Recuerdo una noche en la estación ferroviaria de Mérida. Mi compañera dormía dentro del saco y yo velaba con un cuchillo en el bolsillo de la chaqueta, sin ganas de leer. Bueno… Aparecieron frases, quiero decir, en ningún momento cerré los ojos ni me puse a pensar, sino que las frases literalmente aparecieron, como anuncios luminosos en medio de la sala de espera vacía. En el otro lado dormía un vagabundo y junto a mí dormía mi compañera y yo era el único despierto en toda la silenciosa y asquerosa estación. Mi compañera respiraba tranquila bajo el saco de dormir rojo y eso me hacía feliz. El vagabundo a veces roncaba, hacía días que no se afeitaba y usaba su chaqueta de almohada. Con la mano izquierda se cubría el pecho. Las frases aparecieron como noticias en un marcador electrónico. Letras blancas, no muy brillantes, en el medio de la sala de espera. Los zapatos del vagabundo estaban puestos a la altura de su cabeza. Uno de los calcetines tenía la punta completamente agujereada. A veces mi compañera se removía. La puerta que daba a la calle era amarilla y la pintura presentaba, en algunos lugares, un aspecto desolador. Quiero decir, muy tenue y al mismo tiempo completamente desolado. Pensé que el vagabundo podía ser un tipo violento. Frases. Cogí el cuchillo sin llegar a sacarlo del bolsillo y esperé la próxima frase. A lo lejos escuché el silbato de un tren y el sonido del reloj de la estación. Estoy salvado, pensé. Íbamos camino a Portugal y eso sucedió hace tiempo. Mi compañera respiró. El vagabundo me ofreció un poco de coñac de una botella que sacó de entre sus pertenencias. Hablamos unos minutos y luego callamos mientras llegaba el amanecer.