Volví a los archivos de Fort Worth y reanudé la búsqueda entre la interminable serie de cajas y carpetas mohosas. El archivero trajo a la pequeña sala de lectura en una carretilla la última remesa de cajas antes de hacer el camino de vuelta con la remesa anterior. Yo había perdido la ilusión de encontrar una piedra de Rosetta que me desvelara los secretos del pasado. La mayor parte del material era parca y clínica: gastos, informes censales, arriendos.
En una de las cajas había un libro de registro manoseado con cubierta de tela; era de la oficina de Asuntos Indios y en él constaban los nombres de los tutores en la época del Reino del Terror, escritos a mano. Debajo del nombre de cada tutor, había una lista de sus pupilos osage. Si uno de ellos fallecía estando bajo la tutela de un tutor, al lado del nombre aparecía una palabra: «Muerto».
Busqué el nombre de H. G. Burt, el principal sospechoso de la muerte de W. W. Vaughan. En el libro de registro constaba que había sido tutor de la hija de George Bigheart, así como de otros cuatro osage. Junto al nombre de uno de estos pupilos aparecía la palabra «muerto». Busqué después a Scott Mathis, el dueño de la Big Hill Trading Company. Según el libro, Mathis había sido tutor de nueve osage, entre los cuales estaban Anna Brown y su madre, Lizzie. Al revisar la lista, me fijé en que un tercer indio osage había fallecido bajo la tutela financiera de Mathis, y lo mismo un cuarto, un quinto y un sexto. En total, de los nueve que constaban en la lista, habían muerto siete. Y al menos dos de estas muertes se sabía que eran asesinatos.
Me puse a buscar otros tutores de los indios osage de esa época. Uno había llegado a tener once pupilos, de los cuales ocho habían muerto. Otro había tenido trece, y más de la mitad estaban registrados como fallecidos. Un tutor había tenido cinco pupilos, todos ellos muertos después. Y así sucesivamente… Las cifras eran escalofriantes; aquello no podía deberse a causas naturales. Como no se había investigado la mayor parte de las muertes, era imposible determinar con exactitud cuántas de ellas eran sospechosas, y no digamos ya señalar quién podía ser el responsable de ese juego sucio.
No obstante, había claros indicios de asesinato generalizado. En los archivos del FBI encontré una alusión a Anna Sanford, que era uno de los nombres que yo había visto en el libro con la palabra «muerta» al lado. Aunque su caso no fue catalogado como homicidio, los agentes que siguieron el caso sospecharon que había sido envenenada.
Otra tutelada osage, Hlu-ah-to-me, había muerto oficialmente de tuberculosis, pero entre la documentación encontré un telegrama de un informador al fiscal general afirmando que el tutor de Hlu-ah-to-me le había negado deliberadamente tratamiento y no quiso enviarla a un hospital del Sudoeste para que la atendieran. El tutor, comentaba el soplón, «sabía que ese era el único lugar donde ella podría vivir, y que si se quedaba en Gray Horse moriría», añadiendo que a la muerte de Hlu-ah-to-me, el tutor pasó a administrar su muy valioso patrimonio.[658]
En el caso de un osage llamado Eves Tall Chief, muerto en 1926, se dijo que la causa había sido el alcohol. Sin embargo, unos testigos declararon entonces que él nunca bebía y que había sido envenenado. «Los familiares del fallecido estaban muy asustados», decía un artículo de 1926.[659]
Que un osage constara como vivo en el libro de registro no quería decir que no hubiera sido un blanco en potencia. Por ejemplo, Mary Elkins estaba considerada el miembro más rico de la tribu porque había heredado más de siete headrights. El 3 de mayo de 1923, a los veintiún años, Elkins se casó con un boxeador blanco de segunda fila. Según el informe de un funcionario de la oficina de Asuntos Indios, su nuevo marido la encerró a cal y canto en casa, la azotó y le dio «drogas, opiáceos y alcohol a fin de provocarle la muerte y así poder reclamar su cuantiosa herencia».[660] Esta vez, el funcionario del gobierno intervino, y Mary Elkins sobrevivió. Una investigación sacó a la luz pruebas de que el boxeador no había actuado solo, sino como parte de una conspiración orquestada por un grupo de habitantes de la localidad. Aunque el funcionario presionó para que los encausaran, no hubo cargos contra ninguno de ellos y su identidad jamás fue dada a conocer.
Luego estaba el caso de Sybil Bolton, una osage de Pawhuska que estaba bajo la tutela de su padrastro blanco. El 7 de noviembre de 1925 Bolton —que según un cronista local era «una de las muchachas más bellas que haya dado esta ciudad»—[661] fue hallada muerta con una herida de bala en el pecho. Su padrastro dijo que la chica, que entonces tenía veintiún años, se había suicidado, y el caso se cerró rápidamente; ni siquiera se le practicó una autopsia. En 1992 el nieto de Bolton, Dennis McAuliffe Jr., redactor del Washington Post, investigó la muerte de su abuela tras descubrir numerosas contradicciones y mentiras en la versión oficial. Como detallaba en una biografía, The Deaths of Sybil Bolton, publicada en 1994, le robaron gran parte del dinero del headright, y todo apuntaba a que la habían asesinado en el jardín de su casa, estando con ella su bebé de dieciséis meses (la madre de McAuliffe). Según el libro que consulté, su tutor tenía otros cuatro pupilos osage; todos habían muerto.
Aunque el Bureau había contabilizado veinticuatro osage asesinados, la cifra real era sin duda más elevada. Después de apresar a Hale y sus esbirros, el Bureau cerró la investigación, pero más de uno sabía que se habían encubierto sistemáticamente muchos otros homicidios, a fin de burlar todo intento de investigación. En un informe, un agente describía una de las diferentes maneras en que los asesinos habían conseguido despistar al Bureau: «En relación con las misteriosas muertes de gran número de indios: primero los autores del crimen emborrachaban a un indio, luego hacían que un médico lo examinara y diagnosticara ebriedad, tras lo cual al indio se le inyectaba morfina. Y una vez el médico se marchaba, los [asesinos] administraban al indio una enorme cantidad de morfina mediante una inyección debajo de la axila, lo que le producía la muerte. El subsiguiente certificado de defunción dejaba constancia de que la causa de la muerte era una “intoxicación etílica”».[662] Otros observadores que trabajaron en el condado de Osage señalaron que, por regla general, muchas muertes sospechosas eran falsamente atribuidas a «tisis», «enfermedad consuntiva», o «causas desconocidas». Algunos estudiosos e investigadores que han ahondado posteriormente en estos asesinatos creen que el número de víctimas mortales entre los osage estaría alrededor de varios centenares. Para hacerse una idea más clara de hasta qué punto fueron diezmados, McAuliffe recurrió al Authentic Osage Indian Roll Book, donde se menciona la muerte de muchos de los primeros miembros de la tribu que recibieron una adjudicación. Y escribe: «En los dieciséis años que van de 1907 a 1923, murieron 605 osage, un promedio de 38 al año, o sea un índice de mortalidad anual de un 19 por mil. El índice nacional de mortalidad es actualmente de un 8,5 por mil; en los años veinte del siglo pasado, cuando los métodos de computación eran menos precisos y las estadísticas atendían por separado a blancos y negros, el promedio en los blancos era de un 12 por mil. En buena lógica, los osage deberían haber tenido un índice de mortalidad inferior al de los norteamericanos blancos, puesto que su nivel de vida era mayor que el de estos. Sin embargo, los osage morían a un ritmo de una vez y media más que el índice nacional, cifras que no incluyen a osage nacidos después de 1907 y que por tanto no constan en el censo tribal».[663]
El eminente historiador de los osage Louis F. Burns observó: «No sé de una sola familia osage que no perdiera al menos a un miembro de la familia por culpa de los headrights».[664] Y al menos uno de los agentes del Bureau que investigaron antes de la llegada de White había advertido la existencia de una cultura del asesinato. Según la transcripción de una entrevista con un informador, ese agente dijo: «De estos casos de asesinato hay muchísimos, a centenares».[665]
También los casos que conocía el Bureau tenían dimensiones ocultas. Durante una de mis últimas visitas a la reserva, en junio de 2015, fui al Tribunal de la Nación Osage, que es donde los osage administran su propia justicia en muchas causas penales. Un abogado osage me había dicho que el Reino del Terror «no significó el fin de nuestra historia», y que «nuestras familias fueron víctimas de esa conspiración, pero nosotros no somos víctimas».
En una de las salas conocí a Marvin Stepson. Era un osage de setenta y tantos años, con expresivas cejas grises y modales pausados, que hacía las veces de juez de primera instancia. Era nieto de William Stepson, aquel campeón de tumbar novillos a lazo que había muerto en 1922 de un presunto envenenamiento. No hubo ningún encausado por el asesinato de Stepson, pero las autoridades se inclinaban a pensar que el responsable era Kelsie Morrison, el hombre que mató a Anna Brown. Hacia 1922, Morrison estaba divorciado de su esposa osage, y, en cuanto Stepson murió, se casó con la viuda de este, Tillie, convirtiéndose en el tutor de los dos hijos de ella. Uno de los socios de Morrison había dicho al Bureau que este le reconoció que había matado a Stepson para poder casarse con Tillie y así controlar su valiosísimo patrimonio.
La muerte de Stepson solía incluirse en el recuento oficial de asesinatos de la época del Reino del Terror. Pero mientras estábamos sentados en uno de los bancos de la sala, Marvin me reveló que su abuelo no había sido el único objetivo de la familia. Cuando estuvo casada con Morrison, Tillie empezó a sospechar de él, sobre todo después de que alguien oyera hablar a Morrison de los efectos de la estricnina. Tillie le dijo confidencialmente a su abogado que quería impedir que Morrison heredara su patrimonio y revocar la tutoría de este sobre sus hijos. Pero en julio de 1923, y antes de haber aprobado los cambios, ella murió también de un presunto envenenamiento. Morrison le robó gran parte de su fortuna. Según se lee en algunas cartas de su puño y letra, Morrison tenía pensado vender una parte del patrimonio que se había agenciado fraudulentamente nada menos que a H. G. Burt, el banquero implicado en el asesinato de Vaughan. La muerte de Tillie no llegó a ser investigada, pero Morrison, además de reconocer ante su compinche que él la había matado, le sugirió que se buscara una piel roja e hiciera lo mismo. Marvin Stepson, que había invertido años en investigar lo que le ocurrió a su abuelo, me dijo: «Kelsie los asesinó a ambos y dejó huérfano a mi padre».
Aaron Tomlinson
Marvin Stepson, nieto de William Stepson, que fue víctima del Reino del Terror
Y no acababa ahí todo. Muertos William Stepson y Tillie, el padre de Marvin, que tenía entonces tres años, se convirtió en el siguiente blanco junto con su hermanastra de nueve años. En 1926, mientras cumplía condena por asesinar a Anna Brown, Morrison envió un mensaje a Hale que los guardianes interceptaron. Escrita de mala manera, la nota decía: «Bill, ya sabes que en cuestión de unos años los hijos de Tillie van a tener dos o trescientos mil dólares, y que yo he adoptado a los críos. Cómo puedo hacerme con ese dinero o controlarlo cuando salga de aquí. Yo creo que puedo sacar a los críos del estado sin que nadie me toque un pelo […], no me podrían acusar de secuestro».[666] Se temió que Morrison planeara asesinar a los dos niños. Un estudioso osage comentó: «Es escalofriante recorrer un cementerio osage y ver la enorme cantidad de tumbas de gente joven que murió en ese período».[667]
Marvin Stepson tenía el aire sensato de quien ha dedicado su vida entera al servicio de la ley, pero me dijo que cuando supo lo que Kelsie Morrison le había hecho a su familia, le dio miedo pensar lo que él, Marvin, podía ser capaz de hacer. «Si en este momento entrara Morrison por esa puerta, yo le…», dijo, pero no quiso terminar la frase.
En los casos en que los autores de crímenes contra la humanidad logran escapar a la justicia de su época, la historia puede proporcionar al menos un último ajuste de cuentas mediante la documentación forense de los asesinatos, así como sacando a la luz a los transgresores. Pero la mayoría de las muertes de indios osage se encubrieron tan bien que ya no es posible obtener ese resultado. En muchos casos, los familiares de las víctimas se quedan a medias Muchos descendientes deciden llevar a cabo sus propias investigaciones, una tarea interminable. Viven llenos de dudas, sospechando de parientes fallecidos, de viejos amigos de la familia, de tutores: unos quizá podrían ser culpables, otros podrían quizá no serlo.
Cuando McAuliffe intentó dar con el asesino de su abuela, de quien primero sospechó fue de su abuelo Harry, que era blanco. Harry había muerto ya, pero su segunda esposa vivía aún y le dijo a McAuliffe: «Debería caérsete la cara de vergüenza, Denny, removiendo el pasado de los Bolton. No acabo de entender por qué te empeñas en hacer algo así».[668] Y no paraba de repetirle: «Harry no fue. Él no tuvo nada que ver en eso».[669]
Con el tiempo, McAuliffe acabó pensando que ella estaba en lo cierto, y sus sospechas apuntaron al padrastro de Sybil. Pero no hay modo de saberlo con certeza. «No logré demostrar quién había matado a mi abuela —escribió McAuliffe—. De todas formas, no fue un fracaso personal. El problema es que han arrancado demasiadas páginas de nuestra historia […] Ha habido muchas mentiras, se han destruido muchos documentos y en su momento se hizo muy poco para documentar la muerte de mi abuela. —Y añadía—: Los descendientes de un indio asesinado no tienen el derecho a la satisfacción de la justicia por crímenes pasados, ni siquiera el derecho a saber quién mató a sus hijos, madres o padres, hermanos o hermanas, abuelos o abuelas. Solo pueden hacer conjeturas, como yo mismo me vi obligado a hacer.»[670]
Antes de abandonar el condado de Osage para volver a casa, me detuve para hacer una visita a Mary Jo Webb, profesora jubilada que había dedicado décadas a investigar la sospechosa muerte de su abuelo durante el Reino del Terror. Webb, octogenaria, vivía en una casa de madera de una sola planta, en Fairfax, no lejos de donde había estado la casa de Bill y Rita Smith. Era una mujer frágil y de voz temblorosa. Me invitó a pasar y nos sentamos en el salón. Yo la había llamado previamente, de modo que Webb había sacado ya varias cajas de documentos —informes sobre gastos de tutelaje, registros testamentarios, testimonios judiciales— que había ido recopilando sobre el caso de su abuelo Paul Peace. «Fue una de esas víctimas que no aparecían en los archivos del FBI y cuyos asesinos no acabaron en la cárcel», dijo.
En diciembre de 1926 Peace sospechó que su esposa, que era blanca, le estaba envenenando. Como ratificaba la documentación, Peace fue a ver a Comstock, de quien Webb dijo que era uno de los pocos abogados blancos honestos que había en la época. El abuelo de Webb le dijo que quería divorciarse y cambiar su testamento para desheredar a su mujer. Según declaró después un testigo, Peace aseguraba que su mujer le estaba administrando «algún tipo de veneno que le estaba matando».
Aaron Tomlinson
Mary Jo Webb
Aaron Tomlinson
La pradera al norte de Pawhuska
Le pregunté a la nieta cómo creía ella que pudieron envenenar a Peace y ella dijo:
—Estaban aquellos médicos, unos que eran hermanos. Según mi madre, todo el mundo sabía que para conseguir veneno había que acudir a ellos.
—¿Recuerda usted cómo se llamaban? —pregunté.
—Shoun.
Recordé a los hermanos Shoun. Eran los médicos que aseguraron que la bala que había matado a Anna Brown había desaparecido. Los médicos que al principio ocultaron que Bill Smith había hecho una declaración en el lecho de muerte incriminando a Hale y que habían conseguido que uno de ellos se convirtiera en el administrador del incalculable patrimonio de Rita Smith. Los médicos de quienes los investigadores sospecharon que habían administrado veneno en vez de insulina a Mollie Burkhart. Muchos de los casos parecían interconectados por una red de conspiradores silenciosos. Mathis, el dueño de la Big Hill Trading Company y tutor de Anna Brown y su madre, fue miembro de la investigación que no logró encontrar la bala en el cadáver. También se ocupó, en nombre de la familia de Mollie, de contratar a unos detectives privados que no resolvieron ninguno de los casos. Un testigo había dicho al Bureau que, tras la muerte de Henry Roan, Hale se dio mucha prisa en recuperar el cadáver de una funeraria para depositarlo en la de Big Hill. Las tramas de asesinato dependían de médicos que falsificaran certificados de defunción y de empresas funerarias que sepultaran cadáveres de la manera más rápida y discreta. El tutor de quien McAuliffe sospechaba que había matado a su abuela era un abogado de renombre que trabajaba para la tribu y que nunca había obstaculizado a las redes criminales que actuaban delante de sus narices. Tampoco los banqueros, como el presunto asesino Burt, que sacaban beneficios del delictivo «asunto indio». Tampoco el corrupto alcalde de Fairfax, que ejerció de tutor además de ser aliado de Hale. Tampoco tantos y tantos agentes de la ley, fiscales y jueces que sacaron tajada de un dinero manchado de sangre. En 1926 el dirigente osage Bacon Rind señalaba: «Entre los blancos hay hombres honrados, pero son los menos».[671] Garrick Bailey, destacado antropólogo especializado en la cultura osage, me dijo: «Si Hale hubiera contado lo que sabía, un alto porcentaje de los ciudadanos más importantes del país habría ido a la cárcel». En efecto, casi todos los estamentos de la sociedad fueron cómplices en la trama asesina; de ahí que prácticamente cualquier miembro de esta sociedad podía haber sido el responsable de la muerte de McBride en Washington: él no solo amenazó con hundir a Hale sino con destapar una extensa operación criminal que estaba cosechando millones y millones de dólares.
El 23 de febrero de 1927, semanas después de que dijese que iba a desheredar a su mujer y a divorciarse de ella por creer que estaba siendo envenenado, Paul Peace falleció en el asfalto después de ser arrollado por un automóvil que se dio a la fuga. Webb me explicó que las fuerzas familiares se habían confabulado para correr un velo sobre su muerte. «Quizá podría usted indagar», dijo. Yo asentí, pese a saber que, a mi manera, estaba tan perdido en la niebla como lo habían estado Tom White o Mollie Burkhart.
Webb me acompañó hasta el porche de delante. Atardecía, y el cielo se había oscurecido. La ciudad y la calle estaban desiertas, lo mismo que la pradera al fondo. «Estas tierras están empapadas de sangre», dijo Webb. Se quedó callada, y por un momento pudimos oír el viento agitando las hojas de los robles. Luego, la anciana repitió las palabras de Dios a Caín después de que matara a Abel: «La sangre clama desde la tierra».