En el otoño de 1925 White intentó convencer a Hoover de que reuniría pruebas suficientes para encerrar a Hale y sus cómplices. White envió un memorándum a Hoover informando de que un agente encubierto estaba en ese mismo momento espiando en el rancho de Hale. White se sentía presionado, y no solo por Hoover. En el poco tiempo que llevaba ocupándose del caso, había visto encender las luces toda la noche en torno a las casas de los osage, había visto que los miembros de la comunidad no dejaban que sus hijos fueran al pueblo solos, y cómo más y más residentes vendían la casa para mudarse a estados lejanos o incluso a México y Canadá. (Más adelante, un osage calificó el fenómeno de «diáspora».)[404] Que los osage estaban desesperados era evidente, como lo era su escepticismo respecto de la investigación. ¿Qué había hecho por ellos el gobierno de Estados Unidos? ¿Por qué, a diferencia de otros norteamericanos, tenían ellos que poner dinero de su propio bolsillo para financiar una investigación del departamento de Justicia? ¿Por qué no se había arrestado a nadie? Un jefe osage llegó a decir: «Hice la paz con el hombre blanco y entregué las armas para no volver a cogerlas nunca más, y ahora a mi tribu le toca sufrir».[405]
White había acabado entendiendo que los ciudadanos blancos corruptos y con prejuicios nunca implicarían a uno de los suyos en los asesinatos de los indios americanos, de modo que decidió cambiar de táctica. Intentaría encontrar una fuente entre los hombres más peligrosos y con peor fama de toda Oklahoma: los forajidos de las Colinas Osage. Los informes de agentes y soplones como Morrison parecían indicar que varios de estos bandidos sabían algo de los asesinatos. Puede que también fueran racistas, pero dado que algunos de ellos habían sido arrestados recientemente, o incluso condenados por sus crímenes, White tenía al menos cierta influencia sobre ellos. Un nombre en particular salía constantemente a la luz, el del forajido Dick Gregg, un atracador de veintitrés años que había estado en la banda de Al Spencer y que ahora se encontraba en un penal de Kansas cumpliendo una sentencia de diez años por robo a mano armada.
Gregg le había contado en una ocasión al agente Burger que sabía algo de los asesinatos, pero que no podía revelar una confidencia. En un informe, Burger comentaba frustrado: «Gregg es un criminal cien por cien y dirá lo menos que pueda».[406] Comstock, el abogado y tutor de indios osage, conocía bien al padre de Gregg y asesoró legalmente a la familia. Hoover seguía sin fiarse de Comstock, pero fue este quien se valió de su relación con el padre de Gregg para intentar convencer al joven forajido de que cooperara con el Bureau.
Finalmente, White se entrevistó en persona con Gregg. Le gustaba tomar nota mentalmente sobre los delincuentes con los que trataba, al objeto de grabarlos en su memoria, una técnica que había perfeccionado en sus tiempos en la frontera, cuando no podía recurrir a fotos ni a huellas dactilares. Décadas más tarde, cuando le pidieron a White que describiera a Gregg, escribió con notable precisión: «De baja estatura, pongamos un metro sesenta y cinco, y menos de sesenta kilos de peso, tez clara, ojos azules y cabello castaño claro. Un joven apuesto».[407] Su guapura engañaba, en opinión de un fiscal, según el cual Gregg era «un tipo de criminal calculador, frío y cruel que no dudaría en cometer un homicidio».[408] Con todo, a juicio de White, Gregg pertenecía a esa categoría de forajido que no era intrínsecamente malo y que incluso podría haber «llegado lejos» con una buena educación.[409]
Aunque era conocido por su arrojo como atracador, Gregg prefería no hacer enfadar a Hale. Si corría la voz, dijo, «mi vida no valdrá nada».[410] Pero, confiando en arañar unos meses a su condena por robo, accedió a revelar lo que sabía a White y otros agentes. En el verano de 1922, recordaba Gregg, Al Spencer le dijo que Hale quería reunirse con la banda, de modo que Spencer, Gregg y varios socios se dirigieron a uno de los pastos que Hale tenía cerca de Fairfax. Hale apareció entre la alta hierba de la pradera cabalgando a galope. El grupo se congregó junto a un arroyo y tomaron un poco de whisky. Entonces Hale se llevó a Spencer a un aparte y ambos se pusieron a hablar. Después de que volvieran y se diera por terminada la reunión, Spencer les comunicó lo que habían hablado.
Cortesía de la Kansas Historical Society
Dick Gregg había sido miembro de la banda de Al Spencer
Hale le dijo a Spencer que les pagaría, a él y la banda, un mínimo de dos mil dólares por liquidar a una pareja, un viejo y su manta (queriendo decir una india). Spencer le preguntó a Hale quiénes eran los elegidos para morir. «Bill Smith y su mujer», contestó Hale.[411] Entonces Spencer le dijo que él quizá tuviera mucha sangre fría pero que de ningún modo mataría a una mujer a cambio de plata. Tal como él lo expresó, «no es mi estilo».[412] Hale le dijo que confiaba en que al menos Gregg estuviera de acuerdo en hacerlo, pero Gregg opinó igual que Spencer.
White pensaba que Gregg era «un tipo cabal»[413] y que su negativa a asesinar a sueldo demostraba que se trataba de «un forajido con cierto honor».[414] Pero, aunque la declaración de Gregg dejaba más claro que nunca que fue Hale quien ordenó los asesinatos, su valor legal era escaso. A fin de cuentas, era el testimonio de un bandido que pretendía acortar su condena, y Spencer, la única persona que podía corroborar las palabras de Gregg, había sido abatido a tiros hacía tiempo por una partida de agentes de la ley. (Así informaba el Pawhuska Daily Capital: «BONOS DE 10.000 DÓLARES EN UNA MANO Y WINCHESTER EN LA OTRA, FAMOSO BANDIDO MUERE CON LAS BOTAS PUESTAS; COLINAS DE ANTAÑO LE DIERON COBIJO SE CONVIERTEN EN SU SEPULCRO».)
Durante uno de los interrogatorios a que fue sometido, Gregg dijo que debían buscar a Curley Johnson, un forajido que solía andar con el atracador Blackie Thompson. «Johnson lo sabe todo sobre la bomba en casa de los Smith y si se le obliga cantará», les aseguró Gregg.[415] Pero resultó que Johnson también estaba en el otro barrio. Había muerto repentinamente hacía cosa de un año, se decía que por ingerir alcohol envenenado.
La desesperada búsqueda de un testigo llevó a White hasta Henry Grammer, estrella del rodeo, pistolero y contrabandista que al menos una vez al año apuntaba a alguien con un arma de fuego por una discusión. («HENRY GRAMMER DISPARA DE NUEVO», rezaba un titular.)[416] Aunque Grammer se movía en círculos diferentes a los de Hale, White averiguó que se conocían desde hacía años, de cuando a principios de siglo Hale apareció por primera vez en territorio osage. Durante un rodeo celebrado en 1909, los Osage Cowboys habían competido contra los Cherokee Cowboys. Según proclamó el Muskogee Times-Democrat, «LACEROS OSAGE MUY SUPERIORES A LOS CHEROKEE».[417] Hale había conseguido enterrar su pasado, pero existía una borrosa foto de aquella competición, en la que se veía a Hale y a Grammer montados en sus respectivos caballos enarbolando sendos lazos corredizos.
Cortesía del Museo de Historia de Bartlesville Area
Una fotografía de Al Spencer después de ser abatido el 15 de septiembre de 1923
Cortesía del National Cowboy and Western Heritage Museum
Hale (cuarto por la izquierda) y Grammer (tercero por la izquierda) en una competición de lazo en 1909
Poco antes de que la casa de los Smith volara por los aires, Hale había dicho a unos amigos que se marchaba de la ciudad para asistir al Fat Stock Show de Fort Worth, en Texas. Investigando la coartada de Hale, White averiguó que Grammer le había acompañado. Un testigo les había oído hablar antes de los asesinatos; Hale le dijo algo a Grammer sobre que era el momento para «ese asunto indio».[418]
Pero, al igual que otros testigos potenciales contra Hale, Grammer también estaba muerto. El 14 de junio de 1923, tres meses después de la demolición de la casa de los Smith, Grammer había muerto al volante de su Cadillac al perder el control y volcar. El legendario pistolero, el artista del gatillo, se había desangrado en una desierta carretera rural.[419]
Finalmente un «abrelatas» —experto en abrir cajas de caudales— dio a White y su equipo el nombre de otro testigo del atentado: Asa Kirby, el forajido de los dientes de oro que había sido socio de Grammer. El abrelatas dijo que Kirby era el pirotécnico —especialista en explosivos— que había fabricado la bomba. Pero resultó que tampoco Kirby podía testificar; pocas semanas después del fatal accidente de Grammer, Kirby había forzado la entrada de una tienda durante la noche para robar unos diamantes y se encontró con que el propietario había recibido un chivatazo y le estaba esperando con su escopeta del calibre 12. Un segundo después, Kirby quedó hecho papilla. La persona que había dado el chivatazo del robo al dueño de la tienda era, cosa que difícilmente pudo sorprender a White, William K. Hale.
Al frustrar el golpe, Hale había reforzado su reputación de defensor de la ley y el orden, pero otro forajido le contó a White que el robo lo había organizado el propio Hale; fue este quien le habló a Kirby de los diamantes y le sugirió el momento propicio para entrar en la tienda. Era, evidentemente, una historia con doble fondo, y White empezó a sospechar de tanto testigo muerto en poco tiempo. Investigó sobre el accidente de Grammer, y unos conocidos de este le dijeron que sospechaban que alguien había manipulado en el volante y en los frenos del Cadillac. Por su parte, la viuda de Curley Johnson estaba convencida de que a su marido lo habían envenenado Hale y sus secuaces. Y luego, cuando White supo de un testigo potencial relacionado con el asesinato de Roan, averiguó que lo habían matado de una paliza. Por lo visto, cualquier persona que pudiera implicar a Hale era eliminada antes o después. El abrelatas dijo que Hale se estaba «cargando a demasiada gente», y añadió que él podía «ser el siguiente en la lista».[420]
White se sentía frustrado por no haber sido capaz de encontrar a ningún testigo vivo, mientras que Hale parecía consciente de que tenía a los agentes pisándole los talones. En la anterior investigación, el informador Morrison les había dicho: «Hale está al corriente de todo»,[421] y existían claros indicios de que Morrison podía estar haciendo un doble juego. Según supieron los agentes, Morrison le dijo a un amigo que él lo sabía todo sobre los asesinatos y que le había estado «salvando el pellejo» a Hale todo ese tiempo.[422]
Cortesía del Federal Bureau of Investigation
William Hale
Con el objetivo de afianzar su poder, Bill Hale había empezado a extender su red de favores. En un informe, el agente Wren escribía que Hale «está haciéndose propaganda a base de regalar cosas como trajes de chaqueta, aparte de hacer préstamos a diferentes personas».[423] Hale incluso estaba «donando ponis a muchachos».
El agente encubierto que se hacía pasar por ganadero texano había trabado amistad con Hale. Charlaban sobre los viejos tiempos, cuando ambos eran cowboys, y el agente acompañaba a Hale cuando este iba a inspeccionar sus reses. El agente informó que Hale parecía burlarse de los investigadores. Un día le dijo: «Soy demasiado escurridizo para que nadie me eche el guante».[424]
White veía a Hale por las calles de Fairfax, con su corbata de lazo y el mentón erguido, la encarnación del individuo al que White y sus hermanos (y, antes que ellos, su padre) llevaban toda una vida persiguiendo. Por sus andares, pensaba White, «se diría que era el dueño del mundo».[425]
A veces, cuando se sentía especialmente presionado, y viendo que todas las pistas conducían a un callejón sin salida, White cogía su rifle y se perdía en la campiña. En cuanto divisaba un pato u otra presa voladora, apuntaba y hacía fuego hasta que el aire se entreveraba de humo y el suelo se teñía de sangre.