18

 

EL ESTADO DEL JUEGO

 

 

Un día, sin venir a cuento, White recibió un chivatazo. A finales de octubre de 1925, había estado hablando del caso discretamente con el gobernador de Oklahoma. Después, un ayudante del gobernador le dijo: «Hemos recibido información de un recluso de McAlester [la penitenciaría del estado], que afirma saber muchas cosas sobre los asesinatos de los osage. Se llama Burt Lawson. Quizá sería buena idea ir a hablar con él».[426]

Desesperado por conseguir una nueva pista, White fue hasta McAlester en compañía del agente Frank Smith. No sabían casi nada de Lawson, aparte de que era del condado de Osage y que había tenido varios encontronazos con la ley. En 1922 lo habían acusado de matar a un pescador, pero fue puesto en libertad tras alegar que el pescador le había atacado con un cuchillo. Menos de tres años después, Lawson fue declarado culpable de hurto en segundo grado y condenado a siete años de cárcel.

A White le gustaba entrevistar a la gente en lugares que fueran poco familiares para el interrogado, a fin de hacerle sentir incómodo. Así pues, dispuso que llevaran a Lawson a una habitación que estaba junto al despacho del alcaide. White le miró de arriba abajo: era un sujeto de mediana edad, baja estatura, rechoncho y con largos cabellos blancos. Lawson se refirió todo el tiempo a White y Smith como los «superfedes».[427]

—En la oficina del gobernador nos han contado que sabe algo sobre los asesinatos de los osage —le dijo White.

—Así es —dijo Lawson. Y añadió—: Quiero quitarme todo eso de encima.[428]

En una serie de interrogatorios, Lawson explicó que en 1918 había empezado a trabajar como peón en el rancho de Bill Smith y que tuvo ocasión de conocer a Hale y a sus sobrinos, Ernest y Bryan Burkhart. En una declaración firmada, Lawson dijo: «A principios de 1921 me enteré de que mi mujer tenía un lío con […] Smith, lo que al final acabó destruyendo mi familia y me dejó sin empleo».[429] Ernest sabía que Lawson odiaba a Smith y fue a visitarlo transcurrido más de un año. Según relató Lawson, «Ernest me miró y dijo: “Burt, he venido a hacerte una propuesta”. Yo dije: “¿De qué se trata?”. “Quiero que pongas una bomba en casa de Smith y los mates a él y a su mujer”, dijo Ernest».

En vista de que Lawson se resistía, Hale fue a verlo y le prometió cinco mil dólares en efectivo por el trabajo. Le explicó que podía utilizar nitroglicerina y que solo tenía que colocar un detonador debajo de la casa. «Entonces Hale —recordaba Lawson— se sacó del bolsillo una mecha blanca de unos tres palmos y me dijo: “Te enseño cómo se hace”. Con su navaja cortó un trozo de unos quince centímetros […] y luego sacó una cerilla y encendió un extremo.»

Lawson continuó negándose, pero poco después de que lo arrestaran por matar al pescador, Hale —quien, en su calidad de ayudante de sheriff de la reserva podía entrar y salir a su antojo de la cárcel— fue a verle de nuevo y le dijo:

—Burt, pronto vas a necesitar unos abogados y sé que no tienes dinero con que pagarlos, y yo necesito que alguien se encargue de ese trabajo.

—De acuerdo, Bill. Yo me encargo —dijo Lawson.

Una noche pocos días después, según recordaba Lawson, otro ayudante del sheriff abrió su celda y lo llevó hasta Hale, que se encontraba fuera, dentro de un coche. Hale llevó a Lawson en el coche a un edificio de Fairfax donde los estaba esperando Ernest. Hale le dijo a Ernest que fuera a por «la caja», y Ernest sacó un recipiente de madera. Dentro había un jarro lleno de nitroglicerina con un rollo de mecha atado al pitorro. Después de meter la caja en el coche con mucho cuidado, los tres fueron hasta casa de los Smith. «Yo bajé y cogí la caja y la mecha, y ellos dos se marcharon en el coche —explicó Lawson—. Fui por la parte de atrás de la casa, me metí en el sótano y coloqué la caja en un rincón, al fondo. Después hice con la mecha lo que Hale me había dicho […]. Me senté en un lugar a oscuras y esperé.» Lawson continuó su relato: «Vi que se encendían luces. Supongo que en la casa se desvistieron y se acostaron, porque al poco rato las luces se apagaron. Yo me quedé un buen rato allí sentado, no tenía forma de saber qué hora era, pero calculo que estuve allí unos tres cuartos de hora. Cuando pensé que ya debían de estar todos dormidos, encendí un trozo corto de mecha […]. En cuanto el trozo largo empezó a echar humo, salí de allí pitando». Lawson pudo oír la explosión. Hale y Ernest lo recogieron en un punto cercano y lo llevaron de nuevo a la cárcel, donde el otro ayudante del sheriff lo metió rápidamente en su celda. Antes de marcharse, Hale advirtió a Lawson: «Si alguna vez te vas de la lengua, eres hombre muerto».

White y el agente Smith estaban entusiasmados. Quedaban preguntas sin responder. Lawson no había mencionado el papel que jugó Kirby, el pirotécnico, pero Kirby podía haber preparado la bomba para Hale sin que Lawson se enterara. White tendría que atar los cabos sueltos, pero por fin había surgido un testigo de primera mano capaz de implicar a Hale en la trama homicida.

El 24 de octubre de 1925, tres meses después de asumir el mando de la investigación, White envió un telegrama a Hoover, incapaz de disimular la sensación de triunfo: «Burt Lawson ha confesado que puso e hizo detonar el explosivo que destrozó la casa de Bill Smith; y que Ernest Burkhart y W. K. Hale lo convencieron, instaron y ayudaron a hacerlo».[430]

Hoover se puso muy contento. Vía telegrama, envió rápidamente este mensaje a White: «Mi enhorabuena».[431]

 

 

Mientras corroboraban los detalles de la confesión de Lawson, White y sus hombres estaban cada vez más ansiosos por encerrar a Hale y sus sobrinos. Comstock, el abogado y tutor de quien White ya no dudaba que estuviera ayudando en la investigación en la labor de persuadir a testigos para que hablaran, había empezado a recibir amenazas de muerte. Ahora dormía en su despacho en el centro de Pawhuska, siempre con su Bulldog británico del 44 al lado. «Un día, cuando fue a abrir la ventana, encontró cartuchos de dinamita detrás de la cortina», recordaba un pariente. Comstock pudo deshacerse de ellos, pero, añadía el pariente, «Hale y los suyos estaban decididos a matarle».[432]

A White también le preocupaba la suerte que pudiera correr Mollie Burkhart. Aunque le habían llegado informes de que estaba enferma de diabetes, White tenía sus sospechas. Hale había logrado con éxito, cadáver a cadáver, que Mollie heredara la mayor parte de la fortuna de sus familiares. Sin embargo, el plan no parecía haberse completado. Hale tenía acceso al dinero de Mollie a través de Ernest, pero el sobrino no controlaba directamente la fortuna de su esposa; eso solo llegaría en el caso de que Mollie muriera y se la dejara en herencia. Una criada que servía en casa del matrimonio le dijo a un agente que una noche Ernest le había comentado, medio borracho, que tenía miedo de que a Mollie le ocurriera algo. Hasta el propio Ernest Burkhart parecía aterrado ante el inevitable desenlace.

John Wren, el agente ute, había hablado recientemente con el párroco de Mollie, el cual le dijo que ya no acudía a la iglesia, cosa nada habitual en ella, y que había oído decir que la familia la tenía encerrada a la fuerza. El hombre estaba tan alarmado que había decidido romper el principio de confidencialidad que debía a los feligreses. Poco tiempo después, el párroco informó de que había recibido un mensaje secreto de Mollie comunicándole su temor a que la estuvieran envenenando. Como uno de los métodos preferidos de los asesinos había sido administrar whisky envenenado, el clérigo hizo llegar a Mollie la advertencia de que no tomara «alcohol de ningún tipo y en ninguna circunstancia».[433]

Pero la diabetes de Mollie parecía que había facilitado un modo más perverso aún de suministrarle veneno. Varios médicos de la ciudad, incluidos los hermanos Shoun, le habían puesto inyecciones de lo que supuestamente era insulina, pero el estado de Mollie, en vez de mejorar, parecía estar empeorando. A los funcionarios del gobierno que trabajaban en la oficina de Asuntos Indios también les preocupaba que a Mollie la estuvieran envenenando lentamente. Alguien del departamento de Justicia había comentado que su «enfermedad es muy sospechosa, y me quedo corto».[434] Era urgente, continuaba el funcionario, «llevar a la paciente a un hospital fiable para que le hagan un diagnóstico y la pongan en tratamiento sin que interfiera su marido».

A finales de diciembre de 1925 White consideró que no podía esperar más. No había confirmado del todo muchos detalles de la confesión de Lawson y seguían existiendo ciertas contradicciones. Además de la mención que había hecho de Kirby, Lawson había insistido en que Hale se hallaba en Fairfax en el momento de la explosión, y no en Fort Worth con Grammer, como afirmaban algunos testigos. No obstante, White se apresuró a obtener órdenes de arresto contra Hale y Ernest Burkhart por los asesinatos de Bill y Rita Smith y su criada Nettie Brookshire. Las órdenes fueron emitidas el 4 de enero de 1926. Como los agentes no podían practicar arrestos, se hicieron acompañar de alguaciles y otros agentes de la ley, entre ellos el sheriff Freas, quien, tras su expulsión, había sido reelegido para el cargo.

Varios agentes de la ley localizaron rápidamente a Ernest Burkhart en uno de sus locales favoritos, un billar de Fairfax, y lo trasladaron a la cárcel de Guthrie, unos ciento treinta kilómetros al sudoeste de Pawhuska. Sin embargo, a Hale no pudieron localizarlo. El agente Wren se enteró de que había encargado un traje nuevo y que había dicho que pensaba ausentarse de la ciudad de un momento a otro. Cuando las autoridades ya se temían que Hale hubiera puesto pies en polvorosa, de repente apareció en la oficina del sheriff Freas. Por su aspecto, parecía estar yendo a una fiesta de etiqueta: traje perfectamente planchado, zapatos relucientes, sombrero de fieltro y un sobretodo con la insignia de diamantes de su logia masónica prendida de la solapa. «Tengo entendido que me buscan», dijo, y explicó que venía a entregarse; no había ninguna necesidad de molestar a los chicos.[435]

 

Cortesía de la Oklahoma Historical Society, Oklahoman Collection

Hale delante de la cárcel de Guthrie

 

De camino a la cárcel de Guthrie, un periodista local se encaró con él. Hale echaba chispas por los ojos, y sus movimientos, en palabras del periodista en cuestión, eran «los de un animal enjaulado».[436]

—¿Tiene algo que declarar? —le preguntó el reportero.

—¿Usted qué es? —quiso saber Hale, poco acostumbrado a que le hicieran preguntas.

—Un reportero.

—Mi caso no se va a ver en los periódicos, sino en los tribunales de este condado.

Confiando en que Hale soltara prenda al menos sobre sí mismo, el periodista le dijo:

—¿Qué edad tiene?

—Cincuenta y un años.

—¿Cuánto tiempo lleva viviendo en Oklahoma?

—Veinticinco años, más o menos.

—Es usted una persona muy conocida, según parece.

—Eso creo.

—¿Tiene muchos amigos?

—Eso quisiera pensar.

—¿Y no le parece que a ellos les gustaría oír su declaración, aunque solo diga «soy inocente»?

—Mi caso se verá en los tribunales, no en la prensa. Hace fresco esta noche, ¿eh?

—Pues sí. ¿Qué tal el negocio de las reses esta temporada?

—Bastante bien.

—Esto queda muy lejos de Pawhuska, ¿verdad?

—Sí, pero hemos venido en un coche con las cortinas corridas.

—Bien, ¿tiene algo que declarar?

Una vez más Hale se negó a declarar nada y las autoridades se lo llevaron de allí. Si en algún momento se sintió incómodo, ya no lo parecía cuando White habló con él; si acaso, se mostró seguro de sí mismo e incluso altanero, convencido sin duda de que seguía siendo intocable. No dejó de repetir que White cometía un error. Cualquiera hubiera dicho que quien estaba en un aprieto era White, no Hale.

White sospechó que Hale jamás admitiría sus faltas, o al menos no ante un agente de la ley, y, quizá, ni siquiera ante el Dios a quien invocaba tan a menudo. La única oportunidad de conseguir una confesión estaba en Ernest Burkhart. «Con solo mirarle podías ver que era el típico gallina», observó White.[437] Un fiscal que trabajaba con él lo expresó más sucintamente: «Todos vimos que nuestro blanco a abatir era Ernest Burkhart».[438]

 

 

Llevaron a Burkhart a una habitación del tercer piso de un edificio federal de Guthrie que utilizaban como improvisada sala de interrogatorios: la caja. Ernest llevaba la misma ropa que vestía en el momento de su arresto y White pensó que tenía el aspecto de «un dandy de provincias, elegante al estilo del Oeste, botas de cowboy caras, camisa llamativa, corbata chillona y un traje hecho a medida y de tela cara».[439] Ernest no dejaba de moverse y de pasarse la lengua por los labios.

White y el agente Smith lo interrogaron.

—Queremos hablar con usted sobre los asesinatos de la familia de Bill Smith y de Anna Brown —dijo White.[440]

—Pero si yo no sé nada de eso —replicó Burkhart.

White le explicó que habían hablado con un tal Burt Lawson en la trena, el cual les había dicho, y de manera muy clara, que Burkhart sabía muchas cosas de los asesinatos. No pareció que el nombre de Lawson afectara a Ernest, quien les aseguró que jamás había tenido tratos con él.

—Lawson afirma que usted fue el contacto para organizar la explosión en casa de Smith —dijo White.

—Entonces miente —respondió Burkhart rotundamente.

Una duda se apoderó de White, una duda que tal vez había estado allí todo el tiempo pero él no había dejado que asomara: ¿Y si Lawson, efectivamente, mentía y solo se limitaba a repetir los rumores que otros presos comentaban sobre el caso? Lawson podía estar mintiendo con la esperanza de obtener una reducción de condena a cambio de su testimonio. O tal vez la confesión no era más que un montaje del propio Hale, un artista de la conspiración. White no sabía a qué atenerse, pero si Lawson mentía, entonces era más vital aún conseguir que Burkhart confesara; de lo contrario, tantos esfuerzos no habrían servido para nada.

Durante horas, y en el ambiente cargado de la claustrofóbica caja, White y Smith repasaron una y otra vez las pruebas circunstanciales que habían reunido sobre cada uno de los asesinatos, tratando de ponerle la zancadilla a Burkhart. White creyó detectar cierto remordimiento en el interrogado, como si deseara quitarse un peso de encima y proteger a su mujer y sus hijos. Sin embargo, cada vez que White o Smith mencionaban a Hale, Burkhart se ponía rígido, como si le tuviera más miedo a su tío que a la propia justicia.

—Yo le aconsejo que lo cuente todo —dijo White en un tono casi de súplica.

—No hay nada que contar —dijo Burkhart.

Pasada la medianoche White y Smith se rindieron y mandaron a Burkhart de vuelta a su celda. Unas horas más tarde, White se enfrentaba a una nueva preocupación. Hale dijo que podía demostrar de forma concluyente que se encontraba en Texas en el momento de la explosión, pues recibió un telegrama estando allí y tuvo que firmar para recogerlo. Si eso era verdad —y White se inclinaba a pensar que lo era—, entonces Lawson había mentido desde el principio. En su desesperación por atrapar a Hale, White había cometido el peor pecado de hombre racional: creer, pese a las patentes contradicciones, lo que necesitaba creer a toda costa. White sabía que en cuestión de horas los abogados de Hale aparecerían con el telegrama y sacarían a Hale (y a Burkhart) de la cárcel, y que en cuestión de horas correría la voz de que el Bureau se había puesto en evidencia, noticia que llegaría rápidamente a Hoover. Como diría uno de sus ayudantes refiriéndose al director: «Si no le caías bien, acababa contigo».[441] Los abogados de Hale le pasaron rápidamente el chivatazo a un periodista, que escribió un artículo sobre la coartada «perfecta» de Hale, dejando constancia de que «no está asustado».[442]

Sin otro recurso a mano, White acudió al hombre que le había subido los colores a Hoover para luego convertirse en un paria a ojos de los investigadores: Blackie Thompson, el forajido de sangre cherokee a quien habían sacado de la cárcel como informador durante la primera investigación y que luego mató a un agente de policía. Thompson estaba recluido en la penitenciaría del estado desde su último arresto; aquella mancha en el Bureau era mejor no verla.

Aun así, White sospechaba, por lo que había deducido de la primera investigación, que Blackie podía tener información vital sobre el caso. Así pues, y sin consultar a Hoover, hizo que lo trasladaran a Guthrie. Si algo salía mal, si Blackie se fugaba o hería a alguien, los días de White en el Bureau habrían terminado, de modo que se aseguró de que fuese Luther Bishop —el agente de la ley que había abatido a Al Spencer— el responsable de trasladar a Blackie. Cuando este llegó al edificio federal, lo hizo cargado de cadenas y escoltado por un pequeño ejército. En un tejado cercano al edificio, White había apostado un tirador, que tuvo a Blackie en todo momento en su punto de mira.

Blackie seguía siendo un hombre hostil, hosco y malvado, pero cuando White le preguntó por el papel de Burkhart y Hale en los asesinatos de los osage, su estado de ánimo experimentó un cambio. Hombre fanático y lleno de rencor, en una ocasión se había quejado de que Hale y Ernest Burkhart eran «demasiado judíos; lo quieren todo gratis».[443]

 

© Corbis

El forajido Blackie Thompson

 

Se le dejó claro que no podían hacer ningún trato para que le redujeran la condena, y al principio Blackie habló de mala gana sobre los asesinatos. Sin embargo, poco a poco fue revelando detalles. Dijo que una vez Burkhart y Hale les propusieron a él y a su viejo amigo Curley Johnson que liquidaran al matrimonio Smith. Como parte del pago, les ofrecían que Blackie robara el coche de Burkhart, y una noche, mientras Ernest estaba en casa acostado con Mollie, Blackie se lo había llevado del garaje particular. Posteriormente, a Blackie lo detuvieron por robar otro coche y ya no tuvo nada que ver con los otros asesinatos.

No estaba claro si Blackie accedería a testificar ante un tribunal por estos asuntos, pero White pensó que tenía información suficiente para seguir adelante con el caso. Tras dejar a Blackie rodeado de guardias, corrió a interrogar de nuevo a Burkhart en compañía del agente Smith.

De nuevo en la caja, White le dijo a Burkhart:

—No estamos satisfechos con las respuestas que nos dio usted anoche. Creemos que nos ocultó muchas cosas.

—Todo lo que sé es del dominio público —replicó Burkhart.

White y Smith decidieron jugar su última carta: le dijeron que tenían otro testigo que declararía que él, Burkhart, había estado implicado en los planes para matar a Bill y Rita Smith. Y Burkhart, consciente de que ya se habían tirado antes un farol, dijo que no les creía.

—Muy bien, entonces quizá será mejor que vaya a buscarle —dijo el agente Smith.

—Sí, tráiganlo —dijo Burkhart.

Los dos agentes fueron a por Blackie y regresaron con él. Vigilado en todo momento por el tirador apostado en el tejado, el forajido se sentó enfrente de Burkhart. Ernest estaba atónito.

El agente Smith se dirigió a Blackie con estas palabras:

—Blackie, ¿me has dicho […] la verdad respecto a la proposición que te hizo Ernest Burkhart?[444]

—Sí, señor —respondió Blackie.

—¿De matar a Bill Smith? —añadió el agente.

—Sí, señor.

—¿Me dijiste la verdad cuando me contaste que Ernest te dio un automóvil como pago parcial por ese trabajo?

—Sí, señor.

Blackie, quien sin duda lo estaba pasando en grande, miró de hito en hito a Burkhart y le dijo:

—Ernest, se lo he contado todo.

Burkhart pareció hundirse. Cuando se llevaron a Blackie, White pensó que Burkhart iba por fin a delatar a Hale, pero cada vez que parecía a punto de hacerlo, Burkhart se echaba atrás. Alrededor de la medianoche, White dejó a Burkhart con los otros agentes y regresó a su hotel. Se le habían terminado los trucos: estaba extenuado, frustrado, y se quedó dormido no bien se dejó caer en la cama.

Al poco rato, el teléfono lo despertó. White, temiendo que alguna otra cosa hubiera ido mal (que Blackie Thompson se les hubiera escapado, por ejemplo), levantó el auricular y lo que oyó fue la voz de uno de sus agentes. El tono era de urgencia:

—Burkhart está dispuesto a confesar —dijo—. Pero no quiere contárnoslo a nosotros. Dice que ha de ser a ti.

 

 

Cuando White entró en la caja, se encontró a Burkhart derrumbado en su asiento, agotado y resignado. Burkhart le dijo que él no había matado a ninguna de aquellas personas, pero que sabía quién había sido.

—Quiero contarlo —añadió.

White le recordó sus derechos y Burkhart firmó un papel que decía: «Tras haber sido advertido, sin mediar promesas de inmunidad judicial y por mi propia voluntad e iniciativa, hago la siguiente declaración».[445]

Burkhart empezó hablando de William Hale, de la admiración que había sentido por él de muchacho, de todos los encargos y trabajos que había hecho para él a lo largo de los años y de que siempre obedecía sus órdenes. «Yo me fiaba de lo que dijera tío Bill», afirmó.[446] Burkhart añadió que Hale era un liante, y aunque él, Burkhart, no había conocido de primera mano todos los tejemanejes de su tío, este sí había compartido con él los detalles de un plan homicida: matar a Rita y Bill Smith. Burkhart afirmó que había puesto objeciones cuando Hale le comunicó su intención de hacer volar por los aires la casa de los Smith con todo lo que hubiera dentro, incluidos sus propios parientes. «¿A ti qué más te da? —le había dicho Hale—. El dinero irá a parar a tu mujer.»

Burkhart dijo que estuvo de acuerdo, como siempre, con el plan de Hale. Su tío había hablado en primera instancia con Blackie Thompson y Curley Johnson para que fueran los autores materiales. (En una declaración posterior, Burkhart recordaba que «Hale me dijo que fuera a ver a Curley y comprobara si era tan duro como decían y si le interesaría ganarse un dinero, y me dijo que le explicara que se trataba de cargarse a un blanco renegado», en referencia a Bill Smith.)[447] Pero luego, como Johnson y Blackie no pudieron hacer el trabajo, Hale sondeó a Al Spencer. Spencer dijo que no, así que Hale fue a hablar con el contrabandista y as del rodeo Henry Grammer, quien prometió buscarle al hombre ideal. «Apenas unos días antes del atentado, Grammer le dijo a Hale que Acie [Asa Kirby] lo haría —recordaba Burkhart—. Eso fue lo que me contó Hale.»[448]

Burkhart dijo que Lawson no había tenido nada que ver en la explosión, y comentó: «Han cogido por el rabo al cerdo equivocado».[449] (Más tarde, Lawson le reconoció a White: «Todo eso que le conté era mentira. Lo único que sé de la explosión en la casa de Smith es lo que oí decir en la cárcel […]. Hice mal en mentir».)[450] De hecho, según Burkhart, Hale había ido con Grammer a Fort Worth, en Texas, para poder tener una coartada. Antes de partir, Hale le dijo a Burkhart que entregara un mensaje a John Ramsey, el cuatrero y contrabandista de licor a sueldo de Grammer. El mensaje era para que Ramsey le dijese a Kirby que había llegado el momento de hacer «el trabajo». Burkhart entregó el mensaje y la noche de la explosión la pasó en casa con Mollie. «Cuando ocurrió yo estaba en la cama con mi mujer —dijo—. Vi una luz en la zona norte. Mi mujer fue a mirar por la ventana.» Mollie dijo que parecía que hubiera fuego en casa de alguien. «En cuanto la oí supe de qué se trataba.»[451]

Burkhart aportó asimismo detalles de cómo Hale orquestó el asesinato de Roan para conseguir el dinero del seguro. «Sé quién mató a Henry Roan», dijo Burkhart, e identificó a Ramsey —el cuatrero— como autor del crimen.[452]

El caso se abría camino a ojos vistas. White hizo una llamada al agente Wren, que estaba sobre el terreno. «Hay un sospechoso; se llama John Ramsey —le dijo White—. Procede inmediatamente a su detención.»[453]

Ramsey fue apresado y trasladado a la caja. Llevaba un mono de trabajo. Era alto y flaco, tenía el pelo grasiento y cojeaba ligeramente y de un modo amenazador. Un periodista comentó que parecía «un hombre osado y, tal vez, peligroso».[454]

Según hicieron constar White y otros agentes, Ramsey los miró con cautela, insistiendo en que él no sabía nada. Entonces White le puso delante la declaración firmada de Burkhart. Ramsey se quedó mirando el papel, como dudando de su autenticidad. Tal como habían hecho con Blackie anteriormente, White y Smith hicieron entrar a Burkhart para que confirmara su declaración delante de Ramsey. Este levantó las manos en un gesto de impotencia y dijo: «Bueno, supongo que me han cargado el mochuelo. Vayan cogiendo los lápices».[455]

Según su declaración jurada y otros testimonios, a principios de 1923 Grammer le dijo a Ramsey que Hale necesitaba que le hicieran «un trabajito».[456] Cuando Ramsey preguntó de qué se trataba, Grammer le dijo que había que liquidar a un indio. Ramsey, que se refirió al plan como «el estado del juego», acabó aceptando el encargo y, con la promesa de darle whisky, se citó con Roan en el cañón. «Nos sentamos en el estribo de su coche y bebimos un rato —relató Ramsey—. Luego el indio montó en el automóvil para marcharse y yo le metí una bala en la nuca. Supongo que estaba a una distancia de un palmo o dos cuando disparé. Volví a mi coche y me fui a Fairfax.»

A White no se le escapó el detalle de que Ramsey hablaba en todo momento de «el indio», sin mencionar a Roan por su nombre. Como para justificar el crimen cometido, Ramsey dijo que incluso ahora «los blancos de Oklahoma dan tan poca importancia a cargarse a un indio como en 1724».[457]

 

 

White aún tenía algunas preguntas sobre el asesinato de Anna Brown, la hermana de Mollie. Ernest Burkhart siguió sin soltar prenda sobre el papel de su hermano Bryan, pues evidentemente no quería incriminarlo. Reveló, en cambio, la identidad del misterioso «tercer hombre» a quien habían visto en compañía de Anna poco antes de que muriera. Era alguien a quien los agentes conocían, y demasiado bien: Kelsie Morrison, el informador encubierto que supuestamente había colaborado con los agentes para identificar a ese tercer hombre. Morrison no solo había actuado como agente doble proporcionando información a Hale y sus secuaces; era Morrison, según Ernest, el que había matado a Anna Brown de un tiro en la cabeza.

 

 

Mientras las autoridades iban a buscar a Morrison, enviaron a un médico a visitar a Mollie Burkhart. Parecía tener un pie en la tumba, y, basándose en los síntomas, las autoridades determinaron que alguien había estado envenenándola de manera lenta para no levantar sospechas. En un informe posterior, un agente escribió: «Es un hecho probado que cuando dejó de estar bajo el control de Burkhart y Hale, su salud mejoró de inmediato».[458]

Burkhart jamás admitió tener el menor conocimiento de que Mollie estuviera siendo envenenada. Tal vez fue el único pecado que no soportó confesar. O tal vez Hale no se fiaba de que Ernest fuera capaz de asesinar a su propia esposa.

Interrogaron a los hermanos James y David Shoun a fin de determinar qué tratamiento le habían estado administrando a Mollie. Uno de los fiscales que trabajaban con White le preguntó a James Shoun:

—¿No le estaba dando insulina?[459]

—Es posible que sí —dijo el médico.

El fiscal se impacientó.

—¿Acaso no la apartaron de usted y la llevaron al hospital de Pawhuska? ¿No le estaba administrando insulina, entonces?

Shoun dijo que quizá se había expresado mal.

—No quiero estar jodido y no quiero meterme en líos —dijo.

El fiscal volvió a preguntarle si le había inyectado algo a Mollie.

—Sí, varias veces —respondió Shoun.

—¿Para qué?

—Para la diabetes.

—¿Y ella empeoró?

—No lo sé.

—Y se puso tan mal que hubo que llevarla a Pawhuska a un hospital, donde mejoró de inmediato atendida por otro médico, ¿no?

James Shoun y su hermano negaron cualquier tipo de mala práctica y White no pudo demostrar quién era el responsable del lento envenenamiento. Las autoridades interrogaron a Mollie cuando esta se encontró mejor. No era el tipo de mujer a quien le gustara hacerse la víctima, pero por una vez admitió estar asustada y perpleja. A veces recurría a un intérprete para que la ayudara a expresarse en inglés, un idioma que ahora parecía contener secretos que escapaban a su comprensión. Un abogado que colaboró en la investigación le explicó: «Somos sus amigos y estamos trabajando para usted».[460] Le informó de que Ernest, su marido, había confesado que sabía algo sobre los asesinatos y que Hale, por lo visto, era el cerebro del plan, incluida la explosión de la casa de su hermana Rita.

—Bill Hale y el marido de usted son parientes, ¿no es cierto?

—Sí, señor —dijo Mollie.

En un momento dado, el abogado le preguntó si Hale estaba en casa de ella cuando se produjo la explosión.

—No. En casa solo estábamos mi marido, mis hijos y yo.

—¿No fue a verles nadie aquella noche?

—No.

—¿Su marido estuvo en casa toda la tarde?

—Sí.

Luego le preguntó si Ernest le había comentado algo sobre lo que tramaba Hale. Y ella dijo:

—No, Ernest nunca me contó nada.

Lo único que ella quería, dijo, era que los hombres que habían hecho aquello a su familia fueran castigados.

—¿Sean quienes sean? —preguntó el abogado.

—Sí —respondió ella sin dudar un momento. Pero, de todos modos, a Mollie no le cabía en la cabeza que Ernest hubiera podido participar en semejante complot. Más adelante, un autor la citaba diciendo: «Mi marido es una buena persona, un hombre bondadoso. Jamás habría hecho algo así. Y no sería capaz de hacer daño a nadie, y menos a mí».[461]

—¿Ama usted a su marido? —le preguntó el abogado.

Mollie tardó un instante en responder:

—Sí.

 

 

Armados con las declaraciones de Ernest Burkhart y Ramsey, White y el agente Smith tuvieron un cara a cara con Hale. White se sentó delante de aquel personaje de aspecto de caballero que, estaba seguro, había matado a casi todos los miembros de la familia de Mollie, así como a testigos y cómplices en la conspiración. White, además, había averiguado otra cosa inquietante: según varias personas próximas a Anna Brown, Hale había tenido un lío con ella y era el padre del niño que esperaba. De ser cierto, eso significaba que Hale había matado a su propio hijo nonato.

White intentó dominar las violentas pasiones que se agitaban en su interior cuando Hale los saludó con la misma educación que había desplegado en el momento de su arresto. Burkhart había descrito una vez a Hale como el mejor hombre «que uno hubiera visto jamás hasta que le conocías de verdad», y añadía: «Nada más verle caías rendido a sus pies. A las mujeres les pasaba otro tanto. Pero a medida que lo frecuentabas, Hale empezaba a molestarte. De algún modo te maltrataba.[462]

White no perdió tiempo. Como recordaba después, le dijo a Hale: «Tenemos incuestionables declaraciones firmadas que lo señalan a usted como el cerebro de los asesinatos de Henry Roan y la familia Smith. Disponemos de pruebas para declararlo culpable».[463]

Incluso después de que White le detallara las pruebas en su contra, Hale se mantuvo imperturbable, como si aún tuviera la sartén por el mango. Kelsie Morrison les había dicho a los agentes que Hale estaba convencido de que «con dinero se puede comprar la protección o la absolución de cualquier hombre por cualquier crimen cometido en el condado de Osage».[464]

White jamás habría podido prever la tremenda y amarga batalla legal que vendría a continuación, una batalla que se debatiría incluso en el Tribunal Supremo federal y que estaría punto de arruinar su carrera. En ese momento, con la esperanza de dejarlo todo bien atado y lo más rápido posible, hizo un postrer intento de convencer a Hale de que confesara. «Suponemos que no querrá exponer [a su familia] a un proceso largo con todos sus sórdidos testimonios y la vergüenza y bochorno que sin duda comportará», dijo White.[465]

Y Hale, mirándole con regocijado entusiasmo, le dijo: «Ya veremos».[466]