La última semana de julio de 1926, con el calor del verano alcanzando temperaturas infernales, dio comienzo en el edificio de ladrillo rojo del juzgado de Guthrie el juicio contra Hale y Ramsey por el asesinato de Henry Roan. «El escenario está listo: se levanta el telón para representar la gran tragedia de los osage, el largamente esperado proceso federal contra dos cowboys de los viejos tiempos», publicaba el Tulsa Tribune.[532] «El juicio contra Ernest Burkhart, pese a su final melodramático con la confesión del acusado en la que implicaba a Hale en el atentado contra los Smith, fue solo un prólogo de la tragedia a vida o muerte que vamos a presenciar hoy.»
White apostó más efectivos en la cárcel después de que hubiera diversos intentos de fuga por parte de los forajidos que iban a testificar contra Hale. Después, cuando este se encontraba en una galería diferente de la celda que ocupaba Blackie Thompson, Hale consiguió pasarle una nota por el agujero en el techo de la tubería de un radiador. Blackie admitió a los agentes que Hale le preguntaba qué pedía «a cambio de no testificar en su contra». Y añadió: «Le escribí una nota diciendo que no testificaría contra él si conseguía sacarme de la cárcel».[533] Hale le contestó por escrito prometiéndole organizar su fuga, pero le pedía otra cosa: que Blackie secuestrara a Ernest Burkhart y lo hiciera desaparecer antes de que pudiera subir al estrado. «Hale quería que yo llevara a Ernest Burkhart a México», explicó Blackie, y añadió que Hale «no quería a Burkhart muerto en este país porque lo encontrarían fácilmente».
Dada la abundancia de pruebas contra Hale y Ramsey, White creía que en gran parte el veredicto iba a depender de si los testigos y el jurado cedían a un posible soborno. En el juicio contra Ernest Burkhart, la primera lista de posibles miembros del jurado había sido objeto de un intento de soborno por parte de Hale. Ahora, antes de seleccionar a cada uno de los candidatos, los fiscales los sondeaban para asegurarse de que nadie hubiera intentado abordarlos. Luego, el juez pedía a las doce personas seleccionadas que juraran dar un veredicto acorde con la ley y con las pruebas presentadas… «¡y que Dios los asista!».
Había una pregunta que el juez, los fiscales y la defensa nunca formulaban pero que era fundamental para el proceso: ¿un jurado formado por doce hombres de raza blanca castigaría a otro blanco por matar a un indio americano? Como observó un periodista escéptico, «La postura de un colono ganadero respecto a los indios de pura raza […] es bien conocida».[534] Un miembro destacado de la tribu osage lo expresó con más contundencia: «Una pregunta me ronda por la cabeza, y es si este jurado está deliberando sobre un asesinato o no; lo que tienen que decidir es si el hecho de que un blanco mate a un osage es asesinato… o simple crueldad con los animales».[535]
Cortesía de la Oklahoma Historical Society, Oklahoman Collection
Hale (segundo por la izquierda) y Ramsey (tercero por la izquierda) con dos alguaciles
El 29 de julio, día previsto para que empezaran a declarar los testigos, un tropel de gente acudió temprano para coger sitio. Fuera, la temperatura era de unos 32 grados, y en la sala apenas si se podía respirar. El fiscal John Leahy se levantó para hacer su exposición inicial. «Señores del jurado —dijo—, William K. Hale está acusado de instigar el asesinato de Henry Roan, mientras que John Ramsey está acusado de cometer dicho asesinato.»[536] Con voz ecuánime, Leahy hizo un resumen de los presuntos hechos del complot de asesinato por la póliza de seguros. Un observador comentaba después que «el veterano de tantas batallas legales no echa mano de la pirotecnia ni del histrionismo; su estilo comedido no hace sino reforzar aún más sus palabras».[537] A todo esto, Hale sonreía ligeramente, en tanto que Ramsey estaba retrepado en su asiento, abanicándose, con un palillo encajado entre los dientes.
El 30 de julio la acusación llamó a declarar a Ernest Burkhart. Había quien contemplaba la posibilidad de que el sobrino volviera a echarse atrás en presencia de su tío, pero esta vez Burkhart respondió sin vacilar a las preguntas del fiscal. Habló de la vez en que Hale y Henry Grammer habían comentado cómo eliminar a Roan. El plan original, dijo Burkhart, no era que Ramsey le pegara un tiro, sino que Hale pensaba recurrir a otro de sus métodos preferidos: una remesa de alcohol ilegal envenenado. El testimonio de Burkhart sacaba por fin a la luz lo que los indios osage sabían desde hacía tiempo, que algunos miembros de la tribu habían sido sistemáticamente liquidados mediante alcohol contaminado exprofeso. En el caso de Roan, declaró Burkhart, Hale se decidió finalmente por el tiro en la cabeza, pero se puso hecho una fiera al enterarse de que Ramsey no le había disparado en la frente y no había dejado el arma en la escena del crimen, tal como Hale le había dicho que hiciera. Burkhart recordaba que «Hale me dijo que si John Ramsey lo hubiera hecho tal como él le ordenó, todo el mundo habría pensado que Roan se había suicidado».[538]
El 7 de agosto la acusación se tomó un descanso y la defensa no tardó en llamar a declarar a Hale, el cual, dirigiéndose a los miembros del jurado como «caballeros», insistió en que «yo no ideé ningún plan para asesinar a Roan. Y tampoco deseé nunca su muerte».[539] Aunque Hale fue muy persuasivo, White estaba seguro de que la acusación había demostrado su culpabilidad. Aparte del testimonio de Burkhart, el propio White había testificado sobre la confesión de Ramsey, y varios testigos habían explicado la fraudulenta adquisición de la póliza de seguros por parte de Hale. El fiscal Roy St. Lewis calificó al acusado de «cruel filibustero de la muerte»,[540] mientras que otro fiscal dijo: «La tribu de indios más rica del mundo se ha convertido en presa ilegítima de hombres blancos. Los indios se marchan. Este caso tiene un trasfondo importantísimo. El pueblo de Estados Unidos nos sigue a través de la prensa. Ha llegado el momento de que ustedes, caballeros, hagan su parte».[541]
El viernes 20 de agosto el jurado se encerró para deliberar. Fueron pasando las horas. Al día siguiente, todo seguía en punto muerto. El Tulsa Tribune dijo que, aunque parecía que la acusación llevaba las de ganar, en Guthrie las apuestas estaban «cinco a uno a favor de un jurado bloqueado».[542] Tras cinco días de deliberaciones, el juez llamó a las partes y una vez todos presentes en la sala, preguntó al jurado:
—¿Hay alguna posibilidad de acuerdo sobre un veredicto?[543]
—No. Ninguna —respondió el portavoz del jurado.
El juez preguntó a la acusación si tenía algún comentario que hacer. St. Lewis se puso de pie; estaba colorado y al hablar le tembló la voz.
—En este jurado hay algunos hombres buenos y algunos otros que no lo son —dijo.
Añadió que, según sus informaciones, al menos uno de los miembros del jurado, quizá más, había aceptado soborno.
El juez recapacitó un momento y a continuación ordenó disolver el jurado y retener a los acusados para continuar el juicio.
White no daba crédito. Más de un año de su trabajo, más de tres años de trabajo del Bureau, para llegar a un punto muerto. El jurado tampoco se puso de acuerdo en el juicio contra Bryan Burkhart por el asesinato de Anna Brown. Parecía imposible encontrar a doce hombres blancos capaces de declarar culpable de matar indios americanos a uno de su raza. Los osage estaban indignados; incluso se oyeron murmullos de que se tomarían la justicia por su mano. White tuvo que apresurarse a desplegar agentes para proteger a Hale, el hombre a quien tan desesperadamente quería que condenaran por sus crímenes.
Cortesía de la Oklahoma Historical Society, Oklahoman Collection
Hale saliendo del juzgado
Mientras tanto, el gobierno empezó a prepararse para volver a juzgar a Hale y Ramsey por el asesinato de Roan. En ese sentido, el departamento de Justicia pidió a White que investigara si había habido corrupción durante el primer juicio contra Hale. White no tardó en descubrir la existencia de toda una conspiración para obstruir a la justicia, que había incluido perjurio y sobornos. Según un testigo, el abogado defensor Jim Springer le había ofrecido dinero para mentir bajo juramento, y comoquiera que el testigo se negara, Springer le apuntó con lo que parecía ser una pistola que llevaba en el bolsillo y le dijo: «Te mataré».[544] A principios de octubre un jurado de acusación recomendó presentar cargos contra Springer y varios testigos por lo que calificó de intentos flagrantes de obstrucción a la justicia. En un comunicado, se decía: «Tales prácticas no deben permitirse, o nuestros tribunales serán el hazmerreír y la justicia saldrá derrotada».[545] Varios testigos fueron imputados y declarados culpables, pero los fiscales decidieron no acusar a Springer pues este habría exigido retrasar el segundo juicio contra Hale y Ramsey hasta que su propio caso quedara resuelto.
A finales de octubre, antes de que se celebrara el nuevo juicio contra Hale y Ramsey por el asesinato de Roan, un funcionario del departamento de Justicia aconsejó a St. Lewis, el fiscal, que «nos corresponde a nosotros aclarar los hechos, porque los argumentos de la defensa son una sarta de mentiras».[546] Y añadía: «La culpa será solo nuestra si consiguen amañar este jurado». Se encargó a algunos hombres de White que vigilaran al jurado para evitar que se repitiera la historia.
La acusación presentó en esencia el mismo caso, aunque de forma más eficiente. Para sorpresa de la sala, Freeling, el abogado de Hale, llamó enseguida a Mollie a declarar.
—¿Quiere decir su nombre, por favor? —le pidió.[547]
—Mollie Burkhart.
—¿Es usted la actual esposa de Ernest Burkhart?
—Sí, señor.
Freeling desveló entonces el secreto que ella había ocultado siempre a Ernest, al preguntar:
—¿Fue Henry Roan en otro tiempo su marido?
—Sí, señor —dijo ella.
La acusación protestó: la pregunta era irrelevante. El juez estuvo de acuerdo. Las preguntas de la defensa, en efecto, no parecían tener otro objetivo que infligir más sufrimiento a la testigo. Tras identificar una fotografía de Roan, Mollie bajó del estrado y volvió a su asiento.
Cuando Ernest Burkhart ocupó el estrado, el fiscal Leahy le preguntó sobre su matrimonio con Mollie.
—¿Su esposa es india osage?[548]
—Sí —respondió Ernest.
En una vista anterior le habían preguntado qué oficio tenía, y Ernest había dicho: «Yo no trabajo. Estoy casado con una osage».[549]
Uno de los abogados de Hale le preguntó si se había declarado culpable de asesinar a la hermana de su mujer haciendo explotar una bomba en su casa estando ella dentro.
—Así es —dijo Ernest.
Con la esperanza de hacer recaer en Burkhart toda la culpa de las muertes, el abogado de Hale recitó, uno detrás de otro, los nombres de los familiares de Mollie asesinados.
—¿Le queda a su esposa algún pariente vivo, aparte de los dos hijos que tuvo con usted?
—No, ninguno.
Se hizo un gran silencio en la sala; todo el mundo parecía pendiente de la mirada de Mollie. Después de solo ocho días de testimonios, ambas partes tomaron un descanso. En su última alocución, uno de los fiscales dijo: «Ha llegado la hora de que se pongan ustedes de parte de la ley, el orden y la decencia, la hora de destronar a este Rey. Su veredicto de hombres valerosos y decentes debería decir que los acusados deben morir en la horca».[550] El juez aconsejó a los miembros del jurado que desecharan toda simpatía y todo prejuicio hacia cualquiera de las partes, y les advirtió: «No ha habido una sola nación en el mundo que haya caído más bajo que cuando se llega al punto en que sus ciudadanos dicen: “En nuestros tribunales ya no hay justicia”».[551] La tarde del 28 de octubre el jurado empezó a deliberar. A la mañana siguiente, corrió la voz de que había un veredicto y el juzgado registró el lleno de rigor.
El juez preguntó al portavoz del jurado si efectivamente habían llegado a una decisión. «Así es», respondió el portavoz, y le pasó una hoja de papel. El juez le echó un vistazo y se la tendió al secretario del tribunal. El silencio era tal que podía oírse el tictac de un reloj colgado de la pared. Más tarde, un periodista escribiría: «El rostro de Hale reflejaba una precavida ansiedad; el de Ramsey era una máscara».[552] De pie frente a la sala silenciosa, el secretario procedió a leer. El jurado consideraba a John Ramsey y William K. Hale culpables de homicidio en primer grado.
Hale y Ramsey parecían horrorizados. El juez se dirigió a ellos: «Un jurado los considera culpables del asesinato de un indio osage, señores Hale y Ramsey, y mi deber es dictar sentencia. Conforme a la ley, el jurado puede considerarlos culpables, y en el caso de homicidio en primer grado eso supone la pena capital. Pero este jurado ha optado por la cadena perpetua».[553] Los miembros del jurado habían dado el paso de castigarlos por matar a un indio americano, pero no querían ahorcarlos por ello. El juez dijo a Hale y Ramsey: «En pie». Hale se levantó al instante; Ramsey, con cierta vacilación. El magistrado declaró que los condenaba a «privación de libertad de por vida», y luego preguntó:
—¿Tiene algo que decir, señor Hale?
Hale permaneció con la vista fija al frente y dijo:
—No, señor.
—¿Y usted, señor Ramsey?
El aludido negó simplemente con la cabeza.
Los periodistas salieron a toda prisa del juzgado para ir a redactar sus crónicas. El New York Times tituló: «EL REY DE LAS COLINAS OSAGE, CULPABLE DE ASESINATO».[554] El fiscal Leahy celebró el resultado como «una de las mejores muestras de justicia y ley que se hayan dado en este país».[555] Mollie se alegró del veredicto, pero, como White sabía de sobra, había cosas que ninguna investigación ni ningún sistema judicial podían devolverle.
Un año más tarde, Mollie asistió a las sesiones del juicio por el asesinato de Anna Brown. Para entonces, Kelsie Morrison se había retractado de su confesión, cambiando una vez más de bando con la esperanza de asegurarse una compensación económica de Hale. Las autoridades habían interceptado una nota que le había enviado a Hale a la cárcel, donde prometía «timar» a las autoridades «si se me presenta la ocasión».[556] Los fiscales otorgaron la inmunidad a Bryan Burkhart considerando que era necesaria para obtener la condena de Morrison. Durante el proceso, Mollie tuvo que escuchar los espeluznantes detalles de cómo su cuñado, Bryan, había emborrachado a su hermana y luego la había sujetado erguida para que Morrison le metiera una bala en la nuca, o la «bautizara», según lo expresó Bryan.[557]
Burkhart declaró que una semana después del crimen había vuelto allí en compañía de Mollie y familiares de esta para identificar el cadáver de Anna. Mollie no había olvidado esa escena, pero solo ahora pudo entender todo su significado: a unos pasos de ella, Bryan contemplaba a su víctima con gesto de fingido dolor.
—¿Fue usted a ver ese cuerpo? —le preguntó un abogado a Bryan.[558]
—Es a lo que fuimos todos —respondió.
El letrado, sorprendido, preguntó:
—Usted sabía que el cadáver de Anna Brown estaba allí, ¿no es cierto?
—Sí, señor.
Morrison estaba entre los que fueron a mirar. Ernest estaba presente también, consolando a Mollie, a pesar de que sabía que los asesinos de Anna se encontraban a un par de metros de distancia. Del mismo modo, en cuanto la casa de Rita y Bill Smith voló por los aires, Ernest supo quién era el responsable; sabía la verdad cuando, horas más tarde, se acostó con Mollie; y había sabido en todo momento que su mujer estaba desesperada por encontrar a los asesinos. Cuando Morrison fue declarado culpable de la muerte de Anna Brown, Mollie ya no podía mirar a Ernest a la cara. Se divorció poco tiempo después, y cada vez que el nombre de su exmarido salía a la conversación, ella se encogía horrorizada.
La investigación sobre los asesinatos de los indios osage se convirtió para Hoover en el escaparate del modernizado Bureau. Tal como él esperaba, el caso fue la demostración de que el país necesitaba una policía nacional, más profesional y con conocimientos científicos. El St. Louis Post-Dispatch escribió sobre los asesinatos: «Varios sheriffs investigaron y no hicieron nada. Varios abogados del estado investigaron y no hicieron nada. Solo cuando el gobierno envió agentes del departamento de Justicia al país osage se puede decir que la ley adquirió toda su majestad».[559]
Hoover tuvo buen cuidado de no divulgar las anteriores torpezas del Bureau. No reveló, por ejemplo, que Blackie Thompson había escapado estando bajo la custodia de sus agentes y había matado a un policía, o que los muchos intentos fallidos en la investigación habían provocado más asesinatos. En lugar de eso, Hoover se inventó una pulcra historia sobre los orígenes, una mitología en la que el Bureau, bajo su dirección, había vencido a la anarquía y dejado atrás los tiempos de la última frontera salvaje americana. Apercibiéndose de que el nuevo enfoque de las relaciones públicas podía ensanchar su poder burocrático e infundir un culto a la personalidad, Hoover pidió a White que le enviara información susceptible de ser compartida con la prensa: «Naturalmente, como usted puede apreciar, existe una diferencia entre los aspectos legales y los aspectos de interés humano, y lo que les interesa a los representantes de la prensa es más bien el aspecto del interés humano, de modo que me gustaría que resaltara usted esa faceta».[560]
Hoover les vendió la historia a periodistas de su cuerda (los llamados «amigos» del Bureau). Un artículo sobre el caso, que fue distribuido por la empresa de William Randolph Hearst, proclamaba a bombo y platillo:
¡EXCLUSIVA!
De cómo el gobierno poseedor del sistema de huellas dactilares más grande del mundo lucha contra el crimen mediante novedosas mejoras científicas; y cómo unos avispados sabuesos pusieron fin a un reinado de terror y asesinato en las solitarias colinas del país osage y acabaron apresando a la banda más despiadada de la nación.[561]
En 1932 el Bureau empezó a colaborar con el programa radiofónico The Lucky Strike Hour haciendo adaptaciones de algunos casos. Los asesinatos de los indios osage fue uno de los primeros episodios. Por petición de Hoover, el agente Burger había escrito incluso escenas de ficción que luego enseñaron a los productores del programa. En una de dichas escenas, Ramsey le muestra a Ernest Burkhart el arma con la que piensa matar a Roan, y le dice: «Qué chulada, ¿eh, tío?».[562] Y el programa radiofónico concluía: «Otra historia que toca a su fin, y la moraleja es la misma que se desprende del resto de esta serie […]. A la hora de ver quién era el más listo, [el criminal] no estaba a la altura del agente federal de Washington».[563]
Aunque, en privado, Hoover elogió a White y su equipo por capturar a Hale y el resto de su banda y les aumentó ligeramente el sueldo —«un pequeño detalle para al menos reconocer su eficiencia y su dedicación al trabajo»—,[564] nunca los mencionó cuando hizo promoción del caso; no encajaban del todo en el perfil de jóvenes con estudios universitarios que acabaría formando parte de la mitología de Hoover. Además, él siempre procuraba evitar que sus hombres le hicieran sombra.
El Consejo Tribal osage fue el único cuerpo gubernamental que destacó en particular la labor de White y sus hombres, incluidos los agentes encubiertos. En una resolución donde se los citaba a cada uno por el nombre, el Consejo expresaba su «más sincera gratitud, tanto por la investigación como por la labor de llevar a los acusados ante la justicia».[565] Mientras tanto, los osage habían dado sus propios pasos para protegerse contra futuras conspiraciones. El Congreso aprobó, ante su insistencia, una nueva ley que prohibía heredar headrights de un miembro de la tribu a quien no fuera, al menos, medio osage.
Poco tiempo después de que Hale y Ramsey fueran condenados, White tuvo que tomar una decisión de trascendental importancia. La ayudante del fiscal general, que supervisaba el sistema penitenciario, le había preguntado si aceptaría ser alcaide de Leavenworth, en Kansas. Era la prisión federal más antigua del país y se consideraba de los peores lugares donde podían encerrar a uno. Había habido acusaciones de corrupción, y la ayudante del fiscal general le había dicho a Hoover que White era la persona idónea para el trabajo: «No quisiera perder la oportunidad de conseguir un alcaide tan bueno como creo que lo será el señor White».[566]
Hoover no quería que White dejara el Bureau y le dijo a la ayudante del fiscal general que su marcha les supondría una gran pérdida. Pero, añadió Hoover, «creo que sería injusto [con White] si pusiera trabas a su ascenso. Ya sabe usted que tengo un excelente concepto de él, tanto en lo personal como en lo profesional».[567]
Tras darle muchas vueltas, White decidió abandonar el Bureau. El nuevo empleo estaba mejor pagado, y su mujer y sus hijos no tendrían que seguir mudándose. Por lo demás, le brindaba la oportunidad de regentar una prisión, como hiciera su padre en el pasado, pero a una escala mucho mayor.
El 17 de noviembre de 1926, cuando White estaba todavía adaptándose al nuevo empleo, los alguaciles federales llegaron por el camino de entrada de la prisión con dos nuevos reclusos. Leavenworth, el siniestro lugar que les había tocado en suerte, era una fortaleza de 35.000 metros cuadrados que se alzaba sobre los maizales circundantes, según la descripción de un preso, «cual gigantesco mausoleo a la deriva en un océano de vacío».[568] White fue a recibir a los dos reclusos, que llegaban esposados y pálidos por falta de sol. Pero White los reconoció al momento: Hale y Ramsey.
—Vaya, hola, Tom —dijo Hale.[569]
—Hola, Bill —dijo White.
Ramsey le dijo a White:
—¿Qué tal?
White estrechó la mano de ambos y los nuevos presos fueron escoltados hasta sus celdas respectivas.