White y su equipo tenían la sensación de estar avanzando. Un fiscal del departamento de Justicia envió una nota a Hoover diciendo que desde que White había tomado el mando de la investigación, unos meses atrás, «se han desarrollado con éxito muchas nuevas perspectivas sobre estos casos» y que «todos parecemos imbuidos de un espíritu nuevo y entusiasta».[383]
Aun así, White se enfrentaba al mismo problema en la investigación sobre los asesinatos de familiares de Mollie Burkhart que en el caso de la muerte de Roan. No había pruebas físicas ni testigos oculares para demostrar que Hale hubiera llevado a cabo, u ordenado, ninguna de aquellas muertes. Y White sabía que si no lo tenía todo bien atado y sin un solo resquicio nunca podría derribar de su pedestal a un hombre que se parapetaba tras capas y capas de respetabilidad —un hombre que se hacía llamar «el reverendo»— y que disponía de un complejo entramado de influencias para controlar al sheriff, a fiscales y jueces y a algunos funcionarios estatales de alto nivel.
En un escueto informe, los agentes dejaban constancia de que Scott Mathis, el propietario de Big Hill Trading Company y tutor de Anna Brown y de Lizzie, era «un estafador y, sin duda alguna, un títere en manos de Hale»; que un socio de Mathis había ejercido de «espía para Bill Hale y la Big Hill Trading Company, y se ocupa de todos sus chanchullos en lo que concierne a esquilmar a los indios»; que el jefe de policía de Ponca City había «aceptado dinero de Bill Hale»; que el jefe de policía de Fairfax «no moverá ni un solo dedo contra Hale»; que un banquero local y tutor «nunca hablará contra la banda de Hale por el simple hecho de que este conoce muchos de sus secretos»; que el alcalde de Fairfax, «un pícaro redomado», era muy amigo de Bill Hale; que un fiscal del condado formaba parte de la maquinaria política de Hale y era «un inútil» además de «corrupto»; y que incluso un funcionario federal de la oficina de Asuntos Indios obedecía «los designios de Bill Hale y hará lo que él le diga».[384]
White comprendió que su lucha por lograr que se hiciera justicia no estaba más que empezando. Como lo expresó un informe del Bureau, Hale «dominaba la política local y parecía imposible que se le pudiera castigar».[385] Hoover había elogiado previamente a White diciendo que, gracias a cómo estaba manejando el caso, «todo se ha desarrollado pacíficamente y no he recibido ni una queja ni una sola crítica, lo cual es un enorme consuelo para mí».[386] Pero Hoover —aquel «flaco fardo de cable eléctrico de alta tensión», como lo describió un periodista— estaba cada vez más impaciente.[387]
Hoover quería que la nueva investigación sirviera para lucimiento de su Bureau, cuya reestructuración seguía avanzando.[388] A fin de contrarrestar la sórdida imagen creada por Burns y los sobornables detectives de la vieja escuela, Hoover adoptó el enfoque de pensadores progresistas que abogaban por sistemas de gestión de una eficiencia implacable. Se trataba de sistemas basados en las teorías de Frederick Winslow Taylor, un ingeniero industrial que abogaba por que las empresas fueran dirigidas de forma «científica», y por que se analizara y cuantificara minuciosamente el cometido de cada trabajador. Aplicando estos métodos al gobierno, los progresistas buscaban poner fin a la tradición de que los dirigentes corruptos atestaran las agencias gubernamentales (incluidas las de seguridad a nivel estatal y federal) de personal a sueldo de su partido. Una clase nueva de funcionarios tecnócratas vendría a sustituirlos para gestionar pujantes burocracias al estilo de Herbert Hoover —el Gran Ingeniero—, que se había convertido en un héroe por administrar de manera harto expeditiva la ayuda humanitaria durante la Primera Guerra Mundial.
Como observa el historiador Richard Gid Powers, J. Edgar Hoover encontró en el progresismo un enfoque que reflejaba su particular obsesión con la organización y el control social. Es más, a Hoover —típico burócrata sedentario— se le ofrecía la posibilidad de erigirse en una figura deslumbrante, un cruzado de la moderna era científica. El hecho de que no utilizara armas de fuego no hacía sino dar lustre a esa imagen. Los periodistas señalaron que los «tiempos del “detective a la antigua” se han terminado»[389] y que Hoover había «abandonado la vieja tradición del “sabueso con bigote y lámpara sorda” del Bureau of Investigation y adoptado métodos de gestión empresarial».[390] Un artículo en concreto decía: «Juega al golf. ¿Quién se imagina al clásico detective de antaño haciendo semejante cosa?».[391]
Pero tras la fachada reformista del progresismo a menudo acechaba algo feo. Muchos progresistas —en su mayoría protestantes blancos de clase media— alimentaban serios prejuicios contra los inmigrantes y los negros, y estaban tan convencidos de su presunta superioridad moral que desdeñaban todo procedimiento democrático. Esta faceta del progresismo era un reflejo de los impulsos más oscuros de Hoover.
Como consecuencia de la radical modernización del Bureau (entre otras cosas, Hoover eliminó secciones redundantes y centralizó la autoridad), White, al igual que otros agentes especiales, se vio investido de mayor poder de decisión sobre los hombres que trabajaban sobre el terreno. Al mismo tiempo, sin embargo, era cada vez más responsable ante Hoover de cuanto hicieran sus agentes, ya fuese bueno o malo. White se veía constantemente obligado a rellenar informes de rendimiento, poner nota a agentes en una escala del 0 al 100, según categorías como «conocimientos», «capacidad de decisión», «aspecto personal», «trabajo de mesa» o «lealtad». La nota promedio se convirtió en el baremo de cualquier agente. Después de que White dijese que alguna vez le había puesto un 100 de eficiencia a uno de sus hombres, la reacción de Hoover, por escrito, fue contundente: «Aunque me pese, soy incapaz de creer que a ningún agente de la jurisdiccón del Bureau pueda atribuírsele una evaluación del cien por cien».[392]
Hoover, que consideraba que sus hombres debían vencer sus deficiencias igual que él había vencido su tartamudez infantil, purgó a todo aquel que no estuviese a la altura de sus muy exigentes criterios. «He sido el causante de la expulsión del servicio de un número considerable de empleados —comunicó a White y otros agentes especiales—.[393] Unos por ir escasos de aptitudes educativas, otros por ir escasos de fortaleza moral.» Hoover recurría con frecuencia a esta máxima: «O mejoras o te deterioras».[394]
Aunque entendía que algunos pudieran considerarle un «fanático», Hoover reaccionaba con furia a cualquier violación de las normas. En la primavera de 1925, cuando White estaba trabajando todavía en Houston, Hoover se desahogó con él porque varios agentes de la sucursal del Bureau en San Francisco bebían alcohol. Tras despedirlos de un día para otro, ordenó a White —quien, a diferencia de su hermano Doc y de muchos de los otros «cowboys», apenas si bebía— que informara a todo el personal de que correrían la misma suerte si se los descubría tomando alcohol o cualquier tipo de estupefaciente. «Considero que cuando un hombre se integra en las fuerzas de este departamento, debe comportarse de manera que evite la menor posibilidad de que alguien censure o critique al Bureau», le dijo a White.[395]
Las nuevas políticas, recogidas en un grueso manual, la biblia de Hoover, no se limitaban a códigos de conducta sino que también establecían de qué manera debía recogerse y procesarse la información. Antaño, los agentes dictaban informes por teléfono o telegrama, o de viva voz ante un superior. Como consecuencia de ello, muchas veces se perdía información crucial, cuando no toda la documentación.
Antes de entrar en el departamento de Justicia, Hoover había trabajado como empleado de la Biblioteca del Congreso —«Estoy seguro de que si se hubiera quedado aquí, ahora sería el bibliotecario en jefe», dijo un compañero suyo de trabajo—[396] y sabía cómo clasificar montañas de datos valiéndose del sistema decimal Dewey. Hoover adoptó un sistema parecido, con sus subdivisiones numeradas, para organizar los índices generales y los archivos centrales del Bureau. (El «expediente personal» de Hoover, que contenía información susceptible de utilizarse para chantajear a los políticos, se guardaría aparte, en el despacho de su secretario.) Los agentes debían ahora estandarizar el modo de hacer sus informes, utilizando una sola hoja de papel. Esto no solo reducía drásticamente el papeleo (otro parámetro de la eficiencia), sino también el tiempo que necesitaba un fiscal para valorar si instruir o no un caso.
White también podía ser un superior riguroso. Un agente que trabajó a sus órdenes en Oklahoma recordaba que se suponía que todos los miembros de su equipo debían «conocer su oficio y llevarlo a cabo».[397] Otro que lo tuvo como jefe más tarde decía que White podía ser «honesto hasta la muerte».[398] Sin embargo, era más indulgente que Hoover con la debilidad humana y muchas veces intentó proteger a sus hombres de la ira del jefe. En una ocasión, Hoover se puso hecho una fiera porque un agente del equipo de White no había utilizado para su informe sobre los asesinatos de los osage el formato de una sola página, y White le dijo al director: «Mucho me temo que es culpa mía, puesto que eché un vistazo a ese informe y lo di por bueno».[399]
Desconocido
Tom White y Hoover
Con Hoover, los agentes eran vistos como piezas intercambiables de un engranaje, o como empleados de una gran empresa. Esto se apartaba mucho de la actividad policial tradicional, cuando los agentes de la ley solían ser producto de sus respectivas comunidades. El cambio contribuyó a aislar a los agentes del entorno corrupto, creando al mismo tiempo un cuerpo verdaderamente nacional, pero el Bureau también ignoraba las diferencias regionales y tuvo el efecto deshumanizador de desarraigar a los empleados. Teniendo solo «en mente el mejor funcionamiento del servicio», White le escribió a Hoover que a su juicio un agente familiarizado con la zona y sus habitantes era siempre más eficaz.[400] Comentó que, por ejemplo, uno de sus hombres que se hizo pasar por ganadero texano en el caso de los osage, era perfecto para trabajar en la frontera, pero «destinado en Chicago, Nueva York o Boston sería casi un cero a la izquierda». Hoover no se inmutó. Como escribía en un memorándum uno de sus sumisos empleados, «sobre este asunto discrepo totalmente del señor White. Un agente que solo esté familiarizado con la idiosincrasia de los habitantes de una parte concreta del país debería ir pensando en buscar otro tipo de trabajo».[401]
Los agentes recibieron adoctrinamiento sobre los nuevos métodos y normativa en una escuela provisional de Nueva York. (Más adelante, Hoover montaría una academia por todo lo alto en Quantico, estado de Virginia.) Los agentes eran instruidos en lo que Hoover llamaba «actividad policial científica», con especial incidencia en balística y huellas dactilares. Y aprendían también las reglas del proceso de recogida de pruebas, cuyo objetivo era evitar que un caso encallara o cayera en el olvido, como había ocurrido con la primera investigación sobre los osage.
Algunos agentes, en especial los de mayor edad, desdeñaban a Hoover y sus órdenes. Uno de los veteranos aconsejaba así a los nuevos: «Lo primero que tenéis que hacer es desaprender todo lo que os enseñaron en la sede de gobierno. La segunda, deshaceros de esos malditos manuales».[402] En 1929, un agente presentó la dimisión alegando que las iniciativas de Hoover iban «dirigidas contra el personal del Bureau y no contra los criminales».[403]
También a White le irritaban a veces las manías de Hoover, pero era evidente que le encantaba formar parte del Bureau y estar inmerso en acontecimientos que superaban lo personal. White se esforzaba por escribir pulcramente a máquina sus informes y cantó las alabanzas de la actividad policial científica. Más tarde sustituiría su sombrero de cowboy por un clásico fedora y, como Hoover antes que él, se aficionó al golf y a los inmaculados greens, donde se reunían para disfrutar de sus horas de ocio los nuevos norteamericanos ricos y poderosos. White apenas si se distinguía ya de uno de los jóvenes universitarios de Hoover.