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EL HIJO DEL VERDURGO

 

 

La primera vez que Tom White vio a un criminal ahorcado fue siendo apenas un niño; su padre era el verdugo. En 1888 Robert Emmett White, el padre de Tom, fue elegido sheriff del condado de Travis, en Texas, donde se encontraba Austin, a la sazón una ciudad de algo menos de 15.000 habitantes. Emmett, como le gustaba que le llamaran, era un gigante con un bigote poblado, además de pobre, serio, trabajador y devoto. En 1870, a la edad de dieciocho años, se trasladó desde Tennessee a la todavía salvaje frontera del Texas central. Cuatro años más tarde se casaba con Maggie, la madre de Tom. Vivían en una cabaña de troncos cerca de Austin, en la desolada y ondulada campiña, tenían algunas reses y arañaban la tierra para sacarle lo poco que esta podía ofrecer. Tom, que nació en 1881, era el tercero de sus cinco hijos, entre los que se contaban Doc, el benjamín, y Dudley, el agresivo hermano mayor a quien Tom se sentía muy unido. La escuela más cercana —que solo tenía un aula y un maestro para los ocho cursos de primaria— estaba a más de cuatro kilómetros de distancia, y Tom y sus hermanos tenían que ir hasta allí andando.

 

Cortesía de James M. White

Tom (de pie a la izquierda) en compañía de sus hermanos. Doc (montado en el asno) y Dudley (derecha)

 

Cuando Tom tenía seis años su madre murió, aparentemente de ciertas complicaciones posteriores al parto. Su cuerpo fue enterrado en una parcela donde Tom pudo ver cómo iba creciendo la hierba. Emmett tuvo que criar solo a Tom y sus hermanos, ninguno de los cuales había cumplido los diez años. Un libro del siglo XIX que hablaba sobre texanos distinguidos decía esto de Emmett: «El señor White pertenece a esa clase de granjeros robustos y responsables de los que el condado de Travis puede alardear […]. Es bien conocido en todo el condado, y la gente tiene plena confianza en su vitalidad y su carácter íntegro».[323] En 1888 una delegación de ciudadanos rogó a Emmett que se presentara a sheriff del condado, cosa que hizo. Ganó de calle. El padre de Tom se convirtió en la ley.

En su condición de sheriff, Emmett tenía el mando de la cárcel del condado en Austin, de modo que se mudó con sus hijos a una casa contigua al edificio. La cárcel parecía una fortaleza, con sus ventanas con barrotes, sus frescos pasadizos de piedra y sus celdas escalonadas. Durante el primer año de Emmett al mando, la cárcel albergó a casi trescientos presos, entre ellos cuatro asesinos, ochenta y nueve ladrones, dos pirómanos, dos falsificadores, cinco violadores y veinticuatro reclusos clasificados como dementes. Tom recordaba años después: «Yo me crie prácticamente dentro de la cárcel. Si miraba hacia abajo desde la ventana de mi cuarto, veía el corredor de la cárcel y las puertas de algunas celdas».[324]

Era casi como tener ante los ojos las Sagradas Escrituras: el bien y el mal, la redención y la condenación. Una vez se produjo un altercado. Mientras el sheriff White intentaba restablecer el orden, sus hijos corrieron a pedir ayuda al cercano juzgado de la localidad. El Austin Weekly Statesman publicó una crónica sobre el incidente con este titular: «SANGRE, SANGRE, SANGRE; LA CÁRCEL DEL CONCADO CONVERTIDA EN UN AUTÉNTICO MATADERO».[325] El reportero describía la escena que Tom se encontró: «El firmante, a lo largo de su experiencia como periodista, ha podido presenciar escenas espeluznantes, pero ninguna de ellas tan repugnante como la que presenció al entrar ayer por la tarde en la cárcel del condado a eso de las cinco y media. Mirara hacia donde mirase, lo único que se veía era sangre».

Tras la refriega, en la que cinco hombres resultaron gravemente heridos, Emmett White se convirtió en un sheriff firme y hasta inflexible. Aun así, mostró siempre gran consideración para con las personas a su custodia e insistió en practicar arrestos sin echar mano de su revólver. Nunca filosofaba sobre la ley ni sobre sus responsabilidades, pero Tom se fijó en que trataba a todo el mundo por igual, ya fueran los presos negros, blancos o mexicanos. En aquella época, los linchamientos, especialmente de negros en el Sur, constituían uno de los más sonados fracasos del sistema judicial norteamericano. Siempre que Emmett se enteraba de que alguien planeaba organizar una «fiesta de la corbata», salía corriendo para intentar evitarlo. Un periodista escribió en una ocasión: «Si el populacho trata de quitarle el negro [al sheriff] seguro que habrá problemas».[326] Emmett se negaba a encerrar a presos jóvenes y no violentos junto con otros mayores y más peligrosos, y como no había otro sitio donde meterlos, los dejaba alojarse en su propia casa, con sus hijos. Se dio el caso de que una niña estuvo viviendo allí durante varias semanas seguidas. Tom jamás supo por qué estaba detenida y su padre nunca habló de ello.

Tom solía preguntarse por qué los delincuentes hacían lo que hacían. Algunos de los reclusos parecían malos de verdad, como si llevaran dentro al propio diablo. Otros parecían estar mal de la cabeza y veían cosas que nadie más podía ver. Pero la gran mayoría de los presos se habían visto empujados a cometer un acto a la desesperada —por regla general, algo violento y despreciable— y después se arrepentían y buscaban la redención. En cierto modo, estos eran los que daban más miedo, pues demostraban que la maldad podía adueñarse de cualquiera. Tom iba con la familia a una iglesia baptista de Austin, y el reverendo decía que todos eran pecadores, incluido el propio Emmett, el defensor de la justicia. Esos eran misterios que Tom quizá no llegaría a resolver nunca, aunque se diría que pasó la mayor parte de su vida intentándolo.

 

 

Tom observaba atentamente el trabajo de su padre. A todas horas del día, incluso el domingo, Emmett tenía que salir a la caza del hombre. La criminología estaba aún en mantillas: Emmett cogía su arma, sondeaba a los posibles testigos del crimen y luego montaba en su caballo para ir en busca del malhechor. Tenía además una jauría de sabuesos a los que a veces recurría.

Un día de verano de 1892, cuando Tom tenía once años, su padre salió a toda prisa con los sabuesos: alguien había matado a tiros a un padre de familia mientras iba a caballo. Emmett reparó en que, a unos treinta pasos de donde yacía la víctima, había un trecho de tierra pisoteada y restos de munición; era el punto desde donde el asesino había disparado. El padre de Tom soltó a los perros y estos encontraron el rastro del asesino, que, curiosamente, llevaba hasta la casa del muerto. Gracias a las pruebas que pudo reunir, el sheriff White descubrió que el culpable era el propio hijo de la víctima

 

Austin History Center, Biblioteca Pública de Austin

El padre de Tom supervisó la prisión del condado en Austin

 

Unas semanas después avisaron de nuevo al padre de Tom, esta vez para apresar a un violador. Un titular del Statesman decía así: «FORZADA A PLENA LUZ DEL DIA […] Sacan a rastras de su calesa a la señora D. C. Evans y la violan brutalmente. Los agentes tras la pista del miserable».[327] Pese a la extenuante persecución, el violador logró escapar. En casos así, el padre de Tom se encerraba en sí mismo como si lo atormentara una espantosa enfermedad. En una ocasión, antes de detener finalmente a un fugitivo, un periodista comentaba sobre White: «A decir verdad, el sheriff no hacía más que pensar día y noche» en el malhechor, hasta el punto de que «capturarlo se convirtió en parte de su existencia misma».[328]

Cada vez que Emmett salía de noche con sus perros, Tom tenía que vivir con la terrible incertidumbre de que su padre no regresara, y que, al igual que su madre, desapareciera de este mundo para siempre. Aunque se requería enorme coraje y mucha rectitud para arriesgar la vida a fin de proteger a la sociedad, esa abnegación llevaba también consigo, al menos desde el punto de vista de los allegados, un toque de crueldad.

En una ocasión un forajido le puso el cañón de su pistola en la cabeza, pero Emmett, de algún modo, consiguió desarmarlo. Otra vez, en la cárcel, un preso sacó un cuchillo y apuñaló a su padre por detrás. Tom vio el cuchillo en la espalda de Emmett y la sangre chorreando en el suelo. Era asombrosa la cantidad de sangre que un hombre, su padre, tenía dentro. El preso intentó retorcer el cuchillo, y cuando su padre parecía a punto de entregar el alma, de pronto le metió el dedo en el ojo y se lo arrancó. Tom vio el globo ocular colgando de la cuenca. Su padre redujo al preso, pero aquella escena atormentaría a Tom toda su vida. ¿Cómo podías perdonar a quien había intentado matar a tu propio padre?

 

 

El primer ahorcamiento del que Tom fue testigo tuvo lugar en enero de 1894. Ed Nichols, de diecinueve años, había sido declarado culpable de violar a una chica y condenado a «colgar del cuello hasta que muera».[329] La responsabilidad de llevar a cabo una ejecución, que no se producía en el condado desde hacía una década, recaía en el sheriff.

El padre de Tom encargó a un carpintero que construyera el cadalso cerca del muro meridional de la prisión, el único sitio donde el techo era lo bastante alto. Eso quedaba a tres metros de la celda de Nichols, y el reo —que insistía en su inocencia y aún confiaba en un indulto del gobernador— pudo oír cómo la sierra y el martillo trabajaban a un ritmo creciente. El padre de Tom estaba decidido a que el ahorcamiento fuera lo más rápido y clemente posible; una vez terminado el aparato, comprobó repetidas veces su funcionamiento con sacos de arena.

Finalmente el gobernador rechazó el último recurso de apelación de Nichols, diciendo: «Que la ley siga su curso».[330] El padre de Tom comunicó la noticia al condenado, que estaba en su celda rezando. Nichols intentó mantener la calma, pero sus manos empezaron a temblar. Dijo que le gustaría ir bien afeitado y llevar un buen traje negro para su cita con la muerte; el padre de Tom le prometió que sus deseos se cumplirían.

El día de la ejecución, Tom, que contaba entonces doce años, estaba en una de las galerías de la cárcel. Nadie, ni siquiera su padre, le dijo que se marchara de allí, y Tom pudo ver cómo su padre conducía a Nichols —que llevaba puesto el traje nuevo— hasta el cadalso, y pudo ver el tiempo contenido en cada paso y cada inspiración. Un sacerdote leyó la declaración final de Nichols: «El sheriff White ha sido de lo más complaciente conmigo. Me siento preparado para morir. Mi alma está en paz con toda la humanidad».[331] Luego, el sacerdote hizo su propia alocución: «Ed Nichols va a entrar balanceándose en la eternidad. El sheriff Muerte monta su negro corcel, ya está muy cerca, viene a arrestar al alma de este hombre para que sea juzgada en el tribunal superior donde Dios en persona es el juez supremo, su hijo Jesús el abogado defensor y el Espíritu Santo el fiscal».[332]

A continuación, Tom oyó una voz conocida. Era su padre, leyendo la sentencia de muerte. Le pusieron a Nichols la soga al cuello y una caperuza negra en la cabeza. Tom ya no pudo verle la cara, pero sí a su padre que con la mano en la palanca abría la trampilla. A las cuatro de la tarde menos dos minutos, su padre accionó la palanca. El cuerpo cayó antes de dar una violenta sacudida hacia arriba. Luego, un murmullo de horror y asombro recorrió a los presentes. Pese a la meticulosidad con que había sido construido el cadalso, Nichols aún se movía, tembloroso de vida. «Estuvo un buen rato pataleando y sacudiéndose —recordaría más tarde Tom—. Parecía que no iba a morirse nunca.»[333] Por fin, el cuerpo dejó de agitarse y pudieron cortar la soga para bajarlo.

Quizá porque presenció esta ejecución (y otras que vendrían), quizá porque vio el efecto que tuvo todo ello en su padre, o quizá por temor a que el sistema pudiera condenar a un inocente, Tom acabaría oponiéndose a lo que en aquel entonces algunos llamaban «homicidio judicial». Y vería la ley como una lucha para someter a las pasiones violentas, no solo las ajenas, sino también las propias.

 

 

En 1905, con veinticuatro años, Tom se enroló en los Rangers de Texas. El cuerpo, creado en el siglo XIX como milicia de ciudadanos voluntarios para combatir a los indios americanos y, más adelante, a los mexicanos, había evolucionado hasta convertirse en una especie de policía estatal. Tanto indios como mexicanos despreciaban desde siempre a los rangers por la brutalidad de sus métodos (primero dispara y después pregunta). Pero los texanos blancos los tenían en un pedestal. Como lo expresó más tarde Lyndon B. Johnson: «En Texas todos los colegiales crecen oyendo contar anécdotas de los rangers. Yo no fui una excepción».[334]

Seducido también por la mística de los rangers, Dudley entró en el cuerpo el mismo año que su hermano Tom, y poco tiempo después lo hizo Doc. Más adelante, otro hermano, Coley, seguiría los pasos del padre y llegaría a ser el sheriff del condado de Travis. Doc se acordaba del sencillo consejo que Emmett le dio entonces: «Primero, hijo, intenta conseguir todas las pruebas posibles. Luego, ponte en el lugar del malhechor. Estudia la situación a fondo. Llena esos huecos, hijo».[335]

Al igual que Doc y Dudley, que fueron destinados a compañías diferentes de rangers, Tom cobraba cuarenta miserables dólares mensuales, «un salario de vaquero», como él mismo lo expresó.[336] La compañía de Tom tenía su campamento cien kilómetros al oeste de Abilene. En una ocasión, otro ranger había hecho esta observación: «La escena era digna de reproducir. Grupos de hombres con barba y bigote —vestidos con prendas de lo más variado salvo en un detalle, el sombrero terciado, el uniforme inequívoco del ranger de Texas, y pistolas al cinto— estaban poniendo mantas a secar, o limpiando y reparando sus armas, y algunos cocinaban en diferentes fuegos mientras que otros cepillaban sus caballos. Nunca habíamos visto gente de aspecto tan rudo».[337]

Tom aprendió a ser agente del orden siguiendo el ejemplo de los oficiales más experimentados.[338] Si uno observaba con detenimiento, y si uno no estaba ocupado empinando el codo o yendo de putas (como hacían muchos rangers), podía aprender a seguir el rastro de un caballo a través de matorrales, incluso, como Tom descubrió una vez, si los ladrones les habían colocado las herraduras del revés. Uno iba conociendo pequeños trucos: dar la vuelta a las botas por la mañana, no fuera que se hubiese colado dentro un escorpión u otra alimaña, sacudir la manta por la noche, no fuera que ocultase una serpiente.[339] Uno aprendía a evitar las arenas movedizas y a localizar arroyos en un terreno por lo demás reseco. Uno entendía que para pasar desapercibido por la noche y evitar a pistoleros era preferible montar un caballo negro e ir vestido de negro como la encarnación del mal.

Tom no tardó en recibir órdenes para una misión: debía salir en persecución de unos cuatreros del condado de Kent, al norte de Abilene, junto con el capitán y el sargento de su compañía. En un momento dado, Tom y el sargento pararon en una tienda para comprar provisiones. Ataron sus caballos, y estaban ya entrando en el establecimiento cuando el sargento le preguntó a Tom dónde tenía el fusil. Tom dijo que metido en su funda, en el caballo. Y el sargento, hombre de temperamento explosivo, le chilló: «¡No haga eso nunca más! […] Vaya a buscar el fusil ahora mismo, entre aquí con él y no lo suelte para nada».[340]

Escarmentado, Tom fue a buscar el fusil, y al poco rato comprendió el porqué de las prisas del sargento: los cuatreros los estaban siguiendo. Tuvieron que esquivar una lluvia de balas antes de arrestar por fin a la banda.

 

Cortesía de James M. White

De izquierda a derecha, detrás, los hermanos de Tom: Doc, Dudley y Coley. Delante, el padre de Tom, su abuelo y Tom

 

Cortesía de Western History Collections, Bibliotecas de la Universidad de Oklahoma, Finney, n.º 1525

Grupo de agentes de la ley texanos, entre los que están Tom White (n.º 12) y sus tres hermanos: Doc (n.º 6), Dudley (n.º 7) y Coley (n.º 13)

 

Tom se fue aficionando paulatinamente a tratar con lo que él denominaba «la granujería»: cuatreros, ladrones de caballos, rufianes, proxenetas, contrabandistas, ladrones de diligencias, bandidos y otros infractores. Cuando lo enviaron con otro ranger, Oscar Roundtree, a limpiar la población sin ley de Bowie, un reverendo escribió al capitán de White diciendo que había visto cómo «los dos rangers que usted nos envió echaban de la ciudad a todos los malhechores sin excepción».[341]

En el tiempo que estuvo con los Rangers de Texas, Tom investigó varios asesinatos. Su hermano Doc recordaba que «no teníamos nada de nada, ni siquiera huellas dactilares. La mayoría de las veces solo contábamos con testigos, y no siempre era fácil dar con ellos».[342] Más preocupante aún era que algunos rangers no tenían paciencia para las sutilezas de la ley. En la compañía de Tom había un tipo que averiguaba quién era el más malo y despiadado de la ciudad y luego iba a buscarlo y provocaba una pelea para acabar con él. Tom creía firmemente que, por regla general, un agente de la ley podía «evitar apretar el gatillo si no perdía la cabeza», y según contó años después había discutido acaloradamente con ese ranger.[343] No le parecía bien que un hombre se arrogara el papel de juez, jurado y verdugo.

 

 

En 1908, estando destinado en Weatherford, una localidad al este de Abilene, Tom conoció a una joven de nombre Bessie Patterson. Era una chica menuda, al menos al lado de él, con el pelo castaño corto y una mirada sincera. Tom, que había pasado la mayor parte de su vida rodeado de varones, quedó prendado de ella. Mientras él era un hombre calmado, Bessie era un torbellino y hablaba por los codos. Lo mangoneaba como pocas personas se habían atrevido a hacer, pero a Tom no parecía importarle; por una vez, no le correspondía a él estar al mando de cuanto le rodeaba o de lo que sentía en su interior. Eso sí, su oficio no era el más indicado para un hombre casado. Una vez, el capitán de Doc había dicho: «Un oficial que persigue a criminales desesperados no puede tener mujer e hijos».[344]

Tom hubo de separarse de ella al poco tiempo. Lo enviaron a Amarillo, en el Mango de Texas, junto con N. P. Thomas (un ranger que era además uno de sus mejores amigos), para luchar contra una plaga de «granujería». La ciudad, según informó otro ranger, contaba con algunos de los peores delincuentes de la región, y la oficina del sheriff no había dado un solo paso para librarse de ellos; peor aún, comentaba el ranger, «dos hijos del sheriff viven en el burdel del pueblo».[345]

N. P. Thomas había tenido ya varios encontronazos con el ayudante del sheriff, y una mañana de enero de 1909 estaba sentado en la oficina del fiscal del condado cuando el citado ayudante levantó el cañón de su arma y le disparó a la cara. Thomas cayó hacia atrás echando sangre por la boca. Cuando llegaron los sanitarios todavía respiraba, pero no pudieron parar la hemorragia y murió entre horribles dolores.

Muchos de los hombres con quienes Tom White había servido en los rangers habían tenido una muerte prematura. Vio morir tanto a oficiales inexpertos como a veteranos; a agentes de la ley irresponsables y también a agentes serios. Roundtree, que llegó a ser ayudante de sheriff, murió de un tiro en la cabeza que le descerrajó un rico terrateniente. El ranger con quien Tom solía discutir sobre la forma en que usurpaba las atribuciones de la ley se unió a una partida de justicieros y acabó muriendo de un disparo que se le escapó accidentalmente a uno de sus compañeros. Un atracador disparó seis veces contra el sargento de la compañía de Tom y un transeúnte recibió dos balazos. Mientras se desangraba en el suelo, el sargento pidió un papel y garabateó un mensaje para el cuartel general de los rangers: «Me han llenado de plomo. Todo en calma».[346] Milagrosamente, el sargento sobrevivió a sus heridas, pero no así el inocente transeúnte. En otra ocasión a un recluta de la compañía de Tom lo abatieron mientras intentaba impedir un asalto. Tom se hizo cargo del cadáver de su compañero y lo transportó hasta la casa de sus padres, que no entendían qué hacía su hijo metido en una caja sirviendo de merienda a los gusanos.

Tras la muerte de N. P. Thomas, Tom sintió una suerte de anarquía. Un amigo suyo que escribió un apunte de su vida dijo: «La lucha emocional de Tom fue breve pero violenta. ¿Debía […] vengar la muerte de Thomas?».[347] Finalmente, Tom decidió abandonar los rangers y casarse con Bessie. El oficial jefe de administración escribió al capitán de la compañía de Tom, diciendo que este había demostrado ser «un excelente oficial» y que él lamentaría «verle abandonar el cuerpo».[348] Pero la decisión de Tom era irrevocable.

Bessie y él se instalaron en San Antonio, donde nació el primero de sus dos hijos varones. Tom empezó a trabajar como detective del ferrocarril, y gracias a su sueldo estable pudo formar una familia. Aunque seguía persiguiendo bandidos montado a caballo, el trabajo solía ser menos peligroso; en muchos casos, se trataba de desenmascarar a individuos que habían presentado reclamaciones falsas para conseguir un reembolso. Tom los consideraba cobardes y, por tanto, más despreciables que los forajidos que arriesgaban la vida para asaltar un tren.

Tom era un entregado padre de familia pero no había perdido la atracción por lo oscuro, como su padre en otro tiempo, y en 1917 entró a formar parte del Bureau of Investigation como agente especial. Juró «apoyar y defender la Constitución de Estados Unidos contra todo enemigo […] QUE DIOS ME ASISTA».

 

 

En julio de 1918, no mucho después de que Tom se enrolara en el Bureau, su hermano Dudley fue con otro ranger a arrestar a un par de desertores en una remota zona arbolada del este de Texas conocida como el Big Thicket. Era un verano de una sequía terrible, y entre el polvo y el calor Dudley y su compañero registraron una casa de madera barata donde creían que estaban escondidos los dos hombres en cuestión. Al no encontrarlos allí, Dudley y su socio decidieron esperar en el porche. A las tres de la madrugada, de pronto la oscuridad se llenó de disparos. Los desertores les habían tendido una emboscada. El socio de Dudley recibió dos balazos, y mientras se desangraba en el porche, vio a Dudley de pie disparando uno de sus dos revólveres. De pronto, Dudley cayó como si alguien le hubiera cortado las piernas, y aquel corpachón se derrumbó sobre las tablas del suelo. Su socio recordaba después que «cayó y ya no volvió a levantarse».[349] Le habían disparado una bala cerca del corazón.

 

Cortesía de Western History Collections, Bibliotecas de la Universidad de Oklahoma, Finney, n.º 1806

Dudley, el hermano de Tom

 

La noticia dejó anonadado a Tom; su hermano —que estaba casado y tenía tres hijos menores de ocho años— siempre le había parecido invulnerable. Los dos desertores fueron apresados y juzgados por asesinato, y el padre de Tom asistió al juicio todos los días hasta conocer el veredicto: culpables.

El cadáver de Dudley fue transportado a casa después del tiroteo. Un informe de los rangers hacía constar clínicamente: «Material utilizado para trasladar el cuerpo del ranger White: una lona para carromato, una sábana de cama, una almohada».[350] Tom y su familia recuperaron las pertenencias de Dudley, incluida la bala (expansiva de punta blanda y vaina de acero) que le había matado. Lo enterraron en un camposanto próximo al rancho donde había nacido. Como dice la Biblia: «Polvo eres y en polvo te convertirás». Junto a la tumba, un obelisco rezaba así:

 

JOHN DUDLEY WHITE, SR.

COMPAÑÍA DE RANGER DE TEXAS

MUERTO EN EL CUMPLIMIENTO DEL DEBER…

12 DE JULIO DE 1918

 

Dos semanas después del funeral, una lluvia fresca regó por fin la pradera. Para entonces, Tom estaba ya de vuelta en el Bureau of Investigation.