Rápidamente se convocó en el barranco a un jurado dirigido por un juez de paz para averiguar las causas de la muerte.[27] Este tipo de investigaciones forenses eran un vestigio de cuando los ciudadanos de a pie asumían gran parte de la responsabilidad de indagar delitos y mantener el orden. Durante los años posteriores a la revolución, la opinión pública norteamericana se mostró contraria a la creación de departamentos de policía, temiendo que pudieran convertirse en fuerzas represivas. En cambio, los ciudadanos se organizaban en somatén para dar caza a los sospechosos. Benjamin N. Cardozo, futuro presidente del Tribunal Supremo, comentó en una ocasión que estas persecuciones se hacían «no con timidez o pusilanimidad, sino de corazón y con valentía, y echando mano de cualquier herramienta disponible y adecuada para la ocasión».[28]
Es a mediados del siglo XIX, con el crecimiento de las ciudades industriales y tras una racha de disturbios callejeros —una vez que el temor a las llamadas clases peligrosas sobrepasó el temor al Estado—, cuando nacen en Estados Unidos departamentos de policía. En la época de la muerte de Anna, aquel sistema oficioso de policía ciudadana había dejado de existir, pero quedaban vestigios, sobre todo en zonas que aún parecían vivir en la periferia de la geografía y de la historia.
El juez de paz seleccionó al jurado entre los hombres de raza blanca presentes en el barranco, Mathis entre ellos. Se les encomendó la tarea de determinar si Anna había muerto como consecuencia de la acción de Dios o bien del hombre, y, en caso de que hubiera sido un crimen, debían tratar de identificar a los autores y a sus posibles cómplices. Para llevar a cabo la autopsia, habían llamado a los hermanos Joseph y David Shoun, ambos médicos que atendían a la familia de Mollie. Rodeados por los miembros del jurado, los hermanos Shoun procedieron a examinar el cuerpo para dar un diagnóstico.
Cada cadáver tiene su historia particular. Una fractura de hioides —el hueso del cuello sobre el que se apoya la lengua— puede indicar que la víctima ha sido estrangulada. Las marcas en el cuello, además, pueden revelar si el asesino lo hizo con las manos o bien utilizó una cuerda. Algo tan insignificante como una uña rota puede indicar que hubo forcejeo previo. Un prestigioso manual de jurisprudencia médica de la época citaba el dicho: «Cuando un doctor examina un cadáver debe fijarse en todos los detalles».[29]
Cortesía del Federal Bureau of Investigation
El barranco donde se encontró el cuerpo de Anna Brown
Los hermanos Shoun improvisaron una mesa con una plancha de madera. De un botiquín sacaron varios instrumentos primitivos, entre los cuales había una sierra. El calor se colaba en la sombra del barranco. Había enjambres de moscas. Los médicos examinaron las prendas del cadáver —el bombacho, la falda— en busca de manchas o desgarrones fuera de lo normal. Al no hallar ni una cosa ni otra, intentaron determinar la hora del deceso. Esto es algo más difícil de lo que se supone, sobre todo si la persona en cuestión lleva varios días muerta. En el siglo XIX, los científicos creyeron haber resuelto el enigma estudiando las fases por las que atraviesa un cuerpo después de la muerte: la rigidez de los miembros (rigor mortis), la variación de la temperatura corporal (algor mortis) y la decoloración de la piel debida al estancamiento de la sangre (livor mortis). Pero los patólogos no tardaron en darse cuenta de que las variables que afectan a la descomposición de un cadáver —desde la humedad ambiental hasta el tipo de tejido en contacto con el cuerpo— son demasiadas como para permitir una respuesta exacta. Pese a ello, es posible hacer un cálculo aproximado de la hora de la muerte, y en su caso los Shoun determinaron que Anna llevaba muerta entre cinco y siete días.
Los médicos movieron ligeramente la cabeza de la muerta dentro de la caja. Parte del pericráneo se desprendió, dejando a la vista un perfecto agujero redondo en la parte posterior de la cabeza. «¡Le dispararon!», exclamó uno de los hermanos.[30]
Se produjo una ligera conmoción entre los presentes. Al examinar el cráneo de cerca, vieron que la circunferencia del orificio no era más grande que la de un lápiz. Mathis dedujo que la bala causante de la muerte era del calibre 32. Una vez hubieron determinado el camino seguido por la bala —había entrado justo por debajo de la coronilla, en trayectoria descendente—, ya no les cupo ninguna duda: Anna había sido asesinada a sangre fría.
En aquel entonces los agentes de la ley eran, en su mayoría, aficionados. Raras veces iban a academias especializadas o se molestaban en aprender los incipientes métodos científicos de investigación, tales como el análisis de huellas dactilares y de manchas de sangre. Los policías de la frontera en particular eran, sobre todo, pistoleros y rastreadores; se suponía que debían impedir el crimen y prender al forajido, a ser posible con vida y, si no había más remedio, muerto. «Un funcionario era, literalmente, la ley, y nada salvo su criterio y su gatillo se interponía entre él y la aniquilación», decía el Tulsa Daily World en 1928 tras la muerte de un veterano agente del orden que había trabajado en territorio osage.[31] «Muchas veces era un hombre solo contra toda una banda de malhechores.» Dado que cobraban un salario mísero y se los recompensaba por ser rápidos desenfundando, no es extraño que la línea divisoria entre buenos y malos agentes del orden fuese muy permeable. El jefe de los Dalton, una tristemente famosa banda de forajidos del siglo XIX, había sido durante una época el principal agente del orden en la reserva osage.
Cuando Anna Brown fue asesinada, el sheriff del condado de Osage, responsable de mantener la ley y el orden, era un hombre de la frontera de cincuenta y ocho años y 130 kilos de peso llamado Harve M. Freas. En un libro de 1916 sobre la historia de Oklahoma se le describe como «el terror de los bandidos».[32] Pero se rumoreaba también que Freas estaba en muy buenas relaciones con delincuentes, que daba rienda suelta a jugadores y contrabandistas como Kelsie Morrison y Henry Grammer, un as del rodeo que había estado en prisión por homicidio y que controlaba la distribución de alcohol ilegal en la zona. Un hombre que trabajaba para Grammer confesaría después a las autoridades: «Se me garantizó que si alguna vez me arrestaban […] saldría en libertad al cabo de cinco minutos».[33] Un grupo de ciudadanos del condado de Osage había aprobado previamente una moción —en nombre de «la religión, el orden público, la decencia y la moralidad»— según la cual «a todo aquel que crea que un agente de la ley debe hacer cumplir la ley se le exhorta por la presente a hablar, o escribir, al sheriff Freas cuanto antes e instarle a que cumpla con su deber».[34]
Cuando el sheriff fue informado de la muerte de Anna, estaba ya preocupado por el asesinato de Whitehorn, y en primera instancia envió a un ayudante para que recogiera pruebas. Fairfax contaba con un alguacil, el equivalente de un jefe de policía, que se unió al ayudante en el barranco cuando los hermanos Shoun estaban todavía en plena autopsia. Para identificar el arma homicida, los agentes de la ley debían extraer la bala que, aparentemente, había quedado alojada en el cráneo de la víctima. Utilizando la sierra, los Shoun cortaron el hueso y luego, con mucho cuidado, sacaron el cerebro y lo depositaron sobre el tablón que les servía de mesa. «Los sesos estaban en tan mal estado —recordaba David Shoun— que era imposible seguir la trayectoria del proyectil.»[35] Cogió un palo y hurgó en los sesos: la bala, afirmó, no estaba por ninguna parte.
Los agentes bajaron hasta el arroyo y peinaron la escena del crimen. Junto a una roca de la orilla, allá donde había yacido el cuerpo de Anna, vieron manchas de sangre. No había rastro de la bala, pero uno de los hombres reparó en una botella medio llena de un líquido transparente. Olía a aguardiente ilegal. Los agentes dedujeron que Anna debía de estar sentada en aquella piedra, bebiendo, cuando alguien se le acercó por detrás y le disparó a quemarropa, lo que hizo que cayera al suelo.
El alguacil reparó en dos diferentes huellas de neumático de coche entre la carretera y la quebrada. Dio una voz, y el ayudante del sheriff y los miembros del jurado acudieron con premura. Parecía que ambos coches habían llegado al lugar procedentes del sudeste y luego habían dado media vuelta.
No se obtuvieron más pruebas. Los agentes carecían de conocimientos de medicina legal y no hicieron un molde de las marcas de neumático; tampoco aplicaron polvo a la botella para revelar huellas dactilares ni buscaron residuos de pólvora en el cuerpo de Anna. Por no hacer, ni siquiera fotografiaron la escena del crimen, que, de todos modos, estaba ya contaminada por el gran número observadores.
Sin embargo, alguien cogió uno de los pendientes que Anna tenía puestos y se lo llevó a la madre de Mollie, que estaba demasiado enferma para bajar al arroyo. Lizzie lo reconoció al instante: Anna estaba muerta. Como para todos los osage, el nacimiento de sus hijas había sido la mayor bendición de Wah’Kon-Tah, misteriosa fuerza vital que domina el sol y la luna, la tierra y las estrellas; la fuerza en torno a la cual los osage habían organizado su vida durante siglos, con la esperanza de sacar un poco de orden del tremendo caos de la tierra; la fuerza que estaba y no estaba: invisible, remota, estimulante, desconcertante, callada. Muchos osage habían renunciado a sus creencias tradicionales, pero no Lizzie. (En una ocasión, un funcionario del gobierno federal se había quejado de que mujeres como Lizzie «mantienen vivas las viejas supersticiones y se mofan de las costumbres e ideas modernas».)[36] Alguien, algo, le había arrebatado a Lizzie antes de hora a su hija mayor y su preferida, lo que quizá era una señal de que Wah’Kon-Tah ya no los bendecía y de que el mundo iba hacia un caos todavía mayor. A partir de ahí, la salud de Lizzie empeoró todavía más, como si la pena fuera su propia enfermedad.
Cortesía del Museo de la Nación Osage
Mollie (derecha), con Anna y la madre de ambas, Lizzie
Mollie buscó apoyo en Ernest.[37] Un abogado que los conocía comentó que «la devoción que él le tiene a su esposa india y a sus hijos es insólita […] y sorprendente».[38] Ernest consoló a Mollie mientras ella dedicaba toda su atención a organizar el funeral. Había que comprar flores, un ataúd metálico blanco y una lápida de mármol. Las funerarias, intentando aprovecharse de ellos, cobraban a los osage unos precios exorbitantes, y esta vez no fue una excepción. A Mollie le pidieron 1.450 dólares por el féretro, 100 por adecentar y embalsamar el cadáver y 25 por el alquiler de un coche fúnebre. Una vez añadidos los accesorios, como guantes para los sepultureros, la suma total era astronómica. Como dijo un abogado de la ciudad, «la cosa había llegado a tal extremo que no podías enterrar a un indio osage por menos de 6.000 dólares»,[39] cantidad que, calculada según la inflación, equivaldría a 80.000 dólares de ahora.
Acordaron que el funeral reflejara las tradiciones osage y católicas de la familia.[40] Mollie había estudiado en un colegio misionero en Pawhuska e iba a misa con regularidad. Los domingos, mientras la luz matinal se colaba por los ventanales, le gustaba sentarse en los bancos y escuchar el sermón del cura. También le gustaba hacer vida social y ver a sus amistades, y el domingo era el día ideal para ello.
El funeral de Anna empezó en la iglesia. William Hale, el tío de Ernest, tenía mucha relación con Anna y la familia de Mollie, y fue uno de los portadores del féretro. El sacerdote entonó el rítmico himno del siglo XIII «Dies Irae», que termina con este ruego:
Señor, ten piedad,
concédeles el descanso eterno.
Una vez que el sacerdote hubo rociado el féretro con agua, Mollie condujo a su familia y a los deudos hasta un cementerio de Gray Horse, un lugar tranquilo y aislado con vistas a la inmensa pradera. El padre de Mollie y la hermana de esta, Minnie, estaban enterrados allí en parcelas contiguas, y al lado había una fosa recién cavada, húmeda y oscura, esperando el ataúd de Anna, que ya había sido transportado hasta el lugar. En la lápida se leía esta inscripción: «Nos veremos en el cielo». Normalmente en el cementerio levantaban una última vez la tapa del ataúd antes de la inhumación para que los seres queridos pudieran despedirse, pero el estado del cadáver lo hizo inviable. Lo más preocupante era que no se le pudo pintar la cara con los símbolos de la tribu y de su clan, algo que era tradición en los sepelios osage. Mollie temía que, si no se seguía este ritual de ornamentación, el espíritu de Anna pudiera extraviarse. No obstante, Mollie y su familia introdujeron en el féretro de Anna comida suficiente para el viaje de tres días hasta lo que los osage llaman el Terreno de la Caza Feliz.
Los deudos de más edad, como la madre de Mollie, empezaron a recitar cánticos-plegaria osage, confiando en que los oyera Wah’Kon-Tah. El gran historiador y escritor John Joseph Mathews (1894-1979), que tenía sangre osage, documentó muchas de las tradiciones de la tribu. Describiendo una oración típica, escribía: «Mi alma de niño se llenó de un temor agridulce, de un anhelo exótico, y cuando terminó me quedé allí tendido en mi exultante trance de temor, deseando fervientemente que hubiera una continuación, y temiendo al mismo tiempo que la hubiera. Más adelante, cuando ya tenía uso de razón, me pareció que ese cántico, esa canción-plegaria, esa súplica tan emotiva, siempre terminaba antes de llegar al final con un gemido de frustración».[41]
En el camposanto, de pie junto a Ernest, Mollie oyó la canción de la muerte de boca de los mayores, las voces entreveradas de llanto. Oda Brown, el exmarido de Anna, estaba tan afectado que hubo de alejarse. A las doce en punto del mediodía —momento en que el sol, la mayor manifestación del Gran Misterio, alcanzaba su cénit—, los hombres agarraron el féretro y empezaron a descolgarlo en el interior de la fosa. Mollie observó el reluciente ataúd blanco hundiéndose en la tierra hasta que los estremecedores gemidos dejaron paso al repicar de la tierra contra la tapa del féretro.