«Tienes que ir allí y ver lo que está pasando», me dijo Kathryn Red Corn en mi siguiente visita a la nación osage en junio de 2015. Así pues, siguiendo sus indicaciones, crucé Pawhuska en coche y tomé hacia el oeste atravesando el mar de alta hierba de la pradera hasta que vi lo que ella me había descrito muy gráficamente: docenas de torres metálicas invadiendo el cielo. Cada una de ellas medía 126 metros de alto, como un rascacielos de treinta pisos, y tenía tres aspas que giraban con un ronroneo. Una sola de esas aspas era tan larga como el ala de un avión de pasajeros. Las torres formaban parte de un parque eólico que ocupaba una extensión de 3.200 hectáreas y que, con el tiempo, debía suministrar electricidad a unos cuarenta y cinco mil hogares de Oklahoma.
Más de un siglo después de que se descubriera petróleo en territorio osage, una nueva y revolucionaria fuente de energía estaba transformando la región. Pero esta vez los osage lo veían como una amenaza a su reserva subterránea. «¿Las has visto? —me preguntó Red Corn a mi regreso, refiriéndose a las turbinas—. La empresa se presentó aquí y las instaló sin nuestro permiso.» El gobierno federal, en representación de la nación osage, había presentado una querella contra Enel, el conglomerado energético italiano propietario del parque eólico. Citando artículos de la ley de Adjudicaciones de 1906, el pleito alegaba que, puesto que la empresa había extraído caliza y otros minerales en la construcción de los cimientos para las turbinas, necesitaba la autorización de los osage para seguir adelante. De lo contrario, Enel estaría violando la soberanía osage sobre su reserva subterránea. Enel insistió en que ellos no eran una empresa minera y por tanto no tenían por qué arrendar tierras a los osage. «No hemos tocado el patrimonio mineral», dijo a la prensa un representante de la empresa.[653]
El 10 de julio de 2015, al amanecer, un jefe y dos docenas de miembros de la nación osage se congregaron bajo los molinos de viento para ofrecer una oración a Wah’Kon-Tah. Cuando los primeros rayos de sol atravesaron la neblina azulada y se reflejaron en las aspas, el que dirigía la plegaria dijo que los osage eran «un pueblo humilde que te pide ayuda».
Poco tiempo después, un tribunal respaldó a Enel, diciendo que aunque la interpretación que el gobierno hacía de la ley de Adjudicaciones sin duda beneficiaría a los osage, los «demandados no han comercializado ni vendido minerales, como tampoco se han dedicado a la explotación mineral. En consecuencia, no están obligados a conseguir un arriendo».[654] Y ya se había puesto en marcha el proyecto de construcción de una segunda granja eólica en el condado.
La nueva normativa medioambiental del gobierno en relación con las perforaciones petrolíferas tenía un efecto todavía más profundo sobre la reserva subterránea osage. Cumplir estas normas, en vigor desde 2014, requería una inversión extra, y en consecuencia las compañías petroleras habían dejado prácticamente de perforar nuevos pozos, dado que solo producían rendimientos marginales. Un productor de petróleo le dijo a un corresponsal: «Por primera vez en cien años no hay perforaciones en el condado de Osage».[655]
Aaron Tomlinson
El parque eólico construido sobre la reserva subterránea de los osage
Seguí investigando los asesinatos, pero cada vez había menos archivos que examinar y menos documentos que encontrar. Pero un día, en la biblioteca pública de Pawhuska, me fijé en un manuscrito encuadernado con espiral, medio escondido entre volúmenes de historia osage. Llevaba por título «El asesinato de Mary DeNoya-Bellieu-Lewis». Parecía que hubieran impreso las páginas del ordenador y que lo hubiesen encuadernado a mano. Según la nota introductoria, fechada en enero de 1998, el manuscrito era obra de Anna Marie Jefferson, tataranieta de Mary Lewis. «La primera persona que me contó la historia de Mary fue mi bisabuela —escribía Jefferson—. Creo que fue en 1975.» Jefferson empezó a recopilar información acerca del asesinato a través de parientes, recortes de prensa y archivos varios, un empeño que le llevó cerca de veinte años. Probablemente había dejado una copia del manuscrito en la biblioteca con la intención de que lo ocurrido no cayera en el vertiginoso abismo de la historia.
Me senté y me puse a leer. Mary Lewis, nacida en 1861, era miembro de la tribu con parcela asignada. «Gracias a ese dinero, pudo disfrutar de una vida próspera», escribía Jefferson. Lewis se casó dos veces y se divorció otras tantas, y en 1918, a sus cincuenta y tantos años, estaba criando a una hija adoptada de diez años. Aquel verano, Lewis llevó a su hija de viaje a Liberty (Texas), una localidad a orillas del río Trinity, a unos setenta kilómetros de Houston. Acompañaban a Lewis dos blancos: Thomas Middleton, que era amigo de ella, y un compañero de él. Con dinero de Mary Lewis, compraron una casa flotante y vivieron en el río. De repente, el 18 de agosto, Lewis desapareció. Las autoridades se inhibieron de investigar —«Ellos nunca movían un dedo», dijo después un pariente de Lewis—, de modo que la familia decidió contratar a un investigador privado. El detective averiguó que, tras la desaparición de Lewis, Middleton se había hecho pasar por hijo adoptivo suyo a fin de cobrar varios cheques firmados por ella. En enero de 1919, después de que la policía detuviera a Middleton y a su compañero, el detective los interrogó y le dijo a Middleton que «preferiría mil veces encontrar a esa señora viva antes que muerta». Y añadió: «Cualquier información que puedas dar para localizarla redundará en tu beneficio».
Middleton, sin embargo, insistió en que él no tenía ni idea de dónde podía estar la mujer. «No estoy nada asustado», dijo.
Ni él ni su amigo soltaron prenda, pero dos testigos afirmaron que el día en que Lewis desapareció habían visto, a unos kilómetros de la casa flotante, un coche que se dirigía hacia un pantano infestado de serpientes. El 18 de enero de 1919, con las perneras del pantalón subidas hasta las rodillas, los investigadores empezaron a peinar los matorrales. Un reportero informó que uno de los agentes de la ley, «apenas había metido los pies en el agua cuando se le quedaron allí trabados. Al hundir la mano para arrancar lo que fuera que obstruía sus pies, dio con un amasijo de cabellos de mujer».[656] Lo siguiente que sacaron fueron huesos de pierna; a continuación un tronco humano y un cráneo, este con señales de haber sido golpeado con un objeto metálico contundente. «ESPELUZNANTE HALLAZGO PONE FIN A LA BÚSQUEDA DE MARY LEWIS», rezaba un titular de un periódico local.[657]
El compañero de Middleton confesó haber golpeado a Lewis en la cabeza con un martillo. El plan lo había ideado Middleton: una vez Lewis estuviera muerta, la idea era utilizar a una cómplice para que se hiciese pasar por ella, de modo que los compinches pudieran cobrar los pagos por derechos minerales. (No era una estratagema insólita: los falsos herederos eran moneda corriente. A la muerte de Bill Smith en la explosión, el gobierno temió que un pariente que aseguraba ser su heredero fuese en realidad un impostor.) Middleton fue declarado culpable de asesinato en 1919 y sentenciado a muerte. «Hubo un momento en que la familia de Mary sintió alivio de que la pesadilla hubiera terminado —escribió Jefferson—. Sin embargo, la satisfacción inicial pronto dejó paso a la incredulidad y la ira.» A Middleton le conmutaron la pena de muerte por la de cadena perpetua. Y cuando solo había cumplido seis años y medio de cárcel, el gobernador de Texas lo indultó. Middleton tenía una novia, y la familia de Lewis creía que ella había recurrido al soborno. «Fue como si al asesino solo le hubieran dado un golpe en la mano por matar a alguien», escribió Jefferson.
Después de leer toda la historia se me quedó grabado un detalle: Lewis había sido asesinada en 1918. Según la mayoría de los escritos, el Reino del Terror se extendió sobre la comunidad osage desde la primavera de 1921, cuando Hale hizo asesinar a Anna Brown, hasta enero de 1926, con la detención de Hale. Así pues, la muerte de Lewis significaba que los asesinatos de los osage para quedarse con sus headrights habían empezado al menos tres años antes de lo que se daba comúnmente por supuesto; y si el abuelo de Red Corn había sido envenenado en 1931, entonces el Reino del Terror había continuado incluso estando Hale en prisión. Lo que estos casos ponían de relieve era que estos asesinatos no fueron resultado de una única conspiración orquestada por Hale. Puede que él encabezara la matanza más larga y sanguinaria, pero hubo otros muchos asesinatos que no quedaron reflejados en las valoraciones oficiales y que, a diferencia de los casos de Lewis y de familiares de Mollie Burkhart, jamás fueron investigados ni registrados siquiera como homicidios.