8

La mañana del sábado, Malena terminó en la librería, forrando una canasta de florista mientras no había clientes y planeando cómo se las arreglaría el martes para trabajar, ir al acto de su hija y asistir a la consulta con la psicóloga.

—¡Malena! —exclamó Pía.

Malena alzó la cabeza al instante. Su empleada no pudo hablar más, pero ella comprendió enseguida qué había querido mostrarle: allí estaba Hernán Silva, otra vez vestido con traje y corbata, y se aproximaba al mostrador como un ganador de lotería.

—¿Qué tal la novela? —le preguntó ella con una sonrisa de bienvenida.

—Buenísima —respondió él—, así que vine a buscar más del mismo autor y la cena que me prometiste.

—Claro —aceptó Malena, por fin ilusionada con alguien. Mientras tanto, se dirigió a la estantería en busca de otro libro de Katzenbach.

—¿Esta noche? —preguntó Hernán, siguiéndola con la mirada.

Malena tomó el libro y se lo entregó para que pudiera leer la contratapa.

—Esta noche —aceptó, sonriente.

***

—¿Otro hombre? —le preguntó su madre en cuanto le dejó a Valentina—. ¿Este a qué se dedica?

—No lo sé —respondió Malena, volviendo a su auto—. Espero descubrirlo esta noche. Este es lindo y sexy —contó, sonriente.

—Se ve que te gusta mucho más que los otros —se regocijó Esther, pensando que tal vez por fin volvería a ver feliz a su hija.

—Ojalá resulte —respondió Malena, mucho más cauta, y se encerró en el coche.

Condujo hasta el restaurante en el que habían acordado encontrarse y al llegar halló a Hernán en la puerta. Punto a favor para este candidato, yo sabía que no todos podían ser tan impuntuales, pensó, contenta. Sin embargo, cuando se acercó a saludarlo, el modo en que él le acarició la cadera mientras la besaba en la mejilla le dio escalofríos. ¿Acaso piensa que solo quiero una noche de sexo?, se le ocurrió. Imposible, se dijo, si yo no doy señales de estar buscando aventuras, sino una relación en serio.

Ignoró la fuerza de esos pensamientos y se adentró en el lugar sin miedo. Eligieron una mesa, un plato y un vino.

—¿A qué te dedicás? —le preguntó ella para iniciar la conversación.

Nunca pensó que se arrepentiría.

—Trabajo en el Ministerio de Seguridad. ¡Si supieras la gente que hice entrar ahí! —contestó él.

Y así prosiguió contando, al menos durante media hora, todo lo que él hacía por la gente. Enumeró los detalles de su casa, de sus dos autos y hasta de su departamento de veraneo en Mar del Plata. Habla mucho y solo le importa el dinero; punto en contra para todo, pensó Malena con desencanto.

—Aaah… —alcanzaba a acotar.

A Hernán poco le importaba saber de ella, solo quería venderse a sí mismo. Si se piensa que me va a conquistar con aspectos materiales, está perdido, seguía quejándose Malena para sus adentros.

—¿Sos soltera? —le preguntó él en un repentino ataque de interés.

—Soy separada —respondió Malena, para no llamarse «abandonada».

—¿Separada o divorciada? —interrogó Hernán, enarcando las cejas—. Sabés que hay una diferencia legal importante entre esos dos términos, ¿no?

Malena suspiró. No necesitaba un profesor de leyes, necesitaba una cita decente, y esa al parecer tampoco lo sería. ¿Cómo se había engañado tanto? ¿Por qué se había ilusionado solo por un traje y palabras bonitas?

—En realidad, mi marido me dejó y no sé dónde encontrarlo —explicó sucintamente. Me siento mal, me siento perdiendo el tiempo, pensó con desesperación, pero supo disimularlo.

—¿Tenés hijos?

—Una hija de siete años.

—¿Y te va bien con la librería?

De pronto Malena se sintió en una entrevista de trabajo. ¿Era eso una cita o la elaboración de un currículum? Lo que más la indignó fue que, según su deducción, Hernán temía tener que hacerse cargo de una hija ajena.

—¿Y a vos te va bien en el Ministerio? —le preguntó con sed de venganza, pero él no lo entendió así. Volvió a hablar veinte minutos más acerca del Ministerio y luego siguió con el currículum.

—Es un problema que no estés divorciada —soltó de la nada—, ¿qué harías si tu marido volviera a tu casa?

Malena frunció el ceño, sorprendida por la pregunta mientras pensaba me quiero ir a mi casa.

—Le exigiría el divorcio y la manutención para mi hija —dijo.

—Entonces no te pasa un mango.

«Un mango», qué expresión maldita, y qué frase más desafortunada.

—¿Pedimos el postre? —trató de salvarse ella.

—Yo también estuve casado, pero la mandé a la mierda —siguió contando Hernán. Malena se quedó con la boca entreabierta. «Mandé a la mierda»—. No sabía hacer un carajo —«un carajo»—. Una mujer tiene que ser una buena ama de casa. Seguro vos llegás y cocinás, limpiás un poco… Esta llegaba de trabajar y no hacía nada, y encima tenía un amigo puto que… —rió—. Perdón, pero no me banco a los putos.

Eso es porque vos debés ser «puto», y encima, cobarde para admitirlo, pensó Malena al instante, pero guardó silencio. Miró la hora en su teléfono y apretó los puños. Puedo mentir…, pensó. Sí, puedo.

—Perdoname, tengo una llamada perdida que responder —dijo.

Recogió el teléfono y huyó al baño, donde pasó dos minutos mirándose en el espejo.

Tenía ganas de llorar. Hacía mucho que no lo hacía, pero la maldición que pesaba sobre ella y sus vínculos con los hombres desde que Álvaro la había dejado estaban ganando la partida, y eso la hacía sentir impotente.

Volvió a la mesa con gesto preocupado.

—Perdón, pero mi mamá me acaba de avisar que mi hija no se siente bien y tengo que volver a casa —mintió.

Hernán aceptó su excusa con desgano y pidió la cuenta. En cuanto el mozo se la entregó, Malena metió la mano en la cartera y extrajo la billetera para ofrecer pagar su parte. Esperó que Hernán le dijera que no tenía que hacerlo, pero como eso no sucedía, la abrió y extrajo algunos billetes que dejó sobre la mesa. Ni siquiera Eduardo, el odontólogo, la había dejado pagar, y eso que era un tacaño. ¿Qué pasaba con los hombres?

En el auto, se le escapó una lágrima.

—¿Qué pasó con el candidato de esta noche? —le preguntó su madre en cuanto abrió la puerta. Sonreía, como de costumbre.

—Era un misógino homofóbico —respondió ella, alterada.

—¿Un qué? —rió Esther.

—Un desastre.

Esperó el martes con ansias; jamás pensó que ir a la psicóloga podía tornarse una necesidad. Además, saber que podía encontrar allí a Sebastián hizo que eligiera su ropa pensando en él.

Acudió al acto en el que su hija actuó de florista, luego la llevó a casa, donde la esperaba la señora que la cuidaba mientras ella trabajaba, y regresó a la librería para ayudar a sus vendedoras. A las tres y media, recogió su bolso y partió al consultorio.

Al encaminarse a la sala de espera, su estómago se estrujó pensado que tal vez el chico perfecto de su adolescencia estaría ahí, tratando de resolver las imperfecciones de la vida adulta. Cuando lo divisó en el mismo asiento donde lo había encontrado el martes anterior, su corazón comenzó a latir desbocado. Sonrió sin querer, casi tan nerviosa como la primera vez que habían hecho el amor, y en lugar de esconderse, se sentó frente a él.

En esta oportunidad, Sebastián no estaba con el teléfono, sino con una revista. Siempre metido en sí mismo, ignorando el mundo que lo rodea. ¿Por qué, si él jamás fue así?, pensó Malena.

Lo observó con nostalgia. Era tan hermoso, tan especial…

—Sebastián —murmuró sin darse cuenta.

Sebastián, que hasta ese momento leía información sobre la bolsa de comercio, alzó la mirada y se congeló por un momento. Malena Duarte acababa de poner su corazón en estado de shock.

—Hola —dijo, y sonrió. Sus ojos se encendieron sin que pudiera evitarlo.

—Hola —respondió ella, sonrojada por la mirada azul—. Soy…

—Malena —completó él.

¿Cómo no recordarla? Todavía le parecía verla aterrada delante de un pizarrón, o en una cama, bañada de placer.

—Sí —afirmó ella, sorprendida. No esperaba que él la reconociera—. ¿Cómo estás?

—Muy bien —mintió Sebastián—. ¿Cómo estás vos? Se te ve excelente.

—¡Gracias! —exclamó Malena, inevitablemente avergonzada. No podía creer que Sebastián le devolviera las sensaciones de su adolescencia solo con una mirada—. Jamás pensé que volvería a verte.

Tampoco yo, pensó Sebastián, pero se había puesto tan nervioso que no lo pudo decir. Tan solo sonrió.

—Sebastián —se oyó.

Él se puso de pie y se aproximó a ella, todavía incapaz de creer que acababa de reencontrarse con lo mejor de su adolescencia. Había pensado en Malena Duarte todos esos años, y a la vez jamás hubiera apostado a que alguna vez dejaría de ser un recuerdo.

—Fue bueno volver a verte —le dijo.

—Lo mismo digo —respondió Malena, y lo vio alejarse rumbo al consultorio.

En cuanto la puerta se cerró, dejó escapar el aire que había contenido durante la conversación. ¡Por Dios!, ¡se había atrevido a hablarle! ¡Y él la recordaba!

Se puso más roja que antes.

—Hoy voy a empezar hablando de Malena —comenzó Sebastián después de sentarse en el diván.

—¿Malena? —repitió el licenciado González, removiendo sus apuntes.

—No busques, nunca te hablé de ella —lo interrumpió Sebastián. González lo miró—. Es una chica que conocí a los diecisiete años y que está sentada ahí afuera. Es la única chica que alguna vez amé.

—No hay hombres —se quejó Malena en cuanto ocupó su lugar en el diván de la licenciada Ferrando.

—¿Cómo que no hay hombres? —preguntó la mujer con una sonrisa.

—Lo que acabo de decir, no hay hombres —repitió Malena con seguridad arrolladora—. El sábado salí con un cliente de la librería. Las dos veces que lo vi me pareció ubicado, atractivo, atento… Pero nada que ver. No entiendo cómo el hecho de haber pasado siete años casada con Álvaro atrofió tanto mi capacidad de deducción acerca de los hombres. O capaz los que se atrofiaron fueron ellos, no lo sé.

—¿Con cuántos hombres saliste después de Álvaro?

—Con cuatro, contando el del sábado.

—¿Con alguno pasaste la primera cita?

—Solo con el segundo, pero no dio resultado. El primer día, estuvo todo bien, pero en la segunda cita me confesó que era casado. Puso como excusa que no podía dejar a la mujer porque tenía problemas psiquiátricos; me dijo que lo presionaba con que, si la dejaba, se iba a suicidar, y no sé cuántas cosas más. Hui despavorida, yo no quiero líos ni quiero ser la segunda, no podría hacerle eso a otra mujer. Por eso digo que no hay hombres: el que no es casado, es un vago; el que no es vago, es machista; el que no es machista, es un pollerudo, y la lista sigue.

Pasó la hora criticando a los hombres en lugar de hablar de sí misma, pero le sirvió para liberarse de la carga que la acompañaba desde el sábado. Ni siquiera habló de Sebastián, porque después de recordar lo malos que eran todos los hombres, pensó que ilusionarse por haber cruzado unas palabras con él habría sido un acto adolescente.

Salió del consultorio hurgando en la cartera en busca de su celular, que había vibrado durante la consulta. Solo alzó la mirada cuando se encontró con un par de zapatos negros que esperaban contra una pared. Sebastián estaba apoyado en el muro, cruzado de brazos, y lucía tan bien que la hizo temblar.

—Seguís acá —soltó Malena, presa de los ojos azules que más había extrañado en la vida, esos que al mirarla desnudaban su alma.

—Te estaba esperando —contestó él, tan natural como solía ser a los dieciocho años.

—¿A mí? —masculló ella, llevando una mano a su corazón acelerado.

—Pensé que, si tenés tiempo, podíamos tomar un café.

Miles de obligaciones surcaron la mente de Malena: la librería, sus empleadas, su hija. Pero no podía resistir la tentación de esos ojos, ni de esa voz que la invitaba a soñar de nuevo.

—Sí, claro —respondió.

—Después de vos —le indicó Sebastián señalando el camino. Malena avanzó delante de él.

Salió del consultorio sin poder creer lo que ocurría. Ambos transitaron el pasillo y se detuvieron delante del ascensor que él se ocupó de llamar. De pie allí, viendo su imagen y la de Sebastián reflejadas en la puerta plateada, Malena fue consciente de quién se hallaba a su lado, y le pareció que una energía especial invadía el aire como una fuerza imparable, casi mágica.

Entraron al ascensor, y mientras él presionaba el botón que los llevaría a la planta baja, a Malena se le profundizó la respiración. El silencio se abatió sobre los dos como un color escarlata ocupó las mejillas acaloradas de ella. Malena giró la cabeza, creyendo que tal vez todo era un sueño, y descubrió que Sebastián ya la estaba mirando. Él le sonrió, y el gesto le demostró que el paso del tiempo había intensificado sus mejores rasgos. Tragó con fuerza y volvió la cabeza hacia adelante justo para cuando llegaban a la planta baja. Sebastián se adelantó y le abrió la puerta del edificio para que saliera. Ella le agradeció con una sonrisa.

Caminaron hasta la cafetería que estaba a dos cuadras, sintiendo que eran dos chicos que habían salido de una discoteca y se dirigían a un hotel en Bariloche. La única diferencia era que habían pasado dieciocho años. Se sonrieron mutuamente fingiendo que solo estaban siendo amables, pero sus ojos decían lo que sus bocas intentaban callar.

Sebastián volvió a abrir la puerta para dejarla pasar. Malena se internó en el local y eligió una mesa, donde se sentaron sin demora.

—¿Todavía te gusta el chocolate? —le preguntó él, llamando a la camarera. Sus ojos cobraban una impactante tonalidad de azul cuando el sol daba sobre ellos, y el aura poderosa que lo rodeaba atrapaba a Malena dentro de esos ojos.

—Solo el que preparan en las clínicas privadas, pero este reencuentro amerita uno, aunque sea de bar —le respondió ella, recordando el pasado.

Sebastián entendió su comentario, y a ella le pareció todavía más atractivo cuando sonrió en respuesta. Alzó la mirada y se dirigió a la camarera para encargarle un licuado de durazno con agua y un submarino. En cuanto la muchacha se alejó, sus ojos volvieron a Malena, todavía desacostumbrados a tenerla tan cerca. Quería saber todo de ella y a la vez tenía miedo de lo que pudiera oír. Dieciocho años no pasaban en vano para nadie, y aunque se la veía igual de atractiva e inteligente que antes, sin duda no había desperdiciado esos años. Seguía estando en forma, pero su cuerpo no era el mismo. Todavía tenía el cabello castaño, pero se peinaba de manera distinta, y sus ojos por siempre serían marrones, solo que su mirada se notaba más experta. Había perdido la ingenuidad, y lo mismo le había ocurrido a él.

—¿Hace mucho que vas al psicólogo? —le preguntó.

—Esta fue mi segunda sesión —explicó Malena—. ¿Y vos?

—Voy hace más o menos un año.

—Te vi el martes pasado, pero no estaba segura de que fueras vos, y no me atreví a saludar.

—¿Me viste? —interrogó Sebastián, sorprendido—. ¿Y cómo yo no?

—Estabas ocupado con el celular.

En ese momento los interrumpió la camarera para dejarles las bebidas. Sebastián agradeció y la joven se retiró enseguida.

—Perdón —siguió diciendo a Malena. Ella sonrió.

—Está bien, la tecnología nos absorbe a todos —lo justificó.

Después de esas palabras, se produjo un instante de silencio en el que se estudiaron uno al otro, prisioneros de lo que latía en sus cuerpos cada vez que se miraban.

Malena habló primero.

—¿Rendiste Historia y Sociología? —preguntó para evitar la sensación de nerviosismo.

La hechizaba la intensidad con que se contemplaban, como si el tiempo no hubiera pasado, como si la vida los devolviera al punto exacto en el que se habían desencontrado, porque sus sentimientos estaban intactos.

Sebastián sonrió mirando hacia abajo. En esa posición, su rostro cobró un nuevo matiz de sensualidad que Malena disfrutó tanto como su sola presencia.

—Aprobé Historia en diciembre porque en realidad sabía mucho de la materia. En febrero hubo suplente en la mesa de Sociología, así que me salvé porque el profesor no me conocía —explicó él rápidamente.

—Dejame adivinar: estudiaste algo relacionado con la historia. Profesor o historiador —arriesgó ella, tratando de dominar sus emociones.

Sebastián volvió a mirarla, y el cuerpo de Malena se tensó.

—No, me habrían echado de la universidad. Necesitaba algo menos ideológico, algo más… racional e indiscutible —contestó. Malena rio.

—En eso tenés razón —asintió.

Mientras tanto, él hurgó en un bolsillo y le extendió una tarjeta personal.

—Vendo autos —explicó con simplicidad. Malena frunció el ceño mientras aceptaba el pequeño papel con el logo de Peugeot, su nombre, un teléfono y una dirección—. ¿Qué auto tenés?

Todavía sin comprender qué se había hecho del Sebastián que conocía, Malena se humedeció los labios y lo miró.

—Tengo un Focus —respondió.

—Es un buen auto, pero te recomiendo un Peugeot. Una vez que te subís a un Peugeot, no querés subirte a otra marca nunca.

Malena se forzó a sonreír para no ser descortés, pero nada de todo aquello la convenció. Sebastián vendiendo autos, Sebastián hablando de autos sin pasión… Abrió su cartera, extrajo una tarjeta también y se la dio.

—En caso de que quieras comprar un libro —sugirió.

Cuando él tomó la tarjeta, sus dedos se rozaron, y a Malena se le aceleró el corazón. Tal como le había sucedido una noche en un taxi, sintió que sus pechos se tensaban y que cientos de mariposas aleteaban en su vientre.

La bella sonrisa de Sebastián reapareció. Su rostro se iluminó mientras leía «Librería Rayuela – Lomas de Zamora», un teléfono y una dirección.

—Así que terminaste entre libros —se regocijó. La diferencia entre los momentos en los que se sentía de verdad complacido y los otros era increíblemente notoria—. Comelibros —le recordó.

Malena lo miró con ternura, sin poder esconder el placer que le producía su voz.

—En realidad estudié Francés, pero como no conseguí un buen trabajo de mi pasión número uno, terminé en la número dos —bromeó.

—Amo el francés —confesó él con entusiasmo—. Me gustaría que me hables en francés alguna vez.

Oui, je le ferai —contestó Malena—. Dije que lo haré —aclaró.

—Lo sé —replicó él—. Je sais.

—¡¿Estudiaste francés?! —exclamó ella, sorprendida.

Nein.

—¿Qué?

—Es alemán. «No».

Ahí estaba, ese sí era el verdadero Sebastián. Sus ojos brillaban y en el aire se esparcía la fuerza que le salía del alma. No indagó acerca de cómo sabía tantos idiomas, pero mentía si decía que no ansiaba descubrirlo.

—¿Y qué hiciste todo este tiempo? —preguntó.

Sebastián se cruzó de brazos y volvió a bajar la cabeza. Sus ojos perdieron expresión.

—Vendo autos, nada más —replicó y la miró—. Contame de vos. ¿Estás en pareja?

Malena suspiró. Le costaba explicar lo que había pasado, en especial a él.

—Me casé y tuve una hija —respondió.

Enseguida se dio cuenta de que su inconsciente la había traicionado: por su frase, Sebastián podría deducir que todavía tenía marido. Lo supo porque la mirada de él otra vez cambió.

—Me alegro mucho —soltó sin pasión. Malena sonrió con resignación.

—Hace dos años, él me dejó.

Sebastián permaneció un momento quieto, como si el tiempo se hubiera detenido en aquellas palabras. ¿Dejarla?, pensó. Se preguntó cómo alguien podía dejar a Malena y concluyó en que sin duda era un tonto al que le hubiera gustado matar. No lo pensaba solo por ese hombre que desconocía, sino también por sí mismo. Después de todo, él también la había dejado por perseguir otras elecciones que en ese momento jamás pensó que podría compartir con ella.

—Es un estúpido —se le escapó.

—Es un hijo de puta —se le escapó a Malena—. Desapareció y se desentendió de todo sin dar más explicaciones que un «quizás nunca te quise».

Sebastián se quedó quieto y callado de nuevo, con el ceño fruncido, como cuando era adolescente y algo lo preocupaba. Se sintió culpable del dolor que Malena reflejaba en su voz: si él la hubiera elegido a ella en lugar de a sus proyectos, quizás le habría evitado ese dolor, aunque sin duda le hubiera dado otros.

Bajó la mirada y la devolvió a ella cuando consiguió controlar sus impulsos.

—¿Todavía lo querés? —se atrevió a preguntar, a pesar de sonar entrometido.

Tenía miedo. ¿Y qué si ella respondía que sí? Hasta hacía poco más de una hora, ni siquiera pensaba que alguna vez podía volver a verla. ¿Por qué ahora le preocupaba que aún amara a su marido?

—¡Lo quiero matar! —replicó Malena sin dudarlo—. Solo deseo que aparezca para que me dé el divorcio y cumpla con nuestra hija. No entiendo cómo hay hombres que pueden ir tranquilos por la vida sabiendo que abandonaron a una criatura.

—Yo tampoco —coincidió él.

—¿Y qué hay de vos? —le preguntó ella, aunque con temor. No quería saber que Sebastián amaba a alguien y que alguien lo amaba a él, porque sin duda era así. A los hombres perfectos siempre les sobraba amor—. ¿Estás casado, tenés hijos?

Sebastián esbozó una sonrisa reflexiva.

—Ya sabés que no —contestó.

—¿Cómo voy a saber que no? —preguntó ella, riendo sin entender la respuesta.

—Porque cuando te dije que no podía tener novia, hablaba en serio, no era un truco para deshacerme de vos.

Malena pestañeó. No quería ponerse colorada al pensar que habían tenido una especie de relación y que sin duda Sebastián recordaba muy bien que había sido el primero en hacerle el amor. Hasta el momento había ignorado esa posibilidad, aunque siempre supo que ese recuerdo jamás iba a morir.

Tragó con fuerza y sonrió con pudor. En ese momento, su teléfono celular sonó. Se disculpó y atendió. Virginia la llenó de problemas que acababan de surgir en la librería, y supo que el instante de ensueños había llegado a su fin. Después de cortar, volvió a mirar a Sebastián y suspiró.

—Me tengo que ir —anunció con pena. Él sonrió.

—¿Te llevo en mi auto o viniste en el tuyo? —le preguntó.

Malena le devolvió la sonrisa; lamentaba tener que separarse de él.

—Vine en el mío —contestó.

Sebastián asintió, dejó algunos billetes sobre la mesa y luego salieron de la cafetería. Él la acompañó a su vehículo, y mientras caminaban, siguieron hablando de sus recuerdos en común.

—¿Te ves con alguien de la secundaria? —le preguntó Malena.

—Con Daniel, ¿y vos?

—Me vi unos años con Adriana, pero después la vida nos separó —contó ella—. La verdad, ya no teníamos nada en común. Ella estudiaba Abogacía, comenzó a salir con un ayudante y pasaba el día hablándome de su novio, así que me aburrió —Sebastián rio—. ¿Qué es de la vida de Daniel?

—Es profesor de Matemáticas y se casó.

—¡Qué lindo! —exclamó Malena con entusiasmo—. ¿Con quién?

—Con una profesora de Educación Física que conocimos en un bar.

Malena se detuvo junto a su auto y se mordió el labio, reflexiva.

—Qué rápido se va la vida —comentó.

Sebastián le dedicó una mirada tranquila.

—Es por eso que no tenemos que desperdiciarla —concluyó—. Te llamo en la semana, tal vez te gustaría ir a cenar el sábado y que terminemos nuestra conversación.

El corazón de Malena retumbó. Hacía años que no sentía tanta excitación, ni el deseo loco de elevarse con alguien hasta perder la razón.

—Claro —asintió, tratando de disimular el entusiasmo que latía en su interior.

En ese momento, Sebastián se inclinó hacia ella y cada músculo del cuerpo de Malena se tensó. Una noche, hacía dieciocho años, ese mismo movimiento había presagiado sus últimas horas de niña. Sin embargo, en esa oportunidad solo anunció el breve roce de mejillas con el que se despiden dos amigos. Duró un instante, pero la sensación fue tan intensa que igual se congeló.

Se metió en el auto, preguntándose todavía si lo que estaba viviendo pasaba de verdad o si solo era producto de su imaginación. Arrancó e hizo sonar la bocina al abandonar el lugar. Sebastián la saludó con la mano en alto, y ella lo miró por el espejo retrovisor hasta que dobló la esquina.

Condujo a la librería en una especie de trance. Sonreía de a ratos, incapaz de creer que la vida le daba la oportunidad de volver a sentirse viva. Porque eso era Sebastián para ella, un oasis donde recargarse de fuerzas y sentirse plena.

Supo con certeza que la llamaría para salir el sábado, porque él siempre cumplía sus promesas, por eso hizo arreglos para que su hermana cuidara de Valentina. No quería dejarla con su madre porque pensaría que el nuevo candidato llegaba para quedarse, como había supuesto acerca de los anteriores, y Malena sabía que no sería así. Sebastián no estaba destinado a permanecer a su lado, por eso lo disfrutaría hasta la siguiente despedida. ¿Para qué ilusionar a su madre, o permitir que le transmitiera falsas esperanzas? No podía quedarse con Sebastián. Él estaba destinado a volar, y ella, a disfrutar de su compañía mientras durase. Saberlo desde el primer día siempre la había ayudado a dejarlo partir.