Capítulo Cinco

A la mañana siguiente, Kate se puso uno de los trajes que habían llevado para ella, de tan buena calidad que era como si no llevase nada en absoluto.

Los pantalones de lana fría eran cálidos y suaves y el jersey de cuello vuelto, de cachemir. Todo era de su talla… e incluso habían enviado un perfume con un toque de canela, su favorito. ¿Cómo podían saber eso?

Todo le quedaba perfecto, desde las botas de piel marrón al sujetador. Un empleado del hotel lo había llevado todo, junto con una nota, una bandeja con café y un ordenador portátil para que le enviase fotos a Harold Hough, el editor de Global Intruder.

Duarte había cumplido su palabra.

Kate pasó una mano por las dos bolsas de Louis Vuitton llenas de trajes doblados y ordenados, con un neceser a juego. Qué mundo tan diferente, pensó, en el que alguien podía conseguir cualquier cosa con sólo chascar los dedos.

Suspirando, tomó una gabardina forrada de piel y unos guantes de ante, preguntándose dónde irían después de pasar por su casa para recoger las cámaras.

¿Y cómo podía querer pasar tiempo con un hombre que, a pesar de mostrarse tan considerado, en realidad estaba chantajeándola? En fin, habían llegado a un acuerdo, aunque hubiera sido por desesperación, y tendría que disfrutar en lo posible, se dijo.

Kate salió al pasillo y cerró la puerta. La nota de Duarte decía que fuera a su oficina, pero cuando se dio la vuelta estuvo a punto de chocar con un hombre que parecía haberse materializado de repente.

–Ah, perdón.

–Soy Javier Gómez-Cortés –se presentó él, con un acento más fuerte que el de Duarte–. Trabajo para Duarte Medina de Moncastel y he venido para acompañarla a su oficina, señorita Harper.

¿Lo que llevaba en el cinturón era una pistola?

–¿Y qué hace exactamente para Duarte?

–Soy su jefe de seguridad.

Ah, eso explicaba la pistola.

–Gracias por su ayuda. La verdad es que no conozco bien el hotel.

–Pues anoche se las arregló sin ningún problema –dijo él, mientras la llevaba al ascensor.

Kate hizo una mueca. Debía haber visto la cinta de seguridad, pensó. Y también debía saber que el compromiso era una farsa.

–Anoche fue memorable por muchas razones.

Su rostro le resultaba extrañamente familiar, pero los otros Medina de Moncastel se llamaban Carlos y Antonio, no Javier. Y, aunque debía ser de la misma edad y estatura que Duarte, Javier no parecía un familiar.

Y no pudo dejar de notar que, aunque era muy guapo, aquel hombre no la excitaba en absoluto.

–Si traiciona a Duarte lo lamentará –dijo el hombre cuando se abrieron las puertas del ascensor.

Kate iba a decirle que se dejase de melodramas, pero se dio cuenta de que hablaba en serio.

–Ya me imagino.

–Estaré vigilándola todo el tiempo, señorita Harper. Puede que Duarte confíe en usted, pero yo no.

Enfadada, Kate lo miró a los ojos.

–Ah, ya lo entiendo. Su apellido es Gómez-Cortés, de modo que debe ser pariente de Alys.

–Es mi prima, sí.

–Y está molesto conmigo porque su prima ha perdido el favor real por contar lo que no debía.

–Alys es una adulta y toma sus propias decisiones, me gusten a mí o no. Mi prima fue desleal no sólo a la familia Medina de Moncastel sino a nuestro país. Estoy enfadado con ella, no con usted. Puede citarme cuando quiera en sus artículos.

–Muchas gracias, intentaré deletrear bien su apellido –respondió ella, irónica–. Pero me gustaría aclarar una cosa: si sólo está enfadado con ella y sabe que yo estaba haciendo mi trabajo, ¿por qué se muestra tan antipático conmigo?

–Porque hay trabajos que no deberían hacerse, señorita Harper. No tienen justificación. Mi trabajo consiste en proteger a los Medina de Moncastel, el suyo parece consistir en todo lo contrario.

Aunque le molestaba su tono, Kate entendía y respetaba su deseo de proteger a esa familia.

–¿Sabe una cosa? Todo el mundo debería tener un amigo como usted.

–Los halagos no funcionan conmigo, señorita Harper. Recuerde, estaré vigilándola.

Cuando llegaron al despacho, Duarte levantó la mirada y arrugó el ceño.

–¿Ocurre algo?

–No, en absoluto –contestó Javier–. Sólo estaba presentándome a tu prometida.

–Tu amigo estaba contándome que lleva la seguridad del hotel.

Aunque le gustaría decirle que se metiera en sus cosas, la verdad era que tenía razón. Y que ella debía tener cuidado.

No podía dejarse llevar por el atractivo de Duarte, por su fabuloso estilo de vida o por el aparente buen trato. Aquél era un hombre que vivía rodeado de cámaras de seguridad y guardaespaldas armados. Tendría que estar a la defensiva si esperaba sobrevivir a aquel mes con él.

Y eso significaba que los roces serían mínimos.

Duarte subió a la limusina enfadado después de haberla visto con Javier. No porque estuviera celoso, ésa era una emoción que no conocía. Pero verlos juntos lo había hecho sentir…

No sabía qué lo había hecho sentir, pero no le gustaba nada. Después de tomar el ferry desde Martha's Vineyard, Kate había insistido en ir a buscar sus cámaras personalmente porque no quería que sus empleados tocaran sus cosas. Y Duarte, que entendía el deseo de privacidad, tuvo que acceder.

–¿Puedo preguntar qué vamos a hacer ahora o no tienes intención de contármelo?

–Tengo un jet privado esperando en el aeropuerto para llevarnos a Washington en cuanto deje de nevar. Nos alojaremos en uno de mis hoteles –Duarte sacó una tarjeta de la cartera–. Ésta es la dirección en caso de que quieras decírselo a tu hermana… o al editor de Global Intruder.

Aunque nadie podría saltarse la seguridad de ese hotel.

Había comprado la mansión del siglo XIX diez años antes y, después de varias reformas y ampliaciones, la había convertido en un hotel de lujo. Con medidas de seguridad que no tenía ningún otro hotel en el mundo.

En silencio, Kate saco el móvil del bolso y empezó a enviar un mensaje de texto, su sedoso pelo cayendo sobre uno de sus hombros. Kate trabajaba en prensa y no podía olvidar ni por un minuto que era un peligro.

–No cometas el error de pensar que Javier es como su prima. Pudiste engañar a Alys, pero Javier es diferente.

Ella lo miró, enfadada.

–Para tu información, yo no tuve que engañar a Alys. Sí, hablé con ella sobre la foto que te había hecho con la mujer del senador, pero fue ella quien me contó lo de tu hermanastra, de la que yo no sabía absolutamente nada.

–Tú te pusiste en contacto con Alys para hablar de esa fotografía. La perseguiste para que te contase todo lo que sabía.

–Cree lo que quieras. Pero la verdad es más sencilla: estaba buscando información sobre el hombre misterioso que se hacía llamar Duarte Moreno y encontré a alguien dispuesto a hablarme del asunto.

Saber que Alys había traicionado a su familia lo enfurecía, pero también reafirmaba lo que había creído desde la infancia: que no había manera de escapar al legado de los Medina de Moncastel.

–Recuerda lo fácil que es dar un paso en falso. Si revelas el secreto de nuestro compromiso no tendrás foto de la boda.

–¿Ni siquiera podría cometer un pequeño error? Todo el mundo merece una segunda oportunidad.

–No cuando nos jugamos tanto –dijo él. Un paso en falso, un error, podría costar una vida. Su madre había muerto y Carlos aún tenía cicatrices de aquel aciago día.

–¿No sientes curiosidad por saber por qué Alys vendió a tu familia?

–El porqué no importa.

–No, ahí te equivocas –dijo Kate–. El porqué puede importar y mucho.

–¿Qué ha sido de «informar de manera neutral sobre los hechos»? ¿No es eso lo que os enseñan en la universidad?

–El porqué puede ayudar a un buen periodista a conseguir más información de su fuente.

–Muy bien. ¿Por qué Alys se volvió contra nosotros?

Kate tomó una de las cámaras y, cuando Duarte no protestó, le hizo una fotografía.

–Alys quería casarse con uno de vosotros –respondió, bajando la cámara–. Pero no sería divertido llevar una tiara si no pudiera enseñársela a nadie. Quería que todo el mundo supiera quiénes eran los Medina de Moncastel y mi cámara hizo eso posible.

–No me digas que estaba enamorada de uno de nosotros. Si sintiera algo, no nos habría traicionado.

–Sí, eso es verdad –Kate se encogió de hombros–. ¿Tú estabas enamorado de Alys? ¿Es por eso por lo que pareces tan irritado?

Su irritación era por ella, no por Alys, una mujer que era historia pasada.

–¿Tú qué crees?

–Creo que debió dolerte mucho que os traicionara. Especialmente si, además de ser prima de Javier, significaba algo para ti.

–No estoy interesado en Alys –dijo Duarte–. Nunca lo estuve. Salí un par de veces con ella, pero nada más. Cualquier sueño de convertirse en princesa era eso, un sueño.

Duarte se dio cuenta de que Kate sentía curiosidad por su relación con Alys. Y no como periodista sino como mujer, estaba seguro. Y, de repente, la irritación que había sentido al verla con Javier dejó de tener importancia.

Duarte pasó un brazo por encima del respaldo del asiento.

–¿Se puede saber qué haces? –preguntó ella.

Él inclinó la cabeza para rozar el lóbulo de su oreja con los labios.

–Mostrarme atento con mi prometida… temporal.

Al principio Kate se puso rígida, pero al sentir el roce de sus labios se inclinó, casi sin darse cuenta, hacia él. Con cuidado, Duarte dejó la cámara sobre el asiento, desabrochó el cinturón de seguridad y tiró del cuello de la gabardina. El jersey de cuello vuelto le quedaba perfecto, el cachemir tan fino que casi podía imaginar la suavidad de su piel. Si movía la mano un centímetro más arriba podría explorar sus curvas…

De repente, sentía tanto calor que casi podría derretir la nieve que caía fuera del coche. Y notó que Kate se apretaba contra él, temblando, sus pezones endureciéndose ante el roce de su cuerpo.

–¿Qué estamos haciendo? –murmuró.

–Sólo quiero tranquilizarte. No tienes que preocuparte por Alys –Duarte apartó un mechón de pelo de su frente–. Tú tienes toda mi atención, no hay nadie más.

–Un momento, príncipe azul –exclamó Kate entonces–. Tienes un ego del tamaño de una catedral, ¿no?

–Querías saber si había tenido una relación con Alys y no era para un artículo. ¿Me equivoco?

–No, la que se ha equivocado he sido yo. Debería haber parado esto antes. Ni siquiera sé por qué… lo de anoche era diferente. Entonces había gente.

–¿Te gusta que te miren?

–No seas idiota.

–No, era un halago. Me gustó tanto ese beso que me encantaría repetirlo.

–¿Para qué?

Duarte se limitó a sonreír.

Y, aunque estaba apartándose, cruzando los brazos firmemente sobre el pecho en un gesto defensivo, las pupilas de Kate se dilataron.

–Hemos llegado a un acuerdo que nos beneficia a los dos. Estaremos juntos durante un mes y después nos diremos adiós. Tú mismo dijiste que acostarnos juntos no era parte del plan a menos que yo quisiera hacerlo y yo no tengo la menor intención de hacerlo. No me interesa el sexo por el sexo.

Duarte apartó las manos y volvió a colocar su gabardina.

–Entonces tendremos que asegurarnos de que no sea sólo eso.