En mayo de 2013 el Constantine Theater de Pawhuska había programado un vídeo de una actuación del ballet osage Wahzhazhe. Los osage han estado ligados desde hace mucho al mundo del ballet clásico, prueba de ello son dos grandes bailarinas como Maria y Marjorie Tallchief. Maria, que está considerada la primera gran prima ballerina de Estados Unidos, nació en Fairfax en 1925. En su autobiografía recordaba los días del lujo y comentaba que su padre osage parecía el amo del pueblo: «Tenía propiedades por todas partes. La sala de cine de la calle mayor y el billar de enfrente eran suyos. Desde nuestra casa de ladrillo de terracota y diez habitaciones, situada en lo alto de una loma, se dominaba toda la reserva».[634] Y recordaba también que en una casa cercana «colocaron una bomba incendiaria y todos los que estaban dentro murieron, asesinados a causa de sus headrights».[635]
Wahzhazhe estaba inspirado en la dramática historia de los osage, incluido el período del Reino del Terror. Wahzhazhe quiere decir «osage». Yo tenía muchas ganas de ver el ballet, aunque solo se tratara de la grabación de una de las actuaciones, y después de comprar la entrada accedí a aquella sala de Pawhuska cuyas butacas forradas de terciopelo habían ocupado antaño Mollie y Ernest Burkhart, y donde se habían celebrado subastas de terrenos cuando hacía mal tiempo. A principios de la década de los ochenta del pasado siglo, el edificio estuvo a punto de ser demolido, pero un grupo de ciudadanos se ofreció a restaurarlo. Lo limpiaron de bichos y telarañas, sacaron brillo al latón de la puerta principal y retiraron del vestíbulo toda la porquería acumulada en el suelo, dejando al descubierto un mosaico con forma de estrella.
Aaron Tomlinson
El juzgado donde procesaron a Ernest Burkhart todavía preside Pawhuska
En ese momento el local estaba abarrotado y busqué mi localidad mientras las luces se apagaban y daba comienzo la película. En pantalla apareció el siguiente texto: «En la época de las misiones los diarios solían describir a los osage como “el pueblo más feliz de la tierra” […]. Tenían un gran sentido de la libertad porque no poseían nada y no dependían de nada ni de nadie. Pero la nación osage se interpuso en el impulso económico del mundo europeo […] y la vida, como ellos la habían conocido, ya no volvió a ser igual». El texto continuaba: «Hoy, nuestros corazones están divididos entre dos mundos. Somos fuertes y valerosos, hemos aprendido a caminar en esos dos mundos, aferrándonos a las hebras de nuestra cultura y nuestras tradiciones y al mismo tiempo viviendo en una sociedad mayoritariamente no india. Nuestra historia, nuestra cultura, nuestro corazón y nuestro hogar seguirán siendo caminar por la pradera, cantar canciones al amanecer y patear el suelo al eterno ritmo del tambor ceremonial. Nos movemos en dos mundos».
El ballet evocaba convincentemente esta dualidad. Describía a los osage desde la época en que merodeaban por la llanura hasta su primer encuentro con exploradores y misioneros europeos y, posteriormente, hasta la fiebre del oro negro. En un momento dado, las bailarinas aparecían vestidas a la moda de los años veinte y giraban vertiginosamente al compás de una música jazzística. De pronto, el ruido de una explosión interrumpía sus evoluciones. La música y los bailarines adoptaban un sesgo compungido mientras una sucesión de danzas fúnebres ilustraba el sanguinario Reino del Terror. Uno de los dolientes, que representaba a Hale, llevaba puesta una máscara para esconder su rostro de maldad.
Una escena posterior describía la contribución de los osage a las fuerzas armadas del país: Clarence Leonard Tinker, miembro de la tribu, fue el primer nativo norteamericano en alcanzar el grado de teniente general; se le dio por muerto al desaparecer su avión durante la Segunda Guerra Mundial. Me sorprendió ver a continuación en la pantalla un rostro familiar: era Margie Burkhart, que tenía un breve papel en el ballet (pero sin bailar) como madre de uno de los soldados que partían a la guerra. Se la veía cruzar con paso airoso el escenario ataviada con un chal sobre los hombros, evocando el modo en que Mollie solía lucir su manta india.
Al terminar el pase, muchas personas del público permanecieron en sus butacas. No encontré a Margie en el receso, pero más tarde me dijo que ver la parte del ballet sobre el Reino del Terror había sido «como un puñetazo en el estómago». Y añadió: «No pensaba que me afectaría tanto, pero así fue. Demasiadas emociones». Entre el público me encontré a la directora del museo, Kathryn Red Corn. Me preguntó qué tal iba con mis investigaciones, y cuando mencioné la probable implicación de H. G. Burt —alguien a quien no se había vinculado oficialmente con los asesinatos—, le extrañó un poco y me dijo que fuera a verla al museo al día siguiente.
Cuando llegué por la mañana, me la encontré sentada a su mesa, rodeada de artefactos. «Mire esto», me dijo, pasándome una copia de una vieja carta. Estaba escrita con letra muy pulcra y fechada el 27 de noviembre de 1931. «Fíjese en la firma», dijo Red Corn. Allí ponía «W. K. Hale».
Me explicó que Hale había enviado la carta desde la cárcel a un miembro de la tribu y que un descendiente de este la había donado hacía poco al museo. Mientas la leía, me chocó el tono optimista de la misiva. «De salud estoy perfecto —escribía Hale—. Peso 83 kilos. No tengo una sola cana.» Cuando saliera de la cárcel, decía, esperaba poder volver a la reserva. «Preferiría vivir en Gray Horse que en cualquier otro lugar del mundo. —E insistía—: Siempre seré el fiel amigo de los osage».[636]
«Es increíble, ¿no?», dijo Red Corn, meneando la cabeza.
Pensé que me había invitado a ir al museo para enseñarme la carta, pero enseguida descubrí que lo había hecho por otra razón. «Me pareció un buen momento para contarle eso que le comentaba el otro día, sobre mi abuelo», dijo. Sus abuelos se habían divorciado; luego él se casó con una blanca y en 1931 empezó a sospechar que su segunda esposa lo estaba envenenando. Red Corn recordaba que cuando iban parientes a casa de su abuelo, este les decía, asustado: «No se os ocurra comer ni beber nada mientras estéis aquí». Al poco tiempo, el abuelo de Red Corn cayó muerto; tenía solo cuarenta y seis años. «Hasta entonces había gozado de buena salud —dijo Red Corn—. No le pasaba nada. Su mujer se agenció buena parte del dinero.» La familia estaba totalmente convencida de que había sido envenenado, pero no hubo ninguna investigación. «En aquella época, a estas cosas se les echaba tierra encima, empezando por los de la funeraria y continuando por los médicos y la policía.»
Red Corn no conocía más que estos detalles aislados que le habían contado algunos parientes y confiaba en que yo pudiera investigar la muerte de su abuelo. Después de un largo silencio, me dijo: «Durante el Reino del Terror hubo más asesinatos que los que han salido a la luz. Muchísimos más».
Durante los años que me dediqué a investigar sobre los asesinatos de los osage, mi pequeño despacho en Nueva York se había convertido en un almacén siniestro. En el suelo y los estantes se acumulaban millares de páginas de documentos del FBI, informes de autopsia, testamentos y últimas voluntades, fotografías de escenas de crímenes, transcripciones de juicios, análisis de documentos falsificados, huellas dactilares, estudios de balística y de explosivos, registros bancarios, declaraciones de testigos oculares, confesiones, notas interceptadas en prisión, testimonios ante el gran jurado, diarios de investigadores privados y fotos de fichas policiales. Cada vez que me hacía con un nuevo documento, por ejemplo una copia de la carta de Hale que Red Corn me había enseñado, le ponía la etiqueta correspondiente y lo guardaba entre las pilas de papeles (mi lastimosa versión de un sistema de almacenamiento tipo Hoover). A pesar del tétrico material, cada nuevo hallazgo alimentaba mis esperanzas de ir llenando huecos en las crónicas oficiales, esos espacios en los que no había constancia de testigos o voces, solo el silencio de la tumba.
Corbis
Blackie Thompson, muerto a tiros tras huir de la prisión en 1934
El caso del abuelo de Red Corn era uno de esos agujeros negros. Como nadie había investigado las causas de su muerte, y como todos los protagonistas de la historia habían fallecido, no logré encontrar una sola pista que pudiera seguir. El río de la historia parecía haberse llevado prácticamente cualquier rastro de la vida y la muerte del abuelo: las pasiones, los conflictos, los posibles brotes de violencia extrema.
No obstante, la conversación con Red Corn me empujó a estudiar con especial detenimiento el que tal vez sea el más desconcertante de aquella serie de asesinatos: el del osage Charles Whitehorn. Ocurrido en mayo de 1921, en el mismo período en que se produjo la muerte de Anna Brown y que se considera el inicio de los cuatro años del Reino del Terror, revelaba la impronta de Hale. Sin embargo, en el caso Whitehorn nunca llegó a surgir prueba alguna que implicara a Hale o a alguno de sus esbirros.
Aunque el caso no se había resuelto, en un primer momento fue uno de los focos principales de los investigadores, y cuando llegué a Nueva York reuní material relacionado con el crimen. En una de las bamboleantes pilas de papeles que tenía en mi despacho encontré los registros de los detectives privados que los herederos de Whitehorn contrataron a raíz de su muerte. Eran informes que parecían sacados de una novela barata, con frases como «Este chivatazo me viene de una fuente fiable».[637]
A medida que iba leyendo informes, fui anotando los detalles clave:
Whitehorn fue visto con vida por última vez el 14 de mayo de 1921. Un testigo lo ubicó enfrente del Constantine Theater a eso de las 8 de la tarde.
Cadáver hallado dos semanas después, en una loma a kilómetro y medio del centro de Pawhuska.
Según el sepulturero: «La posición del cuerpo indicaba que cayó en esa postura, que no lo transportaron hasta allí».
Arma: revólver del calibre 32. Dos disparos, entre los ojos. ¿Obra de un profesional?
Los informes dejaban constancia de que el abogado Vaughan se había mostrado muy dispuesto a ayudar a los sabuesos. «Vaughan, que conoce bien a los indios, dijo que su verdadero interés en el caso era […] llevar a los culpables ante los tribunales», escribía un detective privado.[638] Ni los detectives ni el propio Vaughan tenían la menor idea de que este acabaría convirtiéndose en blanco (que, en el plazo de dos años, también él sería asesinado), y un día me sorprendí suplicándoles interiormente que abrieran los ojos a lo que no podían ver.
También Comstock —el abogado y tutor que, pese a las sospechas iniciales de Hoover, había demostrado ser persona fiable— había hecho lo posible por ayudar en la investigación. Un detective privado escribía: «El señor Comstock había recibido cierta información», y explicaba que el 14 de mayo un hombre sin identificar fue visto merodeando por la loma donde más tarde sería encontrado el cuerpo sin vida de Whitehorn.[639]
Que el caso Whitehorn hubiera quedado oficialmente sin resolver me indujo a pensar que las diferentes pistas se habrían perdido entre el marasmo de la letra impresa, pero no: los informes eran de una estimulante claridad. Los detectives privados, basándose en los datos de sus informadores y en pruebas circunstanciales, armaron una cristalina hipótesis sobre el crimen. Después de morir Whitehorn, su viuda medio blanca y medio cheyenne, Hattie, se había casado con LeRoy Smitherman, un blanco sin escrúpulos. Los detectives descubrieron que el matrimonio había sido orquestado por Minnie Savage, una «mujer astuta, inmoral y competente», como la definió un investigador, y que regentaba una pensión en Pawhuska.[640] Los detectives sospechaban que Smitherman y ella, junto con otros conspiradores, habrían planeado el asesinato de Whitehorn para hacerse con su headright y su dinero. Andando el tiempo, muchos de los investigadores dieron por hecho que Hattie Whitehorn, que nada más morir su marido había gastado ya una parte de su fortuna, era también cómplice. Según le dijo un informador a uno de los detectives, no había duda de que «Hattie estuvo entre los principales impulsores de la muerte de Charley Whitehorn».[641]
Pusieron a un detective encubierto en la pensión de Minnie Savage. «Podía oír lo que decían por teléfono», escribió otro detective en su informe, y añadía que el infiltrado «creo que podrá sacar partido, pero no le iría mal una ayudita.»[642] Entretanto, la hermana de Minnie resultó ser una buena fuente de información. Dijo a los investigadores que había visto la que probablemente era el arma homicida: «Minnie estaba haciendo la cama y el arma apareció debajo de la almohada. Cuando la cogió vi que era un arma bastante grande, de un color oscuro».[643] Pese a ello, los detectives privados no consiguieron pruebas suficientes para encausar a ninguno de los sospechosos, o tal vez alguien untó a los detectives.
Cuando los primeros agentes federales del Bureau of Investigation se pusieron a hurgar en el caso en 1923, también llegaron a la conclusión de que Savage, Smitherman y Hattie Whitehorn eran los responsables del asesinato. «Por las pruebas que hemos podido reunir hasta ahora», escribía un agente, daba la impresión de que «Hattie Whitehorn hizo que lo asesinaran a fin de apoderarse del patrimonio de su marido».[644] Hattie negó cualquier implicación en el crimen, pero le dijo a un agente: «Si usted es listo, yo también. Ya me han dicho que tuviera cuidado con usted […]. Trata de ganarse mi confianza, y si le digo algo me enviará a la silla eléctrica».[645]
Para entonces, se habían producido ciertos giros inquietantes en torno al caso. Smitherman, el nuevo marido de Hattie, había huido a México llevándose el coche de la viuda y un buen pellizco de su dinero. Luego, un tal J. J. Faulkner —a quien un agente describió como «un tipo sin principios, un hipócrita»—[646] se entrometió en la vida de Hattie, chantajeándola con información que ella había compartido con él sobre su papel en el asesinato. (A una de las hermanas de Hattie se la oyó gritar a Faulkner que era un hijo de perra y que dejara de extorsionar a Hattie; Faulkner le soltó que él lo sabía todo sobre su hermana y el asesinato, y que se andaran con mucho ojo si seguían hablándole en ese tono.) En un informe, el agente Burger y su socio afirmaban: «Estamos plenamente convencidos de que Faulkner ha conseguido sacarle algún tipo de confesión a Hattie Whitehorn y que utiliza esa información para obligarla a hacer lo que a él le conviene, al tiempo que la amenaza con un juicio y la pone en evidencia; su objetivo es hacerse con el control de sus […] bienes cuando ella muera, y mientras tanto ir sacándole dinero».[647]
No mucho tiempo después, Hattie contrajo una grave enfermedad. Los agentes hicieron constar que parecía tener «un pie en la tumba».[648] Cosa curiosa, ninguno de ellos manifestó sospechas sobre la naturaleza de la enfermedad, y eso a pesar de los muchos envenenamientos que se daban en la época del Reino del Terror. Faulkner estaba casado, y su mujer dijo a los agentes que él se negaba «a permitir que Hattie vaya a un hospital […] porque de este modo la sigue controlando».[649] Según las hermanas de Hattie, Faulkner había empezado a robarle dinero mientras ella estaba «bajo la influencia de algún narcótico».[650]
Finalmente, las hermanas consiguieron ingresar a Hattie en un hospital. Creyendo que estaba a punto de morir, los agentes trataron de convencerla para que hiciera una confesión. En un informe dejaban constancia de que ella había admitido ante Comstock que «conoce los hechos y nunca ha contado lo que sabe» y que «ellos» —presumiblemente Minnie Savage y otros cómplices— habían hecho que Hattie se ausentara cuando Whitehorn fue asesinado.[651] Pero eso fue todo lo que dijo. Una vez libre de las garras de Faulkner, se recuperó de su misteriosa enfermedad.
Hacia 1925, cuando llegó Tom White para empezar su propia investigación, el Bureau se había casi olvidado del caso Whitehorn. El agente Burger escribió, en tono desdeñoso, que era solo un «asesinato aislado», sin relación con los homicidios sistemáticos.[652] El caso no encajaba en la hipótesis del Bureau: que un solo cerebro era el responsable de todas las muertes y que cuando Hale y sus esbirros fueran apresados, el caso de los asesinatos de los osage quedaría resuelto. Sin embargo, en retrospectiva, el hecho de que aparentemente Hale no hubiera jugado ningún papel en la muerte de Whitehorn era precisamente la razón de que esta fuese tan importante. Como la sospechosa muerte del abuelo de Red Corn, la conspiración contra Whitehorn —y la frustrada contra su viuda— sacaba a la luz la historia secreta del Reino del Terror: que la maldad de Hale no fue una anomalía.