obreros, etc. En las fábricas se formaron obreros cualificados, torneros, operadores de máquinas textiles; cientos de hombres salieron a capacitarse al exterior. El Che decía que la mejor inversión que se podía hacer era estudiar.

HONESTO

El principio de honestidad, decencia y comportamiento ejemplar dentro de la sociedad es inculcado desde muy temprana edad por su familia.
Leamos una historia contada por su padre, Ernesto Guevara Lynch, cuando el hijo contaba con 18 años de edad:
Nuestra familia vivía en 1946 en la calle Chile 288, de la ciudad de Córdoba. Ernesto estaba dando sus últimas materias del quinto año de bachillerato en el colegio nacional Dean Funes.
Un amigo mío, ingeniero vinculado a la Dirección Provincial de Vialidad, podía conseguir que emplearan a Ernesto en esa institución. Le pedí que lo hiciera y pedí también un puesto para Tomás Granado, íntimo amigo de Ernesto.
La dirección de Vialidad de Córdoba se encargaba de las construcciones de todas las obras viales de la provincia. A las pocos días ambos trabajaban allí, en la parte de análisis de materiales.
Con referencia a este trabajo, Ernesto le escribe una carta a su papá, donde le dice:
Mi querido viejo, veo que andás muy asustado por lo de la camioneta. La compañía no me hace ninguna "gauchada", la gauchada la hago yo a ella, porque la obligación que tienen es darme un vehículo y peones que saquen las muestras, y al peón no lo veo ni cuadrado.
Desde hoy mi situación incómoda es con la comida, porque la compañía me la ha pagado, y eso es muy parecido a una "coima". Lo único que me queda por hacer es consultar con el jefe (que es un cocinero de primera) y hacer lo que diga él. Esta famosa Vialidad resultó ser un antro de coimeros.
Me contaba el encargado que yo era el único laboratorista que él había conocido en veinte años que no aceptaba la comida y uno de los tres que no coimeaba. (Ernesto Guevara Lynch, Mi hijo el Che, 286)

INVESTIGADOR CIENTÍFICO

Desde los primeros años de estudio en la Facultad de Medicina de Buenos Aires, Ernesto realiza investigaciones científicas.
Cuando estuvo en México, la primera cosa que hizo al conseguir un trabajo como médico fue realizar trabajos de investigación. Escribe en su diario:
La fotografía sigue dando para vivir, y no hay esperanzas demasiado sólidas de que deje eso en poco tiempo, a pesar de que trabajo todas las mañanas en investigación en dos hospitales de aquí.
El 27 de mayo de 1955, le escribe a su padre:
Después de presentar mi trabajo, y cuando a las cansadas me aprobaron la residencia, me largué a tratar de demostrar in vitro la presencia de anticuerpos en los alérgicos (creo que fracasaré), a tratar de fabricar los llamados propectanes, un poco de alimento digerido en tal manera que si lo come el enfermo luego el alimento completo no le hace mal (creo que fracasaré), un intento de demostrar que la hialuronidasa —a ver si sabés tanto como decís— es un factor importante en el mecanismo productor de la enfermedad alérgica (es mi más cara esperanza), y dos trabajos en colaboración: uno imponente, con el capo de la alergia de México, M. Salazar Mallen, y otro trabajo con uno de los buenos químicos que hay en México sobre un problema del cual solo tengo la intuición, pero creo que va a salir algo muy importante. Ese es mi panorama científico.
Acontecimiento científico es la aparición de mi primer trabajo como autor solo en medicina, en la revista Alergia: "Investigaciones cutáneas con antígenos alimentarios semidigeridos"; pasable.
En trabajo estoy realizando solo tres y tengo uno en ciernes, son: Histaminas en Sangre, Histamina en Tejido Pulmonar de Tuberculosos y Progesterona en relación con la Histaminasa; pienso hacer algo de electroforesis de sueros.

IRÓNICO, BURLÓN Y SARCÁSTICO

El Che suele hacer uso de la burla sutil y disimulada, mediante la cual da a entender algo que no quiere expresar abiertamente. En su diario, en sus cartas y en sus conversaciones destacan sus notables dotes para la ironía y el sarcasmo. En 1954 pasa por serias penurias económicas. Leamos el estilo burlón con el cual se refiere a estos momentos críticos de su vida:
Uno peso diario por dar clases de inglés (castellano, digo) a un gringo, y 30 pesos al mes por ayudar en un libro de geografía que está haciendo un economista aquí. Ayudar quiere decir escribir a máquina y pasar datos (total 50), lo que si se considera que la pensión vale 45, que no voy al cine y que no necesito remedios, es un sueldazo, la única macana es que ya debo dos meses, pero espero conseguir un laburo algo más firme en estos días.(Ernesto Guevara Lynch, Aquí va un soldado de América, 39)
El 10 de mayo de 1954 reitera lo anterior en una carta dirigida a su madre, Celia de la Serna:
Vieja: Y supongo que dentro de un mes podré ir al cine sin estar acoplado a ningún bondadoso vecino.
El 6 de julio de 1956, desde la prisión de México, le dice en un trecho a su padre:
Recibí tu carta, papá, aquí en mi nueva y delicada mansión de Miguel Schuls.

LECTOR Y FILÓSOFO

Antes de ingresar en la Facultad de Medicina de Buenos Aires vive entre Alta Gracia y Córdoba. En el colegio nunca fue un alumno brillante, pero sí un alumno despierto y destacado, particularmente en matemáticas, por lo que todos sus amigos pensaron que sería ingeniero y nunca se imaginaron que seguiría la carrera médica.
Desde muy temprana edad comienza a interesarse por la lectura. En su casa, su papá tenía una buena biblioteca y comenzó a leer libros de Alejandro Dumas, Julio Verne, Miguel de Cervantes Saavedra y Jack London. Pasado un tiempo, empieza a interesarse por libros de Freud, Neruda, Horacio y Anatole France; hasta que a sus 17 años lee El capital de Marx, en cuyas páginas se observan las anotaciones y observaciones que realizó.
En 1945, cuando tenía 17 años, comenzó a surgir un lado más serio en Ernesto. Realizó un curso de Filosofía, y fue cautivado por los clásicos de la Antigüedad: Sócrates, Platón y Aristóteles. Su interés fue tan grande, que comenzó a escribir su propio diccionario filosófico, un manuscrito con 165 páginas, organizado en orden alfabético y con un cuidadoso índice remisivo por número de página, tópico y autor. Consistía en biografías resumidas de pensadores notables con una vasta gama de citaciones, de definiciones con verbetes, etc. Enfocaba conceptos tales como el amor, la inmortalidad, la histeria, la moralidad sexual, la fe, la justicia, la muerte, el narcisismo, Dios y el diablo...
Para sus esbozos de Buda y Aristóteles utilizó Una breve Historia del Mundo, de H.G. Wells. Vieja y nueva moralidad sexual, de Bertrand Russel, fue su fuente sobre el amor, patriotismo y moralidad sexual. Asimismo, las teorías de Sigmund Freud le fascinaban, y Ernesto citó la Teoría General de la Memoria al respecto de todo. Otras citaciones, sobre la sociedad, procedían de Jack London, y de Nietzche, sobre la muerte.

Ese cuaderno fue el primero de una serie de siete, en los cuales trabajó durante los diez años siguientes. Ernesto agregaba nuevos verbetes y sustituía algunos antiguos a medida que iba profundizando en sus estudios y definiendo sus inclinaciones.
Leía también libros de ficción, volcándose sobre ellos de igual manera que sobre los libros de contenido social. En opinión de su amigo Osvaldo Bidinosd Payer, para Ernesto Guevara todo comenzaba con la literatura. Alrededor de 1946, Ernesto y él leían las mismas obras de autores tales como Faulkner, Kafka, Camus, Machado y Alberti, y las traducciones al español de Walt Whitman y Robert Frost.
Sin embargo, Bidinosd descubrió que Ernesto también desmenuzaba la literatura latinoamericana: Ciro Alegría, Jorge Icaza, Rubén Darío y Miguel Ángel Asturias.

MATEMÁTICO

Su amigo Alberto Granado, rememorando la juventud, menciona:
Bueno, sus amigos y compañeros de esa época no pensábamos que él iba a estudiar Medicina. El Pelao, decíamos, será matemático, o químico, o físico, o algo de eso. Tenía una facilidad asombrosa para las matemáticas y todos nosotros decíamos, bueno lo que es este, será matemático. Y nos sorprendió cuando agarró Medicina. Por supuesto que cualquier cosa que cogiera lo iba a hacer bien, ¿no? Pero realmente nadie pensó que iba a estudiar Medicina.
En Cuba, mucho antes de ser designado Presidente del Banco Nacional, resuelve pasar clases de Matemáticas. Uno de sus profesores, Hugo Pérez Rojas, comenta:
El Che se distinguía por su puntualidad rigurosa, profunda capacidad de asimilación y síntesis.
Impelido por las responsabilidades vinculadas a la economía que tras el triunfo revolucionario cumplió, comienza a estudiarla durante cinco años. Para tal propósito, busca a un profesor universitario de Matemáticas, el profesor y ex Rector de la Universidad de La Habana, el doctor Salvador Vilaseca. Este, en su testimonio dado al periodista de Granma, Héctor Hernández Pardo, declara en 1990:
Un día, en ese viaje, el Che me dijo que quería recibir clases de matemáticas al regresar a Cuba, y fundamentó: "Es que para dominar la ciencia económica hay que saber matemáticas". Le pregunté si sabía matemática superior. "Mira —explicó—, a mí se me ha olvidado todo. En el bachillerato di álgebra, geometría, esas cosas; pero nunca más he vuelto a ver eso". Le contesté que entonces tenía que empezar a repasar. En realidad, yo pensé que su idea era solo pasajera. Con el trabajo y las responsabilidades que él tenía, no imaginé que pudiera cumplir aquel propósito. Pero a los quince días de regresar a Cuba —nosotros volvimos, si mal no recuerdo, el 8 de septiembre del 59—, me mandó un recado con Francisco García Vals: "Ya tengo la pizarra, el borrador y el yeso: ¿cuándo empezamos?" Le respondí que cuando él dijera. Y la contestación fue: "Mañana". El Che entonces estaba a cargo del Departamento de Industrialización del Instituto Nacional de la Reforma Agraria.

Vilaseca comienza enseñándole álgebra y trigonometría. Le da muchos ejercicios, ya que las matemáticas requieren de mucha ejercitación; no es tanto el afán de estudiar la teoría como de resolver los problemas. Prosigue el profesor:
Después que él hubo recordado y consolidado todo eso, comenzamos a dar álgebra superior y geometría analítica. Alternábamos las clases. Después dimos cálculo infinitesimal, cálculo diferencial e integral... Peinamos completamente el libro de Graville, que yo acostumbraba a utilizar en mis clases, que se daba en la Universidad —no sé si ahora se sigue empleando— un gran texto, clásico, que tiene sobre todo muchos ejercicios.
Che los hizo todos. Yo le ponía muchos problemas, porque eso le daba agilidad; menos teoría y más problemas. Al final le di ecuaciones diferenciales, casos más típicos. Hasta que llegó el momento en que le dije: "Bueno, Comandante, ya yo le he trasladado a usted todo lo que sé de matemáticas. Vamos a liquidar ya el curso".
Entonces él me contestó:
—No, ahora quiero que tú me des clases de programación lineal.
—Le expliqué que yo había leído cosas de programación lineal, pero que nunca había dado clases de esa materia.
—Bien —insistió el Che—, ¿por qué no la estudiamos juntos?
El Che invitó a dos personas para que hicieran el curso con a él; aunque luego ambos lo abandonaron.

LA MEDICINA Y SUS ESTUDIOS

Hace la carrera médica en la Facultad de Medicina de Buenos Aires, estudios que debe interrumpir en dos ocasiones para realizar sus viajes por América del Sur. Después del último viaje, y con gran esfuerzo, aprueba once materias en seis meses y una tesis de doctorado en Alergia, lo que habitualmente podía llevarle más de un año.
El 7 de marzo de 1952, después de recorrer 3.775 kilómetros en la Poderosa II, nombre con el cual bautizaron a la motocicleta que los conducía fuera de la Argentina, Ernesto y Alberto Granado llegan a Valparaíso después de pasar mil peripecias e incontables caídas. En esta ciudad se dirigen a un pequeño bar conocido con el nombre de La Gioconda. Un muchacho, que ha oído que al menos uno de los motociclistas argentinos es médico, se aproxima y les pide que vayan a ver a su madre. Ernesto, que en realidad aún no es médico, pues está estudiando el 5º curso en la Facultad de Medicina de Buenos Aires, acude de inmediato a la petición. Leamos cómo lleva al papel el propio Ernesto un momento que le marcará por el resto de sus días.

La pobre daba lástima, se respiraba en su pieza ese olor acre de sudor concentrado y patas sucias, mezclado al polvo de unos sillones, única paquetería de la casa. Sumaba a su estado asmático una regular descompensación cardiaca. Frente a estos casos es cuando el médico, consciente de su total inferioridad frente al medio, desea un cambio de cosas, algo que suprima la injusticia que supone el (que) la pobre vieja hubiera estado sirviendo hasta hacía un mes para ganarse el sustento, hipando y penando pero manteniendo frente a la vida una actitud apenas disimulada; en ese momento se deja de ser padre, madre o hermano, para convertirse en un factor negativo en la lucha por la vida y, como tal, objeto del rencor de la comunidad sana que le echa en cara su enfermedad como si fuera un insulto personal a los sanos que deben mantenerlo. Allí, en estos últimos momentos de gente cuyo horizonte más lejano fue siempre el día de mañana, es donde se capta la profunda tragedia que encierra la vida del proletariado de todo el mundo.
(...)Hay en esos ojos moribundos un sumiso pedido de disculpas y también, muchas veces, un desesperado pedido de consuelo que se pierde en el vacío, como se perderá pronto su cuerpo en la magnitud del misterio que nos rodea. Hasta cuándo seguirá este orden de cosas basado en un absurdo sentido de casta es algo que no está en mí contestar, pero es hora de que los gobernantes dediquen menos tiempo a la propaganda de sus bondades como régimen y (destinen) más dinero, muchísimo más dinero, a solventar obras de utilidad social.
Ernesto es lo suficientemente consciente como para darse cuenta y denunciar que el sufrimiento de la pobre mujer y su muerte anunciada son consecuencia del abandono de las autoridades, fruto de un gobierno dentro del sistema capitalista. Veamos ahora cómo concluye esta historia:
Mucho no puedo hacer por la enferma: simplemente le doy un régimen aproximado de comidas y le receto un diurético y unos polvos antiasmáticos. Me quedan unas pastillas de dramamina y se las regalo. Cuando salgo, me siguen las palabras zalameras de la vieja y las miradas indiferentes de los familiares.
Junto a sus compañeros en una clase. Foto: Archivo personal del Che

EN LOS LEPROSARIOS

En el Perú ha estado en tres leprosarios con Alberto Granado. Llegan al leprosario de Huambo el 14 de abril de 1952. Lo primero que les llama la atención es la división que existe, una pared inmensa, entre el área reservada al personal médico y la destinada a los enfermos. Al respecto de esta disposición, Alberto Granado dijo al autor:
—En esos casebres de dos metros de altura fabricados de bambú, vegetaban los pobres enfermos, sin la más elemental condición sanitaria ni higiénica.
Cuando visitan las enfermerías, les llama la atención el llanto de una muchacha joven. Se aproximan, se sienta a su lado, al borde de la cama, y le dan un apoyo moral y psicológico importante. Luego van a las otras salas. Una ex profesora enferma, cuando ve que le daban la mano para saludarle y se sentaban en las sillas de esa enfermería, se emocionó y les dijo conmovida:
—Es la primera vez en nuestra vida que alguien se comporta con nosotros como ustedes lo están haciendo.
Alberto escribiría unos años después:
Fuimos a ver a una enferma, ex-profesora de una escuela cercana. Cuando vio que la saludábamos dándole la mano, y nos sentábamos en las sillas en que ella se sienta se emocionó y nos hizo emocionar con sus lágrimas, mezcla de dolor y alegría. Nos fotografiamos juntos y seguimos el recorrido. (Alberto Granado, Con el Che por Sudamérica, 90)

Al final de la visita se reúnen los enfermos y, en señal de agradecimiento, tocan unos instrumentos musicales rústicos, recitándoles versos de agradecimiento. Una de ellas tocaba una especie de violín fabricado por ella misma, con una sola cuerda.
La permanencia en este leprosario de Lima es corta, sin embargo se hacen acreedores del cariño y reconocimiento de los enfermos. Los leprosos recaudan 100 soles y acompañan la donación con varios discursos regados de lágrimas.
Después de recorrer 10.223 kilómetros desde Buenos Aires, lugar de partida del viaje en motocicleta —que ahora convertida en cadáver reposa en Santiago de Chile, en una funeraria mecánica—, llegan al leprosario de San Pablo (Perú), situado en plena selva, en los márgenes del río Amazonas, donde vivirían su mayor aventura. En el hospital tienen contacto con los enfermos afectados por el Mal de Hansen.
Llegan en el barco llamado El Cisne, la tarde del 8 de junio de 1952. Allí viven algo más de 600 leprosos.
San Pablo está compuesto por tres distintos sectores:
En primer lugar, el sitio donde los depositó El Cisne, una pequeña península que avanza en el Amazonas y en la que viven cerca de doscientos habitantes: hermanas de la caridad, monjas, curas, médicos, dentistas y, desde luego indios, los principales habitantes.
Luego, un poco más lejos, al borde del río, una ciudad lacustre que sirve de vestuario al personal médico; un cedazo de salubridad, en cierto modo, para ponerse guantes de goma y máscaras de protección, a la ida, y para ducharse después de visitar a los leprosos.
Finalmente, aproximadamente a un kilómetro, en un inmenso pantano que forman los alrededores del río-mar, se sitúa el leprosario, eternamente a merced de las crecidas.
Son hospedados a dos kilómetros del leprosario por el jefe médico, el Dr. Bresciani, en su propia residencia, y para quien traían una recomendación del Dr. Hugo Pesce, prestigioso leprólogo de Lima, la capital peruana.
Al visitar el leprosario, a dos kilómetros del pueblo, son conducidos a una construcción donde los médicos, el dentista y los enfermeros se cambian de ropa. En un cuarto dejan toda su vestimenta y se visten con ropa rigurosamente ajustada al cuerpo y cerrada, para evitar cualquier contacto con la piel del cuerpo de los enfermos. Invitan a Alberto y Ernesto a hacer lo mismo, pero ellos rehúsan. En ese momento, Ernesto le dice a Alberto, en voz baja:
—No doy crédito a lo que estamos viendo.
—Yo tampoco —responde asombrado Alberto.
—Se sabe que el Mal de Hansen no es contagioso, como se difundió durante siglos, durante los cuales los leprosos fueron estigmatizados por su enfermedad.
—Concuerdo contigo —responde Alberto—, inclusive se sabe que en toda la historia de la humanidad solamente hubo dos casos de contagio por contacto directo.
—Recuerdo —le dice Ernesto— a un enfermero de Indochina que convivía con sus enfermos y a un sacerdote por quien no podría las manos en el fuego. Fuera de esos dos casos, contrajeron la enfermedad solamente los hijos de los leprosos que vivían junto a ellos.
Son interrumpidos en su conversación por una voz de orden del Dr. Bresciani:
—¡Vamos, estamos atrasados! Suben a una nueva balsa, todos cambiados y con guantes, excepto los dos "científicos argentinos".
Al llegar al leprosario, la primera impresión se la causa el hecho de que el hospital aparenta ser un pueblo ribereño de vida normal: casas de madera diseminadas sin ningún orden urbano, comercios que abren sus puertas, transeúntes, canoas y botes de motor que salen del pequeño villorio cargados de plátanos, papayas, pescados, etc.
Sin embargo, su atención es absorbida en mayor grado por algo doloroso; la gran mayoría de sus habitantes, hombres, mujeres y niños, presentan mutilaciones, tanto en los pies como en las manos. Los enfermos presentan además "lepromas", pequeños tumores que les deforma el rostro y los miembros, muestras indelebles de la enfermedad que los asola. Hay enfermos sin falanges, sin dedos o sin manos.
Todo ese mundo vive en familia. Los padres no aceptan separarse de su prole. Los enfermos vienen de los meandros de los ríos Ucayali y Yavarí, donde la lepra es endémica y forma parte de la vida cotidiana.
Esos indios contaminados, que encuentran absurdo que se les quiera privar de sus hijos, forman una comunidad organizada. Algunos de ellos venden objetos y aparatos de todo tipo, que han logrado trocar por sus productos de artesanía, anzuelos o redes de pescar. Otros cultivan la tierra o establecen pequeños negocios. Los más tenaces y los más hábiles pueden pagarse una lancha a motor. En cuanto a los leprosos más graves, considerados contagiosos, viven aparte, en una zona prohibida, adonde no dejan de ir los médicos argentinos.
El Dr. Granado y su "adjunto", Ernesto, en unos minutos, darán una clase de "leprología" tanto a los enfermos como al cuerpo médico y paramédico, instruyendo que esa lepra, por penosa que sea, no es contagiosa. Para probarlo, tocan a los enfermos, los saludan efusivamente, les dan la mano, se sientan al borde de sus camas, los curan y les quitan las vendas que los momifican sin el uso de guantes.
Uno de esos días, Ernesto opera él mismo, con la colaboración de Alberto, el codo de un enfermo. La operación consiste en extraer un nódulo que dificulta el movimiento del brazo. Una vez que el paciente recupera la completa movilidad de su miembro, el prestigio del "Dr. Guevara", un estudiante de 5º año de medicina, sube a las nubes, entre los leprosos y toda la población de San Pablo.

Años más tarde, el periodista Andy Dressler irá al hospital de San Pablo y conocerá a Silvio Lozano, quien afirma que Ernesto le salvó la vida y que tiene actualmente un bar al que ha llamado "CHE". Lozano retrae su mente al pasado y evoca esos tiempos, afirmando al periodista:
En 1952, yo era uno de esos numerosos leprosos condenados a morir a breve plazo. Pocos de mis compañeros sobrevivieron. En nuestros días existen toda clase de medicamentos contra la lepra, pero en aquella época no había muchas cosas. Una noche totalmente oscura que jamás olvidaré, un médico desconocido entró en San Pablo, un joven que no debía de tener veinticinco años. Delgado, simpático, daba la impresión de ser muy voluntarioso pero de carecer de fuerza física. Se decía que era argentino. "Yo ya no era más que piel y huesos. La lepra me había atrapado por el brazo izquierdo y me devoraba lentamente. Tenía fiebre y un tumor. Punzadas intermitentes me recorrían el cuerpo, como si gotas de un líquido ardiente cayeran sobre mi piel. Los médicos de la estación me habían desahuciado.
Una mañana, cuando el dolor me arrancaba lágrimas, pedí que al menos me aliviaran. El nuevo médico estaba sentado en el suelo, como un yoga. Lo recuerdo: leía un libro de medicina, en inglés. Yo estaba tan debilitado que no tenía fuerzas para tenderle la mano. Él la tomó, la palpó largamente y, de pronto, con una agilidad que me dejó estupefacto, se levantó y abandonó la pieza. Luego volvió unos instantes más tarde y me dijo: "Su nervio está afectado, hay que operar". A pesar de la mano fresca del joven médico sobre mi frente ardiente, me acometió el terror. "Usted va a morir si no hacemos nada...", insistió él. Grité como un loco cuando me pusieron dos agujas en la llaga, luego busqué la mirada del joven médico y me desvanecí. "Él me salvó".
Fue el comienzo de una era nueva en el leprosario, los instrumentos quirúrgicos no tuvieron tiempo de herrumbrarse. Mucho después, cuando él era Ministro de Economía en Cuba, me escribió una carta requiriendo noticias mías.
Zoraida Boluarte, una enfermera del leprosario, se hace amiga del Che y recuerda:
En San Pablo el Che ejerció la medicina tropical y curó, hasta donde se puede curar a un enfermo de lepra, a varios pacientes: realizó una operación quirúrgica compleja a un paciente de la Colonia y convivió con los enfermos y el personal facultativo durante muchas semanas.
Alivió a muchos enfermos allá en San Pablo y el personal del leprosorio me ha contado que a veces, por su asma, él requería más cuidado que todos, así era Ernesto, ¡un médico verdadero! (Alberto Granado, Con el Che por Sudamérica, 90)
La monja del lugar les había negado el almuerzo y la comida porque no fueron a misa el domingo, pero eso no tuvo el menor efecto, pues los enfermos se privaban de su plato y se lo daban a los dos argentinos. Estos comían del mismo plato que sus enfermos, acrecentando aún más el respeto y la admiración de sus anfitriones.
Ernesto y Alberto, cuando notaron que su estadía ya pasaba de los diez días, quisieron irse, pero los pobladores no les dejaban, principalmente los enfermos. Ellos se informaron de que la próxima parada de los dos "científicos" era la ciudad ribereña colombiana de Leticia, entonces todos ellos, conocedores de este plan, resuelven darles una sorpresa. Alfaro y Chávez, dos campesinos, jefaturizaron la fabricación de una balsa hecha por los leprosos e hicieron un barquito de 3 metros de ancho por 7 de largo; mientras tanto, los pobladores y los portadores del Mal de Hansen colocaron en la embarcación alimentos y objetos para que pudieran alimentarse los dos argentinos, por lo menos por un mes. Entre las cosas que metieron había manteca en lata, salchichas, carnes en lata, harina, lentejas, garbanzos, etc. Además de eso, una lámpara a keroseno, un mosquitero, huevos frescos, papayas, plátanos e incluso dos gallinas vivas.
La balsa fue bautizada con el nombre de Mambo Tango, un recuerdo irónico de cómo Ernesto, en la noche de su aniversario, al bailar con una india, bailó un tango como si fuese un mambo.
Los días pasaron con rapidez, en medio de trabajos científicos, excursiones y cacerías por los alrededores. Llegó la hora de la despedida y, la víspera de la partida, pobladores y canoas repletas de enfermos del Mal de Hansen se acercaron al embarcadero de la zona sana de la colonia para expresarles su afecto. Era un espectáculo impresionante el que formaban sus rostros alumbrados por la luz de las antorchas en la noche amazónica.
Un cantor ciego entonó huaynitos y marineras, mientras la heterogénea orquesta hacía lo imposible por seguirlo. Uno de los enfermos pronunció el discurso de despedida y agradecimiento; de sus sencillas palabras emanaba una emoción profunda que se unía a la imponencia de la noche.
Ya sobre la barca, una vez en el Amazonas, prosiguen su camino. Ernesto rememora la época y asienta:
Llevamos dos días de navegación río abajo y esperábamos el momento en que apareciera Leticia, la ciudad colombiana a donde queríamos llegar, pero había un serio inconveniente, ya que nos era imposible dirigir el armatoste. Mientras estábamos en medio del río, muy bien, pero si por cualquier causa pretendíamos acercarnos a la orilla, sosteníamos con la corriente un furioso duelo del que esta salía triunfante siempre, manteniéndonos en el medio hasta que, por su capricho, nos permitía arrimar a una de las márgenes, la que ella quisiera.
Fue así que en la noche del tercer día se dejaron ver las luces del pueblo; y así fue que la balsa siguió imperturbable su camino pese a nuestros desaforados intentos. Cuando parecía que el triunfo coronaba nuestros afanes, los troncos hacían pirueta y quedaban orientados nuevamente hacia el centro de la corriente. Luchamos hasta que las luces se fueron apagando río arriba y ya nos vamos a meter en el refugio del mosquitero, abandonando las guardias periódicas que damos, cuando el pollo cayó al agua. La corriente lo arrastraba un poco más que a nosotros; me desvestí. Estaba listo para tirarme, solo tenía que dar dos brazadas, aguantar, la balsa me cansaba sola. No sé bien lo que pasó; la noche, el río enigmático, el recuerdo, subconsciente o no, de un caimán. En fin, el pollo siguió su camino mientras yo, rabioso conmigo mismo, me prometía tirarme y nuevamente retrocedí hasta abandonar la empresa. Sinceramente, la noche me sobrecogió; fui cobarde frente a la naturaleza. Y luego ambos, los compañeros, fuimos enormemente hipócritas, nos condolimos de la horrible suerte del pobre pollo. Despertamos varados en la orilla, en tierra brasilera, muchas horas de la canoa de Leticia adonde fuimos trasladados gracias a la amabilidad proverbial de los pobladores del gigantesco río.
Esta pequeña nave fue obsequiada por los leprosos de San Pablo en el Perú, la llamaron Mambo Tango, porque el Che no sabía bailar, y bailó un mambo como si fuese un tango.
Foto: Archivo personal del Che.

OBRERO Y VOLUNTARIO

En México, el Che tenía un amigo peluquero, a quien le pidió que le enseñase a cortar el cabello. Es su primera esposa la que cuenta:
Cuando nos casamos vino a visitarnos varias veces su amigo peluquero, y Ernesto le pidió que le enseñase a cortar el cabello; así lo hizo, y este empezó a practicar en el hospital.
Trabaja como pintor de letreros y de cargador. Es él mismo el que lo cuenta en una carta dirigida a su mamá, en 1954:
Después mendigué una morfada en el hospital, pero no pude llenar la jornada sino hasta mitad de su contenido. Quedé sin plata para poder llegar por ferrocarril a Guatemala, de modo que me tiré al puerto Barrios y allí laburé en la descarga de toneles de alquitrán, ganando 2,63 por doce horas
(...) hay mosquitos en picada en cantidades fabulosas. Quedé con las manos a la miseria y el lomo peor, pero te confieso que bastante contento. Trabajaba de seis de la tarde a seis de la mañana y dormía en una casa abandonada a orillas del mar.
Le cuenta esta historia a Hilda Gadea, por ese entonces su amiga en Guatemala, y ella no da crédito hasta que el Che le muestra sus manos encallecidas, cual un estibador. Leamos cómo se repliega Hilda al pasado y narra en su libro:
No le creí al principio, pero me mostró los callos de las manos diciéndome que incluso no cobró, abandonó el lugar, solamente había hecho ese trabajo para saber cómo era. (Hilda Gadea, Che. Años decisivos, 63)
El Che fue quien instituyó el trabajo voluntario, que persiste hasta hoy en día. Como tal, desempeñó las más diversas labores: operador de cosechadoras de caña, machetero, tornero, minero, obrero portuario, empalmador de libros, albañil, textilero y muchas otras más.

SEVERO

El Che ha sido severo con sus subordinados, pero siempre justo. Un día castiga a un soldado a dos días de "huelga de hambre forzosa" porque se le había escapado un tiro. En realidad, si el castigo es muy duro está sujeto al análisis. Por ejemplo, el haber hecho escapar un tiro cuando estaban huyendo de un cerco, donde el silencio se impone, y se corre el peligro de la captura, se considera un delito grave por la ineficiencia.
Él era rígido en la disciplina militar, particularmente en las guardias o postas. He aquí el relato de Israel Pardo:
Cuando acampamos entre Malverde y Loma del Cojo, allí distribuí las postas, una pareja por cada dos horas, pero se me olvidó decirles quiénes eran el relevo, y, a la hora del cambio, no encuentran a los hombres y se pasaron cuatro horas de guardia. A la mañana, hicieron el comentario con Che, como una cosa extraordinaria, y él me llama y pregunta; cuando le digo que a mí me parecía que ellos debían conocer el relevo, me contestó:
—Eso es responsabilidad tuya, tú eres el jefe, tú organizaste la guardia y debías garantizarla; así pues, para la próxima noche, tiene tres horas aparte de las normales. Hice cinco horas de posta por mi responsabilidad. Yo contaba el combate de Malverde, allí mataron a Ciro Redondo, hirieron a Fajardo y a otros. (Mariano Rodríguez Herrera, Con la adarga bajo el brazo, 100).
Instituyó e inventó el trabajo voluntario donde iba semanalmente para realizar cualquier tipo de trabajo manual que fuese necesario.
Foto: Archivo personal del Che
Había en el Ministerio de Industria una joven linda, bailarina de ballet que trabajaba como secretaria. Su jefe comienza a cortejarla. Veamos lo que hace el cortejador y el castigo que recibe. Es Orlando Borrego quien cuenta la historia:
Entre esos asiduos observadores de "la sirenita" (así la apodaron) se encontraba nuestro jefe de supervisión, precisamente el funcionario más comprometido con el calificativo de ser ojos y oídos del departamento.
Si bien no faltaban los "pescadores" que estaban muy interesados en "tirarle el anzuelo" a la muchachita para ver si lo picaba, ninguno tuvo la osadía de hacerlo sin tomar todas las medidas de precaución que el caso ameritaba.
Fue precisamente el jefe de supervisión el que primero tomó la imprevista iniciativa. En la primera oportunidad que se le presentó hizo buen uso de sus "artes de pesca" insinuándosele a la jovencita con evidentes y marcadas intenciones.
Desde aquel primer intento, el arte de pesca no funcionó, y por el contrario, la bella muchacha le advirtió con la mayor finura a nuestro querido funcionario que no la molestara, ya que su único interés en nuestras oficinas era cumplir con las tareas que se le habían asignado.
Como buen supervisor, se las arregló para encontrar el número de teléfono de la chica y pronto hizo eficaz uso del gran invento de Graham Bell. Realizó una llamadita a la hora que la consideró en su hogar y volvió a lanzar el anzuelo, esta vez a través del hilo telefónico y a más larga distancia que la vez anterior.
Nuevamente ella le hizo una segunda advertencia, en esta ocasión con implicaciones más riesgosas que cuando la primera insinuación: le manifestó que si volvía por la tercera se tendría que olvidar del famoso refrán para el resto de su vida, porque sería necesario informarle de todo al Che.
Si lo de los ojos no le había preocupado mucho la vez anterior, en esta, el supervisor tampoco le prestó atención a los oídos, que le habían servido para escuchar la peligrosa advertencia.
Y efectivamente volvió por la tercera, nuevamente vía telefónica, confiado en lo infalible que le resultaría el conocido refrán. La sentencia estaba dictada.
El Che fue informado de las frustradas acciones del supervisor con su anzuelo, de las dos primeras llamaditas telefónicas y del último intento del pescador.
No habían pasado dos horas de haber recibido aquella información, cuando el Che me hizo llamar a su oficina. Tan pronto entré me informó de los detalles de todo lo sucedido con el compañero Edison y me trasmitió las siguientes instrucciones, irrevocables:
—Llama inmediatamente a Edison y le dices que averigüe cuál es la primera embarcación que zarpa para Cayo Largo del Sur. Que se embarque en ella y que permanecerá allí por espacio de seis meses, para que rectifique sus ímpetus juveniles y el mal uso que ha hecho de su cargo, y que si cumple con toda disciplina ese mandato, cuando regrese será reintegrado a su puesto de jefe de supervisión.
El cortejador cumplió su castigo en la isla seis meses, y luego volvió a ocupar su mismo puesto.

TEMERARIO Y VALIENTE

En 1950, cuando realiza un viaje en bicicleta por el norte argentino, para en la ciudad de Córdoba a visitar a la familia Granado, de la cual era muy amigo. Intenta subir a la montaña Chorrillos, pero fracasa. Entonces practica saltos ornamentales en el río, dejando a sus amigos, Granado y otros asiduos al río, en suspenso al saltar desde una altura superior a 6 metros a una profundidad que apenas alcanzaba un metro. Veamos cómo recuerda este momento el mismo Ernesto:
El amargo sabor de la derrota —se refiere a su ascenso frustrado— me duró todo el día, pero al siguiente me tiré desde unos cuatro metros, y uno o dos metros (al menos), en setenta centímetros de agua.
Y concluye feliz este pasaje, mencionando que:
Lo que me borró el sabor amargo del día anterior.
Un día después de este episodio, Ernesto monta una carpa en la orilla del río con los hermanos Granado. Atardece.
Este mismo día se desata una lluvia torrencial y dentro de algunos minutos se cargará el río, el que, por la pendiente fuerte que presenta, ofrece un gran peligro. Entonces, deciden levantar la carpa, pero se oye un primer sonido gangoso: el río comienza a bramar. De las casas vecinas sale gente para alertarles del riesgo, corriendo y gritando:
—¡Viene el arroyo! ¡Viene el arroyo!
El campamento que habían instalado en la mañana estaba todo desordenado. Los dos, Granado y Ernesto, comienzan a sacar las cosas y a alejarse de la rivera del río.
Es en este viaje en el que el Che comienza a escribir su primer diario. Aquí nos remonta a esos momentos cruciales y arriesgados por los que pasó:
Todo el campamento nuestro era una romería, los tres llevábamos y traíamos cosas. Grego Granado toma de las puntas a la cobija, se lleva todo lo que quedaba mientras Tomás y yo recobramos las estacas a toda velocidad. Ya se venía la ola sobre nosotros y la gente del costado nos gritaba: "Dejen eso, locos", y algunas palabras no muy católicas. Faltaba solo una soga, y en ese momento yo tenía el machete en la mano. No pude con el genio y en medio de la expectativa de todos lancé un "A la carga, mis valientes", y con un cinematográfico hachazo corté la piola. Sacábamos todo al costado cuando pasó la ola bramando furiosamente y mostrando su ridícula altura de un metro y medio entre una serie de ruidos atronadores. (Ernesto Guevara Lynch, Mi hijo el Che, 328)
Pero es en la Sierra Maestra, durante los combates, en que este hombre muestra una temeridad pocas veces vista. Citamos a continuación algunos de estos pasajes:
Nos concentramos en unas cañitas —dice uno de sus compañeros— alrededor de la pista, pero, poco antes de aterrizar la avioneta, un soldado que ha entrado a la caña a realizar una necesidad fisiológica choca con nuestra fuerza y empieza el tiroteo. Tenemos dos bajas de campesinos recién incorporados, Pineda y Ramón Román, y otro herido de la tropa vieja, pero tomamos aquella posición. Ahí, otra vez tuvimos una prueba de la preocupación extraordinaria del Che por sus hombres. Sucede que un compañero nuestro, al oír que el tiroteo comienza antes de aterrizar el avión, piensa que hemos caído en una emboscaba, y va y se lo comunica al Che.
¿Y saben lo que hace Che? En una acción muy suya, en vez de preparar refuerzos o escoger varios hombres para que le acompañen, se sube a un caballo, y así lo vemos venir, solo, a combatir a nuestro lado. Bueno, ya nosotros veníamos de regreso triunfantes, la alarma era falsa, pero aquello demostraba una vez más el desprecio al peligro de aquel hombre y su extraordinario cariño por los que combatían a sus órdenes.
¿Y saben cómo supo llegar hasta nosotros? Pues nos explicó que él veía dónde la avioneta estaba ametrallando, y que eso le servía de guía.
Otra historia, esta vez contada por Fidel Castro:
Y en aquel instante, Che —se refiere al combate del Uvero—, que todavía era médico, pidió tres o cuatro hombres, entre ellos un hombre con un fusil ametralladora, y en cuestión de segundos emprendió rápidamente la marcha para asumir la misión de ataque desde aquella dirección.
Y en aquella ocasión no solo fue combatiente distinguido, sino que además fue también médico distinguido, prestando asistencia a los compañeros heridos, asistiendo a la vez a los soldados enemigos heridos. Y cuando fue necesario abandonar aquella posición, una vez ocupadas todas las armas, y emprender una larga marcha, acosados por distintas fuerzas enemigas, fue necesario que alguien permaneciese junto a los heridos, y junto a los heridos permaneció el Che. Ayudado por un grupo pequeño de nuestros soldados, los atendió, les salvó la vida y se incorporó con ellos interiormente a la columna.
Esa era una de sus características esenciales del Che: la disposición inmediata, instantánea, a ofrecerse para realizar la misión más peligrosa.
Fidel además agrega:
Che era un insuperable soldado; Che era un insuperable jefe; Che era, desde el punto de vista militar, un hombre extraordinariamente capaz, extraordinariamente valeroso, extraordinariamente agresivo. Si como guerrillero tenía un talón de Aquiles, era su excesiva agresividad, era su absoluto desprecio al peligro.
Pero, además, lo demostró en su fulminante campaña en Las Villas, y lo demostró sobre todo en su audaz ataque a la ciudad de Santa Clara, penetrando con una columna de apenas 300 hombres en una ciudad defendida por tanques, artillería y varios miles de soldados de infantería.
El Che tenía, en palabras de Fidel:
Disposición inmediata, instantánea, a ofrecerse para realizar la misión más peligrosa. Cuando tenía un analfabeto, él en persona le daba las primeras clases del abecedario. En el Hombrito crea un campamento guerrillero donde instala talleres artesanales, una panadería, una fábrica de zapatos, mochilas, cartucheras, uniformes. La primera gorra militar cosida en uno de esos talleres fue obsequiada a Fidel Castro por el Che, en una manera solemne.

VERAZ

Una de las historias más extraordinarias, en la cual se observa que el Che es incapaz de inventar una "mentira decente", una "mentira blanca", o una "mentira de mentira", es cuando, al pasar por el Perú, es acogido por el Dr. Pesce con un gran cariño y se ve obligado a decir algo que a él no le habría gustado decir, una "cruel verdad": Está corriendo el mes de mayo de 1952, Ernesto y Alberto están en Lima, hasta ahora han recorrido 8.918 kilómetros en moto, barco, camión y a pie. Están buscando al Dr. Hugo Pesce, profesional al que Alberto conoció en Córdoba en un congreso de Leprología en el año 1950. El Dr. Pesce es un médico especialista en leprología, profesor de la Facultad de Medicina, y su experiencia y conocimientos sobre la enfermedad son reconocidos mundialmente.
Los dos exploradores, después de haber pasado por grandes dificultades, encuentran la casa, y quien les abre la puerta es Pesce en persona que, al verlos sucios y andrajosos, estuvo a punto de dar media vuelta y cerrar la puerta. Pero Alberto reacciona rápido, se identifica y le recuerda que estuvieron juntos en Córdoba. A partir de este momento la situación cambia totalmente. El renombrado médico les invita a pasar a su casa, les ofrece comida, los hospeda, todos los días manda a su esposa preparar algún plato especial, echa a la basura la ropa inmunda que traen y les proporciona vestimenta nueva.
Se forma una empatía mutua. El Dr. Pesce, al notar que está frente a dos hombres, no solamente con excelentes conocimientos en medicina, sino también en cultura general, les da un manuscrito de una novela escrita por él, que pretende publicar bajo el título de "Latitudes de silencio". El día de la despedida prepara un banquete y permanece afligido todo el tiempo, pues Alberto le había devuelto el manuscrito elogiando su trabajo, pero Ernesto no comentaba nada al respecto, permaneció callado durante las horas que pasaron sentados a la mesa. Finalmente, el Dr. Pesce resuelve ir directo a la cuestión y le pregunta a quemarropa:
—Ernesto, tú no has dicho nada de mi libro.
El futuro médico hunde la nariz en el plato, hace como el que no escucha, toma una copa de vino y bebe pidiendo a los anfitriones que lo acompañen. Alberto comprende la situación, y dice:
—Doctor, como ya le dije, nos gusto muchísimo, creemos que es una buena obra literaria.
Ernesto abre la boca y habla, pero no del libro, sino de cuestiones banales, intentando eludir la respuesta a la pregunta que le hizo su anfitrión; pero, el Dr. Pesce vuelve a la carga:
—Dígame Ernesto, ¿qué le pareció mi manuscrito? Ernesto levanta la cabeza, mira por algunos segundos al Dr. Pesce y continúa bebiendo el vino sin darse por aludido. Entonces, se forma un silencio y Alberto interviene de nuevo:
—Doctor, Ernesto y yo comentamos su libro, incluso sobre la descripción que hace de la localidad de Urubamba, y nos pareció que el escenario que usted narra es espectacular.
La esposa del médico, notando que Ernesto evade la cuestión, se incorpora y les dice que faltan pocos minutos para que parta el barco con destino al leprosario de San Pablo, para el cual el Dr. Pesce les envía una recomendación importante. Ernesto se levanta de inmediato y se dirige a la puerta, momento en el cual el Dr. Pesce vuelve a la carga, esta vez de forma aún más directa:
—Ernesto, no te vas a ir sin darme tu opinión sobre mi libro, no puedes irte sin decirme lo que piensas de mi obra.
Alberto, recordando el momento, diría un día:
—Cuando dijo eso el doctor Pesce sentí un escalofrío, pues sabía que la respuesta de Ernesto sería lapidaria.
Y lo fue:
—Mire doctor, su libro es pésimo, la descripción de paisajes no dice nada de nuevo, además de eso, me parece mentira que un verdadero profesor universitario marxista-leninista como usted describa únicamente la parte negativa de la psicología del indio. Es un libro que no parece escrito por un científico, y mucho menos por un comunista como usted.
Hace una pausa, se pone más enfático, levanta el dedo índice, y enumera de un tirón los defectos de la obra. Mial ve a la desventurada víctima achicarse ante él poco a poco, contentándose con menear afirmativamente la cabeza, resignado. A modo de conclusión, Ernesto le espeta:
—Es increíble que usted, un hombre de izquierda, haya escrito ese libro decadente, que no ofrece ninguna alternativa al indio y al mestizo.
El médico se pone pálido, queda mudo ante tal respuesta. Su esposa, que está a su lado, lo toma del brazo. Ernesto, a medida que habla, se pone más elocuente y sube el tono de su voz, reiterando que su libro debe enfocar la problemática social, puesto que él es un comunista. Pesce, un hombre inteligente, soporta las palabras del joven y balbucea:
—¡Es verdad! ¡Es verdad!
Se despiden rápidamente y se embarcan en la nave que los llevará al leprosario de San Pablo.
—¡Tú eres un hijo de puta! —le dice Alberto, y prosigue—, cómo has podido decirle eso a un hombre tan bueno, tan cariñoso, que nos recibió tan bien, que nos pagó los pasajes de este barco en el que estamos yendo a San Pablo, que inclusive nos ha dado dinero en efectivo, su prurito de un futuro literato lo has bañado por su boca como si fuese su culo. ¡Tú eres un mierda!
—Mial, tú viste que yo no quería hablar. ¿No te diste cuenta de que yo soslayaba y soslayaba un comentario y que él insistía e insistía? Alberto, yo no soy mentiroso, ni mentiré jamás, aunque para eso tenga que pagar con mi vida, las personas no pueden ser eludidas, la verdad tiene que ser dicha por más cruel que sea ella. Fuera de eso, la verdad hace recapacitar a las personas de sus errores si tú dices la verdad.
En efecto, el Dr. Pesce cambió su texto, siguió los consejos de Ernesto. Publicó su obra y, cuando el Che estaba en la presidencia del Banco Nacional en Cuba, recibió Latitudes de silencio autografiado y agradeciendo sus críticas. Unos años después, el Che escribe Guerra de Guerrillas y le devuelve la gentileza al Dr. Pesce, remitiéndole su obra autografiada.

UN EJEMPLO DE HOMBRE

Durante toda su vida nunca pidió nada a nadie por el que no hubiera hecho algo antes, y toda vez que es colocado a prueba en situaciones de emergencia, no deja en dar ejemplo para que su tropa o sus subalternos consigan un objetivo.
El desapego al dinero, que se manifiesta en el Che desde su juventud, lo lleva a la práctica durante toda su vida. Cuando está en el poder, no cobra ninguna clase de honorarios por sus trabajos publicados en Cuba. Los honorarios que recibía del extranjero los donaba a organizaciones cubanas o a organizaciones progresistas en el extranjero; así, por ejemplo, lo que cobró por el libro Guerrillas, editado en Italia, lo donó al Movimiento Italiano de Partidarios de La Paz.
Hasta finales del año 1962, el régimen de trabajo diario del Che terminaba normalmente a las dos o tres de la madrugada. Orlando Borrego, a este respecto, extrae un archivo de su banco de datos y lo transcribe al papel, aseverando:
Además del cúmulo de trabajo, por razones elementales de lealtad y compañerismo, algunos de nosotros permanecíamos hasta esas horas en nuestras oficinas. Llegado un momento empezamos a percibir cierto cansancio físico, aunque la mayoría éramos muy jóvenes, incluyendo al Che. A principios de 1963 me comentó que consideraba que habíamos estado sometidos a un ritmo de trabajo que ya se podía modificar, dado el nivel de organización alcanzado en el Ministerio. Entonces decidió que, como regla, nuestra jornada de trabajo terminara a la una de la madrugada. Aquello lo consideré como una feliz concesión de su parte. (Orlando Borrego, Recuerdos en ráfaga, 17)
El Che siempre impresionó a propios y extraños por su historia y carisma. Su conducta irradiaba una especie de compromiso tácito que inducía a los que lo rodeaban a ser más exigentes consigo mismo.
Un día afirmó Fidel Castro:
Diría que es de esos tipos de hombres difíciles de igualar y prácticamente imposible de superar. Pero diremos también que hombres como él son capaces, con su ejemplo, de ayudar a que surjan hombres como él.
Desde el primer momento en que el Che participa en sus combates en la Sierra Maestra demuestra su disposición de constituirse no solo en médico, sino también en soldado. Fidel Castro comenta a este respecto:
Sobrevino el primer combate victorioso y Che fue soldado ya de nuestra tropa y, a la vez, era todavía el médico; sobrevino el segundo combate victorioso y el Che ya no solo fue soldado, sino que fue el más distinguido de los soldados en ese combate, realizando por primera vez una de aquellas proezas singulares que lo caracterizaba en todas las acciones.
(...) Che reunía como revolucionario las virtudes que pueden definirse como la más cabal expresión de las virtudes de un revolucionario: hombre íntegro a carta cabal, hombre de honradez suprema, de sinceridad absoluta, hombre de vida estoica y espartana, hombre a quien prácticamente en su conducta no se le puede encontrar una sola mancha. Constituyó por sus virtudes lo que puede llamarse un verdadero modelo de revolucionario. Por eso decimos, cuando pensamos en su vida, cuando pensamos en su conducta, que constituyó el caso singular de un hombre rarísimo en cuanto que fue capaz de conjugar en su personalidad, no solo las características de hombre de acción, sino también las de hombre de pensamiento, de hombre de inmaculadas virtudes revolucionarias y de extraordinaria sensibilidad humana, unidas a un carácter de hierro, a una voluntad de acero, a una tenacidad indomable. Y no dudamos que el valor de sus ideas, tanto como hombre de acción, como hombre de pensamiento, como hombre de acrisoladas virtudes morales, como hombre de insuperable sensibilidad, humana, como hombre de conducta intachable, tienen y tendrán un valor universal.
El autor y Alberto Granado.
Diez años después, el propio Fidel, el 18 de octubre de 1967, a tiempo de rendir homenaje al Che, dijo con marcada emoción:
Si queremos expresar cómo aspiramos a que sean nuestros combatientes revolucionarios, nuestros militantes, nuestros hombres, debemos decir sin vacilación de ninguna índole: ¡Que sean como el Che! Si queremos expresar cómo queremos que sean los hombres de las futuras generaciones, debemos decir: ¡Que sean como el Che! Si queremos decir cómo deseamos que se eduquen nuestros niños, debemos decir sin vacilación: ¡Queremos que se eduquen en el espíritu del Che! Si queremos un modelo de hombre, un modelo de hombre que no pertenece a este tiempo, un modelo de hombre que pertenece al futuro, de corazón, digo que ese modelo sin una sola mancha en su conducta, sin una sola mancha en su actitud, sin una sola mancha en su actuación, ¡ese modelo es el Che! Si queremos expresar cómo deseamos que sean nuestros hijos, debemos decir con todo el corazón de vehementes revolucionarios: ¡Queremos que sean como él!
En una ocasión, cuando el Che está cerca de Santa Clara, en el mes de diciembre de 1958, manda a un soldado a ganarse un fusil. Veamos cómo cita este episodio el propio Che:
Recuerdo un episodio que era demostrativo del espíritu de nuestra fuerza en esos días finales. Yo había amonestado a un soldado por estar durmiendo en pleno combate, y me contestó que lo habían desarmado por habérsele escapado un tiro. Le respondí con mi sequedad habitual: "Gánate un fusil yendo desarmado a la primera línea... si eres capaz de hacerlo". (Ernesto Guevara Lynch, Mi hijo el Che, 71)
Días después ve al mismo soldado en una fila de heridos de su tropa y le pregunta lo que ocurrió. Veamos qué fue lo que sucedió:
En Santa Clara, alentando a los heridos en el hospital de sangre, un moribundo me tocó la mano y dijo: "¿Recuerda, Comandante? Me mandó a buscar el arma en Remedios... Y me la gané aquí". Era el combatiente del tiro escapado, quien minutos después moría, y me lució contento de haber demostrado su valor. Así es nuestro Ejército Rebelde.
Muchos biógrafos del Che citan este pasaje para criticarlo y calificarlo de torpe, bruto, sin sentimientos; culpándole de la muerte del soldado y asumiendo que sus castigos eran demasiado severos y desprovistos de todo sentimiento humanitario.
Analicemos. En primer lugar, por un relato anterior de Fidel Castro, sabemos que el Che ha ido a ganar un arma exponiendo la vida y que no fue la primera ni la única vez que lo hizo. Por ejemplo cuando, después de matar a un soldado en plena refriega, va a recuperar un arma del enemigo para dársela a Juan Bosque Almeida.
Después, durante una marcha, o cuando los guerrilleros hacen campamento, el silencio es parte de la táctica de guerra, pues no pueden ser descubiertos por el enemigo. Sabemos que el soldado hizo escapar un tiro, lo cual no debía ocurrir, y por eso sus subordinados lo desarmaron, ya que toda vez que un soldado cometía algún delito era sometido a un castigo. La tropa le quitó el arma cumpliendo esta norma.
Además, cuando el Che le manda a buscar y ganar un arma, lo hace con plena autoridad moral, pues más de una vez él ya lo había hecho.
Y, en último lugar, el autor pide la indulgencia del lector al no poder establecer cómo, cuándo, dónde y quién creó esta regla de ganar un arma del enemigo incluso desarmado. Este tipo de conducta se ha hecho norma en todas las columnas de la guerra de guerrillas de la Sierra Maestra. En el libro del Comandante Efigenio Almeijeiras, Filiberto Torres Acosta cuenta cómo el guerrillero Marcos, a quien se le encasquilló la escopeta, gana un fusil:
A Marcos se le encasquilló la escopeta automática (...) el guardia Antonio Tosca, salió corriendo y yo le caí detrás. Y él seguía corriendo, mientras yo le fritaba: "¡Párate, cabrón, que te vamos a curar y te vamos a mandar para allá abajo!" Pero nada, él seguía corriendo, y como soltó el fusil y después la canana, que era lo que me a mí me interesaba, lo dejé que se fuera huyendo como una jutía. (Efigenio Ameijeiras Delgado, Más allá de nosotros, Columna 6 "Juan Almeijeiras" II Frente Oriental "Frank País, 114)
La siguiente es otra historia similar: el combatiente Roberto Lores Taraba, de la Columna 6, especializado en minas después de volar una locomotora, gana un arma del enemigo junto con un compañero. Leamos:
Cogí un revolvito que tenía 5 tiros, y fui a ver si cogía un fusil. Luis A. Carbo, a quien se le habían acabado la balas, me cayó atrás para quitarme el revolvito (...) yo salí corriendo. Entonces vimos un guardia que estaba corriendo con un fusil al hombro. Y le caimos detrás Luis Tejada y yo. Efectivamente, cuando nos vio, se enterró en un sao de campanillas y ahí lo agarramos. (Efigenio Ameijeiras Delgado, Más allá de nosotros, Columna 6 "Juan Almeijeiras" II Frente Oriental "Frank País, 161)