21

 

EL INVERNADERO

 

 

Era como pasear por las catacumbas de la memoria. Mientras recorría las galerías de celdas, White pudo ver a personajes de su pasado mirándole desde el otro lado de los barrotes, sus cuerpos relucientes de sudor. Vio a Hale y a Ramsey. Se topó con miembros de la vieja banda de Al Spencer y con el exdirector del Bureau de Veteranos, que había cometido soborno durante la escandalosa administración Harding. Y White vio también a los dos desertores que habían matado a su hermano mayor, Dudley, aunque White nunca hizo mención de ese hecho pues no quería causarles ninguna inquietud.

White vivía con su familia en el recinto de la prisión. Su mujer, al principio, no podía dormir; se preguntaba «¿Cómo puedes criar a dos chicos en un entorno como este?».[570] El reto que suponía dirigir la prisión —un centro penitenciario diseñado para mil doscientos reclusos, que, sin embargo, albergaba a tres veces más— era abrumador. En verano, la temperatura en el interior alcanzaba los 46 grados, razón por la cual Leavenworth acabaría siendo conocida entre los presos como el Invernadero. Un día de agosto de 1929, cuando el calor era tan angustioso que la leche se agriaba en la cocina del centro, se produjo un motín en el comedor. Red Rudensky, un abrelatas tristemente célebre, recordaba que «el odio que había era brutal, peligroso, homicida»,[571] y que White fue corriendo a poner paz: «El alcaide demostró su valentía y se me acercó hasta una distancia de pocos pasos, y eso que había cuchillas de carnicero y botellas rotas al alcance de la mano».[572]

White intentó mejorar las condiciones dentro de la prisión.[573] Un guardián que después trabajaría a sus órdenes recordaba: «El alcaide era estricto con los reclusos, pero nunca consentía que se los tratara mal ni que se los molestara».[574] Una vez White le envió una nota a Rudensky diciendo: «Hace falta mucho nervio para cambiar el rumbo que uno ha llevado durante años y años; puede que incluso más de lo que imagino, pero si tú lo llevas dentro, ahora es el momento de demostrarlo». Gracias al apoyo del alcaide, recordaba Rudensky, «pude ver un rayo de esperanza».[575]

Pese a que fomentaba cualquier intento de rehabilitación, White se hacía pocas ilusiones respecto a muchos de los internos del Invernadero. En 1929 Carl Panzram —asesino confeso de veintiuna personas que aseguraba: «Yo no tengo conciencia»—[576] mató a golpes a un miembro del personal carcelario. Fue condenado a morir en la horca en el propio penal, y White, aunque era contrario a la pena de muerte, tuvo que asumir la ingrata tarea de supervisar la ejecución, tal como su padre había hecho en Texas. El 5 de septiembre de 1930, no bien el sol asomó por encima de la cúpula del penal, White fue a buscar a Panzram a su celda para conducirlo al recién construido cadalso. White se cercioró de que sus dos hijos no estuvieran presentes cuando a Panzram le pusieron la soga al cuello. El reo les gritó a los verdugos que se dieran prisa: «Con lo que tardáis, yo ya podría haber colgado a una docena de tíos».[577] A las 6.03 de la mañana, la trampilla se abrió y Panzram quedó colgando hasta que murió. Era la primera vez que White contribuía a poner fin a una vida humana.

 

 

Después de su llegada a Leavenworth, a William K. Hale le asignaron trabajos en el ala de tuberculosos. Más adelante estuvo en la granja de la prisión, donde cuidaba cerdos y otros animales como en sus primeros años en la frontera. Un informe de la cárcel decía lo siguiente: «Hace un trabajo excelente por lo que respecta a los animales y es capaz de realizar operaciones tales como abrir abscesos y castrar machos».[578]

En noviembre de 1926, cuando un periodista escribió a White pensando en sacarle algún chisme sobre Hale, el alcaide se negó, insistiendo en que el preso recibiría «el mismo trato que reciben los demás».[579] White se desvivió por que la mujer y la hija de Hale no fueran objeto del menor desaire por parte de los funcionarios de la prisión. En una ocasión la mujer de Hale le escribió una carta en la que decía: «¿Sería abusar si le pido autorización para ver a mi marido el lunes que viene? Habrán pasado casi tres semanas desde mi última visita y, naturalmente, me hago cargo de que las normas fijan una sola visita al mes pero… si pudiera usted hacer esta excepción, se lo agradecería muchísimo».[580] White contestó diciendo que no había ningún problema.

Hale jamás admitió haber ordenado ninguno de los asesinatos: ni el de Roan, por el que fue condenado, ni todos los demás que las pruebas habían demostrado que planeó, pero de los que no fue juzgado porque la sentencia a cadena perpetua lo impedía. Al declarar durante el juicio, y pese a su negativa a admitir cualquier responsabilidad en los asesinatos, Hale había hecho una afirmación bastante fría sobre otro de sus intentos de hacerse fraudulentamente con un headright, una afirmación que parecía revelar su escala de valores: «Para mí era una simple propuesta comercial».[581]

 

Cortesía de Margie Burkhart

Mollie Burkhart

 

Así como antaño había recurrido a predicadores para que aportaran luz a tanta oscuridad, esta vez White buscó una explicación científica. Hale fue sometido a examen neurológico y psicológico en la prisión. El especialista no vio en Hale pruebas claras «de represión ni de psicosis manifiesta», pero sí encontró que había «elementos de extrema maldad en su modo de ser».[582] Escondiendo su ferocidad bajo el disfraz de persona civilizada, Hale se veía a sí mismo como un pionero que había contribuido a forjar una nación allá donde entonces no había más que puro desierto. «Su falta de criterio —comentó el especialista— se pone aún más de manifiesto por su reiterada negativa a asumir su culpabilidad. Su estado afectivo no es el adecuado […]. Este hombre ha dejado atrás cualquier sentimiento de vergüenza o arrepentimiento que pueda haber tenido.» White leyó atentamente el estudio psicológico del especialista, pero tuvo la sensación de que una parte de la maldad no estaba al alcance de la ciencia. Aunque Hale cumplía las normas del penal, nunca dejó de hacer planes para asegurarse su puesta en libertad. Al parecer intentó amañar mediante soborno un recurso de apelación, y en vista de que sus trampas no surtían el efecto deseado, Hale se jactó (según hizo constar el psicólogo) de «su probable puesta en libertad gracias a amigos influyentes».[583]

Pero, por primera vez en muchos años, la vida en el condado de Osage seguía su curso sin la abrumadora presencia de Hale. Mollie Burkhart empezó a dejarse ver otra vez y a asistir a la iglesia. Con el tiempo se enamoró de un tal John Cobb, que era medio blanco y medio cherokee. Según algunos parientes, se querían de verdad, y en 1928 contrajeron matrimonio.

Hubo otro cambio radical en la vida de Mollie. Los osage, y ella misma, habían intentado poner fin al corrupto sistema de tutelajes; el 21 de abril de 1931, un tribunal dictó que Mollie dejaba de estar bajo tutela del estado: «POR LO QUE ES DE RESOLVERSE Y SE RESUELVE que la susodicha Mollie Burkhart, adjudicataria osage n.º 285 […] recupera por la presente la aptitud legal, y que la orden vigente hasta la fecha declarándola persona incompetente queda anulada».[584] A sus cuarenta y cuatro años, Mollie podía por fin gastarse el dinero a su antojo y era reconocida como ciudadana estadounidense de pleno derecho.

 

 

El 11 de diciembre de 1931 White se encontraba en su despacho de alcaide cuando oyó un ruido.[585] Se levantó, fue a la puerta y se encontró con el cañón de un arma apuntándole a la cara. Siete de los presos más peligrosos —entre ellos dos miembros de la banda de Al Spencer y un bandido al que llamaban Boxcar [Furgón] por su gigantesco tamaño— intentaban fugarse del penal. Se habían hecho con un fusil Winchester, una escopeta de cañones recortados y seis cartuchos de dinamita, que habían sido introducidos de contrabando en la prisión. Los presos tomaron como rehenes a White y a ocho miembros del personal carcelario y los utilizaron como escudos humanos para avanzar. Una vez franqueada la verja principal, liberaron a los otros rehenes y partieron con White, al que llamaban su «seguro de vida», hacia la carretera principal. Los reclusos se apropiaron de un vehículo que venía de cara, obligaron a White a subir, y arrancaron.

Los secuestradores le recordaron que no quedaría de él ni un pedacito que enterrar si algo salía mal. Todo empezó a ir mal. El coche patinó en el barro de la calzada y se quedó atascado, lo que obligó a sus ocupantes a seguir a pie. Los soldados de Fort Leavenworth se sumaron a la caza del hombre. Había avionetas sobrevolando la zona. Los reclusos se refugiaron a toda prisa en una casa de campo y amordazaron a una chica de dieciocho años junto con su hermano pequeño. White intentó suplicar a los fugados: «Sé que me vais a matar, pero a ellos dos no les hagáis nada: no tienen nada que ver en esto».[586]

Boxcar y otro fugado salieron a buscar un segundo coche, y se llevaron a White. En un momento dado, White vio que la chica había podido soltarse y corría. La banda parecía dispuesta a hacer una matanza y White agarró el cañón del arma de uno de sus captores, que gritó a Boxcar: «¡Mátale! Me ha cogido la pistola!».[587] Y cuando Boxcar apuntó a White, con la boca del arma a unos centímetros de su pecho, el alcaide levantó instintivamente el antebrazo para protegerse. Un momento después oyó la detonación y sintió que el proyectil le perforaba la carne y el hueso, y los perdigones se dispersaban, algunos trozos traspasándole el brazo para incrustársele en el pecho. Sin embargo, White siguió en pie. Parecía un milagro, le habían metido una bala a quemarropa y allí estaba, respirando el aire frío de aquel día de diciembre, y fue entonces cuando notó en la cara el impacto de la culata del rifle y se desplomó con sus cien kilos de peso en una zanja, donde lo dejaron dándolo por muerto.

 

 

Casi una década más tarde, en diciembre de 1939, el famoso reportero Ernie Pyle se detuvo en la prisión de La Tuna, cerca de El Paso (Texas). Dijo que quería hablar con el alcaide y lo llevaron a ver a Tom White, que entonces tenía casi sesenta años. «White me pidió que me quedara a almorzar —escribía más tarde Pyle—. Acepté, y estuvimos charlando un rato hasta que finalmente me contó la historia, como yo esperaba que hiciera desde el principio. La historia de su brazo izquierdo.»[588]

White explicó que, después de que Boxcar le disparara, lo encontraron tirado en la zanja y rápidamente lo llevaron al hospital. Durante varios días no se supo si iba a vivir; los médicos contemplaron la posibilidad de amputarle el brazo izquierdo. White, sin embargo, sobrevivió e incluso pudo conservar el brazo, aunque se le quedaron dentro fragmentos de bala y el brazo le colgaba inservible. Hubo un detalle que White no le contó a Pyle: la chica a la que habían hecho rehén lo encomió por protegerlos a ella y a su hermano. «Estoy segura de que pensaban matarnos a todos, y fue gracias a la valentía del alcaide que pudimos salvar la vida», dijo.[589]

De los fugados, ninguno logró salirse con la suya. Estaban convencidos de que si tocabas a un funcionario de prisiones, más aún a un alcaide, era preferible, como lo expresó uno de ellos, «no volver nunca, porque si lo haces seguro que lo pasarás muy mal».[590] Así, cuando las autoridades dieron con Boxcar y el resto de los fugados, Boxcar disparó contra sus dos compinches y luego se metió una bala en la frente. El resto de los reclusos tenía pensado suicidarse haciendo detonar la dinamita, pero fueron apresados antes de poder encender la mecha. Uno de ellos dijo: «Lo más curioso es que cuando volvimos al penal, nadie nos puso la mano encima, nunca. El alcaide White era un tío con dos cojones. Dio órdenes estrictas de que nadie se metiera con nosotros. “Trátenlos como al resto de los presos”». Y añadió: «De no ser por él nos habrían hecho papilla».[591]

White se enteró posteriormente de que habían intentado reclutar a Rudensky para que colaborara en la fuga, pero que él se negó. «Había empezado a desarrollar cierto sentido de la responsabilidad —le contó White a un escritor—. Se dio cuenta de que yo había sido justo con él y que estaba intentando ayudarle a establecerse como un miembro de la sociedad “legítima”.»[592] En 1994 Rudensky salió en libertad bajo palabra y tuvo una exitosa carrera como escritor y empresario.

Terminado el período de recuperación, White pasó a ser alcaide de La Tuna, un trabajo menos agotador en comparación con el de Leavenworth. Sobre lo ocurrido, Pyle escribió: «La experiencia afectó al alcaide White, como no podía ser menos. No es que se volviera asustadizo, pero sí nervioso y un tanto obsesivo».[593] Pyle continuaba así: «No entiendo cómo, tras una experiencia de ese calibre, podría uno ver a cualquier recluso con algo que no fuera odio. Pero el alcaide White es de otra manera. En su trabajo, es un verdadero profesional. Hombre serio y agradable, ha aprendido a controlar sus sentimientos».

 

 

Si J. Edgar Hoover utilizó la investigación de los asesinatos de los osage como escaparate para el Bureau, una serie de crímenes causó sensación en la década de los treinta, avivando el miedo y permitiendo a Hoover convertir su organización en la poderosa fuerza que conocemos hoy. Entre esos crímenes estuvo el secuestro del hijo de Charles Lindbergh y la matanza de Kansas City, en la que varios agentes de la ley fueron tiroteados mientras trasladaban a Frank «Jelly» Nash, miembro de la banda de Al Spencer. El agente Frank Smith, antiguo compañero de White, iba en el convoy pero logró sobrevivir. (El periodista Robert Unger explicaría después que Smith y otro agente, que en un principio dijeron que no habían podido identificar a sus atacantes, recuperaron milagrosamente la memoria después de que Hoover los presionara para resolver los casos.) A raíz de estos incidentes, el Congreso aprobó una serie de reformas que otorgaron al gobierno federal su primer código penal completo y al Bureau una misión más amplia. Ahora los agentes tenían la facultad de practicar arrestos y llevar armas de fuego, y al poco tiempo el departamento pasó a llamarse Federal Bureau of Investigation. «Los tiempos del pequeño Bureau habían terminado —escribió Curt Gentry, el biógrafo de Hoover—. Y también los tiempos en que un agente especial era un mero investigador.»[594] Doc, el hermano de White, intervino en muchos de los casos más importantes del Bureau durante ese período, desde cazar a enemigos públicos como John Dillinger hasta matar a Ma Baker y su hijo Fred. El hijo de Tom White había entrado también a trabajar en el Bureau, la tercera generación de agentes del orden White.

Hoover hizo cuanto pudo para que la identidad del Bureau fuera indistinguible de la de él. El país cambiaba de presidente, pero aquel burócrata, ahora con tripa y mofletes de bulldog, seguía en su sitio. «Levanté la vista y allí estaba J. Edgar Hoover asomado a su balcón, distante y callado, observando, detrás de él su brumoso reino, pasando de presidente en presidente y de década en década», escribió un redactor de la revista Life.[595] Los muchos abusos de poder que Hoover cometió no saldrían a la luz hasta después de su muerte en 1972. A pesar de su perspicacia, White no supo ver la megalomanía de su jefe, su politización del Bureau, sus conspiraciones paranoicas contra una lista cada vez mayor de presuntos enemigos, entre ellos activistas indios.

White le escribía con regularidad. Una vez lo invitó al rancho de un pariente: «En ese rancho no se pasa mal, tiene todas las comodidades salvo aire acondicionado, que a usted no le hace falta».[596] Pero Hoover rechazó educadamente la invitación. Estaba demasiado ocupado en esos días y había que pincharlo para que le hiciera caso a su otrora agente estrella. Cuando en 1951, a los setenta años de edad, White dejó su puesto de alcaide de La Tuna, Hoover solo le mandó una tarjeta porque otro agente le recordó lo mucho que White «agradecería una nota personal del director, ahora que se jubila».[597]

 

Neal Boenzi / The New York Times

J. Edgar Hoover

 

A finales de los años cincuenta White se enteró de que en Hollywood iban a rodar una película, The FBI Story [FBI contra el imperio del crimen], con James Stewart en el papel de azote de criminales, y que habría un segmento dedicado a los asesinatos de los osage. White le mandó una carta a Hoover sugiriendo que al director o a los guionistas de la película quizá les interesaría hablar con él. «Yo podría darles información, ya que conozco el caso de principio a fin», decía White.[598] Hoover contestó que lo tendría «en cuenta, por descontado»,[599] pero White no supo nada más del asunto. La película se estrenó en 1959 y Hoover hacía un cameo, lo que contribuyó a ensalzarlo todavía más en el imaginario colectivo.

Aunque la película tuvo bastante éxito, el caso de los osage iba quedando atrás, eclipsado por otros más famosos y recientes, y en poco tiempo ya nadie se acordaba de él. A finales de los años cincuenta White se planteó la posibilidad de escribir algo sobre el particular. Quería dejar constancia documental de los crímenes contra los osage y asegurarse de que los agentes que habían trabajado con él no fueran borrados de la historia. En el ínterin, habían ido muriendo todos en el anonimato y, las más de las veces, en la pobreza. Cuando uno de los agentes encubiertos estaba próximo a la muerte, su mujer dejó escrito que ojalá él hubiera cobrado una pensión, y un agente que le conocía informó a Hoover de que la familia se «enfrentaba a una situación bastante negra».[600]

Varios años después de la investigación sobre los asesinatos, Wren, el agente ute, fue obligado de nuevo a abandonar el Bureau, esta vez definitivamente. En el momento de marcharse, despotricó cuanto quiso y arrojó objetos que tenía sobre la mesa. Más adelante escribió a Hoover diciendo que lo habían tratado «de manera injusta, arbitraria e infundada».[601] La ira de Wren se fue disipando con el tiempo; antes de morir, en 1939, envió una carta a Hoover en la que decía: «Muchas veces, cuando leo cosas sobre usted y sus hombres, el corazón se me hincha de orgullo, y luego me pongo a pensar otra vez en aquellos tiempos de antaño. Me siento muy orgulloso de usted y aún le considero mi viejo jefe». Más adelante, añadía: «Muchos de mis viejos amigos están ya en los felices cotos de caza. Muchos de aquellos esbeltos árboles ya no existen, muchos han sido talados por el hombre blanco. Los pavos salvajes, los ciervos, los caballos salvajes y las reses salvajes han desaparecido; ya no viven entre aquellas hermosas colinas».[602]

Aparte de documentar el papel que habían jugado otros agentes, White pretendía sin duda asegurarse un pequeño lugar en la historia, aunque él nunca lo habría reconocido así. Entre las pocas páginas de estilo forzado que escribió, podía leerse:

 

Después de que el señor J. Edgar Hoover, nuestro director, me informara brevemente de la importancia del caso, me ordenó regresar a Houston, arreglar allí mis asuntos y trasladarme lo antes posible a Oklahoma City para hacerme cargo de la sucursal. Me dijo que debía elegir a los investigadores necesarios para el caso entre hombres que yo supiera que eran los más idóneos para este tipo de trabajo […]. Comprendimos la especial importancia de que algunos hombres actuaran de manera encubierta cuando llegamos al lugar y constatamos el estado de temor en que vivían allí los indios.[603]

 

White reconocía que lo suyo no era escribir, de modo que en 1958 se alió con Fred Grove, un autor de novelas del Oeste que tenía sangre osage y que de muchacho vivía en Fairfax cuando se produjo la explosión en casa de los Smith, algo que le afectó en gran manera. Mientras Grove trabajaba en el libro, White le preguntó por carta si la narración podía hacerse en tercera persona. «Me gustaría, dentro de lo posible, evitar ser el protagonista de la historia, porque no quiero dar la impresión de que el libro va sobre mí —explicaba White—. De no ser por los buenos agentes con los que conté, nunca lo habríamos conseguido. Y luego, por supuesto, hay que hacer constar el papel de nuestro jefe J. Edgar Hoover, el cerebro del FBI.»[604]

White le preguntó a Hoover por carta si el Bureau podía enviarle algunos de los expedientes del caso, pues los necesitaba para la elaboración del libro. Le preguntó también si Hoover tendría inconveniente en escribir una breve introducción. «Confío en no estar pidiendo demasiado —decía White—. Creo que sería de un valor incalculable para todos cuantos tuvimos y tenemos un especial interés en nuestra gran organización, el Federal Bureau of Investigation. De los miembros originales, usted y yo somos casi los únicos que quedamos.»[605] En un memorándum interno Clyde Tolson, director adjunto del Bureau y desde hacía años compañero de fatigas de Hoover, relación que suscitó rumores sobre un supuesto vínculo amoroso, escribió: «No deberíamos proporcionar más que material limitado y rutinario, y ni siquiera eso».[606]

 

Cortesía de Tom White III

Tom White

 

El cuerpo de White empezaba a fallar. Tenía artritis. Un día tropezó mientras caminaba (¡nada menos!) y se lastimó de mala manera. En septiembre de 1959, la mujer de White le dijo a Grove: «Cualquier tipo de enfermedad le resulta terrible y lo deprime considerablemente. Todavía confío en que se reponga para poder asistir a la convención nacional de exagentes del FBI en Dallas a finales de octubre».[607] Pese a los achaques, White ayudó a Grove en el libro hasta que terminaron el manuscrito, como si le consumiera un caso no resuelto. En carta a Grove, decía: «Confío en que tengamos toda la suerte del mundo y aparezca una buena editorial», añadiendo que cruzaría los dedos.[608] Pero las editoriales opinaron que el texto no acababa de funcionar; y aunque más adelante Grove acabaría publicando una versión novelada bajo el título The Years of Fear, el relato histórico original no llegó a ver la luz. «Siento de veras que mi carta no sea portadora de mejores noticias», dijo un editor.[609]

 

 

El 11 de febrero de 1969 Doc, que vivía en el rancho donde Tom y él habían crecido, murió a sus ochenta y cuatro años. En una carta, White le comunicaba la noticia a Hoover, comentando que él y sus cuatro hermanos habían «nacido en esta región».[610] Y terminaba con un comentario triste: «Ahora soy el único que queda».

En octubre de 1971 White sufrió un derrame cerebral. Tenía noventa años y ya no le quedaban milagrosas vías de escape. El 21 de diciembre, de madrugada, dejó de respirar. Un amigo suyo dijo: «Murió como había vivido, discretamente y con serena dignidad».[611] Un agente instó a Hoover a darle el pésame a la viuda, resaltando que nada en el historial de White iba «en contra de dar ese paso».[612] Hoover decidió mandar un ramo de flores, que fue depositado sobre el ataúd en el momento de su sepultura.

El breve panegírico, antes de que White se perdiera en la historia, lo destacó como un hombre bueno que había resuelto los asesinatos de los osage. Años más tarde, el Bureau haría públicos varios expedientes de aquella investigación al objeto de preservar el caso en la memoria del país. Pero hubo algo muy importante que no fue incluido en esos ni en otros archivos históricos, algo que al propio White se le pasó por alto. Y es que el caso ocultaba algo más, una conspiración aún más oscura y profunda, que el Bureau no había sacado nunca a la luz.