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TRAIDOR A SU SANGRE

 

 

El país entero contuvo el aliento ante las revelaciones de los arrestos y de los horrores cometidos. La prensa habló de «una banda evidentemente bien organizada y de una diabólica crueldad, resuelta a acabar mediante balas, veneno y bombas con los herederos de las tierras ricas en petróleo de los osage»;[467] de crímenes «más espeluznantes aún que los de los tiempos de la “frontera”»;[468] y de los esfuerzos del gobierno federal para llevar ante la justicia al presunto Rey de los Asesinos.[469]

White y sus hombres habían estado tan ocupados con los casos de Roan y los familiares de Mollie Burkhart que aún no habían podido relacionar Hale con los veinticuatro asesinatos de osage ni con las muertes del abogado Vaughan y el petrolero McBride. Aun así, White y su equipo pudieron demostrar cómo al menos dos de esos otros asesinatos beneficiaban a Hale. En primer lugar el supuesto envenenamiento de George Bigheart, el indio osage que antes de morir había pasado información a Vaughan. Unos testigos afirmaban haber visto a Hale en compañía de Bigheart justo antes de que se lo llevaran a toda prisa al hospital, y que después de su muerte Hale reclamó seis mil dólares del patrimonio del fallecido, aportando un título de crédito falsificado. Ernest Burkhart reveló que, antes de rellenar el título de crédito, su tío estuvo practicando para imitar la letra de Bigheart. Por otro lado, Hale también estaba implicado en el supuesto envenenamiento del indio osage Joe Bates, en 1921. Después de que Bates, casado y con seis hijos, muriera de repente, Hale había presentado una sospechosa escritura de sus tierras. Posteriormente, la viuda de Bates mandó una carta a la oficina de Asuntos Indios, en la que decía: «Hale tuvo a mi marido borracho durante un año o más. Venía a casa y le pedía que vendiera las tierras que había heredado. Joe siempre decía que no, por muy borracho que estuviese. Yo nunca temí que vendiera esas tierras, Joe siempre me dijo que no lo haría incluso unos pocos días antes de morir… Bueno, pues Hale se quedó con ellas».[470]

Pese a la brutalidad de los crímenes, muchos blancos no disimularon su entusiasmo por la escabrosa historia. «CONSPIRACIÓN ASESINA CONTRA INDIOS OSAGE EXCITA LOS ÁNIMOS», titulaba la Reno Evening Gazette.[471] Una agencia de noticias envió un boletín de ámbito nacional con el titular: «ASESINATOS DE INDIOS OSAGE REVIVEN EL SALVAJE OESTE», diciendo que lo ocurrido «por deprimente que sea, remite al romanticismo y la temeridad de un Lejano Oeste que creíamos desaparecido. Es, además, una historia fascinante, hasta el punto de que lo primero que uno piensa es si realmente ha podido suceder en la moderna Norteamérica del siglo XX».[472] En el folleto explicativo que daban en las salas de cine donde pasaron un noticiario sobre los asesinatos titulado «La tragedia de las Colinas Osage», se leía: «Una historia de amor, odio y codicia. Basada en hechos reales que han podido saberse tras la asombrosa confesión de Ernest Burkhart».[473]

Entretanto, los osage tenían como máxima prioridad asegurarse de que Hale y sus cómplices no encontraran la manera de salir en libertad, como muchos temían que iba a ocurrir. Así hablaba la viuda de Bates: «En esos tribunales los indios no podemos defender nuestros derechos y yo no tengo ni la más remota posibilidad de recuperar esas tierras para mis hijos».[474] El 15 de enero de 1926, la Asociación de Indios de Oklahoma dio a conocer una resolución en la que se decía:

 

Miembros de la tribu osage han sido vilmente asesinados para quitarles sus headrights

Considerando que los culpables de estos crímenes merecen ser perseguidos con rigor y, en el supuesto de demostrarse su culpabilidad, castigados con todo el peso de la ley…

ESTA ASOCIACIÓN RESUELVE elogiar a los funcionarios federales y estatales por los esfuerzos realizados para descubrir y llevar ante la justicia a los culpables de unos crímenes tan atroces.[475]

 

Pero White sabía que la corrupción había penetrado en las instituciones judiciales estadounidenses, así como sus cuerpos policiales. Muchos abogados y jueces aceptaban mordidas. Se coaccionaba a testigos, se sobornaba a jurados. El mismo Clarence Darrow, gran defensor de los oprimidos, había sido acusado de intento de soborno a eventuales miembros de jurado. Un editor del periódico Los Angeles Times recordaba que Darrow le dijo una vez: «Cuando uno se las ve con un puñado de ladrones, solo puede jugar según sus reglas. ¿Por qué iba yo a ser diferente?».[476] La influencia de Hale sobre las frágiles instituciones legales de Oklahoma era enorme; como observó un periodista de visita en la región, «los vecinos, al margen de su condición social, le hablan con el corazón en un puño. Por doquier se siente su influencia y la de sus socios».[477]

Precisamente debido a ese poder, un fiscal federal advirtió que era «no solo inútil sino decididamente peligroso» juzgar a Hale por el sistema jurídico estatal.[478] Sin embargo, como en tantos crímenes contra indios americanos, la cuestión de qué entidad gubernamental tenía jurisdicción sobre los asesinatos de los osage se prestaba a mucha confusión. Si un crimen ocurría en territorio indio, las autoridades federales podían reclamar jurisdicción. Ahora bien, el territorio osage había sido parcelado y gran parte de las tierras donde se habían perpetrado los asesinatos, incluido el de Anna Brown, no estaba ya bajo control de la tribu. Así pues, concluyó el departamento de Justicia, estos casos solo podía juzgarlos el estado.

Sin embargo, cuando revisaron los diversos casos, les pareció encontrar una excepción. Henry Roan había sido asesinado en una parcela osage no vendida a colonos blancos; es más, el dueño de la propiedad, indio osage, dependía de un tutor y estaba por tanto bajo tutela judicial del gobierno federal. Los fiscales que trabajaban con White decidieron empezar por este caso; Hale y Ramsey fueron acusados del asesinato de Roan ante un tribunal federal. Podían ser condenados a muerte.

El equipo de la acusación era de campanillas: entre otros, contaba con dos altos funcionarios del departamento de Justicia, así como un abogado joven recién nombrado fiscal federal, Roy St. Lewis, y un fiscal local de nombre John Leahy, casado con una osage y vinculado al Consejo Tribal como asesor en anteriores procesos judiciales.

Hale contaba con la asesoría de su propio panel de abogados, «lo mejorcito de la abogacía de Oklahoma», según lo expresó un periódico.[479] En el equipo estaba Sargent Prentiss Freeling, antiguo fiscal general de Oklahoma y paladín de los derechos del estado. Había recorrido toda la región dando una conferencia titulada «El proceso a Jesucristo desde el punto de vista de un abogado», advirtiendo: «Cuando un hombre estrecho de miras se regodea en la villanía hasta el límite de sus capacidades y llega hasta donde le permite su despreciable carácter, tiene que recurrir a un abogado de mala reputación para que lo defienda».[480] En el caso de John Ramsey, presunto asesino de Roan, Hale contrató para su defensa a un abogado llamado Jim Springer, que tenía fama de amañar sus casos. Por consejo de Springer, lo primero que hizo Ramsey fue retractarse de su confesión, insistiendo en que «Yo nunca he matado a nadie».[481] Ernest Burkhart le contó a White que Hale había tranquilizado previamente a Ramsey en el sentido de que él, Hale, «estaba en el ajo y lo tenía todo bien atado, empezando por el capataz de obra y terminando por el gobernador».[482]

 

Cortesía de la Oklahoma Historical Society, Oklahoman Collection

El fiscal Roy St. Lewis revisando la voluminosa documentación de los asesinatos de los osage

 

Poco después de que empezara la vista, a principios de enero, uno de los compinches de Hale —reverendo, para más señas— fue acusado de perjurio. En una vista posterior, otro socio de Hale fue arrestado por intento de intoxicación de testigos. A medida que se acercaba el juicio propiamente dicho, algunos detectives privados corruptos empezaron a seguir a testigos e incluso, en más de un caso, trataron de hacerlos desaparecer. El Bureau divulgó la descripción de un detective en concreto de quien se temía que hubiera sido contratado como asesino:[483] «Cara alargada […] traje gris y sombrero ligero […] varios dientes de oro […] fama de ser muy astuto y “escurridizo”».[484]

Otro pistolero recibió el encargo de asesinar a la exmujer de Kelsie Morrison, Katherine Cole, que era osage y había accedido a testificar para la acusación. El pistolero recordaba después: «Kelsie dijo que tenía que hacer algo para librarse de Katherine, su mujer, porque sabía demasiado sobre el asunto de la muerte de Anna Brown. Kelsie me explicó que me daría una nota para Bill Hale y que este se encargaría de organizarlo todo».[485] Hale pagó al pistolero y le dijo «que la emborrachara y la quitara de en medio».[486] Pero, en el último momento, el pistolero decidió echarse atrás y, tras ser detenido por robo, explicó a las autoridades el plan de Hale. Aún así los complots continuaron.

White, que había ordenado a sus hombres trabajar en parejas por motivos de seguridad, recibió el chivatazo de que un antiguo miembro de la banda de Al Spencer había aparecido en Pawhuska para matar federales. White le dijo al agente Smith: «Más vale prevenir», y armados con automáticas del calibre 45 se presentaron en la casa donde se hospedaba el bandido.

—Nos han contado que amenazas con echarnos de la ciudad —le dijo White.[487]

El forajido, después de mirarlos con detenimiento, dijo:

—Solo soy un amigo de Bill Hale. Simplemente estoy aquí de paso, nada más.

White informó a Hoover: «Antes de poder llevar a cabo su trabajo “sucio”, el individuo abandonó la ciudad […] comprendiendo que para él sería más seguro irse a otra parte».[488]

White estaba tremendamente preocupado por Ernest Burkhart. Más tarde Hale confió a uno de sus aliados que Burkhart era el único testigo al que temía. «Hagas lo que hagas, ocúpate de Ernest», le dijo Hale. De lo contrario, añadió, «estoy perdido».[489]

El 20 de enero de 1926 Burkhart —contra el que el gobierno no había presentado cargos todavía, a la espera de ver hasta dónde cooperaría— le dijo a White que estaba seguro de lo iban «a liquidar».[490]

—Le daré toda la protección que el gobierno pueda aportar —fue lo que le prometió White—. Tanta como sea necesario.[491]

White hizo que el agente Wren y otro miembro del equipo sacaran disimuladamente a Burkhart del estado y lo protegieran hasta el momento del juicio. Los agentes no registraron a Burkhart en ningún hotel con su nombre verdadero, sino con el alias «E. J. Ernest». Más adelante, White informó a Hoover de que «creemos que harán todo lo posible por matar a Burkhart. Naturalmente, hemos tomado todas las precauciones para impedirlo, pero siempre cabe la posibilidad de que los amigos de Ramsey y Hale puedan administrarle veneno».[492]

Entretanto, Mollie seguía sin creer que Ernest, su marido, fuera «voluntariamente culpable».[493] Y al ver que pasaban los días y no regresaba a casa, se puso muy nerviosa. Su familia había sido diezmada y ahora parecía que iba a quedarse también sin marido. Un abogado que asesoraba a la acusación le preguntó si se sentiría mejor si unos agentes la llevaban a ver a Ernest.

—Eso es lo único que quiero —respondió Mollie.[494]

Después, Mollie se vio con White. Él le prometió que Ernest volvería pronto. Hasta entonces, añadió White, se aseguraría de que pudieran mantener correspondencia.

Tras recibir carta de Ernest diciéndole que se encontraba bien y a salvo, Mollie contestó: «Mi querido esposo: He recibido tu carta esta mañana y estoy muy contenta de saber de ti. Estamos todos bien y Elizabeth vuelve a ir al colegio». Mollie le comentó que ya no estaba tan enferma. «Me encuentro bastante mejor», decía. Aferrándose a la ilusión de su matrimonio, terminaba con estas palabras: «Bueno, Ernest, pondré punto final a mi breve carta. Espero tener noticias tuyas muy pronto. Se despide de ti tu esposa, Mollie Burkhart».[495]

 

 

El 1 de marzo de 1926 White y la acusación sufrieron un tremendo revés. El juez, accediendo a una moción de la defensa, dictó que aunque el asesinato de Roan se había producido en una parcela osage, esta no podía considerarse equivalente a territorio tribal y, en consecuencia, solo un tribunal del estado podía arbitrar el caso. Los fiscales apelaron la decisión al Tribunal Supremo federal, pero dado que el fallo podía tardar meses, mientras tanto habrían de poner en libertad a Hale y Ramsey. «Por lo que parecía los abogados de Bill Hale (tal como habían predicho sus amigos) le habían cortado las alas al gobierno», comentaba un escritor.[496]

Hale y Ramsey estaban celebrándolo en el juzgado cuando el sheriff Freas se les acercó. Tras darle la mano a Hale, dijo: «Bill, tengo una orden de arresto contra ti».[497] White y los fiscales habían dispuesto con el fiscal general de Oklahoma que mantendrían entre rejas a Hale y a Ramsey presentando cargos contra ellos por las muertes en la explosión de la casa.

A White y la acusación no les quedó más remedio que amoldarse, y el caso empezó a verse en Pawhuska, sede del condado de Osage y bastión de Hale. «Apenas hay gente, si es que hay alguien, que crea que podamos conseguir que un jurado de este condado llegue a juzgar a estas personas —le dijo White a Hoover—. Recurrirán a todo tipo de triquiñuelas y engaños.»[498]

El 12 de marzo, en una vista preliminar, algunos hombres y mujeres osage, muchos de ellos parientes de las víctimas, se apretujaron en la sala del tribunal. La esposa de Hale, su hija de dieciocho años y sus muchos y muy ruidosos partidarios se arracimaron detrás de la mesa de la defensa. Los periodistas se peleaban por hacerse un hueco. «Nunca antes se había congregado tal cantidad de gente en un juzgado», aseguraba un corresponsal del Tulsa Tribune.[499] «Tenemos aquí a acicalados hombres de negocios disputándose con peones agrícolas un sitio para estar de pie. Hay mujeres de la buena sociedad sentadas al lado de squaws envueltas en vistosas mantas. Los cowboys de sombrero de ala ancha y los jefes osage con atavío de cuentas escuchan los testimonios con idéntica atención. Las colegialas estiran el cuello en sus asientos para no perder detalle. La cosmopolita población del lugar más rico del mundo —el reino de los osage— se ha reunido para presenciar este drama de sangre y dinero.» Más adelante, un historiador local se arriesgó a decir que los juicios por aquellos asesinatos recibían más cobertura informativa que el llamado «juicio del mono» el año anterior en Tennessee, donde se falló sobre si era legal enseñar la teoría de la evolución en un centro subvencionado por el estado.

Una osage que estaba sentada en uno de los bancos, callada y sola, fue blanco de numerosos cuchicheos. Era Mollie Burkhart, expulsada de los dos mundos entre los que siempre había basculado: los blancos, fieles a Hale, la rehuían, mientras que muchos osage le hacían el vacío por haber atraído a los asesinos y por su férrea lealtad a Ernest. Una «piel roja ignorante», la calificaron varios periodistas. Pese a la insistencia de la prensa para conseguir una declaración, ella se mantuvo firme y no soltó prenda. Un periodista consiguió sacarle una fotografía en la que aparecía con una expresión de desafiante serenidad, y la imagen —una «foto nueva y exclusiva de Mollie Burkhart»— dio la vuelta al mundo.[500]

Hale y Ramsey entraron escoltados en la sala. Aunque a Ramsey parecía no importarle todo aquello, Hale sí hizo una seña a su mujer, su hija y sus partidarios. «Hale es un hombre de una personalidad magnética —escribió el corresponsal del Tribune—. Cada vez que hay un receso, se ve rodeado de amigos, y tanto los hombres como las mujeres le saludan alegremente a gritos.»[501] En la cárcel, Hale había anotado estos versos de un poema tal como lo recordaba:

 

¡No juzgues! Nubes de aparente culpa tal vez enturbien el buen nombre de tu hermano,

pues el destino es capaz de arrojar una sombra de sospecha sobre el mejor de los hombres.[502]

 

White se sentó a la mesa de la acusación. De repente uno de los abogados de Hale dijo: «Su señoría, solicito que T. B. White —señaló hacia donde se encontraba el agente—, jefe del Bureau of Investigation en Oklahoma City, sea cacheado y expulsado de esta sala».[503]

Los partidarios de Hale lanzaron vítores y patalearon de contento. White se puso de pie y se desabrochó la chaqueta para que vieran que no iba armado. «Me iré si así lo ordena el tribunal», dijo. El juez le miró y dijo que no sería necesario; White volvió a sentarse y el público se fue calmando. La vista transcurrió sin más incidentes hasta primera hora de la tarde, cuando apareció en la sala un hombre a quien no se veía en el condado desde hacía semanas: Ernest Burkhart. Mollie observó a su marido mientras este recorría con paso vacilante el largo pasillo hasta el estrado. Hale miró con malos ojos a su sobrino, a quien uno de los abogados de Hale denunció como «traidor a su propia sangre».[504] Momentos antes, Burkhart le había dicho a un miembro de la acusación que si testificaba, «me matarán», y por su aspecto, sentado ahora en la silla de los testigos, era evidente que el valor del que había hecho acopio para llegar hasta aquella situación le estaba abandonando.

Un abogado defensor de Hale se levantó y solicitó hablar en privado con Burkhart. «¡Este hombre es cliente mío!», dijo.[505] El juez preguntó a Burkhart si aquel individuo era realmente su abogado, a lo que Burkhart, sin mirar a Hale, respondió: «No, no es mi abogado, pero estoy dispuesto a hablar con él».[506]

Sin dar crédito a sus ojos, White y los abogados de la acusación vieron bajar a Burkhart del estrado y entrar en el despacho del juez acompañado por los abogados de Hale. Pasaron cinco minutos, diez, veinte; por fin, el juez mandó al alguacil a buscarlos. Al salir de la habitación, el abogado Freeling dijo: «Su señoría, quisiera pedir al tribunal que le conceda al señor Burkhart un receso para consultar con la defensa». El juez accedió y, por un momento, Hale en persona tuvo acorralado a Burkhart en la sala, y esta vez la conspiración se desarrolló ante los ojos de White. Leahy, el fiscal que había sido contratado por el Consejo Tribal osage, consideró que todo aquello era «lo más arbitrario y lo más insólito que he visto en mi vida por parte de un letrado».[507] En el momento en que Burkhart se disponía a salir, White intentó llamar su atención, pero todo un batallón de partidarios de Hale se llevó a rastras al testigo.

 

 

A la mañana siguiente uno de los fiscales hizo el anuncio que White y todos los presentes en la ruidosa sala estaban esperando. Ernest Burkhart se negaba a testificar para el estado. En un memorándum a Hoover, White le explicaba que Burkhart «se acobardó. Era impensable que testificara, después de que el juez permitiera un careo con Hale y este pudiera ejercer, una vez más, su dominio».[508] Al contrario: Burkhart subió al estrado como testigo de la defensa. Uno de los abogados de Hale le preguntó si alguna vez había hablado con el acusado sobre el asesinato de Roan o de cualquier otro osage.

—No. Nunca —murmuró Ernest Burkhart.[509]

Cuando el abogado preguntó si Hale le había pedido alguna vez que contratara a alguien para matar a Roan, Burkhart respondió:

—No. Nunca.

Paso a paso, en voz baja y moncorde, Burkhart se retractó. Los fiscales intentaron salvar la papeleta presentando diversos cargos contra él, designándolo como cómplice en la explosión de la casa de los Smith. La acusación decidió programar el juicio contra Burkhart en primer lugar, confiando en que si lograban un veredicto de culpabilidad, eso reforzaría su postura frente a Hale y Ramsey. Pero los dos pilares básicos contra Hale —las confesiones de Burkhart y Ramsey— se habían desplomado. White recordaba que en el tribunal «Hale y Ramsey nos miraron con sendas sonrisas de triunfo», y añadía: «El Rey vuelve a mandar».[510]

Cuando, a finales de mayo, dio comienzo el juicio contra Burkhart, White se vio inmerso en una crisis todavía más grave. Hale subió al estrado y, bajo juramento, declaró que durante el interrogatorio White y sus agentes (Smith incluido) habían intentado obtener de él una confesión mediante métodos violentos. Hale dijo que los hombres del Bureau le habían asegurado que sabían cómo hacer hablar a un tipo. «Miré detrás de mí —continuó Hale—. Lo que me hizo volver la cabeza fue el ruido de una pistola amartillándose a mi espalda. Justo en ese momento, Smith cruzó la habitación de un salto, me agarró por el hombro y me puso el cañón de un arma en la cara.»[511]

Hale dijo que Smith le había amenazado con saltarle la tapa de los sesos y que White le dijo: «Tendremos que llevarte a la silla caliente». Entonces, dijo Hale, los agentes le obligaron a sentarse en una butaca especial, lo conectaron a unos cables y le pusieron una capucha negra en la cabeza y una especie de careta de béisbol en la cara. «Se pusieron a hablar de que iban a electrocutarme, y de hecho me dieron corrientes», dijo Hale.

Burkhart y Ramsey testificaron que a ellos los habían tratado de un modo parecido, razón por la cual habían acabado confesando. Cuando Hale estuvo en el estrado, hizo muchos aspavientos para mostrar cómo, supuestamente, la descarga eléctrica había sacudido todo su cuerpo. Un agente, aseguró, había olisqueado el aire y luego había dicho: «¿No oléis a carne humana quemada?».

 

 

Una mañana de primeros de junio Hoover se encontraba en Washington. Le gustaba desayunar tostadas y un huevo escalfado. Un pariente suyo había comentado una vez que Hoover era «bastante tirano con la comida» y que a poco que la yema rezumara, devolvía el huevo a la cocina.[512] Sin embargo, lo que le molestó a Hoover ese día no estaba en el plato. Se había quedado de piedra al coger el Washington Post y encontrar, en lugar destacado, el siguiente titular:

 

PRESO ACUSA A AGENTES DE LA LEY

DE UTILIZAR ELECTRICIDAD

EN UN INTENTO DE OBLIGARLE A CONFESAR ASESINATOS

UNOS AGENTES, ASEGURA, DIJERO

QUE OLÍA «A CARNE CHAMUSCADA»[513]

 

Aunque Hoover no era muy exigente en cuanto al cumplimiento de las sutilezas de la justicia, no le parecía que White fuera capaz de emplear tácticas semejantes. Lo que le preocupaba era el escándalo, o, por usar el término que él prefería, «la vergüenza». Rápidamente envió un telegrama a White exigiendo explicaciones. El agente, pese a que no quería dar carta de naturaleza a aquellas «ridículas» acusaciones,[514] contestó con prontitud insistiendo en que eran «patrañas de principio a fin, puesto que nosotros no utilizamos ningún método de tercer grado. En mi vida he recurrido a esas tácticas».[515]

White y sus agentes tuvieron que sentarse en el banquillo para negar aquellas acusaciones. Aun así, William B. Pine —senador por Oklahoma que era un rico petrolero y había defendido siempre el sistema de tutelajes— empezó a presionar a los funcionarios del gobierno federal para que White y su equipo fueran expulsados del Bureau.

En el juicio contra Ernest Burkhart, los ánimos se caldearon más de lo debido. Cuando un abogado defensor alegó que el gobierno había cometido fraude, uno de los fiscales gritó: «¡El que diga eso, que salga fuera y nos veremos las caras!».[516] Hubo que separarlos para impedir que llegaran a las manos.

Así las cosas, la acusación decidió llamar finalmente a un testigo que, pensaban, podía poner el jurado de su parte: el contrabandista y antiguo informador del Bureau Kelsie Morrison, con quien White y sus hombres se habían enfrentado tras conocer su engaño. A Morrison parecía motivarle una sola cosa: su propio interés. Cuando pensó que Hale era más poderoso que el gobierno federal, no tuvo empacho en hacer de agente doble para el Rey de los osage; pero, después de ser arrestado y comprender que su destino dependía del gobierno, Morrison se cambió de chaqueta y reconoció su papel en la conspiración.

En el juicio, mientras afuera llovía y tronaba, Morrison declaró que Hale había pergeñado un plan para eliminar a la familia de Mollie. Hale le había hecho saber que quería deshacerse «de toda la parentela» para que así «Ernest se quede con todo».[517]

En cuanto a Anna Brown, Morrison dijo que Hale lo había contratado para «liquidar a esa piel roja» y que él mismo le proporcionó una automática del 9 corto.[518] Bryan Burkhart había actuado como su cómplice. Tras asegurarse de que Anna estaba bien borracha, se dirigieron en coche a Three Mile Creek. Iba con ellos Cole, a la sazón esposa de Morrison, el cual le dijo que se quedara en el coche. Luego, Bryan y él sacaron a Anna, quien, según dijo Morrison, estaba tan ebria que no se tenía en pie y tuvieron que llevarla entre los dos hasta el arroyo.

 

Cortesía del Museo de la Nación Osage

Anna Brown

 

Bryan la ayudó a sentarse en una roca de la orilla.

—La puso erguida —dijo Morrison, a lo que un abogado de la defensa preguntó:

—¿La sostuvo derecha?

—Sí, señor.

En la sala se hizo el silencio. Mollie Burkhart miraba al frente, atenta. El abogado continuó:

—¿Le dijo usted en qué postura debía sostenerla mientras usted le disparaba?

—Sí, señor.

—O sea que estaban allí, al pie del barranco, y usted le dijo cómo debía sostener a esa mujer ebria e indefensa mientras se preparaba para meterle una bala en el cerebro. ¿Correcto?

—Sí, señor.

—Y cuando él la tuvo justo en la postura deseada, ¿usted le disparó a la mujer con su automática del 9 corto?

—Sí, señor.

—¿La movieron, después de dispararle?

—No, señor.

—¿Qué ocurrió entonces?

—La soltamos y cayó de espaldas.

—¿Así, tal cual?

—Sí, señor.

—¿Gritó o lanzó alguna exclamación?

—No, señor.

—¿Se quedó usted allí mirando cómo se moría? —continuó el abogado.

—No, señor.

—Usted tenía la certeza de que con el arma que utilizó para meterle una bala en el cerebro la había matado, ¿no es así?

—Sí, señor.

En un momento dado, al preguntarle el abogado qué había hecho después del asesinato, Morrison respondió: «Me fui a casa y cené».[519]

La exmujer de Morrison, Cole —quien declaró que no había dicho nada después de lo ocurrido porque él la amenazó con «matarme a patadas»—, confirmó su relato y dijo: «Estuve sola en el coche durante unos veinte o treinta minutos. Hasta que volvieron, ellos dos solos. A Anna Brown no volví a verla con vida».[520]

 

 

El 3 de junio, en pleno proceso, Mollie recibió un aviso para salir de la sala. La menor de sus hijas con Ernest, Anna, que había dejado al cuidado de un pariente desde que cayera enferma, había muerto. Tenía cuatro años. Little Anna, como la llamaban sus padres, no se encontraba bien desde hacía un tiempo y los médicos atribuyeron su fallecimiento a causas naturales, pues no parecía haber pruebas de otra cosa. Pero en los últimos tiempos para los osage toda muerte, todo supuesto acto divino, estaba rodeado de sospecha.

Mollie asistió al funeral. Había dejado a la pequeña en manos de otra familia para que estuviera a salvo, y observó cómo el sencillo ataúd se hundía en la tumba. Cada vez eran menos los osage que conocían las viejas oraciones fúnebres. ¿Quién las entonaría cada mañana al amanecer?

Terminado el sepelio, Mollie volvió directamente al juzgado, aquel frío edificio de piedra que parecía contener los secretos de su desdicha y su desesperación. Al llegar se sentó a solas, sin decir palabra a nadie, y se puso a escuchar.

 

 

El 7 de junio, unos días después de la muerte de su hija, Ernest Burkhart fue escoltado de nuevo hasta la prisión del condado. Aprovechando que nadie miraba, Ernest le pasó una nota al ayudante del sheriff, diciéndole en voz baja: «No la leas ahora».[521]

Más tarde, cuando el ayudante desdobló el papel, vio que la nota iba dirigida a John Leahy, el fiscal. Decía escuetamente: «Venga a verme esta noche a la cárcel. Ernest Burkhart».

El ayudante del sheriff le pasó la nota al fiscal. Leahy encontró a Burkhart paseando nervioso de un lado a otro de su celda; a juzgar por sus profundas ojeras, daba la impresión de que no había pegado ojo en varios días.

—No quiero seguir mintiendo —dijo Burkhart nada más ver a Leahy—. Quiero que este juicio se acabe de una vez por todas.[522]

—Yo formo parte de la acusación, por lo que no puedo asesorarle —dijo Leahy—. ¿Por qué no se lo dice a sus abogados?

—No puedo.

Leahy miró a Burkhart, no muy seguro de si la inminente confesión era una estratagema, otra más. Pero Burkhart parecía sincero. La muerte de su hija, el rostro demacrado de su mujer cada día en el juicio, el darse cuenta de que cada vez había más pruebas contra él… era una carga demasiado grande.

—Estoy atado de pies y manos —dijo Burkhart, y le suplicó a Leahy que le pidiera a Flint Moss, un abogado conocido de Burkhart, que fuera a verle a la prisión.

Leahy estuvo de acuerdo, y el 9 de junio Burkhart regresó a los juzgados tras haber hablado con Moss. Esta vez, no se sentó con los abogados de Hale, sino que se acercó al estrado y le dijo algo al juez. Acto seguido retrocedió un paso, inspiró hondo y dijo:

—Quiero despedir a los abogados de la defensa. A partir de ahora me representará el señor Moss.[523]

El juez, pese a las protestas de la defensa, aceptó el requerimiento de Burkhart. Moss se situó al lado de su cliente y anunció:

—El señor Burkhart desea retirar su declaración de no culpable y declararse culpable.

El asombro fue general.

—¿Es ese su deseo, señor Burkhart? —preguntó el juez.

—Sí, lo es.

—¿Algún funcionario del estado o federal le ha ofrecido inmunidad, o un indulto, si cambiaba su declaración?

—No.

Burkhart había decidido ponerse a merced del tribunal tras haberle dicho previamente a Moss: «Estoy harto y cansado de todo esto […]. Quiero confesar exactamente lo que hice».[524]

Así pues, Burkhart leyó una declaración en la que admitía que él había entregado a Ramsey un mensaje de Hale diciendo que avisara a Kirby de que había llegado el momento de poner la bomba en casa de los Smith.

—En el fondo de mi alma, creo que lo hice porque me lo pidió Hale, que es mi tío —dijo—. La verdad de lo que hice se la he contado a muchas personas, y tal como yo lo veo, lo más honrado y honesto era detener el juicio y confesar la verdad.[525]

El juez le dijo que, antes de aceptar su declaración de culpabilidad, tenía que hacerle una pregunta: ¿le habían obligado los agentes federales a firmar una confesión a punta de pistola o bajo amenaza de electrocución? Burkhart respondió que, aunque no le habían dejado dormir mucho, los hombres del Bureau le habían tratado bien. (Más tarde dijo que los abogados de Hale le habían instado a mentir bajo juramento.)

—Entonces su declaración de culpabilidad será aceptada —dijo el juez.[526]

La sala estalló. El New York Times proclamaba en primera plana: BURKHART CONFIESA: CONTRATÓ A UN HOMBRE PARA DINAMITAR LA CASA DE LOS SMITH […] DICE QUE SU TIO LO ORGANIZÓ TODO.[527]

White envió un mensaje a Hoover, informándole de que Burkhart estaba «muy afectado y, con lágrimas en los ojos, me dijo que había mentido y que ahora iba a contar la verdad […] y que estaba dispuesto a testificar ante cualquier tribunal de Estados Unidos».[528]

La campaña contra White y sus hombres terminó tras la confesión de Burkhart. El fiscal general de Oklahoma dijo: «No se puede dar mucho crédito a esos caballeros».[529]

 

Cortesía de Raymon Red Corn

Ernest Burkhart. Foto de la ficha policial

 

De todos modos, el caso seguía abierto en muchos de sus frentes. White y las autoridades tenían pendiente conseguir la condena de los otros esbirros, entre ellos Bryan Burkhart y Ramsey. Y, lo más peligroso de todo, aún no habían cazado a Hale. Vistos los chanchullos del proceso contra Ernest, White ya no estaba muy convencido de que Hale llegara a ser condenado, pero hubo una noticia que al menos le dio ciertos ánimos: el Tribunal Supremo federal había fallado que el lugar donde Roan había sido asesinado debía considerarse territorio indio. «Y así volvimos a los tribunales federales de distrito», escribió White.[530]

El 21 de junio de 1926, Burkhart fue condenado a cadena perpetua y trabajos forzados. Pese a la sentencia, los que estaban a su alrededor detectaron alivio en su cara. Uno de los fiscales dijo que tenía «la mente en paz porque ha aliviado a su torturada alma del peso de un horrible secreto y ahora solo persigue el arrepentimiento y el perdón».[531] Antes de que se lo llevaran cargado de cadenas a la penitenciaría del estado, Burkhart se volvió hacia Mollie con una sonrisa lánguida. Pero la expresión de ella permaneció impasible, quizá incluso fría.