La historia es un juez implacable. Pone al desnudo nuestras trágicas meteduras de pata y nuestros estúpidos pasos en falso y expone nuestros más íntimos secretos, ejerciendo el poder de la sabiduría a toro pasado cual detective arrogante que aparentemente conoce desde el principio cómo acabará la intriga. Examinando los archivos históricos, vi lo que Mollie no pudo ver en su marido. (Un osage me había dicho: «¿Quién puede creer que alguien se case contigo y luego mate a tu familia para conseguir tu dinero?».) Vi que White fue incapaz de advertir la falsa confesión de Lawson o las siniestras motivaciones de Hoover. Y conforme ahondaba en los asesinatos de los osage —todo aquel cenagal de autopsias, declaraciones de testigos y registro de testamentos—, empecé a ver también agujeros negros en la investigación del Bureau.
Las autoridades insistían en que, una vez condenados a cadena perpetua Hale y sus conspiradores, habían hallado a los culpables. Y después de que White entrara como alcaide en Leavenworth, los casos fueron cerrados, a bombo y platillo, a pesar de que el Bureau no había logrado vincular a Hale con el total de los veinticuatro asesinatos. ¿Fue él el responsable de todos? ¿Quién, por ejemplo, había secuestrado al petrolero McBride en Washington, D.C., o arrojado a W. W. Vaughan de un tren en marcha?
Hale había delegado en otros la labor de derramar sangre, pero no había pruebas de que su círculo de esbirros —entre ellos Bryan Burkhart, Asa Kirby, John Ramsey y Kelsie Morrison— hubieran seguido a McBride hasta la capital del país o estuvieran en el mismo tren que Vaughan. Quienquiera que hubiese matado a esos dos hombres parecía haber quedado impune.
No pude encontrar nuevas pistas sobre el caso McBride, pero un día, mientras estaba investigando en Oklahoma City, telefoneé a Martha Vaughan, nieta de W. W. Vaughan. Trabajaba como asistente social en Sallisaw (Oklahoma), que está a unos doscientos cincuenta kilómetros de la capital del estado. Se mostró muy dispuesta a hablar de su abuelo y dijo que ella vendría a verme en coche. «Podemos quedar en el hotel Skirvin. Así podrá ver algunos de los lujos que el petróleo trajo a Oklahoma», dijo.
Cuando llegué al hotel, entendí lo que había querido decir. Construido en 1910 por el magnate W. B. Skirvin, fue señalado en su momento como el mejor establecimiento hotelero del Sudoeste, con su salón de baile para quinientas personas, sus arañas de luz importadas de Austria y sus columnas rematadas por bustos de Baco, el dios griego del vino. Sargent Prentiss Freeling, el abogado de Hale, murió en una de las habitaciones del hotel —aparentemente de un derrame cerebral— mientras hacía un solitario. En 1988, en pleno bajón petrolífero, el hotel cerró sus puertas y así estuvo durante años. Pero casi dos décadas más tarde, tras una renovación valorada en cincuenta y cinco millones de dólares, volvió a abrir como parte de la cadena Hilton.
Me puse a esperar a Martha en el vestíbulo, que aún conserva el arco de madera de la entrada original, y los Bacos mirando desde el techo. Martha llegó acompañada de su primo Melville Vaughan, profesor de biología en la Universidad de Oklahoma Central. «Sabe muchas cosas del abuelo Vaughan», me aseguró Martha.
Melville traía consigo dos gruesas carpetas, y, una vez nos sentamos a la barra, me las puso delante. Estaban llenas de información sobre el asesinato de W. W. Vaughan que la familia había ido recogiendo obsesivamente durante décadas: viejos recortes de periódico («HALLADA EL CUERPO DESNUDO DE RESIDENTE DE PAWHUSKA»),[627] el certificado de defunción de Vaughan y las palabras de un informante al FBI asegurando que, poco tiempo antes de ser asesinado, Vaughan había mencionado que tenía «pruebas suficientes para llevar a Bill Hale a la silla eléctrica».[628]
Martha y Melville dijeron que Rosa, la viuda de Vaughan, se quedó sin ingresos y con diez hijos que criar: tuvo que abandonar la casa de dos plantas donde vivían y meterse en una especie de garaje. «No tenían ni para comer —dijo Martha—. Los osage formaron piña y se puede decir que ellos alimentaban a la familia.» Varios de los hijos de Vaughan, entre los cuales el padre de Martha, fueron a vivir con familias osage y crecieron hablando la lengua de la tribu y aprendiendo las danzas tradicionales. «Mi padre se sentía a salvo entre los osage», dijo Martha.
Me explicó que aunque en su familia eran muchos los que creían que Hale había ordenado silenciar a Vaughan, sospechaban que en aquel asesinato hubo algo más en juego. ¿Quién fue el asesino? ¿Cómo lo llevó a cabo? ¿Vaughan estaba ya muerto cuando lo arrojaron del tren, o murió al estrellarse contra el suelo? Alguien con mucha influencia se había asegurado de que la investigación fuera una farsa; en el epígrafe de la causa de la muerte pusieron: «Desconocida».
Estuvimos hablando de diversos factores del caso. Melville dijo que Vaughan era un hombre grande y robusto, así que el asesino tuvo que ser muy forzudo o bien contar con ayuda de cómplices. Yo recordé que Vaughan había dicho a su mujer que tenía pruebas sobre los asesinatos —y también dinero para la familia— guardadas en un escondite. Les pregunté cómo pudo el asesino descubrir dónde estaba dicho escondite. Martha me dijo que solo había dos posibilidades: que el asesino le hubiera sacado esa información a Vaughan a la fuerza antes de tirarlo del tren, o que el asesino fuera alguien en quien Vaughan confiaba lo suficiente para darle semejante información.
Melville dijo que cuando Hale estaba entre rejas, un pariente había intentado continuar con la investigación del caso, pero que recibió un anónimo amenazándolo a él y a su familia con acabar todos como el difunto Vaughan si insistían en remover las cosas. Después de aquello, la familia dejó de investigar. «Recuerdo que mi hermana y yo fuimos a ver al mayor de mis tíos, que se estaba muriendo, y le preguntamos quién le había hecho aquello al abuelo —dijo Martha—. Él mencionó lo del anónimo y nos aconsejó dejarlo estar. Aún tenía miedo.»
Les pregunté si Rosa o alguien más de la familia había mencionado posibles sospechosos, aparte de Hale.
Martha dijo que no, pero habló de un hombre que había malversado fondos del patrimonio del abuelo Vaughan y contra el cual Rosa presentó una demanda civil. Pregunté cómo se llamaba el hombre en cuestión y Martha dijo:
—El apellido era Burt, creo.
—Sí, H. G. Burt —dijo Melville—. Era presidente de un banco.
Anoté el nombre en mi agenda y al levantar de nuevo la cabeza, vi que los dos me miraban con ansiedad. Por un momento temí haber suscitado falsas esperanzas.
—Ha pasado mucho tiempo —dije—, pero veré qué puedo averiguar.
La sucursal para el Sudoeste de los Archivos Nacionales está en una nave en Fort Worth (Texas) que es más grande que muchos hangares de aeropuerto. En el interior, apilados en hileras de cuatro metros y medio de alto y en condiciones de humedad controlada, hay casi tres mil metros cúbicos de archivos. Aquí se pueden encontrar transcripciones de los tribunales de distrito de Oklahoma (1907-1969), registros del mortífero huracán Galveston de 1900, materiales sobre el asesinato de John F. Kennedy, documentos sobre la esclavitud y la Reconstrucción e informes de muchas de las sucursales de la oficina de Asuntos Indios. Es un reflejo de la necesidad de los humanos por documentarlo todo, por aplicar un velo de pulcritud administrativa al desorden de hambrunas, plagas, catástrofes naturales, crímenes y guerras. Dentro de aquellos voluminosos archivadores confiaba hallar una pista sobre el asesinato de W. W. Vaughan.
Yo ya había examinado expedientes relativos a la querella que Rosa Vaughan interpuso contra H. G. Burt. A primera vista, la disputa, que se inició en 1923, parecía algo trivial. Vaughan y Burt, que era presidente de un banco en Pawhuska, estaban considerados muy buenos amigos, y el primero había sido durante bastante tiempo uno de los abogados de Burt. Según Rosa, Burt le debía diez mil dólares a su difunto esposo, dinero que ella se proponía recuperar.
Pero la maldad está siempre en los detalles, y rebuscando descubrí que el dinero en litigio estaba relacionado con otra víctima del Reino del Terror, George Bigheart. Vaughan había sido también abogado suyo. Y Bigheart, antes de revelar a Vaughan información crítica sobre los asesinatos —y antes de morir presuntamente envenenado en el hospital de Oklahoma City—, había solicitado a las autoridades un «certificado de competencia». Con este documento ya no sería considerado pupilo bajo tutela del gobierno y podría gastar a su antojo el dinero que le ingresaban por los headrights. Vaughan le había ayudado a rellenar la solicitud, y por este y otros servicios legales Bigheart pensaba pagarle diez mil dólares (una suma cercana a ciento cuarenta mil de hoy). Sin embargo, el dinero se lo había embolsado H. G. Burt; y días más tarde, tanto Bigheart como Vaughan estaban muertos.
La demanda de Rosa Vaughan contra Burt, a quien representó uno de los bufetes que habían defendido a Hale en los juicios por asesinato, fue inicialmente desestimada por el tribunal del estado. Martha me dijo que a la familia no le cabía duda de que el jurado estaba amañado, y al recurrir al Tribunal Supremo de Oklahoma, este revocó el veredicto y ordenó a Burt devolver cinco mil dólares, más intereses, a Rosa Vaughan. «¿Qué clase de individuo le robaría a una viuda con diez hijos y sin un centavo?», me había dicho Martha.
Revisando documentos en los Archivos Nacionales así como información de otras fuentes, empecé a componer un retrato más claro de Burt. Nacido en Missouri en 1874, era hijo de un agricultor. Los registros del censo mostraban que hacia 1910 se mudó a Pawhuska, uno más entre la legión de desesperados, codiciosos y soñadores colonos. Allí abrió un comercio y más tarde se convirtió en presidente de un banco. En una fotografía de 1926 se le ve vestido al estilo de Hale, traje impecable y sombrero, la imagen del respetable hombre de negocios.
Gran parte de su fortuna, sin embargo, procedía del muy corrupto «negocio indio», o sea, estafar a millonarios osage. Un expediente judicial dejaba constancia de que Burt había tenido un negocio de préstamos orientado a esta tribu. En 1915, ante una comisión mixta del Congreso que estaba investigando asuntos de los indios americanos, un abogado tribal testificó que Burt pedía prestado a otros blancos y luego prestaba a su vez ese dinero a los osage a intereses astronómicos. «Estoy convencido de que el señor Burt es una de las personas que controlan lo que pasa en Pawhuska —declaró el abogado—. Me dijo que solo paga el 6 por ciento por su dinero y que podía sacar muchísimo más prestándoselo a los indios. —Y continuaba así—: Él consigue el dinero a un 6 por ciento y calculo que se sacará entre un 10 y un 50 por ciento, pero no quiero ni pensar cuánto exactamente.»[629]
Burt se valía de extrañísimos métodos de contabilidad para esconder que estaba desplumando a los osage. En una vista en el juzgado de sucesiones tras la muerte de George Bigheart, un abogado manifestó su desconcierto ante el hecho de que unos préstamos que procedían claramente del banco de Burt hubieran sido emitidos utilizando el talonario del propio Burt. El banquero aseguró que él jamás había hecho «ningún trato del que tenga que avergonzarme».
—No me refería a nada personal, señor Burt, pero resulta un poquito extraño.
—Estas cosas siempre las he hecho así.
En el archivo de Fort Worth, saqué unas carpetas de la oficina del fiscal general para el Distrito Oeste de Oklahoma que versaban sobre los asesinatos de osage. Contenían algo que nunca había visto antes: el testimonio secreto del gran jurado que en 1926 investigó esos asesinatos. Entre los testigos que declararon había muchos de los protagonistas del caso, como Ernest Burkhart y Dick Gregg. No se mencionaba en ninguna parte que Burt hubiera testificado. Sin embargo, el agente de seguros que le había hecho una póliza a Henry Roan, en la que Hale constaba como beneficiario, testificó que Burt le había señalado a otro indio americano como posible objetivo de la trama de las pólizas de seguros.
Después, entre los millares de páginas de documentación sobre los asesinatos archivada por el Bureau of Investigation, encontré otras dos referencias a Burt. La primera era el informe de un agente respecto a una conversación con un informador de confianza, el cual había indicado que Burt y Hale eran socios «muy íntimos».[630] Es más, añadía que Burt y Hale se habían «repartido el botín», en alusión al dinero que le habían sacado a Bigheart.[631] En el informe no quedaba clara cuál fue la cantidad exacta, pero el Bureau había hecho constar que, tras la muerte de Bigheart, Hale había reclamado seis mil dólares de su patrimonio presentando un título de crédito falsificado. Puede que «el botín» incluyera también los diez mil dólares que Burt había intentado embolsarse.
Con todo, a diferencia de los valiosísimos headrights que propiciaron el asesinato de miembros de la familia de Mollie —o la póliza por valor de veinticinco mil dólares en la muerte de Roan—, ninguna de estas sumas, y menos repartida, representaba suficiente incentivo para matar. Esto explica quizá por qué el departamento de Justicia no encausó a Hale por la muerte de Bigheart ni le buscó más las cosquillas a Burt. Pero era evidente que White y sus hombres sospechaban de Burt. En un segundo informe que encontré entre la documentación del Bureau, unos agentes calificaban a Burt de «asesino».[632]
Volví en días sucesivos al archivo con la esperanza de encontrar un móvil financiero en el asesinato de Bigheart. Examiné archivos testamentarios para ver quién se habría beneficiado de su muerte. Martha, en un correo electrónico, me había escrito: «Como solía decir el viejo Pappy, “Los billetes dejan rastro”». No había pruebas de que Hale, Burt u otro hombre blanco hubieran heredado la fortuna de Bigheart, que pasó a manos de su viuda y de su hija pequeña. Ahora bien, la hija tenía un tutor, el cual habría ejercido su control sobre ese dinero. Rebusqué en los archivos hasta que di con el nombre del tutor: H. G. Burt.
Noté que el pulso se me aceleraba al repasar los hechos. Sabía que Burt había estado muy ligado a Hale, enredado en la sistemática explotación de los osage. Sabía que Burt había conseguido acceder a la fortuna de Bigheart convirtiéndose en el tutor de su hija. Sabía, por archivos del gobierno, que Burt también había sido tutor de otros osage, uno de los cuales había muerto. Sabía que Burt había estado con Bigheart más o menos a la hora en que este sucumbió a un presunto envenenamiento: un agente de la ley local había hecho constar que tanto Burt como Hale habían hecho una visita a Bigheart poco antes de su muerte. Y sabía además que el Bureau tenía a Burt por un asesino.
Otros indicios lo señalaban como criminal. Por ejemplo, unos expedientes judiciales ponían en evidencia que Burt había robado un dinero que Bigheart tenía pensado dar a Vaughan, a pesar de que Burt afirmaba ser gran amigo de Vaughan. Tal vez este último, ciego a las maquinaciones de su amigo, había mencionado las investigaciones que estaba llevando a cabo, confiándole la ubicación del escondite donde guardaba dinero y pruebas. Y luego, cuando Vaughan fue a ver a Bigheart en su lecho de muerte, tal vez este había incriminado a Burt, además de a Hale, en la trama contra los osage.
La hipótesis de la implicación de Burt en el asesinato de Bigheart y de Vaughan se basaba, no obstante, en pruebas circunstanciales. Yo ni siquiera sabía quién estaba con Vaughan cuando lo arrojaron del tren. Más adelante, hurgando en periódicos antiguos, encontré una crónica sobre el funeral de Vaughan en el Pawhuska Daily Capital. Entre otras cosas, mencionaba que Burt había subido al tren con Vaughan en Oklahoma City y que estaba viajando cuando Vaughan desapareció de su litera. En otra información de ese mismo ejemplar leí que fue Burt quien dio parte de la desaparición de Vaughan.
Antes de marcharme de los Archivos Nacionales de Fort Worth encontré casualmente un dosier en el que había una entrevista con un informador del Bureau que había tenido relación con Hale, y que aportó pruebas muy importantes en su contra en los casos de asesinato. Le preguntaban al informador si sabía algo en relación con el asesinato de Vaughan.
—Sí —respondió el informador—. Creo que eso fue cosa de Burt.[633]
Consciente de lo injusto que era acusar a alguien de crímenes espantosos cuando esa persona no podía contestar preguntas ni defenderse, al telefonear a Martha Vaughan para contarle lo que había descubierto hice hincapié en las limitaciones de lo que podíamos dar por cierto. Luego le resumí los datos que había podido recopilar. Mencioné asimismo que en una biblioteca de Nuevo México había encontrado anotaciones de una entrevista inédita con el alguacil de Fairfax, que investigó los asesinatos de los osage. El alguacil señalaba que Burt había estado relacionado con la muerte de Vaughan y que un alcalde de una de las prósperas ciudades de la reserva —el tipo duro del lugar— había ayudado a Burt a arrojar a Vaughan del tren. Decía también que durante la investigación que el Bureau llevó a cabo sobre dichos asesinatos en 1925, a Burt le entró tanto miedo que estuvo tentado de huir. En efecto, ese mismo año Burt se mudó a Kansas de un día para otro. Cuando terminé de contarle todos los pormenores, Martha se quedó un rato callada y luego la oí sollozar por lo bajo.
—Lo siento —dije.
—No, si lloro de alivio. Mi familia lleva tanto tiempo con esto…
Más de una vez, investigando sobre los asesinatos, tuve la sensación de que estaba persiguiendo a la historia y que esta se me escapaba de las manos; no mucho después de que habláramos, me enteré de que Martha había muerto de un ataque al corazón. Tenía solo sesenta y cinco años. Melville, muy afectado, me dijo: «Hemos perdido otro vínculo con el pasado».