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EL TERCER HOMBRE

 

 

Hoover empezó a darle la lata a White exigiendo que le mantuviera al corriente. En una ocasión que White estaba en el campo y no respondió de inmediato, Hoover lo reprendió con estas palabras: «No comprendo por qué, al final de la jornada, no podía haberme telegrafiado usted para notificarme las novedades».[299] La dedicación de Hoover al caso había tenido sus altibajos a lo largo de los años, pero ahora estaba tan nervioso por el aluvión de críticas que recibía en Oklahoma, que antes de la llegada de White él mismo había comenzado a investigar por su cuenta. Aunque no era de los que se aventuran en un terreno enfangado (tenía fobia a los gérmenes y había hecho instalar en su casa un sistema especial de filtrado para purificar el aire), se pasaba horas en el despacho analizando los informes de los agentes, los ojos y oídos que le mantenían en contacto con el mundo amenazador.

Mientras examinaba los informes sobre los asesinatos de los osage, Hoover consideró una «observación interesante» el hecho de que Anna Brown y Roan hubieran sido asesinados de un disparo en la nuca, y «después de analizar concienzudamente todos los ángulos», llegó a la conclusión de que una mujer blanca, Necia Kenny, casada con un osage, podía ser la clave del caso.[300] Kenny les había dicho a unos agentes que A. W. Comstock, el abogado que hiciera de tutor a varios osage, probablemente formaba parte de la conspiración. Hoover no olvidaba que Comstock había criticado al Bureau y le había amenazado con indisponer al senador Curtis contra él, lo que, a ojos de Hoover, convertía a Comstock en una rata. «Estoy convencido de que la señora Kenny va por buen camino», había dicho Hoover a uno de sus agentes.

 

Cortesía de Hommer Fincannon

A. W. Comstock con un osage

 

Kenny tenía un historial de desequilibrios mentales —aseguraba estar poseída por hechizos— y en una ocasión había intentado asesinar a un abogado local. Con todo, el propio Hoover pudo entrevistarla en Washington, no una sino dos veces, y dispuso que la evaluara un experto del gobierno en «enfermedades mentales». El médico concluyó que la mujer sufría paranoia, pero añadió, según Hoover, que «percibe cosas que escaparían a la observación del individuo medio». En consecuencia, dijo Hoover, Kenny «es de gran valor para nosotros, más como persona que puede proporcionar pistas que como testigo».

White no había podido confirmar las acusaciones de Kenny, pero tampoco sabía a qué atenerse con Comstock. Siempre armado con su revólver Bulldog británico, Comstock era uno de los pocos próceres del condado de Osage que parecían dispuestos a ayudar en la investigación. Había dicho que podía conseguir pruebas cruciales, pero que para ello necesitaba acceder a la documentación del Bureau. White se negó a compartir un solo archivo confidencial. Pese a ello, Comstock iba a ver a White de vez en cuando; le pasaba algún que otro dato interesante y preguntaba por los avances en la investigación. Luego se perdía en las calles con su reluciente Bulldog británico.

 

 

A finales de julio de 1925 White había concentrado toda su atención en el último de la lista de sospechosos de la muerte de Anna: Bryan Burkhart, el cuñado de Mollie. White supo que en 1921, durante la investigación, Bryan había declarado que la noche de la desaparición de Anna, él la había llevado a casa directamente desde la de Ernest y Mollie y que llegaron entre las 4.30 y las 5 de la tarde; luego él fue a Fairfax, donde se le vio en compañía de Hale, Ernest y sus tíos, que estaban de paso y le acompañaron a ver el musical Bringing Up Father. Era imposible que hubiera tenido tiempo de ir al arroyo, matar a Anna y volver a Fairfax antes de que empezara la función. Su coartada parecía perfecta.

Para corroborarla, el agente Burger y un compañero habían viajado previamente a Campbell, una población en el norte de Texas, donde vivían los tíos de Ernest y Bryan. Los agentes vieron los antiguos senderos por donde en otro tiempo habían transitado los cowboys, senderos que habían abandonado al suplantarlos por los vagones de ganado que arrastraban las ruidosas locomotoras. Descubrieron que Hale se había criado en un bosquecillo a pocos kilómetros de Campbell. Su madre había muerto cuando él tenía tres años. (También el Rey de las Colinas Osage soportaba la carga de un pasado.)

Una vez llegados a Campbell, los agentes se detuvieron frente a la austera casa de los tíos de Bryan. El tío no estaba, pero la tía los invitó a entrar y empezó a despotricar con malevolencia sobre el hecho de que Ernest se hubiera casado con una de aquellas pieles rojas millonarias. Burger le preguntó por la noche en que desapareció Anna. Ah, bueno, ella se había enterado de los rumores de que Bryan había matado a la india borracha, dijo. Pero eran todo mentiras. Después de dejar a Anna, Bryan se había reunido en Fairfax con los demás.

De repente apareció el tío en la puerta, y no pareció gustarle mucho encontrar en su casa a un par de federales. Se mostró reacio a hablar, pero confirmó que Bryan se había reunido con ellos después de dejar a Anna en su casa. Les dijo también que después de la función, él y su mujer habían pasado el resto de la tarde en la misma casa con Bryan, y que este no se movió de allí; era imposible que la hubiera matado él. Después, el tío expresó claramente su deseo de que los agentes se largaran de allí.

 

 

En agosto de 1925 White envió a sus agentes encubiertos a Ralston para que se infiltraran en la ciudad. Quería que su equipo investigara una pista que nadie había seguido adecuadamente: en la documentación del caso constaba que la noche en que Anna Brown desapareció, la vieron en un coche unos hombres blancos que estaban sentados delante de un hotel en la calle mayor de Ralston. Algunos investigadores anteriores (tanto agentes de la ley locales como detectives privados) habían hablado con estos valiosos testigos y luego, aparentemente, habían echado tierra sobre el asunto. Desde entonces, al menos uno de dichos testigos había desaparecido, y White estaba seguro de que —según había expresado un agente en uno de sus informes— «los sospechosos les estaban pagando para que se marcharan y no volvieran más».[301]

White y sus hombres trataron de localizar a algunos de esos testigos, entre ellos un campesino ya mayor al que un agente había interrogado previamente. Al parecer durante esa primera entrevista, el campesino había dado síntomas de demencia: se había quedado mirando al agente de hito en hito. Sin embargo, pasado un rato, se reanimó. Dijo que tenía buena memoria, y que solo quería asegurarse de que los investigadores fueran quienes decían ser. Si uno hablaba de esos asesinatos con quien no debía, podía muy bien acabar criando malvas…

White y sus hombres hablaron con el campesino. Según la declaración que firmó después, el campesino recordaba bien aquella tarde, pues había hablado de ello a menudo con amigos suyos que se reunían con frecuencia en el hotel. «Los viejos tenemos mucho tiempo en la ciudad y es ahí adonde vamos a sentarnos», dijo.[302] Recordaba el momento en que el coche se detuvo junto al bordillo y que vio a Anna dentro; sí, allí estaba. Ella dijo hola, y alguien del grupo contestó: «Hola, Annie».

La mujer del campesino, que aquella noche se encontraba con él en Ralston, también aseguró que la mujer que estaba en el coche era Anna, aunque no se dijeron nada. «Aquello estaba lleno de indios —declaró—. Yo a veces hablaba con uno y a veces no. Y a veces cuando le hablaba a uno, no me contestaba.» Le preguntaron si Anna estaba repantigada en el coche por haber bebido mucho, y respondió: «No, estaba sentada como se sientan todos, más o menos así». Y se puso derecha y se quedó inmóvil, como una estatua, era su versión del indio estoico.

En un momento dado le preguntaron si había alguien en el coche, con Anna.

—Sí, señor —dijo la mujer del campesino.

—¿Quién?

—Bryan Burkhart.[303]

Bryan, explicó, era el que conducía, y llevaba sombrero de cowboy. Otro testigo también dijo haber visto a Bryan con Anna dentro del coche. «Se fueron hacia el oeste desde allí, cruzando la ciudad, pero no sé qué hicieron después», dijo.[304]

Era la primera grieta en la coartada de Bryan. Pudo haber llevado a Anna a su casa, sí, pero al final había vuelto a salir con ella. Como un agente escribió en su informe, Bryan «cometió perjurio al jurar durante la investigación inicial […] que había dejado a Anna en su casa de Fairfax entre las 4.30 y las 5 de la tarde».[305]

 

 

White tenía que saber adónde habían ido los dos al salir de Ralston. Encajando como en un rompecabezas datos proporcionados por los antiguos informadores del agente Burger y testigos localizados por el equipo encubierto, White pudo establecer una cronología. Bryan y Anna habían parado en un bar clandestino cercano y habían salido de él a eso de las diez. Luego habían ido a otro tugurio, al norte de Fairfax, y alguien los vio en compañía del tío de Bryan. Por lo tanto, el tío quizá le había mentido al agente Burger, no solo para encubrir a su sobrino sino también a sí mismo. El dueño del local les dijo a los agentes que Bryan y Anna habían estado tomando copas hasta más o menos la una de la madrugada.

 

Cortesía de los Archivos Nacionales en Kansas City

Bryan Burkhart

 

Lo que no estaba nada claro era adónde habían ido después Bryan y Anna. Un testigo dijo que habían parado, ellos dos solos, en otro bar clandestino más cerca de Fairfax. Otros afirmaron haberlos visto salir del bar en compañía de un «tercer hombre» que no era el tío de Bryan. «Había un tercer hombre con Anna Brown y Bryan Burkhart», escribió el agente Burger.[306] La última vez que alguien vio juntos a Anna y Bryan —que los investigadores supieran— era aproximadamente a las tres de la madrugada. Una testigo que los conocía a ambos declaró haber oído que un coche paraba cerca de su casa, en Fairfax. Y un hombre que ella estaba casi segura que era Bryan gritó: «Basta de tonterías, Annie. Sube al coche de una vez».[307]

Después de eso, el rastro de Anna se perdía: la habían borrado del mapa. Sin embargo, el vecino de Bryan lo vio llegar a casa al despuntar el día. Bryan le dijo después al vecino que no le contara nada a nadie y le dio dinero para comprar su silencio.

White había identificado al principal sospechoso. Pero, como ocurre con tantos misterios, cada respuesta a una pregunta planteaba nuevas preguntas. Si Bryan había matado a Anna Brown, ¿cuál era el móvil? ¿Había tenido que ver también con los otros asesinatos? Y ¿quién era ese tercer hombre?